
El Exorcista
(Marcos 1:21-2:17)

Para el 9 de Abril del 2004
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EN EL MUNDO DE HOY, muchas personas —incluso predicadores— ya no están convencidas de que Dios existe. Pero el recuento de la vida y obras de Jesús que hace Marcos confronta tales ideas directamente. Según Marcos, el primer acto público de Jesús involucró la expulsión de un demonio de dentro de un ser humano. Era sábado, y encontramos a Jesús en Capernaum, junto al lago de Galilea, enseñando a la gente que habían venido a adorar. De por sí, esto es algo sorprendente, porque Jesús no tiene credenciales; no ha asistido a las escuelas rabínicas para se considerado un expositor calificado de la ley Además, Marcos nos dice que la gente ese sábado de mañana quedó maravillada por lo que escuchó. Las enseñanzas de Jesús eran claras, novedosas, seguras, sin necesidad de comparaciones con otras fuentes, no "el rabino Hillel dice así... o el rabino Shammai, por su parte, lo explica así". De pronto un hombre gritó en la sinagoga, destrozando la calma sabática: "¿Qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para destruimos? Sé quién eres, el Santo de Dios" (Mar. 1:24). Y Jesús, interrumpiendo abruptamente su discurso, se dirigió al demonio que hablaba a través del hombre. "¡Cállate —le ordenó—, y sal de él!" (vers. 25). El hombre se sacudió violentamente y chilló mientras el diablo lo abandonaba. Y ahora los observadores del sábado quedaron aún más sorprendidos. "¿Qué es esto? —se dijeron unos a otros— ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?" (vers. 27). Sería difícil imaginar un comienzo más dramático para el ministerio de Jesús. Es el comienzo más emocionante de cualquiera de los Evangelios. Y el retrato de Jesús que el lector ve de primera instancia es de uno que enfrenta y vence los poderes del maligno. Jesucristo es el exorcista por excelencia. Ideas como éstas dejan atónita a la mente occidental moderna, acostumbrados como estamos a explicaciones derivadas de la psicología y la psiquiatría. Invitan a cada creyente que busca tomar seriamente la Biblia a la vez que mantenerse a tono con los tiempos a una experiencia de reflexión profunda. De hecho, hay mucho en este pasaje (Mar. 1:21-2:17) que invita al estudio cuidadoso y a la discusión. Nos limitaremos a cinco aspectos por la falta de espacio: (1) la forma de los respectivos relatos de los Evangelios; (2) los demonios y las posesiones demoníacas; (3) la expresión "Hijo del hombre" que Jesús empleaba a menudo para referirse a sí mismo; (4) su vida de oración, y (5) el "secreto mesiánico".
La forma de los relatos en los Evangelios Para entender la descripción de Jesús hecha por Marcos, y en particular su decisión de destacar particularmente al comienzo el exorcismo en la sinagoga de Nazaret, encontraremos útil comparar y contrastar a Marcos, como escritor del Evangelio, con Mateo, Lucas y Juan. Durante 200 años los eruditos bíblicos han intentado dilucidar cómo hicieron su trabajo Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Se han sentido intrigados por las sorprendentes similitudes y diferencias de los cuatro relatos, especialmente dentro de los Evangelios sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas. Durante algunos años, prevaleció la idea de que los cuatro escritores trabajaron mayormente "cortando y pegando", juntando trozos de los dichos de Jesús que ya circulaban entre los cristianos con otros materiales para formar sus respectivos Evangelios. Este concepto de la preparación de los Evangelios ha sido abandonado desde hace algún tiempo. Ahora sabemos que cada escritor, inspirado por el Espíritu Santo, seleccionó datos que tenía disponibles —en el caso de Mateo y Juan recuerdos personales— y otras declaraciones y milagros compartidos colectivamente por los primeros seguidores, y los moldearon para formar un cuadro distintivo e individual. Por eso es que aunque cubren los mismos temas, y gran parte del material se superpone, cada relato es distinto. Ninguno de los Evangelios es suficiente, ni podemos prescindir de ninguno de ellos. Sólo podemos captar la complejidad de Jesús de Nazaret al unir los cuatro retratos. Dios estaba detrás del proceso. Los Evangelios se originaron por su voluntad. No encontramos paralelos para ellos en la literatura humana ni en la religión. He aquí algunas maneras en las que el buscador sincero puede captar el retrato distintivo de cada escritor evangélico:
