
No de Acuerdo con su Carácter
(Marcos 10:32-11:25)

Lección 8
Para el 21 de Mayo del 2005
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INEVITABLEMENTE, inexorablemente, los pasos de Jesús conducen a Jerusalén. Aclamado por las multitudes en Galilea pero acosado por dirigentes religiosos que sospechaban de él y procuraban hacerle daño, el Maestro sabía que el clímax de su misión se centraba en Judea. Jerusalén lo llamaba. En el Evangelio de Lucas encontramos a Jesús diciéndoles a los discípulos: "Es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén" (Luc. 13:33). Mientras que el relato de Marcos no incluye una declaración similar, no obstante encontramos tres ocasiones en las cuales Jesús toma aparte a los discípulos y les dice lo que le espera en Jerusalén (Mar. 8:31; 9:30, 31; 10:32-34). Con cada ocasión la instrucción se vuelve más detallada, más específica. El pasaje final en la serie deja un cuadro indeleble: "Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer: He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará" (Mar. 10:32-34). ¡Qué retrato de Jesús! Su mirada es clara, su rostro apunta con firmeza hacia delante, su espalda está erguida. Sabe hacia dónde se encamina, ¡a Jerusalén! Y sabe qué sucede allí, Jerusalén mata a los profetas! Pero él afirma su rostro como un pedernal, tal como Isaías había predicho: "Debido a que Dios, el Señor, me ayuda, no seré confundido. Por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado" (Isa. 50:7, NRV 2000). Los discípulos, sin embargo, están llenos de presentimientos. Sus mentes afligidas esta vez superan su incapacidad de captar el significado de las declaraciones de Jesús. Ahora sienten que algo terrible ocurrirá en Jerusalén. Caminan en dirección descendente desde Galilea, y siguen el valle del Jordán hasta que llegan a Judea. Arriban a Jericó, unos 240 metros debajo del nivel del mar, cerca del Mar Muerto. El camino que yace adelante serpentea a medida que asciende empinadamente a través de las montañas. En la cumbre, en su destino, se encuentra la capital de Israel, a sólo 35 kilómetros de distancia, pero se requiere un ascenso de más de 900 metros. El libro de Salmos contiene una serie de cantos de ascenso (Salmos 120-134). Tres veces al año —en Pascua, en Pentecostés y en la Fiesta de Tabernáculos— se les requería a todos los judíos varones que viajasen a Jerusalén, y ellos cantaban estos cantos mientras recorrían su camino a la Ciudad Santa: "Jerusalén, edificada como ciudad de compacta armonía. Allá suben las tribus del Señor, conforme al testimonio dado a Israel, para alabar el Nombre del Señor" (Sal. 122:3, 4, NRV 2000). Hoy usted hace el viaje en automóvil. Aun así, el camino es empinado y exigente mientras serpentea por colinas secas de color oscuro. Ocasionalmente ve las tiendas de beduinos con sus animales, pero no otras señales de vida. Quizás a mitad de camino encuentra una antigua posada que data del tiempo de Jesús, y recuerda su historia del viajero por el camino solitario que cayó entre ladrones pero que fue rescatado por un samaritano que pasaba por ahí y que lo llevó a una posada junto al camino. Entonces, repentinamente, se terminan los cerros y comienzan a verse los edificios. La Ciudad Santa se encuentra ante usted y la cúpula dorada del Domo de la Roca centellea bajo la luz del sol. Jesús subió por ese camino. Lo hizo resueltamente, firme la quijada y el rostro como un pedernal. Los discípulos seguían detrás, preguntándose qué pasaría, murmurando entre sí. Desde el Monte de los Olivos, donde el camino da la vuelta y baja a la ciudad, miraron hacia Jerusalén. La ciudad no era tan grande como lo es ahora, y el Domo de la Roca no existiría sino hasta varios siglos después. Pero ya en ese entonces era una ciudad hermosa, intrigante y fatal. La dominaba el enorme complejo del templo, una de las maravillas del mundo antiguo. Jesús y sus discípulos probablemente arribaron un viernes, el viernes anterior a la Pascua. Los siete días que había por delante serían decisivos para Jesús, para los doce... y para el mundo. Dentro de una semana, el viernes siguiente, Jesús pendería suspendido entre el cielo y la tierra sobre una cruz romana. Esta semana final de la vida de Jesús llevará su misión a un clímax. Como los otros escritores evangélicos, Marcos registra sus eventos día por día, y dedica, en proporción, mucho más espacio a lo que restaba de la existencia humana de Jesús. Marcos, como Mateo, Lucas y Juan, quiere que leamos y reflexionemos en lo que ocurrió esa semana. El Señor no quiere que seamos como los doce, que no captaron lo sucedido. El Evangelio de Marcos dedica seis de sus 16 capítulos a esta sola semana. En el capítulo 11, Marcos nos habla sobre los eventos del domingo. Y esos eventos, llenos de interés, contienen elementos sorprendentes: Jesús deliberadamente atrae la atención hacía sí mismo. Se vale de la fuerza para echar del templo a los mercaderes y cambistas de dinero. Y maldice a una higuera porque no encuentra fruto en ella, de modo que la higuera se seca. ¿Es este el mismo Jesús con quien nos hemos familiarizado antes en el Evangelio de Marcos? ¿Cómo puede él actuar en una manera tan diferente de lo que conocemos y esperamos de él?
