Presentación del Hijo de Dios

Lección 1

Para el 2 de Abril del 2005

Lección 1 PDF
Domingo 27
Lunes 28
Martes 29
Miércoles 30
Jueves 31
Viernes 1
Lección Juvenil
Auxiliar Maestro
Notas de Elena White
Auxiliar White
CBA White
William G Johnsson
CBA Marcos 1
Dr Carlos E Espinosa
Dr Ausberto Castro
Prof Sikberto Marks
Dr Mario Pereyra
Dr Bruce Cameron
Michael Fracker
Dr Lester Bannett
Walla Walla College
CPB
UNASP
Unión Italiana

 

 El Evangelismo

FALSEDADES CONCERNIENTES A LA DIVINIDAD

Sepa la gente lo que creemos.-

Nuestro plan de acción es éste: No destaquéis los aspectos controvertidos de nuestra fe, que se oponen más a los modos y costumbres de la gente, hasta que el Señor le dé a ésta amplia oportunidad de saber que creemos en Cristo, en su divinidad y preexistencia (Testimonios para los Ministros, pág. 253.  Año 1895).

Tendremos que hacer frente a las enseñanzas erróneas.-

Una vez tras otra tendremos que enfrentarnos con la influencia de hombres que estudian ciencias de origen satánico, a través de los cuales Satanás está trabajando para reducir a la nada a Dios y a Cristo.  Tanto el Padre como el Hijo tienen una personalidad.  Cristo declaró: "Yo y el Padre uno somos" (Juan 10: 30). Y sin embargo fue el Hijo de Dios el que vino al mundo en forma humana.  Poniendo a un lado su ropaje real y su corona regia vistió su divinidad con humanidad, a fin de que la humanidad, mediante su sacrificio infinito llegara a participar de la naturaleza divina y escapara de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia (Testimonies, tomo 9, pág. 68.  Año 1909).

Verdad positiva contra exposiciones espiritistas.-

He sido instruida para que diga: No hay que confiar en las opiniones de los que buscan ideas científicas avanzadas.  Se han hecho exposiciones como la siguiente: "El Padre es como la luz 446 invisible; el Hijo es como la luz encarnada; y el Espíritu es como la luz derramada".  "El Padre es como el rocío, vapor invisible; el Hijo es como el rocío reunido en bellísimas gotas; el Espíritu es como el rocío derramado en el asiento de la vida".  Otra exposición es ésta: "El Padre es como el vapor invisible; el Hijo es como la nube plomiza; el Espíritu es la lluvia que cae y obra con poder refrescante".

Todas estas representaciones espiritistas no son absolutamente nada.  Son imperfectas y falsas.  Debilitan y disminuyen la Majestad que no puede compararse a ninguna cosa de origen terrenal.  Dios no puede compararse con las cosas que sus manos han creado.  Estas no son más que cosas terrenales, que sufren bajo la maldición de Dios a causa de los pecados del hombre.  El Padre no puede describirse mediante las cosas de la tierra.  El Padre es toda la plenitud de la Divinidad corporalmente, y es invisible para los ojos mortales.

El Hijo es toda plenitud de la Divinidad manifestada.  La Palabra de Dios declara que él es "la imagen misma de su sustancia" (Heb. 1: 3).  "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3: 16).  Aquí se muestra la personalidad del Padre.

El Consolador que Cristo prometió enviar después de ascender al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud de la Divinidad, poniendo de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y creen en él como un Salvador personal.  Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes -el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo- son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos poderes colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por vivir la nueva vida en Cristo (Special Testimonies, Serie B, Nº 7, págs. 62, 63.  Año 1905).

La preexistencia del Hijo de Dios y su existencia por sí mismo.-

Cristo es el Hijo de Dios preexistente y existente por sí mismo. . . Al hablar de esta preexistencia, Cristo hace retroceder la mente hacia las edades sin fin.  Nos asegura que nunca hubo un tiempo cuando él no haya estado en estrecha relación con el Dios eterno.  Aquel cuya voz los judíos escuchaban en ese momento había estado junto a Dios (Signs of the Times, 29 de agosto, 1900).