Encontrará una correspondencia entre la apertura, el comienzo del ministerio público y el cierre de cada Evangelio. De todos los materiales a la disposición de cada escritor, cada uno selecciona elementos que concuerdan con el retrato distintivo e inspirado que luego armará. He aquí un bosquejo que puede serie útil: Mateo: Abre con Jesucristo "el hijo de David, el hijo de Abrahán" (Mat. 1:1). Vemos inmediatamente que el "judaísmo" de Jesús será la consigna de este Evangelio. Mateo contempla en primer lugar una audiencia judía. Y quiere que sepan que Jesús es el Hijo de David, el Mesías que Israel ha esperado tanto. El ministerio comienza, no con un evento dramático, sino con un sermón (el Sermón del Monte, Mateo 5-7). Cinco sermones de Jesús le dan forma al Evangelio, haciendo eco a los cinco libros del Pentateuco. Así es que Jesús es el segundo Moisés, pero además de ser mayor que Moisés, también es rey. En el cierre, Jesús, ahora el Señor resucitado, todavía actúa como maestro. Comisiona a sus seguidores a hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos e instruyéndolos (Mat. 28:18-20). Lucas: Abre con la dedicación del Evangelio a Teófilo (Lucas 1:1-4). Este enfoque, común entre los escritos gentiles de su época, indica que Lucas, en contraste con Mateo, consideraba que la audiencia que quería alcanzar eran los no judíos. El ministerio de Jesús comienza con el sermón en Nazaret (Luc. 4:16-30). A diferencia del Sermón del Monte, sin embargo, el énfasis cae sobre las palabras de la Escritura (Isa. 6l:l, 2) que Jesús cita: la promesa de buenas nuevas para los pobres, libertad para los presos, la recuperación de la vista para los ciegos, y liberación para los oprimidos. Al abundar sobre el texto, Jesús muestra cómo, incluso en los tiempos del Antiguo Testamento, los gentiles tales como la viuda de Sarepta y Naamán el sirio, fueron objetos del favor de Dios. Sus palabras enfurecen a la multitud en la sinagoga y ésta lo expulsa con la intención de matarlo. El cierre: Jesús les ordena a sus discípulos que testifiquen a todas las naciones, comenzando en Jerusalén (Luc. 24:45-49). Pero en realidad éste no es el fin del relato de Lucas, porque añade una segunda parte, también dedicada a Teófilo (Hech. 1:1), en cual recuenta cómo los discípulos de Jesús en efecto llevaron el Evangelio al mundo, comenzando con los judíos en Jerusalén, y extendiéndose eventualmente mucho más allá, incluso hasta Roma, la capital del imperio (Hech. 28:16, 30, 31). Juan: Abre con las palabras más sublimes de los cuatro Evangelios. "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1). Su recuento, nos dice Juan, tiene como centro a Dios: el Dios-Creador eterno, quien durante un poco de tiempo acampó entre nosotros, y llegó a ser un ser humano "lleno de gracia y de verdad" (vers. 14). El ministerio de Jesús comienza con una serie de encuentros entre él y los hombres que llegan a ser sus primeros discípulos (vers. 35-51): Andrés, Pedro, Felipe y Natanael. Habla individualmente con cada uno de ellos, revela detalles de su carácter y les muestra su interés y su plan para ellos. Y este será el patrón de este glorioso Evangelio: Aquel que es Dios en la carne toma tiempo para hablar con gente "buena" y "mala", con teólogos y con pordioseros, con su madre y con mujeres de dudosa reputación, con gobernadores y con desconocidos. El cierre: Jesús aparece todavía hablando con Pedro y Juan y los otros. Amonesta suavemente a Pedro, lo restaura como uno de los apóstoles, y le da