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El
Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 35 "Calla, Enmudece" *
HABÍA sido un día lleno de
acontecimientos en la vida de Jesús. Al lado del mar de Galilea, había
pronunciado sus primeras parábolas, explicando de nuevo, mediante
ilustraciones familiares, la naturaleza de su reino y la manera en que
se establecería. Había comparado su propia obra a la del sembrador, el
desarrollo de su reino al crecimiento de la semilla de mostaza, y al
efecto de la levadura en una medida de harina. Había descrito la gran
separación final de los justos y de los impíos mediante las parábolas
del trigo y de la cizaña, y de la red del pescador. Había ilustrado la
excelsa preciosura de las verdades que enseñaba, mediante el tesoro
oculto y la perla de gran precio, mientras que en la parábola del padre
de familia había enseñado a sus discípulos cómo habían de trabajar como
representantes suyos.
Durante todo el día había estado
enseñando y sanando; y al llegar la noche, las muchedumbres se agolpaban
todavía en derredor de él. Día tras día, las había atendido, sin
detenerse casi para comer y descansar. Las críticas maliciosas y las
falsas representaciones con que los fariseos le perseguían
constantemente, hacían sus labores más pesadas y agobiadoras. Y ahora el
fin del día le hallaba tan sumamente cansado que resolvió retirarse a
algún lugar solitario al otro lado del lago.
La región situada al oriente del lago
de Genesaret no estaba deshabitada, pues había aquí y allí aldeas y
villas, pero era desolada en comparación con la ribera occidental. Su
población era más pagana que judía y tenía poca comunicación con
Galilea. Así que ofrecía a Jesús el retiro que buscaba, y él invitó a
sus discípulos a que le acompañasen allí.
Después que hubo despedido la
multitud, le llevaron, tal "como estaba," al barco, y apresuradamente
zarparon. Pero no habían de salir solos. Había otros barcos de pesca
cerca de la orilla, que pronto se llenaron de gente que se 301 proponía
seguir a Jesús, ávida de continuar viéndole y oyéndole. El Salvador
estaba por fin aliviado de la presión de la multitud, y, vencido por el
cansancio y el hambre, se acostó en la popa del barco y no tardó en
quedarse dormido. El anochecer había sido sereno y plácido, y la calma
reinaba sobre el lago. Pero de repente las tinieblas cubrieron el cielo,
bajó un viento furioso por los desfiladeros de las montañas, que se
abrían a lo largo de la orilla oriental, y una violenta tempestad
estalló sobre el lago.
El sol se había puesto y la negrura
de la noche se asentó sobre el tormentoso mar. Las olas, agitadas por
los furiosos vientos, se arrojaban bravías contra el barco de los
discípulos y amenazaban hundirlo. Aquellos valientes pescadores habían
pasado su vida sobre el lago, y habían guiado su embarcación a puerto
seguro a través de muchas tempestades; pero ahora su fuerza y habilidad
no valían nada. Se hallaban impotentes en las garras de la tempestad, y
desesperaron al ver cómo su barco se anegaba.
Absortos en sus esfuerzos para
salvarse, se habían olvidado de que Jesús estaba a bordo. Ahora,
reconociendo que eran vanas sus labores y viendo tan sólo la muerte
delante de sí, se acordaron de Aquel a cuya orden habían emprendido la
travesía del mar. En Jesús se hallaba su única esperanza. En su
desamparo y desesperación clamaron: "¡Maestro, Maestro!" Pero las densas
tinieblas le ocultaban de su vista. Sus voces eran ahogadas por el
rugido de la tempestad y no recibían respuesta. La duda y el temor los
asaltaban. ¿Les habría abandonado Jesús? ¿Sería ahora impotente para
ayudar a sus discípulos Aquel que había vencido la enfermedad, los
demonios y aun la muerte? ¿No se acordaba de ellos en su angustia?
Volvieron a llamar, pero no
recibieron otra respuesta que el silbido del rugiente huracán. Ya se
estaba hundiendo el barco. Dentro de un momento, según parecía, iban a
ser tragados por las hambrientas aguas.
De repente, el fulgor de un rayo
rasgó las tinieblas y vieron a Jesús acostado y dormido sin que le
perturbase el tumulto. Con asombro y desesperación, exclamaron:
"¿Maestro, no tienes cuidado que perecemos?" ¿Cómo podía él descansar
tan 302 apaciblemente mientras ellos estaban en peligro, luchando con la
muerte?
Sus clamores despertaron a Jesús.
Pero al iluminarle el resplandor del rayo, vieron la paz del cielo
reflejada en su rostro; leyeron en su mirada un amor abnegado y tierno,
y sus corazones se volvieron a él para exclamar: "Señor, sálvanos, que
perecemos."
Nunca dio un alma expresión a este
clamor sin que fuese oído. Mientras los discípulos asían sus remos para
hacer un postrer esfuerzo, Jesús se levantó. De pie en medio de los
discípulos, mientras la tempestad rugía, las olas se rompían sobre ellos
y el relámpago iluminaba su rostro, levantó la mano, tan a menudo
empleada en hechos de misericordia, y dijo al mar airado: "Calla,
enmudece."
La tempestad cesó. Las olas
reposaron. Disipáronse las nubes y las estrellas volvieron a
resplandecer. El barco descansaba sobre un mar sereno. Entonces,
volviéndose a sus discípulos, Jesús les preguntó con tristeza: "¿Por qué
estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?"
El silencio cayó sobre los
discípulos. Ni siquiera Pedro intentó expresar la reverencia que llenaba
su corazón. Los barcos que habían salido para acompañar a Jesús se
habían visto en el mismo peligro que el de los discípulos. El terror y
la desesperación se habían apoderado de sus ocupantes; pero la orden de
Jesús había traído calma a la escena de tumulto. La furia de la
tempestad había arrojado los barcos muy cerca unos de otros, y todos los
que estaban a bordo de ellos habían presenciado el milagro. Una vez que
se hubo restablecido la calma, el temor quedó olvidado. La gente
murmuraba entre sí, preguntando: "¿Qué hombre es éste, que aun los
vientos y la mar le obedecen?"
Cuando Jesús fue despertado para
hacer frente a la tempestad, se hallaba en perfecta paz. No había en sus
palabras ni en su mirada el menor vestigio de temor, porque no había
temor en su corazón. Pero él no confiaba en la posesión de la
omnipotencia. No era en calidad de "dueño de la tierra, del mar y del
cielo" cómo descansaba en paz. Había depuesto ese poder, y aseveraba:
"No puedo yo de mí mismo hacer nada.'* Jesús confiaba en el poder del
Padre; descansaba en la fe--- la 303 fe en el amor y cuidado de Dios,---
y el poder de aquella palabra que calmó la tempestad era el poder de
Dios.
Así como Jesús reposaba por la fe en
el cuidado del Padre, así también hemos de confiar nosotros en el
cuidado de nuestro Salvador. Si los discípulos hubiesen confiado en él,
habrían sido guardados en paz. Su temor en el tiempo de peligro reveló
su incredulidad. En sus esfuerzos por salvarse a sí mismos, se olvidaron
de Jesús; y únicamente cuando desesperando de lo que podían hacer, se
volvieron a él, pudo ayudarles.
¡Cuán a menudo experimentamos
nosotros lo que experimentaron los discípulos! Cuando las tempestades de
la tentación nos rodean y fulguran los fieros rayos y las olas nos
cubren, batallamos solos con la tempestad, olvidándonos de que hay Uno
que puede ayudarnos. Confiamos en nuestra propia fuerza hasta que
perdemos nuestra esperanza y estamos a punto de perecer. Entonces nos
acordamos de Jesús, y si clamamos a él para que nos salve, no clamaremos
en vano. Aunque él con tristeza reprende nuestra incredulidad y
confianza propia, nunca deja de darnos la ayuda que necesitamos. En la
tierra o en el mar, si tenemos al Salvador en nuestro corazón, no
necesitamos temer. La fe viva en el Redentor serenará el mar de la vida
y de la manera que él reconoce como la mejor nos librará del peligro.
Este milagro de calmar la tempestad
encierra otra lección espiritual. La vida de cada hombre testifica
acerca de la verdad de las palabras de la Escritura: "Los impíos son
como la mar en tempestad, que no puede estarse quieta.... No hay paz,
dijo mi Dios, para los impíos."* El pecado ha destruido nuestra paz.
Mientras el yo no está subyugado, no podemos hallar descanso. Las
pasiones predominantes en el corazón no pueden ser regidas por facultad
humana alguna. Somos tan impotentes en esto como los discípulos para
calmar la rugiente tempestad. Pero el que calmó las olas de Galilea ha
pronunciado la palabra que puede impartir paz a cada alma. Por fiera que
sea la tempestad, los que claman a Jesús: "Señor, sálvanos" hallarán
liberación. Su gracia, que reconcilia al alma con Dios, calma las
contiendas de las pasiones humanas, y en su amor el corazón descansa.
"Hace parar la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Alégranse
luego porque se reposaron; y 304 él los guía al puerto que deseaban."*
"Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de
nuestro Señor Jesucristo." "Y el efecto de la justicia será paz; y la
labor de justicia, reposo y seguridad para siempre." *
Por la mañana temprano, el Salvador y
sus compañeros llegaron a la orilla, y la luz del sol naciente se
esparcía sobre el mar y la tierra como una bendición de paz. Pero apenas
habían tocado la orilla cuando sus ojos fueron heridos por una escena
más terrible que la furia de la tempestad. Desde algún escondedero entre
las tumbas, dos locos echaron a correr hacia ellos como si quisieran
despedazarlos. De sus cuerpos colgaban trozos de cadenas que habían roto
al escapar de sus prisiones. Sus carnes estaban desgarradas y
sangrientas donde se habían cortado con piedras agudas. A través de su
largo y enmarañado cabello, fulguraban sus ojos; y la misma apariencia
de la humanidad parecía haber sido borrada por los demonios que los
poseían, de modo que se asemejaban más a fieras que a hombres.
Los discípulos y sus compañeros
huyeron aterrorizados; pero al rato notaron que Jesús no estaba con
ellos y se volvieron para buscarle. Allí estaba donde le habían dejado.
El que había calmado la tempestad, que antes había arrostrado y vencido
a Satanás, no huyó delante de esos demonios. Cuando los hombres,
crujiendo los dientes y echando espuma por la boca, se acercaron a él,
Jesús levantó aquella mano que había ordenado a las olas que se
calmasen, y los hombres no pudieron acercarse más. Estaban de pie,
furiosos, pero impotentes delante de él.