Era igual a Dios, infinito y omnipotente. . . Es el Hijo eterno y existente por sí mismo (Manuscrito 101, 1897).

Desde la eternidad.-

Aunque la Palabra de Dios habla de la humanidad de Cristo cuando estuvo en esta tierra, también habla definidamente acerca de su preexistencia.  El Verbo existía 447 como un ser divino, como el Hijo eterno de Dios en unión y en unidad con el Padre.  Desde la eternidad era el Mediador del pacto, aquel en quien serían bendecidas todas las naciones de la tierra, tanto judíos como gentiles, si lo aceptaban.  "El Verbo, era con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1: 1).  Antes de que los ángeles fuesen creados, el Verbo estaba con Dios, era Dios (Review and Herald, 5 de abril, 1906).

Cristo les muestra que aunque ellos podían calcular que su vida tenía menos de cincuenta años, sin embargo su vida divina no podía ser calculada por cómputos humanos.  La existencia de Cristo antes de su encarnación no se mide con números (Signs of the Times, 3 de mayo, 1899).

 

 El Deseado de Todas las Gentes

CAPÍTULO 11 El Bautismo *

LAS noticias referentes al profeta del desierto y su maravillosa predicación, cundieron por toda Galilea. El mensaje alcanzó a los campesinos de las aldeas montañesas más remotas, y a los pescadores que vivían a orillas del mar; y en sus corazones sencillos y fervientes halló la más sincera respuesta. En Nazaret repercutió en la carpintería que había sido de José, y uno reconoció el llamamiento. Había llegado su tiempo. Dejando su trabajo diario, se despidió de su madre, y siguió en las huellas de sus compatriotas que acudían al Jordán.

Jesús y Juan el Bautista eran primos, estrechamente relacionados por las circunstancias de su nacimiento; sin embargo no habían tenido relación directa. La vida de Jesús había transcurrido en Nazaret de Galilea; la de Juan en el desierto de Judea. En un ambiente muy diferente, habían vivido recluidos, sin comunicarse el uno con el otro. La providencia lo había ordenado así. No debía haber ocasión alguna de acusarlos de haber conspirado juntos para sostener mutuamente sus pretensiones.

Juan conocía los acontecimientos que habían señalado el nacimiento de Jesús. Había oído hablar de la visita a Jerusalén en su infancia, y de lo que había sucedido en la escuela de los rabinos. Conocía la vida sin pecado de Jesús; y creía que era el Mesías, aunque sin tener seguridad positiva de ello. El hecho de que Jesús había quedado durante tantos años en la obscuridad, sin dar ninguna evidencia especial de su misión, daba ocasión a dudar de que fuese el Ser prometido. Sin embargo, el Bautista esperaba con fe, sabiendo que al tiempo señalado por Dios todo quedaría aclarado. Se le había revelado que el Mesías vendría a pedirle el Bautismo, y entonces se daría una señal de su carácter divino. Así podría presentarlo al pueblo.

Cuan Jesús vino para ser bautizado, Juan reconoció en él una pureza de carácter que nunca había percibido en nadie. 85

La misma atmósfera de su presencia era santa e inspiraba reverencia. Entre las multitudes que le habían rodeado en el Jordán, Juan había oído sombríos relatos de crímenes, y conocido almas agobiadas por miríadas de pecados; nunca había estado en contacto con un ser humano que irradiase una influencia tan divina. Todo esto concordaba con lo que le había sido revelado acerca del Mesías. Sin embargo, vacilaba en hacer lo que le pedía Jesús. ¿Cómo podía él, pecador, bautizar al que era sin pecado? ¿Y por qué había de someterse el que no necesitaba arrepentimiento a un rito que era una confesión de culpabilidad que debía ser lavada?

