
El Galileo
(Marcos 4:1-5:43)

Para el 23 de Abril del 2004
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HACE VARIOS AÑOS, alguien de la agencia israelí de turismo en Nueva York llamó a mi oficina. De hecho, siguió llamándome, pero yo no estaba disponible. Ni tampoco me sentí demasiado ansioso por devolverle las llamadas cuando mi asistente, Chitra Barnabas, me dijo que me estaban ofreciendo un viaje gratis a Israel. He aprendido que las ofertas "gratuitas" invariablemente implican compromisos, y no tenía intenciones de quedar atrapado en una situación que afectara mi trabajo. Un día, no obstante, Edna Rosemblum, la directora de la agencia, pudo hablar conmigo. Me dijo que estaba reuniendo un grupo de editores y escritores cristianos para una gira a Tierra Santa, y que le encantaría que yo fuese parte de la misma. El gobierno israelí sería responsable de todos los gastos, incluyendo el pasaje. Tema que haber algún truco. Pero aunque investigué e investigué, no pude encontrarlo. —¿Esperarían ustedes que yo publicase algún artículo o artículos en la revista que dirijo? —No. Naturalmente nos gustaría que escribiese sobre Israel, pero usted decidirá. —¿Querrá ver qué es lo que escribo antes de que lo publique? —No. Nos gustaría recibir un ejemplar de lo que publica, pero eso depende de usted. Mientras conversábamos me fui suavizando. Incluso le pregunté acerca de los alimentos, y me contestó: "No hay problema con ser vegetariano. Yo soy vegetariana también". Así es que fui a Israel en un avión jumbo repleto, desde el aeropuerto John F. Kennedy, directo hasta Tel Aviv. Allí el grupo se reunió: dos editores de revistas católicas, el editor del periódico ortodoxo para Norte y Sudamérica, el editor administrativo de Christian Science Monitor, un predicador fundamentalista del sur del país, y yo, un adventista del séptimo día. Durante ocho días viajamos alrededor de Israel en una furgoneta blanca, seis invitados y la anfitriona, Edna Rosenblum, quien vino desde Nueva York con un chofer/guía. Fue una experiencia inolvidable y emocionante: un punto culminante de mi vida. Yo nunca había visitado Tierra Santa. Aunque había enseñado clases de Biblia durante doce años, especialmente el curso Vida y Enseñanzas de Jesús (para el cual escribí el libro de texto en el Colegio Spicer), y aunque había sido profesor de Nuevo Testamento en el seminario de la Universidad Andrews y había guiado a mis estudiantes en el estudio de los Evangelios, yo nunca había visto a Israel. Requería que mis estudiantes dibujasen mapas que trazaban el ministerio de Jesús, pero todo lo que yo sabía acerca de la tierra donde él caminó provenía de libros. ¡Cuánto anhelaba ir allí y ver y sentir su terruño! Por la providencia de Dios, pude hacerlo, y no me costó un centavo. He regresado otras veces y lo haría gustosamente, por inestable que la región resulte. Sin reservas le digo: Si tiene la oportunidad de ir a Tierra Santa, hágalo. Mi primera impresión de Israel fue cuan pequeño es. Usted puede viajar de Tel Aviv en el Mediterráneo a Jerusalén en apenas una hora. Continúe hacia el este, y pasará Jericó y el Mar Muerto en menos tiempo aún. En efecto, habrá cruzado el país de este a oeste. Ir de norte a sur toma más tiempo, pero no mucho más. Este país, la escena de tantas batallas y tanto derramamiento de sangre; sagrado para judíos, cristianos y musulmanes; el centro de control del Medio Oriente, es diminuto. Pero parece tener una variedad infinita. El paisaje cambiaba continuamente: colinas, valles, llanuras fértiles, laderas rocosas y desiertos. Pero la perla de Israel, la créme de la créme, es el área alrededor y al oeste del gran lago del Jordán: Galilea. Pasamos allí la mayor parte del tiempo, y después, cuando visitamos la Vía Dolorosa y la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén quedamos chasqueados por la comparación. Jesús fue un