
Calvario
(Marcos
15:1-41)

Lección 12
Para el 18 de Junio del 2005
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TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN AL CALVARIO, todos los caminos construidos en cualquier parte, en cualquier tiempo. El Calvario es el punto focal de la historia. Todo lo que está antes converge hacia él, y todo lo que está después yace a su sombra. Como escribió el apóstol, d Calvario se encuentra "en la consumación de los siglos" (Heb. 9:26). Y esto plantea la pregunta suprema de todos los tiempos: ¿Quién fue este hombre que murió allí? Durante el transcurso de siglos los romanos crucificaron a miles, pero de alguna manera esta cruz es diferente. En ese viernes —Viernes Santo para los cristianos— fueron erigidas tres cruces. Las cruces a ambos lados de Jesús sostuvieron a sendos criminales. No conocemos sus nombres, ni la historia toma nota de ellos. El drama gira en torno a la cruz que está en el centro, la voz de Jesús. A los creyentes, el Calvario proporciona la comprensión definitiva de los grandes interrogantes de la historia. La respuesta a preguntas vitales como las siguientes: ¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Cómo es Dios? ¿Qué es bueno y qué es malo? La historia secular casi no provee información sobre Jesús. Todo lo que los escritores romanos notaron en cuanto a él —y cuan poco es— fue que vivió un judío llamado Jesús, y que fue crucificado cuando Poncio Pilato gobernaba Judea. Mateo, Marcos, Lucas y Juan nos dicen mucho más. Para cada uno de ellos los eventos del Viernes Santo forman el clímax del relato de fe de Jesús que han estado desarrollando. No intentan minimizar la historia. Ni revelan ningún indicio de vergüenza porque Aquel a quien confiesan como Señor murió como un criminal común, ni hacen ningún esfuerzo para excusar o explicar qué ocurrió. Su tono presagia el de Pablo: "Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo" (Gal. 6:14). Los relatos de la crucifixión en los cuatro evangelios concuerdan en el cuadro amplio pero muestran variaciones individuales en detalles. Al juntar los pedazos de la historia de todos ellos descubrimos que Jesús declaró siete dichos desde la cruz. Marcos registra sólo uno, el angustioso "Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mar. 15:34). Él también nos dice que Jesús lanzó un fuerte grito justo antes de expirar (vers. 37). Muy posiblemente el primero de los cuatro que fue escrito, el relato del Calvario que hace Marcos produce un impacto poderoso. En un lenguaje simple, directo, sin adornos, nos dice qué ocurrió ese día. No interpreta sino simplemente relata la historia y deja que el lector decida qué hacer con ella. Un desfile de personajes pasa por el escenario, y cada uno de ellos nos invita a reflexionar. Pilato, el cruel oficial, quien, por extraño que parezca, llegó a ser un santo en la tradición cóptica; Barrabás, que quedó libre de castigo, en cierto sentido un símbolo de nosotros; Simón de Cirene, que llevó la cruz de Jesús; los soldados, que echaron suertes por su vestimenta; el centurión, que supervisó la escena y, al observar cómo Jesús murió, exclamó: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (vers. 39): el único ser humano a quien Marcos identifica en su Evangelio que haya usado esta expresión sobre Jesús (en toda otra ocasión son Dios y los demonios los que llaman a Jesús "Hijo de Dios"). Pero en cambio, dirijamos nuestra vista sólo a Jesús. "Había algunas mujeres mirando de lejos", nos dice Marcos (vers. 40). ¿Dónde estaban los discípulos? No sabemos. Pero las mujeres quedaron allí. Observaron cuando Jesús sufrió y murió, luego observaron cuando el cuerpo de Jesús fue colocado en la tumba de José. Temprano el domingo de mañana vinieron para encontrar la tumba vacía. De modo que unámonos a ellas ese viernes, y tratemos de entender con ellas lo que estaba sucediendo. ¿Qué ven? ¿Qué significa todo esto?