Cuando Jesús pidió el bautismo, Juan quiso negárselo, exclamando: "Yo he menester ser bautizado de ti, ¿y tú vienes a mí?" Con firme aunque suave autoridad, Jesús contestó: "Deja ahora; porque así nos conviene cumplir toda justicia." Y Juan, cediendo, condujo al Salvador al agua del Jordán y le sepultó en ella. "Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él."

Jesús no recibió el bautismo como confesión de culpabilidad propia. Se identificó con los pecadores, dando los pasos que debemos dar, y haciendo la obra que debemos hacer. Su vida de sufrimiento y paciente tolerancia después de su bautismo, fue también un ejemplo para nosotros.

Después de salir del agua, Jesús se arrodilló en oración a orillas del río. Se estaba abriendo ante él una era nueva e importante. De una manera más amplia, estaba entrando en el conflicto de su vida. Aunque era el Príncipe de Paz, su venida iba a ser como el acto de desenvainar una espada. El reino que había venido a establecer, era lo opuesto de lo que los judíos deseaban. El que era el fundamento del ritual y de la economía de Israel iba a ser considerado como su enemigo y destructor. El que había proclamado la ley en el Sinaí iba a ser condenado como transgresor. El que había venido para quebrantar el poder de Satanás sería denunciado como Belcebú. Nadie en la tierra le había comprendido, y durante su ministerio debía continuar andando solo. Durante toda su vida, su madre y sus hermanos no comprendieron su misión. Ni aun sus discípulos le comprendieron. Había morado en la luz eterna, siendo 86 uno con Dios, pero debía pasar en la soledad su vida terrenal. Como uno de nosotros, debía llevar la carga de nuestra culpabilidad y desgracia. El Ser sin pecado debía sentir la vergüenza del pecado. El amante de la paz debía habitar con la disensión, la verdad debía morar con la mentira, la pureza con la vileza. Todo el pecado, la discordia y la contaminadora concupiscencia de la transgresión torturaban su espíritu.

Debía hollar la senda y llevar la carga solo. Sobre Aquel que había depuesto su gloria y aceptado la debilidad de la humanidad, debía descansar la redención del mundo. El lo veía y sentía todo, pero su propósito permanecía firme. De su brazo dependía la salvación de la especie caída, y extendió su mano para asir la mano del Amor omnipotente.

La mirada del Salvador parece penetrar el cielo mientras vuelca los anhelos de su alma en oración. Bien sabe él cómo el pecado endureció los corazones de los hombres, y cuán difícil les será discernir su misión y aceptar el don de la salvación. Intercede ante el Padre a fin de obtener poder para vencer su incredulidad, para romper las ligaduras con que Satanás los encadenó, y para vencer en su favor al destructor. Pide el testimonio de que Dios acepta la humanidad en la persona de su Hijo.

Nunca antes habían escuchado los ángeles semejante oración. Ellos anhelaban llevar a su amado Comandante un mensaje de seguridad y consuelo. Pero no; el Padre mismo contestará la petición de su Hijo. Salen directamente del trono los rayos de su gloria. Los cielos se abren, y sobre la cabeza del Salvador desciende una forma de paloma de la luz más pura, emblema adecuado del Manso y Humilde.

Entre la vasta muchedumbre que estaba congregada a orillas del Jordán, pocos, además de Juan, discernieron la visión celestial. Sin embargo, la solemnidad de la presencia divina embargó la asamblea. El pueblo se quedó mirando silenciosamente a Cristo. Su persona estaba bañada de la luz que rodea siempre el trono de Dios. Su rostro dirigido hacia arriba estaba glorificado como nunca antes habían visto ningún rostro humano. De los cielos abiertos, se oyó una voz que decía: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento."

Estas palabras de confirmación fueron dadas para inspirar 87 fe a aquellos que presenciaban la escena, y fortalecer al Salvador para su misión. A pesar de que los pecados de un mundo culpable pesaban sobre Cristo, a pesar de la humillación que implicaba el tomar sobre sí nuestra naturaleza caída, La voz del cielo lo declaró Hijo del Eterno.

