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El Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 29 El Sábado
EL SÁBADO fue santificado en ocasión
de la creación. Tal cual fue ordenado para el hombre, tuvo su origen
cuando "las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos
los hijos de Dios." La paz reinaba sobre el mundo entero, porque la
tierra estaba en armonía con el cielo. "Vió Dios todo lo que había
hecho, y he aquí que era bueno en gran manera;'* y reposó en el gozo de
su obra terminada.
Por haber reposado en sábado,
"bendijo Dios el día séptimo y santificólo," es decir, que lo puso
aparte para un uso santo. Lo dio a Adán como día de descanso. Era un
monumento recordativo de la obra de la creación, y así una señal del
poder de Dios y de su amor. Las Escrituras dicen: "Hizo memorables sus
maravillas." "Las cosas invisibles de él, su eterna potencia y
divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo
entendidas por las cosas que son hechas."*
Todas las cosas fueron creadas por el
Hijo de Dios. "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios....
Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho,
fue hecho."* Y puesto que el sábado es un monumento recordativo de la
obra de la creación, es una señal del amor y del poder de Cristo.
El sábado dirige nuestros
pensamientos a la naturaleza, y nos pone en comunión con el Creador. En
el canto de las aves, el murmullo de los árboles, la música del mar,
podemos oír todavía esa voz que habló con Adán en el Edén al frescor del
día. Y mientras contemplamos su poder en la naturaleza, hallamos
consuelo, porque la palabra que creó todas las cosas es la que infunde
vida al alma. El "que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz,
es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del
conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo." *
Fue este pensamiento el que provocó
este canto del salmista: 249
"Por cuanto me has alegrado, oh
Jehová, con tus obras;
En las obras de tus manos me gozo.
¡Cuán grandes son tus obras, oh
Jehová!
Muy profundos son tus pensamientos."*
Y el Espíritu Santo declara por medio
del profeta Isaías: "¿A qué pues haréis semejante a Dios, o a qué imagen
le compondréis? . . . ¿No sabéis? ¿no habéis oído? ¿nunca os lo han
dicho desde el principio? ¿no habéis sido enseñados desde que la tierra
se fundó? El está asentado sobre el globo de la tierra, cuyos moradores
son como langostas, él extiende los cielos como una cortina, tiéndelos
como una tienda para morar.... ¿A qué pues me haréis semejante, o seré
asimilado? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién
crió estas cosas; él saca por cuenta su ejército: a todas llama por sus
nombres; ninguna faltará: tal es la grandeza de su fuerza, y su poder y
virtud. ¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: mi camino es
escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has
oído que el Dios del siglo es Jehová, el cual crió los términos de la
tierra? No se trabaja, ni se fatiga con cansancio.... El da esfuerzo al
cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas." "No temas
que yo soy contigo, no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo:
siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi
justicia." "Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra:
porque yo soy Dios, y no hay más." Tal es el mensaje que fue escrito en
la naturaleza y que el sábado está destinado a rememorar. Cuando el
Señor ordenó a Israel que santificase sus sábados, dijo: "Sean por señal
entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios."*
El sábado fue incorporado en la ley
dada desde el Sinaí; pero no fue entonces cuando se dio a conocer por
primera vez como día de reposo. El pueblo de Israel había tenido
conocimiento de él antes de llegar al Sinaí. Mientras iba peregrinando
hasta allí, guardó el sábado. Cuando algunos lo profanaron, el Señor los
reprendió diciendo: "¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos
y mis leyes?"*
El sábado no era para Israel
solamente, sino para el mundo entero. Había sido dado a conocer al
hombre en el Edén, y como los demás preceptos del Decálogo, es de
obligación 250 imperecedera. Acerca de aquella ley de la cual el cuarto
mandamiento forma parte, Cristo declara: "Hasta que perezca el cielo y
la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley." Así que
mientras duren los cielos y la tierra, el sábado continuará siendo una
señal del poder del Creador. Cuando el Edén vuelva a florecer en la
tierra, el santo día de reposo de Dios será honrado por todos los que
moren debajo del sol. "De sábado en sábado," los habitantes de la tierra
renovada y glorificada, subirán "a adorar delante de mí, dijo Jehová." *
Ninguna otra institución confiada a
los judíos propendía tan plenamente como el sábado a distinguirlos de
las naciones que los rodeaban. Dios se propuso que su observancia los
designase como adoradores suyos. Había de ser una señal de su separación
de la idolatría, y de su relación con el verdadero Dios. Pero a fin de
santificar el sábado, los hombres mismos deben ser santos. Por la fe,
deben llegar a ser partícipes de la justicia de Cristo. Cuando fue dado
a Israel el mandato: "Acordarte has del día del reposo, para
santificarlo," el Señor también les dijo: "habeís de serme varones
santos" * Únicamente en esa forma podía el sábado distinguir a los
israelitas como adoradores de Dios.
Al apartarse los judíos de Dios, y
dejar de apropiarse la justicia de Cristo por la fe, el sábado perdió su
significado para ellos. Satanás estaba tratando de exaltarse a sí mismo,
y de apartar a los hombres de Cristo, y obró para pervertir el sábado,
porque es la señal del poder de Cristo. Los dirigentes judíos cumplían
la voluntad de Satanás rodeando de requisitos pesados el día de reposo
de Dios. En los días de Cristo, el sábado había quedado tan pervertido,
que su observancia reflejaba el carácter de hombres egoístas y
arbitrarios, más bien que el carácter del amante Padre celestial. Los
rabinos representaban virtualmente a Dios como autor de leyes cuyo
cumplimiento era imposible para los hombres. Inducían a la gente a
considerar a Dios como un tirano, y a pensar que la observancia del
sábado, que él les exigía, hacía a los hombres duros y crueles. Era obra
de Cristo disipar estos conceptos falsos. Aunque los rabinos le
perseguían con una hostilidad implacable, ni siquiera aparentaba
conformarse a sus requerimientos, 251 sino que seguía adelante,
observando el sábado según la ley de Dios.
Cierto sábado, mientras el Salvador y
sus discípulos volvían del lugar de culto, pasaron por un sembrado que
estaba madurando. Jesús había continuado su obra hasta hora avanzada, y
mientras pasaba por los campos, los discípulos empezaron a juntar
espigas y a comer los granos, después de restregarlos en las manos. En
cualquier otro día, este acto no habría provocado comentario, porque el
que pasaba por un sembrado, un huerto, o una viña, tenía plena libertad
para recoger lo que deseara comer.* Pero el hacer esto en sábado era
tenido por un acto de profanación. No sólo al juntar el grano se lo
segaba, sino que al restregarlo en las manos se lo trillaba, y así, en
opinión de los rabinos había en ello un doble delito.
Inmediatamente los espías se quejaron
a Jesús diciendo: "He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito
hacer en sábado."
Cuando se le acusó de violar el
sábado en Betesda, Jesús se defendió afirmando su condición de Hijo de
Dios y declarando que él obraba en armonía con el Padre. Ahora que se
atacaba a sus discípulos, él citó a sus acusadores ejemplos del Antiguo
Testamento, actos verificados en sábado por quienes estaban en el
servicio de Dios.
Los maestros judíos se jactaban de su
conocimiento de las Escrituras, y la respuesta de Cristo implicaba una
reprensión por su ignorancia de los sagrados escritos. "¿Ni aun esto
habéis leído --dijo,-- qué hizo David cuando tuvo hambre, él, y los que
con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la
proposición, y comió, . . . los cuales no era lícito comer, sino a solos
los sacerdotes?" "También les dijo: El sábado por causa del hombre es
hecho; no el hombre por causa del sábado." " ¿No habéis leído en la ley,
que los sábados en el templo los sacerdotes profanan el sábado, y son
sin culpa? Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí." "El Hijo
del hombre es Señor aun del sábado.'*
Si estaba bien que David satisficiese
su hambre comiendo el pan que había sido apartado para un uso santo,
entonces estaba bien que los discípulos supliesen su necesidad
recogiendo granos en las horas sagradas del sábado. Además, los
sacerdotes 252 del templo realizaban el sábado una labor más intensa que
en otros días. En asuntos seculares, la misma labor habría sido
pecaminosa; pero la obra de los sacerdotes se hacía en el servicio de
Dios. Ellos cumplían los ritos que señalaban el poder redentor de
Cristo, y su labor estaba en armonía con el objeto del sábado. Pero
ahora, Cristo mismo había venido. Los discípulos, al hacer la obra de
Cristo, estaban sirviendo a Dios y era correcto hacer en sábado lo que
era necesario para el cumplimiento de esta obra.
Cristo quería enseñar a sus
discípulos y a sus enemigos que el servicio de Dios está antes que
cualquier otra cosa. El objeto de la obra de Dios en este mundo es la
redención del hombre; por lo tanto, lo que es necesario hacer en sábado
en cumplimiento de esta obra, está de acuerdo con la ley del sábado.
Jesús coronó luego su argumento declarándose "Señor del sábado," es
decir un Ser por encima de toda duda y de toda ley. Este Juez infinito
absuelve a los discípulos de culpa, apelando a los mismos estatutos que
se les acusaba de estar violando.
Jesús no dejó pasar el asunto con la
administración de una reprensión a sus enemigos. Declaró que su ceguera
había interpretado mal el objeto del sábado. Dijo: "Si supieseis qué es:
Misericordia quiero y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes."*
Sus muchos ritos formalistas no podían suplir la falta de aquella
integridad veraz y amor tierno que siempre caracterizarán al verdadero
adorador de Dios.
Cristo volvió a reiterar la verdad de
que en sí mismos los sacrificios no tienen valor. Eran un medio, y no un
fin. Su objeto consistía en señalar el Salvador a los hombres, y
ponerlos así en armonía con Dios. Lo que Dios aprecia es el servicio de
amor. Faltando éste, el mero ceremonial le es una ofensa. Así sucede con
el sábado. Estaba destinado a poner a los hombres en comunión con Dios;
pero cuando la mente quedaba absorbida por ritos cansadores, el objeto
del sábado se frustraba. Su simple observancia exterior era una burla.
