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El
Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 80
En la Tumba de José
Por
fin Jesús descansaba. El largo día de oprobio y tortura había
terminado.
Al
llegar el sábado con los últimos rayos del sol poniente, el Hijo de Dios
yacía en quietud en la tumba de José. Terminada su obra, con las manos
cruzadas en paz, descansó durante las horas sagradas del sábado.
Al principio, el Padre y el Hijo habían
descansado el sábado después de su obra de creación. Cuando "fueron
acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento,"* el Creador y
todos los seres celestiales se regocijaron en la contemplación de la
gloriosa escena. "Las estrellas todas del alba alababan, y se
regocijaban todos los hijos de Dios." * Ahora Jesús descansaba de la
obra de la redención; y aunque había pesar entre aquellos que le amaban
en la tierra, había gozo en el cielo. La promesa de lo futuro era
gloriosa a los ojos de los seres celestiales. Una creación restaurada,
una raza redimida, que por haber vencido el pecado, nunca más podría
caer, era lo que Dios y los ángeles veían como resultado de la obra
concluida por Cristo. Con esta escena está para siempre vinculado el
día en que Cristo descansó. Porque su "obra es perfecta;" y "todo lo
que Dios hace, eso será perpetuo."* Cuando se produzca "la restauración
de todas las cosas, de la cual habló Dios por boca de sus santos
profetas, que ha habido desde la antigüedad,"* el sábado de la creación,
el día en que Cristo descansó en la tumba de José, será todavía un día
de reposo y regocijo. El cielo y la tierra se unirán en alabanza
mientras que "de sábado en sábado,"* las naciones de los salvos adorarán
con gozo a Dios y al Cordero.
En los acontecimientos finales del día de
la crucifixión, se dieron nuevas pruebas del cumplimiento de la profecía
y nuevos testimonios de la divinidad de Cristo. Cuando las tinieblas se
alzaron de la cruz, y el Salvador hubo exhalado su clamor moribundo,
inmediatamente se oyó otra voz que decía: "Verdaderamente Hijo de Dios
era éste." 715
Estas palabras no fueron pronunciadas en
un murmullo. Todos los ojos se volvieron para ver de dónde venían.
¿Quién había hablado? Era el centurión, el soldado romano. La divina
paciencia del Salvador y su muerte repentina, con el clamor de victoria
en los labios, habían impresionado a ese pagano. En el cuerpo magullado
y quebrantado que pendía de la cruz, el centurión reconoció la figura
del Hijo de Dios. No pudo menos que confesar su fe. Así se dio nueva
evidencia de que nuestro Redentor iba a ver del trabajo de su alma. En
el mismo día de su muerte, tres hombres, que diferían ampliamente el uno
del otro, habían declarado su fe: el que comandaba la guardia romana, el
que llevó la cruz del Salvador, y el que murió en la cruz a su lado.
Al acercarse la noche, una quietud
sorprendente se asentó sobre el Calvario. La muchedumbre se dispersó, y
muchos volvieron a Jerusalén muy cambiados en espíritu de lo que habían
sido por la mañana. Muchos habían acudido a la crucifixión por
curiosidad y no por odio hacia Cristo. Sin embargo, creían las
acusaciones de los sacerdotes y consideraban a Jesús como malhechor.
Bajo una excitación sobrenatural se habían unido con la muchedumbre en
sus burlas contra él, Pero cuando la tierra fue envuelta en negrura y se
sintieron acusados por su propia conciencia, se vieron culpables de un
gran mal. Ninguna broma ni risa burlona se oyó en medio de aquella
temible lobreguez; cuando se alzó, regresaron a sus casas en solemne
silencio. Estaban convencidos de que las acusaciones de los sacerdotes
eran falsas, que Jesús no era un impostor; y algunas semanas más tarde,
cuando Pedro predicó en el día de Pentecostés, se encontraban entre los
miles que se convirtieron a Cristo.
Pero los dirigentes judíos no fueron
cambiados por los acontecimientos que habían presenciado. Su odio hacia
Jesús no disminuyó. Las tinieblas que habían descendido sobre la tierra
en ocasión de la crucifixión no eran más densas que las que rodeaban
todavía el espíritu de los sacerdotes y príncipes. En ocasión de su
nacimiento, la estrella había conocido a Cristo, y había guiado a los
magos hasta el pesebre donde yacía. Las huestes celestiales le habían
conocido y habían cantado su alabanza sobre las llanuras de Belén. El
mar había conocido su 716 voz y acatado su orden. La enfermedad y la
muerte habían reconocido su autoridad y le habían cedido su presa. El
sol le había conocido, y a la vista de su angustia de moribundo había
ocultado su rostro de luz. Las rocas le habían conocido y se habían
desmenuzado en fragmentos a su clamor. La naturaleza inanimada había
conocido a Cristo y había atestiguado su divinidad. Pero los sacerdotes
y príncipes de Israel no conocieron al Hijo de DIOS.
Sin embargo, no descansaban. Habían
llevado a cabo su propósito de dar muerte a Cristo; pero no tenían el
sentimiento de victoria que habían esperado. Aun en la hora de su
triunfo aparente, estaban acosados por dudas en cuanto a lo que iba a
suceder luego. Habían oído el clamor: "Consumado es." "Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu."* Habían visto partirse las rocas, habían
sentido el poderoso terremoto, y estaban agitados e intranquilos.
Hablan tenido celos de la influencia de
Cristo sobre el pueblo cuando vivía; tenían celos de él aun en la
muerte. Temían más, mucho más, al Cristo muerto de lo que habían temido
jamás al Cristo vivo. Temían que la atención del pueblo fuese dirigida
aun más a los acontecimientos que acompañaron su crucifixión. Temían
los resultados de la obra de ese día. Por ningún pretexto querían que
su cuerpo permaneciese en la cruz durante el sábado. El sábado se
estaba acercando y su santidad quedaría violada si los cuerpos
permanecían en la cruz. Así que, usando esto como pretexto, los
dirigentes judíos pidieron a Pilato que hiciese apresurar la muerte de
las víctimas y quitar sus cuerpos antes de la puesta del sol.
Pilato tenía tan poco deseo como ellos de
que el cuerpo de Jesús permaneciese en la cruz. Habiendo obtenido su
consentimiento, hicieron romper las piernas de los dos ladrones para
apresurar su muerte; pero se descubrió que Jesús ya había muerto. Los
rudos soldados habían sido enternecidos por lo que habían oído y visto
de Cristo, y esto les impidió quebrarle los miembros. Así en la ofrenda
del Cordero de Dios se cumplió la ley de la Pascua: "No dejarán de él
para la mañana, ni quebrarán hueso en él: conforme a todos los ritos de
la pascua la harán."*
Los sacerdotes y príncipes se asombraron
al hallar que 717 Cristo había muerto. La muerte de cruz era un proceso
lento; era difícil determinar cuándo cesaba la vida. Era algo inaudito
que un hombre muriese seis horas después de la crucifixión. Los
sacerdotes querían estar seguros de la muerte de Jesús, y a sugestión
suya un soldado dio un lanzazo al costado del Salvador. De la herida
así hecha, fluyeron dos copiosos y distintos raudales: uno de sangre, el
otro de agua. Esto fue notado por todos los espectadores, y Juan anota
el suceso muy definidamente. Dice: "Uno de los soldados le abrió el
costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. Y el que lo vio, da
testimonio, y su testimonio es verdadero: y él sabe que dice verdad,
para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron hechas para
que se cumpliese la Escritura: Hueso no quebrantaréis de él. Y también
otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron."*
Después de la resurrección, los sacerdotes
y príncipes hicieron circular el rumor de que Cristo no murió en la
cruz, que simplemente se había desmayado, y que más tarde revivió. Otro
rumor afirmaba que no era un cuerpo real de carne y hueso, sino la
semejanza de un cuerpo, lo que había sido puesto en la tumba. La acción
de los soldados romanos desmiente estas falsedades. No le rompieron las
piernas, porque ya estaba muerto. Para satisfacer a los sacerdotes, le
atravesaron el costado. Si la vida no hubiese estado ya extinta, esta
herida le habría causado una muerte instantánea.
Pero no fue el lanzazo, no fue el
padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús. Ese clamor,
pronunciado "con grande voz,"* en el momento de la muerte, el raudal de
sangre y agua que fluyó de su costado, declaran que murió por
quebrantamiento del corazón. Su corazón fue quebrantado por la angustia
mental. Fue muerto por el pecado del mundo.
Con la muerte de Cristo, perecieron las
esperanzas de sus discípulos. Miraban sus párpados cerrados y su cabeza
caída, su cabello apelmazado con sangre, sus manos y pies horadados, y
su angustia era indescriptible. Hasta el final no habían creído que
muriese; apenas si podían creer que estaba realmente muerto. Abrumados
por el pesar, no recordaban sus palabras que habían predicho esa misma
escena. Nada de lo que él había dicho los consolaba ahora. Veían
solamente la cruz y su 718 víctima ensangrentada. El futuro parecía
sombrío y desesperado. Su fe en Jesús se había desvanecido; pero nunca
habían amado tanto a su Salvador como ahora. Nunca antes habían sentido
tanto su valor y la necesidad de su presencia.
Aun en la muerte, el cuerpo de Cristo era
precioso para sus discípulos. Anhelaban darle una sepultura honrosa,
pero no sabían cómo lograrlo. La traición contra el gobierno romano era
el crimen por el cual Jesús había sido condenado, y las personas
ajusticiadas por esta ofensa eran remitidas a un lugar de sepultura
especialmente provisto para tales criminales. El discípulo Juan y las
mujeres de Galilea habían permanecido al pie de la cruz. No podían
abandonar el cuerpo de su Señor en manos de los soldados insensibles
para que lo sepultasen en una tumba deshonrosa. Sin embargo, eran
impotentes para impedirlo. No podían obtener favores de las autoridades
judías, y no tenían influencia ante Pilato.
En esta emergencia, José de Arimatea y
Nicodemo vinieron en auxilio de los discípulos. Ambos hombres eran
miembros del Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran hombres de
recursos e influencia. Estaban resueltos a que el cuerpo de Jesús
recibiese sepultura honrosa.
José fue osadamente a Pilato y le pidió el
cuerpo de Jesús. Por primera vez, supo Pilato que Jesús estaba
realmente muerto. Informes contradictorios le habían llegado acerca de
los acontecimientos que habían acompañado la crucifixión, pero el
conocimiento de la muerte de Cristo le había sido ocultado a propósito.
Pilato había sido advertido por los sacerdotes y príncipes contra el
engaño de los discípulos de Cristo respecto de su cuerpo. Al oír la
petición de José, mandó llamar al centurión que había estado encargado
de la cruz, y supo con certeza la muerte de Jesús. También oyó de él un
relato de las escenas del Calvario que confirmaba el testimonio de José.
