
El Mesías Versus el Templo
(Marcos 11:27-12:44)

Lección 9
Para el 28 de Mayo del 2005
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EN LOS CAPÍTULOS 11 AL 13, Marcos registra la enseñanza final de Jesús. Se divide en dos partes: Marcos 11:27-12:44, que Jesús dio públicamente, y Marcos 13:1-37, una comunicación privada a Pedro, Juan, Santiago y Andrés. Puesto que, como hemos notado, el escritor evangélico generalmente se concentra en las acciones de Jesús y comparte poco de sus enseñanzas, esta porción del relato de Marcos nos invita a efectuar un estudio cuidadoso y cabal. En este capítulo estudiaremos las palabras públicas del Maestro, dejando su discurso privado para el siguiente capítulo. A lo largo de Marcos 11:27-12:44 encontramos a Jesús enseñando con un marco de oposición, intriga y traición como fondo. Uno por uno los diversos componentes del liderazgo religioso del pueblo —los principales sacerdotes y ancianos, los fariseos, los saduceos, los escribas— se adelantan con preguntas destinadas a hacerlo cometer un error. No son indagaciones del que busca honestamente saber de Dios o de la verdad; se originan en mentes y corazones hostiles, aun cuando se expresan cubiertas de adulación. Jesús enfrenta cada choque con aplomo. Corta a través de la afectación y la hipocresía para llegar a los principios básicos, y así expone los motivos que están detrás de las preguntas hostiles. En todo momento permanece en control, nunca se pone a la defensiva. Y no sólo contesta en forma cortante a los críticos que están atrapados en sus propias redes; aprovecha la ocasión para introducir temas nuevos que dirigen a sus oyentes —que incluyen a otros además de los críticos— hacia su persona y su misión. A lo largo de toda esta enseñanza pública, que probablemente ocurrió el último martes de la vida terrenal de Jesús, encontramos el templo como el telón de fondo. Ciertamente, Marcos nos recuerda continuamente el marco del templo en una manera tal que nos advierte que él tiene el propósito de hacer más que una alusión incidental al mismo. Note las referencias:
¿Qué yace detrás de las referencias al templo? El Mesías ha venido a su templo, pero encuentra que es un lugar hostil, lleno de conspiraciones empeñadas en su asesinato. El templo se había convertido en el corazón de un sistema religioso echado a perder, en el cual los ritos habían desterrado la espiritualidad, y el vil metal era más importante que agradar a Dios. Cuando el Mesías viene a su templo, no es justamente el Mesías en su templo: es el Mesías versus el templo. Recorreremos en orden los eventos de este día final, fatídico, el último día de gracia para el templo en sí. Marcos lo mencionará sólo dos veces nuevamente. Nota el testimonio de los testigos falsos en el juicio de Jesús: "Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro hecho sin mano" (Mar. 14:58). Y luego, en una declaración breve preñada de significado, describe el fin del viejo orden del cual el templo era el centro: "Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo" (Mar. 15:37, 38). Desafiado por la jerarquía religiosa El primer grupo que se acercó para confrontar a Jesús, tal vez tan pronto como él llegó —"andando él [Jesús] por el templo"— abarcaba a los dirigentes, "los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos" (Mar. 11:27). Su desafío no se refería al carácter correcto o errado de los actos de Jesús. Ellos simplemente apelaban a la autoridad. "¿Con qué autoridad haces estas cosas —preguntaron—, y quién te dio autoridad para hacer estas cosas?" (vers. 28). Sin duda tenían en mente los eventos del día anterior cuando Jesús había expulsado a los mercaderes y cambistas de dinero. El desafío de los dirigentes encuentra eco en cada época doquiera los funcionarios de un sistema religioso colocan el sistema en sí por encima de las cuestiones de la verdad y de lo que es correcto. Encontramos esto desde los tiempos del Antiguo Testamento cuando Dios llamó a