
Poder, Sexo y Dinero
(Marcos 9:14-10:31)

Lección 7
Para el 14 de Mayo del 2005
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HACE MUCHOS AÑOS leí un libro titulado Men of Power [Hombres de poder]. El nombre del autor se me ha esfumado desde hace mucho tiempo, pero recuerdo bien la procesión de personajes —los generales, los jefes de Estado— que desfilaban por sus páginas con su ansia de control, su manipulación, su espíritu despiadado y su crueldad. Y en forma particular recuerdo a un hombre de poder. En la España de la década de 1930 estalla un alboroto entre los soldados. Se rebelan contra la comida que se les prepara. Cuando la situación se toma fuera de control, el comandante del campamento acude a un hombre que está claramente en un nivel superior de autoridad; el General Franco. Franco llega a grandes pasos al comedor del cuartel y ordena a las tropas que se alineen para la inspección. "¿Cuál es el problema, soldados?", vocifera. Un soldado se adelanta, bandeja en mano. "Mire esta comida, señor —replica—. No es una comida apropiada para que la coman los cerdos". Y al impulsar la bandeja hacia adelante ésta choca contra Franco, y unas pocas gotas de las sobras salpican su uniforme inmaculadamente planchado. Los soldados que están de pie cerca respiran en forma sofocada y contienen el aliento. Pero Franco parece no notarlo. Da órdenes. Pide que se sirva una comida mejor. Antes de mucho los soldados están sentados ante una buena comida, y el comedor se llena de alabanzas a Franco. Pero después de la comida reciben la orden de formarse en filas en el patio para una revista de tropas. Vestido con un nuevo uniforme, Franco camina arriba y abajo de las filas. Está buscando un rostro, el rostro del soldado que le había ensuciado su uniforme. Finalmente lo reconoce. "¡Soldado, rompa filas!" "Usted, ¡busque su rifle!" "Usted, ¡busque su rifle!" "Usted, ¡busque su rifle!" "¡Fuego!" Un hombre con poder. El poder del fusil. El poder de la personalidad. El poder del orgullo. El poder llevaría a Franco al cargo más alto de España, y por muchos años él dominaría como dictador sin rival. Ese libro que leí hace muchos años contaba historias similares acerca de los así llamados grandes líderes de este mundo. Pero con todos los personajes que el autor presentó, tales como Napoleón, Carlomagno y Franco, dejó sin mencionar un nombre, el más grande de todos. Jesucristo. Él no comandó ningún ejército, no ganó laureles en el campo de batalla. Pero él ha influido en incontables millones de personas en la faz del planeta y continúa haciéndolo. A su palabra, se han lanzado en batalla, pero no con tanques y morteros, misiles y granadas. En su nombre y por su poder libran luchas tan reales y tan mortíferas como las batallas de Napoleón y Franco. ¿Quiere un hombre de poder? Le presento a un campeón, el Rey de reyes y el Señor de señores, quien por su bondad y sus hechos amables gana al mundo para sí. No envió ángeles o seres humanos en frente de sí para que fuesen carne de cañón para el enemigo, sino que fue delante de todos nosotros, muriendo la muerte que era nuestra en el madero del Calvario a fin de darnos la vida que era suya. ¿Qué nos dice este Hombre de poder acerca del poder? Nuestro pasaje para este capítulo revelará la asombrosa respuesta, como también respuestas sorprendentes en otras dos áreas que todavía juegan un papel importante en la vida de los hombres y mujeres de hoy día: el sexo y el dinero. Porque este Hombre de poder es radical, este Mesías es radical.
Jesús de Nazaret trastorna completamente la manera en que el mundo piensa, habla y actúa. Y aquellos que lo seguimos hoy debemos permitirle que nos cambie totalmente y dejar que nos use para trastornar completamente al mundo.