Con autoridad ordenó a los espíritus
inmundos que saliesen. Sus palabras penetraron las obscurecidas mentes
de los desafortunados. Vagamente, se dieron cuenta de que estaban cerca
de alguien que podía salvarlos de los atormentadores demonios. Cayeron a
los pies del Salvador para adorarle; pero cuando sus labios se abrieron
para pedirle misericordia, los demonios hablaron por su medio clamando
vehementemente: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te
conjuro por Dios que no me atormentes."
Jesús preguntó: "¿Cómo te llamas?" Y
la respuesta fue: "Legión me llamo; porque somos muchos." Empleando a
305 aquellos hombres afligidos como medios de comunicación, rogaron a
Jesús que no los mandase fuera del país. En la ladera de una montaña no
muy distante pacía una gran piara de cerdos. Los demonios pidieron que
se les permitiese entrar en ellos, y Jesús se lo concedió.
Inmediatamente el pánico se apoderó de la piara. Echó a correr
desenfrenadamente por el acantilado, y sin poder detenerse en la orilla,
se arrojó al lago, donde pereció.
Mientras tanto, un cambio maravilloso
se había verificado en los endemoniados. Había amanecido en sus mentes.
Sus ojos brillaban de inteligencia. Sus rostros, durante tanto tiempo
deformados a la imagen de Satanás, se volvieron repentinamente benignos.
Se aquietaron las manos manchadas de sangre, y con alegres voces los
hombres alabaron a Dios por su liberación.
Desde el acantilado, los cuidadores
de los cerdos habían visto todo lo que había sucedido, y se apresuraron
a ir a publicar las nuevas a sus amos y a toda la gente. Llena de temor
y asombro, la población acudió al encuentro de Jesús. Los dos
endemoniados habían sido el terror de toda la región. Para nadie era
seguro pasar por donde ellos se hallaban, porque se abalanzaban sobre
cada viajero con furia demoníaca. Ahora estos hombres estaban vestidos y
en su sano juicio, sentados a los pies de Jesús, escuchando sus palabras
y glorificando el nombre de Aquel que los había sanado. Pero la gente
que contemplaba esta maravillosa escena no se regocijó. La pérdida de
los cerdos le parecía de mayor importancia que la liberación de estos
cautivos de Satanás.
Sin embargo, esta pérdida había sido
permitida por misericordia hacia los dueños de los cerdos. Estaban
absortos en las cosas terrenales y no se preocupaban por los grandes
intereses de la vida espiritual. Jesús deseaba quebrantar el hechizo de
la indiferencia egoísta, a fin de que pudiesen aceptar su gracia. Pero
el pesar y la indignación por su pérdida temporal cegaron sus ojos con
respecto a la misericordia del Salvador.
La manifestación del poder
sobrenatural despertó las supersticiones de la gente y excitó sus
temores. Si este forastero quedaba entre ellos, podían seguir mayores
calamidades. Ellos temían la ruina financiera, y resolvieron librarse de
su presencia. 306 Los que habían cruzado el lago con Jesús hablaron de
todo lo que había sucedido la noche anterior; del peligro que habían
corrido en la tempestad, y de cómo el viento y el mar habían sido
calmados. Pero sus palabras quedaron sin efecto. Con terror la gente se
agolpó alrededor de Jesús rogándole que se apartase de ella, y él
accediendo se embarcó inmediatamente para la orilla opuesta.
Los habitantes de Gádara tenían
delante de sí la evidencia viva del poder y la misericordia de Cristo.
Veían a los hombres a quienes él había devuelto la razón; pero tanto
temían poner en peligro sus intereses terrenales, que trataron como a un
intruso a Aquel que había vencido al príncipe de las tinieblas delante
de sus ojos, y desviaron de sus puertas el Don del cielo. No tenemos
como los gadarenos oportunidad de apartarnos de la persona de Cristo; y
sin embargo, son muchos los que se niegan a obedecer su palabra, porque
la obediencia entrañaría el sacrificio de algún interés mundanal. Por
temor a que su presencia les cause pérdidas pecuniarias, muchos rechazan
su gracia y ahuyentan de sí a su Espíritu.
Pero el sentimiento de los
endemoniados curados era muy diferente. Ellos deseaban la compañía de su
libertador. Con él, se sentían seguros de los demonios que habían
atormentado su vida y agostado su virilidad. Cuando Jesús estaba por
subir al barco, se mantuvieron a su lado, y arrodillándose le rogaron
que los guardase cerca de él, donde pudiesen escuchar siempre sus
palabras. Pero Jesús les recomendó que se fuesen a sus casas y contaran
cuán grandes cosas el Señor había hecho por ellos.
En esto tenían una obra que hacer: ir
a un hogar pagano, y hablar de la bendición que habían recibido de
Jesús. Era duro para ellos separarse del Salvador. Les iban a asediar
seguramente grandes dificultades en su trato con sus compatriotas
paganos. Y su largo aislamiento de la sociedad parecía haberlos
descalificado para la obra que él había indicado. Pero tan pronto como
Jesús les señaló su deber, estuvieron listos para obedecer. No sólo
hablaron de Jesús a sus familias y vecinos, sino que fueron por toda
Decápolis, declarando por doquiera su poder salvador, y describiendo
cómo los había librado de los demonios. Al hacer esta obra, podían
recibir una bendición 307 mayor que si, con el único fin de beneficiarse
a sí mismos, hubieran permanecido en su presencia. Es trabajando en la
difusión de las buenas nuevas de la salvación, como somos acercados al
Salvador.
Los dos endemoniados curados fueron
los primeros misioneros a quienes Cristo envió a predicar el Evangelio
en la región de Decápolis. Durante tan sólo algunos momentos habían
tenido esos hombres oportunidad de oír las enseñanzas de Cristo. Sus
oídos no habían percibido un solo sermón de sus labios. No podían
instruir a la gente como los discípulos que habían estado diariamente
con Jesús. Pero llevaban en su persona la evidencia de que Jesús era el
Mesías. Podían contar lo que sabían; lo que ellos mismos habían visto y
oído y sentido del poder de Cristo. Esto es lo que puede hacer cada uno
cuyo corazón ha sido conmovido por la gracia de Dios. Juan, el discípulo
amado escribió: "Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo
que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado, y palparon
nuestras manos tocante al Verbo de vida; . . . lo que hemos visto y
oído, eso os anunciamos."* Como testigos de Cristo, debemos decir lo
que sabemos, lo que nosotros mismos hemos visto, oído y palpado. Si
hemos estado siguiendo a Jesús paso a paso, tendremos algo oportuno que
decir acerca de la manera en que nos ha conducido. Podemos explicar cómo
hemos probado su promesa y la hemos hallado veraz. Podemos dar
testimonio de lo que hemos conocido acerca de la gracia de Cristo. Este
es el testimonio que nuestro Señor pide y por falta del cual el mundo
perece.
Aunque los habitantes de Gádara no
habían recibido a Jesús, él no los dejó en las tinieblas que habían
elegido. Cuando le pidieron que se apartase de ellos, no habían oído sus
palabras. Ignoraban lo que rechazaban. Por lo tanto, les volvió a mandar
luz, y por medio de personas a quienes no podían negarse a escuchar.
Al ocasionar la destrucción de los
cerdos, Satanás se proponía apartar a la gente del Salvador e impedir la
predicación del Evangelio en esa región. Pero este mismo incidente
despertó a toda la comarca como no podría haberlo hecho otra cosa alguna
y dirigió su atención a Cristo. Aunque el Salvador mismo se fue, los
hombres a quienes había sanado permanecieron 308 como testigos de su
poder. Los que habían sido agentes del príncipe de las tinieblas
vinieron a ser conductos de luz, mensajeros del Hijo de Dios. Los
hombres se maravillaban al escuchar las noticias prodigiosas. Se abrió
una puerta a la entrada del Evangelio en toda la región. Cuando Jesús
volvió a Decápolis, la gente acudía a él, y durante tres días, no sólo
los habitantes de un pueblo, sino miles de toda la región circundante
oyeron el mensaje de salvación. Aun el poder de los demonios está bajo
el dominio de nuestro Salvador, y él predomina para bien sobre las obras
del mal.
El encuentro con los endemoniados de
Gádara encerraba una lección para los discípulos. Demostró las
profundidades de la degradación a las cuales Satanás está tratando de
arrastrar a toda la especie humana y la misión que traía Cristo de
librar a los hombres de su poder. Aquellos míseros seres que moraban en
los sepulcros, poseídos de demonios, esclavos de pasiones indomables y
repugnantes concupiscencias, representan lo que la humanidad llegaría a
ser si fuese entregada a la jurisdicción satánica. La influencia de
Satanás se ejerce constantemente sobre los hombres para enajenar los
sentidos, dominar la mente para el mal e incitar a la violencia y al
crimen. El debilita el cuerpo, obscurece el intelecto y degrada el alma.
Siempre que los hombres rechacen la invitación del Salvador, se entregan
a Satanás. En toda ramificación de la vida, en el hogar, en los negocios
y aun en la iglesia, son multitudes los que están haciendo esto hoy. Y a
causa de esto la violencia y el crimen se han difundido por toda la
tierra; las tinieblas morales, como una mortaja, envuelven las
habitaciones de los hombres. Mediante sus especiosas tentaciones,
Satanás induce a los hombres a cometer males siempre peores, hasta
provocar completa degradación y ruina. La única salvaguardia contra su
poder se halla en la presencia de Jesús. Ante los hombres y los ángeles,
Satanás se ha revelado como el enemigo y destructor del hombre; Cristo,
como su amigo y libertador. Su Espíritu desarrollará en el hombre todo
lo que ennoblece el carácter y dignifica la naturaleza. Regenerará al
hombre para la gloria de Dios, en cuerpo, alma y espíritu. "Porque no
nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor,
y de templanza [griego, mente sana]."* El nos ha llamado "para alcanzar
309 la gloria -el carácter--de nuestro Señor Jesucristo;" nos ha llamado
a ser "hechos conformes a la imagen de su Hijo." *
Y las almas que han sido degradadas
en instrumentos de Satanás siguen todavía mediante el poder de Cristo,
siendo transformadas en mensajeras de justicia y enviadas por el Hijo de
Dios a contar "cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha
tenido misericordia de ti." 310
CAPÍTULO 36 El Toque de la Fe *
AL VOLVER de Gádara a la orilla
occidental, Jesús encontró una multitud reunida para recibirle, la cual
le saludó con gozo. Permaneció él a orillas del mar por un tiempo,
enseñando y sanando, y luego se dirigió a la casa de Leví Mateo para
encontrarse con los publicanos en su fiesta. Allí le encontró Jairo,
príncipe de la sinagoga.