galileo. Aunque había nacido en Belén, justo a las afueras de Jerusalén, creció en Nazaret, al norte. Según la sociedad de sus tiempos, era un provinciano, un campesino. "Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea" (Mat. 21:11), clamó la muchedumbre cuando entró en Jerusalén montado en un asno en su última visita a Judea. Pero para la jerarquía religiosa, sus orígenes galileos creaban una barrera importante. "¿De Galilea ha de venir el Cristo?" preguntaban (Juan 7:41). Hoy Galilea es una zona de belleza y encanto donde lo antiguo choca con lo moderno, donde los pastores todavía cuidan sus rebaños de noche, pero donde también hay kilómetros de sembrados de mangos y aguacates, dátiles y plátanos, ¡incluso granjas de avestruces! Galilea era su tierra. El profeta Isaías había clamado: "Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; el pueblo sentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció" (Mat. 4:15,16). En Marcos 4 y 5 vemos a Jesús en su tierra natal; trae luz a la oscuridad, hace que la noche se repliegue. Cada uno de los incidentes en estos capítulos suceden con el lago como un punto de referencia. Enseña junto al lago; calma una tormenta en el lago; cruza el lago para librar a un hombre endemoniado; y regresa a través del lago para restaurar a una mujer que sufre y a una niña muerta.
Enseñanza junto al lago En Marcos 4:1-34 el autor bíblico por primera vez nos da datos específicos acerca de las enseñanzas de Jesús. A lo largo de la mayor parte de su Evangelio, cuenta de los milagros y exorcismos de Jesús, usualmente con lujo de detalles, y simplemente menciona que Jesús predicaba y enseñaba. Marcos destaca que Jesús instruía a la gente por medio de parábolas. "Y sin parábolas no les hablaba" (vers. 34). Por qué Jesús empleaba el formato de parábolas y lo que perseguía al hacerlo, son asuntos que invitan a un análisis cuidadoso. En primer lugar, notemos que las parábolas de Jesús tienen un carácter distintivo. Tanto antes como después del tiempo de Jesús, los sabios y los escritores han observado las lecciones enseñadas por la naturaleza, o han tomado incidentes de la vida diaria para ilustrar verdades morales o religiosas. Pero las parábolas de Jesús son diferentes. No son ayudas pedagógicas ni cuentos extraños con una moraleja. Si las comparamos con las fábulas de Esopo o los sabios refranes que encontramos en el libro de Proverbios, el contraste es obvio. De hecho, no hay nada similar en los escritos judíos ni en ninguna otra parte. Aunque fueron expresadas en un lenguaje sencillo y son fáciles de captar en su superficie, tienen una cualidad existencia!, una inmediatez que todavía nos impacta en nuestros días. No es extraño que los eruditos bíblicos hayan dedicado bastante esfuerzo a explicar las parábolas de Jesús. Aunque han espigado algunos elementos útiles, han dedicado mucha de su atención a especulaciones sobre lo que en realidad dijo. Debido a que creen, la mayoría de ellos, que muchas de las palabra atribuidas a Jesús en los Evangelios no se originaron con él sino más tarde en la iglesia primitiva, intentan reconstruir la forma más antigua de las parábolas. Por razones en las que no puedo abundar aquí, no acepto esta percepción escéptica de los Evangelios. Por lo tanto, me concentraré en lo que los Evangelios mismos —y en particular el Evangelio de Marcos— revelan sobre las parábolas de Jesús. Uno de sus rasgos es el elemento sorpresa: a primera vista el relato parece simple y llano, pero termina con un giro inesperado. Así ocurre con la parábola de los obreros de la viña (Mat. 20:1-16), donde los que laboran por una sola hora reciben la misma paga que aquellos que dedicaron todo un día al trabajo. Sucede lo mismo en la famosa parábola del hijo pródigo (Luc. 15:11-32) donde el relato termina con una fiesta, pero el hijo mayor, el "bueno", permanece afuera frustrado