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El
Evangelismo
FALSEDADES CONCERNIENTES A LA
DIVINIDAD
Sepa la gente lo que creemos.-
Nuestro plan de acción es éste: No
destaquéis los aspectos controvertidos de nuestra fe, que se oponen más
a los modos y costumbres de la gente, hasta que el Señor le dé a ésta
amplia oportunidad de saber que creemos en Cristo, en su divinidad y
preexistencia (Testimonios para los Ministros, pág. 253. Año 1895).
Tendremos que hacer frente a las
enseñanzas erróneas.-
Una vez tras otra tendremos que
enfrentarnos con la influencia de hombres que estudian ciencias de
origen satánico, a través de los cuales Satanás está trabajando para
reducir a la nada a Dios y a Cristo. Tanto el Padre como el Hijo tienen
una personalidad. Cristo declaró: "Yo y el Padre uno somos" (Juan 10:
30). Y sin embargo fue el Hijo de Dios el que vino al mundo en forma
humana. Poniendo a un lado su ropaje real y su corona regia vistió su
divinidad con humanidad, a fin de que la humanidad, mediante su
sacrificio infinito llegara a participar de la naturaleza divina y
escapara de la corrupción que hay en el mundo por causa de la
concupiscencia (Testimonies, tomo 9, pág. 68. Año 1909).
Verdad positiva contra
exposiciones espiritistas.-
He sido instruida para que diga: No
hay que confiar en las opiniones de los que buscan ideas científicas
avanzadas. Se han hecho exposiciones como la siguiente: "El Padre es
como la luz 446 invisible; el Hijo es como la luz encarnada; y el
Espíritu es como la luz derramada". "El Padre es como el rocío, vapor
invisible; el Hijo es como el rocío reunido en bellísimas gotas; el
Espíritu es como el rocío derramado en el asiento de la vida". Otra
exposición es ésta: "El Padre es como el vapor invisible; el Hijo es
como la nube plomiza; el Espíritu es la lluvia que cae y obra con poder
refrescante".
Todas estas representaciones
espiritistas no son absolutamente nada. Son imperfectas y falsas.
Debilitan y disminuyen la Majestad que no puede compararse a ninguna
cosa de origen terrenal. Dios no puede compararse con las cosas que sus
manos han creado. Estas no son más que cosas terrenales, que sufren
bajo la maldición de Dios a causa de los pecados del hombre. El Padre
no puede describirse mediante las cosas de la tierra. El Padre es toda
la plenitud de la Divinidad corporalmente, y es invisible para los ojos
mortales.
El Hijo es toda plenitud de la
Divinidad manifestada. La Palabra de Dios declara que él es "la imagen
misma de su sustancia" (Heb. 1: 3). "Porque de tal manera amó Dios al
mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él
cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3: 16). Aquí se
muestra la personalidad del Padre.
El Consolador que Cristo prometió
enviar después de ascender al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud
de la Divinidad, poniendo de manifiesto el poder de la gracia divina a
todos los que reciben a Cristo y creen en él como un Salvador personal.
Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos
tres grandes poderes -el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo- son
bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos poderes
colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por
vivir la nueva vida en Cristo (Special Testimonies, Serie B, Nº 7, págs.
62, 63. Año 1905).
La preexistencia del Hijo de Dios
y su existencia por sí mismo.-
Cristo es el Hijo de Dios
preexistente y existente por sí mismo. . . Al hablar de esta
preexistencia, Cristo hace retroceder la mente hacia las edades sin
fin. Nos asegura que nunca hubo un tiempo cuando él no haya estado en
estrecha relación con el Dios eterno. Aquel cuya voz los judíos
escuchaban en ese momento había estado junto a Dios (Signs of the Times,
29 de agosto, 1900).
Era igual a Dios, infinito y
omnipotente. . . Es el Hijo eterno y existente por sí mismo (Manuscrito
101, 1897).
