

































 |
El
Deseado de todas las Gentes
CAPÍTULO 71
Un Siervo de Siervos
EN EL aposento alto de una morada de
Jerusalén, Cristo estaba sentado a la mesa con sus discípulos. Se habían
reunido para celebrar la Pascua. El Salvador deseaba observar esta
fiesta a solas con los doce. Sabía que había llegado su hora; él mismo
era el verdadero cordero pascual, y en el día en que se comiera la
pascua, iba a ser sacrificado. Estaba por beber la copa de la ira;
pronto iba a recibir el bautismo final de sufrimiento. Pero le quedaban
todavía algunas horas de tranquilidad, y quería emplearlas para
beneficio de sus amados discípulos.
Toda la vida de Cristo había sido una vida
de servicio abnegado. La lección de cada uno de sus actos enseñaba que
había venido "no . . . para ser servido, sino para servir."* Pero los
discípulos no habían aprendido todavía la lección. En esta última cena
de Pascua, Jesús repitió su enseñanza mediante una ilustración que la
grabó para siempre en su mente y corazón.
Las entrevistas de Jesús con sus
discípulos eran generalmente momentos de gozo sereno, muy apreciados por
todos ellos. Las cenas de Pascua habían sido momentos de especial
interés, pero en esta ocasión Jesús estaba afligido. Su corazón estaba
apesadumbrado, y una sombra descansaba sobre su semblante. Al reunirse
con los discípulos en el aposento alto, percibieron que algo le apenaba
en gran manera, y aunque no sabían la causa, simpatizaban con su pesar.
Mientras estaban reunidos en derredor de
la mesa, dijo en tono de conmovedora tristeza: "En gran manera he
deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca; porque os digo
que no comeré más de ella, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y
tomando el vaso, habiendo dado gracias, dijo: Tomad esto, y partidlo
entre vosotros; porque os digo, que no beberé más del fruto de la vid,
hasta que el reino de Dios venga." 599
Cristo sabía que para él había llegado el
tiempo de partir del mundo e ir a su Padre. Y habiendo amado a los suyos
que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Estaba ahora en la misma
sombra de la cruz, y el dolor torturaba su corazón.
Sabía que sería abandonado en la hora de
su entrega. Sabía que se le daría muerte por el más humillante
procedimiento aplicado a los criminales. Conocía la ingratitud y
crueldad de aquellos a quienes había venido a salvar. Sabía cuán grande
era el sacrificio que debía hacer, y para cuántos sería en vano.
Sabiendo todo lo que le esperaba, habría sido natural que estuviese
abrumado por el pensamiento de su propia humillación y sufrimiento. Pero
miraba como suyos a los doce que habían estado con él y que, pasados el
oprobio, el pesar y los malos tratos que iba a soportar, habían de
quedar a luchar en el mundo. Sus pensamientos acerca de lo que él mismo
debía sufrir estaban siempre relacionados con sus discípulos. No pensaba
en sí mismo. Su cuidado por ellos era lo que predominaba en su ánimo.
En esta última noche con sus discípulos,
Jesús tenía mucho que decirles. Si hubiesen estado preparados para
recibir lo que anhelaba impartirles, se habrían ahorrado una angustia
desgarradora, desaliento e incredulidad. Pero Jesús vio que no podían
soportar lo que él tenía que decirles. Al mirar sus rostros, las
palabras de amonestación y consuelo se detuvieron en sus labios.
Transcurrieron algunos momentos en silencio. Jesús parecía estar
aguardando. Los discípulos se sentían incómodos. La simpatía y ternura
despertadas por el pesar de Cristo parecían haberse desvanecido. Sus
entristecidas palabras, que señalaban su propio sufrimiento, habían
hecho poca impresión. Las miradas que se dirigían unos a otros hablaban
de celos y rencillas.
"Hubo entre ellos una contienda, quién de
ellos parecía ser el mayor." Esta contienda, continuada en presencia de
Cristo, le apenaba y hería. Los discípulos se aferraban a su idea
favorita de que Cristo iba a hacer valer su poder y ocupar su puesto en
el trono de David. Y en su corazón, cada uno anhelaba tener el más alto
puesto en el reino. Se habían avalorado a sí mismos y unos a otros, y en
vez de considerar más dignos a sus hermanos, cada uno se había puesto
en primer lugar. La petición 600 de Juan y Santiago de sentarse a la
derecha y a la izquierda del trono de Cristo, había excitado la
indignación de los demás. El que los dos hermanos se atreviesen a pedir
el puesto más alto, airaba tanto a los diez que el enajenamiento
amenazaba penetrar entre ellos. Consideraban que se los había juzgado
mal, y que su fidelidad y talentos no eran apreciados. Judas era el más
severo con Santiago y Juan.
Cuando los discípulos entraron en el
aposento alto, sus corazones estaban llenos de resentimiento. Judas se
mantenía al lado de Cristo, a la izquierda; Juan estaba a la derecha. Si
había un puesto más alto que los otros, Judas estaba resuelto a
obtenerlo, y se pensaba que este puesto era al lado de Cristo. Y Judas
era traidor.
Se había levantado otra causa de
disensión. Era costumbre, en ocasión de una fiesta, que un criado lavase
los pies de los huéspedes, y en esa ocasión se habían hecho preparativos
para este servicio. La jarra, el lebrillo y la toalla estaban allí,
listos para el lavamiento de los pies; pero no había siervo presente, y
les tocaba a los discípulos cumplirlo. Pero cada uno de los discípulos,
cediendo al orgullo herido, resolvió no desempeñar el papel de siervo.
Todos manifestaban una despreocupación estoica, al parecer inconscientes
de que les tocaba hacer algo. Por su silencio, se negaban a humillarse.
¿Cómo iba Cristo a llevar a estas pobres
almas adonde Satanás no pudiese ganar sobre ellas una victoria decisiva?
¿Cómo podría mostrarles que el mero profesar ser discípulos no los hacía
discípulos, ni les aseguraba un lugar en su reino? ¿Cómo podría
mostrarles que es el servicio amante y la verdadera humildad lo que
constituye la verdadera grandeza? ¿Cómo habría de encender el amor en su
corazón y habilitarlos para entender lo que anhelaba explicarles?
Los discípulos no hacían ningún ademán de
servirse unos a otros. Jesús aguardó un rato para ver lo que iban a
hacer. Luego él, el Maestro divino, se levantó de la mesa. Poniendo a un
lado el manto exterior que habría impedido sus movimientos, tomó una
toalla y se ciñó. Con sorprendido interés, los discípulos miraban, y en
silencio esperaban para ver lo que iba a seguir. "Luego puso agua en un
lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos
con la toalla con que 601 estaba ceñido." Esta acción abrió los ojos de
los discípulos. Amarga vergüenza y humillación llenaron su corazón.
Comprendieron el mudo reproche, y se vieron desde un punto de vista
completamente nuevo.
Así expresó Cristo su amor por sus
discípulos. El espíritu egoísta de ellos le llenó de tristeza, pero no
entró en controversia con ellos acerca de la dificultad. En vez de eso,
les dio un ejemplo que nunca olvidarían. Su amor hacia ellos no se
perturbaba ni se apagaba fácilmente. Sabía que el Padre había puesto
todas las cosas en sus manos, y que él provenía de Dios e iba a Dios.
Tenía plena conciencia de su divinidad; pero había puesto a un lado su
corona y vestiduras reales, y había tomado forma de siervo. Uno de los
últimos actos de su vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y
cumplir la tarea de un siervo.
Antes de la Pascua, Judas se había
encontrado por segunda vez con los sacerdotes y escribas, y había
cerrado el contrato de entregar a Jesús en sus manos. Sin embargo, más
tarde se mezcló con los discípulos como si fuese inocente de todo mal, y
se interesó en la ejecución de los preparativos para la fiesta. Los
discípulos no sabían nada del propósito de Judas. Sólo Jesús podía leer
su secreto. Sin embargo, no le desenmascaró, Jesús sentía anhelo por su
alma. Sentía por él tanta preocupación como por Jerusalén cuando lloró
sobre la ciudad condenada. Su corazón clamaba: "¿Cómo tengo de
dejarte?" El poder constrictivo de aquel amor fue sentido por Judas.
Mientras las manos del Salvador estaban bañando aquellos pies
contaminados y secándolos con la toalla, el impulso de confesar entonces
y allí mismo su pecado conmovió intensamente el corazón de Judas. Pero
no quiso humillarse. Endureció su corazón contra el arrepentimiento; y
los antiguos impulsos, puestos a un lado por el momento, volvieron a
dominarle. Judas se ofendió entonces por el acto de Cristo de lavar los
pies de sus discípulos. Si Jesús podía humillarse de tal manera,
pensaba, no podía ser el rey de Israel. Eso destruía toda esperanza de
honores mundanales en un reino temporal. Judas quedó convencido de que
no había nada que ganar siguiendo a Cristo. Después de verle degradarse
a si mismo, como pensaba, se confirmó en su propósito de negarle y de
confesarse 602 engañado. Fue poseído por un demonio, y resolvió
completar la obra que había convenido hacer: entregar a su Señor.
Judas, al elegir su puesto en la mesa,
había tratado de colocarse en primer lugar, y Cristo, como siervo, le
sirvió a él primero. Juan, hacia quien Judas había tenido tan amargos
sentimientos, fue dejado hasta lo último. Pero Juan no lo consideró
como una reprensión o desprecio. Mientras los discípulos observaban la
acción de Cristo, se sentían muy conmovidos. Cuando llegó el turno de
Pedro, éste exclamó con asombro: "¿Señor, tú me lavas los pies?" La
condescendencia de Cristo quebrantó su corazón. Se sintió lleno de
vergüenza al pensar que ninguno de los discípulos cumplía este
servicio. "Lo que yo hago --dijo Cristo,-- tú no entiendes ahora; mas
lo entenderás después." Pedro no podía soportar el ver a su Señor, a
quien creía ser Hijo de Dios, desempeñar un papel de siervo. Toda su
alma se rebelaba contra esta humillación. No comprendía que para esto
había venido Cristo al mundo. Con gran énfasis, exclamó: "¡No me
lavarás los pies jamás!"