mientras que su "miseria" de hermano está adentro divirtiéndose de lo lindo. Esta es una de las razones por las que las parábolas tienen un impacto permanente. No concluyen como esperamos que lo hagan. Más bien terminan con una "trampa" que no sólo nos deleita, sino que nos hace pensar. El final sorpresivo de los relatos a menudo contiene un giro de fortunas o posición social, como en la parábola del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31)- Aquí el mendigo termina en el seno de Abrahán, mientras que el rico va a parar en el Hades. Jesús en varias ocasiones expresó en las parábolas una enseñanza que había declarado separadamente, como en este caso: "Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros" (Mat. 19:30). Debemos notar algo detrás del elemento de sorpresa en las parábolas de Marcos 4. Es un detalle frecuentemente ignorado en los estudios que se hacen del tema. En primer lugar, sin embargo, observaremos el papel de los discípulos en estas enseñanzas, Aunque Mateo y Lucas registran una gran porción de las enseñanzas que encontramos en Marcos 4, Marcos es quien destaca la naturaleza secreta de la verdad revelada por las parábolas. Cuando los doce le preguntan a Jesús el significado de las parábolas, les contesta, "A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas" (vers. 11). Entonces Jesús cita Isaías 6:9,10, que describe a personas que ven pero no entienden, quienes escuchan pero no comprenden (vers. 12). En otras palabras, los discípulos son los "informados", aquellos que debieran entender el significado de las parábolas, mientras que la mayoría de la gente "de afuera" escucha las palabras de Jesús como poco más que cuentos interesantes. ¿Cuál es la cualidad misteriosa de las parábolas, el "secreto" al que se refería Jesús? Encontramos la respuesta en Jesús mismo: "A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios" (vers. 11). Así que de esto tratan en realidad las parábolas: del reino de Dios, no de enseñanzas morales ni de lecciones de la naturaleza, sino de la actividad divina que irrumpió en la existencia humana en la persona y obra de su amado Hijo. En dos parábolas en este capítulo, Jesús aclara la conexión: "Así es el reino de Dios..." (vers. 26); "¿A qué haremos semejante el reino de Dios...?" (vers. 30). Ahora comenzamos a entender lo que las parábolas significaban para los doce (el círculo íntimo de Jesús) y por qué hablan tan poderosamente a la humanidad —incluso a nosotros hoy en día. Para los doce, quienes sobre todos los demás tenían el privilegio de ver la manifestación del amor y el poder divinos en su Maestro, las parábolas expresaban la naturaleza de la misión de Jesús. Él había venido para instalar un reino (era en efecto el Mesías esperado por tanto tiempo), pero ese reino se encontraba a polos opuestos del reino que las multitudes deseaban y esperaban. Estaba tan lejos de los ejércitos, las espadas y la muerte como pueden estarlo las semillas que se siembran en la tierra o las ovejas perdidas en los montes. Desafortunadamente, la mayoría de los oyentes de Jesús no lo captó. Incluso los doce tuvieron que pedirle explicaciones. Tampoco lo entiende la gente de hoy, después de tanto tiempo y tantos sermones, libros y vídeos. Porque sólo aquel que tiene ojos para ver, lo entiende, y sólo el que tiene oídos para oír sabe quién es Jesús de Nazaret y por qué vino a la tierra. Pero Jesús dijo en aquella ocasión y nos dice nuevamente: "El que tiene oídos para oír, oiga" (Mar. 4:9). Así es que las parábolas, tan cautivadoramente sencillas en su vocabulario y trama, llegan al corazón con un empuje existencial. ¿Tengo yo oídos para oír? ¿Entiendo yo? Estos son los interrogantes sobre nosotros mismos que las parábolas nos obligan a escuchar. Aunque han pasado cerca de 2.000 años desde que Jesús contó sus parábolas junto lago de Galilea, todavía vibran con emoción y