Fue concedido a José lo que pedía.
Mientras Juan se preocupaba por la sepultura de su Maestro, José volvió
con la orden de Pilato de que le entregasen el cuerpo de Cristo; y
Nicodemo vino trayendo una costosa mezcla de mirra y áloes, que pesaría
alrededor de unos cuarenta kilos, para embalsamarle. Imposible habría
sido tributar mayor respeto en la muerte a los hombres más honrados de
toda Jerusalén. Los 719 discípulos se quedaron asombrados al ver a
estos ricos príncipes tan interesados como ellos en la sepultura de su
Señor.
Ni José ni Nicodemo habían aceptado
abiertamente al Salvador mientras vivía. Sabían que un paso tal los
habría excluido del Sanedrín, y esperaban protegerle por su influencia
en los concilios. Durante un tiempo, pareció que tenían éxito; pero los
astutos sacerdotes, viendo cómo favorecían a Cristo, habían estorbado
sus planes. En su ausencia, Jesús había sido condenado y entregado para
ser crucificado. Ahora que había muerto, ya no ocultaron su adhesión a
él. Mientras los discípulos temían manifestarse abiertamente como
adeptos suyos, José y Nicodemo acudieron osadamente en su auxilio. La
ayuda de estos hombres ricos y honrados era muy necesaria en ese
momento. Podían hacer por su Maestro muerto lo que era imposible para
los pobres discípulos; su riqueza e influencia los protegían mucho
contra la malicia de los sacerdotes y príncipes.
Con suavidad y reverencia, bajaron con sus
propias manos el cuerpo de Jesús. Sus lágrimas de simpatía caían en
abundancia mientras miraban su cuerpo magullado y lacerado. José poseía
una tumba nueva, tallada en una roca. Se la estaba reservando para sí
mismo, pero estaba cerca del Calvario, y ahora la preparó para Jesús.
El cuerpo, juntamente con las especias traídas por Nicodemo, fue
envuelto cuidadosamente en un sudario, y el Redentor fue llevado a la
tumba. Allí, los tres discípulos enderezaron los miembros heridos y
cruzaron las manos magulladas sobre el pecho sin vida. Las mujeres
galileas vinieron para ver si se había hecho todo lo que podía hacerse
por el cuerpo muerto de su amado Maestro. Luego vieron cómo se hacía
rodar la pesada piedra contra la entrada de la tumba, y el Salvador fue
dejado en el descanso. Las mujeres fueron las últimas que quedaron al
lado de la cruz, y las últimas que quedaron al lado de la tumba de
Cristo. Mientras las sombras vespertinas iban cayendo, María Magdalena
y las otras Marías permanecían al lado del lugar donde descansaba su
Señor derramando lágrimas de pesar por la suerte de Aquel a quien
amaban. "Y vueltas, ... reposaron el sábado, conforme al mandamiento."*
Para los entristecidos discípulos ése fue
un sábado que nunca olvidarían, y también lo fue para los sacerdotes,
los 720 príncipes, los escribas y el pueblo. A la puesta del sol, en la
tarde del día de preparación, sonaban las trompetas para indicar que el
sábado había empezado. La Pascua fue observada como lo había sido
durante siglos, mientras que Aquel a quien señalaba, ultimado por manos
perversas, yacía en la tumba de José. El sábado, los atrios del templo
estuvieron llenos de adoradores. El sumo sacerdote que había estado en
el Gólgota estaba allí, magníficamente ataviado en sus vestiduras
sacerdotales. Sacerdotes de turbante blanco, llenos de actividad,
cumplían sus deberes. Pero algunos de los presentes no estaban
tranquilos mientras se ofrecía por el pecado la sangre de becerros y
machos cabríos. No tenían conciencia de que las figuras hubiesen
encontrado la realidad que prefiguraban, de que un sacrificio infinito
había sido hecho por los pecados del mundo. No sabían que no tenía ya
más valor el cumplimiento de los ritos ceremoniales. Pero nunca antes
había sido presenciado este ceremonial con sentimientos tan
contradictorios. Las trompetas y los instrumentos de música y las voces
de los cantores resonaban tan fuerte y claramente como de costumbre.
Pero un sentimiento de extrañeza lo compenetraba todo. Uno tras otro
preguntaba acerca del extraño suceso que había acontecido. Hasta
entonces, el lugar santísimo había sido guardado en forma sagrada de
todo intruso. Pero ahora estaba abierto a todos los ojos. El pesado
velo de tapicería, hecho de lino puro y hermosamente adornado de oro,
escarlata y púrpura, estaba rasgado de arriba abajo. El lugar donde
Jehová se encontraba con el sumo sacerdote, para comunicar su gloria, el
lugar que había sido la cámara de audiencia sagrada de Dios, estaba
abierto a todo ojo; ya no era reconocido por el Señor. Con lóbregos
presentimientos, los sacerdotes ministraban ante el altar. La
exposición del misterio sagrado del lugar santísimo les hacía temer que
sobreviniera alguna calamidad.
Muchos espíritus repasaban activamente los
pensamientos iniciados por las escenas del Calvario. De la crucifixión
hasta la resurrección, muchos ojos insomnes escudriñaron constantemente
las profecías, algunos para aprender el pleno significado de la fiesta
que estaban celebrando, otros para hallar evidencia de que Jesús no era
lo que aseveraba ser; y otros, con corazón entristecido, buscando
pruebas de que era el verdadero Mesías. 721 Aunque escudriñando con
diferentes objetos en vista, todos fueron convencidos de la misma
verdad, a saber que la profecía había sido cumplida en los sucesos de
los últimos días y que el Crucificado era el Redentor del mundo. Muchos
de los que en esa ocasión participaron del ceremonial no volvieron nunca
a tomar parte en los ritos pascuales. Muchos, aun entre los sacerdotes,
se convencieron del verdadero carácter de Jesús. Su escrutinio de las
profecías no había sido inútil, y después de su resurrección le
reconocieron como el Hijo de Dios.
Cuando Nicodemo vio a Jesús alzado en la
cruz, recordó las palabras que le dijera de noche en el monte de las
Olivas: "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es
necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que
en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna."* "En aquel
sábado, mientras Cristo yacía en la tumba, Nicodemo tuvo oportunidad de
reflexionar. Una luz más clara iluminaba ahora su mente, y las palabras
que Jesús le había dicho no eran ya misteriosas. Comprendía que había
perdido mucho por no relacionarse con el Salvador durante su vida.
Ahora recordaba los acontecimientos del Calvario. La oración de Cristo
por sus homicidas y su respuesta a la petición del ladrón moribundo
hablaban al corazón del sabio consejero. Volvía a ver al Salvador en su
agonía; volvía a oír ese último clamor: "Consumado es," emitido como
palabras de un vencedor. Volvía a contemplar la tierra que se sacudía,
los cielos obscurecidos, el velo desgarrado, las rocas desmenuzadas, y
su fe quedó establecida para siempre. El mismo acontecimiento que
destruyó las esperanzas de los discípulos convenció a José y a Nicodemo
de la divinidad de Jesús. Sus temores fueron vencidos por el valor de
una fe firme e inquebrantable.
Nunca había atraído Cristo la atención de
la multitud como ahora que estaba en la tumba. Según su costumbre, la
gente traía sus enfermos y dolientes a los atrios del templo
preguntando: ¿Quién nos puede decir dónde está Jesús de Nazaret?
Muchos habían venido de lejos para hallar
a Aquel que había sanado a los enfermos y resucitado a los muertos. Por
todos lados, se oía el clamor: Queremos a Cristo el Sanador. En esta
ocasión, los sacerdotes examinaron a aquellos que se creía daban indicio
de lepra. Muchos tuvieron que oírlos declarar 722 leprosos a sus
esposos, esposas, o hijos, y condenarlos a apartarse del refugio de sus
hogares y del cuidado de sus deudos, para advertir a los extraños con el
lúgubre clamor: "¡Inmundo, inmundo!" Las manos amistosas de Jesús de
Nazaret, que nunca negaron el toque sanador al asqueroso leproso,
estaban cruzadas sobre su pecho. Los labios que habían contestado sus
peticiones con las consoladoras palabras: "Quiero; sé limpio"* estaban
callados. Muchos apelaban a los sumos sacerdotes y príncipes en busca
de simpatía y alivio, pero en vano. Aparentemente estaban resueltos a
tener de nuevo en su medio al Cristo vivo. Con perseverante fervor
preguntaban por él. No querían que se les despachase. Pero fueron
ahuyentados de los atrios del templo, y se colocaron soldados a las
puertas para impedir la entrada a la multitud que venía con sus enfermos
y moribundos demandando entrada.
Los que sufrían y habían venido para ser
sanados por el Salvador quedaron abatidos por el chasco. Las calles
estaban llenas de lamentos. Los enfermos morían por falta del toque
sanador de Jesús. Se consultaba en vano a los médicos; no había
habilidad como la de Aquel que yacía en la tumba de José.
Los lamentos de los dolientes infundieron
a millares de espíritus la convicción de que se había apagado una gran
luz en el mundo. Sin Cristo, la tierra era tinieblas y obscuridad.
Muchos cuyas voces habían reforzado el clamor de "¡Crucifícale!
¡crucifícale!" comprendían ahora la calamidad que había caído sobre
ellos, y con tanta avidez habrían clamado: Dadnos a Jesús, si hubiese
estado vivo.
Cuando la gente supo que Jesús había sido
ejecutado por los sacerdotes, empezó a preguntar acerca de su muerte.
Los detalles de su juicio fueron mantenidos tan en secreto como fue
posible; pero durante el tiempo que estuvo en la tumba, su nombre estuvo
en millares de labios; y los informes referentes al simulacro de juicio
a que había sido sometido y a la inhumanidad de los sacerdotes y
príncipes circularon por doquiera. Hombres de intelecto pidieron a
estos sacerdotes y príncipes que explicasen las profecías del Antiguo
Testamento concernientes al Mesías, y éstos, mientras procuraban fraguar
alguna mentira en respuesta, parecieron enloquecer. No podían explicar
las profecías que señalaban los sufrimientos y la 723 muerte de Cristo,
y muchos de los indagadores se convencieron de que las Escrituras se
habían cumplido.