Otro sábado, al entrar Jesús en una
sinagoga, vio allí a un hombre que tenía una mano paralizada. Los
fariseos le vigilaban, deseosos de ver lo que iba a hacer. El Salvador
sabía muy bien que al efectuar una curación en sábado, sería 253
considerado como transgresor, pero no vaciló en derribar el muro de las
exigencias tradicionales que rodeaban el sábado. Jesús invitó al enfermo
a ponerse de pie, y luego preguntó: "¿Es lícito hacer bien en sábado, o
hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla?" Era máxima corriente entre los
judíos que el dejar de hacer el bien, cuando había oportunidad, era
hacer lo malo; el descuidar de salvar una vida, era matar. Así se
enfrentó Jesús con los rabinos en su propio terreno. "Mas ellos
callaban. Y mirándolos alrededor con enojo, condoliéndose de la ceguedad
de su corazón, dice al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y su
mano fue restituida sana.'*
Cuando le preguntaron: "¿Es lícito
curar en sábado?" Jesús contestó " ¿ Qué hombre habrá de vosotros, que
tenga una oveja, y si cayere ésta en una fosa en sábado, no le eche
mano, y la levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Así
que, lícito es en los sábados hacer bien.'*
Los espías no se atrevían a contestar
a Jesús en presencia de la multitud, por temor a meterse en
dificultades. Sabían que él había dicho la verdad. Más bien que violar
sus tradiciones, estaban dispuestos a dejar sufrir a un hombre, mientras
que aliviarían a un animal por causa de la pérdida que sufriría el dueño
si lo descuidaban. Así manifestaban mayor cuidado por un animal que por
el hombre, que fue hecho a la imagen de Dios. Esto ilustra el resultado
de todas las religiones falsas. Tienen su origen en el deseo del hombre
de exaltarse por encima de Dios, pero llegan a degradar al hombre por
debajo del nivel de los brutos. Toda religión que combate la soberanía
de Dios, defrauda al hombre de la gloria que le fue concedida en la
creación, y que ha de serle devuelta en Cristo. Toda religión falsa
enseña a sus adeptos a descuidar los menesteres, sufrimientos y derechos
de los hombres. El Evangelio concede alto valor a la humanidad como
adquisición hecha por la sangre de Cristo, y enseña a considerar con
ternura las necesidades y desgracias del hombre. El Señor dice: "Haré
más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al
hombre."*
Cuando Jesús preguntó a los fariseos
si era lícito hacer bien o mal en sábado, salvar la vida o matar, les
hizo confrontar sus propios malos deseos. Con acerbo odio ellos deseaban
matarle mientras él estaba salvando vidas e impartiendo felicidad a 254
muchedumbres. ¿Era mejor matar en sábado, según se proponían ellos
hacer, que sanar a los afligidos como lo había hecho él? ¿Era más justo
tener homicidio en el corazón en el día santo, que tener hacia todos un
amor que se expresara en hechos de misericordia?
Al sanar al hombre que tenía una mano
seca, Jesús condenó la costumbre de los judíos, y dejó al cuarto
mandamiento tal cual Dios lo había dado. "Lícito es en los sábados hacer
bien," declaró. Poniendo a un lado las restricciones sin sentido de los
judíos, honró el sábado, mientras que los que se quejaban contra él
deshonraban el día santo de Dios.
Los que sostienen que Cristo abolió
la ley, enseñan que violó el sábado y justificó a sus discípulos en lo
mismo. Así están asumiendo la misma actitud que los cavilosos judíos. En
esto contradicen el testimonio de Cristo mismo, quien declaró: "Yo
también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su
amor."*Ni el Salvador ni sus discípulos violaron la ley del sábado.
Cristo fue el representante vivo de la ley. En su vida no se halló
ninguna violación de sus santos preceptos. Frente a una nación de
testigos que buscaban ocasión de condenarle, pudo decir sin que se le
contradijera: "¿Quién de vosotros me convence de pecado?'*
El Salvador no había venido para
poner a un lado lo que los patriarcas y profetas habían dicho; porque él
mismo había hablado mediante esos hombres representativos. Todas las
verdades de la Palabra de Dios provenían de él. Estas gemas inestimables
habían sido puestas en engastes falsos. Su preciosa luz había sido
empleada para servir al error. Dios deseaba que fuesen sacadas de su
marco de error, y puestas en el de la verdad. Esta obra podía ser hecha
únicamente por una mano divina. Por su relación con el error, la verdad
había estado sirviendo la causa del enemigo de Dios y del hombre. Cristo
había venido para colocarla donde glorificase a Dios y obrase la
salvación de la humanidad.
"El sábado por causa del hombre es
hecho; no el hombre por causa del sábado," dijo Jesús. Las instituciones
que Dios estableció son para beneficio de la humanidad. "Todas las cosas
son por vuestra causa." "Sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo,
sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo 255 por venir; todo
es vuestro; y vosotros de Cristo; y Cristo de Dios."* La ley de los diez
mandamientos, de la cual el sábado forma parte, fue dada por Dios a su
pueblo como una bendición. "Mandónos Jehová --dijo Moisés-- que
ejecutásemos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios,
porque nos vaya bien todos los días, y para que nos dé vida, como hoy.'*
Y mediante el salmista se dio este mensaje a Israel: "Servid a Jehová
con alegría: venid ante su acatamiento con regocijo. Reconoced que
Jehová él es Dios: él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo
suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con
reconocimiento, por sus atrios con alabanza."* Y acerca de todos los que
guardan "el sábado de profanarlo," el Señor declara: "Yo los llevaré al
monte de mi santidad, y los recrearé en mi casa de oración."*
"El Hijo del hombre es Señor aun del
sábado." Estas palabras rebosan instrucción y consuelo. Por haber sido
hecho el sábado para el hombre, es el día del Señor. Pertenece a Cristo.
Porque "todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es
hecho, fue hecho."* y como lo hizo todo, creó también el sábado. Por él
fue apartado como un monumento recordativo de la obra de la creación.
Nos presenta a Cristo como Santificador tanto como Creador. Declara que
el que creó todas las cosas en el cielo y en la tierra, y mediante quien
todas las cosas existen, es cabeza de la iglesia, y que por su poder
somos reconciliados con Dios. Porque, hablando de Israel, dijo: "Díles
también mis sábados, que fuesen por señal entre mí y ellos, para que
supiesen que yo soy Jehová que los santifico,"* es decir, que los hace
santos. Entonces el sábado es una señal del poder de Cristo para
santificarnos. Es dado a todos aquellos a quienes Cristo hace santos.
Como señal de su poder santificador, el sábado es dado a todos los que
por medio de Cristo llegan a formar parte del Israel de Dios.
Y el Señor dice: "Si retrajeres del
sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado
llamares delicias, santo, glorioso de Jehová; . . . entonces te
deleitarás en Jehová."* A todos los que reciban el sábado como señal del
poder creador y redentor de Cristo, les resultará una delicia. Viendo a
Cristo en él, se deleitan en él. El sábado les indica las obras de la
creación como evidencia de su gran poder redentor. Al par que 256
recuerda la perdida paz del Edén, habla de la paz restaurada por el
Salvador. Y todo lo que encierra la naturaleza, repite su invitación:
"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré
descansar."* 257
CAPÍTULO 30 La Ordenación de los
Doce *
"SUBIO al monte, y llamó a sí a los
que él quiso; y vinieron a él. Y estableció doce, para que estuviesen
con él, y para enviarlos a predicar."
Debajo de los protectores árboles de
la ladera de la montaña, pero a corta distancia del mar de Galilea,
fueron llamados los doce al apostolado y fue pronunciado el sermón del
monte. Los campos y las colinas eran los lugares favoritos de Jesús, y
muchas de sus enseñanzas fueron dadas al aire libre más bien que en el
templo o en las sinagogas. Ninguna sinagoga podría haber contenido a las
muchedumbres que le seguían. Pero no sólo por esto prefería él enseñar
en los campos y huertos. Jesús amaba las escenas de la naturaleza. Para
él, cada tranquilo retiro era un templo sagrado.
Fue bajo los árboles del Edén donde
los primeros moradores de la tierra eligieron su santuario. Allí Cristo
se había comunicado con el padre de la humanidad. Cuando fueron
desterrados del Paraíso, nuestros primeros padres siguieron adorando en
los campos y vergeles, y allí Cristo se encontraba con ellos y les
comunicaba el Evangelio de su gracia. Fue Cristo quien habló a Abrahán
bajo los robles de Mamre; con Isaac cuando salió a orar en los campos a
la hora del crepúsculo; con Jacob en la colina de Betel; con Moisés
entre las montañas de Madián; y con el zagal David mientras cuidaba sus
rebaños. Era por indicación de Cristo por lo que durante quince siglos
el pueblo hebreo había dejado sus hogares durante una semana cada año, y
había morado en cabañas formadas con ramas verdes, "gajos con fruto de
árbol hermoso, ramos de palmas, y ramas de árboles espesos, y sauces de
los arroyos.'*
Mientras educaba a sus discípulos,
Jesús solía apartarse de la confusión de la ciudad a la tranquilidad de
los campos y las colinas, porque estaba más en armonía con las lecciones
de abnegación que deseaba enseñarles. Y durante su ministerio 258 se
deleitaba en congregar a la gente en derredor suyo bajo los cielos
azules, en algún collado hermoso, o en la playa a la ribera del lago.
Allí, rodeado por las obras de su propia creación, podía dirigir los
pensamientos de sus oyentes de lo artificial a lo natural. En el
crecimiento y desarrollo de la naturaleza se revelaban los principios de
su reino. Al levantar los hombres los ojos a las colinas de Dios, y
contemplar las obras maravillosas de sus manos, podían aprender
lecciones preciosas de la verdad divina. La enseñanza de Cristo les era
repetida en las cosas de la naturaleza. Así sucede con todos los que
salen a los campos con Cristo en su corazón. Se sentirán rodeados por la
influencia celestial. Las cosas de la naturaleza repiten las parábolas
de nuestro Señor y sus consejos. Por la comunión con Dios en la
naturaleza, la mente se eleva y el corazón halla descanso.
Estaba por darse el primer paso en la
organización de la iglesia, que después de la partida de Cristo había de
ser su representante en la tierra. No tenía ningún santuario costoso a
su disposición, pero el Salvador condujo a sus discípulos al lugar de
retraimiento que él amaba, y en la mente de ellos los sagrados
incidentes de aquel día quedaron para siempre vinculados con la belleza
de la montaña, del valle y del mar.