Desde la eternidad.-
Aunque la Palabra de Dios habla de la
humanidad de Cristo cuando estuvo en esta tierra, también habla
definidamente acerca de su preexistencia. El Verbo existía 447 como un
ser divino, como el Hijo eterno de Dios en unión y en unidad con el
Padre. Desde la eternidad era el Mediador del pacto, aquel en quien
serían bendecidas todas las naciones de la tierra, tanto judíos como
gentiles, si lo aceptaban. "El Verbo, era con Dios, y el Verbo era
Dios" (Juan 1: 1). Antes de que los ángeles fuesen creados, el Verbo
estaba con Dios, era Dios (Review and Herald, 5 de abril, 1906).
Cristo les muestra que aunque ellos
podían calcular que su vida tenía menos de cincuenta años, sin embargo
su vida divina no podía ser calculada por cómputos humanos. La
existencia de Cristo antes de su encarnación no se mide con números (Signs
of the Times, 3 de mayo, 1899).
El Deseado de Todas las Gentes
CAPÍTULO 11 El Bautismo *
LAS noticias referentes al profeta
del desierto y su maravillosa predicación, cundieron por toda Galilea.
El mensaje alcanzó a los campesinos de las aldeas montañesas más
remotas, y a los pescadores que vivían a orillas del mar; y en sus
corazones sencillos y fervientes halló la más sincera respuesta. En
Nazaret repercutió en la carpintería que había sido de José, y uno
reconoció el llamamiento. Había llegado su tiempo. Dejando su trabajo
diario, se despidió de su madre, y siguió en las huellas de sus
compatriotas que acudían al Jordán.
Jesús y Juan el Bautista eran primos,
estrechamente relacionados por las circunstancias de su nacimiento; sin
embargo no habían tenido relación directa. La vida de Jesús había
transcurrido en Nazaret de Galilea; la de Juan en el desierto de Judea.
En un ambiente muy diferente, habían vivido recluidos, sin comunicarse
el uno con el otro. La providencia lo había ordenado así. No debía haber
ocasión alguna de acusarlos de haber conspirado juntos para sostener
mutuamente sus pretensiones.
Juan conocía los acontecimientos que
habían señalado el nacimiento de Jesús. Había oído hablar de la visita a
Jerusalén en su infancia, y de lo que había sucedido en la escuela de
los rabinos. Conocía la vida sin pecado de Jesús; y creía que era el
Mesías, aunque sin tener seguridad positiva de ello. El hecho de que
Jesús había quedado durante tantos años en la obscuridad, sin dar
ninguna evidencia especial de su misión, daba ocasión a dudar de que
fuese el Ser prometido. Sin embargo, el Bautista esperaba con fe,
sabiendo que al tiempo señalado por Dios todo quedaría aclarado. Se le
había revelado que el Mesías vendría a pedirle el Bautismo, y entonces
se daría una señal de su carácter divino. Así podría presentarlo al
pueblo.
Cuan Jesús vino para ser bautizado,
Juan reconoció en él una pureza de carácter que nunca había percibido en
nadie. 85
La misma atmósfera de su presencia
era santa e inspiraba reverencia. Entre las multitudes que le habían
rodeado en el Jordán, Juan había oído sombríos relatos de crímenes, y
conocido almas agobiadas por miríadas de pecados; nunca había estado en
contacto con un ser humano que irradiase una influencia tan divina. Todo
esto concordaba con lo que le había sido revelado acerca del Mesías. Sin
embargo, vacilaba en hacer lo que le pedía Jesús. ¿Cómo podía él,
pecador, bautizar al que era sin pecado? ¿Y por qué había de someterse
el que no necesitaba arrepentimiento a un rito que era una confesión de
culpabilidad que debía ser lavada?
Cuando Jesús pidió el bautismo, Juan
quiso negárselo, exclamando: "Yo he menester ser bautizado de ti, ¿y tú
vienes a mí?" Con firme aunque suave autoridad, Jesús contestó: "Deja
ahora; porque así nos conviene cumplir toda justicia." Y Juan, cediendo,
condujo al Salvador al agua del Jordán y le sepultó en ella. "Y Jesús,
después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le
fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y
venía sobre él."