Amos, un pastor de Tecoa, para que fuese a Samaría y diese un mensaje contra la adoración de un becerro en Bet-el. Amasias, el sacerdote de Bet-el, trató de intimidar al profeta: "Vidente, vete, huye a tierra de Judá, y come allá tu pan, y profetiza allá; y no profetices más en Bet-el, porque es santuario del rey, y capital del reino" (Amos 7:12, 13). Pero Amos no se acobardó por aquel esfuerzo por cambiarlo de lugar; ni Jesús tampoco retrocedió. A la pregunta sobre la autoridad, planteó una contra pregunta: "Os haré yo también una pregunta; respondedme, y os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme" (Mar. 11:29, 30). No era una respuesta evasiva. En la respuesta a la pregunta de Jesús yacía la respuesta a la pregunta de los dirigentes: El que estaba detrás de ambos, de Jesús y Juan el Bautista, era Dios. Ambos hablaron bajo la dirección divina. Y Jesús y Juan no sólo eran mensajeros de la voluntad de Dios; estaban ligados en la misión, con Juan el precursor del Mesías y Jesús el Mesías mismo. Es por esto que el Evangelio de Marcos comienza no con Jesús sino con Juan (Mar. 1:2-13). Mediante su contra pregunta, Jesús desafió a la jerarquía religiosa a confesar todo en cuanto a su opinión de Juan. Y eso los colocó en una situación difícil. Si afirmaban el llamamiento divino del Bautista, se verían forzados a reconocer a Jesús, de quien Juan también había hablado. Pero el negar públicamente a Juan —el choque ocurrió a plena vista y a oídos de otros en los atrios del templo— provocaría la ira del pueblo, que consideraba al Bautista como un profeta. Por supuesto, los dirigentes rechazaron tanto a Juan como a Jesús. Absortos en sus mantos de justicia propia y de importancia propia, no podían tolerar ningún desafío a su posición como líderes espirituales. Pero revelar su pensamiento sería políticamente indeseable, de modo que evadieron la pregunta de Jesús replicando: "No sabemos" (Mar. 11:33). Jesús replicó: "Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas" (vers. 33). En realidad: Ustedes tienen su respuesta. Ustedes rechazaron a Juan y ahora me rechazan a mí. "No sabemos". ¿Cuántas evidencias más serían necesarias —cuántos milagros más, cuántas más palabras de vida— antes de que supiesen? Nunca habría suficientes como para convencerlos, porque habían cerrado sus ojos y sus oídos a Dios. Envueltos en mantos de su propia confección, se replegaron ante la verdad para refugiarse en la seguridad del sistema. Una parábola penetrante Los dirigentes habían confrontado a Jesús con un desafío. Ahora él contó una parábola a su audiencia. Aunque estaba presente una multitud (Mar. 12:12), todos podían discernir el propósito de sus palabras: era un mensaje dirigido directamente a los líderes. Los oyentes de Jesús estaban familiarizados con el Canto de la Viña en el libro de Isaías: "Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tema mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres" (Isa. 5:1, 2). Jesús volvió a contar la historia, dándole un nuevo giro. Mientras que en Isaías el énfasis recae en el fracaso de la viña, que representaba a Israel en cuanto a producir fruto, ahora el escenario se desplaza a los arrendatarios de la viña, que no aparecen en la versión de Isaías. En la parábola de Jesús los arrendatarios o labradores se comportan en forma vergonzosa. Maltratan a una serie de siervos que el dueño les despacha, castigan a algunos, insultan a otros, y hasta matan a varios. Y los inquilinos nunca envían ningún fruto al dueño. ¿Por qué los arrendatarios actúan tan descaradamente? Porque no reconocer su lugar; no son los dueños sino meramente inquilinos. Han usurpado los derechos del dueño. La parábola de Jesús hirió a los dirigentes religiosos hasta los tuétanos. Hubieran querido apresarlo ahí mismo, pero temieron a la multitud. Las palabras del Maestro llegaron a su destino en forma efectiva, porque la actitud de ellos hacia el templo y los asuntos religiosos reflejaba la de los