La venganza que los sacerdotes habían
pensado sería tan dulce era ya amargura para ellos. Sabían que el
pueblo los censuraba severamente y que los mismos en quienes habían
influido contra Jesús estaban ahora horrorizados por su vergonzosa
obra. Estos sacerdotes habían procurado creer que Jesús era un
impostor; pero era en vano. Algunos de ellos habían estado al lado de
la tumba de Lázaro y habían visto al muerto resucitar. Temblaron
temiendo que Cristo mismo resucitase de los muertos y volviese a
aparecer delante de ellos. Le habían oído declarar que él tenía poder
para deponer su vida y volverla a tornar. Recordaron que había dicho:
"Destruid este templo, y en tres días lo levantaré."* Judas les había
repetido las palabras dichas por Jesús a los discípulos durante el
último viaje a Jerusalén: "He aquí subimos a Jerusalem, y el Hijo del
hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los
escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los Gentiles para
que le escarnezcan, y azoten, y crucifiquen; mas al tercer día
resucitará ."*
Cuando oyeron estas palabras, se burlaron
de ellas y las ridiculizaron. Pero ahora recordaban que hasta aquí las
predicciones de Cristo se habían cumplido. Había dicho que resucitaría
al tercer día, ¿y quién podía decir si esto también no acontecería?
Anhelaban apartar estos pensamientos, pero no podían. Como su padre, el
diablo, creían y temblaban.
Ahora que había pasado el frenesí de la
excitación, la imagen de Cristo se presentaba a sus espíritus. Le
contemplaban de pie, sereno y sin quejarse delante de sus enemigos,
sufriendo sin un murmullo sus vilipendias y ultrajes. Recordaban todos
los acontecimientos de su juicio y crucifixión con una abrumadora
convicción de que era el Hijo de Dios. Sentían que podía presentarse
delante de ellos en cualquier momento, pasando el acusado a ser
acusador, el condenado a condenar, el muerto a exigir justicia en la
muerte de sus homicidas.
Poco pudieron descansar el sábado. Aunque
no querían cruzar el umbral de un gentil por temor a la contaminación,
celebraron un concilio acerca del cuerpo de Cristo. La muerte y el
sepulcro debían retener a Aquel a quien habían crucificado. 724 "Se
juntaron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos a Pilato,
diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún:
Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el
sepulcro hasta el día tercero; porque no vengan sus discípulos de noche,
y le hurten, y digan al pueblo: Resucitó de los muertos. Y será el
postrer error peor que el primero. Y Pilato les dijo: Tenéis una
guardia: id, aseguradlo como sabéis."*
Los sacerdotes dieron instrucciones para
asegurar el sepulcro. Una gran piedra había sido colocada delante de la
abertura. A través de esta piedra pusieron sogas, sujetando los
extremos a la roca sólida y sellándolos con el sello romano. La piedra
no podía ser movida sin romper el sello. Una guardia de cien soldados
fue entonces colocada en derredor del sepulcro a fin de evitar que se le
tocase. Los sacerdotes hicieron todo lo que podían para conservar el
cuerpo de Cristo donde había sido puesto. Fue sellado tan seguramente
en su tumba como si hubiese de permanecer allí para siempre.
Así realizaron los débiles hombres sus
consejos y sus planes. Poco comprendían estos homicidas la inutilidad
de sus esfuerzos. Pero por su acción Dios fue glorificado. Los mismos
esfuerzos hechos para impedir la resurrección de Cristo resultan los
argumentos más convincentes para probarla. Cuanto mayor fuese el número
de soldados colocados en derredor de la tumba, tanto más categórico
sería el testimonio de que había resucitado. Centenares de años antes
de la muerte de Cristo, el Espíritu Santo había declarado por el
salmista: "¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan
vanidad? Estarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos
contra Jehová, y contra su ungido.... El que mora en los cielos se
reirá; el Señor se burlará de ellos."* Las armas y los guardias romanos
fueron impotentes para retener al Señor de la vida en la tumba. Se
acercaba la hora de su liberación. 725
CAPÍTULO 81
"El Señor ha Resucitado"
HABÍA transcurrido lentamente la noche del
primer día de la semana. Había llegado la hora más sombría,
precisamente antes del amanecer. Cristo estaba todavía preso en su
estrecha tumba. La gran piedra estaba en su lugar; el sello romano no
había sido roto; los guardias romanos seguían velando. Y había
vigilantes invisibles. Huestes de malos ángeles se cernían sobre el
lugar. Si hubiese sido posible, el príncipe de las tinieblas, con su
ejército apóstata, habría mantenido para siempre sellada la tumba que
guardaba al Hijo de Dios. Pero un ejército celestial rodeaba al
sepulcro. Ángeles excelsos en fortaleza guardaban la tumba, y esperaban
para dar la bienvenida al Príncipe de la vida.
"Y he aquí que fue hecho un gran
terremoto; porque un ángel del Señor descendió del cielo."* Revestido
con la panoplia de Dios, este ángel dejó los atrios celestiales. Los
resplandecientes rayos de la gloria de Dios le precedieron e iluminaron
su senda. "Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como
la nieve. Y de miedo de él los guardas se asombraron, y fueron vueltos
como muertos."
¿Dónde está, sacerdotes y príncipes, el
poder de vuestra guardia? --Valientes soldados que nunca habían tenido
miedo al poder humano son ahora como cautivos tomados sin espada ni
lanza. El rostro que miran no es el rostro de un guerrero mortal; es la
faz del más poderoso ángel de la hueste del Señor. Este mensajero es el
que ocupa la posición de la cual cayó Satanás. Es aquel que en las
colinas de Belén proclamó el nacimiento de Cristo. La tierra tiembla al
acercarse, huyen las huestes de las tinieblas y, mientras hace rodar la
piedra, el cielo parece haber bajado a la tierra. Los soldados le ven
quitar la piedra como si fuese un canto rodado, y le oyen clamar: Hijo
de Dios, sal fuera; tu Padre te llama. Ven a Jesús salir de la tumba, y
le oyen proclamar sobre el sepulcro abierto: "Yo soy 726 la resurrección
y la vida." Mientras sale con majestad y gloria, la hueste angélica se
postra en adoración delante del Redentor y le da la bienvenida con
cantos de alabanza.
Un terremoto señaló la hora en que Cristo
depuso su vida, y otro terremoto indicó el momento en que triunfante la
volvió a tomar. El que había vencido la muerte y el sepulcro salió de
la tumba con el paso de un vencedor, entre el bamboleo de la tierra, el
fulgor del relámpago y el rugido del trueno. Cuando vuelva de nuevo a
la tierra, sacudirá "no solamente la tierra, mas aun el cielo."*
"Temblará la tierra vacilando como un borracho, y será removida como una
choza." "Plegarse han los cielos como un libro;" "los elementos ardiendo
serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están serán
quemadas." "Mas Jehová será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza de
los hijos de Israel."*
Al morir Jesús, los soldados habían visto
la tierra envuelta en tinieblas al mediodía; pero en ocasión de la
resurrección vieron el resplandor de los ángeles iluminar la noche, y
oyeron a los habitantes del cielo cantar con grande gozo y triunfo: ¡Has
vencido a Satanás y las potestades de las tinieblas; has absorbido la
muerte por la victoria!
Cristo surgió de la tumba glorificado, y
la guardia romana lo contempló. Sus ojos quedaron clavados en el rostro
de Aquel de quien se habían burlado tan recientemente. En este ser
glorificado, contemplaron al prisionero a quien habían visto en el
tribunal, a Aquel para quien habían trenzado una corona de espinas. Era
el que había estado sin ofrecer resistencia delante de Pilato y de
Herodes, Aquel cuyo cuerpo había sido lacerado por el cruel látigo,
Aquel a quien habían clavado en la cruz, hacia quien los sacerdotes y
príncipes, llenos de satisfacción propia, habían sacudido la cabeza
diciendo: "A otros salvó, a sí mismo no puede salvar."* Era Aquel que
había sido puesto en la tumba nueva de José. El decreto del Cielo había
librado al cautivo. Montañas acumuladas sobre montañas y encima de su
sepulcro, no podrían haberle impedido salir.
Al ver a los ángeles y al glorificado
Salvador, los guardias romanos se habían desmayado y caído como
muertos. Cuando el séquito celestial quedó oculto de su vista, se
levantaron y tan 727 prestamente como los podían llevar sus temblorosos
miembros se encaminaron hacia la puerta del jardín. Tambaleándose como
borrachos, se dirigieron apresuradamente a la ciudad contando las nuevas
maravillosas a cuantos encontraban. Iban adonde estaba Pilato, pero su
informe fue llevado a las autoridades judías, y los sumos sacerdotes y
príncipes ordenaron que fuesen traídos primero a su presencia. Estos
soldados ofrecían una extraña apariencia. Temblorosos de miedo, con los
rostros pálidos, daban testimonio de la resurrección de Cristo. Contaron
todo como lo hablan visto; no habían tenido tiempo para pensar ni para
decir otra cosa que la verdad. Con dolorosa entonación dijeron: Fue el
Hijo de Dios quien fue crucificado; hemos oído a un ángel proclamarle
Majestad del cielo, Rey de gloria.
Los rostros de los sacerdotes parecían
como de muertos. Caifás procuró hablar. Sus labios se movieron, pero no
expresaron sonido alguno. Los soldados estaban por abandonar la sala del
concilio, cuando una voz los detuvo. Caifás había recobrado por fin el
habla. --Esperad, esperad, --exclamó.-- No digáis a nadie lo que habéis
visto.
Un informe mentiroso fue puesto entonces
en boca de los soldados. "Decid --ordenaron los sacerdotes:-- Sus
discípulos vinieron de noche, y le hurtaron, durmiendo nosotros. " En
esto los sacerdotes se excedieron. ¿Cómo podían los soldados decir que
mientras dormían los discípulos habían robado el cuerpo? Si estaban
dormidos, ¿cómo podían saberlo? Y si los discípulos hubiesen sido
culpables de haber robado el cuerpo de Cristo, ¿no habrían tratado
primero los sacerdotes de condenarlos? O si los centinelas se hubiesen
dormido al lado de la tumba, ¿no habrían sido los sacerdotes los
primeros en acusarlos ante Pilato?
Los soldados se quedaron horrorizados al
pensar en atraer sobre sí mismos la acusación de dormir en su puesto.
Era un delito punible de muerte. ¿Debían dar falso testimonio, engañar
al pueblo y hacer peligrar su propia vida? ¿Acaso no habían cumplido su
penosa vela con alerta vigilancia? ¿Cómo podrían soportar el juicio, aun
por el dinero, si se perjuraban?
A fin de acallar el testimonio que temían,
los sacerdotes prometieron asegurar la vida de la guardia diciendo que
Pilato 728 no deseaba más que ellos que circulase un informe tal. Los
soldados romanos vendieron su integridad a los judíos por dinero.
Comparecieron delante de los sacerdotes cargados con muy sorprendente
mensaje de verdad; salieron con una carga de dinero, y en sus lenguas un
informe mentiroso fraguado para ellos por los sacerdotes.
