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El
Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 37
Los Primeros Evangelistas
LOS APÓSTOLES eran miembros de la
familia de Jesús y le habían acompañado mientras viajaba pie por
Galilea. Habían compartido con él los trabajos y penurias que le habían
tocado. Habían escuchado sus discursos, habían andado y hablado con el
Hijo de Dios, y de su instrucción diaria habían aprendido a trabajar
para la elevación de la humanidad. Mientras Jesús ministraba a las
vastas muchedumbres que se congregaban en derredor de él, sus discípulos
le acompañaban, ávidos de hacer cuanto les pidiera y de aliviar su
labor. Ayudaban a ordenar a la gente, traían a los afligidos al Salvador
y procuraban la comodidad de todos. Estaban alerta para discernir a los
oyentes interesados, les explicaban las Escrituras y de diversas maneras
trabajaban para su beneficio espiritual. Enseñaban lo que habían
aprendido de Jesús y obtenían cada día una rica experiencia. Pero
necesitaban también aprender a trabajar solos. Les faltaba todavía mucha
instrucción, gran paciencia y ternura. Ahora, mientras él estaba
personalmente con ellos para señalarles sus errores, aconsejarlos y
corregirlos, el Salvador los mandó como representantes suyos.
Mientras habían estado con él, los
discípulos se habían sentido con frecuencia perplejos a causa de las
enseñanzas de los sacerdotes y fariseos, pero habían llevado sus
perplejidades a Jesús. El les había presentado las verdades de la
Escritura en contraste con la tradición. Así había fortalecido su
confianza en la Palabra de Dios, y en gran medida los había libertado
del temor de los rabinos y de su servidumbre a la tradición. En la
educación de los discípulos, el ejemplo de la vida del Salvador era
mucho más eficaz que la simple instrucción doctrinaria. Cuando
estuvieran separados de su Maestro, recordarían cada una de sus miradas,
su tono y sus palabras. Con frecuencia, mientras estuvieran en conflicto
con los enemigos del 316 Evangelio, repetirían sus palabras, y al ver su
efecto sobre la gente, se regocijarían mucho.
Llamando a los doce en derredor de
sí, Jesús les ordenó que fueran de dos en dos por los pueblos y aldeas.
Ninguno fue enviado solo, sino que el hermano iba asociado con el
hermano, el amigo con el amigo. Así podían ayudarse y animarse
mutuamente, consultando y orando juntos, supliendo cada uno la debilidad
del otro. De la misma manera, envió más tarde a los setenta. Era el
propósito del Salvador que los mensajeros del Evangelio se asociaran de
esta manera. En nuestro propio tiempo la obra de evangelización tendría
mucho más éxito si se siguiera fielmente este ejemplo.
El mensaje de los discípulos era el
mismo que el de Juan el Bautista y el de Cristo mismo: "El reino de los
cielos se ha acercado." No debían entrar en controversia con la gente
acerca de si Jesús de Nazaret era el Mesías; sino que en su nombre
debían hacer las mismas obras de misericordia que él había hecho. Les
ordenó: "Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad
fuera demonios: de gracia recibisteis, dad de gracia."
Durante su ministerio, Jesús dedicó
más tiempo a sanar a los enfermos que a predicar. Sus milagros
atestiguaban la verdad de sus palabras de que no había venido para
destruir, sino para salvar. Su justicia iba delante de él y la gloria
del Señor era su retaguardia. Dondequiera que fuera, le precedían las
nuevas de su misericordia. Donde había pasado, los objetos de su
compasión se regocijaban en su salud y en el ejercicio de sus facultades
recobradas. Se congregaban muchedumbres en derredor de ellos, para oír
de sus labios las obras que el Señor había hecho. Su voz era el primer
sonido que muchos habían oído, su nombre la primera palabra que hubiesen
pronunciado, su rostro el primero que hubiesen mirado. ¿Por qué no
habrían de amar a Jesús y cantar sus alabanzas? Mientras él pasaba por
los pueblos y ciudades, era como una corriente vital que difundía vida y
gozo por dondequiera que fuera.
Los seguidores de Cristo han de
trabajar como él obró. Hemos de alimentar a los hambrientos, vestir a
los desnudos y consolar a los dolientes y afligidos. Hemos de ministrar
a los que desesperan e inspirar esperanza a los descorazonados. Y 317
para nosotros se cumplirá también la promesa: "Irá tu justicia delante
de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.'* El amor de Cristo,
manifestado en un ministerio abnegado, será más eficaz para reformar al
que yerra que la espada o el tribunal. Estas cosas son necesarias para
infundir terror al violador de la ley, pero el amante misionero puede
hacer más que esto. Con frecuencia, el corazón se endurecerá bajo la
reprensión; pero se enternecerá bajo el amor de Cristo. El misionero
puede no sólo aliviar las enfermedades físicas, sino que puede conducir
al pecador al gran Médico, quien es capaz de limpiar el alma de la lepra
del pecado. Por medio de sus siervos, Dios quiere que los enfermos, los
infortunados, los poseídos de espíritus malos, oigan su voz. Mediante
sus agentes humanos, desea ser un "Consolador" cuyo igual el mundo no
conoce.
En su primera jira misionera, los
discípulos debían ir solamente a "las ovejas perdidas de la casa de
Israel." Si entonces hubiesen predicado el Evangelio a los gentiles o a
los samaritanos, habrían perdido su influencia sobre los judíos.
Excitando el prejuicio de los fariseos, se habrían metido en una
controversia que los habría desanimado en el mismo comienzo de sus
labores. Aun los apóstoles fueron lentos en comprender que el Evangelio
debía darse a todas las naciones. Mientras ellos mismos no comprendieron
esta verdad, no estuvieron preparados para trabajar por los gentiles. Si
los judíos querían recibir el Evangelio, Dios se proponía hacerlos sus
mensajeros a los gentiles. Por lo tanto, eran los primeros que debían
oír el mensaje.
Por todo el campo de labor de Cristo,
había almas despertadas que comprendían ahora su necesidad y tenían
hambre y sed de la verdad. Había llegado el tiempo en que debían
mandarse las nuevas de su amor a esas almas anhelantes. A todas éstas,
debían ir los discípulos como representantes de Cristo. Los creyentes
habían de ser inducidos a mirarlos como maestros divinamente designados,
y cuando el Salvador les fuese quitado no quedarían sin instructores.
En esta primera jira, los discípulos
debían ir solamente adonde Jesús había estado antes y había conquistado
amigos. Su preparación para el viaje debía ser de lo más sencilla. No
debían permitir que cosa alguna distrajese su atención de su 318 gran
obra, despertase oposición o cerrase la puerta a labores ulteriores. No
debían adoptar la indumentaria de los maestros religiosos ni usar atavío
alguno que los distinguiese de los humildes campesinos. No debían entrar
en las sinagogas y convocar a las gentes a cultos públicos; sus
esfuerzos debían limitarse al trabajo de casa en casa. No habían de
malgastar tiempo en saludos inútiles ni en ir de casa en casa para ser
agasajados. Pero en todo lugar debían aceptar la hospitalidad de los que
fuesen dignos, de los que les diesen bienvenida cordial como si
recibiesen al mismo Jesús. Debían entrar en la morada con el hermoso
saludo: "Paz sea a esta casa."* Ese hogar iba a ser bendecido por sus
oraciones, sus cantos de alabanza y la presentación de las Escrituras en
el círculo de la familia.
Estos discípulos debían ser heraldos
de la verdad y preparar el camino para la venida de su Maestro. El
mensaje que tenían que dar era la palabra de vida eterna, y el destino
de los hombres dependía de que lo aceptasen o rechazasen. Para
impresionar a las gentes con su solemnidad, Jesús dijo a sus discípulos:
"Y cualquiera que no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de
aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os
digo, que el castigo será más tolerable a la tierra de los de Sodoma y
de los de Gomorra en el día del juicio, que a aquella ciudad."
Ahora el ojo del Salvador penetra lo
futuro; contempla los campos más amplios en los cuales, después de su
muerte, los discípulos van a ser sus testigos. Su mirada profética
abarca lo que experimentarán sus siervos a través de todos los siglos
hasta que vuelva por segunda vez. Muestra a sus seguidores los
conflictos que tendrán que arrostrar; revela el carácter y el plan de la
batalla. Les presenta los peligros que deberán afrontar, la abnegación
que necesitarán. Desea que cuenten el costo, a fin de no ser
sorprendidos inadvertidamente por el enemigo. Su lucha no había de
reñirse contra la carne y la sangre, sino "contra los principados,
contra las potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este
mundo, contra las huestes espirituales de iniquidad en las regiones
celestiales."* Habrán de contender con fuerzas sobrenaturales, pero se
les asegura una ayuda sobrenatural. Todos los seres celestiales están en
este 319 ejército. Y hay más que ángeles en las filas. El Espíritu
Santo, el representante del Capitán de la hueste del Señor, baja a
dirigir la batalla. Nuestras flaquezas pueden ser muchas, y graves
nuestros pecados y errores; pero la gracia de Dios es para todos los
que, contritos, la pidan. El poder de la Omnipotencia está listo para
obrar en favor de los que confían en Dios.
"He aquí --dijo Jesús,-- yo os envío
como a ovejas en medio de lobos: sed pues prudentes como serpientes, y
sencillos como palomas." Cristo mismo no suprimió una palabra de la
verdad, sino que la dijo siempre con amor. Ejerció el mayor tacto y
atención reflexiva y bondadosa en su trato con la gente. Nunca fue rudo
ni dijo innecesariamente una palabra severa; nunca causó una pena
innecesaria a un alma sensible. No censuró la debilidad humana. Denunció
intrépidamente la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad, pero había
lágrimas en su voz al pronunciar sus severas reprensiones. Lloró sobre
Jerusalén, la ciudad que él amaba, que se negaba a recibirle a él, el
Camino, la Verdad y la Vida. Sus habitantes le rechazaron a él, el
Salvador, pero los consideró con compasiva ternura y con una tristeza
tan profunda que quebrantaba su corazón. Cada alma era preciosa a su
vista. Aunque siempre se conducía con divina dignidad, se inclinaba con
la consideración más tierna hacia cada miembro de la familia de Dios. En
todos los hombres veía almas caídas a las cuales era su misión salvar.
Los siervos de Cristo no han de
actuar según los dictados del corazón natural. Necesitan tener una
íntima comunión con Dios, no sea que, bajo la provocación, el yo se
levante y ellos dejen escapar un torrente de palabras inconvenientes,
que disten mucho de ser como el rocío y como las suaves gotas que
refrescan las plantas agostadas. Esto es lo que Satanás quiere que
hagan; porque éstos son sus métodos. Es el dragón el que se aíra, es el
espíritu de Satanás el que se revela en la cólera y las acusaciones.