arrendatarios. Al mismo tiempo que no producían el fruto de justicia, habían olvidado que Dios era el objeto de la adoración del templo y de la religión de Israel. Su parábola alcanza un clímax. El dueño, "teniendo aún un hijo suyo, amado, lo envió también a ellos, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo" (Mar. 12:6). Pero los arrendatarios, ciegos a la realidad y absortos en sí mismo, no lo respetaron. En cambio, vieron la llegada del hijo como una oportunidad para apropiarse de la herencia. "Y tomándole, le mataron, y le echaron fuera de la viña" (vers. 8). Su reacción es increíble, aun al nivel de una historia. Nuestro sentido de justicia se excita indignado ante la maldad de los inquilinos. Y nos asombra su autoengaño. ¿Cómo pudieron ser tan estúpidos? ¿Pensaban que realmente podían quedar impunes por el asesinato? Si las acciones de los arrendatarios nos asombran y repugnan, ¿qué diremos de la aplicación? ¿Qué estupidez colosal, qué ceguera y autoengaño, indujeron a los dirigentes religiosos a tratar al Hijo de Dios en la mismísima manera: "Tomándole, le mataron, y le echaron fuera de la viña"? Jesús habló estas palabras el martes. Tres días más tarde los líderes religiosos habrían de sacarlo de Jerusalén para matarlo. Un complot impío por una alianza impía Los dirigentes religiosos se fueron, pero la intriga continuó. Nos dice luego Marcos: "Le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos" (Cáp. 12:13). Las obras de las tinieblas hacen alianzas inesperadas. Normalmente los fariseos y los herodianos estaban polos aparte en materia de ideología. Pero ambos grupos odiaban a Jesús suficientemente para poner a un lado sus diferencias por una causa común. Se le acercaron con palabras aduladoras. "Maestro —dijeron—, sabemos que eres hombre veraz, y que no te cuidas de nadie; porque no miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas el camino de Dios" (vers. 14). Frases floridas, pero totalmente insinceras, planeadas para que Jesús bajase su guardia y dijese algo que pudieran usar contra él. Luego la pregunta, tan inofensivamente formulada pero cargada con una intención maligna: "¿Es lícito dar tributo a César, o no? ¿Daremos, o no daremos?" (vers. 14). De una manera u otra, no importa cómo Jesús replicaba, lo teman cogido en la trampa. Si decía que no, los herodianos podían irse rápidamente a Poncio Pilato, y Jesús estaña en un serio problema. Pero si decía que sí, los fariseos podían acusarlo de estar de acuerdo con la odiada ocupación romana. El impuesto anual recaudado por Roma irritaba en forma especial a los judíos. No sólo demostraba su condición de súbditos, sino que tenía que pagarse en moneda romana; y la moneda común, el denario, llevaba la imagen del emperador con la inscripción, "Tiberio César, Augusto, Hijo del Divino Augusto", esto es, como un ser semi-divino. Tal aseveración ofendía grandemente a los judíos; era blasfema. Jesús enfrentó la situación aparentemente difícil en forma magistral. Para detener la charlatanería insincera, les lanzó una pregunta a sus enemigos: "¿Por qué me tentáis?" (vers. 15). Luego les pidió que le entregasen un denario. Él no llevaba consigo ni siquiera una moneda con la odiada imagen, ¡pero ellos sí! No valió de mucho su jactanciosa piedad. No los dejaría zafarse fácilmente del aprieto. "¿De quién es esta imagen y la inscripción?" (vers. 16), les preguntó con la moneda en la mano, obligándoles a revelar su hipocresía. "De César", mascullaron, retorciéndose ante la multitud. Entonces vino la respuesta clásica: "Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (vers. 17). Mediante ella Jesús estableció un papel legítimo pero específico para el Estado. Se separo de aquellos en su tiempo o en cualquier tiempo que usan la violencia u otros medios para derrocar al gobierno y establecer una teocracia. Pero del mismo modo se distanció de cualquier esfuerzo para elevar el Estado a pretensiones divinas, como lo implicaba la