Poder Los eruditos de las religiones primitivas nos dicen que la adoración de los pueblos de la Edad de Piedra se centraba en el mana, poder. Buscaban aprovechar las fuerzas átales del universo para lograr que las cosechas creciesen y las mujeres concibiesen superstición es realmente el intento de manipular para los intereses y el bienestar de uno, a través de palabras, actos o rituales supuestamente eficaces, el mana que yace a todo nuestro alrededor. El cristianismo tiene que ver con el poder. "No me avergüenzo del evangelio —dijo el Apóstol Pablo—, porque es poder de Dios para salvación" (Rom. 1:16). Aquí está Poder. El poder de Dios. No poder a través de politiquería e intrigas o a través de excesiva y de una crueldad obcecada. No necesitamos un poder de origen humano, sino el poder de Dios. El poder humano, en realidad, se interpone en el camino del poder divino. La paradoja del cristianismo yace en esta verdad cósmica. "Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad" (2 Cor. 12:9). Y desde el lado humano: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" (vers. 10). Las puertas del cielo se abren al alma que siente y reconoce su impotencia. En el Sermón del Monte Jesús dijo: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mat. 5:3). Sin distorsionar el texto podríamos parafrasearlo: "Benditos son aquellos que no tienen hambre de poder, porque de ellos es el reino de los cielos". Elena de White lo expresó bien en una cita que es una de mis favoritas: "Para aquel que está contento de recibir sin merecer, que siente que nunca puede recompensar dicho amor, que pone a un lado toda duda e incredulidad y viene como un niñito a los pies de Jesús, todos los tesoros del amor eterno son un don gratuito y permanente" (Signs of the Times, 28 de febrero, 1906). Sus discípulos eran lentos para aprender esta verdad, así como lo somos nosotros hoy En Marcos 9 los encontramos discutiendo mientras andaban por el camino, ¡acerca de quién era el mayor! ¡Oh, cuan ciegos eran! Cuando tenían en su medio al más grande, ¿cómo podían apartar la vista de él y rebajarse a compararse entre sí? Jesús tomó a los doce aparte y los hizo sentar. "Si alguno quiere ser el primero — les dijo—, será el postrero de todos, y el servidor de todos" (Mar. 9:35). Luego escogió a un niño, lo puso en medio de ellos y lo tomó en sus brazos. "El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí —dijo—; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió" (vers. 37). El Maestro se identificó con los que no tienen poder. Aquí lo hizo con un niño, seguramente el elemento más impotente en la sociedad durante su vida en la tierra. En otras partes se igualó con los que estaban ciegos, o sordos, o paralíticos, o discapacitados; con las mujeres, consideradas ciudadanas de segunda clase; con los leprosos, los parias de la sociedad; con los samaritanos y otros gentiles, aquellos que estaban fuera del recinto de los escogidos. Por palabra y por hechos Jesús invirtió la pirámide construida por el orden social de su tiempo. Esa pirámide descansaba sobre el poder, como todavía ocurre en nuestros tiempos. Los seres humanos pugnan por subir cada vez más alto, luchando, sudando, pisoteando a los que están debajo, subiendo la cumbre del éxito con las uñas. Pero Jesús toma la pirámide y la coloca sobre su cabeza. En vez de elevarse pisoteando a otros, en vez de tener éxito apoyándose sobre los hombros de los impotentes, él lleva el peso del mundo entero —el mundo de los impotentes—sobre sus hombros. A pesar de la enseñanza cristalina de Jesús sobre el poder, los discípulos no la entendían. En Marcos 10 encontramos a Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, pidiéndole un favor: los asientos de privilegio en su reino, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Nuevamente trató de corregirlos, junto con los demás: "Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad —les dijo—. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos" (vers. 42-44). Luego remató la discusión con una declaración que resumió su misión a una tierra perdida, la que se ha convertido en un pensamiento cristiano clásico: "Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (vers. 45). Cuando los discípulos vieron a Jesús dar su vida en el madero del Calvario es que comenzaron a comprender la naturaleza radical de su enseñanza sobre el poder. Sólo entonces la captaron. Demasiado a menudo la iglesia ha desechado su enseñanza. Los caminos y prácticas del mundo hambriento de poder han invadido la iglesia y la han corrompido convirtiéndola en una institución política echada a perder por la intriga y la vanagloria. Demasiado a menudo los cristianos hoy día ponen los negocios antes de la religión, racionalizando que en el mercado moderno de la competencia despiadada, las enseñanzas de Jesús acerca del poder sólo conducen al fracaso. Pero a través de los siglos y todavía en la actualidad hay hombres y mujeres que toman en serio las palabras de Jesús. Su presencia viviente transforma sus vidas: consideran a cada ser humano como valioso, como un hijo de Dios. Ellos aceptan a quienes el mundo ignora o desprecia. En el nombre de Jesús y por su gracia procuran ayudar en ministerio amante a los pobres, los hambrientos, los quebrantados, los indefensos, o sea, los impotentes. Personas como estas transforman el mundo. En un viaje a la playa —nuestro lugar favorito para escaparnos del trabajo— nos encontramos nuevamente con Jodi. Habían pasado años desde que nos relacionáramos por primera vez con ella y con su esposo, Mike, en una época cuando acostumbrábamos alquilar un apartamento en la playa junto al de ellos. Recuerdo cuando la pareja compró un catamarán y nos llevaron a navegar. Luego sus vidas cambiaron sin advertencia. Postrado por un derrame cerebral, la mente y el cuerpo de Mike ya no funcionaban bien. Tenía que ser atendido para todas sus necesidades corporales. En apariencia parecía exactamente el mismo, pero el Mike que habíamos conocido ya no existía más. Perdimos el rastro de la familia hasta que, inesperadamente, la vimos a ella en la iglesia un sábado de mañana. Parecía de más edad, pero sus ojos todavía resplandecían con vida y energía. Tentativamente le preguntamos en cuanto a Mike. —Todavía vive. Lo tengo conmigo en la playa —dijo ella. —¿Es capaz de caminar o de ayudarse a sí mismo en algo? —No. Está en cama, excepto cuando lo coloco en una silla de ruedas a fin de trasladarlo. Tiene que ser alimentado a través de un tubo. Y es incontinente. —¿Todavía te reconoce? —le preguntamos apenados. —No. A veces habla, pero lo que dice no tiene sentido. El derrame destruyó sus funciones cerebrales. —Jodi, ¿cuánto tiempo llevan en esta situación? —Unos 14 años. Mike tenía 51 cuando tuvo el derrame, y está por cumplir 65 años. ¡Quizás viva más tiempo que yo! —dijo ella con una pequeña sonrisa. Pienso en Jodi y en 14 años de cuidar a un esposo que no sabe quién es ella, que nunca muestra una señal de aprecio. Y pienso en otras opciones que seguramente estaban y están a su disposición. Pero Jodi eligió el camino del amor total, del servicio total. El mundo puede aplaudir a Jodi, o puede desecharla como una insensata que desperdició su vida para ayudar a alguien que a todas luces es inservible. Muchos sacudirán su cabeza descreídos ante ella. Pero aquellos que entienden a Jesucristo aprecian a Jodi y el camino que eligió. Jodi verdaderamente camina en las huellas de Jesús, haciéndolo a él tan real para el mundo moderno como cuando pisaba las orillas del Mar de Galilea.
Sexo Marcos nos dice que los fariseos le tendieron una trampa a Jesús, preguntándole públicamente "si era permitido que un hombre se divorcie de su esposa" (Mar. 10:2, NRV 2000). La pregunta contenía matices políticos, porque el gobernante de Galilea, Heredes Antipas, se había divorciado de su esposa y casado con Herodías, esposa de su hermano Felipe. Juan el Bautista sufrió un horrible destino por este mismo asunto. El intrépido predicador del arrepentimiento había hablado sin rodeos, condenando el matrimonio de Antipas y Herodías, la que se había divorciado de su esposo para casarse con Antipas. Fue un escándalo público que enfureció al pueblo, pero Juan pagó con su vida por expresar lo que todos estaban diciendo en privado. Ahora los fariseos estaban tratando de entrampar a Jesús. Si Jesús replicaba: "Seguro, el divorcio está bien", él iría contra el sentimiento público. Pero si él decía —como ellos probablemente esperaban que lo haría—: "Este matrimonio es una desagracia y una abominación", la información le