Jesús había llamado a sus discípulos
para enviarlos como testigos suyos, para que declararan al mundo lo que
habían visto y oído de él. Su cargo era el más importante al cual
hubiesen sido llamados alguna vez los seres humanos, y únicamente el de
Cristo lo superaba. Habían de ser colaboradores con Dios para la
salvación del mundo. Como en el Antiguo Testamento los doce patriarcas
se destacan como representantes de Israel, así los doce apóstoles habían
de destacarse como representantes de la iglesia evangélica.
El Salvador conocía el carácter de
los hombres a quienes había elegido; todas sus debilidades y errores
estaban abiertos delante de él; conocía los peligros que tendrían que
arrostrar, la responsabilidad que recaería sobre ellos; y su corazón
amaba tiernamente a estos elegidos. A solas sobre una montaña, cerca del
mar de Galilea, pasó toda la noche en oración por ellos, mientras ellos
dormían al pie de la montaña. Al amanecer, los llamó a sí porque tenía
algo importante que comunicarles. 259 Estos discípulos habían estado
durante algún tiempo asociados con Jesús en su labor activa. Juan y
Santiago, Andrés y Pedro, con Felipe, Natanael y Mateo, habían estado
más íntimamente relacionados con él que los demás, y habían presenciado
mayor número de sus milagros. Pedro, Santiago y Juan tenían una relación
más estrecha con él. Estaban casi constantemente con él, presenciando
sus milagros y oyendo sus palabras. Juan había penetrado en una
intimidad aun mayor con Jesús, de tal manera que se le distingue como
aquel a quien Jesús amaba. El Salvador los amaba a todos, pero Juan era
el espíritu más receptivo. Era más joven que los demás, y con mayor
confianza infantil abría su corazón a Jesús. Así llegó a simpatizar más
con el Salvador, y por su medio fueron comunicadas a su pueblo las
enseñanzas espirituales más profundas del Salvador.
A la cabeza de uno de los grupos en
los cuales estaban divididos los apóstoles, se destaca el nombre de
Felipe. Fue el primer discípulo a quien Jesús dirigió la orden
terminante: "Sígueme." Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y
Pedro. Había escuchado la enseñanza de Juan el Bautista, y le había oído
anunciar a Cristo como el Cordero de Dios. Felipe buscaba sinceramente
la verdad, pero era tardo de corazón para creer. Aunque se había unido a
Cristo, la manera en que lo anunció a Natanael demuestra que no estaba
plenamente convencido de la divinidad de Jesús. Aunque Cristo había sido
proclamado por la voz del cielo como Hijo de Dios, para Felipe era
"Jesús, el hijo de José, de Nazaret." * Otra vez, cuando los cinco mil
fueron alimentados, se reveló la falta de fe de Felipe. Para probarle,
Jesús preguntó: "¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?" La
respuesta de Felipe tendía a la incredulidad: "Doscientos denarios de
pan no les bastarán, para que cada uno de ellos tome un poco."* Jesús
estaba apenado. Aunque Felipe había visto sus obras y sentido su poder,
no tenía fe. Cuando los griegos preguntaron a Felipe acerca de Jesús, no
aprovechó como honor y motivo de gozo la oportunidad de presentarlos al
Salvador, sino que se fue a decirlo a Andrés. Otra vez, en las últimas
horas transcurridas antes de la crucifixión, las palabras de Felipe
propendieron a desalentar la fe. Cuando Tomás dijo a Jesús: "Señor, no
sabemos 260 a dónde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino?" el
Salvador respondió: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. . . . Si
me conocieseis, también a mi Padre conocierais." De Felipe provino la
respuesta incrédula: "Señor, muéstranos al Padre, y nos basta."* Tan
tardo de corazón, tan débil en la fe, era el discípulo que había estado
con Jesús durante tres años.
En feliz contraste con la
incredulidad de Felipe, se notaba la confianza infantil de Natanael. Era
hombre de naturaleza intensamente fervorosa, cuya fe se apoderaba de las
realidades invisibles. Sin embargo, Felipe era alumno en la escuela de
Cristo, y el divino Maestro soportó pacientemente su incredulidad y
torpeza. Cuando fue derramado el Espíritu Santo sobre los discípulos,
Felipe llegó a ser un maestro según el orden divino. Sabía de qué
hablaba y enseñaba con una seguridad que infundía convicción a los
oyentes.
Mientras Jesús estaba preparando a
los discípulos para su ordenación, un hombre que no había sido llamado
se presentó con insistencia entre ellos. Era Judas Iscariote, hombre que
profesaba seguir a Cristo y que se adelantó ahora para solicitar un
lugar en el círculo íntimo de los discípulos. Con gran fervor y aparente
sinceridad, declaró: "Maestro, te seguiré a donde quiera que fueres."
Jesús no le rechazó ni le dio la bienvenida, sino que pronunció tan sólo
estas palabras tristes: "Las zorras tienen cavernas, y las aves del
cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza."
* Judas creía que Jesús era el Mesías; y uniéndose a los apóstoles
esperaba conseguir un alto puesto en el nuevo reino, así que Jesús se
proponía desvanecer esta esperanza declarando su pobreza.
Los discípulos anhelaban que Judas
llegase a ser uno de ellos. Parecía un hombre respetable, de agudo
discernimiento y habilidad administrativa, y lo recomendaron a Jesús
como hombre que le ayudaría mucho en su obra. Les causó, pues, sorpresa
que Jesús le recibiese tan fríamente.
Los discípulos habían quedado muy
desilusionados de que Jesús no se había esforzado por conseguir la
cooperación de los dirigentes de Israel. Les parecía que era un error no
fortalecer su causa obteniendo el apoyo de esos hombres influyentes. Si
hubiese rechazado a Judas, en su ánimo habrían puesto en duda la
sabiduría de su Maestro. La historia ulterior de Judas 261 les iba a
enseñar el peligro que hay en decidir la idoneidad de los hombres para
la obra de Dios basándose en alguna consideración mundanal. La
cooperación de hombres como aquellos que los discípulos deseaban
asegurarse habría entregado la obra en las manos de sus peores enemigos.
Sin embargo, cuando Judas se unió a
los discípulos no era insensible a la belleza del carácter de Cristo.
Sentía la influencia de aquel poder divino que atraía las almas al
Salvador. El que no había de quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo
humeante no iba a rechazar a esa alma mientras sintiera un deseo de
acercarse a la luz. El Salvador leyó el corazón de Judas; conoció los
abismos de iniquidad en los cuales éste se hundiría a menos que fuese
librado por la gracia de Dios. Al relacionar a este hombre consigo, le
puso donde podría estar día tras día en contacto con la manifestación de
su propio amor abnegado. Si quería abrir su corazón a Cristo, la gracia
divina desterraría el demonio del egoísmo, y aun Judas podría llegar a
ser súbdito del reino de Dios.
Dios toma a los hombres tales como
son, con los elementos humanos de su carácter, y los prepara para su
servicio, si quieren ser disciplinados y aprender de él. No son elegidos
porque sean perfectos, sino a pesar de sus imperfecciones, para que
mediante el conocimiento y la práctica de la verdad, y por la gracia de
Cristo, puedan ser transformados a su imagen.
Judas tuvo las mismas oportunidades
que los demás discípulos. Escuchó las mismas preciosas lecciones. Pero
la práctica de la verdad requerida por Cristo contradecía los deseos y
propósitos de Judas, y él no quería renunciar a sus ideas para recibir
sabiduría del Cielo.
¡Cuán tiernamente obró el Salvador
con aquel que había de entregarle! En sus enseñanzas, Jesús se espaciaba
en los principios de la benevolencia que herían la misma raíz de la
avaricia. Presentó a Judas el odioso carácter de la codicia, y más de
una vez el discípulo se dio cuenta de que su carácter había sido pintado
y su pecado señalado; pero no quería confesar ni abandonar su iniquidad.
Se creía suficiente de por sí mismo, y en vez de resistir la tentación
continuó practicando sus fraudes. Cristo estaba delante de él, como
ejemplo vivo de lo que debía llegar a ser si cosechaba los beneficios de
la 262 mediación y el ministerio divinos; pero lección tras lección caía
en los oídos de Judas sin que él le prestara atención.
Ninguna reprimenda viva por su
avaricia le dirigió Jesús, sino que con paciencia divina soportó a ese
hombre que estaba en error, al par que le daba evidencia de que leía en
su corazón como en un libro abierto. Le presentó los más altos
incentivos para hacer lo bueno, y al rechazar la luz del Cielo, Judas
quedaría sin excusa.
En vez de andar en la luz, Judas
prefirió conservar sus defectos. Albergó malos deseos, pasiones
vengativas y pensamientos lóbregos y rencorosos, hasta que Satanás se
posesionó plenamente de él. Judas llegó a ser un representante del
enemigo de Cristo.
Cuando llegó a asociarse con Jesús,
tenía algunos preciosos rasgos de carácter que podrían haber hecho de él
una bendición para la iglesia. Si hubiese estado dispuesto a llevar el
yugo de Cristo, podría haberse contado entre los principales apóstoles;
pero endureció su corazón cuando le señalaron sus defectos, y con
orgullo y rebelión prefirió sus egoístas ambiciones, y así se incapacitó
para la obra que Dios quería darle.
Todos los discípulos tenían graves
defectos cuando Jesús los llamó a su servicio. Aun Juan, quien vino a
estar más íntimamente asociado con el manso y humilde Jesús, no era por
naturaleza manso y sumiso. El y su hermano eran llamados "hijos del
trueno." Aun mientras andaba con Jesús, cualquier desprecio hecho a éste
despertaba su indignación y espíritu combativo. En el discípulo amado,
había mal genio, espíritu vengativo y de crítica. Era orgulloso y
ambicionaba ocupar el primer puesto en el reino de Dios. Pero día tras
día, en contraste con su propio espíritu violento, contempló la ternura
y tolerancia de Jesús, y fue oyendo sus lecciones de humildad y
paciencia. Abrió su corazón a la influencia divina y llegó a ser no
solamente oidor sino hacedor de las obras del Salvador. Ocultó su
personalidad en Cristo y aprendió a llevar el yugo y la carga de Cristo.
Jesús reprendía a sus discípulos. Los
amonestaba y precavía; pero Juan y sus hermanos no le abandonaron;
prefirieron quedar con Jesús a pesar de las reprensiones. El Salvador no
se apartó de ellos por causa de sus debilidades y errores. 263 Ellos
continuaron compartiendo hasta el fin sus pruebas y aprendiendo las
lecciones de su vida. Contemplando a Cristo, llegó a transformarse su
carácter.
