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El Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 26 En Capernaúm
DURANTE los intervalos que
transcurrían entre sus viajes de un lugar a otro, Jesús moraba en
Capernaúm, y esta localidad llegó a ser conocida como "su ciudad."
Estaba a orillas del mar de Galilea, y cerca de los confines de la
hermosa llanura de Genesaret, si no en realidad sobre ella.
La profunda depresión del lago da a
la llanura que rodea sus orillas el agradable clima del sur. Allí
prosperaban en los días de Cristo la palmera y el olivo; había huertos y
viñedos, campos verdes y abundancia de flores para matizarlos
alegremente, todo regado por arroyos cristalinos que brotaban de las
peñas. Las orillas del lago y los collados que lo rodeaban a corta
distancia, estaban tachonados de aldeas y pueblos. El lago estaba
cubierto de barcos pesqueros. Por todas partes, se notaba la agitación
de una vida activa.
Capernaúm misma se prestaba muy bien
para ser el centro de la obra del Salvador. Como se encontraba sobre el
camino de Damasco a Jerusalén y Egipto y al mar Mediterráneo, era un
punto de mucho tránsito. Gente de muchos países pasaba por la ciudad, o
quedaba allí a descansar en sus viajes de un punto a otro. Allí Jesús
podía encontrarse con representantes de todas las naciones y de todas
las clases sociales, tanto ricos y encumbrados, como pobres y humildes,
y sus lecciones serían llevadas a otras naciones y a muchas familias.
Así se fomentaría la investigación de las profecías, la atención sería
atraída al Salvador, y su misión sería presentada al mundo.
A pesar de la acción del Sanedrín
contra Jesús, la gente esperaba ávidamente el desarrollo de su misión.
Todo el cielo estaba conmovido de interés. Los ángeles estaban
preparando el terreno para su ministerio, obrando en los corazones
humanos y atrayéndolos al Salvador.
En Capernaúm, el hijo del noble a
quien Cristo había sanado era un testigo de su poder. Y el oficial de la
corte y 218 su familia testificaban gozosamente de su fe. Cuando se supo
que el Maestro mismo estaba allí, toda la ciudad se conmovió. Multitudes
acudieron a su presencia. El sábado, la gente llenó la sinagoga a tal
punto que muchos no pudieron entrar.
Todos los que oían al Salvador "se
maravillaban de su doctrina, porque su palabra era con potestad."
"Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los
escribas.'* La enseñanza de los escribas y ancianos era fría y
formalista, como una lección aprendida de memoria. Para ellos, la
Palabra de Dios no tenía poder vital. Habían substituido sus enseñanzas
por sus propias ideas y tradiciones. En la rutina de las ceremonias
profesaban explicar la ley, pero ninguna inspiración de Dios conmovía su
corazón ni el de sus oyentes.
Jesús no tenía nada que ver con los
diversos temas de disensión entre los judíos. Su obra era presentar la
verdad. Sus palabras derramaban raudales de luz sobre las enseñanzas de
los patriarcas y profetas, y presentaban las Escrituras a los hombres
como una nueva revelación. Nunca habían percibido sus oyentes tan
profundo significado en la Palabra de Dios. Jesús se encontraba con la
gente en su propio terreno, como quien está familiarizado con sus
perplejidades. Hacía hermosa la verdad presentándola de la manera más
directa y sencilla. Su lenguaje era puro, refinado y claro como un
arroyo cristalino. Su hablar era como música para los que habían
escuchado las voces monótonas de los rabinos. Pero aunque su enseñanza
era sencilla, hablaba como persona investida de autoridad. Esta
característica ponía su enseñanza en contraste con la de todos los
demás. Los rabinos hablaban con duda y vacilación, como si se pudiese
entender que las Escrituras tenían un significado u otro exactamente
opuesto. Los oyentes estaban diariamente envueltos en mayor
incertidumbre. Pero al enseñar, Jesús presentaba las Escrituras como
autoridad indudable. Cualquiera que fuese su tema, lo exponía con poder,
con palabras incontrovertibles.
Sin embargo, era ferviente más bien
que vehemente. Hablaba como quien tenía un propósito definido que
cumplir. Presentaba a la vista las realidades del mundo eterno. En todo
tema, revelaba a Dios. Jesús procuraba romper el ensalmo de la
infatuación que mantiene a los hombres absortos en las 219 cosas
terrenales. Ponía las cosas de esta vida en su verdadera relación, como
subordinadas a las de interés eterno, pero no ignoraba su importancia.
Enseñaba que el cielo y la tierra están vinculados, y que un
conocimiento de la verdad divina prepara a los hombres para cumplir
mejor los deberes de la vida diaria. Hablaba como quien está
familiarizado con el cielo, consciente de su relación con Dios, aunque
reconociendo su unidad con cada miembro de la familia humana.
Variaba sus mensajes de misericordia
para adaptarlos a su auditorio. Sabía "hablar en sazón palabra al
cansado"* porque la gracia se derramaba de sus labios, a fin de inculcar
a los hombres los tesoros de la verdad de la manera más atrayente. Tenía
tacto para tratar con los espíritus llenos de prejuicios, y los
sorprendía con ilustraciones que conquistaban su atención. Mediante la
imaginación, llegaba al corazón. Sacaba sus ilustraciones de las cosas
de la vida diaria, y aunque eran sencillas, tenían una admirable
profundidad de significado. Las aves del aire, los lirios del campo, la
semilla, el pastor y las ovejas, eran objetos con los cuales Cristo
ilustraba la verdad inmortal; y desde entonces, siempre que sus oyentes
veían estas cosas de la naturaleza, recordaban sus palabras. Las
ilustraciones de Cristo repetían constantemente sus lecciones.
Cristo nunca adulaba a los hombres.
Nunca dijo algo que pudiese exaltar su fantasía e imaginación, ni los
alababa por sus hábiles invenciones; pero los pensadores profundos y sin
prejuicios recibían su enseñanza, y hallaban que probaba su sabiduría.
Se maravillaban por la verdad espiritual expresada en el lenguaje más
sencillo. Los más educados quedaban encantados con sus palabras, y los
indoctos obtenían siempre provecho. Tenía un mensaje para los
analfabetos, y hacía comprender aun a los paganos que tenía un mensaje
para ellos.
Su tierna compasión caía con un toque
sanador sobre los corazones cansados y atribulados. Aun en medio de la
turbulencia de enemigos airados, estaba rodeado por una atmósfera de
paz. La hermosura de su rostro, la amabilidad de su carácter, sobre todo
el amor expresado en su mirada y su tono, atraían a él a todos aquellos
que no estaban endurecidos por la incredulidad. De no haber sido por el
espíritu suave y lleno de simpatía que se manifestaba en todas sus
miradas y 220 palabras, no habría atraído las grandes congregaciones que
atraía. Los afligidos que venían a él sentían que vinculaba su interés
con los suyos como un amigo fiel y tierno, y deseaban conocer más de las
verdades que enseñaba. El cielo se acercaba. Ellos anhelaban permanecer
en su presencia, y que pudiese acompañarlos de continuo el consuelo de
su amor.
Jesús vigilaba con profundo fervor
los cambios que se veían en los rostros de sus oyentes. Los que
expresaban interés y placer le causaban gran satisfacción. A medida que
las saetas de la verdad penetraban hasta el alma a través de las
barreras del egoísmo, y obraban contrición y finalmente gratitud, el
Salvador se alegraba. Cuando su ojo recorría la muchedumbre de oyentes y
reconocía entre ellos rostros que había visto antes, su semblante se
iluminaba de gozo. Veía en ellos promisorios súbditos para su reino.
Cuando la verdad, claramente pronunciada, tocaba algún ídolo acariciado,
notaba el cambio en el semblante, la mirada fría y el ceño que le decían
que la luz no era bienvenida. Cuando veía a los hombres rechazar el
mensaje de paz, su corazón se transía de dolor.
Mientras estaba Jesús en la sinagoga,
hablando del reino que había venido a establecer y de su misión de
libertar a los cautivos de Satanás, fue interrumpido por un grito de
terror. Un loco se lanzó hacia adelante de entre la gente, clamando:
"Déjanos, ¿qué tenemos contigo, Jesús Nazareno? ¿has venido a
destruirnos ? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios."