Este anciano de los judíos vino a
Jesús con gran angustia, y se arrojó a sus pies exclamando: "Mi hija
está a la muerte: ven y pondrás las manos sobre ella para que sea salva,
y vivirá."
Jesús se encaminó inmediatamente con
el príncipe hacia su casa. Aunque los discípulos habían visto tantas de
sus obras de misericordia, se sorprendieron al verle acceder a la
súplica del altivo rabino; sin embargo, acompañaron a su Maestro, y la
gente los siguió, ávida y llena de expectación. La casa del príncipe no
quedaba muy lejos, pero Jesús y sus compañeros avanzaban lentamente
porque la muchedumbre le apretujaba de todos lados. La dilación
impacientaba al ansioso padre, pero Jesús, compadeciéndose de la gente,
se detenía de vez en cuando para aliviar a algún doliente o consolar a
algún corazón acongojado.
Mientras estaban todavía en camino,
un mensajero se abrió paso a través de la multitud, trayendo a Jairo la
noticia de que su hija había muerto y era inútil molestar ya al Maestro.
Mas el oído de Jesús distinguió las palabras. "No temas --dijo:-- cree
solamente, y será salva."
Jairo se acercó aun más al Salvador y
juntos se apresuraron a llegar a la casa del príncipe. Ya las plañideras
y los flautistas pagados estaban allí, llenando el aire con su clamor.
La presencia de la muchedumbre y el tumulto contrariaban el espíritu de
Jesús. Trató de acallarlos diciendo: "¿Por qué alborotáis y lloráis? La
muchacha no es muerta, mas duerme." Ellos se indignaron al oír las
palabras del forastero. Habían visto a la 311 niña en las garras de la
muerte, y se burlaron de él. Después de exigir que todos abandonasen la
casa, Jesús tomó al padre y a la madre de la niña, y a Pedro, Santiago y
Juan, y juntos entraron en la cámara mortuoria.
Jesús se acercó a la cama, y tomando
la mano de la niña en la suya, pronunció suavemente en el idioma
familiar del hogar, las palabras: "Muchacha, a ti digo, levántate."
Instantáneamente, un temblor pasó por
el cuerpo inconsciente. El pulso de la vida volvió a latir. Los labios
se entreabrieron con una sonrisa. Los ojos se abrieron como si ella
despertase del sueño, y la niña miró con asombro al grupo que la
rodeaba. Se levantó, y sus padres la estrecharon en sus brazos llorando
de alegría.
Mientras se dirigía a la casa del
príncipe, Jesús había encontrado en la muchedumbre una pobre mujer que
durante doce años había estado sufriendo de una enfermedad que hacía de
su vida una carga. Había gastado todos sus recursos en médicos y
remedios, con el único resultado de ser declarada incurable. Pero sus
esperanzas revivieron cuando oyó hablar de las curaciones de Cristo.
Estaba segura de que si podía tan sólo ir a él, sería sanada. Con
debilidad y sufrimiento, vino a la orilla del mar donde estaba enseñando
Jesús y trató de atravesar la multitud, pero en vano. Luego le siguió
desde la casa de Leví Mateo, pero tampoco pudo acercársele. Había
empezado a desesperarse, cuando, mientras él se abría paso por entre la
multitud, llegó cerca de donde ella se encontraba.
Había llegado su áurea oportunidad.
¡Se hallaba en presencia del gran Médico! Pero entre la confusión no
podía hablarle, ni lograr más que vislumbrar de paso su figura. Con
temor de perder su única oportunidad de alivio, se adelantó con
esfuerzo, diciéndose: "Si tocare tan solamente su vestido, seré salva."
Y mientras él pasaba, ella extendió la mano y alcanzó a tocar apenas el
borde de su manto; pero en aquel momento supo que había quedado sana. En
aquel toque se concentró la fe de su vida, e instantáneamente su dolor y
debilidad fueron reemplazados por el vigor de la perfecta salud.
Con corazón agradecido, trató
entonces de retirarse de la muchedumbre; pero de repente Jesús se detuvo
y la gente también hizo alto. Jesús se dio vuelta, y mirando en derredor
312 preguntó con una voz que se oía distintamente por encima de la
confusión de la multitud: "¿Quién es el que me ha tocado?" La gente
contestó esta pregunta con una mirada de asombro. Como se le codeaba de
todos lados, y se le empujaba rudamente de aquí para allá parecía una
pregunta extraña.
Pedro, siempre listo para hablar,
dijo: "Maestro, la compañía te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el
que me ha tocado?" Jesús contestó: "Me ha tocado alguien; porque yo he
conocido que ha salido virtud de mí." El Salvador podía distinguir el
toque de la fe del contacto casual de la muchedumbre desprevenida. Una
confianza tal no debía pasar sin comentario. El quería dirigir a la
humilde mujer palabras de consuelo que fuesen para ella un manantial de
gozo; palabras que fuesen una bendición para sus discípulos hasta el fin
del tiempo.
Mirando hacia la mujer, Jesús
insistió en saber quién le había tocado. Hallando que era vano tratar de
ocultarse, ella se adelantó temblorosa, y se echó a los pies de Jesús.
Con lágrimas de agradecimiento, relató la historia de sus sufrimientos y
cómo había hallado alivio. Jesús le dijo amablemente: "Hija, tu fe te ha
salvado: ve en paz." El no dio oportunidad a que la superstición
proclamase que había una virtud sanadora en el mero acto de tocar sus
vestidos. No era mediante el contacto exterior con él, sino por medio de
la fe que se aferraba a su poder divino, cómo se había realizado la
curación.
La muchedumbre maravillada que se
agolpaba en derredor de Cristo no sentía la manifestación del poder
vital. Pero cuando la mujer enferma extendió la mano para tocarle,
creyendo que sería sanada, sintió la virtud sanadora. Así es también en
las cosas espirituales. El hablar de religión de una manera casual, el
orar sin hambre del alma ni fe viviente, no vale nada. Una fe nominal en
Cristo, que le acepta simplemente como Salvador del mundo, no puede
traer sanidad al alma. La fe salvadora no es un mero asentimiento
intelectual a la verdad. El que aguarda hasta tener un conocimiento
completo antes de querer ejercer fe, no puede recibir bendición de Dios.
No es suficiente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. La única
fe que nos beneficiará es la que le acepta a él como Salvador personal;
que nos pone en posesión de sus 313 méritos. Muchos estiman que la fe es
una opinión. La fe salvadora es una transacción por la cual los que
reciben a Cristo se unen con Dios mediante un pacto. La fe genuina es
vida. Una fe viva significa un aumento de vigor, una confianza implícita
por la cual el alma llega a ser una potencia vencedora.
Después de sanar a la mujer, Jesús
deseó que ella reconociese la bendición recibida. Los dones del
Evangelio no se obtienen a hurtadillas ni se disfrutan en secreto. Así
también el Señor nos invita a confesar su bondad. "Vosotros pues sois
mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios.'*
Nuestra confesión de su fidelidad es
el factor escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo. Debemos
reconocer su gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño;
pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia
experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros
mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta
de todas las demás y una experiencia que difiere esencialmente de la
suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él señalada por nuestra
propia individualidad. Estos preciosos reconocimientos para alabanza de
la gloria de su gracia, cuando son apoyados por una vida semejante a la
de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de
las almas.
Cuando los diez leprosos vinieron a
Jesús para ser sanados, les ordenó que fuesen y se mostrasen al
sacerdote. En el camino quedaron limpios, pero uno solo volvió para
darle gloria. Los otros siguieron su camino, olvidándose de Aquel que
los había sanado. ¡Cuántos hay que hacen todavía lo mismo! El Señor obra
de continuo para beneficiar a la humanidad. Está siempre impartiendo sus
bondades. Levanta a los enfermos de las camas donde languidecen, libra a
los hombres de peligros que ellos no ven, envía a los ángeles
celestiales para salvarlos de la calamidad, para protegerlos de "la
pestilencia que ande en oscuridad" y de la "mortandad que en medio del
día destruya;* pero sus corazones no quedan impresionados. El dio toda
la riqueza del cielo para redimirlos; y sin embargo, no piensan en su
gran amor. Por su ingratitud, cierran su corazón a la gracia de Dios.
Como el brezo del desierto, no saben cuándo viene el bien, y sus almas
habitan en los lugares yermos. 314
Para nuestro propio beneficio,
debemos refrescar en nuestra mente todo don de Dios. Así se fortalece la
fe para pedir y recibir siempre más. Hay para nosotros mayor estímulo en
la menor bendición que recibimos de Dios, que en todos los relatos que
podemos leer de la fe y experiencia ajenas. El alma que responda a la
gracia de Dios será como un jardín regado. Su salud brotará rápidamente;
su luz saldrá en la obscuridad, y la gloria del Señor le acompañará.
Recordemos, pues, la bondad del Señor, y la multitud de sus tiernas
misericordias. Como el pueblo de Israel, levantemos nuestras piedras de
testimonio, e inscribamos sobre ellas la preciosa historia de lo que
Dios ha hecho por nosotros. Y mientras repasemos su trato con nosotros
en nuestra peregrinación, declaremos, con corazones conmovidos por la
gratitud: "¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?
Tomaré la copa de la salud, e invocaré el nombre de Jehová. Ahora pagaré
mis votos a Jehová delante de todo su pueblo."* 315
El Deseado de todas las Gentes
2 La Siembra de la Verdad*
POR medio de la parábola del
sembrador, Cristo ilustra las cosas del reino de los cielos, y la obra
que el gran Labrador hace por su pueblo. A semejanza de uno que
siembra en el campo, él vino a esparcir los granos celestiales de la
verdad. Y su misma enseñanza en parábolas era la simiente con la cual
fueron sembradas las más preciosas verdades de su gracia. A causa de su
simplicidad, la parábola del sembrador no ha sido valorada como debiera
haber sido. De la semilla natural echada en el terreno, Cristo desea
guiar nuestras mentes a la semilla del Evangelio, cuya siembra produce
el retorno de los hombres a su lealtad a Dios. Aquel que dio la
parábola de la semillita es el Soberano del cielo, y las mismas leyes
que gobiernan la siembra de la semilla terrenal, rigen la siembra de la
simiente de verdad.