Jesús no recibió el bautismo como
confesión de culpabilidad propia. Se identificó con los pecadores, dando
los pasos que debemos dar, y haciendo la obra que debemos hacer. Su vida
de sufrimiento y paciente tolerancia después de su bautismo, fue también
un ejemplo para nosotros.
Después de salir del agua, Jesús se
arrodilló en oración a orillas del río. Se estaba abriendo ante él una
era nueva e importante. De una manera más amplia, estaba entrando en el
conflicto de su vida. Aunque era el Príncipe de Paz, su venida iba a ser
como el acto de desenvainar una espada. El reino que había venido a
establecer, era lo opuesto de lo que los judíos deseaban. El que era el
fundamento del ritual y de la economía de Israel iba a ser considerado
como su enemigo y destructor. El que había proclamado la ley en el Sinaí
iba a ser condenado como transgresor. El que había venido para
quebrantar el poder de Satanás sería denunciado como Belcebú. Nadie en
la tierra le había comprendido, y durante su ministerio debía continuar
andando solo. Durante toda su vida, su madre y sus hermanos no
comprendieron su misión. Ni aun sus discípulos le comprendieron. Había
morado en la luz eterna, siendo 86 uno con Dios, pero debía pasar en la
soledad su vida terrenal. Como uno de nosotros, debía llevar la carga de
nuestra culpabilidad y desgracia. El Ser sin pecado debía sentir la
vergüenza del pecado. El amante de la paz debía habitar con la
disensión, la verdad debía morar con la mentira, la pureza con la
vileza. Todo el pecado, la discordia y la contaminadora concupiscencia
de la transgresión torturaban su espíritu.
Debía hollar la senda y llevar la
carga solo. Sobre Aquel que había depuesto su gloria y aceptado la
debilidad de la humanidad, debía descansar la redención del mundo. El lo
veía y sentía todo, pero su propósito permanecía firme. De su brazo
dependía la salvación de la especie caída, y extendió su mano para asir
la mano del Amor omnipotente.
La mirada del Salvador parece
penetrar el cielo mientras vuelca los anhelos de su alma en oración.
Bien sabe él cómo el pecado endureció los corazones de los hombres, y
cuán difícil les será discernir su misión y aceptar el don de la
salvación. Intercede ante el Padre a fin de obtener poder para vencer su
incredulidad, para romper las ligaduras con que Satanás los encadenó, y
para vencer en su favor al destructor. Pide el testimonio de que Dios
acepta la humanidad en la persona de su Hijo.
Nunca antes habían escuchado los
ángeles semejante oración. Ellos anhelaban llevar a su amado Comandante
un mensaje de seguridad y consuelo. Pero no; el Padre mismo contestará
la petición de su Hijo. Salen directamente del trono los rayos de su
gloria. Los cielos se abren, y sobre la cabeza del Salvador desciende
una forma de paloma de la luz más pura, emblema adecuado del Manso y
Humilde.
Entre la vasta muchedumbre que estaba
congregada a orillas del Jordán, pocos, además de Juan, discernieron la
visión celestial. Sin embargo, la solemnidad de la presencia divina
embargó la asamblea. El pueblo se quedó mirando silenciosamente a
Cristo. Su persona estaba bañada de la luz que rodea siempre el trono de
Dios. Su rostro dirigido hacia arriba estaba glorificado como nunca
antes habían visto ningún rostro humano. De los cielos abiertos, se oyó
una voz que decía: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo
contentamiento."
Estas palabras de confirmación fueron
dadas para inspirar 87 fe a aquellos que presenciaban la escena, y
fortalecer al Salvador para su misión. A pesar de que los pecados de un
mundo culpable pesaban sobre Cristo, a pesar de la humillación que
implicaba el tomar sobre sí nuestra naturaleza caída, La voz del cielo
lo declaró Hijo del Eterno.
Juan había quedado profundamente
conmovido al ver a Jesús postrarse como suplicante para pedir con
lágrimas la aprobación del Padre. Al rodearle la gloria de Dios y oírse
la voz del cielo, Juan reconoció la señal que Dios le había prometido.
Sabía que era al Redentor del mundo a quien había bautizado. El Espíritu
Santo descendió sobre él, y extendiendo la mano, señaló a Jesús y
exclamó: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo."