Solemnemente, Cristo dijo a Pedro: "Si no
te lavare, no tendrás parte conmigo." El servicio que Pedro rechazaba
era figura de una purificación superior. Cristo había venido para lavar
el corazón de la mancha del pecado. Al negarse a permitir a Cristo que
le lavase los pies, Pedro rehusaba la purificación superior incluida en
la inferior. Estaba realmente rechazando a su Señor. No es humillante
para el Maestro que le dejemos obrar nuestra purificación. La verdadera
humildad consiste en recibir con corazón agradecido cualquier provisión
hecha en nuestro favor, y en prestar servicio para Cristo con fervor.
Al oír las palabras, "si no te lavare, no
tendrás parte conmigo," Pedro renunció a su orgullo y voluntad propia.
No podía soportar el pensamiento de estar separado de Cristo; habría
significado la muerte para él. "No sólo mis pies --dijo,-- mas aun las
manos y la cabeza. Dícele Jesús: El que está lavado, no necesita sino
que lave los pies, mas está todo limpio."
Estas palabras significaban más que la
limpieza corporal. Cristo estaba hablando todavía de la purificación
superior ilustrada por la inferior. El que salía del baño, estaba
limpio, pero los pies calzados de sandalias se cubrían pronto de polvo,
603 y volvían a necesitar que se los lavase. Así también Pedro y sus
hermanos habían sido lavados en la gran fuente abierta para el pecado y
la impureza. Cristo los reconocía como suyos. Pero la tentación los
había inducido al mal, y necesitaban todavía su gracia purificadora.
Cuando Jesús se ciñó con una toalla para lavar el polvo de sus pies,
deseó por este mismo acto lavar el enajenamiento, los celos el orgullo
de sus corazones. Esto era mucho más importante que lavar sus
polvorientos pies. Con el espíritu que entonces manifestaban, ninguno
de ellos estaba preparado para tener comunión con Cristo. Hasta que
fuesen puestos en un estado de humildad y amor, no estaban preparados
para participar en la cena pascual, o del servicio recordativo que
Cristo estaba por instituir. Sus corazones debían ser limpiados. El
orgullo y el egoísmo crean disensión y odio, pero Jesús se los quitó al
lavarles los pies. Se realizó un cambio en sus sentimientos.
Mirándolos, Jesús pudo decir: "Vosotros limpios estáis." Ahora sus
corazones estaban unidos por el amor mutuo. Habían llegado a ser
humildes y a estar dispuestos a ser enseñados. Excepto Judas, cada uno
estaba listo para conceder a otro el lugar más elevado. Ahora, con
corazones subyugados y agradecidos, podían recibir las palabras de
Cristo.
Como Pedro y sus hermanos, nosotros
también hemos sido lavados en la sangre de Cristo, y sin embargo la
pureza del corazón queda con frecuencia contaminada por el contacto con
el mal. Debemos ir a Cristo para obtener su gracia purificadora. Pedro
rehuía el poner sus pies contaminados en contacto con las manos de su
Señor y Maestro; pero ¡con cuánta frecuencia ponemos en contacto con el
corazón de Cristo nuestros corazones pecaminosos y contaminados! ¡Cuán
penosos le resultan nuestro mal genio, nuestra vanidad y nuestro
orgullo! Sin embargo, debemos llevarle todas nuestras flaquezas y
contaminación. El es el único que puede lavarnos. No estamos
preparados para la comunión con él a menos que seamos limpiados por su
eficacia.
Jesús dijo a los discípulos: "Vosotros
limpios estáis, aunque no todos." El había lavado los pies de Judas,
pero éste no le había entregado su corazón. Este no fue purificado.
Judas no se había sometido a Cristo.604
Después que Cristo hubo lavado los pies de
los discípulos, se puso la ropa que se había sacado, se sentó de nuevo y
les dijo: "¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis, Maestro, y,
Señor: y decís bien; porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro,
he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos
a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho,
vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es
mayor que su Señor, ni el apóstol es mayor que el que le envió."
Cristo quería que sus discípulos
comprendiesen que aunque les había lavado los pies, esto no le restaba
dignidad. "Vosotros me llamáis, Maestro, y, Señor; y decís bien; porque
lo soy." Y siendo tan infinitamente superior, impartió gracia y
significado al servicio. Nadie ocupaba un puesto tan exaltado como el
de Cristo, y sin embargo él se rebajó a cumplir el más humilde deber. A
fin de que los suyos no fuesen engañados por el egoísmo que habita en el
corazón natural y se fortalece por el servicio propio, Cristo les dio su
ejemplo de humildad. No quería dejar a cargo del hombre este gran
asunto. De tanta importancia lo consideró, que él mismo que era igual a
Dios, actuó como siervo de sus discípulos. Mientras estaban
contendiendo por el puesto más elevado, Aquel ante quien toda rodilla ha
de doblarse, Aquel a quien los ángeles de gloria se honran en servir, se
inclinó para lavar los pies de quienes le llamaban Señor. Lavó los pies
de su traidor.
En su vida y sus lecciones, Cristo dio un
ejemplo perfecto del ministerio abnegado que tiene su origen en Dios.
Dios no vive para sí. Al crear el mundo y al sostener todas las cosas,
está sirviendo constantemente a otros. El "hace que su sol salga sobre
malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos." * Este ideal de
ministerio fue confiado por Dios a su Hijo. Jesús fue dado para que
estuviese a la cabeza de la humanidad, a fin de que por su ejemplo
pudiese enseñar lo que significa servir. Toda su vida fue regida por
una ley de servicio. Sirvió y ministró a todos. Así vivió la ley de
Dios, y por su ejemplo nos mostró cómo debemos obedecerla nosotros.
Vez tras vez, Jesús había tratado de
establecer este principio entre sus discípulos. Cuando Santiago y Juan
hicieron su pedido de preeminencia, él dijo: "El que quisiere entre
vosotros 605 hacerse grande, será vuestro servidor."* En mi reino, el
principio de preferencia y supremacía no tiene cabida. La única
grandeza es la grandeza de la humildad. La única distinción se halla en
la devoción al servicio de los demás.
Ahora, habiendo lavado los pies de los
discípulos, dijo: "Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho,
vosotros también hagáis." En estas palabras Cristo no sólo ordenaba la
práctica de la hospitalidad. Quería enseñar algo más que el lavamiento
de los pies de los huéspedes para quitar el polvo del viaje. Cristo
instituía un servicio religioso. Por el acto de nuestro Señor, esta
ceremonia humillante fue transformada en rito consagrado, que debía ser
observado por los discípulos, a fin de que recordasen siempre sus
lecciones de humildad y servicio.
Este rito es la preparación indicada por
Cristo para el servicio sacramental. Mientras se alberga orgullo y
divergencia y se contiende por la supremacía, el corazón no puede entrar
en comunión con Cristo. No estamos preparados para recibir la comunión
de su cuerpo y su sangre. Por esto, Jesús indicó que se observase
primeramente la ceremonia conmemorativa de su humillación.
Al llegar a este rito, los hijos de Dios
deben recordar las palabras del Señor de vida y gloria: "¿Sabéis lo que
os he hecho? Vosotros me llamáis, Maestro, y, Señor: y decís bien;
porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros
pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros.
Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros
también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que
su señor, ni el apóstol es mayor que el que le envió. Si sabéis estas
cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis." Hay en el hombre una
disposición a estimarse más que a su hermano, a trabajar para si, a
buscar el puesto más alto; y con frecuencia esto produce malas sospechas
y amargura de espíritu. El rito que precede a la cena del Señor, está
destinado a aclarar estos malentendidos, a sacar al hombre de su
egoísmo, a bajarle de sus zancos de exaltación propia y darle la
humildad de corazón que le inducirá a servir a su hermano.
El santo Vigilante del cielo está presente
en estos momentos para hacer de ellos momentos de escrutinio del alma,
de convicción 606 del pecado y de bienaventurada seguridad de que los
pecados están perdonados. Cristo, en la plenitud de su gracia, está
allí para cambiar la corriente de los pensamientos que han estado
dirigidos por cauces egoístas. El Espíritu Santo despierta las
sensibilidades de aquellos que siguen el ejemplo de su Señor. Al ser
recordada así la humillación del Salvador por nosotros, los pensamientos
se vinculan con los pensamientos; se evoca una cadena de recuerdos de la
gran bondad de Dios y del favor y ternura de los amigos terrenales. Se
recuerdan las bendiciones olvidadas, las mercedes de las cuales se
abusó, las bondades despreciadas. Quedan puestas de manifiesto las
raíces de amargura que habían ahogado la preciosa planta del amor. Los
defectos del carácter, el descuido de los deberes, la ingratitud hacia
Dios, la frialdad hacia nuestros hermanos, son tenidos en cuenta. Se ve
el pecado como Dios lo ve. Nuestros pensamientos no son pensamientos de
complacencia propia, sino de severa censura propia y humillación. La
mente queda vivificada para quebrantar toda barrera que causó
enajenamiento. Se ponen a un lado las palabras y los pensamientos
malos. Se confiesan y perdonan los pecados. La subyugadora gracia de
Cristo entra en el alma, y el amor de Cristo acerca los corazones unos a
otros en bienaventurada unidad.
A medida que se aprende así la lección del
servicio preparatorio, se enciende el deseo de vivir una vida espiritual
más elevada. El divino Testigo responderá a este deseo. El alma será
elevada. Podemos participar de la comunión con el sentimiento
consciente de que nuestros pecados están perdonados. El sol de la
justicia de Cristo llenará las cámaras de la mente y el templo del
alma. Contemplaremos al "Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo."*
Para los que reciben el espíritu de este
servicio, no puede nunca llegar a ser una mera ceremonia. Su constante
lección será: "Servíos por amor los unos a los otros."* Al lavar los
pies a sus discípulos, Cristo dio evidencia de que haría, por humilde
que fuera, cualquier servicio que los hiciese herederos con él de la
eterna riqueza del tesoro del cielo. Sus discípulos, al cumplir el
mismo rito, se comprometen asimismo a servir a sus hermanos.
