El viaje final

Para el 18 de Junio del 2005

Lección 12

 

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 El Deseado de todas las Gentes

 

CAPÍTULO 75

Ante Annás y Caifás

LLEVARON apresuradamente a Jesús al otro lado del arroyo Cedrón, más allá de los huertos y olivares, y a través de las silenciosas calles de la ciudad dormida.  Era más de medianoche, y los clamores de la turba aullante que le seguía rasgaban bruscamente el silencio nocturno.  El Salvador iba atado y cuidadosamente custodiado, y se movía penosamente.  Pero con apresuramiento, sus apresadores se dirigieron con él al palacio de Annás, el ex sumo sacerdote.

Annás era cabeza de la familia sacerdotal en ejercicio, y por deferencia a su edad, el pueblo lo reconocía como sumo sacerdote.  Se buscaban y ejecutaban sus consejos como voz de Dios.  A él debía ser presentado primero Jesús como cautivo del poder sacerdotal.  El debía estar presente al ser examinado el preso, por temor a que Caifás, hombre de menos experiencia, no lograse el objeto que buscaban. En esta ocasión, había que valerse de la arteria y sutileza de Annás, porque había que obtener sin falta la condenación de Jesús.

Cristo iba a ser juzgado formalmente ante el Sanedrín; pero se le sometió a un juicio preliminar delante de Annás.  Bajo el gobierno romano, el Sanedrín no podía ejecutar la sentencia de muerte.  Podía tan sólo examinar a un preso y dar su fallo, que debía ser ratificado por las autoridades romanas.  Era, pues, necesario presentar contra Cristo acusaciones que fuesen consideradas como criminales por los romanos.  También debía hallarse una acusación que le condenase ante los judíos.  No pocos de entre los sacerdotes y gobernantes habían sido convencidos por la enseñanza de Cristo, y sólo el temor de la excomunión les impedía confesarle.  Los sacerdotes se acordaban muy bien de la pregunta que había hecho Nicodemo: "¿Juzga nuestra ley a hombre, si primero no oyere de él, y entendiera lo que ha hecho?"*  Esta pregunta había producido momentáneamente la disolución del concilio y estorbado sus planes. 648

Esta vez no se iba a convocar a José de Arimatea ni a Nicodemo, pero había otros que podrían atreverse a hablar en favor de la justicia.  El juicio debía conducirse de manera que uniese a los miembros del Sanedrín contra Cristo.  Había dos acusaciones que los sacerdotes deseaban mantener.  Si se podía probar que Jesús había blasfemado, sería condenado por los judíos.  Si se le convencía de sedición, esto aseguraría su condena por los romanos.  Annás trató primero de establecer la segunda acusación.  Interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y sus doctrinas, esperando que el preso diese algo que le proporcionara material con que actuar.  Pensaba arrancarle alguna declaración que probase que estaba tratando de crear una sociedad secreta con el propósito de establecer un nuevo reino.  Entonces los sacerdotes le entregarían a los romanos como perturbador de la paz y fautor de insurrección.

Cristo leía el propósito del sacerdote como un libro abierto.  Como si discerniese el más íntimo pensamiento de su interrogador, negó que hubiese entre él y sus seguidores vínculo secreto alguno, o que los hubiese reunido furtivamente y en las tinieblas para ocultar sus designios.  No tenía secretos con respecto a sus propósitos o doctrinas.  "Yo manifiestamente he hablado al mundo --contestó:--  yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se juntan todos los judíos, y nada he hablado en oculto."

El Salvador puso en contraste su propia manera de obrar con los métodos de sus acusadores.  Durante meses le habían estado persiguiendo, procurando entramparle y emplazarle ante un tribunal secreto, donde mediante el perjurio pudiesen obtener lo que les era imposible conseguir por medios justos.  Ahora estaban llevando a cabo su propósito, El arresto a medianoche por una turba, las burlas y los ultrajes que se le infligieron antes que fuese condenado, o siquiera acusado, eran la manera de actuar de ellos, y no de él.  Su acción era una violación de la ley.  Sus propios reglamentos declaraban que todo hombre debía ser tratado como inocente hasta que su culpabilidad fuese probada.  Por sus propios reglamentos, los sacerdotes estaban condenados.

Volviéndose hacia su examinador, Jesús dijo: "¿Qué me preguntas a mi?" ¿Acaso los sacerdotes y gobernantes no 649 habían enviado espías para vigilar sus movimientos e informarlos de todas sus palabras ¿No habían estado presentes en toda reunión de la gente y llevado información a los sacerdotes acerca de todos sus dichos y hechos? "Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado --replicó Jesús:-- he aquí, éstos saben lo que yo he dicho." Annás quedo acallado por la decisión de la respuesta. Temiendo que Cristo dijese acerca de su conducta algo que él prefería mantener encubierto, nada más le dijo por el momento. Uno de sus oficiales, lleno de ira al ver a Annás reducido al silencio, hirió a Jesús en la cara diciendo: "¿Así respondes al pontífice?"

Cristo replicó serenamente: "Si he hablado mal, da testimonio del mal: y si bien, ¿por qué me hieres?" No pronunció hirientes palabras de represalia.  Su serena respuesta brotó de un corazón sin pecado, paciente y amable, a prueba de provocación.

Cristo sufrió intensamente bajo los ultrajes y los insultos. En manos de los seres a quienes había creado y en favor de los cuales estaba haciendo un sacrificio infinito, recibió toda indignidad. Y sufrió en proporción a la perfección de su santidad y su odio al pecado. El ser interrogado por hombres que obraban como demonios, le era un continuo sacrificio. El estar rodeado por seres humanos bajo el dominio de Satanás le repugnaba. Y sabía que en un momento, con un fulgor de su poder divino podía postrar en el polvo a sus crueles atormentadores. Esto le hacía tanto más difícil soportar la prueba.

Los judíos esperaban a un Mesías que se revelase con manifestación exterior. Esperaban que, por un despliegue de voluntad dominadora, cambiase la corriente de los pensamientos de los hombres y los obligase a reconocer su supremacía. Así, creían ellos, obtendría su propia exaltación y satisfaría las ambiciosas esperanzas de ellos. Así que cuando Cristo fue tratado con desprecio, sintió una fuerte tentación a manifestar su carácter divino. Por una palabra, por una mirada, podía obligar a sus perseguidores a confesar que era Señor de reyes y gobernantes, sacerdotes y templo.  Pero le incumbía la tarea difícil de mantenerse en la posición que había elegido como uno con la humanidad. 650

Los ángeles del cielo presenciaban todo movimiento hecho contra su amado General. Anhelaban librar a Cristo. Bajo las órdenes de Dios, los ángeles son todopoderosos. En una ocasión, en obediencia a la orden de Cristo, mataron en una noche a ciento ochenta y cinco mil hombres del ejército asirio. ¡Cuán fácilmente los ángeles que contemplaban la ignominiosa escena del juicio de Cristo podrían haber testificado su indignación consumiendo a los adversarios de Dios!  Pero no se les ordenó que lo hiciesen.  El que podría haber condenado a sus enemigos a muerte, soportó su crueldad. Su amor por su Padre y el compromiso que contrajera desde la creación del mundo, de venir a llevar el pecado, le indujeron a soportar sin quejarse el trato grosero de aquellos a quienes había venido a salvar. Era parte de su misión soportar, en su humanidad, todas las burlas y los ultrajes que los hombres pudiesen acumular sobre él. La única esperanza de la humanidad estribaba en esta sumisión de Cristo a todo el sufrimiento que el corazón y las manos de los hombres pudieran infligirle.

Nada había dicho Cristo que pudiese dar ventaja a sus acusadores, y sin embargo estaba atado para indicar que estaba condenado. Debía haber, sin embargo, una apariencia de justicia. Era necesario que se viese una forma de juicio legal. Las autoridades estaban resueltas a apresurarlo.  Conocían el aprecio que el pueblo tenía por Jesús, y temían que si cundía la noticia de su arresto, se intentase rescatarle. Además, si no se realizaba en seguida el juicio y la ejecución, habría una demora de una semana por la celebración de la Pascua.  Esto podría desbaratar sus planes. Para conseguir la condenación de Jesús, dependían mayormente del clamor de la turba, formada en gran parte por el populacho de Jerusalén, Si se produjese una demora de una semana, la agitación disminuirla, y probablemente se produciría una reacción. La mejor parte del pueblo se decidiría en favor de Cristo; michos darían un testimonio que le justificaría, sacando a luz las obras poderosas que había hecho. Esto excitaría la indignación popular contra el Sanedrín. Sus procedimientos quedarían condenados y Jesús sería libertado, y recibiría nuevo homenaje de las multitudes. Los sacerdotes y gobernantes resolvieron, pues, que antes que se conociese su propósito, Jesús fuese entregado los romanos. 651

Pero ante todo, había que hallar una acusación.  Hasta aquí, nada habían ganado.  Annás ordenó que Jesús fuese llevado a Caifás.  Este pertenecía a los saduceos, algunos de los cuales eran ahora los más encarnizados enemigos de Jesús.  El mismo, aunque carecía de fuerza de carácter, era tan severo, despiadado e inescrupuloso como Annás.  No dejaría sin probar medio alguno de destruir a Jesús.  Era ahora de madrugada y muy obscuro; así que a la luz de antorchas y linternas, el grupo armado se dirigió con su preso al palacio del sumo sacerdote.  Allí, mientras los miembros del Sanedrín se reunían, Annás y Caifás volvieron a interrogar a Jesús, pero sin éxito.

Cuando el concilio se hubo congregado en la sala del tribunal, Caifás tomó asiento como presidente.  A cada lado estaban los jueces y los que estaban especialmente interesados en el juicio.  Los soldados romanos se hallaban en la plataforma situada más abajo que el solio a cuyo pie estaba Jesús.  En él se fijaban las miradas de toda la multitud.  La excitación era intensa.  En toda la muchedumbre, él era el único que sentía calma y serenidad.  La misma atmósfera que le rodeaba parecía impregnada de influencia santa.

