
El Mesías Misterioso
(Marcos 7:24-9:13)

Para el 7 de Mayo del 2004
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CADA VEZ QUE LA GENTE pensaba que había captado la esencia de Jesús, él la sorprendía —incluso la dejaba atónita— con lo que decía o hacía. Todavía sucede así. Él es demasiado grande para caber ajustadamente en las cajas que le construimos, siempre se escapa de nuestras teologías y paquetes ideológicos. A lo largo del siglo XIX las mentes más brillantes de Europa intentaron describir quién era Jesús en realidad. Informadas por el racionalismo del siglo de las luces y echando a un lado las cadenas del dogma eclesiástico, se dedicaron a descubrir al verdadero Jesús de Nazaret. De esa búsqueda intensa de un siglo de duración surgieron varias "Vidas" de Jesús que exploraron la mente y la motivación del Hombre de Galilea, y reconstruyeron su comprensión de sí mismo, su misión y su muerte. Cuánto habría durado la búsqueda erudita de Jesús es difícil de adivinar, si no fuese por una obra brillante que apareció en alemán en 1906, y luego en inglés. Alberto Schweitzer, con doctorados en teología, música y medicina, y quien había renunciado a la fama en Alemania por una vida de servicio misionero en África ecuatorial, escribió una crítica devastadora de las biografías populares en su Búsqueda del Jesús histórico. Examinó cada una y demostró que todas contenían errores. Cada escritor había meramente elaborado un Jesús a su propia imagen, ya fuese un profesor alemán o un erudito francés. Al final de su enorme volumen, el Dr. Schweitzer demostró cómo Jesús elude el análisis y la definición. Su poderoso argumento final fue que podemos conocer quién es Jesús, no por la investigación académica, sino uniéndonos a él en el servicio a la humanidad. En Marcos 7:24-9:13 encontramos la afirmación vibrante de Pedro acerca de la identidad de Jesús: "Tú eres el Cristo" [esto es, el Mesías] (Mar. 8:29). El discípulo parece haber entendido quién era Jesús, pero inmediatamente después de su respuesta encontramos una aguda amonestación de Jesús: "¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres" (vers. 34). Según esto, Pedro, a pesar de su declaración de que Jesús era el Mesías, en realidad no entendía. Sí, Jesús era el Mesías, pero un Mesías misterioso. Encontramos dos milagros extraños de Jesús y dos declaraciones enigmáticas en esta sección de Marcos. Algunas personas le traen un hombre sordo y con un severo defecto del habla y le ruegan que ponga su mano sobre el individuo y lo sane. Jesús lo aparta de la muchedumbre, le coloca los dedos en las orejas, luego escupe y toca la lengua del hombre. Luego encontramos otro milagro aún más curioso en el que otras personas le traen un ciego. Nuevamente Jesús lo toma aparte. Escupe en los ojos del hombre y le pone las manos encima. Y el hombre ve nuevamente, pero en forma borrosa. Sólo cuando Jesús le coloca otra vez las manos es que la persona recobra totalmente la vista. ¡Esto es bastante extraño! ¿Qué significa? Lo que dice es igualmente sorpresivo. A una mujer que cae ante sus pies y le ruega que sane a su hija endemoniada, Jesús le contesta: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos" (Mar. 7:27). Esto suena frío, duro y cruel. En definitiva, ¿a quién puede gustarle que le llamen perro? Y después le dijo a la multitud y a sus discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mar. 8:34). Deletrea el camino del discipulado, pero en términos que han dejado perplejos a los seguidores de Jesús desde los primeros siglos del cristianismo. ¿Qué pueden significar sus palabras? Los dos extraños milagros y las dos declaraciones enigmáticas proveerán el marco de nuestra discusión en este capítulo. Creo que recompensarán ricamente nuestros esfuerzos a medida que ganamos nuevos conocimientos sobre Jesús y su ministerio. Esta manera sorprendente, escandalosa, de actuar o hablar hace que escape de las estrechas cajas en que hemos querido encerrarlo. Sin embargo, antes de examinar estos milagros y declaraciones, debemos observar los viajes de Jesús en Marcos 7:24-9:13. Los lugares que frecuentó durante estafase de su ministerio nos brindan información acerca del trasfondo del relato bíblico, pero lo que es más importante aún es que nos llevará a nuevos conocimientos respecto de su misión.