una vislumbre de lo que tienen por delante. Aquel que es "lleno de gracia y verdad" continúa interesado, preocupado y compasivo hasta el fin de su recorrido terrenal. Es una vida tan maravillosa, tan extraordinaria, que Juan dice que el mundo entero no podría contener todos los libros que la humanidad podría escribir sobre el tema (Juan 21:25). Y regresamos a Marcos. Ya hemos notado cómo abre con el detalle clave de que Jesús es el Hijo de Dios (Mar. 1:1). Su ministerio comienza con un encuentro dramático con las potencias de las tinieblas, lo que revela que él es precisamente lo que Marcos ha dicho que es. Ante él tiemblan los demonios y entregan sus cautivos con chillidos, reconociendo a Jesús públicamente. Las fuerzas del mal son poderosas, pero Jesús, el Hijo de Dios, es más poderoso aún. El cierre: Como veremos en otro capítulo, el fin exacto del Evangelio de Marcos se disputa. Los manuscritos más antiguos del Evangelio terminan con Marcos 16:8: "Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo". Muchos eruditos creen que Marcos no pudo haber deseado concluir su relato de una manera tan abrupta, y posiblemente tengan razón. O quizás no la tengan. El comienzo de Marcos es igualmente abrupto: "Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios". Además, las reacciones de la gente ante Jesús, vistas desde el comienzo en su exorcismo en la sinagoga de Nazaret y subsecuentemente a lo largo de este Evangelio —asombro, admiración— se repiten exactamente en Marcos 16:8.
Demonios y posesión demoníaca Para muchos cristianos en occidente, los demonios y la posesión demoníaca ya no tienen sentido ni significado. Han aceptado una cosmovisión naturalista que niega toda incursión de lo sobrenatural, según la cual ya no puede creerse en el diablo como un ser personal y los conceptos del "bien" y del "mal" han llegado a ser relativos. Uno de los eruditos más destacados detrás del giro en tales conceptualizaciones, fue el teólogo alemán del siglo XX, Rudolf Bultrnann. En una serie de libros y artículos argumentó que la ciencia moderna y la psicología habían hecho que los relatos bíblicos de milagros y exorcismos quedasen pasados de moda, de manera que el Nuevo Testamento necesitaba ser limpiado de sus "mitos". Y la mayoría de los eruditos modernos, junto con muchos miembros de las iglesias principales, han adoptado la posición de Bultrnann. Antes de unimos a la multitud, no obstante, necesitamos notar varios puntos salientes. En primer lugar, la Biblia claramente enseña la existencia de un ser personal conocido como el diablo o Satanás. Argumenta, especialmente en el Nuevo Testamento, que existe un mundo invisible que es paralelo al mundo en que vivimos y que vemos. En este mundo invisible, existen seres buenos y malos que afectan nuestra vida. El apóstol Pablo declara esta cosmovisión sucintamente: "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efe. 6:12), Intentar "desmitologizar" esta perspectiva, negar su realidad literal y relegarla a un significado espiritualizado; deshonra y distorsiona el texto. Tampoco se trata de un texto o pasaje ocasional de las Escrituras. Más bien, enfrentamos la enseñanza y las acciones de nuestro Señor. A lo largo de los Evangelios, especialmente en Marcos, encontramos que Jesús enfrenta los demonios, habla con ellos, callándolos y dándoles órdenes. De hecho, el Nuevo Testamento en varios lugares describe su obra de salvación en términos de Christus victor, un triunfo sobre los poderes del mal: "y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz" (Col. 2:15; ver también 1 Ped. 3:21, 22). Además, tenemos que preguntarnos si el pensamiento moderno ha descartado demasiado pronto el concepto de lo demoníaco. El siglo que acaba de terminar vio cómo el mal fue elevado a un nivel y escala sin precedentes en la historia humana: dos grandes guerras y decenas de guerras menores; atrocidades y violencia indescriptibles; armas de destrucción masiva capaces de destruir todo vestigio