Todo quedó entonces en confusión y
alarma. La atención se desvió de Cristo, y la gente ya no oyó sus
palabras. Tal era el propósito de Satanás al conducir a su víctima a la
sinagoga. Pero Jesús reprendió al demonio diciendo: "Enmudece, y sal de
él. Entonces el demonio, derribándole en medio, salió de él, y no le
hizo daño alguno."
La mente de este pobre doliente había
sido obscurecida por Satanás, pero en presencia del Salvador un rayo de
luz había atravesado las tinieblas. Se sintió incitado a desear estar
libre del dominio de Satanás; pero el demonio resistió al poder de
Cristo. Cuando el hombre trató de pedir auxilio a Jesús, el mal espíritu
puso en su boca las palabras, y el endemoniado clamó con la agonía del
temor. Comprendía parcialmente que se hallaba en presencia de Uno que
podía librarle; pero cuando 221 trató de ponerse al alcance de esa mano
poderosa, otra voluntad le retuvo; las palabras de otro fueron
pronunciadas por su medio. Era terrible el conflicto entre el poder de
Satanás y su propio deseo de libertad.
Aquel que había vencido a Satanás en
el desierto de la tentación, se volvía a encontrar frente a frente con
su enemigo. El diablo ejercía todo su poder para conservar el dominio
sobre su víctima. Perder terreno, sería dar una victoria a Jesús.
Parecía que el torturado iba a fallecer en la lucha con el enemigo que
había arruinado su virilidad. Pero el Salvador habló con autoridad, y
libertó al cautivo. El hombre que había sido poseído permanecía delante
de la gente admirada, feliz en la libertad de su dominio propio. Aun el
demonio había testificado del poder divino del Salvador.
El hombre alabó a Dios por su
liberación. Los ojos que hacía poco despedían fulgores de locura
brillaban ahora de inteligencia, y de ellos caían lágrimas de
agradecimiento. La gente estaba muda de asombro. Tan pronto como
recuperaron el habla, se dijeron unos a otros: "¿Qué palabra es ésta,
que con autoridad y potencia manda a los espíritus inmundos, y salen?"
La causa secreta de la aflicción que
había hecho de este hombre un espectáculo terrible para sus amigos y una
carga para sí mismo, estribaba en su propia vida. Había sido fascinado
por los placeres del pecado, y había querido hacer de su vida una gran
diversión. No pensaba llegar a ser un terror para el mundo y un oprobio
para su familia. Había creído que podía dedicar su tiempo a locuras
inocentes. Pero una vez encaminado hacia abajo, sus pies descendieron
rápidamente. La intemperancia y la frivolidad pervirtieron los nobles
atributos de su naturaleza, y Satanás llegó a dominarlo en absoluto.
El remordimiento vino demasiado
tarde. Cuando quiso sacrificar las riquezas y los placeres para
recuperar su virilidad perdida, ya se hallaba impotente en las garras
del maligno. Se había colocado en el terreno del enemigo, y Satanás se
había posesionado de todas sus facultades. El tentador le había engañado
con sus muchas seducciones encantadoras; pero una vez que el pobre
hombre estuvo en su poder, el enemigo se hizo inexorable en su crueldad,
y terrible en sus airadas visitas. Así sucederá con todos los que se
entreguen al mal; el placer 222 fascinante de los comienzos termina en
las tinieblas de la desesperación o la locura de un alma arruinada.
El mismo mal espíritu que tentó a
Cristo en el desierto y que poseía al endemoniado de Capernaúm dominaba
a los judíos incrédulos. Pero con ellos asumía un aire de piedad,
tratando de engañarlos en cuanto a sus motivos para rechazar al
Salvador. Su condición era más desesperada que la del endemoniado;
porque no sentían necesidad de Cristo, y por lo tanto estaban sometidos
al poder de Satanás.
El período del ministerio personal de
Cristo entre los hombres fue el tiempo de mayor actividad para las
fuerzas del reino de las tinieblas. Durante siglos, Satanás y sus malos
ángeles habían procurado dominar los cuerpos y las almas de los hombres,
imponiéndoles el pecado y el sufrimiento; y acusando luego a Dios de
causar toda esa miseria. Jesús estaba revelando a los hombres el
carácter de Dios. Estaba quebrantando el poder de Satanás y libertando
sus cautivos. Una nueva vida y el amor y poder del cielo estaban obrando
en los corazones de los hombres y el príncipe del mal se había levantado
para contender por la supremacía de su reino. Satanás había reunido
todas sus fuerzas y a cada paso se oponía a la obra de Cristo.
Así sucederá en el gran conflicto
final de la lucha entre la justicia y el pecado. Mientras bajan de lo
alto nueva vida, luz y poder sobre los discípulos de Cristo, una nueva
vida surge de abajo y da energía a los agentes de Satanás. Cierta
intensidad se está apoderando de todos los elementos terrenos. Con una
sutileza adquirida durante siglos de conflicto, el príncipe del mal obra
disfrazado. Viene como ángel de luz, y las multitudes escuchan "a
espíritus de error y a doctrinas de demonios."*
En los días de Cristo, los dirigentes
y maestros de Israel no podían resistir la obra de Satanás. Estaban
descuidando el único medio por el cual podrían haber resistido a los
malos espíritus. Fue por la Palabra de Dios como Cristo venció al
maligno. Los dirigentes de Israel profesaban exponer la Palabra de Dios,
pero la habían estudiado sólo para sostener sus tradiciones e imponer
sus observancias humanas. Por su interpretación, le hacían expresar
sentidos que Dios no le había dado. Sus explicaciones místicas hacían
confuso lo que él había hecho claro. Discutían insignificantes detalles
técnicos, y 223 negaban prácticamente las verdades más esenciales. Así
se propalaba la incredulidad. La Palabra de Dios era despojada de su
poder, y los malos espíritus realizaban su voluntad.
La historia se repite. Con la Biblia
abierta delante de sí y profesando reverenciar sus enseñanzas, muchos de
los dirigentes religiosos de nuestro tiempo están destruyendo la fe en
ella como Palabra de Dios. Se ocupan en disecarla y dan más autoridad a
sus propias opiniones que a las frases más claras de esa Palabra de
Dios, que pierde en sus manos su poder regenerador. Esta es la razón por
la cual la incredulidad se desborda y la iniquidad abunda.
Una vez que Satanás ha minado la fe
en la Biblia, conduce a los hombres a otras fuentes en busca de luz y
poder. Así se insinúa. Los que se apartan de la clara enseñanza de las
Escrituras y del poder convincente del Espíritu Santo de Dios, están
invitando el dominio de los demonios. Las críticas y especulaciones
acerca de las Escrituras han abierto la puerta al espiritismo y la
teosofía -formas modernas del antiguo paganismo- para que penetren aun
en las iglesias que profesan pertenecer a nuestro Señor Jesucristo.
Al par que se predica el Evangelio,
hay agentes que trabajan y que no son sino intermediarios de los
espíritus mentirosos. Muchos tratan con ellos por simple curiosidad,
pero al ver pruebas de que obra un poder más que humano, quedan cada vez
más seducidos hasta que llegan a estar dominados por una voluntad más
fuerte que la suya. No pueden escapar de este poder misterioso.
Las defensas de su alma quedan
derribadas. No tienen vallas contra el pecado. Nadie sabe hasta qué
abismos de degradación puede llegar a hundirse una vez que rechazó las
restricciones de la Palabra de Dios y de su Espíritu. Un pecado secreto
o una pasión dominante puede mantener a un cautivo tan impotente como el
endemoniado de Capernaúm. Sin embargo, su condición no es desesperada.
El medio por el cual se puede vencer
al maligno, es aquel por el cual Cristo venció: el poder de la Palabra.
Dios no domina nuestra mente sin nuestro consentimiento; pero si
deseamos conocer y hacer su voluntad, se nos dirige su promesa:
"Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." 224 "Si alguno
quisiere hacer su voluntad, conocerá de mi enseñanza."* Apoyándose en
estas promesas, cada uno puede quedar libre de las trampas del error y
del dominio del pecado.