Los viajes de Jesús No podemos trazar con exactitud los viajes de Jesús en el Evangelio de Marcos. Como los otros escritores de los Evangelios, Marcos no intenta presentar una crónica del ministerio de Jesús. Más bien presenta eventos y enseñanzas, incluyendo algunas y omitiendo otras, según el retrato del Maestro que está desarrollando bajo la conducción del Espíritu. Por eso es que los viajes de Jesús en Marcos 7:24-9:13, aunque no nos dan necesariamente un cuadro completo de sus movimientos durante este período de su ministerio, proveen detalles importantes acerca de lo que Marcos desea expresar. Jesús va primero a las cercanías de Tiro, una dudad en la costa del Mediterráneo (Mar. 7:24). Lejos de Galilea, se trata de un territorio gentil. Aquí es donde sana a la hija de una mujer sirofenicia. Luego viaja de regreso a Galilea y al sur a la región de Decápolis, las Diez Ciudades (vers. 31). Era un área extensa hacia el sur y el este del Lago de Galilea, con diez ciudades que había formado una liga para el comercio y la defensa alrededor del año primero de la era cristiana. Además, tenía una población mayormente gentil. En esta región, Jesús sana a un hombre sordo que tenía un impedimento en el habla. El próximo lugar que Marcos menciona es Dalmanuta (Mar. 8:10), un sitio que no se ha identificado. Sin embargo, el recuento paralelo de Mateo lo rinde "Magdala" (Mat. 15:39), la ciudad en la costa oeste del Lago de Galilea (María Magdalena provino de esta ciudad). Dado que Marcos nos dice que Jesús vino a Dalmanuta en bote (Mar. 8:10), el milagro de la alimentación de los 4.000 que acababa de efectuar probablemente ocurrió en Decápolis. Marcos además menciona Betsaida (vers. 22), una ciudad en la punta norte del Lago de Galilea, y el hogar de Pedro, Andrés y Felipe (Juan 1:44). Luego el escritor bíblico se refiere a Cesárea de Filipo (Mar. 8:27). También localizada al norte del lago, la ciudad había sido nombrada por el emperador Tiberio y Heredes Felipe, el hermano de Antipas, quien la expandió, la embelleció y gobernó desde allí. Su población era mayormente no judía en los tiempos de Jesús. Al considerar los viajes de Jesús, surge un hecho extraordinario: casi todos los eventos ocurren en un trasfondo gentil. Jesús ha extendido su ministerio más allá del pueblo escogido. Su misión acoge a todos los seres humanos. Resulta obvio desde nuestra perspectiva. El cristianismo se ha esparcido mucho más allá de los confines de Israel, y muchos más no judíos confiesan a Jesús como su Salvador que lo que lo hacen los judíos. Pero en los comienzos de la iglesia esto no era evidente. Todos los apóstoles provenían de un trasfondo judío, y Jesús, judío también, predicó mayormente entre sus coterráneos. Todos los conversos después de la muerte de Jesús vinieron del judaísmo, y los cristianos continuaban asistiendo al Templo y a las sinagogas. El cristianismo funcionaba como una secta dentro del judaísmo. De hecho, pasaron varios años antes que los apóstoles advirtieran que el Señor les había dado una misión mundial. A lo largo de los primeros nueve capítulos de Hechos los encontramos predicando, pero únicamente a los judíos. Luego, en el capítulo 10 Dios irrumpe en su visión de túnel: le da a Pedro una visión y lo envía al centurión Cornelio. Entonces el Señor llamó a Saulo de Tarso, quien se convierte en Pablo, el apóstol preeminencia a los gentiles. Sabemos que la ampliación de la misión cristiana causó grandes tensiones en la iglesia primitiva. Hechos 15 registra el primer concilio citado para decidir cuáles de las reglas rituales judías —si algunas— han de requerirse de los conversos gentiles. Indudablemente, en este período de búsqueda ferviente para conocer la voluntad de Dios, los cristianos de todos los trasfondos habrán señalado el asunto de las enseñanzas y el ejemplo de Jesús. En un momento tal, el Evangelio de Marcos les habrá provisto una información muy útil. Anteriormente, Marcos registró el debate de Jesús con los escribas y fariseos en el cual él invalidó los lavamientos ceremoniales (Mar. 7:1-23). Ahora el escritor bíblico muestra cómo, durante su ministerio, Jesús sirvió tanto a gentiles como a judíos. Estos detalles nos ayudan a entender algunos aspectos misteriosos relacionados ron la alimentación de los 4.000 (Mar. 8:1-10). El Evangelio de Marcos es el más