Junto al mar de Galilea se había
reunido una multitud para ver y oír a Jesús, una muchedumbre ávida y
expectante. Allí estaban los enfermos sobre sus esteras, esperando
presentar su caso ante él. Era el derecho de Cristo conferido por Dios,
curar los dolores de una raza pecadora, y ahora reprendía la enfermedad
y difundía a su alrededor vida, salud y paz.
Como la multitud seguía aumentando,
la gente estrechó a Jesús hasta que no había más lugar para recibirlos.
Entonces, hablando una palabra a los hombres que estaban en sus barcos
de pesca, subió a bordo de la embarcación que lo estaba esperando para
conducirlo a través del lago, y pidiendo a sus discípulos que alejaran
el barco un poco de 17 la tierra, habló a la multitud que se hallaba en
la orilla.
Junto al lago se divisaba la hermosa
llanura de Genesaret, más allá se levantaban las colinas, y sobre las
laderas y la llanura, tanto los sembradores como los segadores se
hallaban ocupados, unos echando la semilla y otros recogiendo los
primeros granos. Mirando la escena, Cristo dijo:
"He aquí, el sembrador salió a
sembrar. Y aconteció sembrando, que una parte cayó junto al camino; y
vinieron las aves del cielo, y la tragaron. Y otra parte cayó en
pedregales, donde no tenía mucha tierra; y luego salió, porque no
tenía la tierra profunda: mas, salido el sol, se quemó, y por cuanto no
tenía raíz, se secó. Y otra parte cayó en espinas; y subieron las
espinas, y la ahogaron, y no dio fruto. Y otra parte cayó en buena
tierra, y dio fruto, que subió y creció: y llevó uno a treinta, y otro a
sesenta, y otro a ciento".
La misión de Cristo no fue entendida
por la gente de su tiempo. La forma de su venida no era la que ellos
esperaban. El Señor Jesús era el fundamento de todo el sistema judaico.
Su imponente ritual era divinamente ordenado. El propósito de él era
enseñar a la gente que al tiempo prefijado vendría Aquel a quien
señalaban esas ceremonias. Pero los judíos habían exaltado las formas y
las ceremonias, y habían perdido de vista su objeto. Las tradiciones,
las máximas y los estatutos de los hombres ocultaron de su vista las
lecciones que Dios se proponía transmitirles. Esas máximas y tradiciones
llegaron a ser un obstáculo para la comprensión y práctica de la
religión verdadera. Y cuando vino la Realidad, en la persona de Cristo,
no reconocieron en él el cumplimiento de todos sus símbolos, las
sustancia de todas sus sombras. Rechazaron a Cristo, el ser a quien
representaban sus ceremonias, y se aferraron a sus, mismos símbolos e
inútiles ceremonias. El hijo de Dios había venido, pero ellos
continuaban pidiendo una señal. Al mensaje: "Arrepentíos, que el reino
de los cielos se ha acercado",* contestaron 18 exigiendo un milagro. El
Evangelio de Cristo era un tropezadero para ellos porque demandaban
señales en vez de un Salvador. Esperaban que el Mesías probase sus
aseveraciones por poderosos actos de conquista, para establecer su
imperio sobre las ruinas de los imperios terrenales. Cristo contestó a
esta expectativa con la parábola del sembrador. No por la fuerza de las
armas, no por violentas interposiciones había de prevalecer el reino de
Dios, sino por la implantación de un nuevo principio en el corazón de
los hombres.
"El que siembra la buena simiente es
el Hijo del hombre".* Cristo había venido, no como rey, sino como
sembrador; no para derrocar imperios, sino para esparcir semillas; no
para señalar a sus seguidores triunfos terrenales y grandeza nacional,
sino una cosecha que debe ser recogida después de pacientes trabajos y
en medio de pérdidas y desengaños.
Los fariseos percibieron el
significado de la parábola de Cristo; pero para ellos su lección era
ingrata. Aparentaron no entenderla. Esto hizo que, a ojos de la
multitud, un misterio todavía mayor envolviera el propósito del nuevo
maestro, cuyas palabras habían conmovido tan extrañamente su corazón y
chasqueado tan amargamente sus ambiciones. Los mismos discípulos no
habían entendido la parábola, pero su interés se despertó. Vinieron a
Jesús en privado y le pidieron una explicación.
Este era el deseo que Cristo quería
despertar, a fin de poder darles instrucción más definida. Les explicó
la parábola, como aclarará su Palabra a todo aquel que lo busque con
sinceridad de corazón. Aquellos que estudian la Palabra de Dios con
corazones abiertos a la iluminación del Espíritu Santo, no permanecerán
en las tinieblas en cuanto a su significado. "El que quisiere hacer su
voluntad [la de Dios] -dijo Cristo-, conocerá de la doctrina, si viene
de Dios, o si yo hablo de mí mismo".* Todos los que acuden 19 a Cristo
en busca de un conocimiento más claro de la verdad, lo recibirán. El
desplegará ante ellos los misterios del reino de los cielos, y estos
misterios serán entendidos por el corazón que anhela conocer la verdad.
Una luz celestial brillará en el templo del alma, la cual se revelará a
los demás cual brillante fulgor de una lámpara en un camino oscuro.
"El sembrador salió a sembrar".* En
el Oriente, el estado de las cosas era tan inseguro, y había tan grande
peligro de violencia, que la gente vivía principalmente en ciudades
amuralladas, y los labradores salían diariamente a desempeñar sus tareas
fuera de los muros. Así Cristo, el Sembrador celestial, salió a sembrar.
Dejó su hogar de seguridad y paz, dejó la gloria que él tenía con el
Padre antes que el mundo fuese, dejó su puesto en el trono del universo.
Salió como uno que sufre, como hombre tentado; salió solo, para sembrar
con lágrimas, para verter su sangre, la simiente de vida para el mundo
perdido.
Sus servidores deben salir a sembrar
de la misma manera. Cuando Abrahán recibió el llamamiento a ser un
sembrador de la simiente de verdad, se le ordenó: "Vete de tu tierra y
de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te
mostraré". "Y salió sin saber dónde iba".* Así el apóstol Pablo, orando
en el templo de Jerusalén, recibió el mensaje de Dios: "Ve, porque yo
te tengo que enviar lejos a los gentiles".* Así los que son llamados a
unirse con Cristo deben dejarlo todo para seguirle a él. Las antiguas
relaciones deben ser rotas, deben abandonarse los planes de la vida,
debe renunciarse a las esperanzas terrenales. La semilla debe sembrarse
con trabajo y lágrimas, en la soledad y mediante el sacrificio.
"El sembrador siembra la palabra".*
Cristo vino a sembrar el mundo de verdad. Desde la caída del hombre,
Satanás a estado sembrando las semillas del error. Fue por medio de un
engaño como obtuvo el dominio sobre el hombre al principio, y así
trabaja todavía para derrocar el reino 20 de Dios en la tierra y colocar
a los hombres bajo su poder. Un sembrador proveniente de un mundo más
alto, Cristo, vino a sembrar las semillas de verdad. Aquel que había
estado en los concilios de Dios, Aquel que había morado en el lugar
santísimo del Eterno, podía traer a los hombres los puros principios de
la verdad. Desde la caída del hombre, Cristo había sido el Revelador de
la verdad al mundo. Por medio de él, la incorruptible simiente, "la
palabra de Dios, que vive y permanece para siempre",* es comunicada a
los hombres. En aquella primera promesa pronunciada a nuestra raza
caída, en el Edén, Cristo estaba sembrando la simiente del Evangelio.
Pero la parábola se aplica especialmente a su ministerio personal entre
la gente y a la obra que de esa manera estableció.
La palabra de Dios es la simiente.
Cada semilla tiene en sí un poder germinador. En ella está encerrada la
vida de la planta. Así hay vida en la palabra de Dios. Cristo dice: "Las
palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida". "El que oye
mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna".* En cada
mandamiento y en cada promesa de la Palabra de Dios se halla el poder,
la vida misma de Dios, por medio de los cuales pueden cumplirse el
mandamiento y la promesa. Aquel que por la fe recibe la palabra, está
recibiendo la misma vida y carácter de Dios.
Cada semilla lleva fruto según su
especie. Sembrad la semilla en las debidas condiciones, y desarrollará
su propia vida en la planta. Recibid en el alma por la fe la
incorruptible simiente de la Palabra, y producirá un carácter y una vida
a la semejanza del carácter y la vida de Dios.
Los maestros de Israel no estaban
sembrando la simiente de la Palabra de Dios. La obra de Cristo como
Maestro de la verdad se hallaba en marcado contraste con la de los
rabinos de su tiempo. Ellos se espaciaban en las tradiciones, en las
teorías y especulaciones humanas. A menudo colocaban lo que el hombre
había enseñado o escrito acerca de 21 la Palabra en lugar de la Palabra
misma. Su enseñanza no tenía poder para vivificar el alma. El tema de la
enseñanza y la predicación de Cristo era la Palabra de Dios. El hacía
frente a los inquiridores con un sencillo: "Escrito está". "¿Qué dice
la Escritura?" "¿Cómo lees?" En toda oportunidad, cuando se despertaba
algún interés, fuera por obra de un amigo o un enemigo, él sembraba la
simiente de la palabra. Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida,
siendo él mismo la Palabra viviente, señala las Escrituras, diciendo:
"Ellas son las que dan testimonio de mí". "Y comenzando desde Moisés, y
de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él
decían".*
Los siervos de Cristo han de hacer la
misma obra. En nuestros tiempos, así como antaño, las verdades vitales
de la Palabra de Dios son puestas a un lado para dar lugar a las teorías
y especulaciones humanas. Muchos profesos ministros del Evangelio no
aceptan toda la Biblia como palabra inspirada. Un hombre sabio rechaza
una porción; otro objeta otra parte. Valoran su juicio como superior a
la Palabra, y los pasajes de la Escritura que ellos enseñan se basan en
su propia autoridad. La divina autenticidad de la Biblia es destruida.