Cada hombre está libre para elegir el
poder que quiera ver dominar sobre él. Nadie ha caído tan bajo, nadie es
tan vil que no pueda hallar liberación en Cristo. El endemoniado, en
lugar de oraciones, no podía sino pronunciar las palabras de Satanás;
sin embargo, la muda súplica de su corazón fue oída. Ningún clamor de un
alma en necesidad, aunque no llegue a expresarse en palabras, quedará
sin ser oído. Los que consienten en hacer pacto con el Dios del cielo,
no serán abandonados al poder de Satanás o a las flaquezas de su propia
naturaleza. Son invitados por el Salvador: "Echen mano . . . de mi
fortaleza; y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!"* Los
espíritus de las tinieblas contenderán por el alma que una vez estuvo
bajo su dominio. Pero los ángeles de Dios lucharán por esa alma con una
potencia que prevalecerá. El Señor dice: "¿Será quitada la presa al
valiente? o ¿libertaráse la cautividad legítima? Así empero dice Jehová:
Cierto, la cautividad será quitada al valiente, y la presa del robusto
será librada; y tu pleito yo lo pleitearé, y yo salvaré a tus hijos." *
Mientras que la congregación que se
hallaba en la sinagoga permanecía muda de asombro, Jesús se retiró a la
casa de Pedro para descansar un poco. Pero allí también había caído una
sombra. La suegra de Pedro estaba enferma de una "grande fiebre." Jesús
reprendió la dolencia, y la enferma se levantó y atendió las necesidades
del Maestro y sus discípulos.
Las noticias de la obra de Cristo
cundieron rápidamente por todo Capernaúm. Por temor a los rabinos, el
pueblo no se atrevía a buscar curación durante el sábado; pero apenas
hubo desaparecido el sol en el horizonte, se produjo una gran conmoción.
De las casas, los talleres y las plazas, los habitantes de la ciudad se
dirigieron hacia la humilde morada que albergaba a Jesús. Los enfermos
eran traídos en sus camas; venían apoyándose en bastones o sostenidos
por amigos; y se acercaban tambaleantes y débiles a la presencia del
Salvador.
Durante horas y horas, llegaban y se
iban; porque nadie sabía si al día siguiente encontrarían al Médico
todavía entre ellos. Nunca antes había presenciado Capernaúm un día como
225 ése. Llenaban el aire las voces de triunfo y de liberación. El
Salvador se regocijaba por la alegría que había despertado. Mientras
presenciaba los sufrimientos de aquellos que habían acudido a él, su
corazón se conmovía de simpatía y se regocijaba en su poder de
devolverles la salud y la felicidad.
Jesús no cesó de trabajar hasta que
el último doliente hubo quedado aliviado. Ya era muy avanzada la noche
cuando la muchedumbre se fue, y el silencio descendió sobre el hogar de
Simón. Había terminado el largo día lleno de excitación, y Jesús buscó
descanso. Pero mientras la ciudad estaba aún envuelta por el sueño, el
Salvador "levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a
un lugar desierto, y allí oraba.
Así transcurrían los días de la vida
terrenal de Jesús. A menudo despedía a sus discípulos para que visitaran
sus hogares y descansasen, pero resistía amablemente a sus esfuerzos de
apartarle de sus labores. Durante todo el día, trabajaba enseñando a los
ignorantes, sanando a los enfermos, dando vista a los ciegos,
alimentando a la muchedumbre; y al anochecer o por la mañana temprano,
se dirigía al santuario de las montañas, para estar en comunión con su
Padre. Muchas veces pasaba toda la noche en oración y meditación, y
volvía al amanecer para reanudar su trabajo entre la gente.
Temprano por la mañana, Pedro y sus
compañeros vinieron a Jesús diciendo que ya le estaba buscando el pueblo
de Capernaúm. Los discípulos habían quedado amargamente chasqueados por
la recepción que Cristo había encontrado hasta entonces. Las autoridades
de Jerusalén estaban tratando de asesinarle; aun sus conciudadanos
habían procurado quitarle la vida; pero en Capernaúm se le recibía con
gozoso entusiasmo, y las esperanzas de los discípulos se reanimaron. Tal
vez que entre los galileos amantes de la libertad se hallaban los
sostenedores del nuevo reino. Pero con sorpresa oyeron a Cristo decir
estas palabras: "También a otras ciudades es necesario que anuncie el
evangelio del reino de Dios; porque para esto soy enviado."
En la agitación que dominaba en
Capernaúm, había peligro de que se perdiese de vista el objeto de su
misión. Jesús no se sentía satisfecho atrayendo la atención a sí mismo
como 226 taumaturgo o sanador de enfermedades físicas. Quería atraer a
los hombres a sí como su Salvador. Y mientras la gente quería
anhelosamente creer que había venido como rey, a fin de establecer un
reino terrenal, él deseaba desviar su mente de lo terrenal a lo
espiritual. El mero éxito mundanal estorbaría su obra.
Y la admiración de la muchedumbre
negligente contrariaba su espíritu. En su vida no cabía manifestación
alguna de amor propio. El homenaje que el mundo tributa al
encumbramiento, las riquezas o el talento, era extraño para el Hijo del
hombre. Jesús no empleó ninguno de los medios que los hombres emplean
para obtener la lealtad y el homenaje de los demás. Siglos antes de su
nacimiento, había sido profetizado acerca de él: "No clamará, ni alzará,
ni hará oír su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni
apagará el pábilo que humeare: sacará el juicio a verdad. No se cansará,
ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio." *
Los fariseos procuraban distinguirse
por su ceremonial escrupuloso y la ostentación de su culto y caridad.
Mostraban su celo por la religión haciendo de ella un tema de discusión.
Las disputas entre las sectas opuestas eran vivas y largas, y era
frecuente oír en las calles voces de controversia airada entre sabios
doctores de la ley.
La vida de Jesús ofrecía un marcado
contraste con todo esto. En ella no había disputas ruidosas, ni cultos
ostensivos, ni acto alguno realizado para obtener aplausos. Cristo se
ocultaba en Dios, y Dios era revelado en el carácter de su Hijo. A esta
revelación deseaba Jesús que fuese atraída la atención de la gente, y
tributado su homenaje.
El Sol de justicia no apareció sobre
el mundo en su esplendor, para deslumbrar los sentidos con su gloria.
Escrito está de Cristo: "Como el alba está aparejada su salida." *
Tranquila y suavemente la luz del día amanece sobre la tierra,
despejando las sombras de las tinieblas y despertando el mundo a la
vida. Así salió el Sol de justicia "trayendo salud eterna en sus
alas."* 227
CAPÍTULO 27 "Puedes Limpiarme" *
LA LEPRA era la más temida de todas
las enfermedades conocidas en el Oriente. Su carácter incurable y
contagioso y sus efectos horribles sobre sus víctimas llenaban a los más
valientes de temor. Entre los judíos, era considerada como castigo por
el pecado, y por lo tanto se la llamaba el "azote," "el dedo de Dios."
Profundamente arraigada, imposible de borrar, mortífera, era considerada
como un símbolo del pecado. La ley ritual declaraba inmundo al leproso.
Como si estuviese ya muerto, era despedido de las habitaciones de los
hombres. Cualquier cosa que tocase quedaba inmunda y su aliento
contaminaba el aire. El sospechoso de tener la enfermedad debía
presentarse a los sacerdotes, quienes habían de examinarle y decidir su
caso. Si le declaraban leproso, era aislado de su familia, separado de
la congregación de Israel, y condenado a asociarse únicamente con
aquellos que tenían una aflicción similar. La ley era inflexible en sus
requerimientos. Ni aun los reyes y gobernantes estaban exentos. Un
monarca atacado por esa terrible enfermedad debía entregar el cetro y
huir de la sociedad.
Lejos de sus amigos y parentela, el
leproso debía llevar la maldición de su enfermedad. Estaba obligado a
publicar su propia calamidad, a rasgar sus vestiduras, y a hacer resonar
la alarma para advertir a todos que huyesen de su presencia
contaminadora. El clamor "¡Inmundo! ¡inmundo!" que en tono triste
exhalaba el desterrado solitario, era una señal que se oía con temor y
aborrecimiento.
En la región donde se desarrollaba el
ministerio de Cristo, había muchos enfermos tales a quienes les llegaron
nuevas de la obra que él hacía, y vislumbraron un rayo de esperanza.
Pero desde los días del profeta Eliseo, no se había oído nunca que
sanara una persona en quien se declarara esa enfermedad. No se atrevían
a esperar que Jesús hiciese por ellos lo que por 228 nadie había hecho.