corto de los cuatro, sin embargo, registra en detalle las dos alimentaciones de multitudes. •Por qué habría de repasar algo similar con los 4.000 cuando ya había contado la historia de los 5.000 (Mar. 6:30-44)? Y los discípulos parecen haberse olvidado rápidamente cómo Jesús había alimentado a los 5.000, porque no ven cómo podrían ayudar a los 4.000. Pero el tema no era si Jesús podía alimentar a los 4.000 (ya había demostrado tal capacidad), sino si quería hacerlo, porque éstos eran gentiles. En su libro clásico sobre la vida de Cristo, El Deseado de todas las gentes, Elena de White subraya el punto: "En Betsaida habían visto cómo, con la bendición de Cristo, su pequeña provisión alcanzó para alimentar a la muchedumbre; sin embargo, no trajeron ahora todo lo que tenían ni confiaron en su poder de multiplicarlo en favor de las muchedumbres hambrientas. Además, los que Jesús había alimentado en Betsaida eran judíos; éstos eran gentiles y paganos. El prejuicio judío era todavía fuerte en el corazón de los discípulos" (pp. 371, 372). Así es que a través de Marcos 7 y 8 encontramos a Jesús viajando en áreas predominantemente gentiles. Sana a los gentiles y les enseña, y alimenta a una multitud hambrienta de gentiles de la misma manera que había alimentado a los 5.000 judíos en Galilea. La conclusión es obvia: Jesús, el Hijo de Dios, trae su mensaje y su salvación a toda la humanidad. Con este trasfondo podemos captar mejor el significado detrás de los dos milagros inusuales y las dos declaraciones que encontramos en esta porción de Marcos.
Dos milagros extraños Marcos es el único escritor que registra el sanamiento del sordomudo y la restauración en dos etapas del ciego. Jesús debió haber efectuado decenas de milagros de sanidad, quizá cientos, pero Marcos quería que estos dos —aparentemente extraños— ocupasen un lugar en su registro. ¿Por qué? Ambos milagros involucran el uso de saliva en el proceso de sanidad, un detalle acerca de este Mesías inexplicable que muchos lectores modernos desearían omitir. Su propósito al hacer tal cosa elude a nuestra mente occidental, pero podemos estar seguros de que para las personas que sanó tuvo un significado especial en cuanto a su proximidad y su solicitud por ellas. La gente de la antigüedad creían que la saliva de ciertos individuos tenía poder curativo, pero a pesar de algunas similaridades, Jesús y °"os obradores de maravillas diferían marcadamente. Sus milagros no dependían de la transferencia mecánica de poder a través de la saliva o ningún otro medio. Además, él no buscaba ganar atención o notoriedad de esta manera. En las dos ocasiones tomó aparte al individuo y lo sanó en privado. Al describir la aflicción del primer hombre, el escritor bíblico emplea una palabra rara en Marcos 7:32, una que indica que el hombre tenía un defecto severo en el habla. La palabra ocurre sólo aquí en el Nuevo Testamento, pero la encontramos en la Septuaginta, la Biblia que Jesús empleó, en la profecía mesiánica de Isaías 35: "Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo" (vers. 5,6). La profecía menciona específicamente que el Líbano, el Carmelo y Sarón (vers. 2) verían la gloria del Señor; en otras palabras, que la bendición se extendería a otras naciones fuera de Israel. Al colocar la restauración del hombre sordo y tartamudo en Marcos 7:31-37, el escritor del Evangelio, haciendo eco a la profecía de Isaías 35, fortalece aun más su presentación de Jesús como el Mesías de todos los pueblos. Pero hay algo más en este milagro. Marcos nos dice que Jesús puso saliva en la lengua del hombre, miró hacia el cielo con un profundo suspiro o quejido, y dijo: "Efata", palabra aramea que significa "sé abierto". Jesús no era reacio a sanar al pobre individuo. Seguramente gimió por aquellos que estaban enfermos espiritualmente y se resistían a su poder salvador. Estos incluían a sus propios discípulos, porque poco después encontramos una aguda amonestación a los doce: "¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís" (Mar. 8:17, 18). Y Jesús todavía suspira por la ceguera y la sordera de los seres humanos. Aquel que tocó los ojos de los ciegos y los hizo ver, y los oídos sordos y los hizo oír, no podía ordenarles a los hombres y mujeres de sus días que lo aceptaran, ni tampoco lo hace en nuestros días. Él respeta la libertad