Dondequiera que este rito se celebra debidamente, los hijos de Dios se
ponen en santa relación, para ayudarse y 607 bendecirse unos a otros.
Se comprometen a entregar su vida a un ministerio abnegado. Y esto no
sólo unos por otros. Su campo de labor es tan vasto como lo era el de
su Maestro. El mundo está lleno de personas que necesitan nuestro
ministerio. Por todos lados, hay pobres desamparados e ignorantes. Los
que hayan tenido comunión con Cristo en el aposento alto, saldrán a
servir como él sirvió.
Jesús, que era servido por todos, vino a
ser siervo de todos. Y porque ministró a todos, volverá a ser servido y
honrado por todos. Y los que quieren participar de sus atributos, y con
él compartir el gozo de ver almas redimidas, deben seguir su ejemplo de
ministerio abnegado.
Todo esto abarcaban las palabras de
Cristo: "Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros
también hagáis." Tal era el propósito del rito que él estableció. Y
dice: "Si sabéis estas cosas," si conocéis el propósito de sus
lecciones, "bienaventurados seréis, si las hiciereis." 608
CAPÍTULO 72
"Haced Esto en Memoria de Mí"
"EL SEÑOR JESÚS, la noche que fue
entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad,
comed: esto es mi cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en
memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado,
diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre: haced esto todas las
veces que bebierais, en memoria de mí. Porque todas las veces que
comiereis este pan, y bebierais esta copa, la muerte del Señor anunciáis
hasta que venga."* Cristo se hallaba en el punto de transición entre
dos sistemas y sus dos grandes fiestas respectivas. El, el Cordero
inmaculado de Dios, estaba por presentarse como ofrenda por el pecado, y
así acabaría con el sistema de figuras y ceremonias que durante cuatro
mil años había anunciado su muerte. Mientras comía la pascua con sus
discípulos, instituyó en su lugar el rito que había de conmemorar su
gran sacrificio. La fiesta nacional de los judíos iba a desaparecer
para siempre. El servicio que Cristo establecía había de ser observado
por sus discípulos en todos los países y a través de todos los siglos.
La Pascua fue ordenada como conmemoración
del libramiento de Israel de la servidumbre egipcia. Dios había
indicado que, año tras año, cuando los hijos preguntasen el significado
de este rito, se les repitiese la historia. Así había de mantenerse
fresca en la memoria de todos aquella maravillosa liberación. El rito
de la cena del Señor fue dado para conmemorar la gran liberación obrada
como resultado de la muerte de Cristo. Este rito ha de celebrarse hasta
que él venga por segunda vez con poder y gloria. Es el medio por el
cual ha de mantenerse fresco en nuestra mente el recuerdo de su gran
obra en favor nuestro.
En ocasión de su liberación de Egipto, los
hijos de Israel comieron la cena de Pascua de pie, con los lomos
ceñidos, con el bordón en la mano, listos para el viaje. La manera en
609 que celebraban este rito armonizaba con su condición; porque estaban
por ser arrojados del país de Egipto, e iban a empezar un viaje penoso y
difícil a través del desierto. Pero en el tiempo de Cristo, las
condiciones habían cambiado. Ya no estaban por ser arrojados de un país
extraño, sino que moraban en su propia tierra. En armonía con el reposo
que les había sido dado, el pueblo tomaba entonces la cena pascual en
posición recostada. Se colocaban canapés en derredor de la mesa, y los
huéspedes descansaban en ellos, apoyándose en el brazo izquierdo, y
teniendo la mano derecha libre para manejar la comida. En esta
posición, un huésped podía poner la cabeza sobre el pecho del que seguía
en orden hacia arriba. Y los pies, hallándose al extremo exterior del
canapé, podrán ser lavados por uno que pasase en derredor de la parte
exterior del círculo.
Cristo estaba todavía a la mesa en la cual
se había servido la cena pascual. Delante de él estaban los panes sin
levadura que se usaban en ocasión de la Pascua. El vino de la Pascua,
exento de toda fermentación, estaba sobre la mesa. Estos emblemas
empleó Cristo para representar su propio sacrificio sin mácula. Nada
que fuese corrompido por la fermentación, símbolo de pecado y muerte,
podía representar al "Cordero sin mancha y sin contaminación."*
"Y comiendo ellos, tomó Jesús el pan, y
bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed, esto
es mi cuerpo. Y tomando el vaso, y hechas gracias, les dio, diciendo:
Bebed de él todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual es
derramada por muchos para remisión de los pecados. Y os digo, que desde
ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo
tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi Padre."
El traidor Judas estaba presente en el
servicio sacramental. Recibió de Jesús los emblemas de su cuerpo
quebrantado y su sangre derramada. Oyó las palabras: "Haced esto en
memoria de mí." Y sentado allí en la misma presencia del Cordero de
Dios, el traidor reflexionaba en sus sombríos propósitos y albergaba
pensamientos de resentimiento y venganza.
Mientras les lavaba los pies, Cristo había
dado pruebas convincentes de que conocía el carácter de Judas. "No
estáis limpios todos,"* había dicho. Estas palabras convencieron al
falso 610 discípulo de que Cristo leía su propósito secreto. Pero ahora
Jesús habló más claramente. Sentado a la mesa con los discípulos, dijo,
mirándolos: "No hablo de todos vosotros: y sé los que he elegido: mas
para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra
mi su calcañar."
Aun entonces los discípulos no sospecharon
de Judas. Pero vieron que Cristo parecía muy afligido. Una nube se
posó sobre todos ellos, un presentimiento de alguna terrible calamidad
cuya naturaleza no comprendían. Mientras comían en silencio, Jesús
dijo: "De cierto os digo, que uno de vosotros me ha de entregar." Al
oír estas palabras, el asombro y la consternación se apoderaron de
ellos. No podían comprender cómo cualquiera de ellos pudiese traicionar
a su divino Maestro. ¿Por qué causa podría traicionarle? ¿Y ante quién?
¿En el corazón de quién podría nacer tal designio? ¡Por cierto que no
sería en el de ninguno de los doce favorecidos, que, sobre todos los
demás, habían tenido el privilegio de oír sus enseñanzas, que habían
compartido su admirable amor, y hacia quienes había manifestado tan
grande consideración al ponerlos en íntima comunión con él!
Al darse cuenta del significado de sus
palabras y recordar cuán ciertos eran sus dichos, el temor y la
desconfianza propia se apoderaron de ellos. Comenzaron a escudriñar su
propio corazón para ver si albergaba algún pensamiento contra su
Maestro. Con la más dolorosa emoción, uno tras otro preguntó: "¿Soy yo,
Señor?" Pero Judas guardaba silencio. Al fin, Juan, con profunda
angustia, preguntó: "Señor, ¿quién es?" Y Jesús contestó: "El que mete
la mano conmigo en el plato, ése me ha de entregar. A la verdad el Hijo
del hombre va, como esta escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por
quien el Hijo del hombre es entregado! bueno le fuera al tal hombre no
haber nacido." Los discípulos se habían escrutado mutuamente los
rostros al preguntar: "¿Soy yo, Señor?" Y ahora el silencio de Judas
atraía todos los ojos hacia él. En medio de la confusión de preguntas y
expresiones de asombro, Judas no había oído las palabras de Jesús en
respuesta a la pregunta de Juan. Pero ahora, para escapar al escrutinio
de los discípulos, preguntó como ellos: "¿Soy yo, Maestro?" Jesús
replicó solemnemente: "Tú lo has dicho." 611
Sorprendido y confundido al ver expuesto
su propósito, Judas se levantó apresuradamente para salir del aposento.
"Entonces Jesús le dice: Lo que haces, hazlo más presto. . . . Como él
pues hubo tomado el bocado, luego salió: y era ya noche." Era
verdaderamente noche para el traidor cuando, apartándose de Cristo,
penetró en las tinieblas de afuera.
Hasta que hubo dado este paso, Judas no
había traspasado la posibilidad de arrepentirse. Pero cuando abandonó
la presencia de su Señor y de sus condiscípulos, había hecho la decisión
final. Había cruzado el límite.
Admirable había sido la longanimidad de
Jesús en su trato con esta alma tentada. Nada que pudiera hacerse para
salvar a Judas se había dejado de lado. Después que se hubo
comprometido dos veces a entregar a su Señor, Jesús le dio todavía
oportunidad de arrepentirse. Leyendo el propósito secreto del corazón
del traidor, Cristo dio a Judas la evidencia final y convincente de su
divinidad. Esto fue para el falso discípulo el último llamamiento al
arrepentimiento. El corazón divino-humano de Cristo no escatimó súplica
alguna que pudiera hacer. Las olas de la misericordia, rechazadas por
el orgullo obstinado, volvían en mayor reflujo de amor subyugador. Pero
aunque sorprendido y alarmado al ver descubierta su culpabilidad, Judas
se hizo tan sólo más resuelto en ella. Desde la cena sacramental, salió
para completar la traición.
Al pronunciar el ay sobre Judas, Cristo
tenía también un propósito de misericordia para con sus discípulos. Les
dio así la evidencia culminante de su carácter de Mesías. "Os lo digo
antes que se haga --dijo,-- para que cuando se hiciere, creáis que yo
soy." Si Jesús hubiese guardado silencio, en aparente ignorancia de lo
que iba a sobrevenirle, los discípulos podrían haber pensado que su
Maestro no tenia previsión divina, y que había sido sorprendido y
entregado en las manos de la turba homicida. Un año antes, Jesús había
dicho a los discípulos que había escogido a doce, y que uno de ellos era
diablo. Ahora las palabras que había dirigido a Judas demostraban que
su Maestro conocía plenamente su traición e iban a fortalecer la fe de
los discípulos fieles durante su humillación. Y cuando Judas hubiese
llegado a su horrendo fin, recordarían el ay pronunciado por Jesús sobre
el traidor. 612
El Salvador tenía otro propósito aún. No
había privado de su ministerio a aquel que sabía era el traidor. Los
discípulos no comprendieron sus palabras cuando dijo, mientras les
lavaba los pies: "No estáis limpios todos," ni tampoco cuando declaró en
la mesa: "El que come pan conmigo, levantó contra mi su calcañar."* Pero
más tarde, cuando su significado quedó aclarado, vieron allí pruebas de
la paciencia y misericordia de Dios hacia el que más gravemente pecara.