Sin embargo, hubo uno en cuyo corazón empezó a nacer la fe. Pero no
sabía cómo llegar a Jesús. Privado como se hallaba de todo trato con sus
semejantes, ¿cómo podría presentarse al Sanador?
Y además, se preguntaba si Cristo le
sanaría a él. ¿Se rebajaría hasta fijarse en un ser de quien se creía
que estaba sufriendo un castigo de Dios? ¿No haría como los fariseos y
aun los médicos, es decir, pronunciar una maldición sobre él, y
amonestarle a huir de las habitaciones de los hombres? Reflexionó en
todo lo que se le había dicho de Jesús. Ninguno de los que habían pedido
su ayuda había sido rechazado. El pobre hombre resolvió encontrar al
Salvador. Aunque no podía penetrar en las ciudades, tal vez llegase a
cruzar su senda en algún atajo de los caminos de la montaña, o le
hallase mientras enseñaba en las afueras de algún pueblo. Las
dificultades eran grandes, pero ésta era su única esperanza.
El leproso fue guiado al Salvador.
Jesús estaba enseñando a orillas del lago, y la gente se había
congregado en derredor de él. De pie a lo lejos, el leproso alcanzó a
oír algunas palabras de los labios del Salvador. Le vio poner sus manos
sobre los enfermos. Vio a los cojos, los ciegos, los paralíticos y los
que estaban muriendo de diversas enfermedades, levantarse sanos,
alabando a Dios por su liberación. La fe se fortaleció en su corazón. Se
acercó más y más a la muchedumbre. Las restricciones que le eran
impuestas, la seguridad de la gente, y el temor con que todos le
miraban, todo fue olvidado. Pensaba tan sólo en la bendita esperanza de
la curación.
Presentaba un espectáculo repugnante.
La enfermedad había hecho terribles estragos; su cuerpo decadente
ofrecía un aspecto horrible. Al verle, la gente retrocedía con terror.
Se agolpaban unos sobre otros, en su ansiedad de escapar de todo
contacto con él. Algunos trataban de evitar que se acercara a Jesús,
pero en vano. El ni los veía ni los oía. No percibía tampoco sus
expresiones de horror. Veía tan sólo al Hijo de Dios. Oía únicamente la
voz que infundía vida a los moribundos. Acercándose con esfuerzo a
Jesús, se echó a sus pies clamando: "Señor, si quieres, puedes
limpiarme."
Jesús replicó: "Quiero: sé limpio," y
puso la mano sobre él. Inmediatamente se realizó una transformación en
el 229 leproso. Su carne se volvió sana, los nervios recuperaron la
sensibilidad, los músculos, la firmeza. La superficie tosca y escamosa,
propia de la lepra, desapareció, y la reemplazó un suave color rosado
como el que se nota en la piel de un niño sano.
Jesús encargó al hombre que no diese
a conocer la obra en él realizada, sino que se presentase inmediatamente
con una ofrenda al templo. Semejante ofrenda no podía ser aceptada hasta
que los sacerdotes le hubiesen examinado y declarado completamente sano
de la enfermedad. Por poca voluntad que tuviesen para cumplir este
servicio, no podían eludir el examen y la decisión del caso.
Las palabras de la Escritura
demuestran con qué urgencia Cristo recomendó a este hombre la necesidad
de callar y obrar prontamente. "Entonces le apercibió, y despidióle
luego. Y le dice: Mira, no digas a nadie nada; sino ve, muéstrate al
sacerdote, y ofrece por tu limpieza lo que Moisés mandó, para testimonio
a ellos." Si los sacerdotes hubiesen conocido los hechos relacionados
con la curación del leproso, su odio hacia Cristo podría haberlos
inducido a dar un fallo falto de honradez. Jesús deseaba que el hombre
se presentase en el templo antes de que les llegase rumor alguno
concerniente al milagro. Así se podría obtener una decisión imparcial, y
el leproso sanado tendría permiso para volver a reunirse con su familia
y sus amigos.
Jesús tenía otros objetos en vista al
recomendar silencio al hombre. Sabía que sus enemigos procuraban siempre
limitar su obra, y apartar a la gente de él. Sabía que si se divulgaba
la curación del leproso, otros aquejados por esta terrible enfermedad se
agolparían en derredor de él y se haría correr la voz de que su contacto
iba a contaminar a la gente. Muchos de los leprosos no emplearían el don
de la salud en forma que fuese una bendición para sí mismos y para
otros. Y al atraer a los leprosos en derredor suyo, daría ocasión de que
se le acusase de violar las restricciones de la ley ritual. Así quedaría
estorbada su obra de predicar el Evangelio.
El acontecimiento justificó la
amonestación de Cristo. Una multitud había presenciado la curación del
leproso, y anhelaba conocer la decisión de los sacerdotes. Cuando el
hombre volvió 230 a sus deudos, hubo mucha agitación. A pesar de la
recomendación de Jesús, el hombre no hizo ningún esfuerzo para ocultar
el hecho de su curación. Le habría sido imposible en verdad ocultarla,
pero el leproso publicó la noticia en todas partes. Concibiendo que era
solamente la modestia de Jesús la que le había impuesto esa restricción,
anduvo proclamando el poder del gran Médico. No comprendía que cada
manifestación tal hacía a los sacerdotes y ancianos más resueltos a
destruir a Jesús. El hombre sanado consideraba muy precioso el don de la
salud. Se regocijaba en el vigor de su virilidad, y en que había sido
devuelto a su familia y a la sociedad, y le parecía imposible dejar de
dar gloria al Médico que le había curado. Pero su divulgación del asunto
estorbó la obra del Salvador. Hizo que la gente acudiese a él en tan
densas muchedumbres, que por un tiempo se vio obligado a suspender sus
labores.
Cada acto del ministerio de Cristo
tenía un propósito de largo alcance. Abarcaba más de lo que el acto
mismo revelaba. Así fue en el caso del leproso. Mientras Jesús
ministraba a todos los que venían a él, anhelaba bendecir a los que no
venían. Mientras atraía a los publicanos, los paganos y los samaritanos,
anhelaba alcanzar a los sacerdotes y maestros que estaban trabados por
el prejuicio y la tradición. No dejó sin probar medio alguno por el cual
pudiesen ser alcanzados. Al enviar a los sacerdotes el leproso que había
sanado, daba a los primeros un testimonio que estaba destinado a
desarmar sus prejuicios.
Los fariseos habían aseverado que la
enseñanza de Cristo se oponía a la ley que Dios había dado por medio de
Moisés; pero la orden que dio al leproso limpiado, de presentar una
ofrenda según la ley, probaba que esa acusación era falsa. Era
suficiente testimonio para todos los que estuviesen dispuestos a ser
convencidos.
Los dirigentes de Jerusalén habían
enviado espías en busca de algún pretexto para dar muerte a Cristo. El
respondió dándoles una muestra de su amor por la humanidad, su respeto
por la ley y su poder de librar del pecado y de la muerte. Así testificó
acerca de ellos: "Pusieron contra mí mal por bien, y odio por amor."* El
que desde el monte dio el precepto: "Amad a vuestros enemigos,"
ejemplificó él mismo este 231 principio, "no volviendo mal por mal, ni
maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciendo." *
Los mismos sacerdotes que habían
condenado al leproso al destierro, certificaron su curación. Esta
sentencia, promulgada y registrada públicamente, era un testimonio
permanente en favor de Cristo. Y como el hombre sanado quedaba
reintegrado a la congregación de Israel, bajo la garantía de los mismos
sacerdotes, de que no había en él rastro de la enfermedad, venía a ser
un testigo vivo a favor de su Benefactor. Con alegría presentó su
ofrenda y ensalzó el nombre de Jesús. Los sacerdotes quedaron
convencidos del poder divino del Salvador. Tuvieron oportunidad de
conocer la verdad y sacar provecho de la luz. Si la rechazaban, se
apartaría de ellos para no volver nunca. Muchos rechazaron la luz, pero
no fue dada en vano. Fueron conmovidos muchos corazones que por un
tiempo no dieron señal de serlo. Durante la vida del Salvador, su misión
pareció recibir poca respuesta de amor de parte de los sacerdotes y
maestros; pero después de su ascensión "una gran multitud de los
sacerdotes obedecía a la fe."*
La obra de Cristo al purificar al
leproso de su terrible enfermedad es una ilustración de su obra de
limpiar el alma de pecado. El hombre que se presentó a Jesús estaba
"lleno de lepra." El mortífero veneno impregnaba todo su cuerpo. Los
discípulos trataron de impedir que su Maestro le tocase; porque el que
tocaba un leproso se volvía inmundo. Pero al poner su mano sobre el
leproso, Jesús no recibió ninguna contaminación. Su toque impartía un
poder vivificador. La lepra fue quitada. Así sucede con la lepra del
pecado, que es arraigada, mortífera e imposible de ser eliminada por el
poder humano. "Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde
la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa ilesa, sino herida,
hinchazón y podrida llaga."* Pero Jesús, al venir a morar en la
humanidad, no se contamina. Su presencia tiene poder para sanar al
pecador. Quien quiera caer a sus pies, diciendo con fe: "Señor, si
quieres, puedes limpiarme," oirá la respuesta: "Quiero: sé limpio."