Caifás había considerado a Jesús como su rival.  La avidez con que el pueblo oía al Salvador y la aparente disposición de muchos a aceptar sus enseñanzas, habían despertado los acerbos celos del sumo sacerdote.  Pero al mirar Caifás al preso, le embargó la admiración por su porte noble y digno.  Sintió la convicción de que este hombre era de filiación divina.  Al instante siguiente desterró despectivamente este pensamiento.  Inmediatamente dejó oír su voz en tonos burlones y altaneros, exigiendo que Jesús realizase uno de sus grandes milagros delante de ellos.  Pero sus palabras cayeron en los oídos del Salvador como si no las hubiese percibido.  La gente comparaba el comportamiento excitado y maligno de Annás y Caifás con el porte sereno y majestuoso de Jesús.  Aun en la mente de aquella multitud endurecida, se levantó la pregunta: ¿Será condenado como criminal este hombre de presencia y aspecto divinos?

Al percibir Caifás la influencia que reinaba, apresuró el examen.  Los enemigos de Jesús se hallaban muy perplejos.  Estaban resueltos a obtener su condenación, pero no sabían 652 cómo lograrla.  Los miembros del concilio estaban divididos entre fariseos y saduceos.  Había acerba animosidad y controversia entre ellos; y no se atrevían a tratar ciertos puntos en disputa por temor a una rencilla.  Con unas pocas palabras, Jesús podría haber excitado sus prejuicios unos contra otros, y así habría apartado de sí la ira de ellos.  Caifás lo sabía, y deseaba evitar que se levantase una contienda.  Había bastantes testigos para probar que Cristo había denunciado a los sacerdotes y escribas, que los había llamado hipócritas y homicidas; pero este testimonio no convenía.  Los saduceos habían empleado un lenguaje similar en sus agudas disputas con los fariseos.  Y un testimonio tal no habría tenido peso para los romanos, a quienes disgustaban las pretensiones de los fariseos.  Había abundantes pruebas de que Jesús había despreciado las tradiciones de los Judíos y había hablado con irreverencia de muchos de sus ritos; pero acerca de la tradición, los fariseos y los saduceos estaban en conflicto; y estas pruebas no habrían tenido tampoco peso para los romanos.  Los enemigos de Cristo no se atrevían a acusarle de violar el sábado, no fuese que un examen revelase el carácter de su obra.  Si se sacaban a relucir sus milagros de curación, se frustraría el objeto mismo que tenían en vista los sacerdotes.

Habían sido sobornados falsos testigos para que acusasen a Jesús de incitar a la rebelión y de procurar establecer un gobierno separado.  Pero su testimonio resultaba vago y contradictorio.  Bajo el examen, desmentían sus propias declaraciones.

En los comienzos de su ministerio, Cristo había dicho: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré." En el lenguaje figurado de la profecía, había predicho así su propia muerte y resurrección.  "Mas él hablaba del templo de su cuerpo ."* Los judíos habían comprendido estas palabras en un sentido literal, como si se refiriesen al templo de Jerusalén.  A excepción de esto, en todo lo que Jesús había dicho, nada podían hallar los sacerdotes que fuese posible emplear contra él. Repitiendo estas palabras, pero falseándolas, esperaban obtener una ventaja.  Los romanos se habían dedicado a reconstruir y embellecer el templo, y se enorgullecían mucho de ello; cualquier desprecio manifestado hacia él habría de excitar 653 seguramente su indignación.

En este terreno, podían concordar los romanos y los judíos, los fariseos y los saduceos; porque todos tenían gran veneración por el templo.  Acerca de este punto, se encontraron dos testigos cuyo testimonio no era tan contradictorio como el de los demás.  Uno de ellos, que había sido comprado para acusar a Jesús, declaró: "Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo." Así fueron torcidas las palabras de Cristo.  Si hubiesen sido repetidas exactamente como él las dijo, no habrían servido para obtener su condena ni siquiera de parte del Sanedrín.  Si Jesús hubiese sido un hombre como los demás, según aseveraban los judíos, su declaración habría indicado tan sólo un espíritu irracional y jactancioso, pero no podría haberse declarado blasfemia.  Aun en la forma en que las repetían los falsos, testigos, nada contenían sus palabras que los romanos pudiesen considerar como crimen digno de muerte.

Pacientemente Jesús escuchaba los testimonios contradictorios.  Ni una sola palabra pronunció en su defensa.  Al fin, sus acusadores quedaron enredados, confundidos y enfurecidos.  El proceso no adelantaba; parecía que las maquinaciones iban a fracasar.  Caifás se desesperaba.  Quedaba un último recurso; había que obligar a Cristo a condenarse a sí mismo.  El sumo sacerdote se levantó del sitial del juez, con el rostro descompuesto por la pasión, e indicando claramente por su voz y su porte que, si estuviese en su poder, heriría al preso que estaba delante de él.  "¿No respondes nada? --exclamó,-- ¿qué testifican éstos contra ti?"

Jesús guardó silencio.  "Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca ."*

Por fin, Caifás, alzando la diestra hacia el cielo, se dirigió a Jesús con un juramento solemne: "Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, Hijo de Dios."

Cristo no podía callar ante esta demanda.  Había tiempo en que debía callar, y tiempo en que debía hablar.  No habló hasta que se le interrogó directamente.  Sabía que el contestar ahora aseguraría su muerte.  Pero la demanda provenía de la más alta autoridad reconocida en la nación, y en el nombre del Altísimo.  Cristo no podía menos que demostrar el debido 654 respeto a la ley. Más que esto, su propia relación con el Padre había sido puesta en tela de juicio.  Debía presentar claramente su carácter y su misión.  Jesús había dicho a sus discípulos: "Cualquiera pues, que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos."* Ahora, por su propio ejemplo, repitió la lección.

Todos los oídos estaban atentos, y todos los ojos se fijaban en su rostro mientras contestaba: "Tú lo has dicho." Una luz celestial parecía iluminar su semblante pálido mientras añadía: "Y aun os digo, que desde ahora habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo."

Por un momento la divinidad de Cristo fulguró a través de su aspecto humano.  El sumo sacerdote vaciló bajo la mirada penetrante del Salvador.  Esa mirada parecía leer sus pensamientos ocultos y entrar como fuego hasta su corazón.  Nunca, en el resto de su vida, olvidó aquella mirada escrutadora del perseguido Hijo de Dios.

"Desde ahora --dijo Jesús,-- habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo." Con estas palabras, Cristo presentó el reverso de la escena que ocurría entonces.  El, el Señor de la vida y la gloria, estaría sentado a la diestra de Dios.  Sería el juez de toda la tierra, y su decisión sería inapelable.  Entonces toda cosa secreta estaría expuesta a la luz del rostro de Dios, y se pronunciaría el juicio sobre todo hombre, según sus hechos.

Las palabras de Cristo hicieron estremecer al sumo sacerdote.  El pensamiento de que hubiese de producirse una resurrección de los muertos, que hiciese comparecer a todos ante el tribunal de Dios para ser recompensados según sus obras, era un pensamiento que aterrorizaba a Caifás.  No deseaba creer que en lo futuro hubiese de recibir sentencia de acuerdo con sus obras.  Como en un panorama, surgieron ante su espíritu las escenas del juicio final.  Por un momento, vio el pavoroso espectáculo de los sepulcros devolviendo sus muertos, con los secretos que esperaba estuviesen ocultos para siempre.  Por un momento, se sintió como delante del Juez eterno, cuyo ojo, que lo ve todo, estaba leyendo su alma y sacando a luz misterios que él suponía ocultos con los muertos. 655

La escena se desvaneció de la visión del sacerdote.  Las palabras de Cristo habían herido en lo vivo al saduceo.  Caifás había negado la doctrina de la resurrección, del juicio y de una vida futura.  Ahora se sintió enloquecido por una furia satánica. ¿Iba este hombre, preso delante de él, a asaltar sus más queridas teorías?  Rasgando su manto, a fin de que la gente pudiese ver su supuesto horror, pidió que sin más preliminares se condenase al preso por blasfemia.  "¿Qué más necesidad tenemos de testigos? --dijo.-- He aquí, ahora habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?" Y todos le condenaron. 

La convicción, mezclada con la pasión, había inducido a Caifás a obrar como había obrado.  Estaba furioso consigo mismo por creer las palabras de Cristo, y en vez de rasgar su corazón bajo un profundo sentimiento de la verdad y confesar que Jesús era el Mesías, rasgo sus ropas sacerdotales en resuelta resistencia.  Este acto tenía profundo significado.  Poco lo comprendía Caifás.  En este acto, realizado para influir en los jueces y obtener la condena de Cristo, el sumo sacerdote se había condenado a sí mismo.  Por la ley de Dios, quedaba descalificado para el sacerdocio.  Había pronunciado sobre sí mismo la sentencia de muerte.

El sumo sacerdote no debía rasgar sus vestiduras.  La ley levítica lo prohibía bajo sentencia de muerte.  En ninguna circunstancia, en ninguna ocasión, había de desgarrar el sacerdote sus ropas, como era, entre los judíos, costumbre hacerlo en ocasión de la muerte de amigos y deudos.  Los sacerdotes no debían observar esta costumbre.  Cristo había dado a Moisés ordenes expresas acerca de esto.*

Todo lo que llevaba el sacerdote había de ser entero y sin defecto.  Estas hermosas vestiduras oficiales representaban el carácter del gran prototipo, Jesucristo.  Nada que no fuese perfecto, en la vestidura y la actitud, en las palabras y el espíritu, podía ser aceptable para Dios.  El es santo, y su gloria y perfección deben ser representadas por el servicio terrenal.  Nada que no fuese la perfección podía representar debidamente el carácter sagrado del servicio celestial.  El hombre finito podía rasgar su propio corazón mostrando un espíritu contrito y humilde.  Dios lo discernía.  Pero ninguna desgarradura debía ser hecha en los mantos sacerdotales, porque esto 656 mancillaría la representación de las cosas celestiales.  El sumo sacerdote que se atrevía a comparecer en santo oficio y participar en el ministerio del santuario con ropas rotas era considerado como separado de Dios.  Al rasgar sus vestiduras, se privaba de su carácter representativo y cesaba de ser acepto para Dios como sacerdote oficiante.  Esta conducta de Caifás demostraba pues la pasión e imperfección humanas.