Pero los siervos de Dios han de ser representantes suyos. El desea que
trafiquen únicamente con la moneda del cielo, la verdad que lleva su
propia imagen e inscripción. El poder por el cual han de vencer al mal
es el poder de Cristo. La gloria de Cristo es su fuerza. Han de fijar
sus ojos en su hermosura. Entonces podrán presentar el Evangelio con
tacto y amabilidad divina. Y el espíritu que se mantiene amable bajo 320
la provocación hablará más eficazmente en favor de la verdad que
cualquier argumento, por enérgico que sea.
Los que se ven envueltos en una
controversia con los enemigos de la verdad, tienen que arrostrar no sólo
a los hombres, sino a Satanás y sus agentes. Recuerden las palabras del
Salvador: "He aquí yo os envío como corderos en medio de lobos."*
Confíen en el amor de Dios, y su espíritu se conservará sereno, aun bajo
los insultos personales. El Salvador los revestirá con una panoplia
divina. Su Espíritu Santo influirá en la mente y en el corazón, de
manera que la voz no copiará las notas de los aullidos de los lobos.
Continuando sus instrucciones a sus
discípulos, Jesús dijo: "Guardaos de los hombres." No debían poner
confianza implícita en aquellos que no conocían a Dios, ni hacerlos sus
confidentes; porque esto daría una ventaja a los agentes de Satanás. Las
invenciones humanas contrarrestan con frecuencia los planes de Dios. Los
que edifican el templo del Señor deben construir de acuerdo con el
dechado mostrado en el monte: la semejanza divina. Dios queda
deshonrado, y traicionado el Evangelio, cuando sus siervos dependen de
los consejos de hombres que no están bajo la dirección del Espíritu
Santo. La sabiduría humana es locura para Dios. Los que en ella confían,
errarán ciertamente.
"Os entregarán a los concilios . . .
y seréis llevados ante gobernadores y reyes por mi causa, para
testimonio a ellos y a las naciones."* La persecución esparcirá la luz.
Los siervos de Cristo serán llevados ante los grandes de la tierra,
quienes, de otra manera, nunca habrían oído tal vez el Evangelio. La
verdad ha sido presentada falsamente a estos hombres. Han escuchado
falsas acusaciones contra la fe de los discípulos de Cristo. Con
frecuencia su único medio de conocer el verdadero carácter de esta fe es
el testimonio de aquellos que son llevados a juicio por ella. En el
examen, se les pide que contesten, y sus jueces escuchan el testimonio
dado. La gracia de Dios será concedida a sus siervos para hacer frente a
la emergencia. "En aquella hora os será dado --dijo Jesús,-- qué habéis
de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de
vuestro Padre que habla en vosotros." Al iluminar el Espíritu de Dios la
mente de sus siervos, la verdad será presentada con 321 su poder divino
y su alto valor. Los que rechazan la verdad se levantarán para acusar y
oprimir a los discípulos. Pero bajo la pérdida y el sufrimiento, y aun
hasta la muerte, los hijos del Señor han de revelar la mansedumbre de su
divino Ejemplo. Así se verá el contraste entre los agentes de Satanás y
los representantes de Cristo. El Salvador será ensalzado delante de los
gobernantes y delante de la gente.
Los discípulos no fueron dotados del
valor y la fortaleza de los mártires hasta que necesitaron esta gracia.
Entonces se cumplió la promesa del Salvador. Cuando Pedro y Juan
testificaron delante del Sanedrín, los hombres "se maravillaban; y les
conocían que habían estado con Jesús."* De Esteban, se dice que "todos
los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en él, vieron
su rostro como el rostro de un ángel." Los hombres "no podían resistir a
la sabiduría y al Espíritu con que hablaba."*Y Pablo, escribiendo acerca
de su propio juicio ante el tribunal de los Césares, dice: "En mi
primera defensa, nadie estuvo conmigo, antes todos me abandonaron....
Mas el Señor estuvo conmigo, y me esforzó, para que por medio de mí la
predicación fuese cumplidamente hecha, y para que oyesen todos los
gentiles; y así yo fui librado de la boca del león."*
Los siervos de Cristo no habían de
preparar discurso alguno para pronunciarlo cuando fuesen llevados a
juicio. Debían hacer su preparación día tras día al atesorar las
preciosas verdades de la Palabra de Dios, y al fortalecer su fe por la
oración. Cuando fuesen llevados a juicio, el Espíritu Santo les haría
recordar las verdades que necesitasen.
Un esfuerzo diario y ferviente para
conocer a Dios, y a Jesucristo a quien él envió, iba a impartir poder y
eficiencia al alma. El conocimiento obtenido por el escrutinio diligente
de las Escrituras iba a cruzar como rayo en la memoria al debido
momento. Pero si algunos hubiesen descuidado el familiarizarse con las
palabras de Cristo y nunca hubiesen probado el poder de su gracia en la
dificultad, no podrían esperar que el Espíritu Santo les hiciese
recordar sus palabras. Habían de servir a Dios diariamente con afecto
indiviso, y luego confiar en él.
Tan acérrima sería la enemistad hacia
el Evangelio, que aun los vínculos terrenales más tiernos serían
pisoteados. Los 322 discípulos de Cristo serían entregados a la muerte
por los miembros de sus propias familias. "Y seréis aborrecidos de todos
por mi nombre-añadió:-mas el que perseverare hasta el fin, éste será
salvo."* Pero les ordenó no exponerse innecesariamente a la persecución.
Con frecuencia, él mismo dejaba un campo de labor para otro, a fin de
escapar a los que estaban buscando su vida. Cuando fue rechazado en
Nazaret y sus propios conciudadanos trataron de matarlo, se fue a
Capernaúm y allí la gente se asombró de su enseñanza; "porque su palabra
era con potestad.'* Asimismo sus siervos no debían desanimarse por la
persecución, sino buscar un lugar donde pudiesen seguir trabajando por
la salvación de las almas.
El siervo no es superior a su señor.
El Príncipe del cielo fue llamado Belcebú, y de la misma manera sus
discípulos serán calumniados. Pero cualquiera que sea el peligro, los
que siguen a Cristo deben confesar sus principios. Deben despreciar el
ocultamiento. No pueden dejar de darse a conocer hasta que estén seguros
de que pueden confesar la verdad sin riesgo. Son puestos como
centinelas, para advertir a los hombres de su peligro. La verdad
recibida de Cristo debe ser impartida a todos, libre y abiertamente.
Jesús dijo: "Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que
oís al oído predicadlo desde los terrados."
Jesús mismo nunca compró la paz por
la transigencia. Su corazón rebosaba de amor por toda la familia humana,
pero nunca fue indulgente con sus pecados. Amaba demasiado a los seres
humanos para guardar silencio mientras éstos seguían una conducta
funesta para sus almas, las almas que él había comprado con su propia
sangre. El trabajaba para que el hombre fuese fiel a sí mismo, fiel a su
más elevado y eterno interés. Los siervos de Cristo son llamados a hacer
la misma obra, y deben velar, no sea que al tratar de evitar la
discordia, traicionen la verdad. Han de seguir "lo que hace a la paz,'*
pero la verdadera paz no puede obtenerse traicionando los buenos
principios. Y ningún hombre puede ser fiel a estos principios sin
excitar oposición. Un cristianismo espiritual recibirá la oposición de
los hijos de la desobediencia. Pero Jesús dijo a sus discípulos: "No
temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar." Los que
son fieles a Dios no necesitan 323 temer el poder de los hombres ni la
enemistad de Satanás. En Cristo está segura su vida eterna. Lo único que
han de temer es traicionar la verdad, y así el cometido con que Dios los
honró.
Es obra de Satanás llenar los
corazones humanos de duda. Los induce a mirar a Dios como un Juez
severo. Los tienta a pecar, y luego a considerarse demasiado viles para
acercarse a su Padre celestial o para despertar su compasión. El Señor
comprende todo esto. Jesús asegura a sus discípulos la simpatía de Dios
hacia ellos en sus necesidades y debilidades. No se exhala un suspiro,
no se siente un dolor, ni ningún agravio atormenta el alma, sin que haga
también palpitar el corazón del Padre.
La Biblia nos muestra a Dios en un
lugar alto y santo, no en un estado de inactividad, ni en silencio y
soledad, sino rodeado por diez mil veces diez millares y millares de
millares de seres santos, todos dispuestos a hacer su voluntad. Por
conductos que no podemos discernir está en activa comunicación con cada
parte de su dominio. Pero es en el grano de arena de este mundo, en las
almas por cuya salvación dio a su Hijo unigénito, donde su interés y el
interés de todo el cielo se concentran. Dios se inclina desde su trono
para oír el clamor de los oprimidos. A toda oración sincera, él
contesta: "Aquí estoy." Levanta al angustiado y pisoteado. En todas
nuestras aflicciones, él es afligido. En cada tentación y prueba, el
ángel de su presencia está cerca de nosotros para librarnos.
Ni siquiera un gorrión cae al suelo
sin que lo note el Padre. El odio de Satanás contra Dios le induce a
odiar todo objeto del cuidado del Salvador. Trata de arruinar la obra de
Dios y se deleita en destruir aun a los animales. Es únicamente por el
cuidado protector de Dios cómo los pájaros son conservados para
alegrarnos con sus cantos de gozo. Pero él no se olvida ni aun de los
pájaros. "Así que, no temáis: más valéis vosotros que muchos
pajarillos."
Y Jesús continúa: Así como me
confesasteis delante de los hombres, os confesaré delante de Dios y de
los santos ángeles Habéis de ser mis testigos en la tierra, conductos
por los cuales pueda fluir mi gracia para sanar al mundo. Así también
seré vuestro representante en el cielo. El Padre no considera vuestro
carácter deficiente, sino que os ve revestidos de mi perfección. 324
Soy el medio por el cual os llegarán las bendiciones del Cielo. Todo
aquel que me confiesa participando de mi sacrificio por los perdidos,
será confesado como participante en la gloria y en el gozo de los
redimidos.
El que quiera confesar a Cristo debe
tener a Cristo en sí. No puede comunicar lo que no recibió. Los
discípulos podían hablar fácilmente de las doctrinas, podían repetir las
palabras de Cristo mismo; pero a menos que poseyeran una mansedumbre y
un amor como los de Cristo, no le estaban confesando. Un espíritu
contrario al espíritu de Cristo le negaría, cualquiera que fuese la
profesión de fe. Los hombres pueden negar a Cristo calumniando, hablando
insensatamente y profiriendo palabras falsas o hirientes. Pueden negarle
rehuyendo las cargas de la vida, persiguiendo el placer pecaminoso.