En sus hábitos y temperamento, los
apóstoles diferían grandemente. Entre ellos se contaba el publicano Leví
Mateo y el celote Simón, el intransigente enemigo de la autoridad de
Roma; el generoso e impulsivo Pedro, y el ruin Judas; Tomás el fiel,
aunque tímido y miedoso; Felipe, lento de corazón e inclinado a la duda,
y los ambiciosos y jactanciosos hijos de Zebedeo, con sus hermanos.
Estos fueron reunidos, con sus diferentes defectos, todos con tendencias
al mal, heredadas y cultivadas; pero en Cristo y por su medio habían de
habitar en la familia de Dios, aprendiendo a ser uno en fe, doctrina y
espíritu. Iban a tener sus pruebas, sus agravios, sus
diferencias de opinión; pero mientras
Cristo habitase en el corazón de ellos, no habría disensión. Su amor los
induciría a amarse unos a otros; las lecciones del Maestro harían
armonizar todas las diferencias, poniendo a los discípulos en unidad
hasta hacerlos de una mente y un mismo criterio. Cristo es el gran
centro, y ellos se acercarían el uno al otro en la proporción en que se
acercasen al centro.
Cuando Jesús hubo dado su instrucción
a los discípulos congregó al pequeño grupo en derredor suyo, y
arrodillándose en medio de ellos y poniendo sus manos sobre sus cabezas,
ofreció una oración para dedicarlos a su obra sagrada. Así fueron
ordenados al ministerio evangélico los discípulos del Señor.
Como representantes suyos entre los
hombres, Cristo no elige ángeles que nunca cayeron, sino a seres
humanos, hombres de pasiones iguales a las de aquellos a quienes tratan
de salvar. Cristo mismo se revistió de la humanidad, para poder alcanzar
a la humanidad. La divinidad necesitaba de la humanidad; porque se
requería tanto lo divino como lo humano para traer la salvación al
mundo. La divinidad necesitaba de la humanidad, para que ésta pudiese
proporcionarle un medio de comunicación entre Dios y el hombre. Así
sucede con los siervos y mensajeros de Cristo. El hombre necesita un
poder exterior a sí mismo para restaurarle a la semejanza de Dios y
habilitarle para hacer la obra de Dios; pero esto no hace que no sea
esencial el agente humano. La humanidad hace 264 suyo el poder divino,
Cristo n ora en el corazón por la fe; y mediante la cooperación con lo
divino el poder del hombre se hace eficiente para el bien.
El que llamó a los pescadores de
Galilea está llamando todavía a los hombres a su servicio. Y está tan
dispuesto a manifestar su poder por medio de nosotros como por los
primeros discípulos. Por imperfectos y pecaminosos que seamos, el Señor
nos ofrece asociarnos consigo, para que seamos aprendices de Cristo. Nos
invita a ponernos bajo la instrucción divina para que unidos con Cristo
podamos realizar las obras de Dios.
"Tenemos empero este tesoro en vasos
de barro, para que la alteza del poder sea de Dios, y no de nosotros."*
Esta es la razón por la cual la predicación del Evangelio fue confiada a
hombres sujetos a error más bien que a los ángeles. Es manifiesto que el
poder que obra por la debilidad de la humanidad es el poder de Dios; y
así se nos anima a creer que el poder que puede ayudar a otros tan
débiles como nosotros puede ayudarnos a nosotros también. Y los que
están sujetos a flaquezas deben poder compadecerse "de los ignorantes y
extraviados." * Habiendo estado en peligro ellos mismos, conocen los
riesgos y dificultades del camino, y por esta razón son llamados a
buscar a los demás que están en igual peligro. Hay almas afligidas por
la duda, cargadas de flaquezas, débiles en la fe e incapacitadas para
comprender al Invisible; pero un amigo a quien pueden creer, que viene a
ellos en lugar de Cristo, puede ser el vínculo que corrobore su
temblorosa fe en Cristo.
Hemos de colaborar con los ángeles
celestiales para presentar a Jesús al mundo. Con avidez casi impaciente,
los ángeles aguardan nuestra cooperación; porque el hombre debe ser el
medio de comunicación con el hombre. Y cuando nos entregamos a Cristo en
una consagración de todo el corazón, los ángeles se regocijan de poder
hablar por nuestras voces para revelar el amor de Dios. 265
CAPÍTULO 31 El Sermón del Monte *
RARA vez reunía Cristo a sus
discípulos a solas para darles sus palabras. No elegía por auditorio
suyo únicamente a aquellos que conocían el camino de la vida. Era su
obra alcanzar a las multitudes que estaban en ignorancia y en error.
Daba sus lecciones de verdad donde podían alcanzar el entendimiento
entenebrecido. El mismo era la Verdad, que de pie, con los lomos ceñidos
y las manos siempre extendidas para bendecir, y mediante palabras de
amonestación, ruego y estímulo, trataba de elevar a todos aquellos que
venían a él.
El sermón del monte, aunque dado
especialmente a los discípulos, fue pronunciado a oídos de la multitud.
Después de la ordenación de los apóstoles, Jesús se fue con ellos a
orillas del mar. Allí, por la mañana temprano, la gente había empezado a
congregarse. Además de las acostumbradas muchedumbres de los pueblos
galileos, había gente de Judea y aun de Jerusalén misma; de Perea, de
Decápolis, de Idumea, una región lejana situada al sur de Judea; y de
Tiro y Sidón, ciudades fenicias de la costa del Mediterráneo. "Oyendo
cuán grandes cosas hacía," ellos "habían venido a oírle, y para ser
sanados de sus enfermedades; . . . porque salía de él virtud y sanaba a
todos.'*
La estrecha playa no daba cabida al
alcance de su voz, ni aun de pie, a todos los que deseaban oírle, así
que Jesús los condujo a la montaña. Llegado que hubo a un espacio
despejado de obstáculos, que ofrecía un agradable lugar de reunión para
la vasta asamblea, se sentó en la hierba, y los discípulos y las
multitudes siguieron su ejemplo.
Los discípulos se situaban siempre en
el lugar más cercano a Jesús. La gente se agolpaba constantemente en
derredor suyo, pero los discípulos comprendían que no debían dejarse
apartar de su presencia. Se sentaban a su lado, a fin de no perder una
palabra de sus instrucciones. Escuchaban atentamente, ávidos 266 de
comprender las verdades que iban a tener que anunciar a todos los países
y a todas las edades.
Presintiendo que podían esperar algo
más que lo acostumbrado, rodearon ahora estrechamente a su Maestro.
Creían que el reino iba a ser establecido pronto, y de los sucesos de
aquella mañana sacaban la segura conclusión de que Jesús iba a hacer
algún anuncio concerniente a dicho reino. Un sentimiento de expectativa
dominaba también a la multitud, y los rostros tensos daban evidencia del
profundo interés sentido. Al sentarse la gente en la verde ladera de la
montaña, aguardando las palabras del Maestro divino, tenían todos el
corazón embargado por pensamientos de gloria futura. Había escribas y
fariseos que esperaban el día en que dominarían a los odiados romanos y
poseerían las riquezas y el esplendor del gran imperio mundial. Los
pobres campesinos y pescadores esperaban oír la seguridad de que pronto
trocarían sus míseros tugurios, su escasa pitanza, la vida de trabajos y
el temor de la escasez, por mansiones de abundancia y comodidad. En
lugar del burdo vestido que los cubría de día y era también su cobertor
por la noche, esperaban que Cristo les daría los ricos y costosos mantos
de sus conquistadores. Todos los corazones palpitaban con la orgullosa
esperanza de que Israel sería pronto honrado ante las naciones como el
pueblo elegido del Señor, y Jerusalén exaltada como cabeza de un reino
universal.
Cristo frustró esas esperanzas de
grandeza mundanal. En el sermón del monte, trató de deshacer la obra que
había sido hecha por una falsa educación, y de dar a sus oyentes un
concepto correcto de su reino y de su propio carácter. Sin embargo, no
atacó directamente los errores de la gente. Vio la miseria del mundo por
causa del pecado, aunque no delineó demasiado vívidamente la miseria de
ellos. Les enseñó algo infinitamente mejor de lo que habían conocido
antes. Sin combatir sus ideas acerca del reino de Dios, les habló de las
condiciones de entrada en él, dejándoles sacar sus propias conclusiones
en cuanto a su naturaleza. Las verdades que enseñó no son menos
importantes para nosotros que para la multitud que le seguía. No
necesitamos menos que dicha multitud conocer los principios
fundamentales del reino de Dios.
Las primeras palabras que dirigió
Cristo al pueblo en el 267 monte, fueron palabras de bienaventuranza.
Bienaventurados son, dijo, los que reconocen su pobreza espiritual, y
sienten su necesidad de redención. El Evangelio ha de ser predicado a
los pobres. No es revelado a los que son orgullosos espiritualmente, a
los que pretenden ser ricos y no necesitar nada, sino a los humildes y
contritos. Una sola fuente ha sido abierta para el pecado, una fuente
para los pobres de espíritu.
El corazón orgulloso lucha para ganar
la salvación; pero tanto nuestro derecho al cielo como nuestra idoneidad
para él, se hallan en la justicia de Cristo. El Señor no puede hacer
nada para sanar al hombre hasta que, convencido éste de su propia
debilidad y despojado de toda suficiencia propia, se entrega al dominio
de Dios. Entonces puede recibir el don que Dios espera concederle. De
nada es privada el alma que siente su necesidad. Ella tiene acceso sin
reserva a Aquel en quien mora toda la plenitud. "Porque así dijo el Alto
y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo
habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de
espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar
el corazón de los quebrantados."*
"Bienaventurados los que lloran:
porque ellos recibirán consolación." Por estas palabras, Cristo no
enseña que el llorar tiene en sí poder de quitar la culpabilidad del
pecado. No sanciona la humildad voluntaria o afectada. El lloro del cual
él habla, no consiste en la melancolía y los lamentos. Mientras nos
apesadumbramos por causa del pecado, debemos regocijarnos en el precioso
privilegio de ser hijos de Dios.
A menudo nos apenamos porque nuestras
malas acciones nos producen consecuencias desagradables. Pero esto no es
arrepentimiento. El verdadero pesar por el pecado es resultado de la
obra del Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón
que ha despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al pie
de la cruz. Cada pecado vuelve a herir a Jesús; y al mirar a Aquel a
quien hemos traspasado, lloramos por los pecados que le produjeron
angustia. Una tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado.