urgencia. Dios está haciendo algo nuevo: ¡el reino está avanzando porque Jesús, el Hijo de Dios, ha venido a la tierra! El reino parece humilde e insignificante, pero crecerá y se esparcirá con poder irresistible. Fue verdad entonces y todavía lo es. Las buenas nuevas acerca de Jesús son la fuerza más poderosa del mundo. Echemos un vistazo más cercano a la conocida parábola del sembrador y su elemento de sorpresa. Por mucho tiempo, he considerado que trata de los diferentes tipos de oidores del Evangelio, ilustrado por los diferentes tipos de terreno en los que cae la semilla. Cuando se la entiende de esta manera, el tenor de la parábola es el fracaso en vez del éxito. Al final, luego de leer sobre los tres lugares donde la semilla no produjo una cosecha, es que nos enteramos que hubo un terreno donde echó raíces y fructificó. Un conocimiento de los métodos antiguos de agricultura nos ayuda a entender la parábola y nos abre nuevas perspectivas. A diferencia de los métodos modernos en los que el agricultor ara el terreno y luego siembra la semilla en surcos, la manera antigua consistía en esparcir la semilla en un terreno sin arar, para luego dar vuelta a la tierra y taparla. Por eso es que la semilla de la parábola parece caer por todas partes. Las semillas que cayeron en el camino, sobre pedregales, o en la maleza, llegaron hasta allí por accidente, no porque hayan sido colocadas deliberadamente. La mayor parte de la semilla, sin embargo, cayó donde el agricultor quería que cayese, sobre terreno fértil. Al concentramos en los tres terrenos improductivos, implicamos que el trabajo del sembrador fue mayormente inútil, pero no fue así. Además, y he aquí la sorpresa, no sólo la mayor parte de la semilla dio frutos, sino que la cosecha fue maravillosamente abundante. El rendimiento promedio del antiguo método agrícola de Palestina era de una cantidad igual a siete veces y media la inversión inicial, y una cosecha que rindiese diez veces su inversión era considerada buena (Hurtado, p. 58). Pero la semilla en la parábola de Jesús produjo aumentos de 30,60 y 100 veces sobre la inversión, cifras que habrían resultado milagrosas para los agricultores que escucharon la parábola. ¡Qué noticias maravillosas para cada obrero evangélico, en ese entonces y en nuestros días! Demasiado a menudo nos concentramos en las dificultades y los resultados pobres, pero Dios se concentra en la gracia y la abundancia. No es de extrañar que los doce hayan tenido tanta dificultad para entender la parábola. Nos pasa lo mismo a nosotros. Nuestra fe es muy pequeña, nuestros blancos muy limitados. El reino de Dios —irresistible e imparable— rompe las cadenas de las expectativas humanas. Parece débil e insignificante, pero como la semilla de mostaza, crece para convertirse en una gran planta.
Milagros junto al lago Luego de hablamos sobre la cátedra de Jesús en Galilea, Marcos relata cuatro poderosos milagros que van desde Marcos 4:35 hasta Marcos 5:43. Cada uno aparece CT detalle. Cada uno atrapa al lector, y el efecto acumulativo deja al lector haciéndose la misma pregunta de los discípulos, "¿quién es éste?" (Mar. 4:41). El primer milagro de la serie, el apaciguamiento de la tormenta, muestra el poder de Jesús sobre la naturaleza. El Lago de Galilea no es un cuerpo grande de agua, pero era y es peligroso. Rodeado de altas montañas (excepto donde el Jordán entra y sale), el lago se encuentra a 213 metros (700 pies) bajo el nivel del mar. Fuertes vientos se agitan de repente y cruzan su superficie impulsados por pesadas masas de aire que descienden las laderas que lo circuyen, y transforman el cuerpo de agua de una estampa de calma idílica a una caldera efervescente. Según Marcos describe la escena, el contraste entre Jesús y la gente y el ambiente que lo rodeaba no podía ser mayor. Atrapado por los rugientes vientos y las airadas olas, el pequeño bote