Pueden negarle conformándose con el mundo, siguiendo una conducta
descortés, amando sus propias opiniones, justificando al yo, albergando
dudas, buscando dificultades y morando en tinieblas. De todas estas
maneras, declaran que Cristo no está en ellos. Y "cualquiera que me
negare delante de los hombres --dice él,-- le negaré yo también delante
de mi Padre que está en los cielos."
El Salvador ordenó a sus discípulos
que no esperasen que la enemistad del mundo hacia el Evangelio sería
vencida, ni que después de un tiempo la oposición cesaría. Dijo: "No he
venido para meter paz, sino espada." La creación de esta lucha no es
efecto del Evangelio, sino resultado de la oposición que se le hace. De
todas las persecuciones, la más difícil de soportar es la divergencia
entre los miembros de la familia, el alejamiento afectivo de los seres
terrenales más queridos. Pero Jesús declara: "El que ama padre o madre
más que a mí, no es digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí,
no es digno de mí. Y el que no toma su cruz, y sigue en pos de mí, no es
digno de mí."
La misión de los siervos de Cristo es
un alto honor y un cometido sagrado. "El que os recibe a vosotros --dice
él,-- a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que me envió." Ningún
acto de bondad a ellos manifestado en su nombre dejará de ser reconocido
y recompensado. Y en el mismo tierno reconocimiento, él incluye a los
más débiles y humildes miembros de 325 la familia de Dios. "Cualquiera
que diere a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente --a
aquellos que son como niños en su fe y conocimiento de Cristo,-- en
nombre de discípulo, de cierto os digo, que no perderá su recompensa."
Así terminó el Salvador sus
instrucciones. En el nombre de Cristo, salieron los doce elegidos, como
él había salido, "para dar buenas nuevas a los pobres: . . . para sanar
a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y
a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: para
predicar el año agradable del Señor.'* 326
CAPÍTULO 38
Venid, Reposad un Poco
AL VOLVER de su jira misionera, "los
apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho,
y lo que habían enseñado. Y él les dijo: Venid vosotros aparte al lugar
desierto, y reposad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían,
que ni aun tenían lugar de comer."
Los discípulos vinieron a Jesús y le
contaron todo. Su unión íntima con él los animaba a presentarle todos
los incidentes favorables y desfavorables que les ocurrieran, la alegría
que sentían al ver los resultados de sus trabajos, y. el pesar que les
causaban sus fracasos, faltas y debilidades. Habían cometido errores en
su primera obra de evangelización, y mientras relataban francamente a
Cristo lo sucedido, él vio que necesitaban muchas instrucciones. Vio
también que se habían cansado en el trabajo y necesitaban reposo.
Pero no podían obtener el aislamiento
necesario donde se encontraban entonces; "porque eran muchos los que
iban y venían, que ni aun tenían lugar de comer." La gente se agolpaba
en derredor de Cristo, ansiosa de ser sanada y ávida de escuchar su
palabra. Muchos se sentían atraídos a él; porque les parecía ser la
fuente de toda bendición. Muchos de los que se agolpaban en derredor de
Cristo para recibir el precioso don de la salud, le aceptaban como su
Salvador. Muchos otros, que temían entonces confesarle, a causa de los
fariseos, se convirtieron cuando descendió el Espíritu Santo, y delante
de sacerdotes y gobernantes airados le reconocieron como el Hijo de
Dios.
Pero ahora Cristo anhelaba
retraimiento, a fin de poder estar con los discípulos; porque tenía
mucho que decirles. En su obra, habían pasado por la prueba del
conflicto y habían encontrado oposición de diversas formas. Hasta ahí
habían consultado a Cristo en todo; pero durante algún tiempo habían
estado solos y a veces habían estado muy angustiados en 327 cuanto a
saber qué hacer. Habían hallado mucho estímulo en su trabajo; porque
Cristo no los había mandado sin su Espíritu, y por la fe en él habían
realizado muchos milagros; pero ahora necesitaban alimentarse con el pan
de vida. Necesitaban ir a un lugar de retraimiento, donde pudiesen estar
en comunión con Jesús y recibir instrucciones para su obra futura.
"Y él les dijo: Venid vosotros aparte
al lugar desierto, y reposad un poco." Cristo está lleno de ternura y
compasión por todos los que participan en su servicio. El quería mostrar
a sus discípulos que Dios no requiere sacrificio sino misericordia.
Ellos habían consagrado todo su corazón a trabajar por la gente, y esto
agotó su fuerza física y mental. Era su deber descansar.
Al notar los discípulos cómo sus
labores tenían éxito, corrían peligro de atribuirse el mérito a sí
mismos, de sentir orgullo espiritual, y así caer bajo las tentaciones de
Satanás. Les esperaba una gran obra, y ante todo debían aprender que su
fuerza no residía en sí mismos, sino en Dios. Como Moisés en el desierto
del Sinaí, como David entre las colinas de Judea, o Elías a orillas del
arroyo de Carit, los discípulos necesitaban apartarse del escenario de
su intensa actividad, para ponerse en comunión con Cristo, con la
naturaleza y con su propio corazón.
Mientras los discípulos habían estado
ausentes en su jira misionera, Jesús había visitado otras aldeas y
pueblos, predicando el Evangelio del reino. Fue más o menos en aquel
entonces cuando recibió las nuevas de la muerte del Bautista. Este
acontecimiento le presentó vívidamente el fin hacia el cual se dirigían
sus propios pasos. Densas sombras se estaban acumulando sobre su senda.
Los sacerdotes y rabinos estaban buscando ocasión para lograr su muerte,
los espías vigilaban sus pasos, y por todas partes se multiplicaban las
maquinaciones para destruirle. Habían llegado a Herodes noticias de la
predicación de los apóstoles por Galilea, y ello había llamado su
atención a Jesús y su obra. "Este es Juan el Bautista --decía:-- él ha
resucitado de los muertos," y expresó el deseo de ver a Jesús. Herodes
temía constantemente que se preparase secretamente una revolución con el
objeto de destronarle y librar a la nación judía del yugo romano. Entre
la gente cundía el 328 espíritu de descontento e insurrección. Era
evidente que las labores públicas de Cristo en Galilea no podían
continuar por mucho tiempo. Se acercaban las escenas de sus
sufrimientos, y él anhelaba apartarse por unos momentos de la confusión
de la multitud.
Con corazones entristecidos, los
discípulos de Juan habían sepultado su cuerpo mutilado. Luego "fueron, y
dieron las nuevas a Jesús." Estos discípulos habían sentido envidia de
Cristo cuando les parecía que apartaba la gente de Juan. Se habían
puesto de parte de los fariseos para acusarle cuando se hallaba sentado
con los publicanos en el festín de Mateo. Habían dudado de su misión
divina porque no había libertado al Bautista. Pero ahora que su maestro
había muerto, y anhelaban consuelo en su gran tristeza y dirección para
su obra futura, vinieron a Jesús y unieron su interés con el suyo. Ellos
también necesitaban momentos de tranquilidad para estar en comunión con
el Salvador.
Cerca de Betsaida, en el extremo
septentrional del lago, había una región solitaria, entonces
hermosamente cubierta por el fresco y verde tapiz de la primavera, y
ofrecía un grato retiro a Jesús y sus discípulos. Se dirigieron hacia
ese lugar, cruzando el agua con su bote. Allí estarían lejos de las vías
de comunicación y del bullicio y agitación de la ciudad. Las escenas de
la naturaleza eran en sí mismas un reposo, un cambio grato a los
sentidos. Allí podrían ellos escuchar las palabras de Cristo sin oír las
airadas interrupciones, las réplicas y acusaciones de los escribas y
fariseos. Allí disfrutarían de unos cortos momentos de preciosa comunión
en la compañía de su Señor.
El descanso que Cristo y sus
discípulos tomaron no era un descanso egoísta y complaciente. El tiempo
que pasaron en retraimiento no lo dedicaron a buscar placeres.
Conversaron de la obra de Dios y de la posibilidad de alcanzar mayor
eficiencia en ella. Los discípulos habían estado con Jesús y podían
comprenderle; no necesitaba hablarles en parábolas. El corrigió sus
errores y les aclaró la mejor manera de acercarse a la gente. Les reveló
más plenamente los preciosos tesoros de la verdad divina. Quedaron
vivificados por el poder divino y llenos de esperanza y valor. 329
Aunque Jesús podía realizar milagros
y había dotado a sus discípulos del poder de realizarlos también,
recomendó a sus cansados siervos que se apartasen al campo y
descansasen. Cuando dijo que la mies era mucha, y pocos los obreros, no
impuso a sus discípulos la necesidad de trabajar sin cesar, sino que
dijo: "Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies."*
Dios ha asignado a cada uno su obra según su capacidad, * y él no quiere
que unos pocos estén recargados de responsabilidades, mientras que los
otros no llevan ninguna carga, trabajo ni preocupación del alma.
Las compasivas palabras de Cristo se
dirigen a sus obreros actuales tanto como a sus discípulos de entonces.
"Venid vosotros aparte, . . . y reposad un poco," dice aún a aquellos
que están cansados y agobiados. No es prudente estar siempre bajo la
tensión del trabajo y la excitación, aun mientras se atiendan las
necesidades espirituales de los hombres; porque de esta manera se
descuida la piedad personal y se agobian las facultades de la mente, del
alma y del cuerpo. Se exige abnegación de los discípulos de Cristo y
ellos deben hacer sacrificios; pero deben tener cuidado, no sea que por
su exceso de celo, Satanás se aproveche de la debilidad humana y
perjudique la obra de Dios.
En la estima de los rabinos, era la
suma de la religión estar siempre en un bullicio de actividad. Ellos
querían manifestar su piedad superior por algún acto externo. Así
separaban sus almas de Dios y se encerraban en la suficiencia propia.