Así se difunden semillas de incredulidad, pues la gente se confunde y no
sabe qué creer. Hay muchas creencias que la mente no tiene derecho a
albergar. En los días de Cristo los rabinos interpretaban en forma
forzada y mística muchas porciones de la Escritura. A causa de que la
sencilla enseñanza de la Palabra de Dios condenaba sus prácticas,
trataban de destruir su fuerza. Lo mismo se hace hoy en día. Se hace
aparecer a la Palabra de Dios como misteriosa y oscura para excusar la
violación de la ley divina. Cristo reprendió estas prácticas en su
tiempo. El enseñó que la Palabra de Dios había de ser entendida por
todos. Señaló las Escrituras como algo de incuestionable autoridad, y
nosotros debemos hacer lo mismo. La Biblia ha de ser presentada como la
Palabra 22 del Dios infinito, como el fin de toda controversia y el
fundamento de toda fe.
Se ha despojado a la Biblia de su
poder, y los resultados se ven en una disminución del tono de la vida
espiritual. En los sermones de muchos púlpitos de nuestros días no se
nota esa divina manifestación que despierta la conciencia y vivifica el
alma. Los oyentes no pueden decir: "¿No ardía nuestro corazón en
nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las
Escrituras?"* Hay muchas personas que están clamando por el Dios
viviente, y anhelan la presencia divina. Las teorías filosóficas o los
ensayos literarios, por brillantes que sean, no pueden satisfacer el
corazón. Los asertos e invenciones de los hombres no tienen ningún
valor. Que la Palabra de Dios hable a la gente. Que los que han
escuchado sólo tradiciones, teorías y máximas humanas, oigan la voz de
Aquel cuya palabra puede renovar el alma para vida eterna.
El tema favorito de Cristo era la
ternura paternal y la abundante gracia de Dios; se espaciaba mucho en la
santidad de su carácter y de su ley; se presentaba a sí mismo a la
gente como el Camino, la Verdad, y la Vida. Sean éstos los temas de los
ministros de Cristo. Presentad la verdad tal cual es en Jesús. Aclarad
los requisitos de la ley y del Evangelio. Hablad a la gente de la vida
de sacrificio y abnegación que llevó Cristo; de su humillación y muerte;
de su resurrección y ascensión; de su intercesión por ellos en las
cortes de Dios; de su promesa: "Vendré otra vez, y os tomaré a mí
mimo".*
En vez de discutir teorías erróneas,
o de tratar de combatir a los opositores del Evangelio, seguid el
ejemplo de Cristo. Resplandezcan en forma vivificante las frescas
verdades del tesoro divino. "Que prediques la palabra". Siembra "sobre
las aguas". "Que instes a tiempo y fuera de tiempo". "Predique mi
palabra con toda verdad aquel que recibe mi palabra. . . ¿Qué tiene que
ver la paja con el 23 trigo, dice el Señor?" "Toda palabra de Dios es
limpia; ... no añadas a sus palabras, porque no te reprenda, y seas
hallado mentiroso".*
"El sembrador siembra la palabra".
Aquí se presenta el gran principio que debe gobernar toda obra
educativa. "La simiente es la palabra de Dios". Pero en demasiadas
escuelas de nuestro tiempo la Palabra de Dios se descarta. Otros temas
ocupan lamente. El estudio de los autores incrédulos ocupa mucho lugar
en el sistema de educación. Los sentimientos escépticos se entretejen
en el texto de los libros de estudio. Las investigaciones científicas
desvían, porque sus descubrimientos se interpretan mal y se pervierten.
Se compara la Palabra de Dios con las supuestas enseñanzas de la
ciencia, y se la hace aparecer como errónea e indigna de confianza. Así
se siembran en las mentes juveniles semillas de dudas, que brotan en el
tiempo de la tentación. Cuando se pierde la fe en la Palabra de Dios, el
alma no tiene ninguna guía, ninguna seguridad. La juventud es
arrastrada a senderos que alejan de Dios y de la vida eterna.
A esta causa debe atribuirse, en sumo
grado, la iniquidad generalizada en el mundo moderno. Cuando se
descarta la Palabra de Dios, se rechaza su poder de refrenar las
pasiones perversas del corazón natural. Los hombres siembran para la
carne, y de la carne siegan corrupción.
Además, en esto estriba la gran causa
de la debilidad y deficiencia mentales. Al apartarse de la Palabra de
Dios para alimentarse de los escritos de los hombres no inspirados, la
mente llega a empequeñecerse y degradarse. No se pone en contacto con
los profundos y amplios principios de la verdad eterna. La inteligencia
se adapta a la comprensión de las cosas con las cuales se familiariza,
y al dedicarse a las cosas finitas se debilita, su poder decrece, y
después de un tiempo llega a ser incapaz de ampliarse.
Todo esto es falsa educación. La obra
de todo maestro 24 debe tender a afirmar la mente de la juventud en las
grandes verdades de la Palabra inspirada. Esta es la educación esencial
para esta vida y para la vida venidera.
Y no se crea que esto impedirá el
estudio de las ciencias, o dará como resultado una norma más baja en la
educación. El conocimiento de Dios es tan alto como los cielos y tan
amplio como el universo. No hay nada tan ennoblecedor y vigorizador como
el estudio de los grandes temas que conciernen a nuestra vida eterna.
Traten los jóvenes de comprender estas verdades divinas, y sus mentes se
ampliarán y vigorizarán con el esfuerzo. Esto colocará a todo estudiante
que sea un hacedor de la palabra, en un campo de pensamiento más amplio,
y le asegurará una imperecedera riqueza de conocimiento.
La educación que puede obtenerse por
el escudriñamiento de las Escrituras, es un conocimiento experimental
del plan de la salvación. Tal educación restaurará la imagen de Dios en
el alma. Fortalecerá y vigorizará la mente contra la tentación, y
habilitará al estudiante para ser un colaborador de Cristo en su misión
de misericordia al mundo. Lo convertirá en un miembro de la familia
celestial, y lo preparará para compartir la herencia de los santos en
luz.
Pero el que enseña verdades sagradas
puede impartir únicamente aquello que él mismo conoce por experiencia.
"El sembrador salió a sembrar su semilla".* Cristo enseñó la verdad
porque él era la verdad. Su propio pensamiento, su carácter, la
experiencia de su vida, estaban encarnados en su enseñanza. Tal debe
ocurrir con sus siervos: aquellos que quieren enseñar la Palabra han de
hacer de ella algo propio mediante una experiencia personal. Deben
saber qué significa tener a Cristo hecho para ellos sabiduría y
justificación y santificación y redención. Al presentar a los demás la
Palabra de Dios, no han de hacerla aparecer como algo supuesto o un "tal
vez". Deben declarar con el apóstol Pedro: "No os hemos dado a
conocer... fábulas 25 por arte compuestas; sino como habiendo con
nuestros propios ojos visto su majestad".* Todo ministro de Cristo y
todo maestro deben poder decir con el amado Juan: "Porque la vida fue
manifestada, y vimos, y testificamos, y os anunciamos aquella vida
eterna, la cual estaba con el Padre, y nos ha aparecido".*
El terreno. Junto al camino
Aquello a lo cual se refiere
principalmente la parábola del sembrador es el efecto producido en el
crecimiento de la semilla por el suelo en el cual se echa. Mediante
esta parábola Cristo decía prácticamente a sus oyentes: No es seguro
para vosotros detenemos y criticar mis obras o albergar desengaño,
porque ellas no satisfacen vuestras ideas. El asunto de mayor
importancia para vosotros es: ¿cómo trataréis mi mensaje? Dé vuestra
aceptación o rechazamiento de él, depende vuestro destino eterno.
Explicando lo referente a la semilla
que cayó a la vera del camino, dijo: "Oyendo cualquiera la palabra del
reino, y no entendiéndola, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado
en su corazón: éste es el que fue sembrado junto al camino".
La semilla sembrada a la vera del
camino representa la palabra de Dios cuando cae en el corazón de un
oyente desatento. Semejante al camino muy trillado, pisoteado por los
pies de los hombres y las bestias, es el corazón que llega a
transformarse en un camino para el tránsito del mundo, sus placeres y
pecados. Absorta en propósitos egoístas y pecaminosas complacencias, el
alma está endurecida "con engaño de pecado".* Las facultades
espirituales se paralizan. Los hombres oyen la palabra, pero no la
entienden. No disciernen que se aplica a ellos mismos. No se dan
cuenta de sus necesidades y peligros. No perciben el amor de Cristo, y
pasan por alto el mensaje de su gracia como si fuera algo que no les
concerniese. 26
Como los pájaros están listos para
sacar la semilla de junto al camino, Satanás está listo para quitar del
alma las semillas de verdad divina. El teme que la Palabra de Dios
despierte al descuidado y produzca efecto en el corazón endurecido.
Satanás y sus ángeles se encuentran en las reuniones donde se predica el
Evangelio. Mientras los ángeles del cielo tratan de impresionar los
corazones con la Palabra de Dios, el enemigo está alerta para hacer que
no surta efecto. Con un fervor solamente igualable a su malicia, trata
de desbaratar la obra del Espíritu de Dios. Mientras Cristo está
atrayendo al alma por su amor, Satanás trata de desviar la atención del
que es inducido a buscar al Salvador. Ocupa la mente con planes
mundanos. Excita la crítica, o insinúa la duda y la incredulidad. La
forma en que el orador escoge su lenguaje o sus maneras pueden no
agradar a los oyentes, y se espacian en estos defectos. Así la verdad
que ellos necesitan y que Dios les ha enviado misericordiosamente, no
produce ninguna impresión duradera.
Satanás tiene muchos ayudantes.
Muchos que profesan ser cristianos están ayudando al tentador a
arrebatar las semillas de verdad del corazón de los demás. Muchos que
escuchan la predicación de la Palabra de Dios hacen de ella el objeto de
sus críticas en el hogar. Se sientan para juzgar el sermón como
juzgarían las palabras de un conferenciante mundano o un orador
político. Se espacian en comentarios triviales o sarcásticos sobre el
mensaje que debe ser considerado como la palabra del Señor dirigida a
ellos. Se discuten libremente el carácter, los motivos y las acciones
del pastor, así como la conducta de los demás miembros de la iglesia.