llegaría a Antipas, quien pronto pondría a Jesús detrás de las rejas. Jesús, sin embargo, no respondió directamente. Más bien, condujo la discusión a la cuestión de los primeros principios, y al hacerlo puso la pregunta de los fariseos bajo una luz radicalmente nueva. "La pregunta planteada a Jesús en el pasaje que está ante nosotros debe colocarse en su contexto antiguo para ser apreciada plenamente. En el antiguo judaísmo, el divorcio era un derecho sólo para los esposos; las mujeres eran legalmente la propiedad de sus esposos y no teman poder para terminar el matrimonio. Más aún, nunca había ninguna duda acerca de si un hombre podría estar en libertad para terminar su matrimonio por el divorcio; la única preocupación reflejada en la antigua tradición rabínica era de que el hombre diese una debida certificación oficial del divorcio a su esposa. Había una diferencia de opinión entre dos escuelas importantes del antiguo pensamiento rabínico sobre cuáles eran las causas legítimas para divorciar a una mujer; una escuela insistía en que la única razón válida era la impureza sexual en la mujer, v la otra argüía que la esposa podía ser despedida simplemente si el esposo se cansaba de ella. Este último punto de vista era el dominante, sin duda porque era más conveniente para un esposo" (Hurtado, pp. 146, 147). Note que las reglas de juego para los hombres y las mujeres no eran las mismas. La ley y la práctica judías les asignaban a las mujeres el papel de objetos, cosas (no personas) que sus esposos podían descartar a su antojo. Triste es decirlo, en muchas sociedades hoy todavía prevalece ese concepto sobre la mujer. Y aun en la cultura supuestamente esclarecida de Occidente, con sus leyes para salvaguardar los derechos de las mujeres, la práctica a menudo deja que desear. La sociedad norteamericana en todos sus niveles, comenzando con Hollywood, les asigna a las mujeres el papel de objetos sexuales para que varones lujuriosos las usen y luego las desechen. Jesús, sin embargo, nos llevó al propósito original de Dios. Citó el relato de la creación (Gen. 1:26, 27), en el cual Dios nos hizo a su imagen, hombre y mujer. Juntos llevamos la estampa divina. Un género no tiene que tener el señorío sobre el otro, sólo ha de haber mutualidad e igualdad. Luego Jesús se refirió al plan divino para el matrimonio dado en el Edén: "Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno" (Mar. 10:7, 8; Gen. 2:24). El hecho de llegar a ser "una sola carne" excluye cualquier parecer que permita a un hombre o una mujer cortar la relación matrimonial en forma casual. Bajo las leyes de Moisés un esposo judío podía divorciarse fácilmente de su esposa sin siquiera ir a un tribunal. Pero Jesús desechó tales provisiones, las cuales, dijo, eran meramente una adaptación a los seres humanos caídos. Lo que él demandaba era un enfoque radical que parece no haber tenido precedentes en el pensamiento judío. Al señalar nuevamente a sus oyentes el ideal edénico de las relaciones entre los hombres y las mujeres, Jesús fue aún más lejos. "El que se divorcia de su esposa — dijo—, y se casa con otra, comete adulterio contra ella" (esto es, contra su esposa), (Mar. 10:11, NRV 2000; la cursiva fue añadida). Hurtado nota: "Aparentemente esta idea carece totalmente de paralelo en el judaísmo antiguo, donde se entendía el adulterio sólo como una ofensa cometida contra otro hombre, ya sea seduciendo a la hija de un hombre y privándolo de una joven casadera, o violando los derechos sexuales exclusivos de un esposo con su esposa" (p. 148). De este modo Jesús recalcó la importancia de las mujeres en el matrimonio. Su enseñanza, radical para el judaísmo del primer siglo, habla a nuestros días con una tuerza no menos apremiante. Mujeres abusadas, mujeres golpeadas, mujeres desatendidas, mujeres descartadas: la letanía de crímenes contra las mujeres llega a extremos que sólo Dios conoce. Sólo Dios tiene la respuesta a las situaciones pasmosas de nuestro tiempo. Políticos y trabajadores sociales se esfuerzan duramente, y aplaudo sus esfuerzos, pero el problema, manifestado en actos crueles y abusivos, en última instancia es un problema del corazón. Sólo Jesús puede cambiar el corazón, pero lo hace cuando los individuos le ceden su voluntad y él los transforma a su imagen.