Al rasgar sus vestiduras, Caifás anulaba la ley de Dios para seguir la tradición de los hombres.  Una ley de origen humano estatuía que en caso de blasfemia un sacerdote podía desgarrar impunemente sus vestiduras por horror al pecado.  Así la ley de Dios era anulada por las leyes de los hombres.

Cada acción del sumo sacerdote era observada con interés por el pueblo; y Caifás pensó ostentar así su piedad para impresionar.  Pero en este acto, destinado a acusar a Cristo, estaba vilipendiando a Aquel de quien Dios había dicho: "Mi nombre está en él."* El mismo estaba cometiendo blasfemia.  Estando él mismo bajo la condenación de Dios, pronunció sentencia contra Cristo como blasfemo.

Cuando Caifás rasgó sus vestiduras, su acto prefiguraba el lugar que la nación judía como nación iba a ocupar desde entonces para con Dios.  El pueblo que había sido una vez favorecido por Dios se estaba separando de él, y rápidamente estaba pasando a ser desconocido por Jehová.  Cuando Cristo en la cruz exclamó: "Consumado es,"* y el velo del templo se rasgó de alto a bajo, el Vigilante Santo declaró que el pueblo judío había rechazado a Aquel que era el prototipo simbolizado por todas sus figuras, la substancia de todas sus sombras.  Israel se había divorciado de Dios.  Bien podía Caifás rasgar entonces sus vestiduras oficiales que significaban que él aseveraba ser representante del gran Sumo Pontífice; porque ya no tendrían significado para él ni para el pueblo.  Bien podía el sumo sacerdote rasgar sus vestiduras en horror por sí mismo y por la nación.

El Sanedrín había declarado a Jesús digno de muerte; pero era contrario a la ley judaica juzgar a un preso de noche.  Un fallo legal no podía pronunciarse sino a la luz del día y ante una sesión plenaria del concilio.  No obstante esto, el Salvador fue tratado como criminal condenado, y entregado para ser 657 ultrajado por los más bajos y viles de la especie humana.  El palacio del sumo sacerdote rodeaba un atrio abierto en el cual los soldados y la multitud se habían congregado.  A través de ese patio, y recibiendo por todos lados burlas acerca de su aserto de ser Hijo de Dios,  Jesús fue llevado a la sala de guardia.  Sus propias palabras, "sentado a la diestra de la potencia" y "que viene en las nubes del cielo," eran repetidas con escarnio.  Mientras estaba en la sala de guardia aguardando su juicio legal, no estaba protegido.  El populacho ignorante había visto la crueldad con que había sido tratado ante el concilio, y por tanto se tomó la libertad de manifestar todos los elementos satánicos de su naturaleza.  La misma nobleza y el porte divino de Cristo lo enfurecían.  Su mansedumbre, su inocencia y su majestuosa paciencia, lo llenaban de un odio satánico.  Pisoteaba la misericordia y la justicia.  Nunca fue tratado un criminal en forma tan inhumana como lo fue el Hijo de Dios.

Pero una angustia más intensa desgarraba el corazón de Jesús;  ninguna mano enemiga podría haberle asestado el golpe que le infligió su dolor más profundo.  Mientras estaba soportando las burlas de un examen delante de Caifás, Cristo había sido negado por uno de sus propios discípulos.

Después de abandonar a su Maestro en el huerto, dos de ellos se habían atrevido a seguir desde lejos a la turba que se había apoderado de Jesús.  Estos discípulos eran Pedro y Juan.  Los sacerdotes reconocieron a Juan como discípulo bien conocido de Jesús, y le dejaron entrar en la sala esperando que, al presenciar la humillación de su Maestro, repudiaría la idea de que un ser tal fuese Hijo de Dios.  Juan habló en favor de Pedro y obtuvo permiso para que entrase también.

En el atrio, se había encendido un fuego; porque era la hora más fría de la noche, precisamente antes del alba, Un grupo se reunió en derredor del fuego, y Pedro se situó presuntuosamente entre los que lo formaban.  No quería ser reconocido como discípulo de Jesús.  Y mezclándose negligentemente con la muchedumbre, esperaba pasar por alguno de aquellos que habían traído a Jesús a la sala.

Pero al resplandecer la luz sobre el rostro de Pedro, la mujer que cuidaba la puerta le echó una mirada escrutadora.  Ella había notado que había entrado con Juan, observó el aspecto 658 de abatimiento que había en su cara y pensó que sería un discípulo de Jesús.  Era una de las criadas de la casa de Caifás, y tenía curiosidad por saber si estaba en lo cierto.  Dijo a Pedro:

"¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?" Pedro se sorprendió y confundió; al instante todos los ojos del grupo se fijaron en él.  El hizo como que no la comprendía, pero ella insistió y dijo a los que la rodeaban que ese hombre estaba con Jesús.  Pedro se vio obligado a contestar, y dijo airadamente: "Mujer, no le conozco." Esta era la primera negación, e inmediatamente el gallo cantó. ¡Oh, Pedro, tan pronto te avergüenzas de tu Maestro! ¡Tan pronto niegas a tu Señor!

El discípulo Juan, al entrar en la sala del tribunal, no trató de ocultar el hecho de que era seguidor de Jesús.  No se mezcló con la gente grosera que vilipendiaba a su Maestro.  No fue interrogado, porque no asumió una falsa actitud y así no se hizo sospechoso.  Buscó un rincón retraído, donde quedase inadvertido para la muchedumbre, pero tan cerca de Jesús como le fuese posible estar.  Desde allí, pudo ver y oír todo lo que sucedió durante el proceso de su Señor.

Pedro no había querido que fuese conocido su verdadero carácter.  Al asumir un aire de indiferencia, se había colocado en el terreno del enemigo, y había caído fácil presa de la tentación.  Si hubiese sido llamado a pelear por su Maestro, habría sido un soldado valeroso; pero cuando el dedo del escarnio le señaló, se mostró cobarde.  Muchos que no rehuyen una guerra activa por su Señor, son impulsados por el ridículo a negar su fe. Asociándose con aquellos a quienes debieran evitar, se colocan en el camino de la tentación.  Invitan al enemigo a tentarlos, y se ven inducidos a decir y hacer lo que nunca harían en otras circunstancias.  El discípulo de Cristo que en nuestra época disfraza su fe por temor a sufrir oprobio niega a su Señor tan realmente como lo negó Pedro en la sala del tribunal.

Pedro procuraba no mostrarse interesado en el juicio de su Maestro, pero su corazón estaba desgarrado por el pesar al oír las crueles burlas y ver los ultrajes que sufría.  Más aún, se sorprendía y airaba de que Jesús se humillase a sí mismo y a sus seguidores sometiéndose a un trato tal.  A fin de ocultar sus 659 verdaderos sentimientos, trató de unirse a los perseguidores de Jesús en sus bromas inoportunas, pero su apariencia no era natural.  Mentía por sus actos, y mientras procuraba hablar despreocupadamente no podía refrenar sus expresiones de indignación por los ultrajes infligidos a su Maestro.

La atención fue atraída a él por segunda vez, y se le volvió a acusar de ser seguidor de Jesús.  Declaró ahora con juramento: "No conozco al hombre." Le fue dada otra oportunidad.  Transcurrió una hora, y uno de los criados del sumo sacerdote, pariente cercano del hombre a quien Pedro había cortado una oreja, le preguntó: "¿No te vi yo en el huerto con él?" "Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres Galileo, y tu habla es semejante." Al oír esto, Pedro se enfureció.  Los discípulos de Jesús eran conocidos por la pureza de su lenguaje, y a fin de engañar plenamente a los que le interrogaban y justificar la actitud que había asumido, Pedro negó ahora a su Maestro con maldiciones y juramentos.  El gallo volvió a cantar.  Pedro lo oyó entonces, y recordó las palabras de Jesús: "Antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces."*

Mientras los juramentos envilecedores estaban todavía en los labios de Pedro y el agudo canto del gallo repercutía en sus oídos, el Salvador se desvió de sus ceñudos jueces y miró de lleno a su pobre discípulo.  Al mismo tiempo, los ojos de Pedro fueron atraídos hacia su Maestro.  En aquel amable semblante, leyó profunda compasión y pesar, pero no había ira.

Al ver ese rostro pálido y doliente, esos labios temblorosos, esa mirada de compasión y perdón, su corazón fue atravesado como por una flecha.  Su conciencia se despertó.  Los recuerdos acudieron a su memoria y Pedro rememoró la promesa que había hecho unas pocas horas antes, de que iría con su Señor a la cárcel y a la muerte.  Recordó su pesar cuando el Salvador le dijo en el aposento alto que negaría a su Señor tres veces esa misma noche.  Pedro acababa de declarar que no conocía a Jesús, pero ahora comprendía, con amargo pesar, cuán bien su Señor lo conocía a él, y cuán exactamente había discernido su corazón, cuya falsedad desconocía él mismo.

Una oleada de recuerdos le abrumó.  La tierna misericordia 660 del Salvador, su bondad y longanimidad, su amabilidad y paciencia para con sus discípulos tan llenos de yerros: lo recordó todo.  También recordó la advertencia: "Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandaros como a trigo; mas yo he rogado por ti que tu fe no falte."* Reflexionó con horror en su propia ingratitud, su falsedad, su perjurio.  Una vez más miró a su Maestro, y vio una mano sacrílega que le hería en el rostro.  No pudiendo soportar ya más la escena, salió corriendo de la sala con el corazón quebrantado.