Mientras tanto la noticia de la
resurrección de Cristo había sido llevada a Pilato. Aunque Pilato era
responsable por haber entregado a Cristo a la muerte, se había quedado
comparativamente despreocupado. Aunque había condenado de muy mala gana
al Salvador y con un sentimiento de compasión, no había sentido hasta
ahora ninguna verdadera contrición. Con terror se encerró entonces en su
casa, resuelto a no ver a nadie. Pero los sacerdotes penetraron hasta su
presencia, contaron la historia que habían inventado y le instaron a
pasar por alto la negligencia que habían tenido los centinelas con su
deber. Pero antes de consentir en esto, él interrogó en privado a los
guardias. Estos, temiendo por su seguridad, no se atrevieron a ocultar
nada, y Pilato obtuvo de ellos un relato de todo lo que había sucedido.
No llevó el asunto más adelante, pero desde entonces no hubo más paz
para él.
Cuando Jesús estuvo en el sepulcro,
Satanás triunfó. Se atrevió a esperar que el Salvador no resucitase.
Exigió el cuerpo del Señor, y puso su guardia en derredor de la tumba
procurando retener a Cristo preso. Se airó acerbamente cuando sus
ángeles huyeron al acercarse el mensajero celestial. Cuando vio a Cristo
salir triunfante, supo que su reino acabaría y que él habría de morir
finalmente.
Al dar muerte a Cristo, los sacerdotes se
habían hecho instrumentos de Satanás. Ahora estaban enteramente en su
poder. Estaban enredados en una trampa de la cual no veían otra salida
que la continuación de su guerra contra Cristo. Cuando oyeron la nueva
de su resurrección, temieron la ira del pueblo. Sintieron que su propia
vida estaba en peligro. Su única esperanza consistía en probar que
Cristo había sido un impostor y negar que hubiese resucitado. Sobornaron
a los soldados y obtuvieron el silencio de Pilato. Difundieron sus
informes mentirosos lejos y cerca. Pero había testigos a quienes no
podían acallar. Muchos habían oído el testimonio de los 729 soldados en
cuanto a la resurrección de Cristo. Y ciertos muertos que salieron con
Cristo aparecieron a muchos y declararon que había resucitado. Fueron
comunicados a los sacerdotes informes de personas que habían visto a
esos resucitados y oído su testimonio. Los sacerdotes y príncipes
estaban en continuo temor, no fuese que mientras andaban por las calles,
o en la intimidad de sus hogares, se encontrasen frente a frente con
Cristo. Sentían que no había seguridad para ellos. Los cerrojos y las
trancas ofrecerían muy poca protección contra el Hijo de Dios. De día y
de noche, esta terrible escena del tribunal en que habían clamado: "Su
sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" * estaba delante de
ellos. Nunca más se habría de desvanecer de su espíritu el recuerdo de
esa escena. Nunca más volvería sus almohadas el sueño apacible.
Cuando la voz del poderoso ángel fue oída
junto a la tumba de Cristo, diciendo: "Tu Padre te llama," el Salvador
salió de la tumba por la vida que había en él. Quedó probada la verdad
de sus palabras: "Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. ... Tengo
poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar." Entonces se
cumplió la profecía que había hecho a los sacerdotes y príncipes:
"Destruid este templo, y en tres días lo levantaré."*
Sobre la tumba abierta de José, Cristo
había proclamado triunfante: "Yo soy la resurrección y la vida."
Únicamente la Divinidad podía pronunciar estas palabras. Todos los seres
creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores
dependientes de la vida de Dios. Desde el más sublime serafín hasta el
ser animado mas humilde, todos son renovados por la Fuente de la vida.
Únicamente el que es uno con Dios podía decir: Tengo poder para poner mi
vida, y tengo poder para tornarla de nuevo. En su divinidad, Cristo
poseía el poder de quebrar las ligaduras de la muerte.
Cristo resucitó de entre los muertos como
primicia de aquellos que dormían. Estaba representado por la gavilla
agitada, y su resurrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla
era presentada delante del Señor. Durante más de mil años, se había
realizado esa ceremonia simbólica. Se juntaban las primeras espigas de
grano maduro de los campos de la mies, y cuando la gente subía a
Jerusalén para la Pascua, se agitaba la 730 gavilla de primicias como
ofrenda de agradecimiento delante de Jehová. No podía ponerse la hoz a
la mies para juntarla en gavillas antes que esa ofrenda fuese
presentada. La gavilla dedicada a Dios representaba la mies. Así también
Cristo, las primicias, representaba la gran mies espiritual que ha de
ser juntada para el reino de Dios. Su resurrección es símbolo y garantía
de la resurrección de todos los justos muertos. "Porque si creemos que
Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que
durmieron en Jesús."*
Al resucitar Cristo, sacó de la tumba una
multitud de cautivos. El terremoto ocurrido en ocasión de su muerte
había abierto sus tumbas, y cuando él resucitó salieron con él. Eran
aquellos que habían sido colaboradores con Dios y que, a costa de su
vida, habían dado testimonio de la verdad. Ahora iban a ser testigos de
Aquel que los había resucitado.
Durante su ministerio, Jesús había dado la
vida a algunos muertos. Había resucitado al hijo de la viuda de Naín, a
la hija del príncipe y a Lázaro. Pero éstos no fueron revestidos de
inmortalidad. Después de haber sido resucitados, estaban todavía
sujetos a la muerte. Pero los que salieron de la tumba en ocasión de la
resurrección de Cristo fueron resucitados para vida eterna. Ascendieron
con él como trofeos de su victoria sobre la muerte y el sepulcro. Estos,
dijo Cristo, no son ya cautivos de Satanás; los he redimido. Los he
traído de la tumba como primicias de mi poder, para que estén conmigo
donde yo esté y no vean nunca más la muerte ni experimenten dolor.
Estos entraron en la ciudad y aparecieron
a muchos declarando: Cristo ha resucitado de los muertos, y nosotros
hemos resucitado con él. Así fue inmortalizada la sagrada verdad de la
resurrección. Los santos resucitados atestiguaron la verdad de las
palabras: "Tus muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán."
Su resurrección ilustró el cumplimiento de la profecía: "¡Despertad y
cantad, moradores del polvo! porque tu rocío, cual rocío de hortalizas;
y la tierra echará los muertos."*
Para el creyente, Cristo es la
resurrección y la vida. En nuestro Salvador, la vida que se había
perdido por el pecado es restaurada; porque él tiene vida en sí mismo
para vivificar a quienes él quiera. Está investido con el derecho de dar
la 731 inmortalidad. La vida que él depuso en la humanidad, la vuelve a
tomar y la da a la humanidad. "Yo he venido -dijo- para que tengan
vida, y para que la tengan en abundancia." "El que bebiere del agua que
yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será
en él una fuente de agua que salte para vida eterna." "El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día
postrero."*
Para el creyente, la muerte es asunto
trivial. Cristo habla de ella como si fuera de poca importancia. "El que
guardaré mi palabra, no verá muerte para siempre," "no gustará muerte
para siempre." Para el cristiano, la muerte es tan sólo un sueño, un
momento de silencio y tinieblas. La vida está oculta con Cristo en Dios
y "cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros
también seréis manifestados con él en gloria."*
La voz que clamó desde la cruz: "Consumado
es," fue oída entre los muertos. Atravesó las paredes de los sepulcros y
ordenó a los que dormían que se levantasen. Así sucederá cuando la voz
de Cristo sea oída desde el cielo. Esa voz penetrará en las tumbas y
abrirá los sepulcros, y los muertos en Cristo resucitarán. En ocasión de
la resurrección de Cristo, unas pocas tumbas fueron abiertas; pero en su
segunda venida, todos los preciosos muertos oirán su voz y surgirán a
una vida gloriosa e inmortal. El mismo poder que resucitó a Cristo de
los muertos resucitará a su iglesia y la glorificará con él, por encima
de todos los principados y potestades, por encima de todo nombre que se
nombra, no solamente en este mundo, sino también en el mundo venidero.
CAPÍTULO 82
"¿Por qué Lloras?"
Las mujeres que habían estado al lado de
la cruz de Cristo esperaron velando que transcurriesen las horas del
sábado. El primer día de la semana,* muy temprano, se dirigieron a la
tumba llevando consigo especias preciosas para ungir el cuerpo del
Salvador. No pensaban que resucitaría. El sol de su esperanza e había
puesto, y había anochecido en sus corazones. Mientras andaban, relataban
las obras de misericordia de Cristo y sus palabras de consuelo. Pero no
recordaban sus palabras: "Otra vez os veré."*
Ignorando lo que estaba sucediendo se
acercaron al huerto diciendo mientras andaban: "¿Quién nos revolverá la
piedra de la puerta del sepulcro?" Sabían que no podrían mover la
piedra, pero seguían adelante. Y he aquí, los cielos resplandecieron de
repente con una gloria que no provenía del sol naciente. La tierra
tembló. Vieron que la gran piedra había sido apartada. El sepulcro
estaba vacío.
Las mujeres no habían venido todas a la
tumba desde la misma dirección. María Magdalena fue la primera en llegar
al lugar; y al ver que la piedra había sido sacada, se fue presurosa
para contarlo a los discípulos. Mientras tanto, llegaron las otras
mujeres. Una luz resplandecía en derredor de la turba, pero el cuerpo
de Jesús no estaba allí. Mientras se demoraban en el lugar, vieron de
repente que no estaban solas. Un joven vestido de ropas resplandecientes
estaba sentado al lado de la tumba. Era el ángel que había apartado la
piedra. Había tomado el disfraz de la humanidad, a fin de no alarmar a
estas personas que amaban a Jesús. Sin embargo, brillaba todavía en
derredor de él la gloria celestial, y las mujeres temieron. Se dieron
vuelta para huir, pero las palabras del ángel detuvieron sus pasos. "No
temáis vosotras --les dijo;-- porque yo sé que buscáis a Jesús, que fue
crucificado. No está aquí; porque ha resucitado, como dijo. Venid, ved
el lugar donde fue puesto 733 el Señor. E id presto, decid a sus
discípulos que ha resucitado de los muertos." Volvieron a mirar al
interior del sepulcro y volvieron a oír las nuevas maravillosas. Otro
ángel en forma humana estaba allí, y les dijo: "¿Por qué buscáis entre
los muertos al que vive? No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo
que os habló, cuando aun estaba en Galilea, diciendo: Es menester que el
Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea
crucificado, y resucite al tercer día."
¡Ha resucitado, ha resucitado! Las mujeres
repiten las palabras vez tras vez. Ya no necesitan las especias para
ungirle. El Salvador está vivo, y no muerto. Recuerdan ahora que cuando
hablaba de su muerte, les dijo que resucitaría. ¡Qué día es éste para
el mundo! Prestamente, las mujeres se apartaron del sepulcro y "con
temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos."