inscripción en el denario. Una pregunta con trampa Un grupo más trató de avergonzar a Jesús. Los saduceos se acercaron con una pregunta acuñada y con motivos tan mañosos como los de los críticos previos. Puesto que los saduceos no dejaron escritos, nuestro conocimiento de ellos es más limitado. Marcos nos informa que negaban la resurrección (vers. 18), y Lucas nota que en adición ellos rechazaban la existencia de los ángeles y los espíritus (Hech. 23:8). Los saduceos constituían un "partido judío político-religioso, minoritario, de los tiempos del Nuevo Testamento, que representaba el ala rica, liberal, aristocrática y secularizada del judaísmo... Manifestaron mucho interés por los asuntos seculares de la nación, aceptaron con gusto diversos cargos públicos y ejercieron una influencia que excedía por mucho a la que correspondía a su número" (Diccionario Bíblico Adventista del Séptimo Día, pp. 1028,1029). Los saduceos aceptaban sólo "la ley" —los primeros cinco libros de la Biblia— como inspirada. Sin embargo, por extraño que parezca, ocupaban el sumo sacerdocio durante el tiempo de Jesús. ¡Cuan lejos habían caído los judíos en los asuntos espirituales! Los dirigentes de la adoración en el templo de Israel eran individuos seculares cuyo centro de interés se concentraba en los eventos de esta vida en vez del más allá. Gozándose en debatir con los fariseos, quienes afirmaban la resurrección, a los saduceos les gustaba confundirlos con una historia de los libros apócrifos sobre una mujer que se casó con siete hermanos en forma sucesiva. Ahora se la presentan a Jesús, no con ninguna intención de aprender la verdad, sino para burlarse de él y de cualquier creencia en un más allá. La frase clave, de remate, parecía hacer inexpugnable su argumento: "Cuando resuciten, ¿de cual de ellos será ella mujer, ya que los siete la tuvieron por mujer?" (vers. 23). Pero Jesús no se turbó. En cambio replicó: "¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios? Porque cuando resuciten de los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos" (vers. 24, 25). Luego citó Éxodo 3:6, donde el Señor se llama a sí mismo el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, como prueba bíblica de que los muertos resucitarán. En varios libros del Antiguo Testamento, notablemente Job, los Salmos, Isaías y Ezequiel, encontramos alusiones a la resurrección. Sin embargo, los saduceos no aceptaban la inspiración de dichos libros, de ahí que Jesús citó de la porción que ellos aceptaban, la ley, o Pentateuco. Al hacerlo así Jesús enunció una prueba bíblica que, hasta tanto se sepa, los fariseos nunca habían discernido. En el relato de Lucas del mismo incidente encontramos estas palabras adicionales: "Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven" (Luc. 20:38; la cursiva fue añadida). Esto es, aunque Abraham, Isaac y Jacob —y ciertamente todos los justos de todas las edades— murieron y descansan en la tumba, están ligados a la vida de Dios. Y esa vida ciertamente los llamará de la tumba en el momento determinado por Dios. De modo, dijo Jesús, que los saduceos realmente no entendían las mismas Escrituras de las cuales se enorgullecían, ni conocían el poder de Dios, su capacidad para cambiar el actual orden mundial de casamientos, nacimientos y muertes. Los saduceos habían hecho de esta vida el patrón del futuro, pero al hacerlo habían descuidado a Dios. ¡Cuan cierto es esto todavía! Concerniente al futuro orden mundial, Elena de White escribió: "Hay hombres actualmente que expresan su creencia de que habrá casamientos y nacimientos en la tierra nueva, pero aquellos que creen en las Escrituras no pueden aceptar tales doctrinas. La doctrina de que nacerán niños en la tierra nueva no es parte de la 'segura palabra profética'. Las palabras de Cristo son demasiado claras para ser malentendidas. Las mismas debieran definir para siempre la cuestión de casamientos y nacimientos en la tierra nueva. Ni aquellos que serán resucitados