Gólgota "Condujeron a Jesús al lugar llamado Gólgota (que significa: Lugar de la Calavera). Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero no lo tomó. Y lo crucificaron" (vers. 22-24,NVI). Los romanos no inventaron la cruz. Ese dudoso honor probablemente pertenece a los fenicios. Pero los romanos la adoptaron y la emplearon durante siglos para refrenar en forma efectiva la oposición a su imperio. Erigieron decenas de miles de cruces para imponer el gobierno romano. La cruz se adaptaba idealmente a sus propósitos. Era prominentemente un medio de ejecución pública. Hacían desfilar a los oponentes a la Pax Romana a través de las calles llevando su cruz o parte de ella. Los transeúntes verían... y temblarían. El mismo lugar de ejecución era público. ¡Que las multitudes viesen la suerte de cualquiera que se atrevía a levantarse contra Roma! Y la muerte venía lentamente. La víctima podía durar días, clavada o atada a la cruz, hasta que la exposición a la intemperie y la pérdida de fluidos corporales traían finalmente una misericordiosa liberación. Los romanos emplearon la cruz extensamente, pero nunca con sus propios ciudadanos. Era muy raro que algún ciudadano romano mese crucificado. Cuando los emperadores ignoraban ocasionalmente esta restricción, se producían como resultado grandes disturbios e indignación general. La cruz era un símbolo de vergüenza y humillación, demasiado horrendo para un ciudadano de Roma. El apóstol Pablo, por ejemplo, un ciudadano romano, no fue crucificado. Fue ejecutado con la espada. Pero Jesús de Nazaret, por carecer de ciudadanía romana, podía ser crucificado, y lo fue. "El inmaculado Hijo de Dios pendía de la cruz: su carne estaba lacerada por los azotes; aquellas manos que tantas veces se habían extendido para bendecir, estaban clavadas en el madero; aquellos pies tan incansables en los ministerios de amor estaban también clavados a la cruz; esa cabeza real estaba herida por la corona de espinas; aquellos labios temblorosos formulaban clamores de dolor. "Y todo lo que sufrió: las gotas de sangre que cayeron de su cabeza, sus manos y sus pies, la agonía que torturó su cuerpo y la inefable angustia que llenó su alma al ocultarse el rostro de su Padre, habla a cada hijo de la humanidad y declara: Por ti consiente el Hijo de Dios en llevar esta carga de culpabilidad; por ti saquea el dominio de la muerte y abre las puertas del Paraíso. El que calmó las airadas ondas y anduvo sobre la cresta espumosa de las olas, el que hizo temblar a los demonios y huir a la enfermedad, el que abrió los ojos de los ciegos y devolvió la vida a los muertos, se ofrece como sacrificio en la cruz, y esto por amor a ti. Él, el Expiador del pecado, soporta la ira de la justicia divina y por causa tuya se hizo pecado" (El Deseado de todas las gentes, pp. 703, 704).
Una cruz romana "Y el título escrito de su causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS" (Mar. 15:26). La gente había venido para verlo morir. Los pescadores forcejeaban por un lugar con los comerciantes, y los sacerdotes se codeaban con las amas de casa para tener una mejor vista. Algunos lo conocían bien; otros prácticamente no lo conocían. Muchos habían venido sólo para ver el espectáculo, para verlo morir. Un número de ellos reían y bromeaban a medida que se desarrollaba la ejecución. Unos pocos lloraban, pero tenían que hacerlo discretamente. Los romanos crucificarían instantáneamente a cualquiera que mostrase simpatía por la víctima. La ejecución llevaría un buen tiempo —ciertamente varias horas— de modo que se sentaban sobre el pasto y las rocas para esperar. Los soldados también estaban allí. Algunos de ellos estaban de pie, en guardia. Después de un rato uno de ellos comenzó un juego de azar. Una ejecución no era nada nuevo para ellos; habían presenciado escenas similares muchas veces antes. Sin embargo, esta muerte pública era diferente. ¿Cómo podían estas personas haber sabido que antes del fin del día el oficial a cargo declararía: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (vers. 39)? ¿Cómo podían comprender que la ejecución que estaban llevando a cabo llegaría a ser el símbolo de una nueva religión? Con la multitud lo contemplamos mientras pende moribundo de la cruz. Nos preguntamos: ¿Cómo ha llegado él a esto? "¡Detengan este flagrante error de la justicia!", queremos gritar. "¿Quién es el responsable de este acto diabólico?" Y mientras lo observamos, llegan las respuestas. Lentamente. Cuatro de ellas. Por supuesto, ¡los romanos fueron responsables! Esos soldados alrededor de la cruz, ese oficial, todos romanos. Autoridades romanas dieron las órdenes para su muerte. Lo clavaron a una cruz romana. Legalmente, esta es una ejecución romana. Los judíos no ejecutaban por crucifixión. Apedreaban a muerte a los ofensores. Pero la Palestina del primer siglo estaba bajo el yugo de Roma, y los judíos ya no teman autoridad para emitir el decreto de muerte. "A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie", le dijeron ellos al gobernador romano (Juan 18:31). Un gobernador romano firmó el decreto de muerte. "¿No sabes que tengo autoridad parar crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?", le preguntó Poncio Pilato a Jesús (Juan 19:10).