María no había oído las buenas noticias.
Ella fue a Pedro y a Juan con el triste mensaje: "Han llevado al Señor
del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto." Los discípulos se
apresuraron a ir a la tumba, y la encontraron como había dicho María.
Vieron los lienzos y el sudario, pero no hallaron a su Señor. Sin
embargo, había allí un testimonio de que había resucitado. Los lienzos
mortuorios no habían sido arrojados con negligencia a un lado, sino
cuidadosamente doblados, cada uno en un lugar adecuado. Juan "vio, y
creyó." No comprendía todavía la escritura que afirmaba que Cristo debía
resucitar de los muertos, pero recordó las palabras con que el Salvador
había predicho su resurrección.
Cristo mismo había colocado esos lienzos
mortuorios con tanto cuidado. Cuando el poderoso ángel bajó a la tumba,
se le unió otro, quien, con sus acompañantes, había estado guardando el
cuerpo del Señor. Cuando el ángel del cielo apartó la piedra, el otro
entró en la tumba y desató las envolturas que rodeaban el cuerpo de
Jesús. Pero fue la mano del Salvador la que dobló cada una de ellas y la
puso en su lugar. A la vista de Aquel que guía tanto a la estrella como
al átomo, no hay nada sin importancia. Se ven orden y perfección en toda
su obra.
María había seguido a Juan y a Pedro a la
tumba; cuando volvieron a Jerusalén, ella quedó. Mientras miraba al
interior 734 de la tumba vacía, el pesar llenaba su corazón. Mirando
hacia adentro, vio a los dos ángeles, el uno a la cabeza y el otro a los
pies de donde había yacido Jesús. "Mujer, ¿por qué lloras?" le
preguntaron. "Porque se han llevado a mi Señor --contestó ella,-- y no
sé dónde le han puesto."
Entonces ella se apartó, hasta de los
ángeles, pensando que debía encontrar a alguien que le dijese lo que
habían hecho con el cuerpo de Jesús. Otra voz se dirigió a ella: "Mujer,
¿por qué lloras? ¿a quién buscas?" A través de sus lágrimas, María vio
la forma de un hombre, y pensando que fuese el hortelano dijo: "Señor,
si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré." Si
creían que esta tumba de un rico era demasiado honrosa para servir de
sepultura para Jesús, ella misma proveería un lugar para él. Había una
tumba que la misma voz de Cristo había vaciado, la tumba donde Lázaro
había estado. ¿No podría encontrar allí un lugar de sepultura para su
Señor? Le parecía que cuidar de su precioso cuerpo crucificado sería un
gran consuelo para ella en su pesar.
Pero ahora, con su propia voz familiar,
Jesús le dijo: "¡María!" Entonces supo que no era un extraño el que se
dirigía a ella y, volviéndose, vio delante de sí al Cristo vivo. En su
gozo, se olvidó que había sido crucificado. Precipitándose hacia él,
como para abrazar sus pies, dijo: "¡Rabboni!" Pero Cristo alzó la mano
diciendo: No me detengas; "porque aun no he subido a mi Padre: mas ve a
mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a
vuestro Dios." Y María se fue a los discípulos con el gozoso mensaje.
Jesús se negó a recibir el homenaje de los
suyos hasta tener la seguridad de que su sacrificio era aceptado por el
Padre. Ascendió a los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la
seguridad de que su expiación por los pecados de los hombres había sido
amplia, de que por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre
ratificó el pacto hecho con Cristo, de que recibiría a los hombres
arrepentidos y obedientes y los amaría como a su Hijo. Cristo había de
completar su obra y cumplir su promesa de hacer "más precioso que el oro
fino al varón, y más que el oro de Ophir al hombre."* En cielo y tierra
toda potestad era dada al Príncipe de la vida, y él volvía a sus
seguidores en un mundo de pecado para darles su poder y gloria. 735
Mientras el Salvador estaba en la
presencia de Dios recibiendo dones para su iglesia, los discípulos
pensaban en su tumba vacía, se lamentaban y lloraban. Aquel día de
regocijo para todo el cielo era para los discípulos un día de
incertidumbre, confusión y perplejidad. Su falta de fe en el testimonio
de las mujeres da evidencia de cuánto había descendido su fe. Las nuevas
de la resurrección de Cristo eran tan diferentes de lo que ellos
esperaban que no las podían creer. Eran demasiado buenas para ser la
verdad, pensaban. Habían oído tanto de las doctrinas y llamadas teorías
científicas de los saduceos, que era vaga la impresión hecha en su mente
acerca de la resurrección. Apenas sabían lo que podía significar la
resurrección de los muertos. Eran incapaces de comprender ese gran tema.
"Id --dijeron los ángeles a las mujeres,--
decid a sus discípulos y a Pedro, que él va antes que vosotros a
Galilea: allí le veréis, como os dijo." Estos ángeles habían estado con
Cristo como ángeles custodios durante su vida en la tierra. Habían
presenciado su juicio y su crucifixión. Habían oído las palabras que él
dirigiera a sus discípulos. Lo demostraron por el mensaje que dieron a
los discípulos y que debiera haberlos convencido de su verdad. Estas
palabras podían provenir únicamente de los mensajeros de su Señor
resucitado.
"Decid a sus discípulos y a Pedro,"
dijeron los ángeles. Desde la muerte de Cristo, Pedro había estado
postrado por el remordimiento. Su vergonzosa negación del Señor y la
mirada de amor y angustia que le dirigiera el Salvador estaban siempre
delante de él. De todos los discípulos, él era el que había sufrido más
amargamente. A él fue dada la seguridad de que su arrepentimiento era
aceptado y perdonado su pecado. Se le mencionó por nombre.
"Decid a sus discípulos y a Pedro, que él
va antes que vosotros a Galilea: allí le veréis." Todos los discípulos
habían abandonado a Jesús, y la invitación a encontrarse con él vuelve a
incluirlos a todos. No los había desechado. Cuando María Magdalena les
dijo que había visto al Señor, repitió la invitación a encontrarle en
Galilea. Y por tercera vez, les fue enviado el mensaje. Después que hubo
ascendido al Padre, Jesús apareció a las otras mujeres diciendo: "Salve.
Y ellas se llegaron y abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús
les dice: No 736 temáis: id, dad las nuevas a mis hermanos, para que
vayan a Galilea, y allí me verán."
La primera obra que hizo Cristo en la
tierra después de su resurrección consistió en convencer a sus
discípulos de su no disminuido amor y tierna consideración por ellos.
Para probarles que era su Salvador vivo, que había roto las ligaduras de
la tumba y no podía ya ser retenido por el enemigo la muerte, para
revelarles que tenía el mismo corazón lleno de amor que cuando estaba
con ellos como su amado Maestro, les apareció vez tras vez. Quería
estrechar aun más en derredor de ellos los vínculos de su amor. Id,
decid a mis hermanos --dijo,-- que se encuentren conmigo en Galilea.
Al oír esta cita tan definida, los
discípulos empezaron a recordar las palabras con que Cristo les
predijera su resurrección. Pero aun así no se regocijaban. No podían
desechar su duda y perplejidad. Aun cuando las mujeres declararon que
habían visto al Señor, los discípulos no querían creerlo. Pensaban que
era pura ilusión.
Una dificultad parecía acumularse sobre
otra. El sexto día de la semana habían visto morir a su Maestro, el
primer día de la semana siguiente se encontraban privados de su cuerpo,
y se les acusaba de haberlo robado para engañar a la gente. Desesperaban
de poder corregir alguna vez las falsas impresiones que se estaban
formando contra ellos. Temían la enemistad de los sacerdotes y la ira
del pueblo. Anhelaban la presencia de Jesús, quien les había ayudado en
toda perplejidad.
Con frecuencia repetían las palabras:
"Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel."
Solitarios y con corazón abatido,
recordaban sus palabras: "Si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el
seco, qué se hará?"* Se reunieron en el aposento alto y, sabiendo que la
suerte de su amado Maestro podía ser la suya en cualquier momento,
cerraron y atrancaron las puertas.
Y todo el tiempo podrían haber estado
regocijándose en el conocimiento de un Salvador resucitado. En el
huerto, María había estado llorando cuando Jesús estaba cerca de ella.
Sus ojos estaban tan cegados por las lágrimas que no le conocieron. Y el
corazón de los discípulos estaba tan lleno de pesar que no creyeron el
mensaje de los ángeles ni las palabras de Cristo. 737
¡Cuántos están haciendo todavía lo que
hacían esos discípulos! ¡Cuántos repiten el desesperado clamor de María:
"Han llevado al Señor, . . . y no sabemos dónde le han puesto"! ¡A
cuántos podrían dirigirse las palabras del Salvador: "¿Por qué lloras?
¿a quién buscas?" Está al lado de ellos, pero sus ojos cegados por las
lágrimas no lo ven. Les habla, pero no lo entienden.
¡Ojalá que la cabeza inclinada pudiese
alzarse, que los ojos se abriesen para contemplarle, que los oídos
pudiesen escuchar su voz! "Id presto, decid a sus discípulos que ha
resucitado." Invitadlos a no mirar la tumba nueva de José, que fue
cerrada con una gran piedra y sellada con el sello romano. Cristo no
está allí. No miréis el sepulcro vacío. No lloréis como los que están
sin esperanza ni ayuda. Jesús vive, y porque vive, viviremos también.
Brote de los corazones agradecidos y de los labios tocados por el fuego
santo el alegre canto: ¡Cristo ha resucitado! Vive para interceder por
nosotros. Aceptad esta esperanza, y dará firmeza al alma como un ancla
segura y probada. Creed y veréis la gloria de Dios. 738
CAPÍTULO 83
El Viaje a Emaús
HACIA el atardecer del día de la
resurrección, dos de los discípulos se hallaban en camino a Emaús,
pequeña ciudad situada a unos doce kilómetros de Jerusalén. Estos
discípulos no habían tenido un lugar eminente en la obra de Cristo, pero
creían fervientemente en él. Habían venido a la ciudad para observar la
Pascua, y se habían quedado muy perplejos por los acontecimientos
recientes. Habían oído las nuevas de esa mañana, de que el cuerpo de
Cristo había sido sacado de la tumba, y también el informe de las
mujeres que habían visto a los ángeles y se habían encontrado con Jesús.
Volvían ahora a su casa para meditar y orar. Proseguían tristemente su
viaje vespertino, hablando de las escenas del juicio y de la
crucifixión. Nunca antes habían estado tan descorazonados. Sin esperanza
ni fe, caminaban en la sombra de la cruz.