de los muertos, ni aquellos que serán trasladados sin ver la muerte, se casarán o serán dados en casamiento. Serán como los ángeles de Dios, miembros de la familia real" (Medical Ministry, pp. 99,100). Una pregunta sincera El día estaba pasando, pero Jesús recibió aún otra pregunta. Vino de un "escriba", y a diferencia de las anteriores, procedió de un corazón recto. "No estás lejos del reino de Dios", le dijo Jesús al que indagaba al término de la conversación (vers. 34). La persona que planteó esta pregunta era un maestro de la ley Los miembros de este grupo se dedicaban al estudio de las Escrituras y teman en alta estima su aprendizaje. "Los escribas usaban túnicas de lino blancas que llegaban a sus pies como una señal de su devoción a la ley y de su lugar especial en la vida judía, y cuando se aproximaban a otros judíos, éstos se ponían de pie para mostrar su respeto y saludaban al escriba con títulos de honor como 'maestro' o 'padre'. En los banquetes a menudo se le daba al escriba un lugar especial de honor y de reconocimiento público. En las sinagogas se le ofrecía al escriba un asiento en el frente mirando a la congregación" (Hurtado, p. 193). Podríamos llegar a la conclusión de que una vida consagrada al estudio de la Palabra resultaría en una conducta piadosa, pero una cosa no sigue necesariamente a la otra. Es verdad, la Palabra tiene poder para transformar, pero sólo si el corazón está abierto a la influencia divina. Cuando las personas estudian la Biblia primordialmente para adquirir conocimiento, pueden convertirse en maestros eruditos que estén lejos del reino de Dios. Y los aplausos que uno recibe de otros cierran el corazón aun más estrechamente contra la voluntad de Dios. Así fue en el tiempo de Jesús y así es todavía hoy Algunos de los eruditos destacados de la Biblia hoy en día pueden no hacer profesión de seguir a Jesucristo, el Señor de la Palabra. Por lo tanto, en Marcos y en los otros evangelios encontramos a los escribas como una clase unida con aquellos que se oponen a Jesús y eventualmente quieren sacarlo del camino. Él dirigió algunas de sus críticas más severas contra los "¡escribas y fariseos, hipócritas!" (ver Mat. 23, especialmente los versículos 13,15, 23, 25, 27, 29). Y aquí, cuando su último día de enseñanza pública se acercaba a su fin, Jesús dijo: "Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación" (Mar. 12:38-40). Mientras Jesús condenó a los escribas como una clase, no los desechó enseguida. Su oído estaba siempre atento a cualquier individuo, no importa a qué grupo pudiera pertenecer, que estaba dispuesto a escucharlo. Y así, cuando uno de los maestros de la ley suscitó una pregunta sincera, Jesús lo alabó por su búsqueda honesta a fin de conocer y seguir la voluntad de Dios. La pregunta del escriba levantó una cuestión que los judíos analizaban frecuentemente: "¿Cuál es el primer mandamiento de todos?" (vers. 28). Los judíos contaban 613 mandamientos en la Tora y comprensiblemente buscaban un principio organizador o central para todos ellos. Marcos nos dice que el escriba en cuestión había escuchado atentamente el debate de Jesús con los saduceos. Al notar que Jesús "les había respondido bien", decidió hacer la antigua pregunta en cuanto al corazón de la ley, no para tratar de entramparlo sino motivado por un deseo sincero de oír su respuesta. Jesús replicó citando dos pasajes de la Tora. Designó el primero que él citó, que encontramos en Deuteronomio 6:4, 5, como "el primer mandamiento": "Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas". Luego citó Levítico 19:18: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". De modo que el centro de la ley está en el corazón. Como sucede con todos los 6l3 mandamientos, en última instancia la ley llega más allá de lo que podemos reducir a reglas, porque el amor no puede ser explicado. Fue el mismo punto que Jesús elaboró en el Sermón del Monte cuando demandó una justicia que sobrepasara la de los