lucha por mantenerse a flote. Cada nueva ola que lo azota amenaza con mandarlo al fondo. Para los discípulos se trata de su peor pesadilla. Algunos de ellos navegan y trabajan el lago como pescadores, y saben que otros de su profesión han muerto en noches como estas. Aquellos que siguen otras profesiones han escuchado los relatos de hombres que se han ahogado en estas aguas, y ellos también están aterrorizados. ¡Nos hundimos! Vamos camino a la oscuridad, a las aguas profundas, a la muerte. En medio de todo este terror, ¿dónde está Jesús? ¡Está dormido sobre un cojín! Exhausto tras un día de arduo ministerio, el Salvador reposa. Los vientos aúllan y las olas se estrellan contra el barco y los discípulos claman asustados, pero él reposa en la calma del amor de su Padre. Los discípulos no comprenden cómo puede estar dormido, no pueden creer que no haga nada cuando ellos están a punto de hundirse. Lo despiertan y en tono de crítica demandan: "Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?" (vers. 38). ¿Somos mejores nosotros? Cuando las tormentas de la vida nos azotan, acusamos a Dios de no hacer nada, de quedarse dormido en la guardia. "¿Por qué no haces algo, Señor?" exclamamos. "¿No te importa?" Pero a él sí le importa. Y él nunca nos falla. "No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel" (Sal. 121:3, 4). Nos invita a confiar en él, a esperar en él, a permitirle ser el que domine nuestros temores. Entonces Jesús se levantó, reprendió a los vientos y le ordenó a las olas: "Calla, enmudece" (Mar. 4:39). Y el viento dejó de soplar. De pronto el mar quedó en calma. La pesadilla había terminado. "¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?" se preguntaron unos a otros los discípulos. Quizá recordaron que en el Antiguo Testamento sólo el Señor mismo reprendió el mar. Jesús se había arrogado las prerrogativas del mismo Dios de Israel. ¿Quién es Jesús? Él es el Señor del cielo y de la tierra, el Señor de la naturaleza: el Hijo de Dios. Así fue que cruzaron el lago y llegaron a la costa oriental en la región de los gadarenos, lo que hoy se conoce como las alturas de Golán, lugar de valor estratégico en las guerras del Israel moderno. Aunque allí se bajan del bote (Mar. 5:2), dentro de una dos horas se vuelven a embarcarse para cruzar nuevamente el lago (vers. 18). ¿La razón? La gente le pidió a Jesús que se mera. De hecho, le rogaron que se marchara (vers. 17). Jesús había efectuado un milagro maravilloso, había restaurado la salud a un hombre salvaje y desquiciado, pero los gadarenos no habían quedado impresionados. En el transcurso de su encuentro con el endemoniado, Jesús les había dado a los demonios permiso para entrar en una manada de cerdos. Los cerdos echaron a correr a toda velocidad, se despeñaron por un desfiladero y se ahogaron en el lago. Los gadarenos no podían ver más allá de la pérdida de sus cerdos. Qué importaba que este hombre le hubiese restaurado la vida a un individuo poseído por los demonios; había destruido los cerdos y no lo querían tener cerca. "Claramente, ante la maravillosa liberación del hombre, la destrucción de los cerdos es algo que Marcos tiene por insignificantes, excepto como una indicación del poder destructivo que Jesús había derrotado. Pero (y aquí la tendencia de Marcos hacia la ironía surge de nuevo) la gente parece molestarse más por la pérdida de los cerdos que lo que se alegra por la reforma del hombre, y le pide a Jesús que se marche (5:17). Así es que la multitud, que salió para ver qué había pasado, sólo vio la pérdida de sus propiedades —sólo cerdos muertos, no el milagro vivo que estaba frente a ellos— y no percibió el significado de lo que Jesús había mostrado a través del milagro. Esta falta de percepción de parte de la multitud se refleja también en la manera en que Marcos describe la reacción de la gente a la proclamación que hace el hombre que