No habían progresado mucho en su viaje
cuando se les unió un extraño, pero estaban tan absortos en su lobreguez
y desaliento, que no le observaron detenidamente. Continuaron su
conversación, expresando los pensamientos de su corazón. Razonaban
acerca de las lecciones que Cristo había dado, que no parecían poder
comprender. Mientras hablaban de los sucesos que habían ocurrido, Jesús
anhelaba consolarlos. Había visto su pesar; comprendía las ideas
contradictorias que, dejando a su mente perpleja, los hacían pensar:
¿Podía este hombre que se dejó humillar así ser el Cristo? Ya no podían
dominar su pesar y lloraban. Jesús sabía que el corazón de ellos estaba
vinculado con él por el amor, y anhelaba enjugar sus lágrimas y
llenarlos de gozo y alegría. Pero primero debía darles lecciones que
nunca olvidaran.
"Y díjoles: ¿Qué pláticas son éstas que
tratáis entre vosotros andando, y estáis tristes? Y respondiendo el uno,
que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Tú sólo peregrino eres en Jerusalem, y
no has sabido las cosas que en ella han acontecido estos 739 días?"
Ellos le hablaron del desencanto que habían sufrido respecto de su
Maestro, "el cual fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra
delante de Dios y de todo el pueblo;" pero "los príncipes de los
sacerdotes y nuestros príncipes," dijeron, le entregaron "a condenación
de muerte, y le crucificaron." Con corazón apesadumbrado y labios
temblorosos, añadieron: "Mas nosotros esperábamos que él era el que
había de redimir a Israel: y ahora sobre todo esto, hoy es el tercer día
que esto ha acontecido."
Era extraño que los discípulos no
recordasen las palabras de Cristo, ni comprendiesen que él había
predicho los acontecimientos que iban a suceder. No comprendían que tan
exactamente coma la primera parte de su revelación, se iba a cumplir la
última, de que al tercer día resucitaría. Esta era la parte que debieran
haber recordado. Los sacerdotes y príncipes no la habían olvidado.
El día "después de la preparación, se
juntaron los príncipes de los sacerdotes y los Fariseos a Pilato,
diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún:
Después de tres días resucitaré."* Pero los discípulos no recordaban
estas palabras.
"Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y
tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era
necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su
gloria?" Los discípulos se preguntaban quién podía ser este extraño, que
penetraba así hasta su misma alma, hablaba con tanto fervor, ternura y
simpatía y alentaba tanta esperanza. Por primera vez desde la entrega de
Cristo, empezaron a sentirse esperanzados. Con frecuencia miraban
fervientemente a su compañero, y pensaban que sus palabras eran
exactamente las que Cristo habría hablado. Estaban llenos de asombro y
su corazón palpitaba de gozosa expectativa.
Empezando con Moisés, alfa de la historia
bíblica, Cristo expuso en todas las Escrituras las cosas concernientes a
él. Si se hubiese dado a conocer primero, el corazón de ellos habría
quedado satisfecho. En la plenitud de su gozo, no habrían deseado más.
Pero era necesario que comprendiesen el testimonio que le daban los
símbolos y las profecías del Antiguo Testamento. Su fe debía
establecerse sobre éstas. Cristo no realizó ningún milagro para
convencerlos, sino que su primera 740 obra consistió en explicar las
Escrituras. Ellos habían considerado su muerte como la destrucción de
todas sus esperanzas. Ahora les demostró por los profetas que era la
evidencia más categórica para su fe.
Al enseñar a estos discípulos, Jesús
demostró la importancia del Antiguo Testamento como testimonio de su
misión. Muchos de los que profesan ser cristianos ahora, descartan el
Antiguo Testamento y aseveran que ya no tiene utilidad. Pero tal no fue
la enseñanza de Cristo. Tan altamente lo apreciaba que en una
oportunidad dijo: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se
persuadirán, si alguno se levantare de los muertos."*
Es la voz de Cristo que habla por los
patriarcas y los profetas, desde los días de Adán hasta las escenas
finales del tiempo. El Salvador se revela en el Antiguo Testamento tan
claramente como en el Nuevo. Es la luz del pasado profético lo que
presenta la vida de Cristo y las enseñanzas del Nuevo Testamento con
claridad y belleza. Los milagros de Cristo son una prueba de su
divinidad; pero una prueba aun más categórica de que él es el Redentor
del mundo se halla al comparar las profecías del Antiguo Testamento con
la historia del Nuevo.
Razonando sobre la base de la profecía,
Cristo dio a sus discípulos una idea correcta de lo que había de ser en
la humanidad. Su expectativa de un Mesías que había de asumir el trono y
el poder real de acuerdo con los deseos de los hombres, había sido
engañosa. Les había impedido comprender correctamente su descenso de la
posición más sublime a la más humilde que pudiese ocupar. Cristo deseaba
que las ideas de sus discípulos fuesen puras y veraces en toda
especificación. Debían comprender, en la medida de lo posible, la copa
de sufrimiento que le había sido dada. Les demostró que el terrible
conflicto que todavía no podían comprender era el cumplimiento del pacto
hecho antes de la fundación del mundo. Cristo debía morir, como todo
transgresor de la ley debe morir si continúa en el pecado. Todo esto
había de suceder, pero no terminaba en derrota, sino en una victoria
gloriosa y eterna. Jesús les dijo que debía hacerse todo esfuerzo
posible para salvar al mundo del pecado. Sus seguidores deberían vivir
como él había vivido y obrar como él había obrado, esforzándose y
perseverando. 741
Así discurrió Cristo con sus discípulos,
abriendo su entendimiento para que comprendiesen las Escrituras. Los
discípulos estaban cansados, pero la conversación no decaía. De los
labios del Salvador brotaban palabras de vida y seguridad. Pero los
ojos de ellos estaban velados. Mientras él les hablaba de la destrucción
de Jerusalén, miraron con llanto la ciudad condenada. Pero poco
sospechaban quién era su compañero de viaje. No pensaban que el objeto
de su conversación estaba andando a su lado; porque Cristo se refería a
si mismo como si fuese otra persona. Pensaban que era alguno de aquellos
que habían asistido a la gran fiesta y volvía ahora a su casa. Andaba
tan cuidadosamente como ellos sobre las toscas piedras, deteniéndose de
vez en cuando para descansar un poco. Así prosiguieron por el camino
montañoso, mientras andaba a su lado Aquel que habría de asumir pronto
su puesto a la diestra de Dios y podía decir: "Toda potestad me es dada
en el cielo y en la tierra."*
Durante el viaje, el sol se había puesto,
y antes que los viajeros llegasen a su lugar de descanso los labradores
de los campos habían dejado su trabajo. Cuando los discípulos estaban
por entrar en casa, el extraño pareció querer continuar su viaje. Pero
los discípulos se sentían atraídos a él. En su alma tenían hambre de oír
más de él. "Quédate con nosotros," dijeron. Como no parecía aceptar la
invitación, insistieron diciendo: "Se hace tarde, y el día ya ha
declinado." Cristo accedió a este ruego y "entró pues a estarse con
ellos."
Si los discípulos no hubiesen insistido en
su invitación, no habrían sabido que su compañero de viaje era el Señor
resucitado. Cristo no impone nunca su compañía a nadie. Se interesa en
aquellos que le necesitan. Gustosamente entrará en el hogar más humilde
y alegrará el corazón más sencillo. Pero si los hombres son demasiado
indiferentes para pensar en el Huésped celestial o pedirle que more con
ellos, pasa de largo. Así muchos sufren grave pérdida. No conocen a
Cristo más de lo que le conocieron los discípulos mientras andaban con
él en el camino.
Pronto estuvo preparada la sencilla cena
de pan. Fue colocada delante del huésped, que había tomado su asiento a
la cabecera de la mesa. Entonces alzó las manos para bendecir el 742
alimento. Los discípulos retrocedieron asombrados. Su compañero extendía
las manos exactamente como solía hacerlo su Maestro. Vuelven a mirar, y
he aquí que ven en sus manos los rastros de los clavos. Ambos exclaman a
la vez: ¡Es el Señor Jesús! ¡Ha resucitado de los muertos!
Se levantan para echarse a sus pies y
adorarle, pero ha desaparecido de su vista. Miran el lugar que ocupara
Aquel cuyo cuerpo había estado últimamente en la tumba y se dicen uno al
otro: "¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el
camino, y cuando nos abría las Escrituras?"
Pero teniendo esta gran nueva que
comunicar, no pueden permanecer sentados conversando. Han desaparecido
su cansancio y su hambre. Dejan sin probar su cena, y llenos de gozo
vuelven a tomar la misma senda por la cual vinieron, apresurándose para
ir a contar las nuevas a los discípulos que están en la ciudad. En
algunos lugares, el camino no es seguro, pero trepan por los lugares
escabrosos y resbalan por las rocas lisas. No ven ni saben que tienen la
protección de Aquel que recorrió el camino con ellos. Con su bordón de
peregrino en la mano, se apresuran deseando ir más ligero de lo que se
atreven. Pierden la senda, pero la vuelven a hallar. A veces corriendo,
a veces tropezando, siguen adelante, con su compañero invisible al lado
de ellos todo el camino.
La noche es obscura, pero el Sol de
justicia resplandece sobre ellos. Su corazón salta de gozo.
Parecen estar en un nuevo mundo. Cristo es
un Salvador vivo. Ya no le lloran como muerto. Cristo ha resucitado,
repiten vez tras vez. Tal es el mensaje que llevan a los entristecidos
discípulos.
Deben contarles la maravillosa historia
del viaje a Emaús. Deben decirles quién se les unió en el camino. Llevan
el mayor mensaje que fuera jamás dado al mundo, un mensaje de alegres
nuevas, de las cuales dependen las esperanzas de la familia humana para
este tiempo y para la eternidad.
CAPÍTULO 84
"Paz a Vosotros"
AL LLEGAR a Jerusalén, los dos discípulos
entraron por la puerta oriental, que permanecía abierta de noche durante
las fiestas. Las casas estaban obscuras y silenciosas, pero los viajeros
siguieron su camino por las calles estrechas a la luz de la luna
naciente. Fueron al aposento alto, donde Jesús había pasado las primeras
horas de la última noche antes de su muerte. Sabían que allí habían de
encontrar a sus hermanos. Aunque era tarde, sabían que los discípulos no
dormirían antes de saber con seguridad qué había sido del cuerpo de su
Señor. Encontraron la puerta del aposento atrancada seguramente.
Llamaron para que se los admitiese, pero sin recibir respuesta.
Todo estaba en silencio. Entonces dieron
sus nombres. La puerta se abrió cautelosamente; ellos entraron y Otro,
invisible, entró con ellos. Luego la puerta se volvió a cerrar, para
impedir la entrada de espías.