Juan había quedado profundamente conmovido al ver a Jesús postrarse como suplicante para pedir con lágrimas la aprobación del Padre. Al rodearle la gloria de Dios y oírse la voz del cielo, Juan reconoció la señal que Dios le había prometido. Sabía que era al Redentor del mundo a quien había bautizado. El Espíritu Santo descendió sobre él, y extendiendo la mano, señaló a Jesús y exclamó: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo."

Nadie de entre los oyentes, ni aun el que las pronunció, discernió el verdadero significado de estas palabras, "el Cordero de Dios." Sobre el monte Moria, Abrahán había oído la pregunta de su hijo: "Padre mío.... ¿Dónde está el cordero para el holocausto?" El padre contestó "Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío."* Y en el carnero divinamente provisto en lugar de Isaac, Abrahán vio un símbolo de Aquel que había de morir por los pecados de los hombres. El Espíritu Santo, mediante Isaías, repitiendo la ilustración, profetizó del Salvador: "Como cordero fue llevado al matadero," "Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros;"*pero los hijos de Israel no habían comprendido la lección. Muchos de ellos consideraban los sacrificios de una manera muy semejante a la forma en que miraban sus sacrificios los paganos, como dones por cuyo medio podían propiciar a la Divinidad. Dios deseaba enseñarles que el don que los reconcilia con él proviene de su amor.

Y las palabras dichas a Jesús a orillas del Jordán: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento," abarcan a toda la humanidad. Dios habló a Jesús como a nuestro representante. No obstante todos nuestros pecados y debilidades, no somos desechados como inútiles. El "nos hizo aceptos en el Amado."* La gloria que descansó sobre Jesús es una prenda del amor de Dios hacia nosotros. Nos habla del poder de la oración, de cómo la voz humana puede llegar al oído de Dios, y ser aceptadas nuestras peticiones en los atrios celestiales. Por 88 el pecado, la tierra quedó separada del cielo y enajenada de su comunión; pero Jesús la ha relacionado otra vez con la esfera de gloria. Su amor rodeó al hombre, y alcanzó el cielo más elevado. La luz que cayó por los portales abiertos sobre la cabeza de nuestro Salvador, caerá sobre nosotros mientras oremos para pedir ayuda con que resistir a la tentación. La voz que habló a Jesús dice a toda alma creyente: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento."

"Amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es."* Nuestro Redentor ha abierto el camino, de manera que el más pecaminoso, el más menesteroso, el más oprimido y despreciado, puede hallar acceso al Padre. Todos pueden tener un hogar en las mansiones que Jesús ha ido a preparar. "Estas cosas dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: . . . he aquí, he dado una puerta abierta delante de ti, la cual ninguno puede cerrar."*  89

 

 

CAPÍTULO 25 El Llamamiento a Orillas del Mar *

AMANECÍA sobre el mar de Galilea. Los discípulos, cansados por una noche infructuosa, estaban todavía en sus barcos pesqueros bogando sobre el lago. Jesús volvía de pasar una hora tranquila a orillas del agua. Había esperado hallarse, durante unos cortos momentos de la madrugada, aliviado de la multitud que le seguía día tras día. Pero pronto la gente empezó a reunirse alrededor de él. La muchedumbre aumentó rápidamente, hasta apremiarle de todas partes. Mientras tanto, los discípulos habían vuelto a tierra. A fin de escapar a la presión de la multitud, Jesús entró en el barco de Pedro y le pidió a éste que se apartase un poquito de la orilla. Desde allí, Jesús podía ser visto y oído mejor por todos, y desde el barco enseñó a la muchedumbre reunida en la ribera.

¡Qué escena para la contemplación de los ángeles: su glorioso General, sentado en un barco de pescadores, mecido de aquí para allá por las inquietas olas y proclamando las buenas nuevas de la salvación a una muchedumbre atenta que se apiñaba hasta la orilla del agua! El Honrado del cielo estaba declarando al aire libre a la gente común las grandes cosas de su reino. Sin embargo, no podría haber tenido un escenario más adecuado para sus labores. El lago, las montañas, los campos extensos, el sol que inundaba la tierra, todo le proporcionaba objetos con que ilustrar sus lecciones y grabarlas en las mentes. Y ninguna lección de Cristo quedaba sin fruto. Todo mensaje de sus labios llegaba a algún alma como palabra de vida eterna.