Dinero Un hombre corrió hacia Jesús y cayó de rodillas ante él, nos dice Marcos (vers. 17). Mateo y Lucas también registran el incidente, y de sus relatos nos enteramos de detalles adicionales: el individuo era joven (Mat. 19:20), y era un gobernante o dirigente (Luc. 18:18). Es una historia triste, hecha más conmovedora debido a un detalle que encontramos solamente en el Evangelio de Marcos: "Jesús, mirándole, le amó" (Mar. 10:21), Muchos de sus encuentros con individuos tenían una terminación feliz, pero no fue así en este caso. No podemos leer el relato sin sentir una estocada de dolor al pensar en lo que podría haber ocurrido. El joven tenía tanto en su favor: energía, entusiasmo, responsabilidad, reverencia y devoción religiosa. Podría haber llegado a ser una columna de la iglesia temprana, podría haber sido inspirado por el Señor para escribir un evangelio o una carta que habría encontrado su lugar en el canon de la Escritura. Pero esto nunca ocurrió. Al oír las palabras de Jesús —que hirieron lo más hondo de su experiencia espiritual—, se sintió "afligido" y "se fue triste" (vers. 22). Lo que Jesús dijo le pareció demasiado radical. Todavía es radical y demasiado revolucionario para mucha gente hoy Generalmente nos concentramos en la instrucción de Jesús al joven de vender todo lo que tenía, dar los ingresos a los pobres y seguirlo. Pero antes de esto, dijo algo que sacudió al joven y que apuntó a su pobreza espiritual. El joven se acercó a Jesús con un gesto ceremonioso: Corrió hacia él, cayó de roidillas ante él, y preguntó: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Pero Jesús dejó de lado esa introducción florida: "¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios" (vers. 18). Era un reproche, suavemente expresado pero no obstante, una reprimenda. Sólo Dios es verdaderamente bueno. Al pensar en alabar a Jesús, ¿estaba el joven preparado para reconocerlo como más que hombre, como Dios? Sus palabras aduladoras palidecían ante la realidad del Dios-hombre ante quien se arrodilló. Y el suave reproche de Jesús tenía ramificaciones adicionales. El joven pensó como lo hacía la sociedad de su tiempo, como nosotros razonamos demasiado a menudo; dividía a las personas en "buenas" y "malas". Para Jesús, sin embargo, la distinción era artificial, porque todo ser humano, sea "bueno" o "malo", era una oveja perdida a quien había venido a buscar y rescatar. Lo que importaba —y todavía importa— no es si uno es un fariseo o un recaudador de impuestos, un Nicodemo o una María Magdalena. Todos, sin considerar la posición social, requieren la gracia de Dios. Jesús habló de la necesidad de la gracia de Dios y del reino, el gobierno de Dios. Pero más que eso, él inauguró el reino. En ese reino no encontramos "buenos" o "malos", porque todos somos "malos". Pero todos somos salvados por gracia. A pesar de todas sus excelentes cualidades, el joven estaba lejos del reino. La gente lo habría llamado a él "bueno" —sin duda él había oído ese apelativo frecuentemente debido a sus intentos escrupulosos de guardar la ley— y quizás eso enmarcó su frase inicial a Jesús: "Maestro bueno..." De un hombre bueno a otro. Un joven bueno se dirigía a un maestro bueno. ¡Pensaba que sabía mucho, pero en realidad cuan poco! Jesús, que lee el corazón, comprendió precisamente qué se necesitaría para cambiar la manera de pensar del hombre y traerlo al reino, para exponer la insuficiencia de todos sus esfuerzos previos en materia de justicia, de manera que pudiese recibir el don de Dios de la vida eterna. Pero para obtener el don primero debía dar todo. "Una cosa te falta [¡y cuan grande era esa cosa!] —dijo Jesús—: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz" (vers. 21). El joven había llegado a la encrucijada de la vida. Contemplaba una avenida que se extendía al futuro en forma extraña e incierta, una sin la seguridad y el privilegio que compra la riqueza, un camino iluminado tan sólo por un elemento: la presencia de Jesús. Luego visualizó el otro camino, la continuación de lo que él había conocido y amado, un sendero que garantizaba una vida segura y confortable. Tristemente se apartó de Jesús, incapaz de dar el paso que conducía a la vida verdadera. Señalemos claramente cuál era el propósito del relato. Jesús no defiende aquí la pobreza como un ideal, así como no introduce un programa social para