Aunque Jesús conocía a Judas desde el
principio, le lavó los pies. Y el traidor tuvo ocasión de unirse con
Cristo en la participación del sacramento. Un Salvador longánime
ofreció al pecador todo incentivo para recibirle, para arrepentirse y
ser limpiado de la contaminación del pecado. Este ejemplo es para
nosotros. Cuando suponemos que alguno está en error y pecado, no
debemos separarnos de él. No debemos dejarle presa de la tentación por
algún apartamiento negligente, ni impulsarle al terreno de batalla de
Satanás. Tal no es el método de Cristo. Porque los discípulos estaban
sujetos a yerros y defectos, Cristo lavó sus pies, y todos menos uno de
los doce fueron traídos al arrepentimiento.
El ejemplo de Cristo prohibe la
exclusividad en la cena del Señor. Es verdad que el pecado abierto
excluye a los culpables. Esto lo enseña claramente el Espíritu Santo.*
Pero, fuera de esto, nadie ha de pronunciar juicio. Dios no ha dejado a
los hombres el decir quiénes se han de presentar en estas ocasiones.
Porque ¿quién puede leer el corazón? ¿Quién puede distinguir la cizaña
del trigo? "Por tanto, pruébese cada uno a si mismo, y coma así de
aquel pan, y beba de aquella copa." Porque "cualquiera que comiere este
pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo
y de la sangre del Señor." "El que come y bebe indignamente, juicio
come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor."*
Cuando los creyentes se congregan para
celebrar los ritos, están presentes mensajeros invisibles para los ojos
humanos. Puede haber un Judas en el grupo, y en tal caso hay allí
mensajeros del príncipe de las tinieblas, porque ellos acompañan a todos
los que se niegan a ser dirigidos por el Espíritu Santo. Los ángeles
celestiales están también presentes. Estos visitantes 613 invisibles
están presentes en toda ocasión tal. Pueden entrar en el grupo personas
que no son de todo corazón siervos de la verdad y la santidad, pero que
desean tomar parte en el rito. No debe prohibírselas. Hay testigos que
estuvieron presentes cuando Jesús lavó los pies de los discípulos y de
Judas. Hay ojos más que humanos que contemplan la escena.
Por el Espíritu Santo, Cristo está allí
para poner el sello a su propio rito. Está allí para convencer y
enternecer el corazón. Ni una mirada, ni un pensamiento de contrición
escapa a su atención. El aguarda al arrepentido y contrito de corazón.
Todas las cosas están listas para la recepción de aquella alma. El que
lavó los pies de Judas anhela lavar de cada corazón la mancha del
pecado.
Nadie debe excluirse de la comunión porque
esté presente alguna persona indigna. Cada discípulo está llamado a
participar públicamente de ella y dar así testimonio de que acepta a
Cristo como Salvador personal. Es en estas ocasiones designadas por él
mismo cuando Cristo se encuentra con los suyos y los fortalece por su
presencia. Corazones y manos indignos pueden administrar el rito; sin
embargo Cristo está allí para ministrar a sus hijos. Todos los que
vienen con su fe fija en él serán grandemente bendecidos. Todos los que
descuidan estos momentos de privilegio divino sufrirán una pérdida.
Acerca de ellos se puede decir con acierto: "No estáis limpios todos."
Al participar con sus discípulos del pan y
del vino, Cristo se comprometió como su Redentor. Les confió el nuevo
pacto, por medio del cual todos los que le reciben llegan a ser hijos de
Dios, coherederos con Cristo. Por este pacto, venía a ser suya toda
bendición que el cielo podía conceder para esta vida y la venidera.
Este pacto había de ser ratificado por la sangre de Cristo. La
administración del sacramento había de recordar a los discípulos el
sacrificio infinito hecho por cada uno de ellos como parte del gran
conjunto de la humanidad caída.
Pero el servicio de la comunión no había
de ser una ocasión de tristeza. Tal no era su propósito. Mientras los
discípulos del Señor se reúnen alrededor de su mesa, no han de recordar
y lamentar sus faltas. No han de espaciarse en su experiencia religiosa
pasada, haya sido ésta elevadora o deprimente. No han de recordar las
divergencias existentes entre ellos y sus 614 hermanos. El rito
preparatorio ha abarcado todo esto. El examen propio, la confesión del
pecado, la reconciliación de las divergencias, todo esto se ha hecho.
Ahora han venido para encontrarse con Cristo. No han de permanecer en
la sombra de la cruz, sino en su luz salvadora. Han de abrir el alma a
los brillantes rayos del Sol de justicia. Con corazones purificados por
la preciosísima sangre de Cristo, en plena conciencia de su presencia,
aunque invisible, han de oír sus palabras: "La paz os dejo, mi paz os
doy: no como el mundo la da, yo os la doy."*
Nuestro Señor dice: Bajo la convicción del
pecado, recordad que yo morí por vosotros. Cuando seáis oprimidos,
perseguidos y afligidos por mi causa y la del Evangelio, recordad mi
amor, el cual fue tan grande que di mi vida por vosotros. Cuando
vuestros deberes parezcan austeros y severos, y vuestras cargas
demasiado pesadas, recordad que por vuestra causa soporté la cruz,
menospreciando la vergüenza. Cuando vuestro corazón se atemoriza ante
la penosa prueba, recordad que vuestro Redentor vive para interceder por
vosotros.
El rito de la comunión señala la segunda
venida de Cristo. Estaba destinado a mantener esta esperanza viva en la
mente de los discípulos. En cualquier oportunidad en que se reuniesen
para conmemorar su muerte, relataban cómo él "tomando el vaso, y hechas
gracias, les dio, diciendo: Bebed de él todos; porque esto es mi sangre
del nuevo pacto, la cual es derramada por muchos para remisión de los
pecados. Y os digo, que desde ahora no beberé más de este fruto de la
vid hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el
reino de mi Padre." En su tribulación, hallaban consuelo en la
esperanza del regreso de su Señor. Les era indeciblemente precioso el
pensamiento: "Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta
copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga."*
Estas son las cosas que nunca hemos de
olvidar. El amor de Jesús, con su poder constrictivo, ha de mantenerse
fresco en nuestra memoria. Cristo instituyó este rito para que hablase
a nuestros sentidos del amor de Dios expresado en nuestro favor. No
puede haber unión entre nuestras almas y Dios excepto por Cristo. La
unión y el amor entre hermanos deben ser cimentados y hechos eternos por
el amor de Jesús. Y nada menos que la muerte de Cristo podía hacer
eficaz para nosotros este amor. 615 Es únicamente por causa de su muerte
por lo que nosotros podemos considerar con gozo su segunda venida. Su
sacrificio es el centro de nuestra esperanza. En él debemos fijar
nuestra fe.
Demasiado a menudo los ritos que señalan
la humillación y los padecimientos de nuestro Señor son considerados
como una forma. Fueron instituidos con un propósito. Nuestros sentidos
necesitan ser vivificados para comprender el misterio de la piedad. Es
patrimonio de todos comprender mucho mejor de lo que los comprendemos
los sufrimientos expiatorios de Cristo. "Como Moisés levantó la
serpiente en el desierto," así el Hijo de Dios fue levantado, "para que
todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida
eterna."* Debemos mirar la cruz del Calvario, que sostiene a su
Salvador moribundo. Nuestros intereses eternos exigen que manifestemos
fe en Cristo.
Nuestro Salvador dijo: "Si no comiereis la
carne del Hijo del hombre, y bebierais su sangre, no tendréis vida en
vosotros. ...Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida."* Esto es verdad acerca de nuestra naturaleza
física. A la muerte de Cristo debemos aun esta vida terrenal. El pan
que comemos ha sido comprado por su cuerpo quebrantado. El agua que
bebemos ha sido comprada por su sangre derramada. Nadie, santo, o
pecador, come su alimento diario sin ser nutrido por el cuerpo y la
sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan.
Está reflejada en cada manantial. Todo esto enseñó Cristo al designar
los emblemas de su gran sacrificio. La luz que resplandece del rito de
la comunión realizado en el aposento alto hace sagradas las provisiones
de nuestra vida diaria. La despensa familiar viene a ser como la mesa
del Señor, y cada comida un sacramento.
¡Y cuánto más ciertas son las palabras de
Cristo en cuanto a nuestra naturaleza espiritual! El declara: "El que
come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna." Es recibiendo la
vida derramada por nosotros en la cruz del Calvario como podemos vivir
la vida santa. Y esta vida la recibimos recibiendo su Palabra, haciendo
aquellas cosas que él ordenó. Así llegamos a ser uno con él. "El que
come mi carne --dice él,-- y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en
él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo
el que me 616 come, él también vivirá por mí."* Este pasaje se aplica
en un sentido especial a la santa comunión. Mientras la fe contempla el
gran sacrificio de nuestro Señor, el alma asimila la vida espiritual de
Cristo. Y esa alma recibirá fuerza espiritual de cada comunión. El
rito forma un eslabón viviente por el cual el creyente está ligado con
Cristo, y así con el Padre. En un sentido especial, forma un vínculo
entre Dios y los seres humanos que dependen de él.
Al recibir el pan y el vino que simbolizan
el cuerpo quebrantado de Cristo y su sangre derramada, nos unimos
imaginariamente a la escena de comunión del aposento alto. Parecemos
pasar por el huerto consagrado por la agonía de Aquel que llevó los
pecados del mundo. Presenciamos la lucha por la cual se obtuvo nuestra
reconciliación con Dios. El Cristo crucificado es levantado entre
nosotros.
Contemplando al Redentor crucificado,
comprendemos más plenamente la magnitud y el significado del sacrificio
hecho por la Majestad del cielo. El plan de salvación queda glorificado
delante de nosotros, y el pensamiento del Calvario despierta emociones
vivas y sagradas en nuestro corazón. Habrá alabanza a Dios y al Cordero
en nuestro corazón y en nuestros labios; porque el orgullo y la
adoración del yo no pueden florecer en el alma que mantiene frescas en
su memoria las escenas del Calvario.