Siguió corriendo en la soledad y las tinieblas, sin saber ni querer saber adónde.  Por fin se encontró en Getsemaní.  Su espíritu evocó vívidamente la escena ocurrida algunas horas antes.  El rostro dolorido de su Señor, manchado con sudor de sangre y convulsionado por la angustia, surgió delante de él.  Recordó con amargo remordimiento que Jesús había llorado y agonizado en oración solo, mientras que aquellos que debieran haber estado unidos con él en esa hora penosa estaban durmiendo. Recordó su solemne encargo: "Velad y orad, para que no entréis en tentación."*  Volvió a presenciar la escena de la sala del tribunal.  Torturaba su sangrante corazón el saber que había añadido él la carga más pesada a la humillación y el dolor del Salvador.  En el mismo lugar donde Jesús había derramado su alma agonizante ante su Padre, cayó Pedro sobre su rostro y deseó morir.

Por haber dormido cuando Jesús le había invitado a velar y orar, Pedro había preparado el terreno para su grave pecado.  Todos los discípulos, por dormir en esa hora crítica, sufrieron una gran pérdida.  Cristo conocía la prueba de fuego por la cual iban a pasar.  Sabía cómo iba a obrar Satanás para paralizar sus sentidos a fin de que no estuviesen preparados para la prueba.  Por lo tanto, los había amonestado.  Si hubiesen pasado en vigilia y oración aquellas horas transcurridas en el huerto, Pedro no habría tenido que depender de su propia y débil fuerza.  No habría negado a su Señor.  Si los discípulos hubiesen velado con Cristo en su agonía, habrían estado preparados para contemplar sus sufrimientos en la cruz.  Habrían comprendido en cierto grado la naturaleza de su angustia abrumadora.  Habrían podido recordar sus palabras que 661 predecían sus sufrimientos, su muerte y su resurrección.  En medio de la lobreguez de la hora más penosa, algunos rayos de luz habrían iluminado las tinieblas y sostenido su fe.

Tan pronto como fue de día, el Sanedrín se volvió a reunir, y Jesús fue traído de nuevo a la sala del concilio.  Se había declarado Hijo de Dios, y habían torcido sus palabras de modo que constituyeran una acusación contra él.  Pero no podían condenarle por esto, porque muchos de ellos no habían estado presentes en la sesión nocturna, y no habían oído sus palabras.  Y sabían que el tribunal romano no hallaría en ellas cosa digna de muerte.  Pero si todos podían oírle repetir con sus propios labios estas mismas palabras, podrían obtener su objeto.  Su aserto de ser el Mesías podía ser torcido hasta hacerlo aparecer como una tentativa de sedición política.

"¿Eres tú el Cristo? --dijeron,-- dínoslo." Pero Cristo permaneció callado.  Continuaron acosándole con preguntas.  Al fin, con acento de la más profunda tristeza, respondió: "Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis." Pero a fin de que quedasen sin excusa, añadió la solemne advertencia: "Mas después de ahora el Hijo del hombre se asentará a la diestra de la potencia de Dios."

"¿Luego tú eres Hijo de Dios? preguntaron a una voz.  Y él les dijo: "Vosotros decís que soy." Clamaron entonces: "¿Qué más testimonio deseamos? porque nosotros lo hemos oído de su boca."

Y así, por la tercera condena de las autoridades judías, Jesús había de morir.  Todo lo que era necesario ahora, pensaban, era que los romanos ratificasen esta condena, y le entregasen en sus manos.

Entonces se produjo la tercera escena de ultrajes y burlas, peores aún que las infligidas por el populacho ignorante.  En la misma presencia de los sacerdotes y gobernantes, y con su sanción, sucedió esto.  Todo sentimiento de simpatía o humanidad se había apagado en su corazón.  Si bien sus argumentos eran débiles y no lograban acallar la voz de Jesús, tenían otras armas, como las que en toda época se han usado para hacer callar a los herejes: el sufrimiento, la violencia y la muerte.

Cuando los jueces pronunciaron la condena de Jesús, una 662furia satánica se apoderó del pueblo.

El rugido de las voces era como el de las fieras.  La muchedumbre corrió hacia Jesús, gritando: ¡Es culpable! ¡Matadle!  De no haber sido por los soldados romanos, Jesús no habría vivido para ser clavado en la cruz del Calvario.  Habría sido despedazado delante de sus jueces, si no hubiese intervenido la autoridad romana y, por la fuerza de las armas, impedido la violencia de la turba.

Los paganos se airaron al ver el trato brutal infligido a una persona contra quien nada había sido probado.  Los oficiales romanos declararon que los judíos, al pronunciar sentencia contra Jesús, estaban infringiendo las leyes del poder romano, y que hasta era contrario a la ley judía condenar a un hombre a muerte por su propio testimonio.  Esta intervención introdujo cierta calma en los procedimientos; pero en los dirigentes judíos habían muerto la vergüenza y la compasión.

Los sacerdotes y gobernantes se olvidaron de la dignidad de su oficio, y ultrajaron al Hijo de Dios con epítetos obscenos.  Le escarnecieron acerca de su parentesco, y declararon que su aserto de proclamarse el Mesías le hacía merecedor de la muerte más ignominiosa.  Los hombres más disolutos sometieron al Salvador a ultrajes infames.  Se le echó un viejo manto sobre la cabeza, y sus perseguidores le herían en el rostro, diciendo: "Profetízanos tú, Cristo, quién es el que te ha herido." Cuando se le quitó el manto, un pobre miserable le escupió en el rostro.

Los ángeles de Dios registraron fielmente toda mirada, palabra y acto insultantes de los cuales fue objeto su amado General.  Un día, los hombres viles que escarnecieron y escupieron el rostro sereno y pálido de Cristo, mirarán aquel rostro en su gloria, más resplandeciente que el sol.

 

CAPÍTULO 77

En el Tribunal de Pilato

EN EL tribunal de Pilato, el gobernador romano, Cristo estaba atado como un preso.  En derredor de él estaba la guardia de soldados, y el tribunal se llenaba rápidamente de espectadores.  Afuera, cerca de la entrada, estaban los jueces del Sanedrín, los sacerdotes, los príncipes, los ancianos y la turba.

Después de condenar a Jesús, el concilio del Sanedrín se había dirigido a Pilato para que confirmase y ejecutase la sentencia.  Pero estos funcionarios judíos no querían entrar en el tribunal romano.  Según su ley ceremonial, ello los habría contaminado y les habría impedido tomar parte en la fiesta de la Pascua.  En su ceguera, no veían que el odio homicida había contaminado sus corazones.  No veían que Cristo era el verdadero Cordero pascual, y que, por haberle rechazado, para ellos la gran fiesta había perdido su significado.

Cuando el Salvador fue llevado al tribunal, Pilato le miró con ojos nada amistosos.  El gobernador romano había sido sacado con premura de su dormitorio, y estaba resuelto a despachar el caso tan pronto como fuese posible.  Estaba preparado para tratar al preso con rigor.  Asumiendo su expresión más severa, se volvió para ver qué clase de hombre tenía que examinar, por el cual había sido arrancado al descanso en hora tan temprana.  Sabía que debía tratarse de alguno a quien las autoridades judías anhelaban ver juzgado y castigado apresuradamente.

Pilato miró a los hombres que custodiaban a Jesús, y luego su mirada descansó escrutadoramente en Jesús.  Había tenido que tratar con toda clase de criminales; pero nunca antes había comparecido ante él un hombre que llevase rasgos de tanta bondad y nobleza.  En su cara no vio vestigios de culpabilidad, ni expresión de temor, ni audacia o desafío.  Vio a un hombre de porte sereno y digno, cuyo semblante no llevaba los estigmas de un criminal, sino la firma del cielo. 672

La apariencia de Jesús hizo una impresión favorable en Pilato. Su naturaleza mejor fue despertada.  Había oído hablar de Jesús y de sus obras.  Su esposa le había contado algo de los prodigios realizados por el profeta galileo, que sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos.  Ahora esto revivía como un sueño en su mente.  Recordaba rumores que había oído de diversas fuentes.  Resolvió exigir a los judíos que presentasen sus acusaciones contra el preso.

¿Quién es este hombre, y porqué le habéis traído? dijo.  ¿Qué acusación presentáis contra él?  Los judíos quedaron desconcertados.  Sabiendo que no podían comprobar sus acusaciones contra Cristo, no deseaban un examen público.  Respondieron que era un impostor llamado Jesús de Nazaret.

Pilato volvió a preguntar: "¿Qué acusación traéis contra este hombre?" Los sacerdotes no contestaron su pregunta sino que con palabras que demostraban su irritación, dijeron: "Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado."  Cuando los miembros del Sanedrín, los primeros hombres de la nación, te traen un hombre que consideran digno de muerte ¿es necesario pedir una acusación contra él?  Esperaban hacer sentir a Pilato su importancia, y así inducirle a acceder a su petición sin muchos preliminares.  Deseaban ansiosamente que su sentencia fuese ratificada; porque sabían que el pueblo que había presenciado las obras admirables de Cristo podría contar una historia muy diferente de la que ellos habían fraguado y repetían ahora.

Los sacerdotes pensaban que con el débil y vacilante Pilato podrían llevar a cabo sus planes sin dificultad.  En ocasiones anteriores había firmado apresuradamente sentencias capitales, condenando a la muerte a hombres que ellos sabían que no eran dignos de ella.  En su estima, la vida de un preso era de poco valor; y le era indiferente que fuese inocente o culpable.  Los sacerdotes esperaban que Pilato impusiera ahora la pena de muerte a Jesús sin darle audiencia.  Lo pedían como favor en ocasión de su gran fiesta nacional.

Pero había en el preso algo que impidió a Pilato hacer esto.  No se atrevió a ello.  Discernió el propósito de los sacerdotes.  Recordó como, no mucho tiempo antes, Jesús había resucitado a Lázaro,  hombre que había estado muerto cuatro días, y resolvió 673 saber, antes de firmar la sentencia de condenación, cuáles eran las acusaciones que se hacían contra él, y si podían ser probadas.

