William G Johnsson

 
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Punto Crítico
(Marcos 6:1-7:23)

Para el 30 de Abril del 2004


 

SE HA ENCONTRADO usted alguna vez en una situación en la que no hay manera de salir airoso? Conozco un hombre que asistió a una reunión como invitado de honor y recibió esta estocada del maestro de ceremonias: "¿En qué momento de su vida descubrió usted que era un genio?"

¿Qué podría responder a un golpe como éste? El maestro de ceremonias lo hizo con la intención de provocar algunas risas, y lo logró. Pero también contenía un doble filo, un recordativo de que el invitado en realidad no era mejor que aquellos en la audiencia que lo conocían bien.

La familiaridad provoca rechazo. Jesús, a quien las multitudes se acercaban para ver, escuchar y tocar en Galilea, recibió una recepción bastante fría en su ciudad natal. "Muy bien, gran señor, demuéstranos qué puedes hacer. Haz algunos de esos trucos que dicen que haces por otras partes. Quizá puedas engañar a otras personas, pero no puedes engañamos a nosotros. Te conocemos bien, así que no trates de hacemos los tontos".

Como sucede con nosotros, Jesús debió haber anhelado la aceptación de aquellos que mejor lo conocían, o quienes pensaban que lo conocían bien. Su rechazo le resultó urticante. Pero no discutió con ellos, no intentó impresionarlos. Simplemente se fue a otras partes, dejando a la gente pequeña de Nazaret en su pequeño mundo y con sus pequeñas mentes.

Dondequiera iba por Galilea, los habitantes se arremolinaban para estar cerca de él. Esta porción de Marcos, que comienza con el chasco de Nazaret, trae a Jesús a la cúspide de su popularidad, con multitudes convencidas de que él es el libertador anticipado durante tanto tiempo y listas para declararlo su rey. Durante semanas y meses han ido aumentando las expectativas y el entusiasmo. ¡Qué montaña rusa de emociones para Jesús! Dentro de este recuento cargado y fascinante Marcos insertó una ojeada a la muerte pasada de Juan el Bautista. Su descripción, más larga y más detallada que la de ninguno de los otros Evangelios, nos dice más de lo que deseamos saber. Describe el banquete disoluto en el que Juan pierde su vida. El plato central del cocinero no es la cabeza de un jabalí, sino la de un ser humano, goteando sangre fresca.

podríamos analizar cada uno de los incidentes en Marcos 6:1-7:23, y encontraría-.nos mucho de interés y valor. Pero más bien nos concentraremos en algunos de los personajes representados en el pasaje. Encontramos a los hermanos de Jesús, Jacobo, losé ludas y Simón; Herodes Antipas; Herodías, la segunda esposa maquinadora de Heredes; Salomé, la hijastra de Herodes; los fariseos y los escribas que discuten con Jesús el tema de la limpieza ceremonial, etc. Pero nos dedicaremos a los personajes principales: Juan el Bautista, los discípulos, y Aquel que domina a lo largo del Evangelio de Marcos, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.

 

Juan el Bautista

El relato de la muerte de Juan el Bautista contiene lascivia, intriga, violencia, humor macabro; algo que parece tomado de una telenovela. Pero Marcos no lo escribió para pasar un chisme a sus lectores. Más bien tenía un propósito particular relacionado con la descripción que va desarrollando de la vida y el ministerio de Jesús.

En general, los recuentos de los Evangelios tienen vida propia, apenas incluyen algunos ecos ocasionales de los historiadores de sus tiempos. Sin embargo, aquí, en lo concerniente a la muerte de Juan, encontramos detalles corroborantes en los escritos de Josefo, el historiador judío del primer siglo. Josefo nos cuenta del cautiverio del Bautista y lo atribuye al temor de Herodes de que Juan pudiera incitar a una revuelta. Menciona la reacción airada de la gente ante el matrimonio de Herodes con Herodías, porque la ley judía expresamente le prohibía a un hombre casarse con la esposa de su hermano mientras el hermano todavía vivía (Lev. 18:16; 20:21). La denuncia pública del matrimonio de parte del Bautista debió haber producido más que molestia en Herodes Antipas y su nueva esposa. Debió haber agitado más aun el enojo del pueblo contra su gobernante.