Los pensamientos del que contempla el amor
sin par del Salvador, se elevarán, su corazón se purificará, su carácter
se transformará. Saldrá a ser una luz para el mundo, a reflejar en
cierto grado ese misterioso amor. Cuanto más contemplemos la cruz de
Cristo, más plenamente adoptaremos el lenguaje del apóstol cuando dijo:
"Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al
mundo."* 617
CAPÍTULO 74
Getsemaní
EN COMPAÑÍA de sus discípulos, el Salvador
se encaminó lentamente hacia el huerto de Getsemaní. La luna de Pascua,
ancha y llena, resplandecía desde un cielo sin nubes. La ciudad de
cabañas para los peregrinos estaba sumida en el silencio. Jesús había
estado conversando fervientemente con sus discípulos e instruyéndolos;
pero al acercarse a Getsemaní se fue sumiendo en un extraño silencio.
Con frecuencia, había visitado, este lugar para meditar y orar; pero
nunca con un corazón tan lleno de tristeza como esta noche de su última
agonía. Toda su vida en la tierra, había andado en la presencia de Dios.
se hallaba en conflicto con hombres animados por el espíritu de Satanás,
pudo decir: "El que me envió, está; no me ha dejado solo el Padre;
porque yo, lo que a el le agrada, hago siempre."* Pero ahora le parecía
estar excluido de la luz de la presencia sostenedora de Dios. Ahora se
contaba con los transgresores. Debía llevar la culpabilidad de la
humanidad caída. Sobre el que no conoció pecado, debía ponerse la
iniquidad de todos nosotros. Tan terrible le parece tan grande el peso
de la culpabilidad que debe llevar, que está tentado a temer que quedará
privado para siempre de su Padre. Sintiendo cuán terrible es la ira de
Dios contra la transgresión, exclama: "Mi alma está muy triste hasta la
muerte."
Al acercarse al huerto, los discípulos
notaron el cambio de ánimo en su Maestro. Nunca antes le habían visto
tan triste y callado. Mientras avanzaba, esta extraña se iba ahondando;
pero no se atrevían a interrogarle acerca de la causa. Su cuerpo se
tambaleaba como si estuviese por caer.. Al llegar al huerto, los
discípulos buscaron ansiosamente el lugar donde solía retraerse, para
que su Maestro pudiese descansar. Cada paso le costaba un penoso
esfuerzo.
Dejaba oír gemidos como si le agobiase una
terrible carga. Dos 637 veces le sostuvieron sus compañeros, pues sin
ellos habría caído al suelo.
Cerca de la entrada del huerto, Jesús dejó
a todos sus discípulos, menos tres, rogándoles que orasen por si mismos
y por él. Acompañado de Pedro, Santiago y Juan, entró en los lugares
más retirados. Estos tres discípulos eran los compañeros más íntimos de
Cristo. Habían contemplado su gloria en el monte de la transfiguración;
habían visto a Moisés y Elías conversar con él; habían oído la voz del
cielo; y ahora en su grande lucha Cristo deseaba su presencia
inmediata. Con frecuencia habían pasado la noche con él en este
retiro. En esas ocasiones, después de unos momentos de vigilia y
oración, se dormían apaciblemente a corta distancia de su Maestro, hasta
que los despertaba por la mañana para salir de nuevo a trabajar. Pero
ahora deseaba que ellos pasasen la noche con él en oración. Sin
embargo, no podía sufrir que aun ellos presenciasen la agonía que iba a
soportar.
"Quedaos aquí --dijo,-- y velad conmigo."
Fue a corta distancia de ellos -no tan
lejos que no pudiesen verle y oírle-- y cayó postrado en el suelo.
Sentía que el pecado le estaba separando de su Padre. La sima era tan
ancha, negra y profunda que su espíritu se estremecía ante ella. No
debía ejercer su poder divino para escapar de esa agonía. Como hombre,
debía sufrir las consecuencias del pecado del hombre. Como hombre,
debía soportar la ira de Dios contra la transgresión.
Cristo asumía ahora una actitud diferente
de la que jamás asumiera antes. Sus sufrimientos pueden describirse
mejor en las palabras del profeta: "Levántate, oh espada, sobre el
pastor, y sobre el hombre campanero mío, dice Jehová de los ejércitos"*
Como substituto y garante del hombre pecaminoso, Cristo estaba sufriendo
bajo la justicia divina. Veía lo que significaba la justicia. Hasta
entonces había obrado como intercesor por otros; ahora anhelaba tener un
intercesor para sí.
Sintiendo quebrantada su unidad con el
Padre, temía que su naturaleza humana no pudiese soportar el venidero
conflicto con las potestades de las tinieblas. En el desierto de la
tentación, había estado en juego el destino de la raza humana. 638
Cristo había vencido entonces. Ahora el tentador había acudido a la
última y terrible lucha, para la cual se había estado preparando durante
los tres años del ministerio de Cristo. Para él, todo estaba en juego.
Si fracasaba aquí, perdía su esperanza de dominio; los reinos del mundo
llegarían a ser finalmente de Cristo; él mismo seria derribado y
desechado. Pero si podía vencer a Cristo, la tierra llegaría a ser el
reino de Satanás, y la familia humana estaría para siempre en su poder.
Frente a las consecuencias posibles del conflicto, embargaba el alma de
Cristo el temor de quedar separada de Dios. Satanás le decía que si se
hacía garante de un mundo pecaminoso, la separación seria eterna.
Quedaría identificado con el reino de Satanás, y nunca mas seria uno con
Dios.
Y ¿qué se iba a ganar por este sacrificio?
¡Cuán irremisibles parecían la culpabilidad y la ingratitud de los
hombres! Satanás presentaba al Redentor la situación en sus rasgos mas
duros: El pueblo que pretende estar por encima de todos los demás en
ventajas temporales y espirituales te ha rechazado. Está tratando de
destruirte a ti, fundamento, centro y sello de las promesas a ellos
hechas como pueblo peculiar. Uno de tus propios discípulos, que escuchó
tus instrucciones y se ha destacado en las actividades de tu iglesia, te
traicionará. Uno de tus más celosos seguidores te negará. Todos te
abandonarán.
Todo el ser de Cristo aborrecía este
pensamiento. Que aquellos a quienes se había comprometido a salvar,
aquellos a quienes amaba tanto se uniesen a las maquinaciones de
Satanás, esto traspasaba su alma. El conflicto era terrible. Se medía
por la culpabilidad de su nación, de sus acusadores y su traidor, por la
de un mundo que yacía en la iniquidad. Los pecados de los hombres
descansaban pesadamente sobre Cristo, y el sentimiento de la ira de Dios
contra el pecado abrumaba su vida.
Mirémosle contemplando el precio que ha de
pagar por el alma humana. En su agonía, se aferra al suelo frío, como
para evitar ser alejado más de Dios. El frío rocío de la noche cae
sobre su cuerpo postrado, pero él no le presta atención. De sus labios
pálidos, brota el amargo clamor: "Padre mío, si es posible, pase de mi
este vaso." Pero aún entonces añade: "Empero no como yo quiero, sino
como tú." 639
El corazón humano anhela simpatía en el
sufrimiento. Este anhelo lo sintió Cristo en las profundidades de su
ser. En la suprema agonía de su alma, vino a sus discípulos con un
anhelante deseo de oír algunas palabras de consuelo de aquellos a
quienes había bendecido y consolado con tanta frecuencia, y escudado en
la tristeza y la angustia. El que siempre había tenido palabras de
simpatía para ellos, sufría ahora agonía sobrehumana, y anhelaba saber
que oraban por él y por sí mismos. ¡Cuán sombría parecía la malignidad
del pecado! Era terrible la tentación de dejar a la familia humana
soportar las consecuencias de su propia culpabilidad, mientras él
permaneciese inocente delante de Dios. Si tan sólo pudiera saber que
sus discípulos comprendían y apreciaban esto, se sentiría fortalecido.
Levantándose con penoso esfuerzo, fue
tambaleándose adonde había dejado a sus compañeros. Pero "los halló
durmiendo." Si los hubiese hallado orando, habría quedado aliviado. Si
ellos hubiesen estado buscando refugio en Dios para que los agentes
satánicos no pudiesen prevalecer sobre ellos, habría quedado consolado
por su firme fe. Pero no habían escuchado la amonestación repetida:
"Velad y orad." Al principio, los había afligido mucho el ver a su
Maestro, generalmente tan sereno y digno, luchar con una tristeza
incomprensible. Habían orado al oír los fuertes clamores del que
sufría. No se proponían abandonar a su Señor, pero parecían paralizados
por un estupor que podrían haber sacudido sí hubiesen continuado
suplicando a Dios. No comprendían la necesidad de velar y orar
fervientemente para resistir la tentación.
Precisamente antes de dirigir sus pasos al
huerto, Jesús había dicho a los discípulos: "Todos seréis escandalizados
en mí esta noche." Ellos le habían asegurado enérgicamente que irían con
El a la cárcel y a la muerte. Y el pobre Pedro, en su suficiencia
propia, había añadido: "Aunque todos sean escandalizados, mas no yo."*
Pero los discípulos confiaban en sí mismos. No miraron al poderoso
Auxiliador como Cristo les había aconsejado que lo hiciesen. Así que
cuando más necesitaba el Salvador su simpatía y oraciones, los halló
dormidos, Pedro mismo estaba durmiendo. 640
Y Juan, el amante discípulo que se había
reclinado sobre el pecho de Jesús, dormía. Ciertamente, el amor de Juan
por su Maestro debiera haberlo mantenido despierto. Sus fervientes
oraciones debieran haberse mezclado con las de su amado Salvador en el
momento de su suprema tristeza. El Redentor había pasado noches enteras
orando por sus discípulos, para que su fe no faltase. Si Jesús hubiese
dirigido a Santiago y a Juan la pregunta que les había dirigido una vez:
"¿Podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo
de que yo soy bautizado?" no se habrían atrevido a contestar:
"Podemos."*
Los discípulos se despertaron al oír la
voz de Jesús, pero casi no le conocieron, tan cambiado por la angustia
había quedado su rostro. Dirigiéndose a Pedro, Jesús dijo: "¡Simón!