Se pronuncian juicios severos, se repiten chismes y calumnias, y esto a
oídos de los inconversos. A menudo los padres conversan de estas cosas
a oídos de sus propios hijos. Así se destruye el respeto por los
mensajeros de Dios y la reverencia debida a su mensaje. Y muchos son
inducidos 27 a considerar livianamente la misma Palabra de Dios.
Así, en los hogares de los profesos
cristianos se inculca a muchos jóvenes la incredulidad. Y los padres se
preguntan por qué sus hijos tienen tan poco interés en el Evangelio, y
se hallan tan listos para dudar de las verdades bíblicas. Se admiran de
que sea tan difícil alcanzarlos con las influencias morales y
religiosas. No ven que su propio ejemplo ha endurecido el corazón de
sus hijos. La buena semilla no encuentra lugar para arraigarse, y
Satanás la arrebata.
En pedregales
"Y el que fue sembrado en
pedregales, éste es el que oye la palabra, y luego la recibe con gozo.
Mas no tiene raíz en sí, antes es temporal que venida la aflicción o la
persecución por la palabra, luego se ofende".
La semilla sembrada en lugares
pedregosos encuentra poca profundidad de tierra. La planta brota
rápidamente, pero la raíz no puede penetrar en la roca para encontrar el
alimento que sostenga su crecimiento, y pronto muere. Muchos que
profesan ser religiosos son oidores pedregosos. Así como la roca yace
bajo la capa de tierra, el egoísmo del corazón natural yace debajo del
terreno de sus buenos deseos y aspiraciones. No subyugan el amor
propio. No han visto la excesiva pecaminosidad del pecado, y su corazón
no se ha humillado por el sentimiento de su culpa. Esta clase puede ser
fácilmente convencida, y parecen ser conversos inteligentes, pero tienen
sólo una religión superficial.
No se retractan porque hayan recibido
la palabra inmediatamente ni porque se regocijen en ella. Tan pronto
como San Mateo oyó el llamamiento del Salvador, se levantó de inmediato,
dejó todo y lo siguió. Tan pronto como la palabra divina viene a
nuestros corazones, Dios desea que la 28 recibamos, y es lo correcto
aceptarla con gozo. Hay "gozo en el cielo por un pecador que se
arrepiente".* Y hay gozo en el alma que cree en Cristo. Pero aquellos
de los cuales la parábola dice que reciben la palabra inmediatamente, no
calculan el costo. No consideran lo que la palabra de Dios requiere de
ellos. No examinan todos sus hábitos de vida a la luz de la palabra, ni
se entregan por completo a su dominio.
Las raíces de la planta penetran
profundamente en el suelo, y ocultas de la vista nutren la vida del
vegetal. Tal debe ocurrir con el cristiano: es por la unión invisible
del alma con Cristo, mediante la fe, como la vida espiritual se
alimenta. Pero los oyentes pedregosos dependen de sí mismos y no de
Cristo. Confían en sus buenas obras y buenos impulsos, y se sienten
fuertes en su propia justicia. No son fuertes en el Señor y en la
potencia de su fortaleza, Tal persona "no tiene raíz en sí", porque no
está relacionada con Cristo.
El cálido sol estival, que fortalece
y madura el robusto grano, destruye aquello que no tiene raíz profunda.
Así "el que no tiene raíz en sí" "es temporal", es decir, dura sólo un
tiempo; y una vez "venida la aflicción o la persecución por la palabra,
luego se ofende". Muchos reciben el Evangelio como una manera de
escapar del sufrimiento, más bien que como una liberación del pecado. Se
regocijan por un tiempo, porque piensan que la religión los libertará de
las dificultades y las pruebas. Mientras todo marcha suavemente y
viento en popa, parecen ser cristianos consecuentes. Pero desmayan en
medio de la prueba fiera de la tentación. No pueden soportar el oprobio
por la causa de Cristo. Cuando la Palabra de Dios señala algún pecado
acariciado o pide algún sacrificio, ellos se ofenden. Les costaría
demasiado esfuerzo hacer un cambio radical en su vida. Miran los
actuales inconvenientes y pruebas, y olvidan las realidades eternas. A
semejanza de los discípulos que dejaron 29 a Jesús, están listos para
decir: "Dura es esta palabra: ¿quién la puede oír?"*
Hay muchos que pretenden servir a
Dios, pero que no lo conocen por experiencia. Su deseo de hacer la
voluntad divina se basa en su propia inclinación, y no en la profunda
convicción impartida por el Espíritu Santo. Su conducta no armoniza con
la ley de Dios. Profesan aceptar a Cristo como su Salvador, pero no
creen que él quiere darles poder para vencer sus pecados. No tienen una
relación personal con un Salvador viviente, y su carácter revela
defectos así heredados como cultivados.
Una cosa es manifestar un
asentimiento general a la intervención del Espíritu Santo, y otra cosa
aceptar su obra como reprendedor que nos llama al arrepentimiento.
Muchos sienten su apartamiento de Dios, comprenden que están
esclavizados por el yo y el pecado; hacen esfuerzos por reformarse; pero
no crucifican el yo. No se entregan enteramente en las manos de Cristo,
buscando el poder divino que los habilite para hacer su voluntad. No
están dispuestos a ser modelados a la semejanza divina. En forma general
reconocen sus imperfecciones, pero no abandonan sus pecados
particulares. Con cada acto erróneo se fortalece la vieja naturaleza
egoísta.
La única esperanza para estas almas
consiste en que se realice en ellas la verdad de las palabras de Cristo
dirigidas a Nicodemo: "Os es necesario nacer otra vez". "El que no
naciera otra vez, no puede ver el reino de Dios".*
La verdadera santidad es integridad
en el servicio de Dios. Esta es la condición de la verdadera vida
cristiana. Cristo pide una consagración sin reserva, un servicio
indiviso. Pide el corazón, la mente, el alma, las fuerzas. No debe
agradarse al yo. El que vive para sí no es cristiano.
El amor debe ser el principio que
impulse a obrar. El amor es el principio fundamental del gobierno de
Dios en los cielos y en la tierra, y debe ser el fundamento del carácter
30 del cristiano. Sólo este elemento puede hacer estable al cristiano.
Sólo esto puede habilitarlo para resistir la prueba y la tentación.
Y el amor se revelará en el
sacrificio. El plan de redención fue fundado en el sacrificio, un
sacrificio tan amplio y tan profundo y tan alto que es inconmensurable.
Cristo lo dio todo por nosotros, y aquellos que reciben a Cristo deben
estar listos a sacrificarlo todo por la causa de su Redentor. El
pensamiento de su honor y de su gloria vendrá antes de ninguna otra
cosa. Si amamos a Jesús, amaremos vivir para él, presentar nuestras
ofrendas de gratitud a él, trabajar por él. El mismo trabajo será
liviano. Por su causa anhelaremos el dolor, las penalidades y el
sacrificio. Simpatizaremos con su vehemente deseo de salvar a los
hombres. Sentiremos por las almas el mismo tierno afán que él sintió.
Esta es la religión de Cristo.
Cualquier cosa que sea menos que esto es un engaño. Ningún alma se
salvará por una mera teoría de la verdad o por una profesión de
discipulado. No pertenecemos a Cristo a menos que seamos totalmente
suyos. La tibieza en la vida cristiana es lo que hace a los hombres
débiles en su propósito y volubles en sus deseos. El esfuerzo por
servir al yo y a Cristo a la vez lo hace a uno oidor pedregoso, y no
prevalecerá cuando la prueba le sobrevengas.
Entre las espinas
"Y el que fue sembrado en espinas,
éste es el que oye la palabra; pero el afán de este siglo y el engaño de
las riquezas, ahogan la palabra, y hácese infructuosa".
La semilla del Evangelio a menudo cae
entre las espinas y las malas hierbas; y si no hay una transformación
moral en el corazón humano, si los viejos hábitos y prácticas y la vida
pecaminosa anterior no se dejan atrás, si los atributos de Satanás no
son extirpados del alma, la cosecha 31 de trigo se ahoga. Las espinas
llegarán a ser la cosecha, y exterminarán el trigo.
La gracia puede prosperar únicamente
en el corazón que constantemente está preparándose para recibir las
preciosas semillas de verdad. Las espinas del pecado crecen en
cualquier terreno; no necesitan cultivo; pero la gracia debe ser
cuidadosamente cultivada. Las espinas y las zarzas siempre están listas
para surgir, y de continuo debe avanzar la obra de purificación. Si el
corazón no está bajo el dominio de Dios, si el Espíritu Santo no obra
incesantemente para refinar y ennoblecer el carácter, los viejos
hábitos se revelarán en la vida. Los hombres pueden profesar creer el
Evangelio; pero a menos que sean santificados por el Evangelio, su
profesión no tiene valor. Si no ganan la victoria sobre el pecado, el
pecado la obtendrá sobre ellos. Las espinas que han sido cortadas pero
no desarraigadas crecen con presteza, hasta que el alma queda ahogada
por ellas.
Cristo especificó las cosas que son
dañinas para el alma. Según San Marcos, él mencionó los cuidados de este
siglo, el engaño de las riquezas, y la codicia de otras cosas. Lucas
especifica los cuidados, las riquezas y los pasatiempos de la vida. Esto
es lo que ahoga la palabra, el crecimiento de la semilla espiritual. El
alma deja de obtener su nutrición de Cristo, y la espiritualidad se
desvanece del corazón.
"Los cuidados de este siglo".
Ninguna clase de personas está libre de la tentación de los cuidados del
mundo. El trabajo penoso, la privación y el temor de la necesidad le
acarrean al pobre perplejidades y cargas. Al rico le sobreviene el
temor de la pérdida y una multitud de congojas. Muchos de los que
siguen a Cristo olvidan la lección que él nos ha invitado a aprender de
las flores del campo. No confían en su cuidado constante. Cristo no
puede llevar sus cargas porque ellos no las echan sobre él. Por lo
tanto, 32 los cuidados de la vida, que deberían inducirles a ir al
Salvador para obtener ayuda y alivio, los separan de él.