La entrada triunfal El domingo de mañana Jesús envía a dos de sus discípulos a un pueblecito (probablemente Betania, o quizás a Betfagé) con una orden extraña: "Hallaréis un pollino atado;... desatadlo y traedlo. Y si alguien os dijere: ¿Por qué hacéis eso? Decid que el Señor lo necesita, y que luego lo devolverá". Los discípulos van y encuentran un pollino atado en la calle junto a una puerta. Desatan el asno, y cuando algunas de las personas que están cerca les preguntan qué están haciendo, ellos contestan justamente lo que Jesús les había dicho. Luego, estremecidos de entusiasmo, traen el asno a Jesús. Después que colocan sus mantos sobre el animal, Jesús sube. Y comienzan a descender el Monte de los Olivos hacia Jerusalén. Los cuatro escritores de los evangelios registran el incidente. Es esencialmente el mismo en los cuatro relatos. Mientras ellos avanzaban, se les unía más y más gente, hasta que los seguía una gran multitud. La gente arrojaba sus mantos sobre el camino; otros cortaban ramas de los árboles y palmas y las extendían en frente de Jesús. Llegaron cada vez más cerca de Jerusalén, y todavía aumentaba la multitud. Los que estaban delante y detrás exclamaban: "¡Hosanna!" (Que en hebreo significa, "Señor, oramos, sálvanos", basado en Salmo 118:25). "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" "¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene!" "¡Hosanna en las alturas!" (Mar. 11:9, 10). Durante 600 años los judíos habían sido un pueblo sometido. Pero los profetas habían predicho que surgiría otro gran rey como David y los conduciría a la victoria. Y el profeta Zacarías había descrito justamente cómo sería ese día: "Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna... Hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río [esto es, el Eufrates] hasta los fines de la tierra" (Zac. 9:9,10). Hoy diríamos desde Bagdad hasta Boston, o desde Beijing a Buenos Aires. La parte más interesante de esta entrada triunfal en el Domingo de Ramos fue que Jesús la planeó. Siempre había adoptado una actitud modesta; evitaba la publicidad, y apagaba el entusiasmo [en torno a su persona]. Pero el domingo anterior a su muerte dio una contramarcha, consiguió un asno y lo montó por el camino del rey hasta entrar en Jerusalén, permitiendo que la multitud lo honrase como rey en acciones y palabras. Estimuló la expectativa popular de que él era el Mesías largamente esperado, el nuevo Hijo de David. Todos se desenfrenaron. Hombres, mujeres y aun niños. ¿Pedro y los discípulos? Fue el día más grande de sus vidas. Pero la multitud que gritó "¡Hosanna!" el Domingo de Ramos exclamaría "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" el viernes de mañana. Los discípulos que se gozaron con la multitud el domingo huirían con la cola entre las piernas el viernes. Y Pedro, que audazmente se propuso sufrir o morir con Jesús si era necesario, se amilanaría ante las preguntas de una criada y negaría tres veces que siquiera conocía al Maestro. ¿Pero qué estaba sucediendo ese domingo de mañana? ¿Por qué Jesús, que durante todo su trabajo en Galilea había hecho esfuerzos vigorosos para evitar la publicidad, ahora repentinamente daba marcha atrás? ¿O acaso fue así? Encuentro particularmente útil el comentario de Elena de White sobre los actos del Maestro: "Nunca antes en su vida terrenal había permitido Jesús una demostración semejante. Previo claramente el resultado. Le llevaría a la cruz. Pero era su propósito presentarse públicamente de esta manera como el Redentor. Deseaba llamar la atención al sacrificio que había de coronar su misión a favor de un mundo caído. Mientras el pueblo estaba reunido en Jerusalén para celebrar la Pascua, él, el verdadero Cordero de Dios representado por los sacrificios simbólicos, se puso aparte como una oblación. Iba a ser necesario que su iglesia, en todos los siglos subsiguientes, hiciese de su muerte por los pecados del mundo un asunto de profunda meditación y estudio. Cada hecho relacionado con ella debía comprobarse fuera de toda duda. Era necesario, entonces, que los ojos de todo el pueblo se dirigieran ahora a él; los sucesos precedentes a su gran sacrificio debían ser tales que llamasen la atención al sacrificio mismo. Después de una demostración como la que acompañó a su