En algunos casos de curación, Jesús
no concedió inmediatamente la bendición pedida. Pero en el caso del
leproso, apenas hecha la súplica fue concedida. Cuando pedimos
bendiciones 232 terrenales, tal vez la respuesta a nuestra oración sea
dilatada, o Dios nos dé algo diferente de lo que pedimos, pero no sucede
así cuando pedimos liberación del pecado. El quiere limpiarnos del
pecado, hacernos hijos suyos y habilitarnos para vivir una vida santa.
Cristo "se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este
presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro." Y
"ésta es la confianza que tenemos en él, que si demandáremos alguna cosa
conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en
cualquiera cosa que demandáremos, sabemos que tenemos las peticiones que
le hubiéremos demandado."* "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y
justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda
maldad."*
En la curación del paralítico de
Capernaúm, Cristo volvió a enseñar la misma verdad. Hizo ese milagro
para que se manifestase su poder de perdonar los pecados. Y la curación
del paralítico ilustra también otras verdades preciosas. Es una lección
llena de enseñanza y estímulo, y por estar relacionada con los cavilosos
fariseos, contiene también una advertencia.
Como el leproso, este paralítico
había perdido toda esperanza de restablecerse. Su enfermedad era
resultado de una vida de pecado, y sus sufrimientos eran amargados por
el remordimiento. Mucho antes, había apelado a los fariseos y doctores
con la esperanza de recibir alivio de sus sufrimientos mentales y
físicos. Pero ellos lo habían declarado fríamente incurable y abandonado
a la ira de Dios. Los fariseos consideraban la aflicción como una
evidencia del desagrado divino, y se mantenían alejados de los enfermos
y menesterosos. Sin embargo, cuán a menudo los mismos que se exaltaban
como santos, eran más culpables que aquellos dolientes a quienes
condenaban.
El paralítico se hallaba
completamente desamparado y, no viendo perspectiva de ayuda en ninguna
parte, se había sumido en la desesperación. Entonces oyó hablar de las
obras maravillosas de Jesús. Le contaron que otros tan pecaminosos e
imposibilitados como él habían quedado sanos; aun leprosos habían sido
limpiados. Y los amigos que le referían estas cosas, le animaban a creer
que él también podría ser curado, si lo pudieran llevar a Jesús. Pero su
esperanza decaía cuando 233 recordaba cómo había contraído su
enfermedad. Temía que el Médico puro no le tolerase en su presencia.
Sin embargo, no era tanto la curación
física como el alivio de su carga de pecado lo que deseaba. Si podía ver
a Jesús, y recibir la seguridad del perdón y de la paz con el Cielo,
estaría contento de vivir o de morir, según fuese la voluntad de Dios.
El clamor del moribundo era: ¡Oh, si pudiese llegar a su presencia! No
había tiempo que perder; sus carnes macilentas mostraban ya rastros de
descomposición. Rogó a sus amigos que le llevasen en su camilla hasta
Jesús, y con gusto ellos intentaron hacerlo. Pero tan densa era la
muchedumbre que se había congregado alrededor y en el interior de la
casa en que Jesús estaba, que era imposible para el enfermo y sus amigos
llegar hasta él, o siquiera llegar al alcance de su voz.
Jesús estaba enseñando en la casa de
Pedro. Según su costumbre, los discípulos estaban sentados alrededor de
él, y "los Fariseos y doctores de la ley estaban sentados, los cuales
habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalem."
Habían venido como espías, buscando un motivo para acusar a Jesús. Fuera
del círculo de estos oficiales, se hallaba la turbamulta, compuesta de
los ansiosos, los reverentes, los curiosos y los incrédulos. Estaban
representadas diversas nacionalidades, y toda la escala social. "Y la
virtud del Señor estaba allí para sanarlos." El Espíritu de vida se
cernía sobre la asamblea, pero los fariseos y doctores no discernían su
presencia. No sentían necesidad alguna, y la curación no era para ellos.
"A los hambrientos hinchió de bienes; y a los ricos envió vacíos."*
Repetidas veces, los que
transportaban al paralítico trataron de abrirse paso a través de la
muchedumbre, pero en vano. El enfermo miraba en derredor suyo, con
angustia indecible. ¿Cómo podía abandonar su esperanza cuando la ayuda
que había anhelado durante tanto tiempo estaba tan cerca? Por su
indicación, sus amigos le llevaron al techo de la casa, y abriendo un
boquete en dicho techo, le bajaron a los pies de Jesús. El discurso
quedó interrumpido. El Salvador miró el rostro entristecido, y vio los
ojos suplicantes que se clavaban en él. Comprendía el caso; había
atraído a sí este espíritu perplejo y combatido por la duda. Mientras el
paralítico estaba todavía en su casa, el Salvador había convencido su
conciencia. Cuando 234 se arrepintió de sus pecados, y creyó en el poder
de Jesús para sanarle, la misericordia vivificadora del Salvador había
bendecido primero su corazón anhelante. Jesús había visto el primer
destello de la fe convertirse en la creencia de que él era el único
auxiliador del pecador, y la había visto fortalecerse con cada esfuerzo
hecho para llegar a su presencia.
Ahora, con palabras que cayeron como
música en los oídos del enfermo, el Salvador dijo: "Confía, hijo; tus
pecados te son perdonados."
La carga de desesperación se
desvaneció del alma del enfermo; la paz del perdón penetró en su
espíritu y resplandeció en su rostro. Su dolor físico desapareció y todo
su ser quedó transformado. El paralítico impotente estaba sano, el
culpable pecador, perdonado.
Con fe sencilla aceptó las palabras
de Jesús como la bendición de una nueva vida. No presentó otro pedido,
sino que permaneció en bienaventurado silencio, demasiado feliz para
hablar. La luz del cielo se reflejaba en su semblante, y los
concurrentes miraban la escena con reverencia.
Los rabinos habían esperado
ansiosamente para ver en qué forma iba a disponer Cristo de ese caso.
Recordaban cómo el hombre se había dirigido a ellos en busca de ayuda, y
le habían negado toda esperanza o simpatía. No satisfechos con esto,
habían declarado que sufría la maldición de Dios por causa de sus
pecados. Esas cosas acudieron nuevamente a su mente cuando vieron al
enfermo delante de sí. Notaron el interés con que todos miraban la
escena y los abrumó el temor de perder su influencia sobre el pueblo.
Estos dignatarios no cambiaron
palabras entre sí, sino que mirándose los rostros unos a otros leyeron
el mismo pensamiento en cada uno, de que algo había que hacer para
detener la marea de los sentimientos. Jesús había declarado que los
pecados del paralítico eran perdonados. Los fariseos se aferraron a
estas palabras como una blasfemia, y concibieron que podrían ser
presentadas como un pecado digno de muerte. Dijeron en su corazón:
"Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"
Fijando en ellos una mirada bajo la
cual se atemorizaron y retrocedieron, Jesús dijo: "¿Por qué pensáis mal
en vuestros 235 corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados
te son perdonados; o decir: Levántate, y anda? Pues para que sepáis que
el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados,
(dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu
casa."
Entonces el que había sido traído en
una camilla a Jesús, se puso de pie con la elasticidad y fuerza de la
juventud. La sangre vivificadora corrió raudamente por sus venas. Todo
órgano de su cuerpo se puso en repentina actividad. El rosado color de
la salud sucedió a la palidez de la muerte cercana. "Entonces él se
levantó luego, y tomando su lecho, se salió delante de todos, de manera
que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca tal
hemos visto.