estuvo endemoniado de la obra de Jesús (5:20). Según ya se ha dicho... Marcos generalmente describe la reacción de la gente al ministerio de Jesús como una muestra de asombro. Pero aunque este término connota la impresión poderosa que tenía el ministerio de Jesús, es la manera en que Marcos describe una reacción que dista mucho de ser una fe genuina y una comprensión de la persona de Jesús" (Hurtado, pp. 69, 70). Por increíble que nos parezca hoy el sistema de valores de los gadarenos, todavía existe. Cuando las cosas van mal, la mayoría escoge los cerdos antes que a las personas. Vez tras vez los más débiles entre nosotros —los pobres, los niños, los que aún no han nacido, los enfermos, los ancianos— son marginados o sacrificados en el altar de la ambición y el egoísmo humanos. Los gadarenos le pidieron a Jesús que se marchase y esto hizo. Él nunca se queda donde no lo quieren, ni entonces ni ahora. Sin embargo, antes que los discípulos levasen anclas, dio instrucciones completamente mera de tono con su ministerio hasta ese momento. "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuan grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti", le dijo al hombre sanado (vers. 19). Previamente siempre había ordenado —a veces con severidad— a aquellos que sanaba que no dijesen nada sobre el milagro. Pero eso era en Galilea, donde la gente anhelaba que el Mesías apareciera. -"s gadarenos eran gentiles (por eso criaban cerdos, algo que los judíos no hacían), y sabían muy poco sobre Jesús o el Mesías. Jesús quería que ellos oyesen las buenas nuevas, así que si sentían temor de él, usaría al ex endemoniado como su instrumento para alcanzarlos. Su estrategia funcionó. Cuando Jesús regresó al área algún tiempo después, la gente salió en tropel para verlo (Mat. 15:29, 30). El apaciguamiento de la tormenta sobre el lago demostró el poder de Jesús sobre la naturaleza, mientras que el encuentro con los gadarenos demostró su dominio sobre los demonios. Este último incidente me tan aterrorizante como el anterior. Este individuo salvaje y sucio merodeaba por el campo vestido de harapos y cadenas rotas en manos y pies. Los demonios que lo controlaban hacían con él lo que les placía. A veces tomaba piedras y se golpeaba el cuerpo con ellas. No es de extrañarse que la gente evitase pasar por allí. Yo también tendría miedo. Pero no Jesús. Aquel que ordenó a los vientos y las olas "cállense, enmudezcan", habló nuevamente. Los demonios huyeron y los rugidos cesaron. (Nuevamente los discípulos quizá recordaron que en el Antiguo Testamento sólo el Señor tenía poder sobre Satanás y las fuerzas del mal.) Cuando los habitantes de la zona llegaron para verificar qué había ocurrido con los cerdos, he aquí que encontraron el hombre salvaje de las montañas sentado tranquilamente, vestido y racional (Mar. 5:15). Hasta donde sabemos, el viaje de Jesús a la tierra de los gadarenos se debió a esta sola persona. No sanó a nadie más, no presentó otras enseñanzas; lo único que hizo file restaurar la salud de un triste ser humano. ¡Qué Salvador! ¿Quién es éste que ordena a los vientos y estos huyen? ¿Quién es éste que cruza las aguas para llegar a un pueblo que lo rechaza para rescatar a un individuo? ¿Quién es él? Él es quien habló y el mundo fue creado, quien produjo orden del caos. Él es Jesús, el Hijo de Dios. Marcos continúa su recuento de los milagros de Jesús junto al Lago de Galilea, y nuestro asombro aumenta. Con cada incidente los riesgos son mayores, la tensión aumenta. En Marcos 5:21-43 encontramos otro relato dentro de un relato. Un dirigente de la sinagoga, Jairo, se acerca a Jesús, cae a sus pies y le ruega que venga a su casa a sanar a su hija, quien está cerca de la muerte. Jesús sale con Jairo, pero en el camino es demorado por una mujer que ha tenido un problema de hemorragia desde hace doce años. Ésta se abre paso entre la