Herodes Antipas era uno de los hijos de Herodes el Grande, quien intentó atrapar y matar al niño Jesús. Luego de ser nombrado tetrarca de Galilea por los romanos en 4 a. C., Antipas gobernó hasta 39 d. C., cuando fue desterrado por el emperador Calígula. Herodías, hija de Aristóbulo, era sobrina de Antipas y tenía unos 40 años de edad cuando Antipas se la arrebató a su hermano Felipe y la hizo su esposa. Marcos no menciona el nombre de la joven cuya sensual danza despertó las pasiones del rey, pero aprendemos de Josefo que era Salomé, la hija de Herodías en su primer matrimonio. La tradición de que Salomé empleó siete velos durante la danza no ha sido corroborada.

Desde cierto punto de vista, el relato de Marcos en el capítulo 6 describe una escena de disolución en el Cercano Oriente de la antigüedad. La hijastra de Herodes, una adolescente, baila ante un banquete de hombres ebrios. La joven sabe el tipo de actuación que provocará la reacción del rey y sus secuaces, y les ofrece una exhibición sugestiva y sensual. En su estupor, éste le ofrece cualquier cosa que le pida, hasta la mitad del reino. Sólo un necio habla de esta manera, Y ciertamente es uno: la madre la hija han conspirado cínicamente para explotar su debilidad moral. Este relato es un capítulo más cíe la historia de los Herodes, una que abunda en inmoralidad, intrigas y derramamiento de sangre.

Desde el punto de vista de Juan el Bautista, no obstante, el relato es una vibrante tragedia. Juan, según las palabras del mismo Jesús, fue una de las personas más nobles en la historia del planeta (Luc. 7:28). Incluso Herodes reconoció que era "varón justo y santo" (Mar. 6:20). Dios levantó al Bautista para ser el precursor del Mesías, que guiaría a las personas hacia Alguien mayor que habría de venir. La predicación de Juan —valiente, directa y sin componendas— suscitó un gran interés, al grado que algunos de sus oyentes se preguntaban en alta voz, si acaso Juan mismo era el Mesías. Pero Juan invalidó todos estos comentarios. Cuando Jesús comenzó su ministerio, Juan vio cómo sus oyentes disminuían a medida que se acercaban a Jesús. Los discípulos del Bautista se quejaron del cambio, pero no Juan. Este humilde siervo se limitó a decir: "Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe" (Juan 3:30).

Ya sea que les predicara a soldados o a recolectores de impuestos, o en la presencia de Herodes, Juan hablaba sin temor y sin favoritismos. Si hubiese seguido la conveniencia política, nunca habría enfrentado un fin tan trágico. Pero entonces le hubiera fallado a Dios como su mensajero.

Marcos registra que algunas personas aseguraban que Jesús era Elías (Mar. 6:15). Las palabras finales del Antiguo Testamento predecían que Elías regresaría en el tiempo del fin: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición" (Mal, 4:5, 6). A través de los años, la expectativa judía había transformado la profecía en la anticipación de la llegada de un gran profeta final, ya fuese Elías mismo o alguien como él, que prepararía a Israel para el reinado de justicia del Mesías.

Pero Jesús no era el Elías de la profecía. Más tarde Marcos registra la experiencia de Jesús sobre el Monte de la Transfiguración, cuando Elías y Moisés se encontraron con él. Mientras descendían la montaña, Pedro, Santiago y Juan le preguntaron a Jesús acerca de la creencia común en aquellos momentos. Aparentemente querían saber si Elías, a quien acababan de ver en la cima de la montaña, habría de regresar para vivir y trabajar entre los judíos. Jesús, no obstante, los puso en su lugar: "Elías a la verdad vendrá primero, y restaurará todas las cosas... Pero os digo que Elías ya vino, y le hicieron todo lo que quisieron, como está escrito de él" (Mar. 9:12,1.3; véanse versículos 2-11).

Juan el Bautista, no Jesús, cumplió la profecía de Elías. No era un Elías vuelto a la vida, sino una persona cuyo mensaje, valor y vida mostraron una sorprendente semejanza a la gigantesca figura del Antiguo Testamento. Pareciera que Marcos, especialmente en el capítulo 6, subraya los paralelos entre las dos figuras.