Si vuestro juicio es suficiente, dijo, ¿para qué traerme el preso?  "Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley."  Así apremiados, los sacerdotes dijeron que ya le habían sentenciado, pero debían tener la aprobación de Pilato para hacer válida su condena.  ¿Cuál es vuestra sentencia? preguntó Pilato.  La muerte, contestaron, pero no nos es licito darla a nadie.  Pidieron a Pilato que aceptase su palabra en cuanto a la culpabilidad de Cristo, e hiciese cumplir su sentencia.  Ellos estaban dispuestos a asumir la responsabilidad del resultado.

Pilato no era un juez justo ni concienzudo; pero aunque débil en fuerza moral, se negó a conceder lo pedido.  No quiso condenar a Jesús hasta que se hubiese sostenido una acusación contra él.

Los sacerdotes estaban en un dilema.  Veían que debían cubrir su hipocresía con el velo más grueso.  No debían dejar ver que Jesús había sido arrestado por motivos religiosos.  Si presentaban esto como una razón, su procedimiento no tendría peso para Pilato.  Debían hacer aparecer a Jesús como obrando contra la ley común; y entonces se le podría castigar como ofensor político.  Entre los judíos, se producían constantemente tumultos e insurrecciones contra el gobierno romano.  Los romanos habían tratado estas revueltas muy rigurosamente, y estaban siempre alerta para reprimir cuanto pudiese conducir a un levantamiento.

Tan sólo unos días antes de esto, los fariseos habían tratado de entrampar a Cristo con la pregunta: "¿Nos es licito dar tributo a César o no?" Pero Cristo había desenmascarado su hipocresía.  Los romanos que estaban presentes habían visto el completo fracaso de los maquinadores, y su desconcierto al oír su respuesta: "Dad a César lo que es de César."*

Ahora los sacerdotes pensaron hacer aparentar que en esa ocasión Cristo había enseñado lo que ellos esperaban que enseñara.  En su extremo apremio, recurrieron a falsos testigos, y "comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte la nación, y que veda dar tributo a César, diciendo que el es el Cristo, el rey."  Eran tres acusaciones, pero cada 674 una sin fundamento.  Los sacerdotes lo sabían, pero estaban dispuestos a cometer perjurio con tal de obtener sus fines.

Pilato discernió su propósito.  No creía que el preso hubiese maquinado contra el gobierno.  Su apariencia mansa y humilde no concordaba en manera alguna con la acusación.  Pilato estaba convencido de que un tenebroso complot había sido tramado para destruir a un hombre inocente que estorbaba a los dignatarios judíos.  Volviéndose a Jesús, preguntó: "¿Eres tú el Rey de los judíos?" El Salvador contestó: "Tú lo dices."  Y mientras hablaba, su semblante se iluminó como si un rayo de sol resplandeciese sobre él.

Cuando oyeron su respuesta, Caifás y los que con él estaban invitaron a Pilato a reconocer que Jesús había admitido el crimen que le atribuían.  Con ruidosos clamores, sacerdotes, escribas y gobernantes exigieron que fuese sentenciado a muerte.  A esos clamores se unió la muchedumbre, y el ruido era ensordecedor.  Pilato estaba confuso.  Viendo que Jesús no contestaba a sus acusadores, le dijo: "¿No respondes algo?  Mira de cuántas cosas te acusan.  Mas Jesús ni aun con eso respondió."

De pie, detrás de Pilato, a la vista de todos los que estaban en el tribunal, Cristo oyó los insultos; pero no contestó una palabra a todas las falsas acusaciones presentadas contra él.  Todo su porte daba evidencia de una inocencia consciente.  Permanecía inconmovible ante la furia de las olas que venían a golpearle.  Era como si una enorme marejada de ira, elevándose siempre más alto, se volcase como las olas del bullicioso océano en derredor suyo, pero sin tocarle.  Guardaba silencio, pero su silencio era elocuencia.  Era como una luz que resplandeciese del hombre interior al exterior.

La actitud de Jesús asombraba a Pilato.  Se preguntaba: ¿Es indiferente este hombre a lo que está sucediendo porque no se interesa en salvar su vida?  Al ver a Jesús soportar los insultos y las burlas sin responder, sentía que no podía ser tan injusto como los clamorosos sacerdotes.  Esperando obtener de él la verdad y escapar al tumulto de la muchedumbre, Pilato llevó a Jesús aparte y le volvió a preguntar: " ¿Eres tú el Rey de los Judíos?"

Jesús no respondió directamente a esta pregunta.  Sabía que675 el Espíritu Santo estaba contendiendo con Pilato, y le dio oportunidad de reconocer su convicción.  ¿Dices tú esto de ti mismo --preguntó,-- o te lo han dicho otros de mí?"  Es decir, ¿eran las acusaciones de los sacerdotes, o un deseo de recibir luz de Cristo lo que motivaba la pregunta de Pilato?  Pilato comprendió lo que quería decir Cristo; pero un sentimiento de orgullo se irguió en su corazón.  No quiso reconocer la convicción que se apoderaba de él.  "¿Soy yo Judío? --dijo.--  Tu gente, y los pontífices, te han entregado a mi: ¿qué has hecho?"

La áurea oportunidad de Pilato había pasado.  Sin embargo Jesús no le dejó sin darle algo más de luz.  Aunque no contestó directamente la pregunta de Pilato, expuso claramente su propia misión.  Le dio a entender que no estaba buscando un trono terrenal.

"Mi reino no es de este mundo --dijo:-- si de este mundo fuera mi reino, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los Judíos: ahora, pues, mi reino no es de aquí.  Díjole entonces Pilato: ¿Luego rey eres tú?  Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey.  Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad.  Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz."

Cristo afirmó que su palabra era en si misma una llave que abriría el misterio para aquellos que estuviesen preparados para recibirlo.  Esta palabra tenía un poder que la recomendaba, y en ello estribaba el secreto de la difusión de su reino de verdad.  Deseaba que Pilato comprendiese que únicamente si recibía y aceptaba la verdad podría reconstruirse su naturaleza arruinada.

Pilato deseaba conocer la verdad.  Su espíritu estaba confuso.  Escuchó ávidamente las palabras del Salvador, y su corazón fue conmovido por un gran anhelo de saber lo que era realmente la verdad y cómo podía obtenerla.  "¿Qué cosa es verdad?" preguntó.  Pero no esperó la respuesta.  El tumulto del exterior le hizo recordar los intereses del momento; porque los sacerdotes estaban pidiendo con clamores una decisión inmediata.  Saliendo a los judíos, declaró enfáticamente: "Yo no hallo en él ningún crimen."

Estas palabras de un juez pagano eran una mordaz reprensión a la perfidia y falsedad de los dirigentes de Israel que 676 acusaban al Salvador.  Al oír a Pilato decir esto, los, sacerdotes y ancianos se sintieron chasqueados y se airaron sin mesura.  Durante largo tiempo habían maquinado y aguardado esta oportunidad.  Al vislumbrar la perspectiva de que Jesús fuese libertado, parecían dispuestos a despedazarlo.  Denunciaron en alta voz a Pilato, y le amenazaron con la censura del gobierno romano.  Le acusaron de negarse a condenar a Jesús, quien, afirmaban ellos, se había levantado contra César.

Se oyeron entonces voces airadas, las cuales declaraban que la influencia sediciosa de Jesús era bien conocida en todo el país.  Los sacerdotes dijeron: "Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí."

En este momento Pilato no tenía la menor idea de condenar a Jesús.  Sabía que los judíos le habían acusado por odio y prejuicio.  Sabía cuál era su deber.  La justicia exigía que Cristo fuese libertado inmediatamente.  Pero Pilato temió la mala voluntad del pueblo.  Si se negaba a entregar a Jesús en sus manos, se produciría un tumulto, y temía afrontarlo.  Cuando oyó que Cristo era de Galilea, decidió enviarlo al gobernador de esa provincia, Herodes, que estaba entonces en Jerusalén.  Haciendo esto, Pilato pensó traspasar a Herodes la responsabilidad del juicio.  También pensó que era una buena oportunidad de acabar con una antigua rencilla entre él y Herodes.  Y así resultó.  Los dos magistrados se hicieron amigos con motivo del juicio del Salvador.

Pilato volvió a confiar a Jesús a los soldados, y entre burlas e insultos de la muchedumbre, fue llevado apresuradamente al tribunal de Herodes.  "Y Herodes, viendo a Jesús, holgóse mucho." Nunca se había encontrado antes con el Salvador, pero "hacía mucho que deseaba verle; porque había oído de él muchas cosas, y tenía esperanza que le vería hacer alguna señal."  Este Herodes era aquel cuyas manos se habían manchado con la sangre de Juan el Bautista.  Cuando Herodes oyó hablar por primera vez de Jesús, quedó aterrado, y dijo: "Este es Juan el que yo degollé: él ha resucitado de los muertos;"  "por eso virtudes obran en él."*  Sin embargo, Herodes deseaba ver a Jesús.  Ahora tenía oportunidad de salvar la vida de este profeta, y el rey esperaba desterrar para siempre de su memoria el recuerdo de aquella cabeza sangrienta que le llevaran 677 en un plato.  También deseaba satisfacer su curiosidad, y pensaba que si ofrecía a Cristo una perspectiva de liberación, haría cualquier cosa que se le pidiese.

Un gran grupo de sacerdotes y ancianos había acompañado a Cristo hasta Herodes.  Y cuando el Salvador fue llevado adentro, estos dignatarios, hablando todos con agitación, presentaron con instancias sus acusaciones contra él.  Pero Herodes prestó poca atención a sus cargos.  Les ordenó que guardasen silencio, deseoso de tener una oportunidad de interrogar a Cristo.  Ordenó que le sacasen los hierros, al mismo tiempo que acusaba a sus enemigos de haberle maltratado.  Mirando compasivamente al rostro sereno del Redentor del mundo, leyó en él solamente sabiduría y pureza.  Tanto él como Pilato estaban convencidos de que Jesús había sido acusado por malicia y envidia.