Con cada momento que transcurría, aumentaba la multitud. Había ancianos apoyados en sus bastones, robustos campesinos de las colinas, pescadores que volvían de sus tareas en el lago, mercaderes y rabinos, ricos y sabios, jóvenes y viejos, que traían sus enfermos y dolientes y se agolpaban para oír las palabras del Maestro divino. Escenas como ésta habían mirado de antemano los profetas, y escribieron: 212

"¡La tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí,

hacia la mar, más allá del Jordán,

Galilea de las naciones;

el pueblo que estaba sentado en tinieblas ha visto gran luz,

y a los sentados en la región y sombra de muerte,

luz les ha resplandecido." *

En su sermón, Jesús tenía presentes otros auditorios, además de la muchedumbre que estaba a orillas de Genesaret. Mirando a través de los siglos, vio a sus fieles en cárceles y tribunales, en tentación, soledad y aflicción. Cada escena de gozo, o conflicto y perplejidad, le fue presentada. En las palabras dirigidas a los que le rodeaban, decía también a aquellas otras almas las mismas palabras que les habrían de llegar como mensaje de esperanza en la prueba, de consuelo en la tristeza y de luz celestial en las tinieblas. Mediante el Espíritu Santo, esa voz que hablaba desde el barco de pesca en el mar de Galilea, sería oída e infundiría paz a los corazones humanos hasta el fin del tiempo.

Terminado el discurso, Jesús se volvió a Pedro y le ordenó que se dirigiese mar adentro y echase la red. Pero Pedro estaba descorazonado. En toda la noche no había pescado nada. Durante las horas de soledad, se había acordado de la suerte de Juan el Bautista, que estaba languideciendo solo en su mazmorra. Había pensado en las perspectivas que se ofrecían a Jesús y sus discípulos, en el fracaso de la misión en Judea y en la maldad de los sacerdotes y rabinos. Aun su propia ocupación le había fallado; y mientras miraba sus redes vacías, el futuro le parecía obscuro. Dijo: "Maestro, habiendo trabajado toda la noche, nada hemos tomado, mas en tu palabra echaré la red."

La noche era el único tiempo favorable para pescar con redes en las claras aguas del lago. Después de trabajar toda la noche sin éxito, parecía una empresa desesperada echar la red de día. Pero Jesús había dado la orden, y el amor a su Maestro indujo a los discípulos a obedecerle. Juntos, Simón y su hermano, dejaron caer la red. Al intentar sacarla, era tan grande la cantidad de peces que encerraba que empezó a romperse. Se vieron obligados a llamar a Santiago y Juan en su ayuda. Cuando hubieron asegurado la pesca, ambos barcos estaban tan cargados que corrían peligro de hundirse.

Pero Pedro ya no pensaba en los barcos ni en su carga. Este 213 milagro, más que cualquier otro que hubiese presenciado era para él una manifestación del poder divino. En Jesús vio a Aquel que tenía sujeta toda la naturaleza bajo su dominio. La presencia de la divinidad revelaba su propia falta de santidad. Le vencieron el amor a su Maestro, la vergüenza por su propia incredulidad, la gratitud por la condescendencia de Cristo, y sobre todo el sentimiento de su impureza frente a la pureza infinita. Mientras sus compañeros estaban guardando el contenido de la red, Pedro cayó a los pies del Salvador, exclamando: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador."

Era la misma presencia de la santidad divina la que había hecho caer al profeta Daniel como muerto delante del ángel de Dios. El dijo: "Mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno." Así también cuando Isaías contempló la gloria del Señor, exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos."* La humanidad, con su debilidad y pecado, se hallaba en contraste con la perfección de la divinidad, y él se sentía completamente deficiente y falto de santidad. Así les ha sucedido a todos aquellos a quienes fue otorgada una visión de la grandeza y majestad de Dios.