¿duermes tú? ¿no has podido velar una sola hora? Velad, y orad, para
que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pronto, mas la
carne es débil."* La debilidad de sus discípulos despertó la simpatía de
Jesús. Temió que no pudiesen soportar la prueba que iba a sobrevenirles
en la hora de su entrega y muerte. No los reprendió, sino dijo: "Velad,
y orad, para que no entréis en tentación." Aun en su gran agonía,
procuraba disculpar su debilidad. "El espíritu a la verdad está pronto
--dijo,-- mas la carne es débil."
El Hijo de Dios volvió a quedar presa de
agonía sobre humana, y tambaleándose volvió agotado al lugar de su
primera lucha. Su sufrimiento era aun mayor que antes. Al apoderarse
de él la agonía del alma, "fue su sudor como grandes gotas de sangre que
caían hasta la tierra." Los cipreses y las palmeras eran los testigos
silenciosos de su angustia. De su follaje caía un pesado rocío sobre su
cuerpo postrado, como si la naturaleza llorase sobre su Autor que
luchaba a solas con las potestades de las tinieblas.
Poco tiempo antes, Jesús había estado de
pie como un cedro poderoso, presintiendo la tormenta de oposición que
agotaba su furia contra él. Voluntades tercas y corazones llenos de
malicia y sutileza habían procurado en vano confundirle y abrumarle. Se
había erguido con divina majestad como el Hijo de Dios. Ahora era como
un junco azotado y doblegado por la tempestad airada. Se había acercado
a la consumación 641 de su obra como vencedor, habiendo ganado a cada
paso la victoria sobre las potestades de las tinieblas. Como ya
glorificado, había aseverado su unidad con Dios. En acentos firmes,
había elevado sus cantos de alabanza. Había dirigido a sus discípulos
palabras de estimulo y ternura. Pero ya había llegado la hora de la
potestad de las tinieblas. Su voz se oía en el tranquilo aire nocturno,
no en tonos de triunfo, sino impregnada de angustia humana. Estas
palabras del Salvador llegaban a los oídos de los soñolientos
discípulos: "Padre mío, si no puede este vaso pasar de mi sin que yo lo
beba, hágase tu voluntad."
El primer impulso de los discípulos fue ir
hacia él; pero les había invitado a quedarse allí velando y orando.
Cuando Jesús vino a ellos, los halló otra vez dormidos. Otra vez había
sentido un anhelo de compañía, de oír de sus discípulos algunas palabras
que le aliviasen y quebrantasen el ensalmo de las tinieblas que casi le
dominaban. Pero "los dos de ellos estaban cargados; y no sabían qué
responderle." Su presencia los despertó. Vieron su rostro surcado por
el sangriento sudor de la agonía, y se llenaron de temor. No podían
comprender su angustia mental. "Tan desfigurado, era su aspecto más que
el de cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de Adán." *
Apartándose, Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado, vencido
por el horror de una gran obscuridad. La humanidad del Hijo de Dios
temblaba en esa hora penosa.
Oraba ahora no por sus discípulos, para
que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada y agonizante.
Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir el
destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. Cristo
podía aun ahora negarse a beber la copa destinada al hombre culpable.
Todavía no era demasiado tarde. Podía enjugar el sangriento sudor de su
frente y dejar que el hombre pereciese en su iniquidad. Podía decir:
Reciba el transgresor la penalidad de su pecado, y yo volveré a mi
Padre. ¿Beberá el Hijo de Dios la amarga copa de la humillación y la
agonía? ¿Sufrirá el inocente las consecuencias de la maldición del
pecado, para salvar a los culpables? Las palabras caen temblorosamente
de los pálidos labios de Jesús: "Padre mío, si no puede 642 este vaso
pasar de mi sin que yo lo beba, hágase tu voluntad."
Tres veces repitió esta oración. Tres
veces rehuyó su humanidad el último y culminante sacrificio, pero ahora
surge delante del Redentor del mundo la historia de la familia humana.
Ve que los transgresores de la ley, abandonados a si mismos, tendrían
que perecer. Ve la impotencia del hombre. Ve el poder del pecado. Los
ayes y lamentos de un mundo condenado surgen delante de él. Contempla
la suerte que le tocarla, y su decisión queda hecha. Salvará al hombre,
sea cual fuere el costo. Acepta su bautismo de sangre, a fin de que por
él los millones que perecen puedan obtener vida eterna. Dejó los atrios
celestiales, donde todo es pureza, felicidad y gloria, para salvar a la
oveja perdida, al mundo que cayó por la transgresión. Y no se apartará
de su misión. Hará propiciación por una raza que quiso pecar. Su
oración expresa ahora solamente sumisión: "Si no puede este vaso pasar
de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad."
Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo
al suelo del que se había levantado parcialmente. ¿Dónde estaban ahora
sus discípulos, para poner tiernamente sus manos bajo la cabeza de su
Maestro desmayado, y bañar esa frente desfigurada en verdad más que la
de los hijos de los hombres? El Salvador piso solo el lagar, y no hubo
nadie del pueblo con él.
Pero Dios sufrió con su Hijo. Los ángeles
contemplaron la agonía del Salvador. Vieron a su Señor rodeado por las
legiones de las fuerzas satánicas, y su naturaleza abrumada por un pavor
misterioso que lo hacia estremecerse. Hubo silencio en el cielo.
Ningún arpa vibraba. Si los mortales hubiesen percibido el asombro de
la hueste angélica mientras en silencioso pesar veía al Padre retirar
sus rayos de luz, amor y gloria de su Hijo amado, comprenderían mejor
cuán odioso es a su vista el pecado.
Los mundos que no habían caído y los
ángeles celestiales habían mirado con intenso interés mientras el
conflicto se acercaba a su fin. Satanás y su confederación del mal, las
legiones de la apostasía, presenciaban atentamente esta gran crisis de
la obra de redención. Las potestades del bien y del mal esperaban para
ver qué respuesta recibirla la oración tres veces repetida por Cristo.
Los ángeles habían anhelado llevar alivio 643 al divino doliente, pero
esto no podía ser. Ninguna vía de escape había para el Hijo de Dios.
En esta terrible crisis, cuando todo estaba en juego, cuando la copa
misteriosa temblaba en la mano del Doliente, los cielos se abrieron, una
luz resplandeció de en medio de la tempestuosa obscuridad de esa hora
crítica, y el poderoso ángel que está en la presencia de Dios ocupando
el lugar del cual cayó Satanás, vino al lado de Cristo. No vino para
quitar de su mano la copa, sino para fortalecerle a fin de que pudiese
beberla, asegurado del amor de su Padre. Vino para dar poder al
suplicante divino-humano. Le mostró los cielos abiertos y le habló de
las almas que se salvarían como resultado de sus sufrimientos. Le
aseguró que su Padre es mayor y más poderoso que Satanás, que su muerte
ocasionaría la derrota completa de Satanás, y que el reino de este mundo
sería dado a los santos del Altísimo. Le dijo que vería el trabajo de
su alma y quedaría satisfecho, porque vería una multitud de seres
humanos salvados, eternamente salvos.
La agonía de Cristo no cesó, pero le
abandonaron su depresión y desaliento. La tormenta no se había
apaciguado, pero el que era su objeto fue fortalecido para soportar su
furia. Salió de la prueba sereno y henchido de calma. Una paz
celestial se leía en su rostro manchado de sangre. Había soportado lo
que ningún ser humano hubiera podido soportar; porque había gustado los
sufrimientos de la muerte por todos los hombres.
Los discípulos dormidos habían sido
despertados repentinamente por la luz que rodeaba al Salvador. Vieron
al ángel que se inclinaba sobre su Maestro postrado. Le vieron alzar la
cabeza del Salvador contra su pecho y señalarle el cielo. Oyeron su
voz, como la música más dulce, que pronunciaba palabras de consuelo y
esperanza. Los discípulos recordaron la escena transcurrida en el monte
de la transfiguración. Recordaron la gloria que en el templo había
circuido a Jesús y la voz de Dios que hablara desde la nube. Ahora esa
misma gloria se volvía a revelar, y no sintieron ya temor por su
Maestro. Estaba bajo el cuidado de Dios, y un ángel poderoso había sido
enviado para protegerle. Nuevamente los discípulos cedieron, en su
cansancio, al extraño estupor que los dominaba. Nuevamente Jesús los
encontró durmiendo.
Mirándolos tristemente, dijo: "Dormid ya,
y descansad: he aquí ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es
entregado en manos de pecadores."
Aun mientras decía estas palabras, oía los
pasos de la turba que le buscaba, y añadió: "Levantaos, vamos: he aquí
ha llegado el que me ha entregado."
No se veían en Jesús huellas de su
reciente agonía cuando se dirigió al encuentro de su traidor.
Adelantándose a sus discípulos, dijo: "¿A quién buscáis?" Contestaron:
"A Jesús Nazareno." Jesús respondió: "Yo soy." Mientras estas palabras
eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a Jesús, se puso entre
él y la turba. Una luz divina iluminó el rostro del Salvador, y le hizo
sombra una figura como de paloma. En presencia de esta gloria divina,
la turba homicida no pudo resistir un momento. Retrocedió
tambaleándose. Sacerdotes, ancianos, soldados, y aún Judas, cayeron
como muertos al suelo.
El ángel se retiró, y la luz se
desvaneció. Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero permaneció sereno y
dueño de si. Permaneció en pie como un ser glorificado, en medio de
esta banda endurecida, ahora postrada e inerme a sus pies. Los
discípulos miraban, mudos de asombro y pavor.
Pero la escena cambió rápidamente. La
turba se levantó. Los soldados romanos, los sacerdotes y judas se
reunieron en derredor de Cristo. Parecían avergonzados de su debilidad,
y temerosos de que se les escapase todavía, Volvió el Redentor a
preguntar: "¿A quién buscáis?" Habían tenido pruebas de que el que
estaba delante de ellos era el Hijo de Dios, pero no querían
convencerse. A la pregunta: "¿A quién buscáis?" volvieron a contestar:
"A Jesús Nazareno." El Salvador les dijo entonces: "Os he dicho que yo
soy: pues si a mí buscáis, dejad ir a éstos," señalando a los
discípulos. Sabía cuán débil era la fe de ellos, y trataba de
escudarlos de la tentación y la prueba. Estaba listo para sacrificarse
por ellos.