Los viajeros encontraron a todos
sorprendidos y excitados. Las voces de los que estaban en la pieza
estallaron en agradecimiento y alabanza diciendo: "Ha resucitado el
Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón." Entonces los dos
viajeros, jadeantes aún por la prisa con que habían realizado su viaje,
contaron la historia maravillosa de cómo Jesús se les apareció. Apenas
acabado su relato, y mientras algunos decían que no lo podían creer
porque era demasiado bueno para ser la verdad, he aquí que vieron otra
persona delante de sí. Todos los ojos se fijaron en el extraño. Nadie
había llamado para pedir entrada. Ninguna pisada se había dejado oír.
Los discípulos, sorprendidos, se preguntaron lo que esto significaba.
Oyeron entonces una voz que no era otra que la de su Maestro. Claras
fueron las palabras de sus labios: "Paz a vosotros."
"Entonces ellos espantados y asombrados,
pensaban que veían espíritu. Mas él les dice: ¿Por qué estáis turbados y
suben pensamientos a vuestros corazones ? Mirad mis manos y 744 mis
pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni
huesos, como veis que yo tengo. Y en diciendo esto, les mostró las manos
y los pies."
Contemplaron ellos las manos y los pies
heridos por los crueles clavos. Reconocieron su voz, que era como
ninguna otra que hubiesen oído. "Y no creyéndolo aún ellos de gozo, y
maravillados, díjoles ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces ellos le
presentaron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él tomó, y
comió delante de ellos." "Y los discípulos se gozaron viendo al Señor."
La fe y el gozo reemplazaron a la incredulidad, y con sentimientos que
no podían expresarse en palabras, reconocieron a su resucitado Salvador.
En ocasión del nacimiento de Jesús, el
ángel anunció: Paz en la tierra, y buena voluntad para con los hombres.
Y ahora, en la primera aparición a sus discípulos después de su
resurrección, el Salvador se dirigió a ellos con las bienaventuradas
palabras: "Paz a vosotros." Jesús está siempre listo para impartir paz a
las almas que están cargadas de dudas y temores. Espera que nosotros le
abramos la puerta del corazón y le digamos: Mora con nosotros. Dice: "He
aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la
puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo."*
La resurrección de Cristo fue una figura
de la resurrección final de todos los que duermen en él. El semblante
del Salvador resucitado, sus modales y su habla eran familiares para sus
discípulos.
Así como Jesús resucitó de los muertos,
han de resucitar los que duermen en él. Conoceremos a nuestros amigos
como los discípulos conocieron a Jesús. Pueden haber estado deformados,
enfermos o desfigurados en esta vida mortal, y levantarse con perfecta
salud y simetría; sin embargo, en el cuerpo glorificado su identidad
será perfectamente conservada. Entonces conoceremos así como somos
conocidos. 2 En la luz radiante que resplandecerá del rostro de Jesús,
reconoceremos los rasgos de aquellos a quienes amamos.
Cuando Jesús se encontró con sus
discípulos les recordó lo que les había dicho antes de su muerte, a
saber, que debían cumplirse todas las cosas que estaban escritas acerca
de él en la ley de Moisés, en los profetas y los salmos. "Entonces les
abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras; y díjoles: Así
745 está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y
resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre
el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones
comenzando de Jerusalem. Y vosotros sois testigos de estas cosas."
Los discípulos empezaron a comprender la
naturaleza y extensión de su obra. Habían de proclamar al mundo las
verdades admirables que Cristo les había confiado. Los acontecimientos
de su vida, su muerte y resurrección, las profecías que indicaban estos
sucesos, el carácter sagrado de la ley de Dios, los misterios del plan
de la salvación, el poder de Jesús para remitir los pecados, de todo
esto debían ser testigos y darlo a conocer al mundo. Debían proclamar el
Evangelio de paz y salvación por el arrepentimiento y el poder del
Salvador.
"Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles:
Tomad el Espíritu Santo: a los que remitiereis los pecados, les son
remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos." El Espíritu
Santo no se había manifestado todavía plenamente; porque Cristo no había
sido glorificado todavía. El impartimiento más abundante del Espíritu no
sucedió hasta después de la ascensión de Cristo.
Mientras no lo recibiesen, no podían los
discípulos cumplir la comisión de predicar el Evangelio al mundo. Pero
en ese momento el Espíritu les fue dado con un propósito especial. Antes
que los discípulos pudiesen cumplir sus deberes oficiales en relación
con la iglesia, Cristo sopló su Espíritu sobre ellos. Les confiaba un
cometido muy sagrado y quería hacerles entender que sin el Espíritu
Santo esta obra no podía hacerse.
El Espíritu Santo es el aliento de la vida
espiritual. El impartimiento del Espíritu es el impartimiento de la vida
de Cristo. Comunica al que lo recibe los atributos de Cristo. Únicamente
aquellos que han sido así enseñados de Dios, los que experimentan la
operación interna del Espíritu y en cuya vida se manifiesta la vida de
Cristo, han de destacarse como hombres representativos, que ministren en
favor de la iglesia.
"A los que remitiereis los pecados --dijo
Cristo,-- les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán
retenidos." Cristo no da aquí a nadie libertad para juzgar a los demás.
En el sermón del monte, lo prohibió. Es prerrogativa de Dios. Pero
coloca sobre la iglesia organizada una responsabilidad por sus 746
miembros individuales. La iglesia tiene el deber de amonestar, instruir
y si es posible restaurar a aquellos que caigan en el pecado.
"Redarguye, reprende, exhorta --dice el Señor,-- con toda paciencia y
doctrina."* Obrad fielmente con los que hacen mal. Amonestad a toda alma
que está en peligro. No dejéis que nadie se engañe. Llamad al pecado por
su nombre. Declarad lo que Dios ha dicho respecto de la mentira, la
violación del sábado, el robo, la idolatría y todo otro mal: "Los que
hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios."* Si persisten en el
pecado, el juicio que habéis declarado por la Palabra de Dios es
pronunciado sobre ellos en el cielo. Al elegir pecar, niegan a Cristo;
la iglesia debe mostrar que no sanciona sus acciones, o ella misma
deshonra a su Señor. Debe decir acerca del pecado lo que Dios dice de
él. Debe tratar con él como Dios lo indica, y su acción queda ratificada
en el cielo. El que desprecia la autoridad de la iglesia desprecia la
autoridad de Cristo mismo.
Pero el cuadro tiene un aspecto más
halagüeño. "A los que remitiereis los pecados, les son remitidos." Dad
el mayor relieve a este pensamiento. Al trabajar por los que yerran,
dirigid todo ojo a Cristo. Tengan los pastores tierno cuidado por el
rebaño de la dehesa del Señor. Hablen a los que yerran de la
misericordia perdonadora del Salvador. Alienten al pecador a
arrepentirse y a creer en Aquel que puede perdonarle. Declaren, sobre la
autoridad de la Palabra de Dios: "Si confesamos nuestros pecados, él es
fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda
maldad."* A todos los que se arrepienten se les asegura: "El tendrá
misericordia de nosotros; él sujetará nuestras iniquidades, y echará en
los profundos de la mar todos nuestros pecados."*
Sea el arrepentimiento del pecador
aceptado por la iglesia con corazón agradecido. Condúzcase al
arrepentido de las tinieblas de la incredulidad a la luz de la fe y de
la justicia. Colóquese su mano temblorosa en la mano amante de Jesús.
Una remisión tal es ratificada en el cielo.
Únicamente en este sentido tiene la
iglesia poder para absolver al pecador. La remisión de los pecados puede
obtenerse únicamente por los méritos de Cristo. A ningún hombre, a
ningún cuerpo de hombres, es dado el poder de librar al alma 747 de la
culpabilidad. Cristo encargó a sus discípulos que predicasen la remisión
de pecados en su nombre entre todas las naciones; pero ellos mismos no
fueron dotados de poder para quitar una sola mancha de pecado. El nombre
de Jesús es el único nombre "debajo del cielo, dado a los hombres, en
que podamos ser salvos."*
Cuando Cristo se encontró por primera vez
con los discípulos en el aposento alto, Tomás no estaba con ellos. Oyó
el informe de los demás y recibió abundantes pruebas de que Jesús había
resucitado; pero la lobreguez y la incredulidad llenaban su alma. El oír
a los discípulos hablar de las maravillosas manifestaciones del Salvador
resucitado no hizo sino sumirlo en más profunda desesperación. Si Jesús
hubiese resucitado realmente de los muertos no podía haber entonces otra
esperanza de un reino terrenal. Y hería su vanidad el pensar que su
Maestro se revelase a todos los discípulos excepto a él. Estaba resuelto
a no creer, y por una semana entera reflexionó en su condición, que le
parecía tanto más obscura en contraste con la esperanza y la fe de sus
hermanos.
Durante ese tiempo, declaró repetidas
veces: "Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi
dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no
creeré." No quería ver por los ojos de sus hermanos, ni ejercer fe por
su testimonio. Amaba ardientemente a su Señor, pero permitía que los
celos y la incredulidad dominasen su mente y corazón.
Unos cuantos de los discípulos hicieron
entonces del familiar aposento alto su morada temporal, y a la noche se
reunían todos excepto Tomás. Una noche, Tomás resolvió reunirse con los
demás. A pesar de su incredulidad, tenía una débil esperanza de que
fuese verdad la buena nueva. Mientras los discípulos estaban cenando,
hablaban de las evidencias que Cristo les había dado en las profecías.
Entonces "vino Jesús, las puertas cerradas, y púsose en medio, y dijo:
Paz a vosotros."
Volviéndose hacia Tomás dijo: "Mete tu
dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado:
y no seas incrédulo, sino fiel." Estas palabras demostraban que él
conocía los pensamientos y las palabras de Tomás. El discípulo acosado
por la duda sabía que ninguno de sus compañeros había visto a Jesús
desde hacía una semana. No podían haber 748 hablado de su incredulidad
al Maestro. Reconoció como su Señor al que tenía delante de sí. No
deseaba otra prueba. Su corazón palpitó de gozo, y se echó a los pies de
Jesús clamando: "¡Señor mío, y Dios mío!"
Jesús aceptó este reconocimiento, pero
reprendió suavemente su incredulidad: "Porque me has visto, Tomás,
creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron." La fe de Tomás
habría sido más grata a Cristo si hubiese estado dispuesto a creer por
el testimonio de sus hermanos. Si el mundo siguiese ahora el ejemplo de
Tomás, nadie creería en la salvación; porque todos los que reciben a
Cristo deben hacerlo por el testimonio de otros.