la redistribución de la riqueza. El punto es este: el llamamiento de Jesús demanda todo lo que tenemos y somos. Él quiere todo lo nuestro (sea poco o sea mucho), o nada en absoluto. Habiendo reconocido esta idea central, sin embargo, las palabras de Jesús hablan directamente a la cuestión de las posesiones en la vida de sus seguidores. Después que el joven se fue, él les dijo a los discípulos: "¡Cuan difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!" (vers. 23). Su comentario asombró a los discípulos. La teología de la época enseñaba que la adquisición de riquezas demostraba el favor divino. Por otra parte, los pobres tenían sobre sí la maldición de Dios. Pero Jesús, que hablaba en favor de los pobres, los enfermos y los marginados, y trataba de llegar a ellos, contradijo directamente esta teología, tan reconfortante para los ricos, los sanos y los sabios. Dijo nuevamente: "Hijos, ¡cuan difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas! Más fácil es pasar un camello por e! ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios" (vers. 24, 25). ¡Palabras radicales! No es de sorprenderse que a lo largo de los siglos dirigentes y teólogos de la iglesia hayan tratado de eludir su claro impacto, inventando interpretaciones extravagantes para el ojo de una aguja, como una puerta o agujero en el muro de Jerusalén. Hoy en día argumentaríamos de que las riquezas per se no son un problema, pero sólo cuando se convierten en nuestro dios o son usadas con propósitos egoístas o malignos. Oiga nuevamente las palabras radicales de Jesús: Las riquezas mismas son un problema. Cuanto más posesiones acumulamos, cuanto más cosas adquirimos, más difícil será entrar en el reino. Las palabras de Cristo no son sólo para millonarios. Son para todos nosotros, especialmente si vivimos en el Occidente de la abundancia. Incómodas como son, tenemos que enfrentarlas si afirmamos ser los seguidores de Jesús. La historia, tanto antigua como moderna, testifica de la verdad de la observación de Jesús. Desde su inicio, "los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos" (Luc. 14:21), antes que los adinerados, se han aferrado al cristianismo. Fue así en el primer siglo de la iglesia y es igualmente así hoy Cuando la gente se siente rica, bien alimentada y sin necesidad de nada, más a menudo se desvían en las encrucijadas de la vida y siguen la senda del joven rico; pero cuando están en la ruina, luchando por sobrevivir o buscando una vida mejor, están más dispuestos a decir sí al llamamiento del Maestro: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mat. 11:28). En el Antiguo Testamento encontramos la oración de Jabes: "Bendíceme y ensancha mi territorio; ayúdame y líbrame del mal, para que no padezca aflicción" (1 Crón. 4:10, NVI). El librito basado en este pasaje se convirtió en un extraordinario best-seller y originó varios productos periféricos. Hasta el momento no tengo conocimiento de nadie que llame la atención a la oración de Agur, también en el Antiguo Testamento: "Dos cosas te he demandado; No me las niegues antes que muera: Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; No me des pobreza ni riquezas; Mantenme del pan necesario; No sea que me sacie, y te niegue, y Diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, Y blasfeme el nombre de mi Dios" (Prov. 30:7-9). No se moleste en escribir un libro sobre esta oración. No encontrará muchos com¬pradores. Sin embargo, es esta oración, no la de Jabes, la que se acerca más a la instrucción de Jesús sobre el dinero y a la oración que él nos enseñó a ofrecer. Poder, sexo, dinero: forman las motivaciones de hombres y mujeres en todo tiempo. Los escritores de libros de misterio siempre retoman a estos motivos de un asesinato cuando arman sus intrigas y sospechas. Los tres —poder, sexo y dinero— se entretejen e interactúan. El poder conduce al sexo y al dinero, mientras que el sexo y el dinero son poder. Poder, sexo, dinero: estos continúan moldeando el mundo, como lo han hecho siempre. Pero Jesús, el Mesías radical, invierte nuestro pensamiento acerca de ellos. Sus ideas son tan diferentes, la vida a la que nos llama está tan en desacuerdo con el pensamiento corriente, que debemos cruzar la línea fronteriza de este mundo (mientras aún nos encontramos en él) y colocarnos bajo su gobierno, para llegar a ser miembros de su reino. |