Existen todavía los mismos peligros. Al aumentar la actividad, si los
hombres tienen éxito en ejecutar algún trabajo para Dios, hay peligro de
que confíen en los planes y métodos humanos. Propenden a orar menos y a
tener menos fe. Como los discípulos, corremos el riesgo de perder de
vista cuánto dependemos de Dios y tratar de hacer de nuestra actividad
un salvador. Necesitamos mirar constantemente a Jesús comprendiendo que
es su poder lo que realiza la obra. Aunque hemos de trabajar
fervorosamente para la salvación de los perdidos, también debemos tomar
tiempo para la meditación, la oración y el estudio de la Palabra de
Dios. Es únicamente la obra realizada con mucha oración y santificada
por el mérito de Cristo, la que al fin habrá resultado eficaz para el
bien. 330
Ninguna vida estuvo tan llena de
trabajo y responsabilidad como la de Jesús, y, sin embargo, cuán a
menudo se le encontraba en oración. Cuán constante era su comunión con
Dios. Repetidas veces en la historia de su vida terrenal, se encuentran
relatos como éste: "Levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió
y se fue a un lugar desierto, y allí oraba." "Y se juntaban muchas
gentes a oír y ser sanadas de sus enfermedades. Mas él se apartaba a los
desiertos, y oraba." "Y aconteció en aquellos días, que fue al monte a
orar, y pasó la noche orando a Dios.*
En una vida completamente dedicada al
beneficio ajeno, el Salvador hallaba necesario retirarse de los caminos
muy transitados y de las muchedumbres que le seguían día tras día. Debía
apartarse de una vida de incesante actividad y contacto con las
necesidades humanas, para buscar retraimiento y comunión directa con su
Padre. Como uno de nosotros, participante de nuestras necesidades y
debilidades, dependía enteramente de Dios, y en el lugar secreto de
oración, buscaba fuerza divina, a fin de salir fortalecido para hacer
frente a los deberes y las pruebas. En un mundo de pecado, Jesús soportó
luchas y torturas del alma. En la comunión con Dios, podía descargarse
de los pesares que le abrumaban. Allí encontraba consuelo y gozo.
En Cristo el clamor de la humanidad
llegaba al Padre de compasión infinita. Como hombre, suplicaba al trono
de Dios, hasta que su humanidad se cargaba de una corriente celestial
que conectaba a la humanidad con la divinidad. Por medio de la comunión
continua, recibía vida de Dios a fin de impartirla al mundo. Su
experiencia ha de ser la nuestra.
"Venid vosotros aparte," nos invita.
Si tan sólo escuchásemos su palabra, seríamos más fuertes y más útiles.
Los discípulos buscaban a Jesús y le relataban todo; y él los estimulaba
e instruía. Si hoy tomásemos tiempo para ir a Jesús y contarle nuestras
necesidades, no quedaríamos chasqueados; él estaría a nuestra diestra
para ayudarnos. Necesitamos más sencillez, más confianza en nuestro
Salvador. Aquel cuyo nombre es "Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de
paz;" Aquel de quien está escrito: "El dominio estará sobre su hombro,"
es el Consejero Admirable. El nos ha invitado a que le pidamos 331
sabiduría. Y la "da a todos abundantemente y no zahiere."*
En todos los que reciben la
preparación divina, debe revelarse una vida que no está en armonía con
el mundo, sus costumbres o prácticas; y cada uno necesita tener
experiencia personal en cuanto a obtener el conocimiento de la voluntad
de Dios. Debemos oírle individualmente hablarnos al corazón. Cuando
todas las demás voces quedan acalladas, y en la quietud esperamos
delante de él, el silencio del alma hace más distinta la voz de Dios.
Nos invita: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios."* Solamente allí
puede encontrarse verdadero descanso. Y ésta es la preparación eficaz
para todo trabajo que se haya de realizar para Dios. Entre la
muchedumbre apresurada y el recargo de las intensas actividades de la
vida, el alma que es así refrigerada quedará rodeada de una atmósfera de
luz y de paz. La vida respirará fragancia, y revelará un poder divino
que alcanzará a los corazones humanos. 332
CAPÍTULO 39
"Dadles Vosotros de Comer"
CRISTO se había retirado con sus
discípulos a un lugar aislado, pero estos raros momentos de apacible
quietud no tardaron en verse interrumpidos. Los discípulos pensaban
haberse retirado donde no serían molestados; pero tan pronto como la
multitud echó de menos al divino Maestro, preguntó: "¿Dónde está?" Había
entre ella algunos que habían notado la dirección que tomaran Cristo y
sus discípulos. Muchos fueron por tierra para buscarlos, mientras que
otros siguieron en sus barcos, cruzando el agua. La Pascua se acercaba,
y de cerca y de lejos se reunían, para ver a Jesús, grupos de peregrinos
que se dirigían a Jerusalén. Su número fue en aumento, hasta que se
reunieron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
Antes que Cristo llegara a la orilla, una muchedumbre le estaba
esperando, pero él desembarcó sin ser observado y pasó un corto tiempo
aislado con los discípulos.
Desde la ladera de la colina, él
miraba a la muchedumbre en movimiento, y su corazón se conmovía de
simpatía. Aunque interrumpido y privado de su descanso, no manifestaba
impaciencia. Veía que una necesidad mayor requería su atención, mientras
contemplaba a la gente que acudía y seguía acudiendo. "Y tuvo compasión
de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor." Abandonando su
retiro, halló un lugar conveniente donde pudiese atender a la gente.
Ella no recibía ayuda de los sacerdotes y príncipes; pero las sanadoras
aguas de vida fluían de Cristo mientras enseñaba a la multitud el camino
de la salvación.
La gente escuchaba las palabras
misericordiosas que brotaban tan libremente de los labios del Hijo de
Dios. Oían las palabras de gracia, tan sencillas y claras que les
parecían bálsamo de Galaad para sus almas. El poder sanador de su mano
divina impartía alegría y vida a los moribundos, comodidad y salud a los
que sufrían enfermedades. El día les parecía como 333 el cielo en la
tierra, y no se daban la menor cuenta de cuánto tiempo hacía que no
habían comido.
Por fin había transcurrido ya el día,
el sol se estaba hundiendo en el occidente, y la gente seguía
demorándose. Jesús había trabajado todo el día, sin comer ni descansar.
Estaba pálido por el cansancio y el hambre, y los discípulos le rogaron
que dejase de trabajar. Pero él no podía apartarse de la muchedumbre que
le oprimía de todas partes.
Los discípulos se acercaron
finalmente a él, insistiendo en que para el mismo beneficio de la gente
había que despedirla. Muchos habían venido de lejos, y no habían comido
desde la mañana. En las aldeas y pueblos de los alrededores podían
conseguir alimentos. Pero Jesús dijo: "Dadles vosotros de comer," y
luego, volviéndose a Felipe, preguntó: "¿De dónde compraremos pan para
que coman éstos?" Esto lo dijo para probar la fe del discípulo. Felipe
miró el mar de cabezas, y pensó que sería imposible proveer alimentos
para satisfacer las necesidades de una muchedumbre tan grande. Contestó
que doscientos denarios de pan no alcanzarían para que cada uno tuviese
un poco. Jesús preguntó cuánto alimento podía encontrarse entre la
multitud. "Un muchacho está aquí --dijo Andrés,-- que tiene cinco panes
de cebada y dos pececillos; ¿mas qué es esto entre tantos?" Jesús ordenó
que le trajesen estas cosas y luego pidió a los discípulos que hiciesen
sentar a la gente sobre la hierba, en grupos de cincuenta y de cien
personas, para conservar el orden, y a fin de que todos pudiesen
presenciar lo que iba a hacer. Hecho esto, Jesús tomó los alimentos, y
"alzando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los
discípulos, y los discípulos a las gentes." "Y comieron todos, y se
hartaron. Y alzaron de los pedazos doce cofines llenos, y de los peces."
El que enseñaba a la gente la manera
de obtener paz y felicidad se preocupaba tanto de sus necesidades
temporales como de las espirituales. La gente estaba cansada y débil.
Había madres con niños en brazos, y niñitos que se aferraban de sus
faldas. Muchos habían estado de pie durante horas. Habían estado tan
intensamente interesados en las palabras de Cristo, que ni siquiera
habían pensado en sentarse, y la muchedumbre era tan numerosa que había
peligro de que se 334 pisotearan unos a otros. Jesús les daba ahora
ocasión de descansar, invitándolos a sentarse. Había mucha hierba en ese
lugar, y todos podían reposar cómodamente.
Cristo no realizó nunca un milagro
que no fuese para suplir una necesidad verdadera, y cada milagro era de
un carácter destinado a conducir a la gente al árbol de la vida, cuyas
hojas son para la sanidad de las naciones. El alimento sencillo que las
manos de los discípulos hicieron circular, contenía numerosas lecciones.
Era un menú humilde el que había sido provisto; los peces y los panes de
cebada eran la comida diaria de los pescadores que vivían alrededor del
mar de Galilea.
Cristo podría haber extendido delante
de la gente una comida opípara pero los alimentos preparados solamente
para satisfacer el apetito no habrían impartido una lección benéfica.
Cristo enseñaba a los concurrentes que las provisiones naturales que
Dios hizo para el hombre habían sido pervertidas. Y nunca disfrutó nadie
de lujosos festines preparados para satisfacer un gusto pervertido como
esta gente disfrutó del descanso y de la comida sencilla que Jesús le
proveyó tan lejos de las habitaciones de los hombres.
Si los hombres fuesen hoy sencillos
en sus costumbres, y viviesen en armonía con las leyes de la naturaleza,
como Adán y Eva en el principio, habría abundante provisión para las
necesidades de la familia humana. Habría menos necesidades imaginarias,
y más oportunidades de trabajar en las cosas de Dios. Pero el egoísmo y
la complacencia del gusto antinatural han producido pecado y miseria en
el mundo, por los excesos de un lado, y por la carencia del otro.
Jesús no trataba de atraer a la gente
a sí por la satisfacción de sus deseos de lujo. Para aquella vasta
muchedumbre, cansada y hambrienta después del largo día de excitaciones,
el sencillo menú era una garantía no sólo de su poder, sino de su tierno
cuidado manifestado hacia ellos en las necesidades comunes de a vida. El
Salvador no ha prometido a quienes le sigan los lujos del mundo; su
alimento puede ser sencillo y aun escaso; su suerte puede hallarse
limitada estrechamente por la pobreza; pero él ha empeñado su palabra de
que su necesidad será suplida, y ha prometido lo que es mucho mejor que
los bienes mundanales: el permanente consuelo de su propia presencia.
335
Al alimentar a los cinco mil, Jesús
alzó el velo del mundo de la naturaleza y reveló el poder que se ejerce
constantemente para nuestro bien. En la producción de las mieses
terrenales, Dios obra un milagro cada día. Por medio de agentes
naturales, se realiza la misma obra que fue hecha al alimentar a la
multitud. Los hombres preparan el suelo y siembran la semilla, pero es
la vida de Dios la que hace germinar la simiente. Es la lluvia, el aire
y el sol de Dios lo que le hace producir, "primero hierba, luego espiga,
después grano lleno en la espiga.'* Es Dios quien alimenta cada día los
millones con las mieses de esta tierra. Los hombres están llamados a
cooperar con Dios en el cuidado del grano y la preparación del pan, y
por esto pierden de vista la intervención divina. No dan a Dios la
gloria que se debe a su santo nombre. Atribuyen la obra de su poder a
causas naturales o a instrumentos humanos. Glorifican al hombre en lugar
de Dios, y pervierten para usos egoístas sus dones misericordiosos,
haciendo de ellos una maldición en vez de una bendición. Dios está
tratando de cambiar todo esto. Desea que nuestros sentidos embotados
sean vivificados para discernir su bondad misericordiosa y glorificarle
por la manifestación de su poder. Desea que le reconozcamos en sus
dones, a fin de que ellos sean, como él quería, una bendición para
nosotros. Con este fin fueron realizados los milagros de Cristo.