Ambos se opusieron a un gobernante malvado —por una parte Acab, notorio por conducir a Israel por caminos equivocados, y el disoluto Heredes Antipas por otro.  Cada uno habló valiente y públicamente para condenar las prácticas impías del monarca. El gobernante en cada caso demostró ambivalencia en su reacción, enojado por ser descubierto pero sabiendo que el profeta hablaba de parte de Dios. Tanto Elías como Juan tuvieron que lidiar con una reina malvada que hizo planes para eliminarlos: Jezabel en el caso de Elías, Herodías en el de Juan. Y ambos eran hombres del desierto, quienes vivieron casi siempre apartados de la sociedad y que de pronto aparecieron para dar un mensaje de castigo inminente.

El propósito de Marcos va más allá. sin embargo. Ciertamente es significativo que le dedica más espacio a la muerte de Juan el Bautista que a su vida. fin la introducción de su Evangelio, describe el mensaje de Juan y su obra en un breve párrafo (Mar. 1:2-8). Pero en el capítulo 6 su recuento de la muerte del Bautista es tres veces más más largo. ¿Por qué? Porque Marcos en última instancia está interesado en Jesús. Una sombra cae sobre su ministerio en Galilea, por popular que éste sea, la sombra de una cruz.

Jesús sabia lo que le esperaba. El fin vergonzoso de Juan señalaba inexorablemente hacia el destino que lo aguardaba. En el descenso del glorioso monte hizo específica esta conexión. Explicó que Juan el Bautista cumplió la profecía de Malaquías y que "le hicieron todo lo que quisieron" (Mar. 9:13), e insertó una predicción de su propia muerte: "¿y cómo está escrito del Hijo del Hombre, que padezca mucho y sea tenido en nada? (vers. 12).

 

Los discípulos

A lo largo de los diversos incidentes que Marcos registra en Marcos 6:1-7:23, encontramos a los discípulos al lado de Jesús. En algunos casos no entran en el relato; simplemente están allí como espectadores, como cuando Jesús regresa a Nazaret y sus propios congéneres lo reciben de mala gana.

En casi toda otra ocasión, los discípulos juegan un papel importante, y se los percibe a veces de una manera positiva, a veces negativa. En Marcos 6:7-13 discernimos una extensión significativa del ministerio del Maestro y la función de los discípulos cuando Jesús los envía a salir de dos en dos. Durante meses han estado con él y han observado su manera de trabajar. Ahora ha llegado el momento de que ellos prueben por si mismos.

Sus instrucciones hacen claro que los discípulos habrían de hacer precisamente lo que él liaría si estuviese con ellos. Les da autoridad sobre los espíritus malignos, y encuentran que son capaces de echar fuera "muchos demonios" (vers. 13). Al igual que Jesús, predican el arrepentimiento. Y como él, sanan a muchos enfermos.

Jesús los envió dependiendo de que otras personas les proveyesen albergue y alimentos.  Les dijo que no llevasen nada para el viaje, ni siquiera un emparedado o una merienda, tampoco dinero ni ropas extra. Encontrarían a alguien que los recibiera en cada aldea, alguien que se preocupase por sus necesidades.

Imagino que esta parte de las instrucciones de Jesús fue la más difícil de obedecer para los discípulos. Eran un grupo de individuos fuertes, acostumbrados a valerse por sí mismos, y, al menos en el caso de Pedro, a decirles a otros qué hacer (era dueño de varios botes y empleaba a varios obreros; ver Luc. 5:6, 7). Salir ahora sin provisiones ni dinero, sin arreglo alguno para su alojamiento, debe haberles resultado duro.

Cualquier persona que quiera hacer la obra de Dios, ya sea como obrero de la iglesia o no, debe aprender la dura lección de ir y depender de Dios. La lección se aplica a todo lo que hemos aprendido a creer y hacer en el camino de la vida. Es precisamente lo opuesto a cómo queremos comportamos. Pero vaya al meollo del servicio cristiano en cualquier época, y encontrará este principio: "Separados de mí [Jesús] nada podéis hacer" (Juan 15:5). "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zac. 4:6).

Y los discípulos obedecieron. El confiado Pedro; el astuto y calculador Mateo; Tomás el escéptico: todos salieron, predicaron, echaron fuera demonios y sanaron a los enfermos. Y el Señor proveyó como les había prometido.

El recuento de Marcos de esta experiencia presenta a los discípulos en una luz enteramente positiva. No escuchamos una sola palabra de duda acerca del plan, ni de orgullo ante la rendición de los demonios.