entrada triunfal en Jerusalén, todos los ojos seguirían su rápido avance hacia la escena final" {El Deseado de todas las gentes, p. 525). El hecho es que Jesús era el cumplimiento de la profecía de Zacarías sobre el Mesías. Era el verdadero y legítimo rey de Israel, cuyo gobierno, un día, se extenderá de polo a polo. Si bien no era el Mesías de la expectativa popular, era el Mesías según el nombramiento de Dios. Al pedir el asno y cabalgarlo dentro de Jerusalén, sin hacer nada para desalentar la celebración de los discípulos y de la multitud, proclamó para que todos lo viesen que él cumplía las antiguas predicciones. En Galilea la situación requería un enfoque modesto. Trató de despejar la noción de que él era meramente un hacedor de milagros, un exorcista ambulante. Mientras él era eso, era por lejos mucho más —el Hijo de Dios—, y el espectáculo y los sonidos de los ciegos sanados, de los sordos que se regocijaban, y de las multitudes alimentadas gracias a unos pocos panes y peces se interponían para captar su mensaje. Como la gente de hoy día, la mayoría de los galileos no podían ir más allá de las apariencias. Ahora en el Domingo de Ramos, Jesús había llegado a la semana final, decisiva, de su ministerio. Quería que todos los ojos se concentrasen en el propósito de su vida como lo notó Elena de White. Tampoco quería dejar duda alguna respecto a su identidad. Más tarde, después de los eventos culminantes de ese viernes y del domingo siguiente, los discípulos y otros repasarían las escenas punto por punto. Mientras sus ojos se abrían a la verdadera persona y misión del Maestro, discernirían también cómo él cumplió —en una manera totalmente inesperada según la anticipación popular— las Escrituras que profetizaban sobre él.
El Purificador llega a su templo El viaje de Jesús a Jerusalén lo condujo directamente al corazón de la ciudad, el Templo. En esta su semana final sobre la tierra, él desafiaría y arrojaría el guante al círculo religioso gobernante en el sitio de su autoridad. Al hacerlo causaría una reacción adversa inevitable y sellaría su destino. Aun después de muchos siglos, el tamaño y la extensión del área del templo todavía impresionan a quien visita la Jerusalén de hoy en día. Uno sólo puede imaginarse la manera en que dominaba la Ciudad Antigua y la vida religiosa de la nación. El templo que Jesús conoció —en el cual fue dedicado como un infante, donde a los 12 años se encontró con los maestros de la ley, y en el cual entró el Domingo de Ramos— era mucho más grande que el templo de Salomón. Heredes el Grande reemplazó y agrandó el templo construido bajo Zorobabel cuando los judíos regresaron del exilio en Babilonia, y el trabajo todavía estaba en proceso durante el ministerio de Jesús. De ahí la observación que los judíos le hicieron a Jesús: "En cuarenta y seis años fue edificando este templo" (Juan 2:20). No podemos estar seguros cuándo Jesús echó a los mercaderes y cambistas de dinero. Los relatos de Mateo y Lucas sugieren que ocurrió el domingo al atardecer después de la entrada triunfal (Mat. 21:12,13; Luc. 19:45, 46), pero Marcos lo coloca al día siguiente. De ese domingo, Marcos simplemente nos dice: "Entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce" (Mar. 11:11). Puesto que Marcos da una descripción gráfica de la purificación del templo que hace Jesús al día siguiente, su relato más probablemente presenta el orden correcto de los eventos. Mateo y Lucas condensaron las visitas del domingo al anochecer y el lunes. De acuerdo con Hurtado, "evidencias judaicas antiguas indican que por algún tiempo había habido mercados para la compra de animales para el sacrificio en el Monte de los Olivos..., bajo la jurisdicción del Concilio Judío (Sanedrín). Aproximadamente en el año 30 d.C., o en tomo a esa fecha, el sumo sacerdote parece haber autorizado la instalación de negocios similares en los recintos del templo, y muy probablemente esto es lo que Jesús protestó" (p. 174). La descripción de Marcos de las acciones de Jesús nos cautiva: "Jesús entro en el templo y comenzó a echar de allí a los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas, y no permitía que nadie atravesara el templo llevando mercancías" (Mar. 11:15, l6). Jesús no sólo echó los animales; expulsó a los mercaderes, volcó las mesas, desparramó