Después que la multitud hubo sido
alimentada, sobraba abundante comida; pero el que dispone de todos los
recursos del poder infinito dijo: "Recoged los pedazos que han quedado,
porque no se pierda nada." Estas palabras significaban más que poner el
pan en los cestos. La lección era doble. Nada se había de desperdiciar.
No hemos de perder ninguna ventaja temporal. No debemos descuidar nada
de lo que puede beneficiar a un ser humano. Recójase todo lo que
aliviará la necesidad de los hambrientos de esta tierra. Debe
manifestarse el mismo cuidado en las cosas espirituales. Cuando se
recogieron los cestos de fragmentos, la gente se acordó de sus amigos en
casa. Querían que ellos participasen del pan que Cristo había bendecido.
El contenido de los canastos fue distribuido entre la ávida muchedumbre
y llevado por toda la región circundante. Así también los que estuvieron
en el festín debían dar a 336 otros el pan del cielo para satisfacer el
hambre del alma. Habían de repetir lo que habían aprendido acerca de las
cosas admirables de Dios. Nada había de perderse. Ni una sola palabra
concerniente a su salvación eterna había de caer inútilmente al suelo.
El milagro de los panes enseña una
lección en cuanto a depender de Dios. Cuando Cristo alimentó a los cinco
mil, la comida no estaba cerca. Aparentemente él no disponía de
recursos. Allí estaba, en el desierto, con cinco mil hombres, además de
las mujeres y los niños. El no había invitado a la vasta muchedumbre.
Ella había venido sin invitación ni orden; pero él sabía que después de
haber escuchado por tanto tiempo sus instrucciones, se sentían
hambrientos y débiles; porque él también participaba de su necesidad de
alimento. Estaban lejos de sus casas, y la noche se acercaba. Muchos
estaban sin recursos para comprar alimento. El que por ellos había
ayunado cuarenta días en el desierto, no quería dejarlos volver
hambrientos a sus casas. La providencia de Dios había colocado a Jesús
donde se hallaba; y él dependía de su Padre celestial para obtener los
medios para aliviar la necesidad.
Y cuando somos puestos en estrecheces,
debemos depender de Dios. Hemos de ejercer sabiduría y juicio en toda
acción de la vida, a fin de no colocarnos en situación de prueba por
procederes temerarios. No debemos sumirnos en dificultades descuidando
los medios que Dios ha provisto y usando mal las facultades que nos ha
dado. Los que trabajan para Cristo deben obedecer implícitamente sus
instrucciones. La obra es de Dios, y si queremos beneficiar a otros
debemos seguir sus planes. No puede hacerse del yo un centro; el yo no
puede recibir honra. Si hacemos planes según nuestras propias ideas, el
Señor nos abandonará a nuestros propios errores. Pero cuando, después de
seguir sus indicaciones, somos puestos en estrecheces, nos librará. No
hemos de renunciar a la lucha, desalentados, sino que en toda emergencia
hemos de procurar la ayuda de Aquel que tiene recursos infinitos a su
disposición. Con frecuencia, estaremos rodeados de circunstancias
penosas, y entonces, con la más plena confianza, debemos depender de
Dios. El guardará a toda alma puesta en perplejidad por tratar de andar
en el camino del Señor. 337
Por medio del profeta, Cristo nos ha
ordenado: "Que partas tu pan con el hambriento," "y saciares el alma
afligida," "que cuando vieres al desnudo, lo cubras," "y a los pobres
errantes metas en casa."* Nos ha dicho: "Id por todo el mundo; predicad
el evangelio a toda criatura."* Pero cuán a menudo nos descorazonamos y
nos falta la fe, al ver cuán grande es la necesidad y cuán pequeños los
medios en nuestras manos. Como Andrés al mirar los cinco panes de cebada
y los dos pececillos, exclamamos: "¿Qué son éstos para tantos?" Con
frecuencia, vacilamos, nada dispuestos a dar todo lo que tenemos,
temiendo gastar y ser gastados para los demás. Pero Jesús nos ha
ordenado: "Dadles vosotros de comer." Su orden es una promesa; y la
apoya el mismo poder que alimentó a la muchedumbre a orillas del mar.
El acto de Cristo al suplir las
necesidades temporales de una muchedumbre hambrienta, entraña una
profunda lección espiritual para todos los que trabajan para él. Cristo
recibía del Padre; él impartía a los discípulos; ellos impartían a la
multitud; y las personas unas a otras. Así, todos los que están unidos a
Cristo, recibirán de él el pan de vida, el alimento celestial, y lo
impartirán a otros.
Confiando plenamente en Dios, Jesús
tomó la pequeña provisión de panes; y aunque constituía una pequeña
porción para su propia familia de discípulos, no los invitó a ellos a
comer, sino que empezó a distribuirles el alimento, ordenándoles que
sirviesen a la gente. El alimento se multiplicaba en sus manos; y las de
los discípulos no estaban nunca vacías al extenderse hacia Cristo, que
es él mismo el pan de vida. La pequeña provisión bastó para todos.
Después que las necesidades de la gente quedaron suplidas, los
fragmentos fueron recogidos, y Cristo y sus discípulos comieron juntos
el alimento precioso proporcionado por el Cielo.
Los discípulos eran el medio de
comunicación entre Cristo y la gente. Esto debe ser de gran estímulo
para sus discípulos de hoy. Cristo es el gran centro, la fuente de toda
fuerza. Sus discípulos han de recibir de él sus provisiones. Los más
inteligentes, los mejor dispuestos espiritualmente, pueden otorgar a
otros solamente lo que reciben. De sí mismos, no pueden suplir en nada
las necesidades: del alma. Podemos impartir 338 únicamente lo que
recibimos de Cristo; y podemos recibir únicamente a medida que
impartimos a otros. A medida que continuamos impartiendo, continuamos
recibiendo; y cuanto más impartamos, tanto más recibiremos. Así podemos
constantemente creer, confiar, recibir e impartir.
La obra de fomentar el reino de
Cristo irá adelante, aunque por todas las apariencias progrese
lentamente y las imposibilidades parezcan testificar contra su progreso.
La obra es de Dios, y él proporcionará los recursos y mandará quienes
ayuden, discípulos fieles y fervientes, cuyas manos estén también llenas
de alimento para la muchedumbre hambrienta. Dios no se olvida de los que
trabajan con amor para dar la Palabra de vida a las almas que perecen,
quienes a su vez extienden las manos para recibir alimento para otras
almas hambrientas.
En nuestro trabajo para Dios,
corremos el peligro de confiar demasiado en lo que el hombre, con sus
talentos y capacidad, puede hacer. Así perdemos de vista al único
Artífice Maestro. Con demasiada frecuencia, el que trabaja para Cristo
deja de comprender su responsabilidad personal. Corre el peligro de
pasar su carga a organizaciones, en vez de confiar en Aquel que es la
fuente de toda fuerza. Es un grave error confiar en la sabiduría humana
o en los números para hacer la obra de Dios. El trabajar con éxito para
Cristo depende no tanto de los números o del talento como de la pureza
del propósito, de la verdadera sencillez de una fe ferviente y confiada.
Deben llevarse responsabilidades personales, asumirse deberes
personales, realizarse esfuerzos personales en favor de los que no
conocen a Cristo. En vez de pasar nuestra responsabilidad a alguna otra
persona que consideramos más capacitada que nosotros, obremos según
nuestra capacidad.
Cuando se nos presente la pregunta:
"¿De dónde compraremos pan para que éstos coman?" no demos la respuesta
de la incredulidad. Cuando los discípulos oyeron la indicación del
Salvador: "Dadles vosotros de comer," se les presentaron todas las
dificultades. Preguntaron: ¿Iremos por las aldeas a comprar pan? Así
también ahora, cuando la gente está privada del pan de vida, los hijos
del Señor preguntan: ¿Mandaremos llamar a alguno de lejos, para que
venga y los alimente? Pero ¿qué dijo Cristo? "Haced recostar la gente,"
y allí los alimentó. 339 Así, cuando estemos rodeados de almas
menesterosas, sepamos que Cristo está allí. Pongámonos en comunión con
él; traigamos nuestros panes de cebada a Jesús.
Los medios de los cuales disponemos
no parecerán tal vez suficientes para la obra; pero si queremos avanzar
con fe, creyendo en el poder de Dios que basta para todo, se nos
presentarán abundantes recursos. Si la obra es de Dios, él mismo
proveerá los medios para realizarla. El recompensará al que confíe
sencilla y honradamente en él. Lo poco que se emplea sabia y
económicamente en el servicio del Señor del cielo, se multiplicará al
ser impartido. En las manos de Cristo, la pequeña provisión de alimento
permaneció sin disminución hasta que la hambrienta multitud quedó
satisfecha. Si vamos a la Fuente de toda fuerza, con las manos de
nuestra fe extendidas para recibir, seremos sostenidos en nuestra obra,
aun en las circunstancias más desfavorables, y podremos dar a otros el
pan de vida.
El Señor dice: "Dad, y se os dará."
"El que siembra con mezquindad, con mezquindad también segará; y el que
siembra generosamente, generosamente también segará.... Y puede Dios
hacer que toda gracia abunde en vosotros; a fin de que, teniendo siempre
toda suficiencia en todo, tengáis abundancia para toda buena obra; según
está escrito:"Ha esparcido, ha dado a los pobres; Su justicia
permanece para siempre.
"Y el que suministra simiente al
sembrador, y pan para manutención, suministrará y multiplicará vuestra
simiente para sembrar, y aumentará los productos de vuestra justicia;
estando vosotros enriquecidos en todo, para toda forma de liberalidad;
la cual obra por medio de nosotros acciones de gracias a Dios."* 340
CAPÍTULO 40
Una Noche Sobre el Lago
SENTADA sobre la llanura cubierta de
hierba, en el crepúsculo primaveral, la gente comió los alimentos que
Cristo había provisto. Las palabras que había oído aquel día, le habían
llegado como la voz de Dios. Las obras de sanidad que había presenciado,
eran de tal carácter que únicamente el poder divino podía realizarlas.