de vida sobre la tierra; Hittier, Idi Amín, Pol Pot, y una procesión de tales perpetradores del mal que el mundo no puede considerar otra cosa sino "monstruos". Si el diablo ya no existiera, ¡sería obvio que otro muy parecido ha tomado su lugar! Esta renuencia a admitir la realidad de los demonios es una característica de occidente. En otras partes, la gente no tiene problemas con el concepto. Yo enseñé durante muchos años en el Colegio Spicer, en la India, y los estudiantes en mis clases de Vida y Enseñanza de Jesús ni una sola vez expresaron dudas acerca de la veracidad de los incidentes de confrontación con los demonios que aparecen en los Evangelios. Más bien compartieron conmigo relatos similares que ellos mismos habían experimentado. Lo que descubrí en la India se aplica al África, Latinoamérica y otras partes del Asia. En un artículo de fondo, "El cristianismo que se avecina" (Atlantic Monthly, octubre 2002), el profesor de Historia Philip Jenkins analizó la tensión creciente entre el cristianismo del "norte" (Europa y América del Norte) y el cristianismo del "sur" (África, Latinoamérica y Asia). Él señala: "Por supuesto, los reformistas americanos también sueñan con la restauración de una iglesia primitiva; pero mientras que los americanos se imaginan una iglesia libre de jerarquías, supersticiones y dogmas, los del sur conciben una iglesia llena de poder espiritual y capaz de exorcizar las fuerzas demoníacas que causan enfermedad y pobreza. Y sí, la palabra correcta es 'demoníaca'. Las iglesias más exitosas del sur hablan abiertamente hoy de sanidad espiritual y exorcismo" (p. 60). Para los adventistas del séptimo día, los demonios y la posesión demoníaca no presentan un problema. Leemos el panorama de la historia en términos de un conflicto cósmico, la gran controversia entre Cristo y Satanás. El conflicto adquirió una intensidad mayor con la primera venida de Cristo cuando las fuerzas del mal alistaron sus fuerzas y su astucia en un esfuerzo por frustrar su misión de traer salvación al mundo. Por eso es que vemos a Jesús tan a menudo en un conflicto directo con los demonios en el relato de Marcos. También creemos que al final de la historia humana —poco antes de que Jesús regrese otra vez— Satanás y sus ejércitos redoblarán sus esfuerzos por mantener cautivo al mundo que él reclama como suyo. Así es que, aunque muchas personas en occidente nieguen la mera existencia de los demonios, están de todas maneras atrapadas en una batalla por la mente humana, que busca alianza ya sea a Cristo o a Satanás. Y así como Jesús triunfó sobre los poderes del mal en su primera venida, también emergerá victorioso en el tiempo del fin.
El Hijo del Hombre En Marcos 2:10 encontramos por primera vez en el Evangelio la frase "Hijo del Hombre", cuando Jesús les dice a los maestros de la ley: "Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados". La expresión, que ocurre un total de 14 veces en Marcos, es la designación de sí mismo que Jesús más utiliza a través del Evangelio. Es interesante que en ninguna parte encontramos que otra persona le haya aplicado el término a él. El empleo de "Hijo del Hombre" de parte de Jesús es intrigante. A nosotros nos suena extraño, por decirlo suavemente. Por ejemplo, el presidente de los Estados Unidos no dice: "El presidente ha decidido que..." Es obvio que Jesús escogió la expresión con cuidado para expresar a sus seguidores y a las personas en general quién era y cuál era la naturaleza de su misión. Pero, ¿qué quiso decir Jesús con "Hijo del Hombre"? Los eruditos han debatido fieramente el tema y han producido decenas de artículos y libros sobre el mismo, pero no han llegado a consenso alguno sobre su significado. Mientras que algunos buscan la respuesta en los escritos extrabíblicos asociados con el período del Nuevo Testamento, creo que las raíces bíblicas de la expresión proveen la clave. Encontramos las expresiones "un hijo de hombre" o "hijos de hombre" a menudo en el Antiguo Testamento