Muchos aficionados a la duda se disculpan
diciendo que si tuviesen las pruebas que Tomás recibió de sus
compañeros, creerían. No comprenden que no solamente tienen esa prueba,
sino mucho más. Muchos que, como Tomás, esperan que sea suprimida toda
causa de duda, no realizarán nunca su deseo. Quedan gradualmente
confirmados en la incredulidad. Los que se acostumbran a mirar el lado
sombrío, a murmurar y quejarse, no saben lo que hacen. Están sembrando
las semillas de la duda, y segarán una cosecha de duda. En un tiempo en
que la fe y la confianza son muy esenciales, muchos se hallarán así
incapaces de esperar y creer.
En el trato que concedió a Tomás, Jesús
dio una lección para sus seguidores. Su ejemplo demuestra cómo debemos
tratar a aquellos cuya fe es débil y que dan realce a sus dudas. Jesús
no abrumó a Tomás con reproches ni entró en controversia con él. Se
reveló al que dudaba. Tomás había sido irrazonable al dictar las
condiciones de su fe, pero Jesús, por su amor y consideración generosa,
quebrantó todas las barreras. La incredulidad queda rara vez vencida por
la controversia. Se pone más bien en guardia y halla nuevo apoyo y
excusa. Pero revélese a Jesús en su amor y misericordia como el Salvador
crucificado, y de muchos labios antes indiferentes se oirá el
reconocimiento de Tomás: "¡Señor mío, y Dios mío!" 749
CAPÍTULO 85
De Nuevo a
Orillas del Mar
JESÚS había citado a sus discípulos a una
reunión con él en Galilea; y poco después que terminara la semana de
Pascua, ellos dirigieron sus pasos hacia allá. Su ausencia de Jerusalén
durante la fiesta habría sido interpretada como desafecto y herejía, por
lo cual permanecieron hasta el fin; pero una vez terminada esa fiesta,
se dirigieron gozosamente hacia su casa para encontrarse con el
Salvador, según él se lo había indicado.
Siete de los discípulos estaban juntos.
Iban vestidos con el humilde atavío de los pescadores; eran pobres en
bienes de este mundo, pero ricos en el conocimiento y la práctica de la
verdad, lo cual a la vista del Cielo les daba el más alto puesto como
maestros. No habían estudiado en las escuelas de los profetas, pero
durante tres años habían sido enseñados por el mayor educador que el
mundo hubiese conocido. Bajo su instrucción habían llegado a ser agentes
elevados, inteligentes y refinados, capaces de conducir a los hombres al
conocimiento de la verdad.
Gran parte del ministerio de Cristo había
transcurrido cerca del mar de Galilea. Al reunirse los discípulos en un
lugar donde no era probable que se los perturbase, se encontraron
rodeados por los recuerdos de Jesús y de sus obras poderosas. Sobre este
mar, donde su corazón se había llenado una vez de terror y la fiera
tempestad parecía a punto de lanzarlos a la muerte, Jesús había caminado
sobre las ondas para ir a rescatarlos. Allí la tempestad había sido
calmada por su palabra. A su vista estaba la playa donde más de diez mil
personas habían sido alimentadas con algunos pocos panes y pececillos.
No lejos de allí estaba Capernaúm, escenario de tantos milagros.
Mientras los discípulos miraban la escena, embargaban su espíritu los
recuerdos de las palabras y acciones de su Salvador.
La noche era agradable, y Pedro, que
todavía amaba mucho sus botes y la pesca, propuso salir al mar y echar
sus redes. 750 Todos acordaron participar en este plan; necesitaban el
alimento y las ropas que la pesca de una noche de éxito podría
proporcionarles. Así que salieron en su barco, pero no prendieron nada.
Trabajaron toda la noche sin éxito.
Durante las largas horas, hablaron de su Señor ausente y recordaron las
escenas maravillosas que habían presenciado durante su ministerio a
orillas del mar. Se hacían preguntas en cuanto a su propio futuro, y se
entristecían al contemplar la perspectiva que se les presentaba.
Mientras tanto un observador solitario,
invisible, los seguía con los ojos desde la orilla. Al fin, amaneció. El
barco estaba cerca de la orilla, y los discípulos vieron de pie sobre la
playa a un extraño que los recibió con la pregunta: "Mozos, ¿tenéis algo
de comer?" Cuando contestaron: "No," "él les dice: Echad la red a la
mano derecha del barco, y hallaréis. Entonces la echaron, y no la podían
en ninguna manera sacar, por la multitud de peces."
Juan reconoció al extraño, y le dijo a
Pedro: "El Señor es." Pedro se regocijó de tal manera que en su
apresuramiento se echó al agua y pronto estuvo al lado de su Maestro.
Los otros discípulos vinieron en el barco arrastrando la red llena de
peces. "Y como descendieron a tierra, vieron ascuas puestas, y un pez
encima de ellas, y pan."
Estaban demasiado asombrados para
preguntar de dónde venían el fuego y la comida. "Díceles Jesús: Traed de
los peces que cogisteis ahora." Pedro corrió hacia la red, que él había
echado y ayudado a sus hermanos a arrastrar hacia la orilla. Después de
terminado el trabajo y hechos los preparativos, Jesús invitó a los
discípulos a venir y comer. Partió el alimento y lo dividió entre ellos,
y fue conocido y reconocido por los siete. Recordaron entonces el
milagro de cómo habían sido alimentadas las cinco mil personas en la
ladera del monte; pero los dominaba una misteriosa reverencia, y en
silencio miraban al Salvador resucitado.
Vívidamente recordaban la escena ocurrida
al lado del mar cuando Jesús les había ordenado que le siguieran.
Recordaban cómo, a su orden, se habían dirigido mar adentro, habían
echado la red y habían prendido tantos peces que la llenaban hasta el
punto de romperla. Entonces Jesús los había invitado 751 a dejar sus
barcos y había prometido hacerlos pescadores de hombres. Con el fin de
hacerles recordar esta escena y profundizar su impresión había realizado
de nuevo este milagro. Su acto era una renovación del encargo hecho a
los discípulos. Demostraba que la muerte de su Maestro no había
disminuido su obligación de hacer la obra que les había asignado. Aunque
habían de quedar privados de su compañía personal y de los medios de
sostén que les proporcionara su empleo anterior, el Salvador resucitado
seguiría cuidando de ellos. Mientras estuviesen haciendo su obra,
proveería a sus necesidades. Y Jesús tenía un propósito al invitarlos a
echar la red hacia la derecha del barco. De ese lado estaba él, en la
orilla. Era el lado de la fe. Si ellos trabajaban en relación con él y
se combinaba su poder divino con el esfuerzo humano, no podrían
fracasar.
Cristo tenía otra lección que dar,
especialmente relacionada con Pedro. La forma en que Pedro había negado
a su Maestro había ofrecido un vergonzoso contraste con sus anteriores
profesiones de lealtad. Había deshonrado a Cristo e incurrido en la
desconfianza de sus hermanos. Ellos pensaban que no se le debía permitir
asumir su posición anterior entre ellos, y él mismo sentía que había
perdido su confianza. Antes de ser llamado a asumir de nuevo su obra
apostólica, debía dar delante de todos ellos pruebas de su
arrepentimiento. Sin esto, su pecado, aunque se hubiese arrepentido de
él, podría destruir su influencia como ministro de Cristo. El Salvador
le dio oportunidad de recobrar la confianza de sus hermanos y, en la
medida de lo posible, eliminar el oprobio que había atraído sobre el
Evangelio.
En esto es dada una lección para todos los
que siguen a Cristo. El Evangelio no transige con el mal. No puede
disculpar el pecado. Los pecados secretos han de ser confesados en
secreto a Dios. Pero el pecado abierto requiere una confesión abierta.
El oprobio que ocasiona el pecado del discípulo recae sobre Cristo. Hace
triunfar a Satanás, y tropezar a las almas vacilantes. El discípulo
debe, hasta donde esté a su alcance, eliminar ese oprobio dando prueba
de su arrepentimiento.
Mientras Cristo y los discípulos estaban
comiendo juntos a orillas del mar, el Salvador dijo a Pedro,
refiriéndose a sus hermanos: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que
éstos?" 752 Pedro había declarado una vez: "Aunque todos sean
escandalizados en ti, yo nunca seré escandalizado."* Pero ahora supo
estimarse con más verdad. "Sí, Señor --dijo:-- tú sabes que te amo." No
aseguró vehementemente que su amor fuese mayor que el de sus hermanos.
No expresó su propia opinión acerca de su devoción. Apeló a Aquel que
puede leer todos los motivos del corazón, para que juzgase de su
sinceridad: "Tú sabes que te amo." Y Jesús le ordeno:
"Apacienta mis corderos."
Nuevamente Jesús probó a Pedro, repitiendo
sus palabras anteriores: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?" Esta vez no
preguntó a Pedro si le amaba más que sus hermanos. La segunda respuesta
fue como la primera, libre de seguridad extravagante: "Sí, Señor: tú
sabes que te amo." Y Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas." Una vez más
el Salvador le dirige la pregunta escrutadora: "Simón, hijo de Jonás,
¿me amas?" Pedro se entristeció; pensó que Jesús dudaba de su amor.
Sabía que su Maestro tenía motivos para desconfiar de él, y con corazón
dolorido contestó: "Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te
amo." Y Jesús volvió a decirle: "Apacienta mis ovejas."
Tres veces había negado Pedro abiertamente
a su Señor, y tres veces Jesús obtuvo de él la seguridad de su amor y
lealtad, haciendo penetrar en su corazón esta aguda pregunta, como una
saeta armada de púas que penetrase en su herido corazón. Delante de los
discípulos congregados, Jesús reveló la profundidad del arrepentimiento
de Pedro, y demostró cuán cabalmente humillado se hallaba el discípulo
una vez jactancioso.
Pedro era naturalmente audaz e impulsivo,
y Satanás se había valido de estas características para vencerle.
Precisamente antes de la caída de Pedro, Jesús le había dicho: "Satanás
os ha pedido para zarandaros como a trigo; mas yo he rogado por ti que
tu fe no falte: y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos."* Había
llegado ese momento, y era evidente la transformación realizada en
Pedro. Las preguntas tan apremiantes por las cuales el Señor le había
probado, no habían arrancado una sola respuesta impetuosa o vanidosa; y
a causa de su humillación y arrepentimiento, Pedro estaba mejor
preparado que nunca antes para actuar como pastor del rebaño.
La primera obra que Cristo confió a Pedro
al restaurarle en 753 su ministerio consistía en apacentar a los
corderos. Era una obra en la cual Pedro tenía poca experiencia. Iba a
requerir gran cuidado y ternura, mucha paciencia y perseverancia. Le
llamaba a ministrar a aquellos que fuesen jóvenes en la fe, a enseñar a
los ignorantes, a presentarles las Escrituras y educar los para ser
útiles en el servicio de Cristo. Hasta entonces Pedro no había sido
apto para hacer es |