Pero el milagro de los panes atraía a cada miembro de la vasta
muchedumbre. Todos habían participado de su beneficio. En los días de
Moisés, Dios había alimentado a Israel con maná en el desierto, y ¿quién
era éste que los había alimentado ese día, sino Aquel que había sido
anunciado por Moisés? Ningún poder humano podía crear, de cinco panes de
cebada y dos pececillos, bastantes comestibles para alimentar a miles de
personas hambrientas. Y se decían unos a otros: "Este verdaderamente es
el profeta que había de venir al mundo."
Durante todo el día esta convicción
se había fortalecido. Ese acto culminante les aseguraba que entre ellos
se encontraba el Libertador durante tanto tiempo esperado. Las
esperanzas de la gente iban aumentando cada vez más. El sería quien
haría de Judea un paraíso terrenal, una tierra que fluyese leche y miel.
Podía satisfacer todo deseo. Podía quebrantar el poder de los odiados
romanos. Podía librar a Judá y Jerusalén. Podía curar a los soldados
heridos en la batalla. Podía proporcionar alimento a ejércitos enteros.
Podía conquistar las naciones y dar a Israel el dominio que deseaba
desde hacía mucho tiempo.
En su entusiasmo, la gente estaba
lista para coronarle rey en seguida. Se veía que él no hacía ningún
esfuerzo para llamar la atención a sí mismo, ni para atraerse honores.
En esto era esencialmente diferente de los sacerdotes y los príncipes, y
los presentes temían que nunca haría valer su derecho al trono de David.
Consultando entre sí, convinieron en tomarle por fuerza y proclamarle
rey de Israel. Los discípulos se unieron 341a la muchedumbre para
declarar que el trono de David era herencia legítima de u Maestro.
Dijeron que era la modestia de Cristo lo que le hacía rechazar tal
honor. Exalte el pueblo a su Libertador, pensaban. Véanse los arrogantes
sacerdotes y príncipes obligados a honrar a Aquel que viene revestido
con la autoridad de Dios.
Con avidez decidieron llevar a cabo
su propósito; pero Jesús vio lo que se estaba tramando y comprendió,
como no podían hacerlo ellos, cuál sería el resultado de un movimiento
tal. Los sacerdotes y príncipes estaban ya buscando su vida. Le acusaban
de apartar a la gente de ellos. La violencia y la insurrección seguirían
a un esfuerzo hecho para colocarle sobre el trono, y la obra del reino
espiritual quedaría estorbada. Sin dilación, el movimiento debía ser
detenido. Llamando a sus discípulos, Jesús les ordenó que tomasen el
bote y volviesen en seguida a Capernaúm, dejándole a él despedir a la
gente.
Nunca antes había parecido tan
imposible cumplir una orden de Cristo. Los discípulos habían esperado
durante largo tiempo un movimiento popular que pusiese a Jesús en el
trono; no podían soportar el pensamiento de que todo ese entusiasmo
fuera reducido a la nada. Las multitudes que se estaban congregando para
observar la Pascua anhelaban ver al nuevo Profeta. Para sus seguidores,
ésta parecía la oportunidad áurea de establecer a su amado Maestro sobre
el trono de Israel. En el calor de esta nueva ambición, les era difícil
irse solos y dejar a Jesús en aquella orilla desolada. Protestaron
contra tal disposición; pero Jesús les habló entonces con una autoridad
que nunca había asumido para con ellos. Sabían que cualquier oposición
ulterior de su parte sería inútil, y en silencio se volvieron hacia el
mar.
Jesús ordenó entonces a la multitud
que se dispersase; y su actitud era tan decidida que nadie se atrevió a
desobedecerle. Las palabras de alabanza y exaltación murieron en los
labios de los concurrentes. En el mismo acto de adelantarse para
tomarle, sus pasos se detuvieron y se desvanecieron las miradas alegres
y anhelantes de sus rostros. En aquella muchedumbre había hombres de
voluntad fuerte y firme determinación; pero el porte regio de Jesús y
sus pocas y tranquilas palabras de orden apagaron el tumulto y
frustraron sus designios. Reconocieron 342 en él un poder superior a
toda autoridad terrenal, y sin una pregunta se sometieron.
Cuando fue dejado solo, Jesús "subió
al monte apartado a orar." Durante horas continuó intercediendo ante
Dios. Oraba no por sí mismo sino por los hombres. Pidió poder para
revelarles el carácter divino de su misión, para que Satanás no cegase
su entendimiento y pervirtiese su juicio. El Salvador sabia que sus días
de ministerio personal en la tierra estaban casi terminados y que pocos
le recibirían como su Redentor. Con el alma trabajada y afligida, oró
por sus discípulos. Ellos habían de ser intensamente probados. Las
esperanzas que por mucho tiempo acariciaran, basadas en un engaño
popular, habrían de frustrarse de la manera más dolorosa y humillante.
En lugar de su exaltación al trono de David, habían de presenciar su
crucifixión. Tal había de ser, por cierto, su verdadera coronación. Pero
ellos no lo discernían, y en consecuencia les sobrevendrían fuertes
tentaciones que les sería difícil reconocer como tales. Sin el Espíritu
Santo para iluminar la mente y ampliar la comprensión, la fe de los
discípulos faltaría. Le dolía a Jesús que el concepto que ellos tenían
de su reino fuera tan limitado al engrandecimiento y los honores
mundanales. Pesaba sobre su corazón la preocupación que sentía por
ellos, y derramaba sus súplicas con amarga agonía y lágrimas.
Los discípulos no habían abandonado
inmediatamente la tierra, según Jesús les había indicado. Aguardaron un
tiempo, esperando que él viniese con ellos. Pero al ver que las
tinieblas los rodeaban prestamente, "entrando en un barco, venían de la
otra parte de la mar hacia Capernaúm." Habían dejado a Jesús
descontentos en su corazón, más impacientes con él que nunca antes desde
que le reconocieran como su Señor. Murmuraban porque no les había
permitido proclamarle rey. Se culpaban por haber cedido con tanta
facilidad a su orden. Razonaban que si hubiesen sido más persistentes,
podrían haber logrado su propósito.
La incredulidad estaba posesionándose
de su mente y corazón. El amor a los honores los cegaba. Ellos sabían
que Jesús era odiado de los fariseos y anhelaban verle exaltado como les
parecía que debía serlo. El estar unidos con un Maestro que podía
realizar grandes milagros, y, sin embargo, ser 343 vilipendiados como
engañadores era una prueba difícil de soportar. ¿Habían de ser tenidos
siempre por discípulos de un falso profeta? ¿No habría nunca de asumir
Cristo su autoridad como rey? ¿Por qué no se revelaba en su verdadero
carácter el que poseía tal poder, y así hacía su senda menos dolorosa?
¿Por qué no había salvado a Juan el Bautista de una muerte violenta? Así
razonaban los discípulos hasta que atrajeron sobre sí grandes tinieblas
espirituales. Se preguntaban: ¿Podía ser Jesús un impostor, según
aseveraban los fariseos?
Ese día los discípulos habían
presenciado las maravillosas obras de Cristo. Parecía que el cielo había
bajado a la tierra. El recuerdo de aquel día precioso y glorioso debiera
haberlos llenado de fe y esperanza. Si de la abundancia de su corazón
hubiesen estado conversando respecto a estas cosas, no habrían entrado
en tentación. Pero su desilusión absorbía sus pensamientos. Habían
olvidado las palabras de Cristo: "Recoged los pedazos que han quedado,
porque no se pierda nada." Aquellas habían sido horas de gran bendición
para los discípulos, pero las habían olvidado. Estaban en medio de aguas
agitadas. Sus pensamientos eran tumultuosos e irrazonables, y el Señor
les dio entonces otra cosa para afligir sus almas y ocupar sus mentes.
Dios hace con frecuencia esto cuando los hombres se crean cargas y
dificultades. Los discípulos no necesitaban hacerse dificultades. El
peligro se estaba acercando rápidamente.
Una violenta tempestad estaba por
sobrecogerles y ellos no estaban preparados para ella. Fue un contraste
repentino, porque el día había sido perfecto; y cuando el huracán los
alcanzó, sintieron miedo. Olvidaron su desafecto, su incredulidad, su
impaciencia. Cada uno se puso a trabajar para impedir que el barco se
hundiese. Por el mar, era corta la distancia que separaba a Betsaida del
punto adonde esperaban encontrarse con Jesús, y en tiempo ordinario el
viaje requería tan sólo unas horas, pero ahora eran alejados cada vez
más del punto que buscaban. Hasta la cuarta vela de la noche lucharon
con los remos. Entonces los hombres cansados se dieron por perdidos. En
la tempestad y las tinieblas, el mar les había enseñado cuán
desamparados estaban, y anhelaban la presencia de su Maestro.
Jesús no los había olvidado. El que
velaba en la orilla vio a 344 aquellos hombres que llenos de temor
luchaban con la tempestad. Ni por un momento perdió de vista a sus
discípulos. Con la más profunda solicitud, sus ojos siguieron al barco
agitado por la tormenta con su preciosa carga; porque estos hombres
habían de ser la luz del mundo. Como una madre vigila con tierno amor a
su hijo, el compasivo Maestro vigilaba a sus discípulos. Cuando sus
corazones estuvieron subyugados, apagada su ambición profana y en
humildad oraron pidiendo ayuda, les fue concedida.
En el momento en que ellos se
creyeron perdidos, un rayo de luz reveló una figura misteriosa que se
acercaba a ellos sobre el agua. Pero no sabían que era Jesús. Tuvieron
por enemigo al que venía en su ayuda. El terror se apoderó de ellos Las
manos que habían asido los remos con músculos de hierro, los soltaron.
El barco se mecía al impulso de las olas, todos los ojos estaban fijos
en esta visión de un hombre que andaba sobre las espumosas olas de un
mar agitado. Ellos pensaban que era un fantasma que presagiaba su
destrucción y gritaron atemorizados. Jesús siguió avanzando, como si
quisiese pasar más allá de donde estaban ellos, pero le reconocieron, y
clamaron a él pidiéndole ayuda. Su amado Maestro se volvió entonces, y
su voz aquietó su temor: "Alentaos; yo soy, no temáis."
Tan pronto como pudieron creer el
hecho prodigioso, Pedro se sintió casi fuera de sí de gozo. Como si
apenas pudiese creer, exclamó: "Señor, si tú eres, manda que yo vaya a
ti sobre las aguas Y él dijo: Ven."