las monedas por todas partes, y dio vuelta los puestos de los vendedores. E impidió físicamente que alguien llevara mercancías por el templo. ¿Se ha vuelto Jesús un Justiciero por la fuerza? ¿Qué ha ocurrido con el pastor de la profecía de Isaías? "Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas" (Isa. 40:11). Jesús cumplió esas palabras durante su ministerio en Galilea. Pero las Escrituras también habían predicho otro aspecto del Mesías: "Vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis... ¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata" (Mal. 3:1-3). Jesús no actuó en desacuerdo con su carácter cuando echó a los mercaderes y a los cambistas y se hizo cargo del tráfico en los atrios del templo. Era el Señor del templo. Se suponía que sus servicios debían apuntarlo a él. Y el círculo religioso gobernante había contaminado el templo, convirtiéndolo en una "cueva de ladrones", sustituyendo la verdadera adoración por la avaricia. Era tiempo de que Jesús asumiese el papel de purificador. ¡Qué escena pinta Marcos! El Jesús que emerge, trastorna totalmente nuestras ideas preconcebidas, particularmente dos de ellas. Primero, la imagen del "Jesús suave, manso y apacible" simplemente no se aplica en esta situación. Aquí vemos a un Jesús fuerte, un Jesús airado, un Jesús que se hace cargo de la situación y se vale de la fuerza. Es un retrato del Maestro que por lejos ha encontrado un lugar demasiado pequeño en la reflexión y el arte cristianos, tanto antiguamente como todavía hoy Segundo, la manipulación de actividades espirituales para beneficio financiero enfurece al Maestro. Jesús y las riquezas no se mezclan, nunca se han mezclado y nunca se mezclarán. ¿Qué sentina hoy cuando se invoca su nombre al mismo tiempo que se hacen pedidos de dinero que enriquecen al predicador? ¿Cómo reaccionaría ante el bingo, los bazares y la venta de pasteles en nuestros "templos"? Cuidado con tomar a Jesús livianamente. Todavía es el purificador que viene a su templo.
La higuera es desechada Según el relato de Marcos, Jesús maldijo a la higuera en su camino desde Betania a Jerusalén (esto es, el lunes de mañana). Tenía hambre. Aparentemente no había desayunado. Notando a la distancia una higuera llena de hojas, comprensiblemente esperó encontrar fruto en ella. Ordinariamente aparecen higos verdes al comienzo de la primavera, antes de que aparezcan las hojas. El fruto madura en junio, pero éste era un árbol fuera de estación, puesto que sólo estaban a fines de marzo o abril. Pero la higuera resultó un chasco: tenía abundancia de hojas pero no fruto. "Nunca jamás coma nadie fruto de ti", dijo Jesús (Mar. 11:14). Luego siguió a Jerusalén y regresó a Betania ese atardecer. Cuando Jesús y los doce regresaron a Jerusalén a la mañana siguiente, vieron la higuera marchita hasta las raíces. Pedro, recordando el incidente de la mañana anterior, observó: "Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado" (vers. 21). Críticos de la Biblia señalan este evento como evidencia de que Jesús era un ser humano meramente como nosotros, sujeto a perder el dominio propio. Perciben que actuó movido por el chasco y el resentimiento. Sin embargo, una lectura cuidadosa del incidente a la luz de su contexto y de las enseñanzas previas de Jesús da una comprensión bastante diferente del asunto. Primero, encontramos esta historia en el Evangelio de Mateo como también en el de Marcos (Mat. 21:18-22). Ninguno de los dos escritores despliega la menor vergüenza ante el incidente ni trata de suavizarlo. Obviamente lo consideraron suficientemente importante como para incluirlo en su relato. Segundo, debemos recordar que la maldición de la higuera ocurrió durante la Semana de la Pasión. Cada palabra y acto de Jesús durante esos días merece nuestro escrutinio más minucioso. Nada es superfluo. Todo está cargado de significado. Puesto que el incidente no ocurrió a plena vista de las multitudes (sólo los discípulos lo presenciaron) , claramente Jesús tenía el propósito de que les enseñase una lección vital. Tercero, la maldición de la higuera es una "señal-acción profética, familiar para los lectores del Antiguo Testamento, una acción en la cual un profeta demuestra su mensaje simbólicamente (por ejemplo, Isa. 20:1-6; Jer. 13:1-11; 19:1-13; Eze. 4:1-15). De este modo, el acto no debe tomarse simplemente como un acto apresurado de ira sino como una palabra profética solemne pronunciada para el beneficio de los discípulos (y para los lectores)" (Hurtado,?. 