El mundano puede llamar debilidad a
esta tristeza; pero es la fuerza que une al penitente con el Ser
infinito mediante vínculos que no pueden romperse. Demuestra que los
ángeles de 268 Dios están devolviendo al alma las gracias que se
perdieron por la dureza de corazón y la transgresión. Las lágrimas del
penitente son tan sólo las gotas de lluvia que preceden al brillo del
sol de la santidad. Esta tristeza es precursora de un gozo que será una
fuente viva en el alma. "Conoce empero tu maldad, porque contra Jehová
tu Dios has prevaricado." "No haré caer mi ira sobre vosotros: porque
misericordioso soy yo, dice Jehová." "A los que lloran en Sión," él ha
decidido darles "hermosura en lugar de ceniza, el aceite de gozo en vez
de lamentos, y el manto de alabanza en lugar de espíritu de
pesadumbre."*
Y hay consuelo para los que lloran en
las pruebas y tristezas. La amargura del pesar y la humillación es mejor
que la complacencia del pecado. Por la aflicción, Dios nos revela los
puntos infectados de nuestro carácter, para que por su gracia podamos
vencer nuestros defectos. Nos son revelados capítulos desconocidos con
respecto a nosotros mismos, y nos llega la prueba que nos hará aceptar o
rechazar la reprensión y el consejo de Dios. Cuando somos probados, no
debemos agitarnos y quejarnos. No debemos rebelarnos, ni acongojarnos
hasta escapar de la mano de Cristo. Debemos humillar nuestra alma
delante de Dios. Los caminos del Señor son obscuros para aquel que desee
ver las cosas desde un punto de vista agradable para sí mismo. Parecen
sombríos y tristes para nuestra naturaleza humana; pero los caminos de
Dios son caminos de misericordia, cuyo fin es la salvación. Elías no
sabía lo que estaba haciendo cuando en el desierto dijo que estaba harto
de la vida, y rogaba que se le dejase morir. En su misericordia, el
Señor no hizo caso de sus palabras. A Elías le quedaba todavía una gran
obra que hacer; y cuando su obra fuese hecha, no había de perecer en el
desaliento y la soledad del desierto. No le tocaba descender al polvo de
la muerte, sino ascender en gloria, con el convoy de carros celestiales,
hasta el trono que está en las alturas.
Las palabras que Dios dirige a los
tristes son: "Visto he sus caminos, y le sanaré, y le pastorearé, y
daréle consolaciones, a él y a sus enlutados." "Su lloro tornaré en
gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor."*
"Bienaventurados los mansos." Las
dificultades que hemos 269 de arrostrar pueden ser muy disminuidas por
la mansedumbre que se oculta en Cristo. Si poseemos la humildad de
nuestro Maestro, nos elevaremos por encima de los desprecios, los
rechazamientos, las molestias a las que estamos diariamente expuestos; y
estas cosas dejarán de oprimir nuestro ánimo. La mayor evidencia de
nobleza que haya en el cristiano es el dominio propio. El que bajo un
ultraje o la crueldad no conserva un espíritu confiado y sereno despoja
a Dios de su derecho a revelar en él su propia perfección de carácter.
La humildad de corazón es la fuerza que da la victoria a los discípulos
de Cristo; es la prenda de su relación con los atrios celestiales.
"Porque el alto Jehová atiende al
humilde."* Los que revelan el espíritu manso y humilde de Cristo, son
considerados tiernamente por Dios. El mundo puede mirarlos con
desprecio, pero son de gran valor ante los ojos de Dios. No sólo los
sabios, los grandes, los benefactores, obtendrán entrada en los atrios
celestiales; no sólo el activo trabajador, lleno de celo y actividad
incesante. No; el pobre de espíritu que anhela la presencia permanente
de Cristo, el humilde de corazón, cuya más alta ambición es hacer la
voluntad de Dios, éstos obtendrán abundante entrada. Se hallarán entre
aquellos que habrán lavado sus ropas y las habrán blanqueado en la
sangre del Cordero. "Por esto están delante del trono de Dios, y le
sirven día y noche en su templo: y el que está sentado en el trono
tenderá su pabellón sobre ellos."*
"Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia." El sentimiento de su indignidad inducirá al
corazón a tener hambre y sed de justicia, y este deseo no quedará
frustrado. Los que den lugar a Jesús en su corazón, llegarán a sentir su
amor. Todos los que anhelan poseer la semejanza del carácter de Dios
quedarán satisfechos. El Espíritu Santo no deja nunca sin ayuda al alma
que mira a Jesús. Toma de las cosas de Cristo y se las revela. Si la
mirada se mantiene fija en Cristo, la obra del Espíritu no cesa hasta
que el alma queda conformada a su imagen. El elemento puro del amor dará
expansión al alma y la capacitará para llegar a un nivel superior, un
conocimiento acrecentado de las cosas celestiales, de manera que
alcanzará la plenitud. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
justicia; porque ellos serán hartos." 270
Los misericordiosos hallarán
misericordia, y los limpios de corazón verán a Dios. Todo pensamiento
impuro contamina el alma, menoscaba el sentido moral y tiende a
obliterar las impresiones del Espíritu Santo. Empaña la visión
espiritual, de manera que los hombres no puedan contemplar a Dios. El
Señor puede perdonar al pecador arrepentido, y le perdona; pero aunque
esté perdonada, el alma queda mancillada. Toda impureza de palabras o de
pensamientos debe ser rehuida por aquel que quiera tener un claro
discernimiento de la verdad espiritual.
Pero las palabras de Cristo abarcan
más que el evitar la impureza sensual, más que el evitar la
contaminación ceremonial que los judíos rehuían tan rigurosamente. El
egoísmo nos impide contemplar a Dios. El espíritu que trata de
complacerse a sí mismo juzga a Dios como enteramente igual a sí. A menos
que hayamos renunciado a esto, no podemos comprender a Aquel que es
amor. Únicamente el corazón abnegado, el espíritu humilde y confiado,
verá a Dios como "misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande
en benignidad y verdad."*
"Bienaventurados los pacificadores."
La paz de Cristo nace de la verdad. Está en armonía con Dios. El mundo
está en enemistad con la ley de Dios; los pecadores están en enemistad
con su Hacedor; y como resultado, están en enemistad unos con otros.
Pero el salmista declara: "Mucha paz tienen los que aman tu ley; y no
hay para ellos tropiezo."* Los hombres no pueden fabricar la paz. Los
planes humanos, para la purificación y elevación de los individuos o de
la sociedad, no lograrán la paz, porque no alcanzan al corazón. El único
poder que puede crear o perpetuar la paz verdadera es la gracia de
Cristo. Cuando ésta esté implantada en el corazón, desalojará las malas
pasiones que causan luchas y disensiones. "En lugar de la zarza crecerá
haya, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán;" y el desierto de la vida
"se gozará, y florecerá como la rosa."*
Las multitudes se asombraban de estas
enseñanzas, que eran tan diferentes de los preceptos y ejemplos de los
fariseos. El pueblo había llegado a pensar que la felicidad consistía en
la posesión de las cosas de este mundo, y que la fama y los honores de
los hombres eran muy codiciables. Era muy agradable 271 ser llamado "Rabbí,"
ser alabado como sabio y religioso, y hacer ostentación de sus virtudes
delante del público. Esto era considerado como el colmo de la felicidad.
Pero en presencia de esta vasta muchedumbre, Jesús declaró que las
ganancias y los honores terrenales eran toda la recompensa que tales
personas recibirían jamás. El hablaba con certidumbre, y un poder
convincente acompañaba sus palabras. El pueblo callaba, y se apoderaba
de él un sentimiento de temor. Se miraban unos a otros con duda. ¿Quién
de entre ellos se salvaría si eran ciertas las enseñanzas de este
hombre? Muchos estaban convencidos de que este maestro notable era
movido por el Espíritu de Dios, y que los sentimientos que expresaba
eran divinos.
Después de explicar lo que constituye
la verdadera felicidad y cómo puede obtenerse, Jesús definió el deber de
sus discípulos como maestros elegidos por Dios para conducir a otros por
la senda de justicia y vida eterna. El sabía que ellos sufrirían a
menudo desilusiones y desalientos y que encontrarían oposición decidida,
que serían insultados y verían rechazado su testimonio. Bien sabía él
que, en el cumplimiento de su misión, los hombres humildes que
escuchaban tan atentamente sus palabras habrían de soportar calumnias,
torturas, encarcelamiento y muerte, y prosiguió:
"Bienaventurados los que padecen
persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los
cielos. Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieran, y
dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos;
porque vuestra merced es grande en los cielos; que así persiguieron a
los profetas que fueron antes de vosotros."
El mundo ama el pecado y aborrece la
justicia, y ésta era la causa de su hostilidad hacia Jesús. Todos los
que rechazan su amor infinito hallarán en el cristianismo un elemento
perturbador. La luz de Cristo disipa las tinieblas que cubren sus
pecados, y les manifiesta la necesidad de una reforma. Mientras los que
se entregan a la influencia del Espíritu Santo empiezan a guerrear
contra sí mismos, los que se aferran al pecado combaten la verdad y a
sus representantes.
Así se crea disensión, y los
seguidores de Cristo son acusados de perturbar a la gente. Pero es la
comunión con Dios lo que 272 les trae la enemistad del mundo. Ellos
llevan el oprobio de Cristo, andan por la senda en que anduvieron los
más nobles de la tierra. Deben, pues, arrostrar la persecución, no con
tristeza, sino con regocijo. Cada prueba de fuego es un agente que Dios
usa para refinarlos. Cada una de ellas los prepara para su obra de
colaboradores suyos. Cada conflicto tiene su lugar en la gran batalla
por la justicia, y aumentará el gozo de su triunfo final. Teniendo esto
en vista, la prueba de su fe y paciencia será alegremente aceptada más
bien que temida y evitada. Ansiosos de cumplir su obligación para con el
mundo y fijando su deseo en la aprobación de Dios, sus siervos han de
cumplir cada deber, sin tener en cuenta el temor o el favor de los
hombres.
"Vosotros sois la sal de la tierra,"
dijo Jesús. No os apartéis del mundo a fin de escapar a la persecución.
Habéis de morar entre los hombres, para que el sabor del amor divino
pueda ser como sal que preserve al mundo de la corrupción.