Mirando a Jesús, Pedro andaba con
seguridad; pero cuando con satisfacción propia, miró hacia atrás, a sus
compañeros que estaban en el barco, sus ojos se apartaron del Salvador.
El viento era borrascoso. Las olas se elevaban a gran altura,
directamente entre él y el Maestro; y Pedro sintió miedo. Durante un
instante, Cristo quedó oculto de su vista, y su fe le abandonó. Empezó a
hundirse. Pero mientras las ondas hablaban con la muerte, Pedro elevó
sus ojos de las airadas aguas y fijándolos en Jesús, exclamó: "Señor,
sálvame." Inmediatamente Jesús asió la mano extendida, diciéndole: "Oh
hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"
Andando lado a lado, y teniendo Pedro
su mano en la de su Maestro, entraron juntos en el barco. Pero Pedro
estaba ahora 345 subyugado y callado. No tenía motivos para alabarse más
que sus compañeros, porque por la incredulidad y el ensalzamiento
propio, casi había perdido la vida. Cuando apartó sus ojos de Jesús,
perdió pie y se hundía en medio de las ondas.
Cuando la dificultad nos sobreviene,
con cuánta frecuencia somos como Pedro. Miramos las olas en vez de
mantener nuestros ojos fijos en el Salvador. Nuestros pies resbalan, y
las orgullosas aguas sumergen nuestras almas. Jesús no le había pedido a
Pedro que fuera a él para perecer; él no nos invita a seguirle para
luego abandonarnos. "No temas -dice,- porque yo te redimí; te puse
nombre, mío eres tú. Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y
por los ríos, no te anegarán. Cuando pasares por el fuego, no te
quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová Dios tuyo, el Santo
de Israel, soy tu Salvador.'*
Jesús leía el carácter de sus
discípulos. Sabía cuán intensamente había de ser probada su fe. En este
incidente sobre el mar, deseaba revelar a Pedro su propia debilidad,
para mostrarle que su seguridad estaba en depender constantemente del
poder divino. En medio de las tormentas de la tentación, podía andar
seguramente tan sólo si, desconfiando totalmente de sí mismo, fiaba en
el Salvador. En el punto en que Pedro se creía fuerte, era donde era
débil; y hasta que pudo discernir su debilidad no pudo darse cuenta de
cuánto necesitaba depender de Cristo. Si él hubiese aprendido la lección
que Jesús trataba de enseñarle en aquel incidente sobre el mar, no
habría fracasado cuando le vino la gran prueba.
Día tras día, Dios instruye a sus
hijos. Por las circunstancias de la vida diaria, los está preparando
para desempeñar su parte en aquel escenario más amplio que su
providencia les ha designado. Es el resultado de la prueba diaria lo que
determina su victoria o su derrota en la gran crisis de la vida.
Los que dejan de sentir que dependen
constantemente de Dios, serán vencidos por la tentación. Podemos suponer
ahora que nuestros pies están seguros y que nunca seremos movidos.
Podemos decir con confianza: Yo sé a quién he creído; nada quebrantará
mi fe en Dios y su Palabra. Pero Satanás está proyectando aprovecharse
de nuestras características heredadas y cultivadas, y cegar nuestros
ojos acerca de nuestras propias 346 necesidades y defectos. Únicamente
comprendiendo nuestra propia debilidad y mirando fijamente a Jesús,
podemos estar seguros.
Apenas hubo tomado Jesús su lugar en
el barco, cuando el viento cesó, "y luego el barco llegó a la tierra
donde iban." La noche de horror fue sucedida por la luz del alba. Los
discípulos, y otros que estaban a bordo, se postraron a los pies de
Jesús con corazones agradecidos, diciendo: "Verdaderamente eres Hijo de
Dios." 347
CAPÍTULO 41
La Crisis en Galilea
CUANDO Cristo prohibió a la gente que
le declarara rey, sabía que había llegado a un momento decisivo de su
historia. Mañana se apartarían de él las multitudes que hoy deseaban
exaltarle al trono. El chasco que sufriera su ambición egoísta iba a
transformar su amor en odio, su alabanza en maldiciones. Aunque sabía
esto, no tomó medidas para evitar la crisis. Desde el principio, no
había presentado a sus seguidores ninguna esperanza de recompensas
terrenales. A uno que vino deseando ser su discípulo, le había dicho:
"Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del
hombre no tiene donde recueste su cabeza.'* Si los hombres pudiesen
haber tenido el mundo con Cristo, multitudes le habrían tributado
fidelidad; pero no podía aceptar un servicio tal. Entre los que estaban
relacionados con él, muchos habían sido atraídos por la esperanza de un
reino mundanal. Estos debían ser desengañados. La profunda enseñanza
espiritual que hay en el milagro de los panes no había sido comprendida.
Tenía que ser aclarada. Y esa nueva revelación iba a traer consigo una
prueba más detenida.
La noticia del milagro de los panes
se difundió lejos y cerca, y muy temprano a la mañana siguiente, la
gente acudió a Betsaida para ver a Jesús. Venía en grandes multitudes,
por mar y tierra. Los que le habían dejado a la noche anterior,
volvieron esperando encontrarle todavía allí; porque no había barco en
el cual pudiese pasar al otro lado. Pero su búsqueda fue infructuosa, y
muchos se dirigieron a Capernaúm, siempre buscándole.
Mientras tanto, él había llegado a
Genesaret, después de sólo un día de ausencia. Apenas se supo que había
desembarcado, la gente, "recorriendo toda la tierra de alrededor,
comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que
estaba."* Después de un tiempo, fue a la sinagoga, y allí le 348
encontraron los que habían venido de Betsaida. Supieron por sus
discípulos cómo había cruzado el mar. La furia de la tempestad y las
muchas horas de inútil remar contra los vientos adversos, la aparición
de Cristo andando sobre el agua, los temores así despertados, sus
palabras consoladoras, la aventura de Pedro y su resultado, con el
repentino aplacamiento de la tempestad y la llegada del barco, todo esto
fue relatado fielmente a la muchedumbre asombrada. No contentos con
esto, muchos se reunían alrededor de Jesús preguntando: "Rabbí, ¿cuándo
llegaste acá?" Esperaban oír de sus labios otro relato del milagro.
Jesús no satisfizo su curiosidad.
Dijo tristemente: "Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino
porque comisteis el pan y os hartasteis." No le buscaban por algún
motivo digno; sino que como habían sido alimentados con los panes,
esperaban recibir todavía otros beneficios temporales vinculándose con
él. El Salvador les instó: "Trabajad no por la comida que perece, mas
por la comida que a vida eterna permanece." No busquéis solamente el
beneficio material. No tenga por objeto vuestro principal esfuerzo
proveer para la vida actual, pero buscad el alimento espiritual, a
saber, esa sabiduría que durará para vida eterna. Sólo el Hijo de Dios
puede darla; "porque a éste señaló el Padre, que es Dios."
Por el momento se despertó el interés
de los oyentes. Exclamaron: "¿Qué haremos para que obremos las obras de
Dios?" Habían estado realizando muchas obras penosas para recomendarse a
Dios; y estaban listos para enterarse de cualquier nueva observancia por
la cual pudiesen obtener mayor mérito. Su pregunta significaba: ¿Qué
debemos hacer para merecer el cielo? ¿Cuál es el precio requerido para
obtener la vida venidera?
"Respondió Jesús y díjoles: Esta es
la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado." El precio del
cielo es Jesús. El camino al cielo es por la fe en "el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo."*
Pero la gente no quería recibir esta
declaración de la verdad divina. Jesús había hecho la obra que la
profecía había predicho que haría el Mesías; pero no habían presenciado
lo que sus esperanzas egoístas habían representado como obra suya. 349
Cristo había alimentado en verdad una vez a la multitud con panes de
cebada; pero en los días de Moisés, Israel había sido alimentado con
maná durante cuarenta años, y se esperaban bendiciones mucho mayores del
Mesías. Con corazón desconforme, preguntaban por qué, si Jesús podía
hacer obras tan admirables como las que habían presenciado, no podía dar
a todos los suyos salud, fuerza y riquezas, librarlos de sus opresores y
exaltarlos al poder y la honra. El hecho de que aseverara ser el Enviado
de Dios, y, sin embargo, se negara a ser el Rey de Israel era un
misterio que no podían sondear. Su negativa fue mal interpretada. Muchos
concluyeron que no se atrevía a presentar sus derechos porque él mismo
dudaba del carácter divino de su misión. Así abrieron su corazón a la
incredulidad, y la semilla que Satanás había sembrado llevó fruto según
su especie: incomprensión y deserción.
Ahora, medio en tono de burla, un
rabino preguntó "¿Qué señal pues haces tú, para que veamos, y te
creamos? ¿Qué obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto,
como está escrito: Pan del cielo les dio a comer."
Los judíos honraban a Moisés como
dador del maná, tributando alabanza al instrumento, y perdiendo de vista
a Aquel por quien la obra había sido realizada. Sus padres habían
murmurado contra Moisés, y habían dudado de su misión divina y la habían
negado. Ahora, animados del mismo espíritu, los hijos rechazaban a Aquel
que les daba el mensaje de Dios. "Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto
os digo: No os dio Moisés pan del cielo; mas mi Padre os dio el
verdadero pan del cielo." El que había dado el maná estaba entre ellos.
Era Cristo mismo quien había conducido a los hebreos a través del
desierto, y los había alimentado diariamente con el pan del cielo. Este
alimento era una figura del verdadero pan del cielo. El Espíritu que
fluye de la infinita plenitud de Dios y da vida es el verdadero maná.
Jesús dijo: "El pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida
al mundo."
Pensando todavía que Jesús se refería
al alimento temporal, algunos de sus oyentes exclamaron: "Señor, danos
siempre este pan." Jesús habló entonces claramente: "Yo soy el pan de
vida."
La figura que Cristo empleó era
familiar para los judíos. 350 Moisés, por inspiración del Espíritu
Santo, había dicho: "El hombre no vivirá de solo pan, mas de todo lo que
sale de la boca de Jehová." Y el profeta Jeremías había escrito: "Halláronse
tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría
de mi corazón."* Los rabinos mismos solían decir que el comer pan, en su
significado espiritual, era estudiar la ley y practicar las buenas
obras; se decía a menudo que cuando viniese el Mesías, todo Israel sería
alimentado. La enseñanza de los profetas aclaraba la profunda lección
espiritual del milagro de los panes. Cristo trató de presentar esta
lección a sus oyentes en la sinagoga. Si ellos hubiesen comprendido las
Escrituras, habrían entendido sus palabras cuando dijo: "Yo soy el pan
de vida." Tan sólo el día antes, la gran multitud, hambrienta y cansada,
había sido alimentada por el pan que él había dado. Así como de ese pan
habían recibido fuerza física y refrigerio, podían recibir de Cristo
fuerza espiritual para obtener la vida eterna. "El que a mí viene
--dijo,-- nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed
jamás." Pero añadió: "Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no
creéis."