Nadie de entre los oyentes, ni aun el
que las pronunció, discernió el verdadero significado de estas palabras,
"el Cordero de Dios." Sobre el monte Moria, Abrahán había oído la
pregunta de su hijo: "Padre mío.... ¿Dónde está el cordero para el
holocausto?" El padre contestó "Dios se proveerá de cordero para el
holocausto, hijo mío."* Y en el carnero divinamente provisto en lugar de
Isaac, Abrahán vio un símbolo de Aquel que había de morir por los
pecados de los hombres. El Espíritu Santo, mediante Isaías, repitiendo
la ilustración, profetizó del Salvador: "Como cordero fue llevado al
matadero," "Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros;"*pero los
hijos de Israel no habían comprendido la lección. Muchos de ellos
consideraban los sacrificios de una manera muy semejante a la forma en
que miraban sus sacrificios los paganos, como dones por cuyo medio
podían propiciar a la Divinidad. Dios deseaba enseñarles que el don que
los reconcilia con él proviene de su amor.
Y las palabras dichas a Jesús a
orillas del Jordán: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo
contentamiento," abarcan a toda la humanidad. Dios habló a Jesús como a
nuestro representante. No obstante todos nuestros pecados y debilidades,
no somos desechados como inútiles. El "nos hizo aceptos en el Amado."*
La gloria que descansó sobre Jesús es una prenda del amor de Dios hacia
nosotros. Nos habla del poder de la oración, de cómo la voz humana puede
llegar al oído de Dios, y ser aceptadas nuestras peticiones en los
atrios celestiales. Por 88 el pecado, la tierra quedó separada del cielo
y enajenada de su comunión; pero Jesús la ha relacionado otra vez con la
esfera de gloria. Su amor rodeó al hombre, y alcanzó el cielo más
elevado. La luz que cayó por los portales abiertos sobre la cabeza de
nuestro Salvador, caerá sobre nosotros mientras oremos para pedir ayuda
con que resistir a la tentación. La voz que habló a Jesús dice a toda
alma creyente: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento."
"Amados, ahora somos hijos de Dios, y
aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él
apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es."*
Nuestro Redentor ha abierto el camino, de manera que el más pecaminoso,
el más menesteroso, el más oprimido y despreciado, puede hallar acceso
al Padre. Todos pueden tener un hogar en las mansiones que Jesús ha ido
a preparar. "Estas cosas dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la
llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: .
. . he aquí, he dado una puerta abierta delante de ti, la cual ninguno
puede cerrar."* 89
CAPÍTULO 25 El Llamamiento a
Orillas del Mar *
AMANECÍA sobre el mar de Galilea. Los
discípulos, cansados por una noche infructuosa, estaban todavía en sus
barcos pesqueros bogando sobre el lago. Jesús volvía de pasar una hora
tranquila a orillas del agua. Había esperado hallarse, durante unos
cortos momentos de la madrugada, aliviado de la multitud que le seguía
día tras día. Pero pronto la gente empezó a reunirse alrededor de él. La
muchedumbre aumentó rápidamente, hasta apremiarle de todas partes.
Mientras tanto, los discípulos habían vuelto a tierra. A fin de escapar
a la presión de la multitud, Jesús entró en el barco de Pedro y le pidió
a éste que se apartase un poquito de la orilla. Desde allí, Jesús podía
ser visto y oído mejor por todos, y desde el barco enseñó a la
muchedumbre reunida en la ribera.
¡Qué escena para la contemplación de
los ángeles: su glorioso General, sentado en un barco de pescadores,
mecido de aquí para allá por las inquietas olas y proclamando las buenas
nuevas de la salvación a una muchedumbre atenta que se apiñaba hasta la
orilla del agua! El Honrado del cielo estaba declarando al aire libre a
la gente común las grandes cosas de su reino. Sin embargo, no podría
haber tenido un escenario más adecuado para sus labores. El lago, las
montañas, los campos extensos, el sol que inundaba la tierra, todo le
proporcionaba objetos con que ilustrar sus lecciones y grabarlas en las
mentes. Y ninguna lección de Cristo quedaba sin fruto. Todo mensaje de
sus labios llegaba a algún alma como palabra de vida eterna.