fariseos y escribas (Mat. 5:20). El comentario final de Jesús en su encuentro con el maestro de la ley nos deja con un signo de interrogación. "No estás lejos del reino de Dios", le encomió el Maestro. Pero "no lejos" todavía es afuera. ¿Abrió el escriba eventualmente su corazón en forma completa y llegó a ser un seguidor de Jesús? ¡Cómo me gustaría saberlo! Marcos nos dice ahora: "Y ya ninguno osaba preguntarle" (Mar. 12:34). Jesús los había silenciado a todos: sacerdotes, ancianos, fariseos, saduceos, herodianos, escribas. Pero todavía quedaba una pregunta final para cerrar el día. Con ésta, sin embargo, Jesús sacudiría las percepciones de todos los grupos. La última pregunta Jesús hizo la última pregunta. Mediante ella desafió a los escribas como también a la "gran multitud del pueblo [que] le oía de buena gana" (vers. 37). Pero su interrogante implicaba mucho más que asuntos de interpretación: era la pregunta final para los escribas, para la multitud y para nosotros hoy "¿Cómo dicen los escribas que el Cristo [Mesías] es hijo de David? —preguntó—. Porque el mismo David dijo por el Espíritu Santo: 'Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies'. David mismo le llama Señor; ¿cómo, pues, es su hijo?" (Vers. 35-37). Jesús citó aquí Salmo 110:1. Los escritores del Nuevo Testamento se refieren a este corto salmo más que a cualquier otra porción del Antiguo Testamento, con el libro de Hebreos recurriendo continuamente al versículo 4: "Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec". Si ese versículo desafiaba el orden sacerdotal israelita fundado sobre Aarón, el primer versículo ponía en tela de juicio el pensamiento corriente sobre la identidad del Mesías. Los judíos consideraban a David como el gobernante por excelencia, el que derrotó a los enemigos en todas partes y reinó con justicia y equidad. Después que perdieron su independencia continuaron esperando al "Hijo de David", un nuevo rey que vendría del linaje de David y que recapitularía la era de oro. Sería el Cristo, el Ungido, que encabezaría los ejércitos de Israel para vencer en resonante triunfo a los odiados romanos. Pero Jesús, al escudriñar el Salmo 110:1, mostró que no era suficiente meramente llamar Mesías al Hijo de David. El Mesías sería más que el descendiente de David: sería su Señor, alguien por lejos más grande que el antiguo rey israelita. A través de esta discusión Jesús señaló a un subtexto más importante, específicamente la cuestión de quién era él. Por años los rumores y murmullos sobre el predicador-sanador de Galilea habían conmovido al pueblo: ¿Podría haber llegado el Mesías largamente esperado? Apenas un par de días antes, Jesús había entrado triunfalmente en Jerusalén y la multitud lo había aclamado como el Mesías. Ahora él en efecto confronta a los escribas y a la multitud: Ustedes dicen que yo soy el Mesías, ¿pero comprenden quién será el Mesías?; No meramente el Hijo de David, sino el Señor de David! Aquí se repite el incidente de Cesárea de Filipo. "¿Quién dicen los hombres que soy yo?... Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Fue la pregunta final de Jesús porque es la pregunta definitiva, la que persigue a los hombres y las mujeres de cada época y no nos deja tranquilos. Porque Jesús es el hombre que no se irá. Podemos rechazarlo, escupir su rostro, darle la espalda, pero él todavía está allí. Para Juan Marcos, que escribió este Evangelio, y para todos los cristianos del Nuevo Testamento, la respuesta demanda una decisión que cambia la vida. Es una respuesta basada sobre un hecho trascendente y una fe apropiada; "Jesucristo [es el] Hijo de Dios" (Mar. 1:1). Un don de amor El Maestro había tenido un día largo y difícil. Críticos conservadores, críticos liberales, críticos políticos, todos habían tratado de ponerlo en apuros ante las multitudes en el templo o de almacenar material que pudieran usar contra él en el tribunal. Pero Jesús había desviado cada estocada con gracia y con habilidad