Herodes interrogó a Cristo con muchas palabras, pero durante todo ese tiempo el Salvador mantuvo un profundo silencio.  A la orden del rey, se trajeron inválidos y mutilados, y se le ordenó a Cristo que probase sus asertos realizando un milagro.  Los hombres dicen que puedes sanar a los enfermos, dijo Herodes.  Yo deseo ver si tu muy difundida fama no ha sido exagerada.  Jesús no respondió, y Herodes continuó instándole: Si puedes realizar milagros en favor de otros, hazlos ahora para tu propio bien, y saldrás beneficiado.  Luego ordenó: Muéstranos una señal de que tienes el poder que te ha atribuido el rumor.  Pero Cristo permanecía como quien no oyese ni viese nada.  El Hijo de Dios había tomado sobre sí la naturaleza humana.  Debía obrar como el hombre habría tenido que obrar en tales circunstancias.  Por lo tanto, no quiso realizar un milagro para ahorrarse el dolor y la humillación que el hombre habría tenido que soportar si hubiese estado en una posición similar.

Herodes prometió a Cristo que si hacía algún milagro en su presencia, le libertaría.  Los acusadores de Cristo habían visto con sus propios ojos las grandes obras realizadas por su poder.  Le habían oído ordenar al sepulcro que devolviese sus muertos.  Habían visto a éstos salir obedientes a su voz.  Temieron que hiciese ahora un milagro.  De entre todas las cosas, lo que más temían era una manifestación de su poder.  Habría asestado un 678 golpe mortal a sus planes, y tal vez les habría costado la vida.  Con gran ansiedad los sacerdotes y gobernantes volvieron a insistir en sus acusaciones contra él.  Alzando la voz, declararon: Es traidor y blasfemo.  Realiza milagros por el poder que le ha dado Belcebú, príncipe de los demonios.  La sala se transformó en una escena de confusión, pues algunos gritaban una cosa y otros otra.

La conciencia de Herodes era ahora mucho menos sensible que cuando tembló de horror al oír a Salomé pedir la cabeza de Juan el Bautista.  Durante cierto tiempo, había sentido intenso remordimiento por su terrible acto; pero la vida licenciosa había ido degradando siempre más sus percepciones morales, y su corazón se había endurecido a tal punto que podía jactarse del castigo que había infligido a Juan por atreverse a reprenderle.  Ahora amenazó a Jesús, declarando repetidas veces que tenía poder para librarle o condenarle.  Pero Jesús no daba señal de que le hubiese oído una palabra.

Herodes se irritó por este silencio.  Parecía indicar completa indiferencia a su autoridad.  Para el rey vano y pomposo, la reprensión abierta habría sido menos ofensiva que el no tenerlo en cuenta.  Volvió a amenazar airadamente a Jesús, quien permanecía sin inmutarse.

La misión de Cristo en este mundo no era satisfacer la curiosidad ociosa.  Había venido para sanar a los quebrantados de corazón.  Si pronunciando alguna palabra, hubiese podido sanar las heridas de las almas enfermas de pecado, no habría guardado silencio.  Pero nada tenía que decir a aquellos que no querían sino pisotear la verdad bajo sus profanos pies.

Cristo podría haber dirigido a Herodes palabras que habrían atravesado los oídos del empedernido rey, y haberle llenado de temor y temblor presentándole toda la iniquidad de su vida y el horror de su suerte inminente.  Pero el silencio de Cristo fue la reprensión más severa que pudiese darle.  Herodes había rechazado la verdad que le hablara el mayor de los profetas y no iba a recibir otro mensaje.  Nada tenía que decirle la Majestad del cielo.  Ese oído que siempre había estado abierto para acoger el clamor de la desgracia humana era insensible a las órdenes de Herodes.  Aquellos ojos que con amor compasivo y perdonador se habían fijado en el pecador penitente 679 no tenían mirada que conceder a Herodes.  Aquellos labios que habían pronunciado la verdad más impresionante, que en tonos de la más tierna súplica habían intercedido con los más pecaminosos y degradados, quedaron cerrados para el altanero rey que no sentía necesidad de un Salvador.

La pasión ensombreció el rostro de Herodes.  Volviéndose hacia la multitud, denunció airadamente a Jesús como impostor.  Entonces dijo a Cristo: Si no quieres dar prueba de tu aserto, te entregaré a los soldados y al pueblo.  Tal vez ellos logren hacerte hablar.  Si eres un impostor, la muerte en sus manos es lo único que mereces; si eres el Hijo de Dios, sálvate haciendo un milagro.

Apenas fueron pronunciadas estas palabras la turba se lanzó hacia Cristo.  Como fieras se precipitaron sobre su presa.  Jesús fue arrastrado de aquí para allá, y Herodes se unió al populacho en sus esfuerzos por humillar al Hijo de Dios.  Si los soldados romanos no hubiesen intervenido y rechazado a la turba enfurecida, el Salvador habría sido despedazado.

"Mas Herodes con su corte le menospreció, y escarneció, vistiéndole de una ropa rica."  Los soldados romanos participaron de esos ultrajes.  Todo lo que estos perversos y corrompidos soldados, ayudados por Herodes y los dignatarios judíos podían instigar, fue acumulado sobre el Salvador.  Sin embargo, su divina paciencia no desfalleció.

Los perseguidores de Cristo habían procurado medir su carácter por el propio; le habían representado tan vil como ellos mismos.  Pero detrás de todas las apariencias del momento, se insinuó otra escena, una escena que ellos contemplarán un día en toda su gloria.  Hubo algunos que temblaron en presencia de Cristo.  Mientras la ruda muchedumbre se inclinaba irrisoriamente delante de él, algunos de los que se adelantaban con este propósito retrocedieron, mudos de temor.  Herodes se sintió convencido.  Los últimos rayos de la luz misericordiosa resplandecían sobre su corazón endurecido por el pecado.  Comprendió que éste no era un hombre común; porque la Divinidad había fulgurado a través de la humanidad.  En el mismo momento en que Cristo estaba rodeado de burladores, adúlteros y homicidas, Herodes sintió que estaba contemplando a un Dios sobre su trono. 680

Por empedernido que estuviese, Herodes no se atrevió a ratificar la condena de Cristo.  Quiso descargarse de la terrible responsabilidad y mandó a Jesús de vuelta al tribunal romano.

Pilato sintió desencanto y mucho desagrado.  Cuando los judíos volvieron con el prisionero, preguntó impacientemente qué querían que hiciese con él.  Les recordó que ya había examinado a Jesús y no había hallado culpa en él; les dijo que le habían presentado quejas contra él, pero que no habían podido probar una sola acusación.  Había enviado a Jesús a Herodes, tetrarca de Galilea y miembro de su nación judía, pero él tampoco había hallado en él cosa digna de muerte.  "Le soltaré , pues, castigado," dijo Pilato.

En esto Pilato demostró su debilidad.  Había declarado que Jesús era inocente; y, sin embargo, estaba dispuesto a hacerlo azotar para apaciguar a sus acusadores.  Quería sacrificar la justicia y los buenos principios para transigir con la turba.  Esto le colocó en situación desventajosa.  La turba se valió de su indecisión y clamó tanto más por la vida del preso.  Si desde el principio Pilato se hubiese mantenido firme, negándose a condenar a un hombre que consideraba inocente, habría roto la cadena fatal que iba a retenerle toda su vida en el remordimiento y la culpabilidad.  Si hubiese obedecido a sus convicciones de lo recto, los judíos no habrían intentado imponerle su voluntad.  Se habría dado muerte a Cristo, pero la culpabilidad no habría recaído sobre Pilato.  Mas Pilato había violado poco a poco su conciencia.  Había buscado pretexto para no juzgar con justicia y equidad, y ahora se hallaba casi impotente en las manos de los sacerdotes y príncipes.  Su vacilación e indecisión provocaron su ruina.

Aun entonces no se le dejó actuar ciegamente.  Un mensaje de Dios le amonestó acerca del acto que estaba por cometer.  En respuesta a la oración de Cristo, la esposa de Pilato había sido visitada por un ángel del cielo, y en un sueño había visto al Salvador y conversado con él.  La esposa de Pilato no era judía, pero mientras miraba a Jesús en su sueño no tuvo duda alguna acerca de su carácter o misión.  Sabía que era el Príncipe de Dios.  Le vio juzgado en el tribunal.  Vio las manos estrechamente ligadas como las manos de un criminal.  Vio a Herodes y sus soldados realizando su impía obra.  Oyó a los 681 sacerdotes y príncipes, llenos de envidia y malicia, acusándole furiosamente.  Oyó las palabras: "Nosotros tenemos ley, y según nuestra ley debe morir."  Vio a Pilato entregar a Jesús para ser azotado, después de haber declarado: "Yo no hallo en él ningún crimen."  Oyó la condenación pronunciada por Pilato, y le vio entregar a Cristo a sus homicidas.  Vio la cruz levantada en el Calvario.  Vio la tierra envuelta en tinieblas y oyó el misterioso clamor: "Consumado es."  Pero otra escena aún se ofreció a su mirada.  Vio a Cristo sentado sobre la gran nube blanca, mientras toda la tierra oscilaba en el espacio y sus homicidas huían de la presencia de su gloria.  Con un grito de horror se despertó, y en seguida escribió a Pilato unas palabras de advertencia.

Mientras Pilato vacilaba en cuanto a lo que debía hacer, un mensajero se abrió paso a través de la muchedumbre y le entregó la carta de su esposa que decía:

"No tengas que ver con aquel justo; porque hoy he padecido muchas cosas en sueños por causa de él."