humana, incluso la libertad para decidir permanecer ciego ante quién él es y permanecer sordo a su invitación a la sanidad espiritual. Podemos entender el segundo milagro enigmático de sanidad —el ciego cuya vista Jesús restaura en dos etapas— en el mismo sentido. En la primera etapa, el hombre vio nuevamente, pero con la visión miópica que borra los bordes de los objetos. Después del segundo toque de las manos de Jesús pudo ver todo claramente. Inmediatamente después del recuento de este milagro Marcos relata la gran confesión de Pedro en Cesárea de Filipo: "Tú eres el Cristo [Mesías]" (vers. 29). Eran palabras maravillosas, inspiradas por el cielo mismo (ver Mat. 16:16), y al escucharlas podríamos concluir que Pedro ahora reconocía claramente quién era Jesús. Pero no me así. Sufría de miopía espiritual, al igual que el resto de los discípulos, porque creyeron que Jesús era el Mesías en términos que distaban mucho del plan de Dios. Pedro todavía no podía percibir un Mesías que sufriría, que sería rechazado por los líderes religiosos y moriría. Y el discípulo, que previamente había exteriorizado la magnífica confesión, pronto tuvo el atrevimiento de reconvenir a Jesús por albergar tales ideas. Pero era Pedro, no el Señor, quien necesitaba ser corregido, y Jesús no escatimó palabras: "¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres" (Mar. 8:33). Sólo después —después de la cruz y la resurrección— Pedro y sus seguidores vieron claramente quién era Jesús. Años más tarde Pedro escribió en su carta a los primeros cristianos: "Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha... quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados" (ver 1 ped. 1:18-2:24).
Dos declaraciones extrañas La mujer sirofenicia que no se rendía era una persona extraordinaria. Jesús intentaba mantener en secreto su presencia en la región de Tiro, pero ella se enteró e inmediatamente fue a verlo. Cayó a sus pies y le rogó que expulsara el demonio de su hija. Jesús no le respondió una palabra (ver Mat. 15:23). Pero ella insistía. Los discípulos la rechazaban, querían despedirla, incluso le pidieron a Jesús que se librara de ella (vers. 23). Pero ella no se iba. Entonces Jesús habló, y sus palabras cayeron como hielo en sus oídos. "Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos" (Mar. 7:27). ¡Perros! Cuan ruda pareció la respuesta de Jesús, especialmente si recordamos que la mayoría de la gente de aquellos tiempos consideraban los perros como animales sucios que se alimentaban de carroña. Parece un soplo del espíritu de prejuicio racial y religioso manifestado en miles de situaciones a lo largo de la historia humana. Por un lado, los favorecidos, la élite, "los hijos"; por otra parte, la raza inferior, los inferiores, los sumidos en la ignorancia, los "perros". Este espíritu da a luz al odio, el desaprecio, la persecución, la esclavitud y el asesinato. Cuando usted considera que alguien es menos que humano, usted siente la libertad para tratarlo como un animal; sólo que peor que a cualquier mascota. Una noche vi trozos de una exhibición fotográfica en el noticiero nocturno de la cadena ABC; fotografías del terrible período de linchamientos en los Estados Unidos, desde los 1880 hasta comienzos del siglo XX. En una escena un grupo de personas de raza blanca se encuentran de pie en un puente mirando hacia el lente de la cámara. La mayoría son hombres, pero incluye a niños y mujeres. Posan para la foto sin un asomo de vergüenza o culpa. Cerca de ellos, el cuerpo magullado de un hombre de raza negra cuelga de un árbol. La próxima foto muestra una tarjeta postal enviada al día siguiente de la escena. Decía con "toda naturalidad: "Tuvimos una barbacoa anoche". ¿Podría Jesús haber participado de este espíritu? En la antigüedad y en nuestros días, decirle perro a una persona equivale a burlarse y reírse de ella. "Guardaos de los perros", advirtió Pablo a los filipenses (Fil. 3:2). Y en los versículos finales de la Biblia leemos: "los perros estarán fuera" (Apoc. 22:15). Jesús clasificó a la mujer sirofenicia con los perros, pero incluso entonces ella no se rindió. Un rechazo aparentemente tan cruel debió haberla aplastado, pero aun así permaneció al lado de Jesús. La persistencia de la mujer nos provee una pista para entender la extraña conducta de Jesús hacia ella. Si hubiésemos