"¡Oh admirable amor de Cristo, que se
inclina a sanar al culpable y afligido! ¡La divinidad se compadece de
los males de la doliente humanidad y los calma! ¡Oh maravilloso poder
así manifestado en favor de los hijos de los hombres! ¿Quién puede dudar
del mensaje de salvación? ¿Quién puede despreciar las misericordias de
un Redentor compasivo?
Para restaurar la salud a ese cuerpo
que se corrompía, no se necesitaba menos que el poder creador. La misma
voz que infundió vida al hombre creado del polvo de la tierra, había
infundido vida al paralítico moribundo. Y el mismo poder que dio vida al
cuerpo, había renovado el corazón. El que en la creación "dijo, y fue
hecho," "mandó, y existió,"* había infundido por su palabra vida al alma
muerta en delitos y pecados. La curación del cuerpo era una evidencia
del poder que había renovado el corazón. Cristo ordenó al paralítico que
se levantase y anduviese, "para que sepáis --dijo-- que el Hijo del
hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados."
El paralítico halló en Cristo
curación, tanto para el alma como para el cuerpo. La curación espiritual
fue seguida por la restauración física. Esta lección no debe ser pasada
por alto. Hay hoy día miles que están sufriendo de enfermedad física y
que, como el paralítico, están anhelando el mensaje: "Tus pecados te son
perdonados." La carga de pecado, con su intranquilidad y deseos no
satisfechos es el fundamento de sus enfermedades. No pueden hallar
alivio hasta que vengan al 236 Médico del alma. La paz que el solo puede
dar, impartiría vigor a la mente y salud al cuerpo.
Jesús vino para "deshacer las obras
del diablo." "En él estaba la vida," y él dice: "Yo he venido para que
tengan vida, y para que la tengan en abundancia." El es un "espíritu
vivificante."* Y tiene todavía el mismo poder vivificante que, mientras
estaba en la tierra, sanaba a los enfermos y perdonaba al pecador. El
"perdona todas tus iniquidades," él "sana todas tus dolencias.'*
El efecto producido sobre el pueblo
por la curación del paralítico fue como si el cielo, después de abrirse,
hubiese revelado las glorias de un mundo mejor. Mientras que el hombre
curado pasaba por entre la multitud, bendiciendo a Dios a cada paso, y
llevando su carga como si hubiese sido una pluma, la gente retrocedía
para darle paso, y con temerosa reverencia le miraban los circunstantes,
murmurando entre sí: "Hemos visto maravillas hoy."
Los fariseos estaban mudos de asombro
y abrumados por su derrota. Veían que no había oportunidad de inflamar a
la multitud con sus celos. El prodigio realizado en el hombre, a quien
ellos habían entregado a la ira de Dios, había impresionado de tal
manera a la gente, que por el momento los rabinos quedaron olvidados.
Vieron que Cristo poseía un poder que ellos habían atribuido a Dios
solo; sin embargo, la amable dignidad de sus modales, estaba en marcado
contraste con el porte altanero de ellos. Estaban desconcertados y
avergonzados; y reconocían, aunque no lo confesaban, la presencia de un
Ser superior. Cuanto más convincente era la prueba de que Jesús tenía en
la tierra poder de perdonar los pecados, tanto más firmemente se
atrincheraban en la incredulidad. Salieron de la casa de Pedro, donde
habían visto al paralítico curado por la palabra de Jesús, para inventar
nuevas maquinaciones con el fin de hacer callar al Hijo de Dios.
La enfermedad física, por maligna que
fuese y arraigada que estuviera, era curada por el poder de Cristo; pero
la enfermedad del alma se apoderaba más firmemente de aquellos que
cerraban sus ojos para no ver la luz. La lepra y la parálisis no eran
tan terribles como el fanatismo y la incredulidad.
En la casa del paralítico sanado,
hubo gran regocijo cuando 237 él volvió a su familia, trayendo con
facilidad la cama sobre la cual se le había llevado de su presencia poco
tiempo antes. Le rodearon con lágrimas de alegría, casi sin atreverse a
creer lo que veían sus ojos. Estaba delante de ellos, en el pleno vigor
de la virilidad. Aquellos brazos que ellos habían visto sin vida,
obedecían prestamente a su voluntad. La carne que se había encogido,
adquiriendo un color plomizo, era ahora fresca y rosada. El hombre
andaba con pasos firmes y libres. En cada rasgo de su rostro estaban
escritos el gozo y la esperanza; y una expresión de pureza y paz había
reemplazado los rastros del pecado y del sufrimiento. De aquel hogar
subieron alegres palabras de agradecimiento, y Dios quedó glorificado
por medio de su Hijo, que había devuelto la esperanza al desesperado, y
fuerza al abatido. Este hombre y su familia estaban listos para poner
sus vidas por Jesús. Ninguna duda enturbiaba su fe, ninguna incredulidad
manchaba su lealtad hacia Aquel que había impartido luz a su obscurecido
hogar. 238
CAPÍTULO 28 Leví Mateo *
ENTRE los funcionarios romanos que
había en Palestina, los más odiados eran los publicanos. El hecho de que
las contribuciones eran impuestas por una potencia extraña era motivo de
continua irritación para los judíos, pues les recordaba que su
independencia había desaparecido. Y los cobradores de impuestos no eran
simplemente instrumentos de la opresión romana; cometiendo extorsiones
por su propia cuenta, se enriquecían a expensas del pueblo. Un judío que
aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor
a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le
clasificaba con los más viles de la sociedad.
A esta clase pertenecía Leví Mateo,
quien, después de los cuatro discípulos de Genesaret, fue el siguiente
en ser llamado al servicio de Cristo. Los fariseos habían juzgado a
Mateo según su empleo, pero Jesús vio en este hombre un corazón
dispuesto a recibir la verdad. Mateo había escuchado la enseñanza del
Salvador. En la medida en que el convincente Espíritu de Dios le
revelaba su pecaminosidad, anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba
acostumbrado al carácter exclusivo de los rabinos, y no había creído que
este gran maestro se fijaría en el.
Sentado en su garita de peaje un día,
el publicano vio a Jesús que se acercaba. Grande fue su asombro al oírle
decir: "Sígueme."
Mateo, "dejadas todas las cosas,
levantándose, le siguió." No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio
lucrativo que iba a cambiar por la pobreza y las penurias. Le bastaba
estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su obra.
Así había sido con los discípulos
antes llamados. Cuando Jesús invitó a Pedro y sus compañeros a seguirle,
dejaron inmediatamente sus barcos y sus redes. Algunos de esos
discípulos tenían deudos que dependían de ellos para su sostén, pero 239
cuando recibieron la invitación del Salvador, no vacilaron ni
preguntaron: ¿Cómo viviré y sostendré mi familia? Fueron obedientes al
llamamiento, y cuando más tarde Jesús les preguntó: "Cuando os envié sin
bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó algo?" pudieron
responder: "Nada.'*
A Mateo en su riqueza, y a Andrés y
Pedro en su pobreza, llegó la misma prueba, y cada uno hizo la misma
consagración. En el momento del éxito, cuando las redes estaban llenas
de peces y eran más fuertes los impulsos de la vida antigua, Jesús pidió
a los discípulos, a orillas del mar, que lo dejasen todo para dedicarse
a la obra del Evangelio. Así también es probada cada alma para ver si el
deseo de los bienes temporales prima sobre el de la comunión con Cristo.
Los buenos principios son siempre
exigentes. Nadie puede tener éxito en el servicio de Dios a menos que
todo su corazón esté en la obra, y tenga todas las cosas por pérdida
frente a la excelencia del conocimiento de Cristo. Nadie que haga
reserva alguna puede ser discípulo de Cristo, y mucho menos puede ser su
colaborador. Cuando los hombres aprecien la gran salvación, se verá en
su vida el sacrificio propio que se vio en la de Cristo. Se regocijarán
en seguirle adondequiera que los guíe.
El llamamiento de Mateo al
discipulado excitó gran indignación. Que un maestro religioso eligiese a
un publicano como uno de sus acompañantes inmediatos, era una ofensa
contra las costumbres religiosas, sociales y nacionales. Apelando a los
prejuicios de la gente, los fariseos esperaban volver contra Jesús la
corriente del sentimiento popular.