Con cada momento que transcurría,
aumentaba la multitud. Había ancianos apoyados en sus bastones, robustos
campesinos de las colinas, pescadores que volvían de sus tareas en el
lago, mercaderes y rabinos, ricos y sabios, jóvenes y viejos, que traían
sus enfermos y dolientes y se agolpaban para oír las palabras del
Maestro divino. Escenas como ésta habían mirado de antemano los
profetas, y escribieron: 212
"¡La tierra de Zabulón y la tierra de
Neftalí,
hacia la mar, más allá del Jordán,
Galilea de las naciones;
el pueblo que estaba sentado en
tinieblas ha visto gran luz,
y a los sentados en la región y
sombra de muerte,
luz les ha resplandecido." *
En su sermón, Jesús tenía presentes
otros auditorios, además de la muchedumbre que estaba a orillas de
Genesaret. Mirando a través de los siglos, vio a sus fieles en cárceles
y tribunales, en tentación, soledad y aflicción. Cada escena de gozo, o
conflicto y perplejidad, le fue presentada. En las palabras dirigidas a
los que le rodeaban, decía también a aquellas otras almas las mismas
palabras que les habrían de llegar como mensaje de esperanza en la
prueba, de consuelo en la tristeza y de luz celestial en las tinieblas.
Mediante el Espíritu Santo, esa voz que hablaba desde el barco de pesca
en el mar de Galilea, sería oída e infundiría paz a los corazones
humanos hasta el fin del tiempo.
Terminado el discurso, Jesús se
volvió a Pedro y le ordenó que se dirigiese mar adentro y echase la red.
Pero Pedro estaba descorazonado. En toda la noche no había pescado nada.
Durante las horas de soledad, se había acordado de la suerte de Juan el
Bautista, que estaba languideciendo solo en su mazmorra. Había pensado
en las perspectivas que se ofrecían a Jesús y sus discípulos, en el
fracaso de la misión en Judea y en la maldad de los sacerdotes y
rabinos. Aun su propia ocupación le había fallado; y mientras miraba sus
redes vacías, el futuro le parecía obscuro. Dijo: "Maestro, habiendo
trabajado toda la noche, nada hemos tomado, mas en tu palabra echaré la
red."
La noche era el único tiempo
favorable para pescar con redes en las claras aguas del lago. Después de
trabajar toda la noche sin éxito, parecía una empresa desesperada echar
la red de día. Pero Jesús había dado la orden, y el amor a su Maestro
indujo a los discípulos a obedecerle. Juntos, Simón y su hermano,
dejaron caer la red. Al intentar sacarla, era tan grande la cantidad de
peces que encerraba que empezó a romperse. Se vieron obligados a llamar
a Santiago y Juan en su ayuda. Cuando hubieron asegurado la pesca, ambos
barcos estaban tan cargados que corrían peligro de hundirse.
Pero Pedro ya no pensaba en los
barcos ni en su carga. Este 213 milagro, más que cualquier otro que
hubiese presenciado era para él una manifestación del poder divino. En
Jesús vio a Aquel que tenía sujeta toda la naturaleza bajo su dominio.
La presencia de la divinidad revelaba su propia falta de santidad. Le
vencieron el amor a su Maestro, la vergüenza por su propia incredulidad,
la gratitud por la condescendencia de Cristo, y sobre todo el
sentimiento de su impureza frente a la pureza infinita. Mientras sus
compañeros estaban guardando el contenido de la red, Pedro cayó a los
pies del Salvador, exclamando: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre
pecador."
Era la misma presencia de la santidad
divina la que había hecho caer al profeta Daniel como muerto delante del
ángel de Dios. El dijo: "Mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener
vigor alguno." Así también cuando Isaías contempló la gloria del Señor,
exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de
labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han
visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos."* La humanidad, con su
debilidad y pecado, se hallaba en contraste con la perfección de la
divinidad, y él se sentía completamente deficiente y falto de santidad.