Muchos que podrían ser fructíferos en
el servicio de Dios se dedican a adquirir riquezas. La totalidad de su
energía es absorbida en las empresas comerciales, y se sienten obligados
a descuidar las cosas de naturaleza espiritual. Así se separan de
Dios. En las Escrituras se nos ordena que no seamos perezosos en los
quehaceres.* Hemos de trabajar para poder dar al que necesita. Los
cristianos deben trabajar, deben ocuparse en los negocios, y pueden
hacerlo sin pecar. Pero muchos llegan a estar tan absortos en los
negocios, que no tienen tiempo para orar, para estudiar la Biblia, para
buscar y servir a Dios. A veces su alma anhela la santidad y el cielo;
pero no tienen tiempo para apartarse del ruido del mundo a fin de
escuchar el lenguaje del Espíritu de Dios, que habla con majestad y con
autoridad. Las cosas de la eternidad se convierten en secundarias y las
cosas del mundo en supremas. Es imposible que la simiente de la palabra
produzca fruto; pues la vida del alma se emplea en alimentar las espinas
de la mundanalidad.
Y muchos que obran con un propósito
muy diferente caen en un error similar. Están trabajando para el bien
de otros; sus deberes apremian, sus responsabilidades son muchas, y
permiten que su trabajo ocupe hasta el tiempo que deben a la devoción.
Descuidan la comunión que debieran sostener con Dios por medio de la
oración y el estudio de su Palabra. Olvidan que Cristo dijo: "Sin mí
nada podéis hacer".* Andan lejos de Cristo; su vida no está saturada de
su gracia y se revelan las características del yo. Su servicio se echa a
perder por el deseo de la supremacía y por los rasgos ásperos y carentes
de bondad del corazón insubordinado. He aquí uno de los principales
secretos del fracaso en la obra cristiana. Esta es la razón por la cual
sus resultados son a menudo tan pobres.
"El engaño de las riquezas". El amor
a las riquezas 33 tiene el poder de infatuar y engañar. Demasiado a
menudo aquellos que poseen tesoros mundanales se olvidan de que es Dios
el que les ha dado el poder de adquirir riquezas. Dicen: "Mi poder y la
fortaleza de mi mano me han traído esta riqueza".* Su riqueza, en vez de
despertar la gratitud hacia Dios, los induce a la exaltación propia.
Pierden el sentido de su dependencia de Dios y su obligación con
respecto a sus semejantes. En vez de considerar las riquezas como un
talento que ha de ser empleado para la gloria de Dios y la elevación de
la humanidad, las miran como un medio de servirse a sí mismos. En vez
de desarrollar en el hombre los atributos de Dios, las riquezas así
usadas desarrollan en él los atributos de Satanás. La simiente de la
palabra es ahogada por las espinas.
"Y los pasatiempos de la vida". Hay
peligro en las diversiones que persiguen únicamente la complacencia
propia. Todos los hábitos de complacencia que debilitan las facultades
físicas, que anublan la mente o entorpecen las percepciones
espirituales, son "deseos carnales que batallan contra el alma".*
"Y las codicias que hay en las otras
cosas". Estas no son necesariamente cosas pecaminosas en sí mismas,
sino algo a lo cual se le concede el primer lugar en vez del reino de
Dios. Todo lo que desvía la mente de Dios, todo lo que aparta los
afectos de Cristo, es un enemigo del alma.
Cuando la mente es juvenil, vigorosa
y susceptible de rápido desarrollo, existe la gran tentación de la
ambición egoísta, de servir al yo. Si los planes mundanos tienen éxito,
se manifiesta una inclinación a continuar en un camino que amortece la
conciencia e impide una estimación correcta de lo que constituye la
verdadera excelencia del carácter. Cuando las circunstancias favorezcan
este desarrollo, el crecimiento se manifestará en una dirección
prohibida por la Palabra de Dios.
En este período de formación de la
vida de sus hijos, 34 la responsabilidad de los padres es muy grande.
Debe constituir su tema de estudio cómo rodear a la juventud de las
debidas influencias, influencias que les den opiniones correctas acerca
de la vida y su verdadero éxito. En vez de esto, ¡cuántos padres
convierten en el primer objeto de su vida el conseguir para sus hijos la
prosperidad mundanal! Eligen todas sus relaciones con este fin. Muchos
padres fijan su hogar en alguna gran ciudad, y presentan sus hijos a la
sociedad elegante y a la moda. Los rodean de influencias que estimulan
la mundanalidad y el orgullo. En esa atmósfera la mente y el alma se
empequeñecen. Los blancos nobles y elevados de la vida se pierden de
vista. El privilegio de ser hijos de Dios, herederos de la eternidad,
se cambia por el beneficio mundanal.
Muchos padres tratan de crear la
felicidad de sus hijos satisfaciendo su amor a las diversiones. Les
permiten ocuparse en los deportes y asistir a fiestas sociales, y los
proveen de dinero para usar libremente en la ostentación y la
complacencia propia. Cuanto más se trata de satisfacer el deseo
placer, tanto más se fortalece. El interés de estos jóvenes queda cada
vez más absorbido por las diversiones, hasta que llegan a considerarlas
como el gran objeto de su vida. Forman hábitos de ociosidad y
complacencia propia que hace imposible que alguna vez lleguen a ser
cristianos estables.
Aun a la iglesia, que debe ser el
pilar y el fundamento de la verdad, se la halla estimulando el amor
egoísta del placer. Cuando debe obtenerse dinero para fines religiosos,
¿a qué medios recurren muchas iglesias? A los bazares, las cenas, las
exposiciones de artículos de fantasía, aun a las rifas y a recursos
similares. A menudo el lugar apartado para el culto divino es
profanado banqueteando y bebiendo, comprando, vendiendo y
divirtiéndose. El respeto por la casa de Dios y la reverencia por su
culto disminuyen en la mente de los jóvenes. Los baluartes del dominio
propio 35 se debilitan. El egoísmo, el apetito, el amor a la
ostentación son usados como móviles, y se fortalecen a medida que se
complacen.
La persecución de los placeres y las
diversiones se centraliza en las ciudades. Muchos padres que se
establecen en la ciudad con sus hijos, pensando darles mayores ventajas,
se desilusionan, y demasiado tarde se arrepienten de su terrible error.
Las ciudades de nuestros días se están volviendo rápidamente como Sodoma
y Gomorra. Los muchos días feriados estimulan la holgazanería. Los
deportes excitantes -el asistir a los teatros,* las carreras de
caballos, los juegos de azar, el beber licores y las jaranas- estimulan
todas las pasiones a una actividad intensa. La juventud es arrastrada
por la corriente popular. Aquellos que aprenden a amar las diversiones
por las diversiones mismas, abren la puerta a un alud de tentaciones.
Se entregan a las bromas y algazaras sociales y a la jovialidad
irreflexiva, y su trato con los amantes de los placeres tiene un efecto
intoxicante sobre la mente. Son guiados de una forma de disipación a
otra, hasta que pierden tanto el deseo como la capacidad de vivir una
vida útil. Sus aspiraciones religiosas se enfrían; su vida espiritual
se oscurece. Todas las más nobles facultades del alma, todo lo que une
al hombre con el mundo espiritual, es envilecido.
Es cierto que algunos podrán ver su
insensatez y arrepentirse. Dios puede perdonarlos. Pero han herido sus
propias almas, y han traído sobre ellos un peligro que durará toda su
vida. El poder de discernir, que siempre debe ser mantenido aguzado y
sensible para distinguir entre lo correcto y lo erróneo, en gran parte
se destruye. No son rápidos para reconocer la voz guiadora del Espíritu
Santo o para discernir los engaños de Satanás. Demasiado a menudo, en
tiempo de peligro, caen en la tentación, y son alejados de Dios. El
final de su vida amante de los placeres 36 es la ruina para este mundo y
para el mundo venidero.
Los cuidados, las riquezas, los
placeres, todos son usados por Satanás en el juego de la vida para
conquistar el alma humana. Se nos da la amonestación: "No améis al
mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el
amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la
concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la
soberbia de la vida, no es del Padre, mas es del mundo".* Aquel que lee
el corazón de los hombres como un libro abierto dice: "Mirad por
vosotros, que vuestros corazones no sean cargados de glotonería y
embriaguez, y de los cuidados de esta vida".* Y el apóstol Pablo,
inspirado por el Espíritu Santo, escribe: "Los que quieren enriquecerse,
caen en tentación y lazo, y en muchas codicias locas y dañosas, que
hunden a los hombres en perdición y muerte. Porque el amor del dinero
es la raíz de todos los males: el cual codiciando algunos, se
descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores".*
La preparación del terreno
A través de la parábola del
sembrador, Cristo presenta el hecho de que los diferentes resultados
dependen del terreno. En todos los casos, el sembrador y la semilla son
los mismos. Así él enseña que si la palabra de Dios deja de cumplir su
obra en nuestro corazón y en nuestra vida, la razón estriba en nosotros
mismos. Pero el resultado no se halla fuera de nuestro dominio. En
verdad, nosotros no podemos cambiarnos a nosotros mismos; pero tenemos
la facultad de elegir y de determinar qué llegaremos a ser. Los
oyentes representados por la vera del camino, el terreno pedregoso y el
de espinas, no necesitan permanecer en esa condición. El Espíritu de
Dios está siempre tratando de romper el hechizo de la infatuación que
mantiene a los hombres absortos en las cosas mundanas, y de despertar el
deseo de poseer el tesoro imperecedero. Es resistiendo al 37 Espíritu
como los hombres llegan a desatender y descuidar la palabra de Dios.
Ellos mismos son responsables de la dureza de corazón que impide que la
buena simiente eche raíces, y de los malos crecimientos que detienen su
desarrollo.
Debe cultivarse el jardín del
corazón. Debe abrirse el terreno por medio de un profundo
arrepentimiento del pecado. Deben desarraigarse las satánicas plantas
venenosas. Una vez que el terreno ha estado cubierto por las espinas,
sólo se lo puede utilizar después de un trabajo diligente. Así también,
sólo se pueden vencer las malas tendencias del corazón humano por medio
de esfuerzos fervientes en el nombre de Jesús y con su poder. El Señor
nos ordena por medio de su profeta: "Haced barbecho para vosotros, y no
sembréis sobre espinas". "Sembrad para vosotros en justicia, segad para
vosotros en misericordia".* Dios desea hacer en favor nuestro esta
obra, y nos pide que cooperemos con él.