168). Cuarto, el acto de Jesús se vincula directamente con una parábola breve pero poderosa de una higuera estéril que él había dicho antes en su ministerio (Luc. 13:6-9). Cada año el dueño de la viña donde se encontraba la higuera venía en busca de fruto, sólo para chasquearse: tenía hojas pero no fruto. Luego le dijo al viñador que le diese a la higuera un año más. Entonces, si no producía fruto, debería cortarla. La higuera simbolizaba a Israel (ver Isa. 5:1-8), y la parábola indicaba que estaba cerca el fin de su tiempo de prueba. En la Semana de la Pasión los últimos granos de arena estaban escurriéndose en el reloj del tiempo. "La parábola de la higuera, pronunciada antes de la visita de Cristo a Jerusalén, está en relación directa con la lección que enseñó al maldecir el árbol estéril. En el primer caso, el jardinero de la parábola intercedió así: 'Déjala aún este año, hasta que la excave y estercole. Y si hiciere fruto, bien; y si no, la cortarás después'. Debía aumentarse el cuidado al árbol infructuoso. Debía tener todas las ventajas posibles. Pero si permanecía sin dar fruto, nada podría salvarlo de la destrucción. En la parábola, no se indicó el resultado del trabajo del jardinero. Dependía de aquel pueblo al cual se dirigían las palabras de Cristo. Los judíos estaban representados por el árbol infructuoso, y a ellos les tocaba decidir su propio destino. Se les había concedido toda ventaja que el Cielo podía otorgarles, pero no aprovecharon sus acrecentadas bendiciones. El acto de Cristo, al maldecir la higuera estéril, demostró el resultado. Los judíos habían determinado su propia destrucción" {El Deseado de todas las gentes, p. 537). Dos detalles de la maldición de la higuera por parte de Jesús remachan la lección que él procuraba comunicar a sus discípulos. El hecho de que el árbol tenía hojas pero no fruto significaba que aparentaba algo que no era. Marcos nota que "no era tiempo de higos", de modo que Jesús no esperaba realmente encontrar higos maduros para satisfacer su hambre. El árbol era una falsificación, así como la religión de Israel había llegado a ser pura ostentación sin el fruto de justicia que el Señor esperaba de su pueblo. Marcos menciona que a la mañana siguiente la higuera se había secado desde las raíces. Una muerte tan rápida seguramente era algo inusual: por la mañana estaba cubierta de hojas; a la mañana siguiente estaba muerta, totalmente muerta. Por lo tanto esto no apunta a un evento puramente natural con causas naturales sino a un juicio divino que pende sobre la nación. Al contar Marcos la historia coloca la purificación del templo exactamente entre la maldición de la higuera y el espectáculo del árbol seco. No registra ninguna otra enseñanza o acto de Jesús aparte del acto dramático en el templo. La conexión entre la señal-acción profética y el templo seguramente no es una coincidencia. Si Israel le había fallado a Dios, la descomposición yacía en el centro de la adoración de la nación. El templo se había convertido en una exhibición hueca, con una preocupación escrupulosa por el rito pero en la cual el amor al dinero (por parte de los sacerdotes) había suplantado el amor a Dios. Tan lejos del plan y la voluntad de Dios se habían alejado los servicios del templo, tan grave era la bancarrota de la verdadera espiritualidad, que aquellos que los organizaban y los dirigían --la clase sacerdotal-- fallaron al no reconocer al Señor del templo cuando éste vino a lo que le pertenecía. Y no es que meramente no lo reconocieron, ¡se dispusieron a asesinarlo! Hojas, abundancia de hojas, ¡pero no hay fruto allí! ¡Este árbol jamás llevará fruto! Y será castigado por la mano divina, secándose hasta las raíces. Apuntar a otros resulta fácil y tentador. Podemos hablar mal del liderazgo judío del tiempo de Jesús por su terquedad y rechazo ciego del Mesías, por la futilidad de sus complicados ritos y sacrificios del templo. ¿Pero qué diremos en cuanto a nosotros? ¿Qué en cuanto a mí? ¿Qué "fruto" busca Dios en mi vida? ¿Soy sólo hojas, pura apariencia? ¿O estoy dando "higos" para su gloria? |