Se creó un extenso interés entre los
publicanos. Su corazón fue atraído hacia el divino Maestro. En el gozo
de su nuevo discipulado, Mateo anhelaba llevar a Jesús sus antiguos
asociados. Por consiguiente, dio un banquete en su casa, y convocó a sus
parientes y amigos. No sólo fueron incluidos los publicanos, sino
también muchos otros de reputación dudosa, proscritos por sus vecinos
más escrupulosos.
El agasajo fue dado en honor de
Jesús, y él no vaciló en aceptar la cortesía. Bien sabía que ésta
ofendería al partido farisaico y le comprometería a los ojos del pueblo.
Pero ninguna cuestión de política podía influir en sus acciones. Para él
240 no tenían peso las distinciones externas. Lo que atraía su corazón
era un alma sedienta del agua de vida.
Jesús se sentó como huésped honrado
en la mesa de los publicanos, demostrando por su simpatía y amabilidad
social que reconocía la dignidad de la humanidad; y los hombres
anhelaban hacerse dignos de su confianza. Sobre sus corazones sedientos
caían sus palabras con poder bendecido y vivificador, despertando nuevos
impulsos y presentando la posibilidad de una nueva vida a estos parias
de la sociedad.
En reuniones tales como ésta, no
pocos fueron impresionados por la enseñanza del Salvador, aunque no le
reconocieron hasta después de su ascensión. Cuando el Espíritu Santo fue
derramado, y tres mil fueron convertidos en un día, había entre ellos
muchos que habían oído por primera vez la verdad en la mesa de los
publicanos, y algunos de ellos llegaron a ser mensajeros del Evangelio.
Para Mateo mismo, el ejemplo de Jesús en el banquete fue una constante
lección. El publicano despreciado vino a ser uno de los evangelistas más
consagrados, y en su propio ministerio siguió muy de cerca las pisadas
del Maestro.
Cuando los rabinos supieron de la
presencia de Jesús en la fiesta de Mateo, aprovecharon la oportunidad
para acusarle. Pero decidieron obrar por medio de los discípulos.
Despertando sus prejuicios, esperaban enajenarlos de su Maestro. Su
recurso consistió en acusar a Cristo ante los discípulos, y a los
discípulos ante Cristo, dirigiendo sus flechas adonde había más
probabilidad de producir heridas. Así ha obrado Satanás desde que
manifestó desafecto en el cielo; y todos los que tratan de causar
discordia y enajenamiento son impulsados por su espíritu.
"¿Por qué come vuestro Maestro con
los publicanos y pecadores?" preguntaron los envidiosos rabinos.
Jesús no esperó que sus discípulos
contestasen la acusación, sino que él mismo replicó: "Los que están
sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Andad pues, y
aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y no sacrificio: porque no he
venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento." Los fariseos
pretendían ser espiritualmente sanos, y por lo tanto no tener necesidad
de médico, mientras que 241 consideraban que los publicanos y los
gentiles estaban pereciendo por las enfermedades del alma. ¿No
consistía, pues, su obra como médico en ir a la clase que necesitaba su
ayuda?
Pero aunque los fariseos tenían tan
alto concepto de sí mismos, estaban realmente en peor condición que
aquellos a quienes despreciaban. Los publicanos tenían menos fanatismo y
suficiencia propia, y así eran más susceptibles a la influencia de la
verdad. Jesús dijo a los rabinos: "Andad pues, y aprended qué cosa es:
Misericordia quiero, y no sacrificio." Así demostró que mientras
aseveraban exponer la Palabra de Dios, ignoraban completamente su
espíritu.
Los fariseos fueron acallados por el
momento, pero quedaron tanto más resueltos en su enemistad. Buscaron
luego a los discípulos de Juan el Bautista y trataron de levantarlos
contra el Salvador. Esos fariseos no habían aceptado la misión del
Bautista. Habían señalado con escarnio su vida abstemia, sus costumbres
sencillas, sus ropas burdas, y le habían declarado fanático. Porque él
denunciaba su hipocresía, habían resistido a sus palabras, y habían
tratado de incitar al pueblo contra él. El Espíritu de Dios había obrado
en los corazones de estos escarnecedores, convenciéndolos de pecado;
pero habían rechazado el consejo de Dios, y habían declarado que Juan
estaba poseído de un demonio.
Pero ahora que Jesús había venido y
andaba entre la gente, comiendo y bebiendo en sus mesas, le acusaban de
glotón y bebedor. Los mismos que hacían esa acusación eran culpables.
Así como Satanás representa falsamente a Dios y le reviste de sus
propios atributos, la conducta de los mensajeros de Dios fue falseada
por esos hombres perversos.
Los fariseos no querían considerar
que Jesús comía con los publicanos y los pecadores para llevar la luz
del cielo a aquellos que moraban en tinieblas. No querían ver que cada
palabra pronunciada por el divino Maestro era una simiente viva que iba
a germinar y llevar fruto para gloria de Dios. Habían resuelto no
aceptar la luz; y aunque se habían opuesto a la misión del Bautista,
estaban ahora listos para cortejar la amistad de sus discípulos,
esperando obtener su cooperación contra Jesús. Sostuvieron que Jesús
anulaba las antiguas tradiciones; y pusieron en contraste la austera
piedad del Bautista 242 con la conducta de Jesús al comer con publicanos
y pecadores. Los discípulos de Juan estaban entonces en gran aflicción.
Era antes de su visita a Jesús con el mensaje de Juan. Su amado maestro
estaba en la cárcel, y ellos pasaban los días lamentándose. Jesús no
hacía ningún esfuerzo para librar a Juan, y hasta parecía desacreditar
su enseñanza. Si Juan había sido enviado por Dios, ¿por qué seguían
Jesús y sus discípulos una conducta tan diferente?
Los discípulos de Juan no comprendían
bien la obra de Cristo; pensaban que tal vez las acusaciones de los
fariseos tenían algún fundamento. Observaban muchas de las reglas
prescritas por los rabinos; y hasta esperaban ser justificados por las
obras de la ley. El ayuno era practicado por los judíos como un acto de
mérito, y los más estrictos ayunaban dos días cada semana. Los fariseos
y los discípulos de Juan ayunaban cuando los últimos vinieron a Jesús
con la pregunta: "¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas
veces, y tus discípulos no ayunan?"
Jesús les contestó afectuosamente. No
trató de corregir su concepto erróneo del ayuno, sino tan sólo con
respecto a su propia misión. Y lo hizo empleando la misma figura que el
Bautista había usado en su testimonio acerca de Jesús. Juan había dicho:
"El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está
en pie y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues,
este mi gozo es cumplido."* Los discípulos de Juan no podían menos que
recordar estas palabras de su maestro, y, siguiendo con la ilustración,
Jesús dijo: "¿Podéis hacer que los que están de bodas ayunen, entre
tanto que el esposo está con ellos?"
El Príncipe del cielo estaba entre su
pueblo. El mayor don de Dios había sido dado al mundo. Había gozo para
los pobres; porque Cristo había venido a hacerlos herederos de su reino.
Había gozo para los ricos; porque les iba a enseñar a obtener las
riquezas eternas. Había gozo para los ignorantes; porque los iba a hacer
sabios para la salvación. Había gozo para los sabios; pues él les iba a
abrir misterios más profundos que los que jamás hubieran sondeado;
verdades que habían estado ocultas desde la fundación del mundo iban a
ser reveladas a los hombres por la misión del Salvador. 243
Juan el Bautista se había regocijado
de contemplar al Salvador. ¡Qué ocasión de regocijo tenían los
discípulos con su privilegio de andar y hablar con la Majestad del
cielo! Este no era para ellos tiempo de llorar y ayunar. Debían abrir su
corazón para recibir la luz de su gloria, a fin de poder derramar luz
sobre aquellos que moraban en tinieblas y sombra de muerte.