El rostro de Pilato palideció.  Le confundían sus propias emociones en conflicto.  Pero mientras postergaba la acción, los sacerdotes y príncipes inflamaban aun más los ánimos del pueblo.  Pilato se vio forzado a obrar.  Recordó entonces una costumbre que podría servir para obtener la liberación de Cristo.  En ocasión de esta fiesta, se acostumbraba soltar a algún preso que el pueblo erigiese.  Era una costumbre de invención pagana; no había sombra de justicia en ella, pero los judíos la apreciaban mucho.  En aquel entonces las autoridades romanas tenían preso a un tal Barrabás que estaba bajo sentencia de muerte.  Este hombre había aseverado ser el Mesías.  Pretendía tener autoridad para establecer un orden de cosas diferente para arreglar el mundo.  Dominado por el engaño satánico, sostenía que le pertenecía todo lo que pudiese obtener por el robo.  Había hecho cosas maravillosas por medio de los agentes satánicos, había conquistado secuaces entre el pueblo y había provocado una sedición contra el gobierno romano.  Bajo el manto del entusiasmo religioso, se ocultaba un bribón empedernido y desesperado, que sólo procuraba cometer actos de rebelión y crueldad.  Al ofrecer al pueblo que erigiese entre este hombre y el Salvador inocente, Pilato pensó despertar en 682 él un sentido de justicia.  Esperaba suscitar su simpatía por Jesús en oposición a los sacerdotes y príncipes.  Así que volviéndose a la muchedumbre, dijo con gran fervor: "¿Cuál queréis que os suelte? ¿a Barrabás, o a Jesús que se dice el Cristo?"

Como el rugido de las fieras, vino la respuesta de la turba: Suéltanos a Barrabás.  E iba en aumento el clamor: ¡Barrabás! ¡Barrabás!  Pensando que el pueblo no había comprendido su pregunta, Pilato preguntó: "¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?"  Pero volvieron a clamar: "Quita a éste, y suéltanos a Barrabás."  "¿Qué pues haré de Jesús que se dice el Cristo?" preguntó Pilato.  Nuevamente la agitada turba rugió como demonios.  Había verdaderos demonios en forma humana en la muchedumbre, y ¿qué podía esperarse sino la respuesta: "Sea crucificado"?

Pilato estaba turbado.  No había pensado obtener tal resultado.  Le repugnaba entregar un hombre inocente a la muerte más ignominiosa y cruel que se pudiese infligir.  Cuando hubo cesado el tumulto de las voces, volvió a hablar al pueblo diciendo: "Pues ¿qué mal ha hecho?" Pero era demasiado tarde para argüir.  No eran pruebas de la inocencia de Cristo lo que querían, sino su condena.

Pilato se esforzó todavía por salvarlo.  "Les dijo la tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste?  Ninguna culpa de muerte he hallado en él: le castigaré, pues, y le soltaré."  Pero la sola mención de su liberación decuplicaba el frenesí del pueblo.  "Crucifícale, crucifícale," clamaban.  La tempestad que la indecisión de Pilato había provocado rugía cada vez más.

Jesús fue tomado, extenuado de cansancio y cubierto de heridas, y fue azotado a la vista de la muchedumbre.  "Entonces los soldados le llevaron dentro de la sala, es a saber, al pretorio; y convocan toda la cohorte.  Y le visten de púrpura; y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los Judíos! . . . Y escupían en él, y le adoraban hincadas las rodillas."  De vez en cuando, alguna mano perversa le arrebataba la caña que había sido puesta en su mano, y con ella hería la corona que estaba sobre su frente, haciendo penetrar las espinas en sus sienes y chorrear la sangre por su rostro y barba. 683

¡Admiraos, oh cielos! ¡y asómbrate oh tierra!  Contemplad al opresor y al oprimido.  Una multitud enfurecida rodea al Salvador del mundo.  Las burlas y los escarnios se mezclan con los groseros juramentos de blasfemia.  La muchedumbre inexorable comenta su humilde nacimiento y vida.  Pone en ridículo su pretensión de ser Hijo de Dios, y la broma obscena y el escarnio insultante pasan de labio a labio.

Satanás indujo a la turba cruel a ultrajar al Salvador.  Era su propósito provocarle a que usase de represalias, si era posible, o impulsarle a realizar un milagro para librarse y así destruir el plan de la salvación.  Una mancha sobre su vida humana, un desfallecimiento de su humanidad para soportar la prueba terrible, y el Cordero de Dios habría sido una ofrenda imperfecta y la redención del hombre habría fracasado.  Pero Aquel que con una orden podría haber hecho acudir en su auxilio a la hueste celestial, el que por la manifestación de su majestad divina podría haber ahuyentado de su vista e infundido terror a esa muchedumbre, se sometió con perfecta calma a los más groseros insultos y ultrajes.

Los enemigos de Cristo habían pedido un milagro como prueba de su divinidad.  Tenían una prueba mayor que cualquiera de las que buscasen.  Así como su crueldad degradaba a sus atormentadores por debajo de la humanidad a semejanza de Satanás, así también la mansedumbre y paciencia de Jesús le exaltaban por encima de la humanidad y probaban su relación con Dios.  Su humillación era la garantía de su exaltación.  Las cruentas gotas de sangre que de sus heridas sienes corrieron por su rostro y su barba, fueron la garantía de su ungimiento con el "óleo de alegría"* como sumo sacerdote nuestro.

La ira de Satanás fue grande al ver que todos los insultos infligidos al Salvador no podían arrancar de sus labios la menor murmuración.  Aunque se había revestido de la naturaleza humana, estaba sostenido por una fortaleza semejante a la de Dios y no se apartó un ápice de la voluntad de su Padre.

Cuando Pilato entregó a Jesús para que fuese azotado y burlado, pensó excitar la compasión de la muchedumbre.  Esperaba que ella decidiera que este castigo bastaba.  Pensó que aun la malicia de los sacerdotes estaría ahora satisfecha.  Pero, con aguda percepción, los judíos vieron la debilidad que 684 significaba el castigar así a un hombre que había sido declarado inocente.  Sabían que Pilato estaba procurando salvar la vida del preso, y ellos estaban resueltos a que Jesús no fuese libertado.  Para agradarnos y satisfacernos, Pilato le ha azotado, pensaron, y si insistimos en obtener una decisión, conseguiremos seguramente nuestro fin.

Pilato mandó entonces que se trajese a Barrabás al tribunal.  Presentó luego los dos presos, uno al lado del otro, y señalando al Salvador dijo con voz de solemne súplica: "He aquí el hombre."  "Os le traigo fuera, para que entendáis que ningún crimen hallo en él."

Allí estaba el Hijo de Dios, llevando el manto de burla y la corona de espinas.  Desnudo hasta la cintura, su espalda revelaba los largos, y crueles azotes, de los cuales la sangre fluía copiosamente.  Su rostro manchado de sangre llevaba las marcas del agotamiento y el dolor; pero nunca había parecido más hermoso que en ese momento.  El semblante del Salvador no estaba desfigurado delante de sus enemigos.  Cada rasgo expresaba bondad y resignación y la más tierna compasión por sus crueles verdugos.  Su porte no expresaba debilidad cobarde, sino la fuerza y dignidad de la longanimidad.  En sorprendente contraste, se destacaba el preso que estaba a su lado.  Cada rasgo del semblante de Barrabás le proclamaba como el empedernido rufián que era.  El contraste hablaba a toda persona que lo contemplaba.  Algunos de los espectadores lloraban.  Al mirar a Jesús, sus corazones se llenaron de simpatía.  Aun los sacerdotes y príncipes estaban convencidos de que era todo lo que aseveraba ser.

Los soldados romanos que rodeaban a Cristo no eran todos endurecidos.  Algunos miraban insistentemente su rostro en busca de una prueba de que era un personaje criminal o peligroso.  De vez en cuando, arrojaban una mirada de desprecio a Barrabás.  No se necesitaba profunda percepción para discernir cabalmente lo que era.  Luego volvían a mirar a Aquel a quien se juzgaba.  Miraban al divino doliente con sentimientos de profunda compasión.  La callada sumisión de Cristo grabó en su mente esa escena, que nunca se iba a borrar de ella hasta que le reconocieran como Cristo, o rechazándole decidieran su propio destino. 685

La paciencia del Salvador, que no exhalaba una queja, llenó a Pilato de asombro.  No dudaba de que la vista de este hombre, en contraste con Barrabás, habría de mover a simpatía a los judíos.  Pero no comprendía el odio fanático que sentían los sacerdotes hacia Aquel que, como luz del mundo, había hecho manifiestas sus tinieblas y error.  Habían incitado a la turba a una furia loca, y nuevamente los sacerdotes, los príncipes y el pueblo elevaron aquel terrible clamor: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" Por fin, perdiendo toda paciencia con su crueldad irracional, Pilato exclamó desesperado: "Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo en él crimen."

El gobernador romano, aunque familiarizado con escenas de crueldad, se sentía movido de simpatía hacia el preso doliente que, condenado y azotado, con la frente ensangrentada y la espalda lacerada, seguía teniendo el porte de un rey sobre su trono.  Pero los sacerdotes declararon: "Nosotros tenemos ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios."

Pilato se sorprendió.  No tenía idea correcta de Cristo y de su misión; pero tenía una fe vaga en Dios y en los seres superiores a la humanidad.  El pensamiento que una vez antes cruzara por su mente cobró ahora una forma más definida.  Se preguntó si no sería un ser divino el que estaba delante de él cubierto con el burlesco manto purpúreo y coronado de espinas.

Volvió al tribunal y dijo a Jesús: "¿De dónde eres tú?" Pero Jesús no le respondió.  El Salvador había hablado abiertamente a Pilato explicándole su misión como testigo de la verdad.  Pilato había despreciado la luz, Había abusado del alto cargo de juez renunciando a sus principios y autoridad bajo las exigencias de la turba.  Jesús no tenía ya más luz para él.  Vejado por su silencio, Pilato dijo altaneramente:

"¿A mí no me hablas? ¿no sabes que tengo potestad para crucificarte, y que tengo potestad para soltarte?"

Jesús respondió: "Ninguna potestad tendrías contra mí, si no te fuese dado de arriba: por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene."

Así, el Salvador compasivo, en medio de sus intensos sufrimientos y pesar, disculpó en cuanto le fue posible el acto del gobernador romano que le entregaba para ser crucificado. 686 ¡Qué escena digna de ser transmitida al mundo para todos los tiempos! ¡Cuánta luz derrama sobre el carácter de Aquel que es el juez de toda la tierra!