Pedro exclamó: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador." Sin embargo, se aferraba a los pies de Jesús, sintiendo que no podía separarse de él. El Salvador contestó: "No temas: desde ahora pescarás hombres." Fue después que Isaías hubo contemplado la santidad de Dios y su propia indignidad, cuando le fue confiado el mensaje divino. Después que Pedro fuera inducido a negarse a sí mismo y a confiar en el poder divino fue cuando se le llamó a trabajar para Cristo.

Hasta entonces, ninguno de los discípulos se había unido completamente a Jesús como colaborador suyo. Habían presenciado muchos de sus milagros, y habían escuchado su enseñanza; pero no habían abandonado totalmente su empleo anterior. El encarcelamiento de Juan el Bautista había sido para todos ellos una amarga desilusión. Si tal había de ser el resultado de la misión de Juan, no podían tener mucha esperanza respecto a su Maestro, contra el cual estaban combinados todos los dirigentes religiosos. En esas circunstancias, les había 214 sido un alivio volver por un corto tiempo a su pesca. Pero ahora Jesús los llamaba a abandonar su vida anterior, y a unir sus intereses con los suyos. Pedro había aceptado el llamamiento. Llegando a la orilla, Jesús invitó a los otros tres discípulos diciéndoles: "Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres." Inmediatamente lo dejaron todo, y le siguieron.

Antes de pedir a los discípulos que abandonasen sus redes y barcos, Jesús les había dado la seguridad de que Dios supliría sus necesidades. El empleo del esquife de Pedro para la obra del Evangelio había sido ricamente recompensado. El que es rico "para con todos los que le invocan" dijo: "Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida, y rebosando.'* Según esta medida había recompensado el servicio de sus discípulos. Y todo sacrificio hecho en su ministerio será recompensado conforme a "las abundantes riquezas de su gracia."*

Durante aquella triste noche pasada en el lago, mientras estaban separados de Cristo, los discípulos se vieron acosados por la incredulidad y el cansancio de un trabajo infructuoso. Pero su presencia reanimó su fe y les infundió gozo y éxito. Así también sucede con nosotros; separados de Cristo, nuestro trabajo es infructuoso, y es fácil desconfiar y murmurar. Pero cuando él está cerca y trabajamos bajo su dirección, nos regocijarnos en la evidencia de su poder. Es obra de Satanás desalentar al alma, y es obra de Cristo inspirarle fe y esperanza.

La lección más profunda que el milagro impartió a los discípulos, es una lección para nosotros también; a saber, que Aquel cuya palabra juntaba los peces de la mar podía impresionar los corazones humanos y atraerlos con las cuerdas de su amor, para que sus siervos fuesen "pescadores de hombres.'

Eran hombres humildes y sin letras aquellos pescadores de Galilea; pero Cristo, la luz del mundo, tenía abundante poder para prepararlos para la posición a la cual los había llamado. El Salvador no menospreciaba la educación; porque, cuando está regida por el amor de Dios y consagrada a su servicio, la cultura intelectual es una bendición. Pero pasó por alto a los sabios de su tiempo, porque tenían tanta confianza en sí mismos, que no podían simpatizar con la humanidad doliente y hacerse colaboradores con el Hombre de Nazaret. En su intolerancia, tuvieron en poco el ser enseñados por Cristo. El Señor Jesús 215 busca la cooperación de los que quieran ser conductos limpios para la comunicación de su gracia. Lo primero que deben aprender todos los que quieran trabajar con Dios, es la lección de desconfianza en sí mismos; entonces estarán preparados para que se les imparta el carácter de Cristo. Este no se obtiene por la educación en las escuelas más científicas. Es fruto de la sabiduría que se obtiene únicamente del Maestro divino.