Así les ha sucedido a todos aquellos a quienes fue otorgada una visión
de la grandeza y majestad de Dios.
Pedro exclamó: "Apártate de mí,
Señor, porque soy hombre pecador." Sin embargo, se aferraba a los pies
de Jesús, sintiendo que no podía separarse de él. El Salvador contestó:
"No temas: desde ahora pescarás hombres." Fue después que Isaías hubo
contemplado la santidad de Dios y su propia indignidad, cuando le fue
confiado el mensaje divino. Después que Pedro fuera inducido a negarse a
sí mismo y a confiar en el poder divino fue cuando se le llamó a
trabajar para Cristo.
Hasta entonces, ninguno de los
discípulos se había unido completamente a Jesús como colaborador suyo.
Habían presenciado muchos de sus milagros, y habían escuchado su
enseñanza; pero no habían abandonado totalmente su empleo anterior. El
encarcelamiento de Juan el Bautista había sido para todos ellos una
amarga desilusión. Si tal había de ser el resultado de la misión de
Juan, no podían tener mucha esperanza respecto a su Maestro, contra el
cual estaban combinados todos los dirigentes religiosos. En esas
circunstancias, les había 214 sido un alivio volver por un corto tiempo
a su pesca. Pero ahora Jesús los llamaba a abandonar su vida anterior, y
a unir sus intereses con los suyos. Pedro había aceptado el llamamiento.
Llegando a la orilla, Jesús invitó a los otros tres discípulos
diciéndoles: "Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres."
Inmediatamente lo dejaron todo, y le siguieron.
Antes de pedir a los discípulos que
abandonasen sus redes y barcos, Jesús les había dado la seguridad de que
Dios supliría sus necesidades. El empleo del esquife de Pedro para la
obra del Evangelio había sido ricamente recompensado. El que es rico
"para con todos los que le invocan" dijo: "Dad, y se os dará; medida
buena, apretada, remecida, y rebosando.'* Según esta medida había
recompensado el servicio de sus discípulos. Y todo sacrificio hecho en
su ministerio será recompensado conforme a "las abundantes riquezas de
su gracia."*
Durante aquella triste noche pasada
en el lago, mientras estaban separados de Cristo, los discípulos se
vieron acosados por la incredulidad y el cansancio de un trabajo
infructuoso. Pero su presencia reanimó su fe y les infundió gozo y
éxito. Así también sucede con nosotros; separados de Cristo, nuestro
trabajo es infructuoso, y es fácil desconfiar y murmurar. Pero cuando él
está cerca y trabajamos bajo su dirección, nos regocijarnos en la
evidencia de su poder. Es obra de Satanás desalentar al alma, y es obra
de Cristo inspirarle fe y esperanza.
La lección más profunda que el
milagro impartió a los discípulos, es una lección para nosotros también;
a saber, que Aquel cuya palabra juntaba los peces de la mar podía
impresionar los corazones humanos y atraerlos con las cuerdas de su
amor, para que sus siervos fuesen "pescadores de hombres.'
Eran hombres humildes y sin letras
aquellos pescadores de Galilea; pero Cristo, la luz del mundo, tenía
abundante poder para prepararlos para la posición a la cual los había
llamado. El Salvador no menospreciaba la educación; porque, cuando está
regida por el amor de Dios y consagrada a su servicio, la cultura
intelectual es una bendición. Pero pasó por alto a los sabios de su
tiempo, porque tenían tanta confianza en sí mismos, que no podían
simpatizar con la humanidad doliente y hacerse colaboradores con el
Hombre de Nazaret. En su intolerancia, tuvieron en poco el ser enseñados
por Cristo. El Señor Jesús 215 busca la cooperación de los que quieran
ser conductos limpios para la comunicación de su gracia. Lo primero que
deben aprender todos los que quieran trabajar con Dios, es la lección de
desconfianza en sí mismos; entonces estarán preparados para que se les
imparta el carácter de Cristo. Este no se obtiene por la educación en
las escuelas más científicas. Es fruto de la sabiduría que se obtiene
únicamente del Maestro divino.