Las palabras de Cristo habían evocado
un cuadro brillante, pero lo cruzaba una densa sombra, que solamente su
ojo discernía. "Vendrán días --les dijo,-- cuando el esposo les será
quitado: entonces ayunarán en aquellos días." Cuando viesen a su Señor
traicionado y crucificado, los discípulos llorarían y ayunarían. En las
últimas palabras que les dirigiera en el aposento alto, dijo: "Un
poquito, y no me veréis, y otra vez un poquito, y me veréis. De cierto,
de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se
alegrará: empero aunque vosotros estaréis tristes, vuestra tristeza se
tornará en gozo."*
Cuando saliese de la tumba, su
tristeza se trocaría en gozo. Después de su ascensión, iba a estar
ausente en persona; pero por medio del Consolador estaría todavía con
ellos, y no debían pasar su tiempo en lamentaciones. Esto era lo que
Satanás quería. Deseaba que diesen al mundo la impresión de que habían
sido engañados y chasqueados; pero por la fe habían de mirar al
santuario celestial, donde Jesús ministraba por ellos; debían abrir su
corazón al Espíritu Santo, su representante, y regocijarse en la luz de
su presencia. Sin embargo, iban a venir días de tentación y prueba,
cuando serían puestos en conflicto con los gobernantes de este mundo y
los dirigentes del reino de las tinieblas; cuando Cristo no estuviera
personalmente con ellos y no alcanzaran a discernir el Consolador,
entonces sería más apropiado para ellos ayunar.
Los fariseos trataban de exaltarse
por su rigurosa observancia de las formas, mientras que su corazón
estaba lleno de envidia y disensión. "He aquí -dice la Escritura,- que
para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente;
no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto. ¿ Es tal
el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que encorve
su cabeza como junco, y haga cama 244 de saco y de ceniza? ¿Llamaréis
esto ayuno, y día agradable a Jehová?"*
El verdadero ayuno no es una sencilla
práctica ritual. La Escritura describe así el ayuno que Dios ha
escogido: "Desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de
opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo
yugo;" que "derramares tu alma al hambriento, y saciares el alma
afligida."* En estas palabras se presenta el espíritu y el carácter de
la obra de Cristo. Toda su vida fue un sacrificio de sí mismo por la
salvación del mundo. Ora ayunase en el desierto de la tentación, ora
comiese con los publicanos en el banquete de Mateo, estaba dando su vida
para la redención de los perdidos. El verdadero espíritu de devoción no
se manifiesta en ociosos lamentos, ni en la mera humillación corporal y
los múltiples sacrificios, sino en la entrega del yo a un servicio
voluntario a Dios y al hombre.
Continuando su respuesta a los
discípulos de Juan, Jesús pronunció una parábola diciendo: "Nadie mete
remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera el nuevo rompe,
y al viejo no conviene remiendo nuevo." El mensaje de Juan el Bautista
no había de entretejerse con la tradición y la superstición. Una
tentativa de fusionar la hipocresía de los fariseos con la devoción de
Juan no lograría sino hacer más evidente el abismo que había entre
ellos.
Ni tampoco podían unirse los
principios de la enseñanza de Cristo con las formas del farisaísmo.
Cristo no había de cerrar la brecha hecha por las enseñanzas de Juan. El
iba a hacer aun más definida la separación entre lo antiguo y lo nuevo.
Jesús ilustró aun más este hecho diciendo: "Nadie echa vino nuevo en
cueros viejos; de otra manera el vino nuevo romperá los cueros, y el
vino se derramará, y los cueros se perderán." Los odres que se usaban
como recipientes para el vino nuevo, después de un tiempo se secaban y
volvían quebradizos, y ya no podían servir con el mismo fin. En esta
ilustración familiar, Jesús presentó la condición de los dirigentes
judíos.
Sacerdotes, escribas y gobernantes
estaban sumidos en una rutina de ceremonias y tradiciones. Sus corazones
se habían contraído como los odres resecados a los cuales se los había
comparado. Mientras permanecían satisfechos con una religión legal, les
245 era imposible ser depositarios de la verdad viva del cielo. Pensaban
que para todo bastaba su propia justicia, y no deseaban que entrase un
nuevo elemento en su religión. No aceptaban la buena voluntad de Dios
para con los hombres como algo separado de ellos. La relacionaban con el
mérito propio de sus buenas obras. La fe que obra por amor y purifica el
alma, no hallaba donde unirse con la religión de los fariseos, compuesta
de ceremonias y de órdenes humanas. El esfuerzo de aunar las enseñanzas
de Jesús con la religión establecida sería vano. La verdad vital de
Dios, como el vino en fermentación, reventaría los viejos y decadentes
odres de la tradición farisaica.
Los fariseos se creían demasiado
sabios para necesitar instrucción, demasiado justos para necesitar
salvación, demasiado altamente honrados para necesitar la honra que
proviene de Cristo. El Salvador se apartó de ellos para hallar a otros
que quisieran recibir el mensaje del cielo. En los pescadores sin
instrucción, en los publicanos de la plaza, en la mujer de Samaria, en
el vulgo que le oía gustosamente, halló sus nuevos odres para el nuevo
vino. Los instrumentos que han de ser usados en la obra del Evangelio
son las almas que reciben gustosamente la luz que Dios les manda. Son
sus agentes para impartir el conocimiento de la verdad al mundo. Si por
medio de la gracia de Cristo los suyos quieren llegar a ser nuevos
odres, los llenará con nuevo vino.
La enseñanza de Cristo, aunque
representada por el nuevo vino, no era una doctrina nueva, sino la
revelación de lo que había sido enseñado desde el principio. Pero para
los fariseos la verdad de Dios había perdido su significado y hermosura
originales. Para ellos, la enseñanza de Cristo era nueva en casi todo
respecto, y no la reconocían ni aceptaban.
Jesús señaló el poder que la falsa
enseñanza tiene para destruir el aprecio y el deseo de la verdad.
"Ninguno --dijo él,-- que bebiere del añejo, quiere luego el nuevo;
porque dice: El añejo es mejor." Toda la verdad que había sido dada al
mundo por los patriarcas y los profetas resplandecía con nueva belleza
en las palabras de Cristo. Pero los escribas y fariseos no deseaban el
precioso vino nuevo. Hasta que no se vaciasen de sus viejas tradiciones,
costumbres y prácticas, no tenían en su mente o corazón lugar para las
enseñanzas de Cristo. Se 246 aferraban a las formas muertas, y se
apartaban de la verdad viva y del poder de Dios.
Esto ocasionó la ruina de los judíos
y será la ruina de muchas almas en nuestros tiempos. Miles están
cometiendo el mismo error que los fariseos a quienes Cristo reprendió en
el festín de Mateo. Antes que renunciar a alguna idea que les es cara, o
descartar algún ídolo de su opinión, muchos rechazan la verdad que
desciende del Padre de las luces. Confían en sí mismos y dependen de su
propia sabiduría, y no comprenden su pobreza espiritual. Insisten en ser
salvos de alguna manera por la cual puedan realizar alguna obra
importante. Cuando ven que no pueden entretejer el yo en esa obra,
rechazan la salvación provista.
Una religión legal no puede nunca
conducir las almas a Cristo, porque es una religión sin amor y sin
Cristo. El ayuno o la oración motivada por un espíritu de justificación
propia, es abominación a Dios. La solemne asamblea para adorar, la
repetición de ceremonias religiosas, la humillación externa, el
sacrificio imponente, proclaman que el que hace esas cosas se considera
justo, con derecho al cielo, pero es todo un engaño. Nuestras propias
obras no pueden nunca comprar la salvación.
Como fue en los días de Cristo, así
es hoy; los fariseos no conocen su indigencia espiritual. A ellos llega
el mensaje: "Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no
tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y
miserable y pobre y ciego y desnudo; yo te amonesto que de mí compres
oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de
vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu
desnudez."* La fe y el amor son el oro probado en el fuego. Pero en el
caso de muchos, el oro se ha empañado, y se ha perdido el rico tesoro.
La justicia de Cristo es para ellos como un manto sin estrenar, una
fuente sellada. A ellos se dice: "Tengo contra ti que has dejado tu
primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído, y arrepiéntete, y
haz las primeras obras; pues si no, vendré presto a ti, y quitaré tu
candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido."*
"Los sacrificios de Dios son el
espíritu quebrantado: al corazón contrito y humillado no despreciarás
tú, oh Dios."* El hombre debe despojarse de sí mismo antes que pueda
ser, en 247 el sentido más pleno, creyente en Jesús. Entonces el Señor
puede hacer del hombre una nueva criatura. Los nuevos odres pueden
contener el nuevo vino. El amor de Cristo animará al creyente con nueva
vida. En aquel que mira al Autor y Consumador de nuestra fe, se
manifestará el carácter de Cristo. 248
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