Jesús eligió a pescadores sin letras porque no habían sido educados en las tradiciones y costumbres erróneas de su tiempo. Eran hombres de capacidad innata, humildes y susceptibles de ser enseñados; hombres a quienes él podía educar para su obra. En las profesiones comunes de la vida, hay muchos hombres que cumplen sus trabajos diarios, inconscientes de que poseen facultades que, si fuesen puestas en acción, los pondrían a la altura de los hombres más estimados del mundo. Se necesita el toque de una mano hábil para despertar estas facultades dormidas. A hombres tales llamó Jesús para que fuesen sus colaboradores; y les dio las ventajas de estar asociados con él. Nunca tuvieron los grandes del mundo un maestro semejante. Cuando los discípulos terminaron su período de preparación con el Salvador, no eran ya ignorantes y sin cultura; habían llegado a ser como él en mente y carácter, y los hombres se dieron cuenta de que habían estado con Jesús.

No es la obra más elevada de la educación el comunicar meramente conocimientos, sino el impartir aquella energía vivificadora que se recibe por el contacto de la mente con la mente y del alma con el alma. Únicamente la vida puede engendrar vida. ¡Qué privilegio fue el de aquellos que, durante tres años, estuvieron en contacto diario con aquella vida divina de la cual había fluido todo impulso vivificador que bendijera al mundo! Más que todos sus compañeros, Juan, el discípulo amado, cedió al poder de esa vida maravillosa. Dice: "La vida fue manifestada, y vimos, y manifestamos, y os anunciamos aquella vida eterna, la cual estaba con el Padre, y nos ha aparecido" "De su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia."*

En los apóstoles de nuestro Señor no había nada que les pudiera reportar gloria. Era evidente que el éxito de sus labores se debía únicamente a Dios. La vida de estos hombres, el carácter que adquirieron y la poderosa obra que Dios realizó 216 mediante ellos, atestiguan lo que él hará por aquellos que reciban sus enseñanzas y sean obedientes.

El que más ame a Cristo hará la mayor suma de bien. No tiene límite la utilidad de aquel que, poniendo el yo a un lado, deja obrar al Espíritu Santo en su corazón, y vive una vida completamente consagrada a Dios. Con tal que los hombres estén dispuestos a soportar la disciplina necesaria, sin quejarse ni desmayar por el camino, Dios les enseñará hora por hora, día tras día. El anhela revelar su gracia. Con tal que los suyos quieran quitar los obstáculos, él derramará las aguas de salvación en raudales abundantes mediante los conductos humanos. Si los hombres de vida humilde fuesen estimulados a hacer todo el bien que podrían hacer, y ninguna mano refrenadora reprimiese su celo, habría cien personas trabajando para Cristo donde hay actualmente una sola.

Dios toma a los hombres como son, y los educa para su servicio, si quieren entregarse a él. El Espíritu de Dios, recibido en el alma, vivificará todas sus facultades. Bajo la dirección del Espíritu Santo, la mente consagrada sin reserva a Dios, se desarrolla armoniosamente y se fortalece para comprender y cumplir los requerimientos de Dios. El carácter débil y vacilante se transforma en un carácter fuerte y firme. La devoción continua establece una relación tan íntima entre Jesús y su discípulo, que el cristiano llega a ser semejante a Cristo en mente y carácter. Mediante su relación con Cristo, tendrá miras más claras y más amplias. Su discernimiento será más penetrante, su juicio mejor equilibrado. El que anhela servir a Cristo queda tan vivificado por el poder del Sol de justicia, que puede llevar mucho fruto para gloria de Dios.

Hombres de la más alta educación en las artes y las ciencias han aprendido preciosas lecciones de los cristianos de vida humilde a quienes el mundo llamaba ignorantes. Pero estos obscuros discípulos habían obtenido su educación en la más alta de todas las escuelas: Se habían sentado a los pies de Aquel que habló como "jamás habló hombre alguno."*  217

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Compilador:   Dr. Pedro Martínez.   Proyecto Especial de Ministerios PM©

 

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