
De la oscuridad

por
Michael Matthews
Misionero para el 18 de Junio del 2005
Tomaba estupefacientes para hallar entendimiento; pero halló
la Luz de la vida en una lúgubre celda de prisión.
Fue allí donde entregué mi vida a Jesucristo.
Reconocí la situación en la que me encontraba; el momento decisivo de mi vida. Frente a mí se abrían dos caminos: uno, a una muerte en vida; el otro, a una muerte del yo que prometía vida a cambio.
Una ladera resbalosa
Todo comenzó con el dicho, "Sólo estoy probando". No tenía mucha edad cuando me hice adicto y traficante. En dos años, ganaba entre US $2,000 y $3,000 a la semana. La mayor parte del tiempo andaba armado, sea con un cuchillo o pistola, y muchas veces con ambas. Estas medidas de precaución extrema no eran por causa de las agencias de la ley, sino por las personas con las que hacía negocios. Hubo momentos en los que no se sabía con quién me iba a topar.
Un día después de cumplir 25 años de edad, mi compañera dio a luz a nuestro hijo. Le pusimos el nombre de Eathen Charles Matthews. Pero nunca lo pudimos llevar del hospital a casa. El día que lo iban a dar de alta, contrajo un virus del cual nunca se recuperó. Sentía que de alguna manera, la muerte de Eathen era por culpa mía. Me sentía culpable y deprimido.
Yo estaba buscando respuestas y precisamente, quería ver a Dios.
Eran pocos dentro de mi círculo de amigos los que sabían la cantidad de drogas que tomaba y no comprendían qué me mantenía con vida. A medida que me sumía más en la depresión, me separaba cada vez más de mis amigos más cercanos. Logré mantener una buena apariencia, pero había desarrollado un odio profundo por mi persona.
Una mañana desperté temprano y lleno de ira. Ya no aguantaba más. Pensaba que me volvía loco, me detestaba a mí mismo y odiaba aquello en lo que me había convertido. No entendía por qué no me podía detener.
Problemas
Unas dos semanas después, una pareja de edad avanzada llegó a la puerta. El esposo traía un paquete pequeño en la mano. Me explicó que eran miembros de la iglesia en la que mi esposa y yo hacía poco nos habíamos casado y ése era un regalo de la iglesia. Abrí la caja y vi que era una Biblia. Aunque me sorprendió mucho, ese mismo día me dispuse a leerla, desde el mismo principio.
Una mañana en octubre me despertaron fuertes golpes a la puerta. Me levanté lentamente, tomé una pistola de calibre .45 que tenía debajo de la almohada. Me dirigí hacia la sala y permanecí unos momentos frente a la puerta. Luego volteé, y dejé la pistola en el sofá.
Cuando abrí la puerta, me saludaron dos hombres vestidos de traje, cada uno con una gabardina sobre el brazo. Hubo unos momentos de silencio, seguido por un intercambio de miradas entre ambos quienes rápidamente me apuntaron con sus .357 que tenían debajo de sus gabardinas
Una voz en mi cabeza me decía, "Diles que adelante, que disparen". En vez de eso, les pedí que se identificaran. El hombre que estaba a mi derecha sacó su placa y pude ver claramente que era de la policía. Me rendí sin poner resistencia.
Tiempo para pensar
Cuando mi esposa me vino a visitar a la cárcel, me preguntó si quería mi Biblia. Le respondí con un rotundo "No". Había decidido que no quería saber nada de Dios. Pero no había manera de escapar de él.
Uno de mis compañeros prisioneros tenía dos Biblias e insistió que me quedara con una. Seguí leyendo donde había dejado antes que me arrestaran, en el libro de Filipenses. Un pastor comenzó a visitarme y a estudiar conmigo. Cuando me enteré que el pastor había pasado tiempo tras las rejas, lo respeté aún más. Me animó a tomar una decisión en favor de Jesús.
Así que una noche en una celda de 2 x 4 m. le pedí al hombre que me había dado la Biblia que orara conmigo mientras me arrodillaba y le entregaba mi corazón y vida a Jesucristo. No hubo fuegos artificiales, sino que un cambio drástico se había realizado en mi vida. El deseo insistente de usar drogas, que había sido el centro durante los últimos nueve años, desapareció.
La madre de uno de mis mejores amigos, una adventista cuyo nombre es la Sra. Coombs me empezó a visitar. Me traía guías para el estudio de la Biblia y otros libros. Pasé seis meses en la cárcel del condado antes de ser sentenciado, en un viernes santo, a una condena de cuatro a 20 años por tráfico de estupefacientes.
El pastor y la Sra. Coombs se comunicaban fielmente conmigo enviándome cartas y proveyéndome de otros libros y literatura de la iglesia. Hice planes de bautizarme lo más pronto posible; pero escoger un grupo de creyentes con los cuales adorar fue una decisión difícil de hacer. Había tantas divisiones en las diversas denominaciones que profesaban seguir a Cristo. Me confundía tanta variedad de iglesias.
Una vida nueva en Cristo
Pasaron varios años y la junta que estudiaba la salida condicional me concedió la posibilidad de salir. Me dejaron en libertad y pronto comencé a asistir a los cultos de iglesia con la Sra. Coombs, la mujer que llegó a ser como una madre para mí. Pude ver algunos bautismos y estudié la Biblia con detenimiento. Finalmente decidí unirme a la iglesia adventista. Ya no me sentía confundido acerca de las diferentes denominaciones cuando comprendí que sería cristiano en primera instancia y adventista en segunda. Es decir, primero pertenezco a Cristo y todo lo demás que llegue a ser es porque pertenezco a Cristo.
Una vez tomada esa decisión, no perdí tiempo en hacer los planes para ser bautizado. Le hice frente a mi mayor temor, el temor de morir sin haber vivido una vida plena. Seguí un camino lleno de vueltas y pasajes oscuros antes de llegar a la luz. Pero ahora sé que aun en medio de la oscuridad, la luz siempre estuvo presente para mostrarme el camino.
Michael Matthews escribe desde Amelia, Ohio.
Compilación: Dr. Pedro Martinez (drmartinez@pmministries.com o ministeriospm@hotmail.com)
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