El traidor Judas no se olvidó de la parte
que debía desempeñar. Cuando entró la turba en el huerto, iba delante,
seguido de cerca por el sumo sacerdote. Había dado una señal a los
perseguidores de Jesús diciendo: "Al que yo besare, aquél es:
prendedle." * Ahora, fingiendo no tener parte con ellos, se acercó a
Jesús, le tomó de la mano como un amigo familiar, 645 diciendo: "Salve,
Maestro," le besó repetidas veces, simulando llorar de simpatía por él
en su peligro.
Jesús le dijo: "Amigo, ¿a qué vienes?" Su
voz temblaba de pesar al añadir: "Judas, ¿con beso entregas al Hijo del
hombre?" Esta súplica debiera haber despertado la conciencia del traidor
y conmovido su obstinado corazón; pero le habían abandonado la honra, la
fidelidad y la ternura humana. Se mostró audaz y desafiador, sin
disposición a enternecerse. Se había entregado a Satanás y no podía
resistirle. Jesús no rechazó el beso del traidor.
La turba se envalentonó al ver a Judas
tocar la persona de Aquel que había estado glorificado ante sus ojos tan
poco tiempo antes. Se apoderó entonces de Jesús y procedió a atar
aquellas preciosas manos que siempre se habían dedicado a hacer bien.
Los discípulos hablan pensado que su
Maestro no se dejaría prender. Porque el mismo poder que había hecho
caer como muertos a esos hombres podía dominarlos hasta que Jesús y sus
compañeros escapasen. Se quedaron chasqueados e indignados al ver sacar
las cuerdas para atar las manos de Aquel a quien amaban. En su ira,
Pedro sacó impulsivamente su espada y trató de defender a su Maestro,
pero no logró sino cortar una oreja del siervo del sumo sacerdote.
Cuando Jesús vio lo que había hecho, libró sus manos, aunque eran
sujetadas firmemente por los soldados romanos, y diciendo: "Dejad hasta
aquí," tocó la oreja herida, Y ésta quedó inmediatamente sana. Dijo
luego a Pedro: "Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que
tomaren espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora
orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de ángeles?"--una
legión en lugar de cada uno de los discípulos-- Pero los discípulos se
preguntaban: ¿Oh, por qué no se salva a sí mismo y a nosotros?
Contestando a su pensamiento inexpresado, añadió: "¿Cómo, pues, se
cumplirían las Escrituras, que así conviene que sea hecho?" "El vaso que
el Padre me ha dado, ¿no lo tengo de beber?"
La dignidad oficial de los dirigentes
judíos no les había impedido unirse al perseguimiento de Jesús. Su
arresto era un asunto demasiado importante para confiarlo a
subordinados; así que los astutos sacerdotes y ancianos se habían unido
a 646 la policía del templo y a la turba para seguir a Judas hasta
Getsemaní. ¡Qué compañía para estos dignatarios: una turba ávida de
excitación y armada con toda clase de instrumentos como para perseguir a
una fiera!
Volviéndose a los sacerdotes y ancianos,
Jesús fijó sobre ellos su mirada escrutadora. Mientras viviesen, no se
olvidarían de las palabras que pronunciara. Eran como agudas saetas del
Todopoderoso. Con dignidad dijo: Salisteis contra mí con espadas y
palos como contra un ladrón. Día tras día estaba sentado enseñando en
el templo. Tuvisteis toda oportunidad de echarme mano, y nada
hicisteis. La noche se adapta mejor para vuestra obra. "Esta es
vuestra hora, y la potestad de las tinieblas."
Los discípulos quedaron aterrorizados al
ver que Jesús permitía que se le prendiese y atase. Se ofendieron
porque sufría esta humillación para si y para ellos. No podían
comprender su conducta, y le inculpaban por someterse a la turba. En su
indignación y temor, Pedro propuso que se salvasen a si mismos.
Siguiendo esta sugestión, "todos los discípulos huyeron, dejándole."
Pero Cristo había predicho esta deserción. "He aquí había dicho, la
hora viene, y ha venido, que seréis esparcidos cada uno por su parte, y
me dejaréis solo: mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo."*
CAPÍTULO 76
Judas
La historia de Judas presenta el triste
fin de una vida que podría haber sido honrada de Dios. Si Judas hubiese
muerto antes de su último viaje a Jerusalén, habría sido considerado
como un hombre digno de un lugar entre los doce, y su desaparición
habría sido muy sentida. A no ser por los atributos revelados al final
de su historia, el aborrecimiento que le ha seguido a través de los
siglos no habría existido. Pero su carácter fue desenmascarado al mundo
con un propósito. Había de servir de advertencia a todos los que, como
él, hubiesen de traicionar cometidos sagrados.
Un poco antes de la Pascua, Judas había
renovado con los sacerdotes su contrato de entregar a Jesús en sus
manos. Entonces se determinó que el Salvador fuese prendido en uno de
los lugares donde se retiraba a meditar y orar. Desde el banquete
celebrado en casa de Simón, Judas había tenido oportunidad de
reflexionar en la acción que había prometido ejecutar, pero su propósito
no había cambiado. Por treinta piezas de plata --el precio de un
esclavo-- entregó al Señor de gloria a la ignominia y la muerte.
Judas tenía, por naturaleza, fuerte apego
al dinero; pero no había sido siempre bastante corrupto para realizar
una acción como ésta. Había fomentado el mal espíritu de la avaricia,
hasta que éste había llegado a ser el motivo predominante de su vida.
El amor al dinero superaba a su amor por Cristo. Al llegar a ser
esclavo de un vicio, se entregó a Satanás para ser arrastrado a
cualquier bajeza de pecado.
Judas se había unido a los discípulos
cuando las multitudes seguían a Cristo. La enseñanza del Salvador
conmovía sus corazones mientras pendían arrobados de las palabras que
pronunciaba en la sinagoga, a orillas del mar o en el monte. Judas vio a
los enfermos, los cojos y los ciegos acudir a Jesús desde los pueblos y
las ciudades. Vio a los moribundos puestos a 664 sus pies. Presenció
las poderosas obras del Salvador al sanar a los enfermos, echar a los
demonios y resucitar a los muertos. Sintió en su propia persona la
evidencia del poder de Cristo. Reconoció la enseñanza de Cristo como
superior a todo lo que hubiese oído. Amaba al gran Maestro, y deseaba
estar con él. Sintió un deseo de ser transformado en su carácter y su
vida, y esperó obtenerlo relacionándose con Jesús. El Salvador no
rechazó a Judas. Le dio un lugar entre los doce. Le confió la obra de
un evangelista. Le dotó de poder para sanar a los enfermos y echar a
los demonios. Pero Judas no llegó al punto de entregarse plenamente a
Cristo. No renunció a su ambición mundanal o a su amor al dinero.
Aunque aceptó el puesto de ministro de Cristo, no se dejó modelar por la
acción divina. Creyó que podía conservar su propio juicio y sus
opiniones, y cultivó una disposición a criticar y acusar.
Judas era tenido en alta estima por los
discípulos, y ejercía gran influencia sobre ellos. Tenía alta opinión
de sus propias cualidades y consideraba a sus hermanos muy inferiores a
él en juicio y capacidad. Ellos no veían sus oportunidades, pensaba él,
ni aprovechaban las circunstancias. La iglesia no prosperaría nunca con
hombres tan cortos de vista como directores. Pedro era impetuoso;
obrada sin consideración. Juan, que atesoraba las verdades que caían de
los labios de Cristo, era considerado por Judas como mal financista.
Mateo, cuya preparación le había enseñado a ser exacto en todas las
cosas, era muy meticuloso en cuanto a la honradez, y estaba siempre
contemplando las palabras de Cristo, y se absorbía tanto en ellas que,
según pensaba Judas, nunca se le podría confiar la transacción de
asuntos que requiriesen previsión y agudeza. Así pasaba Judas revista a
todos los discípulos, y se lisonjeaba porque, de no tener él su
capacidad para manejar las cosas, la iglesia se vería con frecuencia en
perplejidad y embarazo. Judas se consideraba como el único capaz, aquel
a quien no podía aventajársele en los negocios. En su propia estima,
reportaba honra a la causa, y como tal se representaba siempre.
Judas estaba ciego en cuanto a su propia
debilidad de carácter, y Cristo le colocó donde tuviese oportunidad de
verla y corregirla. Como tesorero de los discípulos, estaba llamado a
proveer a las necesidades del pequeño grupo y a aliviar las 665
necesidades de los pobres.
Cuando, en el aposento de la Pascua, Jesús
le dijo: "Lo que haces, hazlo más presto,"* Los discípulos pensaron que
le ordenaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Mientras servía a otros, Judas podría haber desarrollado un espíritu
desinteresado. Pero aunque escuchaba diariamente las lecciones de
Cristo y presenciaba su vida de abnegación, Judas alimentaba su
disposición avara. Las pequeñas sumas que llegaban a sus manos, eran
una continua tentación. Con frecuencia, cuando hacía un pequeño
servicio para Cristo, o dedicaba tiempo a propósitos religiosos, se
cobraba de este escaso fondo. A sus propios ojos, estos pretextos
servían para excusar su acción; pero a la vista de Dios, era ladrón.
La declaración con frecuencia repetida por
Cristo de que su reino no era de este mundo, ofendía a Judas. El había
trazado una conducta de acuerdo con la cual él esperaba que Cristo
obrase. Se había propuesto que Juan el Bautista fuese librado de la
cárcel. Pero he aquí que Juan había sido decapitado. Y Jesús, en vez
de aseverar su derecho real y vengar la muerte de Juan, se retiró con
sus discípulos a un lugar del campo. Judas quería una guerra más
agresiva. Pensaba que si Jesús no impidiese a los discípulos ejecutar
sus planes, la obra tendría más éxito. Notaba la creciente enemistad de
los dirigentes judíos, y vio su desafío quedar sin respuesta cuando
exigieron de Cristo una señal del cielo. Su corazón estaba abierto a la
incredulidad, y el enemigo le proporcionaba motivos de duda y rebelión.