"El que a ti me ha entregado --dijo Jesús,-- mayor pecado tiene."  Con estas palabras, Cristo indicaba a Caifás, quien, como sumo sacerdote, representaba a la nación judía.  Ellos conocían los principios que regían a las autoridades romanas.  Habían tenido luz en las profecías que testificaban de Cristo y en sus propias enseñanzas y milagros.  Los jueces judíos habían recibido pruebas inequívocas de la divinidad de Aquel a quien condenaban a muerte.  Y según la luz que habían recibido, serían juzgados.

La mayor culpabilidad y la responsabilidad más pesada incumbían a aquellos que estaban en los lugares más encumbrados de la nación, los depositarios de aquellos sagrados cometidos vilmente traicionados.  Pilato, Herodes y los soldados romanos eran comparativamente ignorantes acerca de Jesús.  Insultándole trataban de agradar a los sacerdotes y príncipes.  No tenían la luz que la nación judía había recibido en tanta abundancia.  Si la luz hubiese sido dada a los soldados, no habrían tratado a Cristo tan cruelmente como lo hicieron.

Pilato volvió a proponer la liberación del Salvador.  "Mas los Judíos daban voces, diciendo: Si a éste sueltas, no eres amigo de César."  Así pretendían estos hipócritas ser celosos por la autoridad de César.  De entre todos los que se oponían al gobierno romano, los judíos eran los más encarnizados.  Cuando no había peligro en ello, eran los más tiránicos en imponer sus propias exigencias nacionales y religiosas; pero cuando deseaban realizar algún propósito cruel exaltaban el poder de César.  A fin de lograr la destrucción de Cristo, profesaban ser leales al gobierno extranjero que odiaban.

"Cualquiera que se hace rey --continuaron,--  a César contradice."  Esto tocaba a Pilato en un punto débil.  Era sospechoso para el gobierno romano y sabía que un informe tal le arruinaría.  Sabía que si estorbaba a los judíos, volverían su ira contra él.  Nada descuidarían para lograr su venganza.  Tenía delante de sí un ejemplo de la persistencia con que buscaban la vida de Uno a quien odiaban sin razón.

Pilato tomó entonces su lugar en el sitial del tribunal, y 687 volvió a presentar a Jesús al pueblo diciendo: "He aquí vuestro Rey."  Volvió a oírse el furioso clamor: "Quita, quita crucifícale."  Con voz que fue oída lejos y cerca, Pilato preguntó: " ¿A vuestro Rey he de crucificar?" Pero labios profanos y blasfemos pronunciaron las palabras: "No tenemos rey sino a César."

Al escoger así a un gobernante pagano, la nación judía se retiraba de la teocracia.  Rechazaba a Dios como su Rey.  De ahí en adelante no tendría libertador.  No tendría otro rey sino a César.  A esto habían conducido al pueblo los sacerdotes y maestros.  Eran responsables de esto y de los temibles resultados que siguieron.  El pecado de una nación y su ruina se debieron a sus dirigentes religiosos.

"Y viendo Pilato que nada adelantaba, antes se hacia más alboroto, tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: veréislo vosotros." Con temor y condenándose a si mismo, Pilato miró al Salvador.  En el vasto mar de rostros vueltos hacia arriba, el suyo era el único apacible.  En derredor de su cabeza parecía resplandecer una suave luz.  Pilato dijo en su corazón: Es un Dios.  Volviéndose a la multitud, declaró: Limpio estoy de su sangre, tomadle y crucificadle.  Pero notad, sacerdotes y príncipes, que yo lo declaro justo.  Y Aquel a quien él llama su Padre os juzgue a vosotros y no a mí por la obra de este día.  Luego dijo a Jesús: Perdóname por este acto; no puedo salvarte.  Y cuando le hubo hecho azotar otra vez, le entregó para ser crucificado.

Pilato anhelaba librar a Jesús.  Pero vio que no podría hacerlo y conservar su puesto y sus honores.  Antes que perder su poder mundanal, prefirió sacrificar una vida inocente. ¡Cuántos, para escapar a la pérdida o al sufrimiento, sacrifican igualmente los buenos principios!  La conciencia y el deber señalan un camino, y el interés propio señala otro.  La corriente arrastra fuertemente en la mala dirección, y el que transige con el mal es precipitado a las densas tinieblas de la culpabilidad.

Pilato cedió a las exigencias de la turba.  Antes que arriesgarse a perder su puesto entregó a Jesús para que fuese crucificado, pero a pesar de sus precauciones aquello mismo que temía le aconteció después.  Fue despojado de sus honores, fue derribado de su alto cargo y, atormentado por el remordimiento 688 y el orgullo herido, poco después de la crucifixión se quitó la vida.  Asimismo, todos los que transigen con el pecado no tendrán sino pesar y ruina.  "Hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte."*  Cuando Pilato se declaró inocente de la sangre de Cristo, Caifás contestó desafiante: "Su sangre sea sobre nosotros sobre nuestros hijos."  Estas terribles palabras fueron repetidas por los sacerdotes y gobernantes, y luego por la muchedumbre en un inhumano rugir de voces.  Toda la multitud contestó y dijo: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos."

El pueblo de Israel había hecho su elección.  Señalando a Jesús, habían dicho: "Quita a éste, y suéltanos a Barrabás."  Barrabás, el ladrón y homicida, era representante de Satanás.  Cristo era el representante de Dios.  Cristo había sido rechazado; Barrabás había sido elegido.  Iban a tener a Barrabás.  Al hacer su elección, aceptaban al que desde el principio es mentiroso y homicida.  Satanás era su dirigente.  Como nación, iban a cumplir sus dictados.  Iban a hacer sus obras.  Tendrían que soportar su gobierno.  El pueblo que eligió a Barrabás en lugar de Cristo iba a sentir la crueldad de Barrabás mientras durase el tiempo.

Mirando al herido Cordero de Dios, los judíos habían clamado: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos."  Este espantoso clamor ascendió al trono de Dios.  Esa sentencia, que pronunciaron sobre sí mismos, fue escrita en el cielo.  Esa oración fue oída.  La sangre del Hijo de Dios fue como una maldición perpetua sobre sus hijos y los hijos sus hijos.

Esto se cumplió en forma espantosa en la destrucción de Jerusalén y durante dieciocho siglos en la condición de la nación judía que fue como un sarmiento cortado de la vid, una rama muerta y estéril, destinada a ser juntada y quemada.  ¡De país a país a través del mundo, de siglo a siglo, muertos, muertos en delitos y pecados!

Terriblemente se habrá de cumplir esta oración en el gran día del juicio.  Cuando Cristo vuelva a la tierra, los hombres no le verán como preso rodeado por una turba.  Le verán como Rey del cielo.  Cristo volverá en su gloria, en la gloria de su Padre y en la gloria de los santos ángeles.  Miríadas y miríadas, 689 y miles de miles de ángeles, hermosos y triunfantes hijos de Dios que poseen una belleza y gloria superiores a todo lo que conocemos, le escoltarán en su regreso.  Entonces se sentará sobre el trono de su gloria y delante de él se congregarán todas las naciones.  Entonces todo ojo le verá y también los que le traspasaron.  En lugar de una corona de espinas, llevará una corona de gloria, una corona dentro de otra corona.  En lugar de aquel viejo manto de grana, llevará un vestido del blanco más puro, "tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos."*  Y en su vestidura y en su muslo estará escrito un nombre: "Rey de reyes y Señor de señores."*  Los que le escarnecieron e hirieron estarán allí.  Los sacerdotes y príncipes contemplarán de nuevo la escena del pretorio.  Cada circunstancia se les presentará como escrita en letras de fuego.  Entonces los que pidieron: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos," recibirán la respuesta a su oración.  Entonces el mundo entero conocerá y entenderá.  Los pobres, débiles y finitos seres humanos comprenderán contra quién y contra qué estuvieron guerreando.  Con terrible agonía y horror, clamarán a las montañas y a las rocas: "Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero: porque el gran día de su ira es venido; ¿y quién podrá estar firme?"*

 

CAPÍTULO 78

El Calvario

 "Y COMO vinieron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí."

"Para santificar al pueblo por su propia sangre," Cristo "padeció fuera de la puerta."*  Por la transgresión de la ley de Dios, Adán y Eva fueron desterrados del Edén.  Cristo, nuestro substituto, iba a sufrir fuera de los límites de Jerusalén.  Murió fuera de la puerta, donde eran ejecutados los criminales y homicidas.  Rebosan de significado las palabras: "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición."*

Una vasta multitud siguió a Jesús desde el pretorio hasta el Calvario.  Las nuevas de su condena se habían difundido por toda Jerusalén, y acudieron al lugar de su ejecución personas de todas clases y jerarquías.  Los sacerdotes y príncipes se habían comprometido a no molestar a los seguidores de Cristo si él les era entregado, así que los discípulos y creyentes de la ciudad y región circundante pudieron unirse a la muchedumbre que seguía al Salvador.

Al cruzar Jesús la puerta del atrio del tribunal de Pilato, la cruz que había sido preparada para Barrabás fue puesta sobre sus hombros magullados y ensangrentados.  Dos compañeros de Barrabás iban a sufrir la muerte al mismo tiempo que Jesús, y se pusieron también cruces sobre ellos.  La carga del Salvador era demasiado pesada para él en su condición débil y doliente.  Desde la cena de Pascua que tomara con sus discípulos, no había ingerido alimento ni bebida.  En el huerto de Getsemaní había agonizado en conflicto con los agentes satánicos.  Había soportado la angustia de la entrega, y había visto a sus discípulos abandonarle y huir.  Había sido llevado a Annás, luego a Caifás y después a Pilato.  De Pilato había sido enviado a Herodes, luego de nuevo a Pilato.  Las injurias habían sucedido a las injurias, los escarnios a los escarnios; Jesús había sido 691 flagelado dos veces, y toda esa noche se había producido una escena tras otra de un carácter capaz de probar hasta lo sumo a un alma humana.  Cristo no había desfallecido.  No ha