Los corazones que responden a la
influencia del Espíritu Santo, son los conductos por medio de los cuales
fluye la bendición de Dios. Si los que sirven a Dios fuesen quitados de
la tierra, y su Espíritu se retirase de entre los hombres, este mundo
quedaría en desolación y destrucción, como fruto del dominio de Satanás.
Aunque los impíos no lo saben, deben aun las bendiciones de esta vida a
la presencia, en el mundo, del pueblo de Dios, al cual desprecian y
oprimen. Si los cristianos lo son de nombre solamente, son como la sal
que ha perdido su sabor. No tienen influencia para el bien en el mundo,
y por su falsa representación de Dios son peores que los incrédulos del
mundo.
"Vosotros sois la luz del mundo." Los
judíos pensaban limitar los beneficios de la salvación a su propia
nación; pero Cristo les demostró que la salvación es como la luz del
sol. Pertenece a todo el mundo. La religión de la Biblia no se ha de
limitar a lo contenido entre las tapas de un libro, ni entre las paredes
de una iglesia. No ha de ser sacada a luz ocasionalmente para nuestro
beneficio, y luego guardarse de nuevo cuidadosamente. Ha de santificar
la vida diaria, manifestarse en toda transacción comercial y en todas
nuestras relaciones sociales. 273
El verdadero carácter no se forma
desde el exterior, para revestirse uno con él; irradia desde adentro. Si
queremos conducir a otros por la senda de la justicia, los principios de
la justicia deben ser engastados en nuestro propio corazón. Nuestra
profesión de fe puede proclamar la teoría de la religión, pero es
nuestra piedad práctica la que pone de relieve la palabra de verdad. La
vida consecuente, la santa conversación, la integridad inquebrantable,
el espíritu activo y benévolo, el ejemplo piadoso, tales son los medios
por los cuales la luz es comunicada al mundo.
Jesús no se había espaciado en las
especificaciones de la ley, pero no quería dejar que sus oyentes sacasen
la conclusión de que había venido para poner de lado sus requerimientos.
Sabía que había espías listos para valerse de toda palabra que pudiese
ser torcida para servir su propósito. Conocía el prejuicio que existía
en la mente de muchos de sus oyentes, y no dijo nada que pudiese
perturbar su fe en la religión y las instituciones que les habían sido
confiadas por medio de Moisés. Cristo mismo había dado la ley moral y la
ceremonial. No había venido para destruir la confianza en sus propias
instrucciones. A causa de su gran reverencia por la ley y los profetas,
procuraba abrir una brecha en la muralla de los requerimientos
tradicionales que rodeaban a los judíos. Mientras trataba de poner a un
lado sus falsas interpretaciones de la ley, puso a sus discípulos en
guardia contra la renuncia a las verdades vitales confiadas a los
hebreos.
Los fariseos se jactaban de su
obediencia a la ley; pero conocían tan poco de sus principios por la
práctica diaria, que para ellos las palabras del Salvador eran como una
herejía. Mientras él barría las inmundicias bajo las cuales la verdad
había estado enterrada, los circunstantes pensaban que barría la verdad
misma. Se murmuraban unos a otros que estaba despreciando la ley, pero
él leyó sus pensamientos, y les dijo:
"No penséis que he venido para
abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a
cumplir." Así refutó Jesús el cargo de los fariseos. Su misión en este
mundo consistía en vindicar los sagrados derechos de aquella ley que
ellos le acusaban de violar. Si la ley de Dios hubiese podido cambiarse
o abrogarse, Cristo no habría necesitado sufrir las 274 consecuencias de
nuestra transgresión. El vino para explicar la relación de la ley con el
hombre, e ilustrar sus preceptos por su propia vida de obediencia.
Dios nos ha dado sus santos preceptos
porque ama a la humanidad. Para escudarnos de los resultados de la
transgresión, nos revela los principios de la justicia. La ley es una
expresión del pensamiento de Dios: cuando se recibe en Cristo, llega a
ser nuestro pensamiento. Nos eleva por encima del poder de los deseos y
tendencias naturales, por encima de las tentaciones que inducen a pecar.
Dios desea que seamos felices, y nos ha dado los preceptos de la ley
para que obedeciéndolos tengamos gozo. Cuando en ocasión del nacimiento
de Jesús los ángeles cantaron:
"Gloria en las alturas a Dios,
Y en la tierra paz, buena voluntad
para con los hombres,'*
declararon los principios de la ley
que él había venido a magnificar y honrar.
Cuando la ley fue proclamada desde el
Sinaí, Dios hizo conocer a los hombres la santidad de su carácter, para
que por el contraste pudiesen ver cuán pecaminoso era el propio. La ley
fue dada para convencerlos de pecado, y revelar su necesidad de un
Salvador. Haría esto al ser aplicados sus principios al corazón por el
Espíritu Santo. Todavía tiene que hacer esta obra. En la vida de Cristo
son aclarados los principios de la ley; y al tocar el corazón el
Espíritu Santo de Dios, al revelar la luz de Cristo a los hombres la
necesidad que ellos tienen de su sangre purificadora y de su justicia
justificadora, la ley sigue siendo un agente para atraernos a Cristo, a
fin de que seamos justificados por la fe. "La ley de Jehová es perfecta,
que vuelve el alma.'*
"Hasta que perezca el cielo y la
tierra --dijo Jesús,-- ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta
que todas las cosas sean hechas." El sol que brilla en los cielos, la
sólida tierra sobre la cual moramos, testifican para Dios que su ley es
inmutable y eterna. Aunque ellos pasen, los preceptos divinos
permanecerán. "Más fácil cosa es pasar el cielo y la tierra, que
frustrarse un tilde de la ley."* El sistema típico que prefiguraba a
Cristo como el Cordero de Dios, iba a ser abolido cuando 275 él muriese;
pero los preceptos del Decálogo son tan inmutables como el trono de
Dios.
Puesto que "la ley de Jehová es
perfecta," cualquier variación de ella debe ser mala. Los que
desobedecen los mandamientos de Dios, y enseñan a otros a hacerlo, son
condenados por Cristo. La vida de obediencia del Salvador sostuvo los
derechos de la ley; probó que la ley puede ser guardada en la humanidad,
y reveló la excelencia del carácter que la obediencia desarrollaría.
Todos los que obedecen como él obedeció, declaran igualmente que el
mandamiento de la ley "es santo, y justo, y bueno.' * Por otro lado,
todos los que violan los mandamientos de Dios, sostienen el aserto de
Satanás de que la ley es injusta y no puede ser obedecida. Así secundan
los engaños del gran adversario y deshonran a Dios. Son hijos del
maligno, que fue el primer rebelde contra la ley de Dios. Admitirlos en
el cielo sería volver a introducir elementos de discordia y rebelión, y
hacer peligrar el bienestar del universo. Ningún hombre que desprecia
voluntariamente un principio de la ley entrará en el reino de los
cielos.
Los rabinos consideraban su justicia
como pasaporte para el cielo; pero Jesús declaró que era insuficiente e
indigna. Las ceremonias externas y un conocimiento teórico de la verdad
constituían la justicia farisaica. Los rabinos aseveraban ser santos por
sus propios esfuerzos en guardar la ley; pero sus obras habían
divorciado la justicia de la religión. Mientras eran escrupulosos en las
observancias rituales, sus vidas eran inmorales y degradadas. Su así
llamada justicia no podría nunca entrar en el reino de los cielos.
En el tiempo de Cristo, el mayor
engaño de la mente humana consistía en creer que un mero asentimiento a
la verdad constituía la justicia. En toda experiencia humana, un
conocimiento teórico de la verdad ha demostrado ser insuficiente para
salvar el alma. No produce frutos de justicia. Una estimación celosa por
lo que se llama verdad teológica acompaña a menudo al odio de la verdad
genuina manifestada en la vida. Los capítulos más sombríos de la
historia están cargados con el recuerdo de crímenes cometidos por
fanáticos religiosos. Los fariseos se llamaban hijos de Abrahán y se
jactaban de poseer los oráculos de Dios; pero estas ventajas no los
preservaban del 276 egoísmo, la malicia, la codicia de ganancias y la
más baja hipocresía. Pensaban ser los mayores religiosos del mundo, pero
su así llamada ortodoxia los condujo a crucificar al Señor de la gloria.
Aun subsiste el mismo peligro. Muchos
dan por sentado que son cristianos simplemente porque aceptan ciertos
dogmas teológicos. Pero no han hecho penetrar la verdad en la vida
práctica. No la han creído ni amado; por lo tanto no han recibido el
poder y la gracia que provienen de la santificación de la verdad. Los
hombres pueden profesar creer en la verdad; pero esto no los hace
sinceros, bondadosos, pacientes y tolerantes, ni les da aspiraciones
celestiales; es una maldición para sus poseedores, y por la influencia
de ellos es una maldición para el mundo.
La justicia que Cristo enseñaba es la
conformidad del corazón y de la vida a la voluntad revelada de Dios. Los
hombres pecaminosos pueden llegar a ser justos únicamente al tener fe en
Dios y mantener una relación vital con él. Entonces la verdadera piedad
elevará los pensamientos y ennoblecerá la vida. Entonces las formas
externas de la religión armonizarán con la pureza interna del cristiano.
Entonces las ceremonias requeridas en el servicio de Dios no serán ritos
sin significado como los de los hipócritas fariseos.
Jesús consideró los mandamientos por
separado, y explicó la profundidad y anchura de sus requerimientos. En
vez de quitarles una jota de su fuerza, demostró cuán abarcantes son sus
principios y desenmascaró el error fatal de los judíos en su
demostración exterior de obediencia. Declaró que por el mal pensamiento
o la mirada concupiscente se quebranta la ley de Dios. El que toma parte
en la menor injusticia está violando la ley y degradando su propia
naturaleza moral. El homicidio existe primero en la mente. El que
concede al odio un lugar en su corazón, está poniendo los pies en la
senda del homicida, y sus ofrendas son aborrecibles para Dios.
Los judíos cultivaban un espíritu de
venganza. En su odio hacia los romanos expresaban duras acusaciones y
complacían al maligno manifestando sus atributos. Así se estaban
preparando para realizar las terribles acciones a las cuales él los
conducía. En la vida religiosa de los fariseos, no había nada 277 que
recomendase la piedad a los gentiles. Jesús no los estimuló a continuar
engañándose con el pensamiento de que podían en su corazón levantarse
contra sus opresores y alimentar la esperanza de vengarse de su males.