¿Por qué se espaciaba tanto Jesús en lo que era desalentador? ¿Por qué
predecía pruebas y persecución para sí y sus discípulos? La perspectiva
de obtener un puesto elevado en el nuevo reino había inducido a Judas a
abrazar la causa de Cristo. ¿Iban a quedar frustradas sus esperanzas?
Judas no había llegado a la conclusión de que Jesús no fuera el Hijo de
Dios; pero dudaba, y procuraba hallar alguna explicación de sus
poderosas obras.
A pesar de la propia enseñanza del
Salvador, Judas estaba de continuo sugiriendo la idea de que Cristo iba
a reinar como rey en Jerusalén. Procuró obtenerlo cuando los cinco mil
fueron alimentados. En esta ocasión, Judas ayudó a distribuir el
alimento a la hambrienta multitud. Tuvo oportunidad de ver 666 el
beneficio que estaba a su alcance impartir a otros. Sintió la
satisfacción que siempre proviene de servir a Dios. Ayudó a traer a los
enfermos y dolientes de entre la multitud a Cristo. Vio qué alivio, qué
gozo y alegría penetraban en los corazones humanos por el poder sanador
del Restaurador. Podría haber comprendido los métodos de Cristo. Pero
estaba cegado por sus propios deseos egoístas. Judas fue el primero en
aprovecharse del entusiasmo despertado por el milagro de los panes. El
fue quien puso en pie el proyecto de tomar a Cristo por la fuerza y
hacerle rey. Sus esperanzas eran grandes y su desencanto fue amargo.
El discurso de Cristo en la sinagoga
acerca del pan de vida, fue el punto decisivo en la historia de Judas.
Oyó las palabras: "Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y
bebierais su sangre, no tendréis vida en vosotros."* Vio que Cristo
ofrecía beneficio espiritual más bien que mundanal. Se consideraba como
previsor, y pensó que podía vislumbrar que Cristo no tendría honores ni
podría conceder altos puestos a sus seguidores. Resolvió no unirse tan
íntimamente con Cristo que no pudiese apartarse. Quedaría a la
expectativa, y así lo hizo.
Desde ese tiempo expresó dudas que
confundían a los discípulos. Introducía controversias y sentimientos
engañosos, repitiendo los argumentos presentados por los escribas y
fariseos contra los asertos de Cristo. Todas las dificultades y cruces,
grandes y pequeñas, las contrariedades y aparentes estorbos para el
adelantamiento del Evangelio, eran interpretados por Judas como
evidencias contra su veracidad. Introducía pasajes de la Escritura que
no tenían relación con las verdades que Cristo presentaba. Estos
pasajes, separados de su contexto, dejaban perplejos a los discípulos y
aumentaban el desaliento que constantemente los apremiaba. Sin embargo,
Judas hacía todo esto de una manera que parecía concienzuda. Y mientras
los discípulos buscaban pruebas que confirmasen las palabras del gran
Maestro, Judas los conducía casi imperceptiblemente por otro camino.
Así, de una manera muy religiosa y aparentemente sabia, daba a los
asuntos un cariz diferente del que Jesús les había dado y atribuía a sus
palabras un significado que él no les había impartido. Sus sugestiones
excitaban constantemente un deseo ambicioso de preferencia temporal, y
así 667 apartaban a los discípulos de las cosas importantes que debieran
haber considerado. La disensión en cuanto a cuál de ellos era el mayor
era generalmente provocada por Judas.
Cuando Jesús presentó al joven rico la
condición del discipulado, Judas sintió desagrado. Pensó que se había
cometido un error. Si a hombres como este joven príncipe podía
relacionárselos con los creyentes, ayudarían a sostener la causa de
Cristo. Si se le hubiese recibido a él, Judas, como consejero, pensaba,
podría haber sugerido muchos planes ventajosos para la pequeña iglesia.
Sus principios y métodos diferirían algo de los de Cristo, pero en estas
cosas se creía más sabio que Cristo.
En todo lo que Cristo decía a sus
discípulos, había algo con lo cual Judas no estaba de acuerdo en su
corazón. Bajo su influencia, la levadura del desamor estaba haciendo
rápidamente su obra. Los discípulos no veían la verdadera influencia
que obraba en todo esto; pero Jesús veía que Satanás estaba comunicando
sus atributos a Judas y abriendo así un conducto por el cual podría
influir en los otros discípulos. Y esto Cristo lo declaró un año antes
de su entrega. "¿No he escogido yo a vosotros doce --dijo,-- y uno de
vosotros es diablo?"*
Sin embargo, Judas no se oponía
abiertamente ni parecía poner en duda las lecciones del Salvador. No
murmuró abiertamente hasta la fiesta celebrada en la casa de Simón.
Cuando María ungió los pies del Salvador, Judas manifestó su disposición
codiciosa. Bajo el reproche de Jesús, su espíritu se transformó en
hiel. El orgullo herido y el deseo de venganza quebrantaron las
barreras, y la codicia durante tanto tiempo alimentada le dominó. Así
sucederá a todo aquel que persista en mantener trato con el pecado.
Cuando no se resisten y vencen los elementos de la depravación,
responden ellos a la tentación de Satanás y el alma es llevada cautiva a
su voluntad.
Pero Judas no estaba completamente
empedernido. Aun después de haberse comprometido dos veces a traicionar
al Salvador, tuvo oportunidad de arrepentirse. En ocasión de la cena de
Pascua, Jesús demostró su divinidad revelando el propósito del traidor.
Incluyó tiernamente a Judas en el servicio hecho a los discípulos. Pero
no fue oída su última súplica de amor. Entonces el caso de Judas fue
decidido, y los pies que Jesús había lavado salieron para consumar la
traición. 668
Judas razonó que si Jesús había de ser
crucificado, el hecho acontecería de todos modos. Su propio acto de
entregar al Salvador no cambiaría el resultado. Si Jesús no debía
morir, lo único que haría sería obligarle a librarse. En todo caso,
Judas ganaría algo por su traición. Calculaba que había hecho un buen
negocio traicionando a su Señor.
Sin embargo, Judas no creía que Cristo se
dejaría arrestar. Al entregarle, era su propósito enseñarle una
lección. Se proponía desempeñar un papel que indujera al Salvador a
tener desde entonces cuidado de tratarle con el debido respeto. Pero
Judas no sabía que estaba entregando a Cristo a la muerte. ¡Cuántas
veces, mientras el Salvador enseñaba en parábolas, los escribas y
fariseos habían sido arrebatados por sus ilustraciones sorprendentes!
¡Cuántas veces habían pronunciado juicio contra sí mismos! Con
frecuencia, cuando la verdad penetraba en su corazón, se habían llenado
de ira, y habían alzado piedras para arrojárselas; pero vez tras vez
había escapado. Puesto que había escapado de tantas trampas, pensaba
Judas, no se dejaría ciertamente prender esta vez tampoco.
Judas decidió probar el asunto. Si Jesús
era realmente el Mesías, el pueblo, por el cual había hecho tanto, se
reuniría en derredor suyo, y le proclamaría rey. Esto haría decidirse
para siempre a muchos espíritus que estaban ahora en la incertidumbre.
Judas tendría en su favor el haber puesto al rey en el trono de David.
Y este acto le aseguraría el primer puesto, el siguiente a Cristo en el
nuevo reino.
El falso discípulo desempeñó su parte en
la entrega de Jesús. En el huerto, cuando dijo a los caudillos de la
turba: "Al que yo besare, aquél es: prendedle,"* creía plenamente que
Cristo escaparía de sus tiranos. Entonces, si le inculpaban, diría: ¿No
os había dicho que lo prendieseis?
Judas contempló a los apresadores de
Cristo mientras, actuando según sus palabras, le ataban firmemente. Con
asombro vio que el Salvador se dejaba llevar. Ansiosamente le siguió
desde el huerto hasta el proceso delante de los gobernantes judíos. A
cada movimiento, esperaba que Cristo sorprendiese a sus enemigos
presentándose delante de ellos como Hijo de Dios y anulando todas sus
maquinaciones y poder. Pero mientras hora tras hora transcurría, y
Jesús se sometía a todos los 669 abusos acumulados sobre él, se apoderó
del traidor un terrible temor de haber entregado a su Maestro a la
muerte.
Cuando el juicio se acercaba al final,
Judas no pudo ya soportar la tortura de su conciencia culpable. De
repente, una voz ronca cruzó la sala, haciendo estremecer de terror
todos los corazones: ¡Es inocente; perdónale, oh, Caifás!
Se vio entonces a Judas, hombre de alta
estatura, abrirse paso a través de la muchedumbre asombrada. Su rostro
estaba pálido y desencajado, y había en su frente gruesas gotas de
sudor. Corriendo hacia el sitial del juez, arrojó delante del sumo
sacerdote las piezas de plata que habían sido el precio de la entrega de
su Señor. Asiéndose vivamente del manto de Caifás, le imploró que
soltase a Jesús y declaró que no había hecho nada digno de muerte.
Caifás se desprendió airadamente de él, pero quedó confuso y sin saber
qué decir. La perfidia de los sacerdotes quedaba revelada. Era
evidente que habían comprado al discípulo para que traicionase a su
Maestro.
"Yo he pecado --gritó otra vez Judas--
entregando la sangre inocente." Pero el sumo sacerdote, recobrando el
dominio propio, contestó con desprecio: "¿Qué se nos da a nosotros?
Viéraslo tú"* Los sacerdotes habían estado dispuestos a hacer de Judas
su instrumento; pero despreciaban su bajeza. Cuando les hizo su
confesión, lo rechazaron desdeñosamente.
Judas se echó entonces a los pies de
Jesús, reconociéndole como Hijo de Dios, y suplicándole que se librase.
El Salvador no reprochó a su traidor. Sabía que Judas no se arrepentía;
su confesión fue arrancada a su alma culpable por un terrible
sentimiento de condenación en espera del juicio, pero no sentía un
profundo y desgarrador pesar por haber entregado al inmaculado Hijo de
Dios y negado al Santo de Israel. |