estado allí para observar la expresión de su rostro y para escuchar el tono de su voz, creo que inmediatamente habríamos captado lo que iba a hacer. Sus palabras sonaron duras e inflexibles en la superficie, pero su rostro debió haberse iluminado con amor mientras hablaba. La mujer captó lo que ocurría: Jesús, a pesar de lo que decía, no la estaba rechazando; más bien la estaba recibiendo. Recuerde, este relato involucró más que a Jesús y a la mujer que insistió en quedarse. El relato de Mateo nos dice que los discípulos también jugaron una función. Éstos querían despedirla, y le pidieron a Jesús que así hiciera. Y él no respondió hasta que la extraña declaración brotó de sus labios. ¿Qué planes tenía? Estaba actuando, tratando a la mujer como los discípulos lo habrían hecho, con el propósito de revelarles el prejuicio de sus corazones y quebrantar el espíritu de odio y orgullo que habían adquirido por el solo hecho de haber nacido y haber sido criados como parte del pueblo escogido. El ministerio de Jesús pronto concluiría y él tendría que dejarlos. Los doce formarían el núcleo de un movimiento que él quería que se esparciera por todo el mundo. Comenzaría en Jerusalén con el pueblo escogido, pero con el tiempo trascendería los confines de Israel y se extendería a los rincones más remotos de la tierra. Marcos no mencionó a los discípulos en su recuento de la historia de Jesús y la mujer persistente, pero los incluyó como parte de su énfasis en los capítulos 7 y 8: la misión a los gentiles. Ahora llegamos a la segunda declaración extraña en esta porción de Marcos: "Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mar. 8:34). Todas las interpretaciones que los cristianos han propuesto a lo largo de los años y hasta el presente —los sufrimientos de la vida, el dolor, las enfermedades, un matrimonio difícil o una situación pesada en el trabajo— no le hacen justicia a lo que Jesús quería decir. ¡El llamamiento de Jesús es mucho más radical y exigente! El significado de lo que dijo Jesús, en efecto, no es difícil de captar. Sin embargo, le tememos, buscamos un significado más suave, porque no nos gusta lo que escuchamos. Póngase usted simplemente en los zapatos de los doce y la multitud que los rodea (Marcos nos dice que Jesús dirigió su declaración a ambos grupos) mientras escuchan sus palabras. Sabían exactamente lo que el Maestro quiso decir: estaban familiarizados la imagen de prisioneros condenados arrastrando los pies por el camino con el transversal de una cruz a cuestas, en el que habrían de ser amarrados o clavados. Los manos practicaban la crucifixión como un antídoto para los rebeldes, así que la convertían en un evento público para obtener el efecto máximo. En Marcos 8:34, Jesús claramente les dice: Mi vida va a terminar en una cruz, y si ustedes quieren ser mis discípulos, deben estar dispuestos a que su vida termine de la misma manera. Que esta declaración difícil señala inexorablemente hacia la muerte se hace claro con el versículo que sigue: "Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará" (vers. 35). ¡No hay un llamamiento más radical que el de Jesús! Durante unos 300 años sus seguidores experimentaron la realidad de esta declaración. Debido a que el cristianismo no tenía la aprobación legal del imperio romano, los cristianos podían ser quemados en la hoguera o echados a las bestias salvajes en el Coliseo por confesar a Jesús. Entonces el emperador Constantino adoptó el cristianismo y todo cambió. En vez de ser parte de una minoría perseguida, los cristianos recibieron el apoyo del gobierno. Ahora podían edificar iglesias y reunirse públicamente para adorar. Las cosas mejoraron, pero no sin reveses. Ahora era fácil, incluso ventajoso, profesar el cristianismo. La religión de Jesús se mezcló con la política del gobierno. Los cristianos se levantaron en armas para defender su ideología. Los asuntos materiales obtuvieron primacía. Y por supuesto, el día del sol, el domingo, llegó a ser el día oficial de la reunión de adoración. Pero el llamamiento a seguir genuinamente al Hombre de Galilea todavía nos llega con una demanda radical. Todavía ejerce el reclamo definitivo: nuestra vida misma. ¿Amamos a Jesús más que a la vida misma? ¿Estamos dispuestos a rendir lo que sea, quizá todo, para serle leales? Este es el llamado del Mesías misterioso. |