Pero cuando regresan ante Jesús el cuadro cambia abruptamente. Jesús los lleva en un bote a un lugar tranquilo de manera que puedan descansar y reflexionar sobre su primera experiencia en el ministerio. Sin embargo, el lugar de retiro comienza a llenarse de gente que de alguna manera se enteró dónde estaría Jesús y se había adelantado. Así es que Jesús, en vez de disfrutar de un merecido descanso, nuevamente comienza a enseñarle a la multitud.

Se hace tarde y los discípulos se le acercan con palabras de consejo. Él no ha notado que el día casi se ha ido, la gente debiera marcharse y comprar algo de comer.

Pero él responde: "Dadles vosotros de comer".

¿Qué? ¡Les costaría el equivalente de ocho meses de trabajo! ¿Y dónde encontrarían suficientes alimentos, si es que tuviesen el dinero suficiente?

A pesar de la experiencia de hacía pocos días cuando habían salido de dos en dos dependiendo de la providencia divina, los discípulos habían revertido al razonamiento antiguo, el de las soluciones humanas. No captaban que Uno mayor que un mero ser humano tema la respuesta a la punta de los dedos antes de que ellos advirtiesen el problema.

Cada persona presente recibió una opípara cena. De hecho, el lugar rebosaba de tanta comida, que los discípulos recogieron doce cestos de trozos de pan y pescado. En las manos del Hijo de Dios, la merienda de un muchacho se multiplicó y alimentó a una multitud.

Los cuatro Evangelios registran este milagro: este es el único que todos mencionan. No sólo se trata de un evento dramático y espectacular, sino que marcó un giro en el ministerio de Jesús. Juan comparte este detalle adicional: "Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo. Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo" (Juan 6:14,15).

podemos imaginar la alegría de los discípulos. Finalmente, el Maestro, a quien amaban y seguían, recibiría la aclamación que merecía. Parecía ser el mejor día de su vida.

pero sus emociones sufren un rudo golpe. Jesús se niega a aceptar lo que la multitud desea, envía a los presentes a sus casas y ordena a sus discípulos que entren en el bote y se vayan.

¿Qué le pasa a Jesús? Se preguntan. ¿Quién es este hombre en resumen? ¿A dónde nos lleva?

Agudamente chasqueados, desilusionados, enojados y frustrados, levan anclas. Pero sus quejas tienen que ceder pronto ante los embates de fuertes vientos que entablan con ellos una lucha a muerte. Es noche oscura, pocas horas antes del amanecer, cuando se encuentran atrapados de esa manera en medio del lago. Entonces ven una luz, una figura que se mueve sobre la faz de las aguas y se acerca a ellos. ¡Era Jesús, y caminaba sobre el agua! Pensando que era un fantasma, gritaron aterrorizados, pero él habló palabras de paz a su corazón: "¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!" (Mar. 6:50).

Cuando Jesús subió al bote con ellos, el viento amainó. Según señala Marcos: "Ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban. Porque aún no habían entendido lo délos panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones" (vers. 51, 52).

Ahora vemos el verdadero significado del milagro de la alimentación de los 5.000. Es cierto que fue espectacular y extraordinario, pero mucho más. El milagro reveló el secreto de la persona de Jesús. Él era más que un obrador de milagros, más que un curandero, más que un exorcista, más que el Mesías de las esperanzas populares: Él era el Hijo de Dios.

Y los discípulos, que habían pasado tanto tiempo con él y habían salido a predicar en su nombre, todavía no lo entendían.

 

Jesús

Consideremos seguidamente los eventos de Marcos 6:1-7:23 desde la perspectiva de Jesús.

Al tratar el incidente en Nazaret, Marcos lo categoriza en términos de "admiración". Jesús viene a Nazaret y comienza a enseñar en la sinagoga en el sábado, y muchos "se admiran" (Marcos 6:1, 2). Pero en la conclusión de la historia, Jesús mismo se admira ("asombra") debido a la dureza de corazón y la falta de fe de los habitantes de la ciudad (vers. 6).

A lo largo del Evangelio de Marcos hemos encontrado que las poderosas obras de Jesús sorprenden a la gente. Pero quedar asombrado ante Jesús dista mucho de tener fe en él. Hasta hoy muchas personas encuentran que Jesús es interesante. Sus enseñanzas son ejemplares, su vida noble y elevadora, pero no creen en él como Salvador. Fácilmente lo llamarían un hombre bueno o sabio o incluso el mejor que haya existido, pero se niegan a confesar que sea el Hijo de Dios.