Los sembradores de la semilla tienen
una obra que hacer en cuanto a preparar los corazones para que reciban
el Evangelio. Se presenta la palabra con demasiado sermoneo y con muy
poca obra de corazón a corazón. Se necesita un trabajo personal en
favor de las almas de los perdidos. Debemos acercarnos a los hombres
individualmente; y con la simpatía de Cristo hemos de tratar de
despertar su interés en los grandes asuntos de la vida eterna. Quizá su
corazón parezca tan duro como el camino transitado, y tal vez sea
aparentemente un esfuerzo inútil presentarles al Salvador; pero aun
cuando la lógica pueda no conmover, y los argumentos puedan resultar
inútiles para convencer, el amor de Cristo, revelado en el ministerio
personal, puede ablandar un corazón pétreo, de manera que la semilla de
la verdad pueda arraigarse.
De modo que los sembradores tienen
algo que hacer para que la semilla no sea ahogada por las espinas o
perezca debido a la poca profundidad del terreno. En el mismo comienzo
de la vida cristiana deben enseñarse a 38 cada creyente los principios
fundamentales. Debe enseñársele que no ha de ser meramente salvado por
el sacrificio de Cristo, sino que ha de hacer que la vida de Cristo sea
su vida, y el carácter de Cristo su carácter. Enséñese a todos que han
de llevar cargas y deben sacrificar sus inclinaciones naturales.
Aprendan la bendición de trabajar para Cristo, imitándolo en la
abnegación, y soportando penurias como buenos soldados. Aprendan a
confiar en el amor de Cristo y a descargar en él sus congojas. Prueben
el gozo de ganar almas para él. En su amor e interés por los perdidos,
perderán de vista el yo; los placeres del mundo perderán su poder de
atracción y sus cargas no los descorazonarán. La reja del arado de la
verdad hará su obra. Romperá el terreno inculto, y no solamente cortará
los tallos de las espinas, sino que las arrancará de raíz.
En buena tierra
No siempre ha de chasquearse el
sembrador. El Salvador dice de la semilla que cayó en buen terreno:
"Este es el que oye y entiende la palabra, y el que lleva fruto: y lleva
uno a ciento, y otro a sesenta, y otro a treinta". "La que cayó en
buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la
palabra oída, y llevan fruto en paciencia".
El "corazón bueno y recto" mencionado
en la parábola, no es un corazón sin pecado; pues se predica el
Evangelio a los perdidos. Cristo dijo: "No he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores".* Tiene corazón recto el que se rinde a la
convicción del Espíritu Santo. Confiesa su pecado, y siente su
necesidad de la misericordia y el amor de Dios. Tiene el deseo sincero
de conocer la verdad para obedecerla. El "corazón bueno" es el que cree
y tiene fe en la palabra de Dios. Sin fe es imposible recibir la
palabra. "El que a Dios se allega, crea que le hay, y que es
galardonador de los que le buscan".* 39
"Este es el que oye, y entiende la
palabra". Los fariseos de los días de Cristo cerraron los ojos para no
ver y los oídos para no oír, y en esa forma, la verdad no les pudo
llegar al corazón. Habían de sufrir el castigo por su ignorancia
voluntaria y la ceguera que se imponían a sí mismos. Pero Cristo enseñó
a sus discípulos que ellos habían de abrir su mente a la instrucción y
habían de estar listos para creer. Pronunció una bendición sobre ellos
porque vieron y oyeron con ojos y oídos creyentes.
El oyente que se asemeja al buen
terreno, recibe la palabra, "no como palabra de hombres, sino según lo
es verdaderamente, la palabra de Dios".* Sólo es un verdadero estudiante
el que recibe las Escrituras como la voz de Dios que le habla. Tiembla
ante la Palabra; porque para él es una viviente realidad. Abre su
entendimiento y corazón para recibirla. Oyentes tales eran Cornelio y
sus amigos, que dijeron al apóstol Pedro: "Ahora pues, todos nosotros
estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha
mandado".*
El conocimiento de la verdad depende
no tanto de la fuerza intelectual como de la pureza de propósito, la
sencillez de una fe ferviente y confiada. Los ángeles de Dios se
acercan a los que con humildad de corazón buscan la dirección divina.
Se les da el Espíritu Santo para abrirles los ricos tesoros de la
verdad.
Los oyentes que son comparables a un
buen terreno, habiendo oído la palabra, la guardan. Satanás con todos
sus agentes del mal no puede arrebatársela.
No es suficiente sólo oír o leer la
Palabra; el que desea sacar provecho de las Escrituras, debe meditar
acerca de la verdad que le ha sido presentada. Por medio de ferviente
atención y del pensar impregnado de oración debe aprender el significado
de las palabras de verdad, y debe beber profundamente del espíritu de
los oráculos santos.
Dios manda que llenemos la mente con
pensamientos 40 grandes y puros. Desea que meditemos en su amor y
misericordia, que estudiemos su obra maravillosa en el gran plan de la
redención. Entonces podremos comprender la verdad con claridad cada vez
mayor, nuestro deseo de pureza de corazón y claridad de pensamiento será
más elevado y más santo. El alma que mora en la atmósfera pura de los
pensamientos santos, será transformada por la comunión con Dios por
medio del estudio de la Escrituras.
"Y llevan fruto". Los que habiendo
recibido la palabra la guardan, darán frutos de obediencia. La palabra
de Dios, recibida en el alma, se manifestará en buenas obras. Sus
resultados se verán en una vida y un carácter semejantes a los de
Cristo. Jesús dijo de sí mismo: "El hacer tu voluntad, Dios mío, hame
agradado; y tu ley está en medio de mis entrañas". "No busco mi
voluntad, mas la voluntad del que me envió, del Padre". Y la Escritura
dice: "El que dice que está en él, debe andar como él anduvo".*
La palabra de Dios choca a menudo con
rasgos de carácter hereditarios y cultivados del hombre y con sus
hábitos de vida, pero el oidor que se asemeja al buen terreno, al
recibir la palabra, acepta todas sus condiciones y requisitos. Sus
hábitos, costumbres y prácticas se someten a la palabra de Dios. Ante su
vista los mandamientos del hombre finito y falible, se hacen
insignificantes al lado de la palabra del Dios infinito. De todo
corazón y con un solo propósito busca la vida eterna, y obedecerá la
verdad a costa de pérdidas, persecuciones y la muerte misma.
Y da fruto "en paciencia". Nadie que
reciba la palabra de Dios quedará libre de dificultades y pruebas; pero
cuando se presenta la aflicción, el verdadero cristiano no se inquieta,
no pierde la confianza ni se desalienta. Aunque no podamos ver los
resultados finales, ni podamos discernir el propósito de las
providencias de Dios, no hemos de desechar nuestra confianza.
Recordando las tiernas misericordias del 41 Señor, debemos descargar
en él nuestra inquietud y esperar con paciencia su salvación.
La vida espiritual se fortalece con
el conflicto. Las pruebas, cuando se las sobrelleva bien, desarrollan
la firmeza de carácter y las preciosas gracias espirituales. El fruto
perfecto de la fe, la mansedumbre y el amor, a menudo maduran mejor
entre las nubes tormentosas y la oscuridad.
"El labrador espera el precioso fruto
de la tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia
temprana y tardía".* Así también el cristiano debe esperar en su vida
los frutos de la palabra de Dios. Muchas veces, cuando pedimos en
oración las gracias del Espíritu, para contestar nuestras oraciones,
Dios nos coloca en circunstancias que nos permiten desarrollar esos
frutos; pero no entendemos su propósito, nos asombramos y desanimamos.
Sin embargo, nadie puede desarrollar esas gracias a no ser por medio del
proceso del crecimiento y la producción de frutos. Nuestra parte
consiste en recibir la palabra de Dios, aferrarnos de ella, y rendirnos
plenamente a su dominio; así se cumplirá en nosotros su propósito.
"El que me ama -dijo Cristo-, mi
palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos con
él morada".* En nosotros se manifestará la influencia dominante de una
mente más fuerte y perfecta; porque tenemos una relación viviente con la
fuente de una fortaleza que lo soporta todo. En nuestra vida divina
seremos llevados a Jesucristo en cautividad. No viviremos por más
tiempo la vida común de egoísmo, sino que Cristo vivirá en nosotros. Su
carácter se reproducirá en nuestra naturaleza. Así llevaremos los
frutos del Espíritu Santo: "Uno a treinta, otro a sesenta, y otro a
ciento". 43
3 El Desarrollo de la Vida*
LA PARÁBOLA del sembrador suscitó
muchas preguntas. Por ella algunos de los oyentes llegaron a la
conclusión de que Cristo no iba a establecer un reino terrenal, y muchos
se quedaron curiosos y perplejos. Viendo su perplejidad, Cristo usó
otras ilustraciones, con las que trató todavía de llevar sus
pensamientos de la esperanza de un reino terrenal a la obra de gracia de
Dios en el alma.
"Decía más: Así es el reino de Dios,
como si un hombre echa simiente en la tierra; y duerme, y se levanta de
noche y de día, y la simiente brota y crece como él no sabe. Porque de
suyo fructifica la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano
lleno en la espiga. Y cuando el fruto fuere producido, luego se mete la
hoz, porque la siega es llegada".
El agricultor que "mete la hoz,
porque la siega es llegada", no puede ser otro que Cristo. El es quien
en el gran día final recogerá la cosecha de la tierra. Pero el
sembrador de la semilla representa a los que trabajan en lugar de
Cristo. Se dice que "la simiente brota y crece como él no sabe", y
esto no es verdad en el caso del Hijo de Dios. Cristo no se duerme sobre
su cometido, sino que vela sobre él día y noche. El no ignora cómo crece
la simiente.
La parábola de la semilla revela que
Dios obra en la naturaleza. La semilla tiene en sí un principio
germinativo, un principio que Dios mismo ha implantado; y, sin embargo,
si se abandonara la semilla a sí misma, no tendría 44 poder para
brotar. El hombre tiene una parte que realizar para promover el
crecimiento del grano. Debe preparar y abonar el terreno y arrojar en
él la simiente. Debe arar el campo. Pero hay un punto más allá del cual
nada puede hacer. No hay fuerza ni sabiduría humana que pueda hacer
brotar de la semilla la planta viva. Después de emplear sus esfuerzos
hasta el límite máximo, el hombre debe depender aún de Aquel que ha
unido la siembra a la cosecha con eslabones maravillosos de su propio
poder omnipotente.
Hay vida en la semilla, hay poder en
el terreno; pero a menos que se ejerza día y noche el poder infinito, la
semilla no dará frutos. Deben caer las lluvias para dar humedad a los
campos sedientos, el sol debe impartir calor, debe comunicarse
electricidad a la semilla enterrada. El Creador es el único que puede
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