con el sentido de "hombre" o "meramente hombre" o "ser humano" (ver Sal. 8:4; 144:3; 145:12). A través del libro de Ezequiel, Dios se dirige al profeta como "hijo de hombre" (2:1, 3, 6,8). Sin embargo, Ezequiel no emplea el término por sí mismo. Todas estas ocurrencias de "hijo de hombre" en el Antiguo Testamento claramente subrayan la humanidad del sujeto. Sin embargo, en el libro de Daniel encontramos un uso singular que aparece en un contexto sorprendente: "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre [“el Hijo del hombre" en la KJV], que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él" (Dan, 7:13). Aquí observamos "hijo de hombre" aplicado a un ser particular en el cielo quien recibe autoridad, gloria y poder, y quien es adorado universalmente (vers. 14). Estos usos de "hijo de hombre" en el Antiguo Testamento, a mí me parece, proveen a Jesús una auto designación que concuerda exactamente con su Persona y misión. A través de la Encamación, Jesús verdaderamente se convirtió en uno con nosotros; él era el Hijo del hombre, hueso de nuestros huesos, carne de nuestra carne. Pero él era más que humano. Vino del cielo y regresó al cielo, y en el proceso recobró el mundo para Dios, de manera que "en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confíese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Fil. 2:10,11). Jesús era el liberador que Israel tanto esperaba, el Mesías, y cuando Pedro declaró que lo era, Jesús no lo corrigió (Mat. l6:l6, 17; note que "Cristo" es el equivalente griego de la palabra hebrea "Mesías"). Pero para el tiempo de Jesús, la expectación se concentraba en el papel del Mesías como uno que traería victoria sobre los detestables romanos, quienes ocupaban la tierra. Sin embargo, Jesús vez tras vez renunció a la función política de su misión, y rechazó ser el líder de un movimiento revolucionario que expulsara a los invasores por la fuerza. Probablemente, por eso es que evitó el uso del problemático término Mesías para sí mismo. Aunque Larry Hurtado no conecta el uso de "Hijo del Hombre" de parte de Jesús con Daniel 7:13, capta la esencia del término: "Este hijo de hombre, este humano, de hecho no es meramente otro humano, sino que ejerce una autoridad divina. El empleo del término refleja el mensaje total de Marcos, que el hombre Jesús es en efecto el Hijo de Dios (1:1; 15:39). Sin intentar tratar aquí todos los detalles concernientes a la historia del uso del término, podemos concluir con certeza que el término —tal como lo emplea Marcos— describe a Jesús como un ser humano a quien no se lo reconoce por lo que es en realidad. El término el Hijo del Hombre es el título 'externo' o 'público', que de por sí no expresa una dignidad especial u obvia. Pero, porque ya se nos ha informado cuál es el significado real de Jesús (el Hijo de Dios, Mar. 1:1) notamos la ironía del título. El título transmite el escándalo de Jesús, que este hombre común (a los ojos de sus contemporáneos que no lo comprenden) pueda enseñar y actuar con una autoridad tan radical y sorprendente" (Larry W. Hurtado, Mark, p. 24)
La vida de oración de Jesús En Marcos 1:35 encontramos un cuadro revelador de Jesús: "Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba". Jesús había tenido un día sumamente ocupado. Había enseñado en la sinagoga, echado mera demonios y sanado a la suegra de Pedro. Después de la puesta de sol, la gente se agolpó ante su puerta —dice Marcos que "toda la ciudad"— con sus enfermos y sus endemoniados. Y Jesús se entregó a sí mismo generosamente para aliviar el dolor y el sufrimiento. No sabemos cuándo Jesús se retiró a descansar ese sábado de noche, pero debe haber sido muy tarde. ¿Se habrá dormido instantáneamente, completamente exhausto? ¿O habrá revivido en su mente episodio tras episodio de aquel día? Sea cual mere el caso, la noche fue corta para él. Quizá tuvo unas pocas horas de sueño, quizá unas cinco cuando más, pero bastante antes de que amaneciera, se había levantado