Habían visto a Cristo por el
testimonio del Espíritu Santo, por la revelación de Dios a sus almas.
Las evidencias vivas de su poder habían estado delante de ellos día tras
día, y, sin embargo, pedían otra señal. Si ésta les hubiese sido dada,
habrían permanecido tan incrédulos como antes. Si no quedaban
convencidos por lo que habían visto y oído, era inútil mostrarles más
obras maravillosas. La incredulidad hallará siempre disculpas para
dudar, y destruirá por sus raciocinios las pruebas más positivas.
Cristo volvió a apelar a estos
corazones obcecados. "Al que a mí viene, no le echo fuera." Todos los
que le recibieran por la fe, dijo él, tendrían vida eterna. Ninguno se
perdería. No era necesario que los fariseos y saduceos disputasen acerca
de la vida futura. Ya no necesitaban los hombres llorar desesperadamente
a sus muertos. "Esta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que
todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna: y yo le
resucitaré en el día postrero."
Pero los dirigentes del pueblo se
ofendieron, "y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y
madre nosotros conocemos? ¿cómo, pues, dice éste: Del cielo he
descendido?" 351 Refiriéndose con escarnio al origen humilde de Jesús,
procuraron despertar prejuicios. Aludieron despectivamente a su vida
como trabajador galileo, y a su familia pobre y humilde. Los asertos de
este carpintero sin educación, dijeron, eran indignos de su atención. Y
a causa de su nacimiento misterioso, insinuaron que era de parentesco
dudoso, presentaron así las circunstancias humanas de su nacimiento como
una mancha sobre su historia.
Jesús no intentó explicar el misterio
de su nacimiento. No contestó las preguntas relativas a su descenso del
cielo, como no había contestado las preguntas acerca de cómo había
cruzado el mar. No llamó la atención a los milagros que señalaban su
vida. Voluntariamente se había hecho humilde, sin reputación, tomando
forma de siervo. Pero sus palabras y obras revelaban su carácter. Todos
aquellos cuyo corazón estaba abierto a la iluminación divina
reconocerían en él al "unigénito del Padre, lleno de gracia y de
verdad."*
El prejuicio de los fariseos era más
hondo de lo que sus preguntas indicaban; tenía su raíz en la perversidad
de su corazón. Cada palabra y acto de Jesús despertaba en ellos
antagonismo; porque el espíritu que ellos albergaban no podía hallar
respuesta en él.
"Ninguno puede venir a mí, si el
Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.
Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que,
todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí." Nadie vendrá
jamás a Cristo, salvo aquellos que respondan a la atracción del amor del
Padre. Pero Dios está atrayendo todos los corazones a él, y únicamente
aquellos que resisten a su atracción se negarán a venir a Cristo.
En las palabras, "serán todos
enseñados de Dios," Jesús se refirió a la profecía de Isaías: "Y todos
tus hijos serán enseñados de Jehová; y multiplicará la paz de tus
hijos." * Este pasaje se lo apropiaban los judíos. Se jactaban de que
Dios era su maestro. Pero Jesús demostró cuán vano era este aserto;
porque dijo: "Todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí."
Únicamente por Cristo podían ellos recibir un conocimiento del Padre. La
humanidad no podía soportar la visión de su gloria. Los que habían
aprendido de Dios habían estado 352 escuchando la voz del Hijo, y en
Jesús de Nazaret iban a reconocer a Aquel a quien el Padre había
declarado por la naturaleza y la revelación.
"De cierto, de cierto os digo: El que
cree en mí, tiene vida eterna." Por medio del amado Juan, que escuchó
estas palabras, el Espíritu Santo declaró a las iglesias: "Y este es el
testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su
Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida." * Y Jesús dijo: "Yo le
resucitaré en el día postrero." Cristo se hizo carne con nosotros, a fin
de que pudiésemos ser espíritu con él. En virtud de esta unión hemos de
salir de la tumba, no simplemente como manifestación del poder de
Cristo, sino porque, por la fe, su vida ha llegado a ser nuestra. Los
que ven a Cristo en su verdadero carácter, y le reciben en el corazón,
tienen vida eterna. Por el Espíritu es como Cristo mora en nosotros; y
el Espíritu de Dios, recibido en el corazón por la fe, es el principio
de la vida eterna.
Al hablar con Cristo, la gente se
había referido al maná que sus padres comieron en el desierto, como si
al suministrar este alimento se hubiese realizado un milagro mayor que
el que Jesús había hecho; pero él les demuestra cuán débil era este don
comparado con las bendiciones que él había venido a otorgar. El maná
podía sostener solamente esta existencia terrenal; no impedía la llegada
de la muerte, ni aseguraba la inmortalidad; mientras que el pan del
cielo alimentaría el alma para la vida eterna. El Salvador dijo: "Yo soy
el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y son
muertos. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de el
comiere, no muera. Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo: si
alguno comiere de este pan, vivirá para siempre." Cristo añadió luego
otra figura a ésta. Únicamente muriendo podía impartir vida a los
hombres, y en las palabras que siguen señala su muerte como el medio de
salvación. Dice: "El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la
vida del mundo."
Los judíos estaban por celebrar la
Pascua en Jerusalén, en conmemoración de la noche en que Israel había
sido librado, cuando el ángel destructor hirió los hogares de Egipto. En
el cordero pascual, Dios deseaba que ellos viesen el Cordero de 353 Dios
y que por este símbolo recibiesen a Aquel que se daba a sí mismo para la
vida del mundo. Pero los judíos habían llegado a dar toda la importancia
al símbolo, mientras que pasaban por alto su significado. No discernían
el cuerpo del Señor. La misma verdad que estaba simbolizada en la
ceremonia pascual, estaba enseñada en las palabras de Cristo. Pero no la
discernían tampoco.
Entonces los rabinos exclamaron
airadamente: "¿Cómo puede éste darnos su carne a comer?" Afectaron
comprender sus palabras en el mismo sentido literal que Nicodemo cuando
preguntó: "¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo?"* Hasta cierto
punto comprendían lo que Jesús quería decir, pero no querían
reconocerlo. Torciendo sus palabras, esperaban crear prejuicios contra
él en la gente.
Cristo no suavizó su representación
simbólica. Reiteró la verdad con lenguaje aun más fuerte: "De cierto, de
cierto os digo: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y
bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne
y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día
postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera
bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en
él."
Comer la carne y beber la sangre de
Cristo es recibirle como Salvador personal, creyendo que perdona
nuestros pecados, y que somos completos en él. Contemplando su amor, y
espaciándonos en él, absorbiéndolo, es como llegamos a participar de su
naturaleza. Lo que es el alimento para el cuerpo, debe serlo Cristo para
el alma. El alimento no puede beneficiarnos a menos que lo comamos; a
menos que llegue a ser parte de nuestro ser. Así también Cristo no tiene
valor para nosotros si no le conocemos como Salvador personal. Un
conocimiento teórico no nos beneficiará. Debemos alimentarnos de él,
recibirle en el corazón, de tal manera que su vida llegue a ser nuestra
vida. Debemos asimilarnos su amor y su gracia.
Pero aun estas figuras no alcanzan a
presentar el privilegio que es para el creyente la relación con Cristo.
Jesús dijo: "Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre,
asimismo el que me come, él también vivirá por mí." Como el Hijo de Dios
vivía por la fe en el Padre, hemos de vivir 354 nosotros por la fe en
Cristo. Tan plenamente estaba Jesús entregado a la voluntad de Dios que
sólo el Padre aparecía en su vida. Aunque tentado en todos los puntos
como nosotros, se destacó ante el mundo sin llevar mancha alguna del mal
que le rodeaba. Así también hemos de vencer nosotros como Cristo venció.
¿Somos seguidores de Cristo? Entonces
todo lo que está escrito acerca de la vida espiritual, está escrito para
nosotros, y podemos alcanzarlo uniéndonos a Jesús. ¿Languidece nuestro
celo? ¿Se ha enfriado nuestro primer amor? Aceptemos otra vez el amor
que nos ofrece Cristo. Comamos de su carne, bebamos de su sangre, y
llegaremos a ser uno con el Padre y con el Hijo.
Los judíos incrédulos se negaron a
ver otra cosa sino el sentido más literal de las palabras del Salvador.
Por la ley ritual se les prohibía probar la sangre, y ahora torcieron el
lenguaje de Cristo hasta hacerlo parecer sacrílego, y disputaban entre
sí acerca de él. Muchos, aun entre los discípulos dijeron: "Dura es esta
palabra: ¿quién la puede oír?"
El Salvador les contestó: "¿Esto os
escandaliza? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del hombre que sube donde
estaba primero? El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha:
las palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida."
La vida de Cristo, que da vida al
mundo, está en su palabra. Fue por su palabra como Jesús sanó la
enfermedad y echó los demonios; por su palabra calmó el mar y resucitó
los muertos; y la gente dio testimonio de que su palabra era con
autoridad. El hablaba la palabra de Dios, como había hablado por medio
de todos los profetas y los maestros del Antiguo Testamento. Toda la
Biblia es una manifestación de Cristo, y el Salvador deseaba fijar la fe
de sus seguidores en la Palabra. Cuando su presencia visible se hubiese
retirado, la Palabra sería fuente de poder para ellos. Como su Maestro,
habían de vivir "con toda palabra que sale de la boca de Dios."*
Así como nuestra vida física es
sostenida por el alimento, nuestra vida espiritual es sostenida por la
palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la Palabra de Dios
para sí. Como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir
alimento, así hemos de recibir la Palabra por nosotros mismos. 355 No
hemos de obtenerla simplemente por medio de otra mente. Debemos estudiar
cuidadosamente la Biblia, pidiendo a Dios la ayuda del Espíritu Santo a
fin de comprender su Palabra. Debemos tomar un versículo, y concentrar
el intelecto en la tarea de discernir el pensamiento que Dios puso en
ese versículo para nosotros. Debemos espaciarnos en el pensamiento hasta
que venga a ser nuestro y sepamos "lo que dice Jehová."
En sus promesas y amonestaciones,
Jesús se dirige a mí. Dios amó de tal manera al mundo, que dio a su Hijo
unigénito, para que, creyendo en él, yo no perezca, sino tenga vida
eterna. Lo experimentado según se relata en la Palabra de Dios ha de ser
lo que yo experimente. La oración y la promesa, el precepto y la
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