Es cierto que hay una indignación
justificable, aun en los seguidores de Cristo. Cuando vemos que Dios es
deshonrado y su servicio puesto en oprobio, cuando vemos al inocente
oprimido, una justa indignación conmueve el alma. Un enojo tal, nacido
de una moral sensible, no es pecado. Pero los que por cualquier supuesta
provocación se sienten libres para ceder a la ira o al resentimiento,
están abriendo el corazón a Satanás. La amargura y animosidad deben ser
desterradas del alma si queremos estar en armonía con el cielo.
El Salvador fue aun más lejos que
esto. Dijo: "Si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de
que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del
altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven
y ofrece tu presente." Muchos son celosos en los servicios religiosos,
mientras que entre ellos y sus hermanos hay desgraciadas divergencias
que podrían reparar. Dios exige de ellos que hagan cuanto puedan para
restaurar la armonía. Antes que hayan hecho esto, no puede aceptar sus
servicios. El deber del cristiano en este asunto está claramente
señalado.
Dios derrama sus bendiciones sobre
todos. El "hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre
justos e injustos." "El es benigno para con los ingratos y malos.' * Nos
invita a ser como él. "Bendecid a los que os maldicen" --dijo Jesús,--
"haced bien a los que os aborrecen, . . . para que seáis hijos de
vuestro Padre que está en los cielos." Tales son los principios de la
ley, y son los manantiales de la vida.
El ideal de Dios para sus hijos es
más elevado de lo que puede alcanzar el más sublime pensamiento humano.
"Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los
cielos es perfecto." Esta orden es una promesa. El plan de redención
contempla nuestro completo rescate del poder de Satanás. Cristo separa
siempre del pecado al alma contrita. Vino para destruir las obras del
diablo, y ha hecho provisión para que el Espíritu Santo sea impartido a
toda alma arrepentida, para guardarla de pecar. 278
La intervención del tentador no ha de
ser tenida por excusa para cometer una mala acción. Satanás se alegra
cuando oye a los que profesan seguir a Cristo buscando excusas por su
deformidad de carácter. Son estas excusas las que inducen a pecar. No
hay disculpa para el pecado. Un temperamento santo, una vida semejante a
la de Cristo, es accesible para todo hijo de Dios arrepentido y
creyente.
El ideal del carácter cristiano es la
semejanza con Cristo. Como el Hijo del hombre fue perfecto en su vida,
los que le siguen han de ser perfectos en la suya. Jesús fue hecho en
todo semejante a sus hermanos. Se hizo carne, como somos carne. Tuvo
hambre y sed, y sintió cansancio. Fue sostenido por el alimento y
refrigerado por el sueno. Participó de la suerte del hombre, aunque era
el inmaculado Hijo de Dios. Era Dios en la carne. Su carácter ha de ser
el nuestro. El Señor dice de aquellos que creen en él: "Habitaré y
andaré en ellos; y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo.' *
Cristo es la escalera que Jacob vio,
cuya base descansaba en la tierra y cuya cima llegaba a la puerta del
cielo, hasta el mismo umbral de la gloria. Si esa escalera no hubiese
llegado a la tierra, y le hubiese faltado un solo peldaño, habríamos
estado perdidos. Pero Cristo nos alcanza donde estamos. Tomó nuestra
naturaleza y venció, a fin de que nosotros, tomando su naturaleza,
pudiésemos vencer. Hecho "en semejanza de carne de pecado,"* vivió una
vida sin pecado. Ahora, por su divinidad, echa mano del trono del cielo,
mientras que por su humanidad llega hasta nosotros. El nos invita a
obtener por la fe en él la gloria del carácter de Dios. Por lo tanto,
hemos de ser perfectos, como nuestro "Padre que está en los cielos es
perfecto."
Jesús había demostrado en qué
consiste la justicia, y había señalado a Dios como su fuente. Ahora
encaró los deberes prácticos. Al dar limosna, al orar, al ayunar, dijo
él, no debe hacerse nada para atraer la atención o provocar alabanzas.
Dad con sinceridad, para beneficiar a los pobres que sufren. Al orar,
póngase el alma en comunión con Dios. Al ayunar, no andéis con la cabeza
inclinada y el corazón lleno de pensamientos relativos al yo. El corazón
del fariseo es un suelo árido e infructuoso, en el cual ninguna simiente
de vida divina puede 279 crecer. El que más completamente se entrega a
Dios es el que le rendirá el servicio más aceptable. Porque mediante la
comunión con Dios, los hombres llegarán a colaborar con él en cuanto a
presentar su carácter a la humanidad.
El servicio prestado con sinceridad
de corazón tiene gran recompensa. "Tu Padre que ve en secreto, te
recompensará en público." Por la vida que vivimos mediante la gracia de
Cristo se forma el carácter. La belleza original empieza a ser
restaurada en el alma. Los atributos del carácter de Cristo son
impartidos, y la imagen del Ser divino empieza a resplandecer. Los
rostros de los hombres y mujeres que andan y trabajan con Dios expresan
la paz del cielo. Están rodeados por la atmósfera celestial. Para esas
almas, el reino de Dios empezó ya. Tienen el gozo de Cristo, el gozo de
beneficiar a la humanidad. Tienen la honra de ser aceptados para servir
al Maestro; se les ha confiado el cargo de hacer su obra en su nombre.
"Ninguno puede servir a dos señores."
No podemos servir a Dios con un corazón dividido. La religión de la
Biblia no es una influencia entre muchas otras; su influencia ha de ser
suprema, impregnando y dominando todo lo demás. No ha de ser como un
reflejo de color aplicado aquí y allá en la tela, sino que ha de
impregnar toda la vida, como si la tela fuese sumergida en el color,
hasta que cada hilo de ella quede teñido por un matiz profundo e
indeleble.
"Así que, si tu ojo fuere sincero,
todo tu cuerpo será luminoso: mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo
será tenebroso." La pureza y firmeza de propósito son las condiciones
mediante las cuales se recibe la luz de Dios. El que desee conocer la
verdad debe estar dispuesto a aceptar todo lo que ella revele. No puede
transigir con el error. El vacilar y ser tibio en obedecer la verdad, es
elegir las tinieblas del error y el engaño satánico.
Los métodos mundanales y los
invariables principios de la justicia, no se fusionan imperceptiblemente
como los colores del arco iris. Entre los dos, el Dios eterno ha trazado
una separación amplia y clara. La semejanza de Cristo se destaca tanto
de la de Satanás como el mediodía contrasta con la medianoche. Y
únicamente aquellos que vivan la vida de Cristo son sus colaboradores.
Si se conserva un pecado en el alma, o se retiene 280 una mala práctica
en la vida, todo el ser queda contaminado. El hombre viene a ser un
instrumento de iniquidad.
Todos los que han escogido el
servicio de Dios han de confiar en su cuidado. Cristo señaló a las aves
que volaban por el cielo y a las flores del campo, e invitó a sus
oyentes a considerar estos objetos de la creación de Dios. "¿No valéis
vosotros mucho más que ellas?"* dijo. La medida de la atención divina
concedida a cualquier objeto está en proporción con su lugar en la
escala de los seres. La Providencia vela sobre el pequeño y obscuro
gorrión. Las flores del campo y la hierba que cubre la tierra participan
de la atención y el cuidado de nuestro Padre celestial. El gran Artífice
Maestro pensó en los lirios y los hizo tan hermosos que superan la
gloria de Salomón. ¡Cuánto mayor interés ha de tener por el hombre, que
es la imagen y gloria de Dios! Anhela ver a sus hijos revelar un
carácter según su semejanza. Así como el rayo del sol imparte a las
flores sus variados y delicados matices, imparte Dios al alma la
hermosura de su propio carácter.
Todos los que eligen el reino de
amor, justicia y paz de Cristo, y consideran sus intereses superiores a
todo lo demás, están vinculados con el mundo celestial y poseen toda
bendición necesaria para esta vida. En el libro de la providencia divina
o volumen de la vida, se nos da a cada uno una página. Esa página
contiene todo detalle de nuestra historia. Aun los cabellos de nuestra
cabeza están contados. Dios no se olvida jamás de sus hijos.
"No os congojéis por el día de
mañana." Hemos de seguir a Cristo día tras día. Dios no nos concede
ayuda para mañana. A fin de que no se confundan, él no da a sus hijos
todas las indicaciones para el viaje de su vida de una vez. Les explica
tan sólo lo que pueden recordar y cumplir. La fuerza y sabiduría
impartidas son para la emergencia actual. "Si alguno de vosotros tiene
falta de sabiduría"-para hoy,- "demándela a Dios, el cual da a todos
abundantemente, y no zahiere; y le será dada.'*
"No juzguéis, para que no seáis
juzgados." No os estiméis mejores que los demás ni os erijáis en sus
jueces. Ya que no podéis discernir los motivos, no podéis juzgar a otro.
Si le criticáis, estáis fallando sobre vuestro propio caso; porque 281
demostráis ser partícipes con Satanás, el acusador de los hermanos. El
Señor dice: "Examinaos a vosotros mismos si estáis en fe; probaos a
vosotros mismos." Tal es nuestra obra. "Que si nos examinásemos a
nosotros mismos, cierto no seríamos juzgados." *
El buen árbol producirá buenos
frutos. Si el fruto es desagradable al paladar e inútil, el árbol es
malo. Así también el fruto que se produce en la vida atestigua las
condiciones del corazón y la excelencia del carácter. Las buenas obras
no pueden comprar la salvación, pero son una evidencia de la fe que obra
por el amor y purifica el alma. Y aunque la recompensa eterna no nos es
concedida por causa de nuestros méritos, estará, sin embargo, en
proporción con la obra hecha por medio de la gracia de Cristo.
Así expuso Cristo los principios de
su reino, y demostró que eran la gran regla de la vida; y para grabar la
lección, añadió una ilustración. No es suficiente, dijo, que oigáis mis
palabras. Por la obediencia debéis hacer de ellas el fundamento de
vuestro carácter. El yo no es sino una arena movediza. Si edificáis
sobre teorías e inventos humanos, vuestra casa caerá. Quedará arrasada
por los vientos de la tentación y las tempestades de la prueba. Pero
estos principios que os he dado permanecerán. Recibidme; edificad sobre
mis palabras.