procedente de la Escritura. Ahora, cuando estaba a punto de salir del templo por última vez, encontró a alguien en el peldaño más bajo del orden social pero que estaba clasificada en un sitio elevado en la lista del cielo. Cuando se sentó junto al arca de la ofrenda del templo y observó a la multitud depositando su dinero, notó a una pobre viuda que, tratando de no ser vista, echaba dos blancas, dos monedas de cobre, las más pequeñas en circulación, que vahan menos que un centavo en la moneda actual. La viuda rápidamente se escurrió sin que nadie la notara o apreciara, excepto Jesús. "Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento" (Mar, 12:43,44). Comentadores y predicadores habitualmente se concentran en la pequeñez del don de la viuda, pero Jesús lo consideró justamente en términos opuestos. Para él fue un don magnífico, enorme, hecho con sacrificio. No cuan pequeño, ¡sino cuan grande! Cuando Bill Gates presenta mil millones de dólares a una fundación de caridad, los medios de comunicación toman nota de ello. Comentan el tamaño del regalo y, supongo yo, con toda razón. Pero si Bill Gates diese mil millones o diez mil millones o veinte mil millones, todavía le quedarían mil millones. Usted puede comer por mucho tiempo con mil millones de dólares. Después que la viuda echó las dos blancas, no le quedó nada, ¡nada! Nada en el banco. No tenía tarjetas de crédito. Ni un montón de dinero debajo de la cama. Dio su último dinero, pequeño como era, grande como era. Y nadie notó que su ofrenda era más grande que los mil millones de Bill Gates. Nadie, excepto Jesús. Él lo notó. Y todavía lo nota.
10 En Guardia (Marcos 13:1-37) EN MARCOS 13 LLEGAMOS a las enseñanzas finales de Jesús. No sus últimas palabras terrenales —las pronunciará mientras pende de la cruz— sino su conjunto final de instrucciones. Y las últimas observaciones de una persona justifican nuestra rigurosa atención. Cuando alguien está muriendo, los familiares y amigos íntimos se reúnen junto a la cama del enfermo. Están pendientes de cada palabra de la persona, reuniéndolas y atesorándolas en el cofre de la memoria para sacarlas y manejarlas amorosamente vez tras vez en los días y años que siguen. Sólo aquellos que pertenecen —que tienen lazos estrechos de sangre o de afecto— son bienvenidos a la vigilia junto al lecho. Es una reunión privada, y los últimos tesoros están destinados a un uso privado. A lo largo del Antiguo Testamento encontramos declaraciones finales que ejercieron un poderoso impacto. Cuando Jacob estaba muriendo llamó a sus hijos para que se reuniesen a su alrededor, y luego pronunció su bendición profética sobre cada uno (Gen. 49:1-28). Moisés, a quien el Señor le dijo que debía morir en breve sobre el Monte Nebo, bendijo a las doce tribus (Deut. 32:48-33:29). Josué, sintiendo el helado soplo de la muerte sobre su cuello, citó a los dirigentes de Israel para un mensaje final (Jos. 23:1-24:30). Y la Escritura también registra las últimas palabras del rey David y la exhortación a su heredero Salomón (2 Sam. 23:1-7; 1 Rey. 2:1-11). Los cuatro escritores de los evangelios nos dicen que, justo antes de los eventos que condujeron a la crucifixión de Jesús, él pasó tiempo con aquellos que le eran más cercanos, sus amigos los discípulos. Durante su ministerio sus palabras llegaron a todos los que decidieron escuchar. Durante los primeros días de la Semana de la Pasión él mantuvo una presencia pública notoria mientras disputaba en el templo con fariseos, saduceos, escribas y herodianos. Pero ahora, bajo la lobreguez proyectada por la sombra de la cruz, dio un discurso privado a los doce. No tenía el propósito de que sus palabras fueran para una audiencia general. Sólo aquellos que pertenecían al círculo íntimo, que lo amaban y a quienes él amaba tan tiernamente, estaban calificados para recibir este discurso. Jesús quería hablarles cerca de los días venideros, cuando estarían solos. El Maestro trató de prepararlos -91- |