Jesús eligió a pescadores sin letras
porque no habían sido educados en las tradiciones y costumbres erróneas
de su tiempo. Eran hombres de capacidad innata, humildes y susceptibles
de ser enseñados; hombres a quienes él podía educar para su obra. En las
profesiones comunes de la vida, hay muchos hombres que cumplen sus
trabajos diarios, inconscientes de que poseen facultades que, si fuesen
puestas en acción, los pondrían a la altura de los hombres más estimados
del mundo. Se necesita el toque de una mano hábil para despertar estas
facultades dormidas. A hombres tales llamó Jesús para que fuesen sus
colaboradores; y les dio las ventajas de estar asociados con él. Nunca
tuvieron los grandes del mundo un maestro semejante. Cuando los
discípulos terminaron su período de preparación con el Salvador, no eran
ya ignorantes y sin cultura; habían llegado a ser como él en mente y
carácter, y los hombres se dieron cuenta de que habían estado con Jesús.
No es la obra más elevada de la
educación el comunicar meramente conocimientos, sino el impartir aquella
energía vivificadora que se recibe por el contacto de la mente con la
mente y del alma con el alma. Únicamente la vida puede engendrar vida.
¡Qué privilegio fue el de aquellos que, durante tres años, estuvieron en
contacto diario con aquella vida divina de la cual había fluido todo
impulso vivificador que bendijera al mundo! Más que todos sus
compañeros, Juan, el discípulo amado, cedió al poder de esa vida
maravillosa. Dice: "La vida fue manifestada, y vimos, y manifestamos, y
os anunciamos aquella vida eterna, la cual estaba con el Padre, y nos ha
aparecido" "De su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia."*
En los apóstoles de nuestro Señor no
había nada que les pudiera reportar gloria. Era evidente que el éxito de
sus labores se debía únicamente a Dios. La vida de estos hombres, el
carácter que adquirieron y la poderosa obra que Dios realizó 216
mediante ellos, atestiguan lo que él hará por aquellos que reciban sus
enseñanzas y sean obedientes.
El que más ame a Cristo hará la mayor
suma de bien. No tiene límite la utilidad de aquel que, poniendo el yo a
un lado, deja obrar al Espíritu Santo en su corazón, y vive una vida
completamente consagrada a Dios. Con tal que los hombres estén
dispuestos a soportar la disciplina necesaria, sin quejarse ni desmayar
por el camino, Dios les enseñará hora por hora, día tras día. El anhela
revelar su gracia. Con tal que los suyos quieran quitar los obstáculos,
él derramará las aguas de salvación en raudales abundantes mediante los
conductos humanos. Si los hombres de vida humilde fuesen estimulados a
hacer todo el bien que podrían hacer, y ninguna mano refrenadora
reprimiese su celo, habría cien personas trabajando para Cristo donde
hay actualmente una sola.
Dios toma a los hombres como son, y
los educa para su servicio, si quieren entregarse a él. El Espíritu de
Dios, recibido en el alma, vivificará todas sus facultades. Bajo la
dirección del Espíritu Santo, la mente consagrada sin reserva a Dios, se
desarrolla armoniosamente y se fortalece para comprender y cumplir los
requerimientos de Dios. El carácter débil y vacilante se transforma en
un carácter fuerte y firme. La devoción continua establece una relación
tan íntima entre Jesús y su discípulo, que el cristiano llega a ser
semejante a Cristo en mente y carácter. Mediante su relación con Cristo,
tendrá miras más claras y más amplias. Su discernimiento será más
penetrante, su juicio mejor equilibrado. El que anhela servir a Cristo
queda tan vivificado por el poder del Sol de justicia, que puede llevar
mucho fruto para gloria de Dios.
Hombres de la más alta educación en
las artes y las ciencias han aprendido preciosas lecciones de los
cristianos de vida humilde a quienes el mundo llamaba ignorantes. Pero
estos obscuros discípulos habían obtenido su educación en la más alta de
todas las escuelas: Se habían sentado a los pies de Aquel que habló como
"jamás habló hombre alguno."* 217
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