Y Jesús quedó asombrado ante la gente de su pueblo de crianza. Lo vieron crecer entre ellos, conocieron la pureza de su vida. Todos ellos habían escuchado las amables palabras que caían de sus labios y habían recibido informes de cerca y de lejos sobre cómo había restaurado la vista de los ciegos, devuelto el oído a los sordos y el habla a los mudos, y cómo había restaurado cuerpos heridos y maltrechos. Pero sólo podían pensar en Jesús como uno de ellos, ni mejor ni más especial.

Incluso los miembros de su propia familia compartían este escepticismo, según lo confirman las palabras de Jesús: "No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa" (vers. 4). El rechazo de sus seres queridos debió haberle dolido bastante al Salvador.

En la respuesta negativa de la gente de Nazaret, notamos una expresión sin paralelos en los escritos judíos. Se refiere a Jesús como "hijo de María" (vers. 3) en vez de conectarlo con su padre. El término arroja dudas sobre las circunstancias de su nacimiento. En efecto dice: Sabemos que era el hijo de María, pero quién era su padre, nadie sabe. Especulaciones judías posteriores sobre Jesús atribuyeron su concepción a un soldado romano que habría seducido a la joven María.

Se hace claro entonces que mientras que Jesús crecía en Nazaret, los rumores abundaban. El "hijo de María" era objeto de señas, guiños y chismes. La aseveración de María de que Jesús había sido concebido sin un padre humano encontró la misma incredulidad que vemos en nuestros días.

Pero Marcos desde el comienzo declara que Jesús es el "Hijo de Dios", y el interrogante sigue confrontando la conciencia martirizada de la humanidad: ¿Quién era Jesús de Nazaret? ¿El hijo de María o el Hijo de Dios?

Luego del chasco en Nazaret, encontramos que Jesús envía a los doce. Dos características de un líder son la habilidad para seleccionar a sus asistentes y hacer preparativos para que la obra continúe sin él o ella. Jesús —el líder por excelencia— cumplió ambas: Escogió sabiamente a los apóstoles (con excepción de Judas, quien se ofreció él mismo), y los capacitó por medio de la palabra, el ejemplo y la experiencia práctica.

Los doce aparentemente tuvieron un impacto expansivo, algo que debió haberle agradado bastante a Jesús. Inmediatamente después de su misión de entrenamiento, Marcos nos habla acerca de la reacción de Herodes y su comentario, quizá nacido del temor: "Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos" (vers. l6). Heredes Antipas había temido a Juan cuando éste estaba vivo (vers. 20). ¿Será que el impío rey estaba siendo atormentado por pesadillas?

Así fue como Jesús apartó a los doce para descansar, pero, como hemos visto, el día resultó ser cualquier cosa menos un retiro de paz. Trajo a las multitudes, los apóstoles y a Jesús cara a cara con un momento de esos que definen el destino.

Cuando le ofrecieron la corona de la fama y la gloria, Jesús quedó solo, sin el apoyo de una sola persona. Escoger un atajo rumbo al cumplimiento de la misión parecía fácil, como sucede con toda oferta del tentador. Satanás le había ofrecido tal opción al comienzo de su ministerio. Ahora lo asaltó nuevamente, esta vez por medio de las aclamaciones, la adulación y las fervientes expectativas de mil rostros humanos.

Los atajos pueden ser peligrosos. En la obra de Dios el fin nunca justifica los medios, y los medios que no concuerdan con la voluntad divina, por atractivos o razonables que sean, corrompen el resultado final.

Al igual que en el primer encuentro con Satanás, Jesús nuevamente estuvo solo. Pero ni por un momento tambaleó o permitió que la apetitosa oferta encontrase eco en su mente. Sin explicaciones o titubeos, rechazó a las multitudes y a sus discípulos. Ambos grupos se marcharon disgustados con él, con gruñidos y quejas. Jesús subió entonces a una montaña para orar, solo.

No era el camino de la gloria humana el que se ofrecía al Salvador. Sólo el destino de uno que era el Mensajero del cielo: un final macabro a manos de seres humanos malos, crueles e injustos.


 

 
 

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