y dejado la casa, caminando a la luz tenue de las estrellas hasta encontrar un lugar solitario. Para Jesús, la oración era más importante que el sueño. En una sucinta declaración, Elena de White captura el papel de la oración en su vida y ministerio: "Como humano, la oración me para él una necesidad y un privilegio. Encontraba consuelo y gozo en estar en comunión con su Padre. Y si el Salvador de los hombres, el Hijo de Dios, sintió la necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros, débiles mortales, manchados por el pecado, no debemos sentir la necesidad de orar con fervor y constancia!" (El camino a Cristo, p. 93). Que haya sido un privilegio, podemos entenderlo, que haya sido una necesidad es otra cosa. Sólo cuando captamos la fuerza de ese elemento es que advertimos que Jesús era verdaderamente uno con nosotros en fragilidad y debilidad, que enfrentaba las mismas luchas y pruebas que nosotros enfrentamos, y que necesitaba la misma ayuda divina que nosotros hemos de tener para vencer. Marcos menciona que Jesús oró en otras dos ocasiones: luego de alimentar a los 5.000 (Mar. 6:46) y en el Getsemaní (Mar. 14:32-39). Lucas, no obstante, registra ocho ocasiones en que Jesús oró (Luc. 3:21; 5:16; 6:12; 9:18, 28; 11:1; 22:32, 41), y señala que en una ocasión Jesús pasó toda la noche en oración (Luc. 6:12). ¡Cuan negligentes somos los que profesamos seguir las pisadas de Jesús! Neciamente pensamos que podemos vivir la vida cristiana y hacer la obra del Señor con nuestras propias fuerzas. Tenemos tiempo para comer, beber y dormir; tiempo para ir de compras y de fiestas; tiempo para ver TV y leer el periódico; pero estamos "demasiado ocupados" para orar. En verdad, estamos demasiado ocupados como para no orar. Dedicamos horas incontables en reuniones de comités pero dedicamos pocos instantes al Señor. Aunque planificamos y discutimos y hacemos presupuestos, lo hacemos en base a nuestras limitadas fuerzas y nuestra sabiduría imperfecta. El camino del Señor es muy sencillo, pero es el único que puede traernos el éxito en nuestra vida cristiana o nuestro ministerio. Es sencillo, pero a la misma vez, difícil. Porque orar de verdad es confesar nuestra impotencia, rendirse uno mismo ante la fortaleza del Señor, invitarlo y permitirle a él que se apodere de nuestro corazón y nuestras obras. Y para nuestro orgulloso yo, esto es bastante duro. . Note otro aspecto del relato de Marcos: la necesidad de un lugar y momento tranquilos. En el mundo frenético y alocado de hoy, se hace cada vez más difícil encontrar paz. Pareciera que más y más personas no toleran el silencio, no importa el lugar o la ocasión. Tienen que llenar cada momento y cada espacio con sonido, y sonidos de alto volumen. ¿Por qué temen el silencio? ¿Será que no quieren darle oportunidad a Aquel que dijo: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios" (Sal. 46:10)? Creo que los momentos de silencio son absolutamente necesarios para la salud mental y espiritual. Cuando estamos solos y callados, podemos mirar en lo profundo de nuestro ser y descubrir quiénes somos y llegar a sentimos cómodos con nosotros mismos. Y solos y en silencio, Dios nos comunica las maravillas de su amor y los misterios de sus propósitos para nosotros. Todos los grandes hombres y mujeres de fe han conocido v seguido este régimen de silencio: Enoc, quien caminó con Dios; Abrahán, quien comulgó con Dios bajo los cielos estrellados; Moisés, en el desierto de Madián; David el niño pastor que cuidaba los rebaños de su familia; Ester, quien buscó la dirección v fuerza divinas antes de presentarse ante el rey en nombre de su pueblo; el joven Isaías que oraba en el templo; Daniel, el administrador, que oraba en Babilonia. Martín Lutero, quien oraba de madrugada; Elena de White, sentada a su escritorio mucho antes de que amaneciera, etc. Y Jesús, quien se levantaba muy temprano, después de unas pocas horas de sueño, para ir a un lugar solitario y buscar la voluntad de su Padre.