"Cualquiera pues, que me oye estas
palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su
casa sobre la peña; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron
vientos, y combatieron aquella casa; y no cayó; porque estaba fundada
sobre la peña." 282
CAPÍTULO 32 El Centurión *
CRISTO había dicho al noble cuyo hijo
sanara: "Si no viereis señales y milagros no creeréis."* Le entristecía
que su propia nación requiriese esas señales externas de su carácter de
Mesías. Repetidas veces se había asombrado de su incredulidad. Pero
también se asombró de la fe del centurión que vino a él. El centurión no
puso en duda el poder del Salvador. Ni siquiera le pidió que viniese en
persona a realizar el milagro. "Solamente di la palabra --dijo,-- y mi
mozo sanará."
El siervo del centurión había sido
herido de parálisis, y estaba a punto de morir. Entre los romanos los
siervos eran esclavos que se compraban y vendían en los mercados, y eran
tratados con ultrajes y crueldad. Pero el centurión amaba tiernamente a
su siervo, y deseaba grandemente que se restableciese. Creía que Jesús
podría sanarle. No había visto al Salvador, pero los informes que había
oído le habían inspirado fe. A pesar del formalismo de los judíos, este
oficial romano estaba convencido de que tenían una religión superior a
la suya. Ya había derribado las vallas del prejuicio y odio nacionales
que separaban a los conquistadores de los conquistados. Había
manifestado respeto por el servicio de Dios, y demostrado bondad a los
judíos, adoradores de Dios. En la enseñanza de Cristo, según le había
sido explicada, hallaba lo que satisfacía la necesidad del alma. Todo lo
que había de espiritual en él respondía a las palabras del Salvador.
Pero se sentía indigno de presentarse ante Jesús, y rogó a los ancianos
judíos que le pidiesen que sanase a su siervo. Pensaba que ellos
conocían al gran Maestro, y sabrían acercarse a él para obtener su
favor.
Al entrar Jesús en Capernaúm, fue
recibido por una delegación de ancianos, que le presentaron el deseo del
centurión. Le hicieron notar que era "digno de concederle esto; que ama
nuestra nación, y él nos edificó una sinagoga."
Jesús se puso inmediatamente en
camino hacia la casa del 283 oficial; pero, asediado por la multitud,
avanzaba lentamente. Las nuevas de su llegada le precedieron, y el
centurión, desconfiando de sí mismo, le envió este mensaje: "Señor, no
te incomodes, que no soy digno que entres debajo de mi tejado." Pero el
Salvador siguió andando, y el centurión, atreviéndose por fin a
acercársele, completó su mensaje diciendo: "Ni aun me tuve por digno de
venir a ti; mas di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo
soy hombre puesto en potestad, que tengo debajo de mí soldados; y digo a
éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo
hace." Como represento el poder de Roma y mis soldados reconocen mi
autoridad como suprema, así tú representas el poder del Dios infinito y
todas las cosas creadas obedecen tu palabra. Puedes ordenar a la
enfermedad que se aleje, y te obedecerá. Puedes llamar a tus mensajeros
celestiales, y ellos impartirán virtud sanadora. Pronuncia tan sólo la
palabra, y mi siervo sanará.
"Lo cual oyendo Jesús, se maravilló
de él, y vuelto, dijo a las gentes que le seguían: Os digo que ni aun en
Israel he hallado tanta fe." Y al centurión le dijo: "Como creíste te
sea hecho. Y su mozo fue sano en el mismo momento."
Los ancianos judíos que recomendaron
el centurión a Cristo habían demostrado cuánto distaban de poseer el
espíritu del Evangelio. No reconocían que nuestra gran necesidad es lo
único que nos da derecho a la misericordia de Dios. En su propia
justicia, alababan al centurión por los favores que había manifestado a
"nuestra nación." Pero el centurión dijo de sí mismo: "No soy digno." Su
corazón había sido conmovido por la gracia de Cristo. Veía su propia
indignidad; pero no temió pedir ayuda. No confiaba en su propia bondad;
su argumento era su gran necesidad. Su fe echó mano de Cristo en su
verdadero carácter. No creyó en él meramente como en un taumaturgo, sino
como en el Amigo y Salvador de la humanidad.
Así es como cada pecador puede venir
a Cristo. "No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por
su misericordia nos salvó."* Cuando Satanás nos dice que somos pecadores
y que no podemos esperar recibir la bendición de Dios, digámosle que
Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores. No tenemos nada que
nos recomiende a Dios; pero 284 la súplica que podemos presentar ahora y
siempre es la que se basa en nuestra falta absoluta de fuerza, la cual
hace de su poder redentor una necesidad. Renunciando a toda dependencia
de nosotros mismos, podemos mirar la cruz del Calvario y decir:
"Ningún otro asilo hay,
indefenso acudo a ti."
Desde la niñez, los judíos habían
recibido instrucciones acerca de la obra del Mesías. Habían tenido las
inspiradas declaraciones de patriarcas y profetas, y la enseñanza
simbólica de los sacrificios ceremoniales; pero habían despreciado la
luz, y ahora no veían en Jesús nada que fuese deseable. Pero el
centurión, nacido en el paganismo y educado en la idolatría de la Roma
imperial, adiestrado como soldado, aparentemente separado de la vida
espiritual por su educación y ambiente, y aun más por el fanatismo de
los judíos y el desprecio de sus propios compatriotas para con el pueblo
de Israel, percibió la verdad a la cual los hijos de Abrahán eran
ciegos. No aguardó para ver si los judíos mismos recibirían a Aquel que
declaraba ser su Mesías. Al resplandecer sobre él "la luz verdadera, que
alumbra a todo hombre que viene a este mundo,"* aunque se hallaba lejos,
había discernido la gloria del Hijo de Dios.
Para Jesús, ello era una prenda de la
obra que el Evangelio iba a cumplir entre los gentiles. Con gozo miró
anticipadamente a la congregación de almas de todas las naciones en su
reino. Con profunda tristeza, describió a los judíos lo que les
acarrearía el rechazar la gracia: "Os digo que vendrán muchos del
oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, e Isaac, y Jacob, en
el reino de los cielos: Mas los hijos del reino serán echados a las
tinieblas de afuera: allí será el lloro y el crujir de dientes." ¡Oh,
cuántos hay que se están preparando la misma fatal desilusión! Mientras
las almas que estaban en las tinieblas del paganismo aceptan su gracia,
¡cuántos hay en los países cristianos sobre los cuales la luz
resplandece solamente para ser rechazada!
A unos treinta kilómetros de
Capernaúm, en una altiplanicie que dominaba la ancha y hermosa llanura
de Esdraelón, se hallaba la aldea de Naín, hacia la cual Jesús encaminó
luego sus pasos. Le acompañaban muchos de sus discípulos, con 285 otras
personas, y a lo largo de todo el camino la gente acudía, deseosa de oír
sus palabras de amor y compasión, trayéndole sus enfermos para que los
sanase, y siempre con la esperanza de que el que ejercía tan maravilloso
poder se declararía Rey de Israel. Una multitud le rodeaba a cada paso;
pero era una muchedumbre alegre y llena de expectativa la que le seguía
por la senda pedregosa que llevaba hacia las puertas de la aldea
montañesa.
Mientras se acercaban, vieron venir
hacia ellos un cortejo fúnebre que salía de las puertas. A paso lento y
triste, se encaminaba hacia el cementerio. En un féretro abierto,
llevado al frente, se hallaba el cuerpo del muerto, y en derredor de él
estaban las plañideras, que llenaban el aire con sus llantos. Todos los
habitantes del pueblo parecían haberse reunido para demostrar su respeto
al muerto y su simpatía hacia sus afligidos deudos.
Era una escena propia para despertar
simpatías. El muerto era el hijo unigénito de su madre viuda. La
solitaria doliente iba siguiendo a la sepultura a su único apoyo y
consuelo terrenal. "Y como el Señor la vio, compadecióse de ella."
Mientras ella seguía ciegamente llorando, sin notar su presencia, él se
acercó a ella, y amablemente le dijo: "No llores." Jesús estaba por
cambiar su pesar en gozo, pero no podía evitar esta expresión de tierna
simpatía.
"Y acercándose, tocó el féretro." Ni
aun el contacto con la muerte podía contaminarle. Los portadores se
pararon y cesaron los lamentos de las plañideras. Los dos grupos se
reunieron alrededor del féretro, esperando contra toda esperanza. Allí
se hallaba un hombre que había desterrado la enfermedad y vencido
demonios; ¿estaba también la muerte sujeta a su poder?
Con voz clara y llena de autoridad
pronunció estas palabras: "Mancebo, a ti digo, levántate." Esa voz
penetra los oídos del muerto. El joven abre los ojos, Jesús le toma de
la mano y lo levanta. Su mirada se posa sobre la que estaba llorando
junto a él, y madre e hijo se unen en un largo, estrecho y gozoso
abrazo. La multitud mira en silencio, como hechizada. "Y todos tuvieron
miedo." Por un rato permanecieron callados y reverentes, como en la
misma presencia de Dios. Luego 286 "glorificaban a Dios, diciendo: Que
un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y que Dios ha visitado a
su pueblo." El cortejo fúnebre volvió a Naín como una procesión
triunfal. "Y salió esta fama de él por toda Judea, y por toda la tierra
de alrededor."
El que estuvo al lado de la
apesadumbrada madre cerca de la puerta de Naín, vela con toda persona
que llora junto a un ataúd. Se conmueve de simpatía por nuestro pesar.
Su corazón, que amó y se compadeció, es un corazón de invariable
ternura. Su palabra, que resucitó a los muertos, no es menos eficaz
ahora que cuando se dirigió al joven de Naín. El dice: "Toda potestad me
es dada en el cielo y en la tierra."* Ese poder no ha sido disminuido
por el transcurso de los años, ni agotado por la incesante actividad de
su rebosante gracia. Para todos los que creen en él, es todavía un
Salvador viviente.
Jesús cambió el pesar de la madre en
gozo cuando le devolvió su hijo; sin embargo, el joven no fue sino
restaurado a esta vida terrenal, para soportar sus tristezas, sus
afanes, sus peligros, y para volver a caer bajo el poder de la muerte.
Pero Jesús consuela nuestra tristeza por los muertos con un mensaje de
esperanza infinita: "Yo soy . . . el que vivo, y he sido muerto; y he
aquí que vivo por siglos de siglos.... Y tengo las llaves del infierno y
de la muerte." "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y
sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al
que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo, y librar a los
que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a
servidumbre."*
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