multitud y toca su manto. Inmediatamente se detiene su hemorragia. Cuando intenta escabullirse entre la multitud sin que la vean, Jesús la llama. Quiere que ella y la muchedumbre sepan que no fue sanada por la magia. "Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote" (vers. 34). Podemos imaginamos el sufrimiento de Jairo mientras transcurren los minutos. Sólo piensa en su hija al borde de la muerte, y cada momento que pasa añade a sus temores. Entonces ocurre lo peor de todo: recibe la espantosa noticia de que ya es demasiado tarde, ella ha muerto. Pero Jesús oye la conversación y consuela al acongojado padre: "No temas, cree solamente" (vers. 36). Continúan rumbo a casa de Jairo, donde Jesús echa a un lado a las plañideras. Tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan, y a los padres de la niña, entra en la habitación de la criatura, toma su mano y dice: "Niña a ti te digo, levántate" (vers. 41). Y ella se pone de pie y comienza a caminar. Con la mujer con el flujo de sangre, Jesús demostró su poder sobre la enfermedad. Ahora demostró su poder sobre la muerte. Jesús debió haber realizado muchos otros milagros que los que Marcos registró, así que resulta provechoso intentar averiguar por qué escogió los que destacó. ¿Qué vio Marcos en este relato dentro de otro relato con su milagro doble? Algunas conexiones son obvias: ambos milagros tuvieron que ver con mujeres y ambos contenían el número 12 la mujer que sufrió durante 12 años, y la hija de Jairo, que tenía 12 años de edad. Pero hay más: ambos involucran impureza ritual. Debido a su hemorragia, la mujer era inmunda, y contaminaba todo aquello que tocaba: "Y la mujer, cuando siguiere el flujo de su sangre por muchos días fuera del tiempo de su costumbre, o cuando tuviere flujo de sangre más de su costumbre, todo el tiempo de su flujo será inmunda como en los días de su costumbre" (Lev. 15:25). Igualmente sucedió con la niña muerta: "El que tocare cadáver de cualquier persona será inmundo siete días" (Núm. 19:11). Podemos concluir que las dos personas que Jesús ayudó eran lo más bajo de lo más bajo. Ambas eran mujeres, consideradas inferiores a los hombres por la sociedad. En una oración judía del primer siglo el adorador le agradecía a Dios por no haber nacido como un perro, un gentil o una mujer. Y estas dos personas no sólo eran mujeres: eran ceremonialmente inmundas y contaminaban a toda persona que las tocaba. Pero Jesús permitió que la mujer con el flujo lo tocara. No escuchamos un reproche, ninguna sugerencia de "¡aléjate de mí!" o "¿no sabes que eres inmunda?" Y en el caso de la jovencita, Jesús extendió su mano y tomó la mano de la muerta en la suya. Las reglas de limpio e inmundo jugaban un papel en el propósito de Dios para Israel. Él deseaba que por ellas su pueblo aprendiera la diferencia entre lo sagrado y lo profano, que así discernieran su santidad. "Seréis santos, porque yo soy santo" es el refrán constante de Levítico (Lev. 11:44, 45; 19:2; 20:7). Tales leyes ceremoniales parecen haber tenido su centro en el tabernáculo y sus ritos. Actuaban como un vallado para salvaguardar lo santo. Pero tales reglamentos, junto con el sistema ceremonial que servían, no podían tener valor permanente. Eran sombras, tipos, parábolas, que señalaban hacia Aquel que vendría, pondría su tabernáculo entre nosotros y finalmente moriría en la cruz como el sacrificio perfecto de Dios por nuestros pecados. Por esta razón el toque de una mujer con flujo de sangre no podía contaminar a Jesús, ni tampoco su mano sobre el cadáver de una niña de doce años de edad. ¿Quién es éste, ante quien la enfermedad crónica huye? ¿Quién es éste que levanta a una niña de los muertos? Y, ¿quién es éste que no puede ser contaminado por el contacto con lo inmundo? Jesús, el dador de la vida. Jesús, quien gobierna sobre vivos y muertos. Jesús, el que es enteramente puro y santo. |