El secreto mesiánico Tres veces en Marcos 1:21-2:13, el escritor nos dice que Jesús dejaba "asombrados" a aquellos que lo vieron y escucharon. Los adoradores en las sinagogas se admiraban de su doctrina (Mar. 1:22), y luego se asombraron ante el exorcismo (vers. 27), mientras que los que presenciaron la curación del paralítico bajado del techo también quedaron asombrados (Mar. 2:12). Cuando nos adentramos en el Evangelio de Marcos encontramos que sus propios discípulos también quedaban asombrados ante lo que Jesús hacía y decía. A veces sus acciones los aterrorizaban. Vez tras vez no pudieron captar quién era y lo que había venido a hacer. Esto se aplica hasta el final. Aunque les dice que irá a Jerusalén, donde será rechazado, burlado, golpeado, escupido y asesinado, para luego resucitar, quedan perplejos. No lo entienden. Pero hay otros que sí; no seres humanos, sino demonios. En Marcos 1:24, el demonio vocifera a través de los labios del hombre que posee: "Sé quién eres, el Santo de Dios". En el relato de Marcos encontramos varios demonios que hacen declaraciones similares. Su Evangelio teje la historia de Jesús dentro de un emocionante relato que trata con el interrogante de su identidad. Para las multitudes, es un hombre que dice y hace lo increíble, mientras que para sus seguidores es un ser maravilloso a la vez que misterioso, alguien que no encaja dentro del molde de sus ideas preconcebidas. A medida que progresa el Evangelio, la tensión crece y alcanza su clímax en el rechazo y la crucifixión en Jerusalén, y finalmente en la tumba vacía. Sin embargo, para el lector, la historia de Jesús se desarrolla en un nivel diferente. El lector sabe desde el comienzo algo que ni las multitudes ni los discípulos captan, que Jesús es el "Hijo de Dios", o al menos que Marcos cree y entiende que esta es la clave para desentrañar el misterio de esta enigmática figura. El Evangelio de Marcos es una especie de relato detectivesco. Los misterios, un tipo de literatura que parece ser una especialidad de los escritores británicos, típicamente describen un crimen, esparcen pistas que señalan culpabilidad, y exhiben varios sospechosos ante el lector. El autor conduce al lector en un camino de descubrimiento junto con el detective, quien finalmente desenmascara al asesino. Sólo al final es que el lector entiende. No obstante, ocasionalmente, los misterios siguen el curso opuesto: el lector sabe quién es el asesino desde el comienzo, y el interés consiste en seguir al detective a medida que él o ella metódicamente descubre cómo se cometió el crimen y finalmente confronta al asesino. Este era el enfoque de la serie televisiva Colombo (dudo que tenga la misma efectividad en forma impresa). En el Evangelio de Marcos vemos ambos enfoques operando en manera simultánea. El Evangelio es un misterio, expresado por la pregunta de los discípulos, "¿quién es éste?" (Mar. 4:41), a la vez que Jesús mismo les pregunta: "¿Quién dicen los hombres que soy yo? (Mar. 8:27), y "vosotros, ¿quién decís que soy?" (vers. 29). Para la gente y los discípulos, el misterio de Jesús gradualmente se va aclarando, aunque incluso al final, pocos captan de qué trata en realidad. El libro cierra con sus discípulos asombrados, temblorosos y confundidos, sin todavía entender ni creer. Pero para el lector, el misterio se resuelve desde el comienzo, si decide aceptar las primeras palabras de Marcos. El Evangelio sigue un proceso de develar cómo es el Hijo de Dios en palabra y acción, y lo que su misión sobre la tierra involucraba en términos de propósito y experiencia. Jesús es el Mesías, pero el Mesías secreto, que rechaza la aclamación y las expectativas asociadas popularmente con el término. Para las multitudes y en casi todo momento, es un obrador de milagros intrigante y enigmático, uno que rechaza las fórmulas y muere una muerte horrible. Pero para el creyente, aquel que "entiende", él es el Mesías en verdad, el Hijo de Dios descendido del cielo para obrar la salvación eterna del mundo. |