Una cruz judía "¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?", demandó Pilato a la multitud. "¡Crucifícale!", gritaron. "¿Pues qué mal ha hecho?", insistió Pilato. Pero ellos gritaron aún más fuerte: "¡Crucifícale!" (Mar. 15:12-14). Jesús murió en una cruz romana, pero la situación es mucho más compleja que esto. Los romanos mataron a Jesús, pero lo hicieron a instigación del propio pueblo de Jesús. La cruz de Jesús es más que una ejecución legal; es una cruz de rechazo. "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (Juan 1:11). Cuando Pilato se declaró inocente de la sangre de Jesús, la multitud gritó: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mat. 27:25). De modo que la inscripción en la cruz: "El Rey de los Judíos" (Mar. 15:26), palpita con expresión patética. ¿Pero fueron los judíos los asesinos de Cristo? Mientras que su rechazo trágico de Jesús como su rey es un hecho histórico, ¿los condenó Dios luego como pueblo, para llevar siempre su culpa, para sufrir siempre la maldición divina? Cuando regresamos a los relatos de los evangelios de la crucifixión de Jesús, emergen algunos datos interesantes. Notamos declaraciones como ésta: "Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos. Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque éste le tenía por profeta" (Mat. 21:45,46). Los enemigos de Jesús trazaron planes para tomarlo furtivamente. "No durante la fiesta —dijeron—, para que no se haga alboroto en el pueblo" (Mat. 26:5). Y en la farsa de juicio ante Pilato, "los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto" (Mat. 27:20). Los miembros de la jerarquía religiosa habían persuadido al pueblo a apoyar sus demandas. Si hablamos de asesinos de Cristo, deberíamos limitar el término a los líderes eclesiásticos, sin incluir a los judíos como pueblo. Los discípulos de Jesús apoyan este punto de vista: "Y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron" (Luc. 24:20). La muerte de Cristo, entonces, no da una justificación teológica para el antisemitismo. ¿Y hemos olvidado su propia oración desde la cruz: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34)? ¡Seguramente su propia petición no tiene que permanecer sin respuesta por la eternidad! De modo que nos sentamos sobre el pasto, para contemplar al Jesús moribundo. La cruz —su cruz— es legalmente una cruz romana. Religiosamente, significa su rechazo por los dirigentes de su propio pueblo. Pero mientras continuamos sentados y observando, comprendemos que la cruz representa algo más. Es una cruz divina.
Una cruz divina "De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar" (Mar. 15:31). Cuando Pilato en la sala de juicio se jactó de su autoridad, Jesús le dio una respuesta sorprendente: "Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba", dijo el Señor (Juan 19:11). También en el huerto de Getsemaní en el momento de su arresto —mientras los discípulos se preparaban para defenderlo—, él comentó: "¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?" (Mat. 26:53). Tales ideas alteran drásticamente nuestra comprensión de la cruz. Fue claramente más que un error judicial de la justicia romana, más que un trágico fracaso judío. De alguna manera Dios estaba mucho más dentro y detrás de la muerte de Jesús. Jesús, en realidad, esperaba la cruz. Meses antes de llevarla, había hablado de su muerte en Jerusalén. A lo largo de su ministerio aludió a "mi tiempo", o "su hora... que aún no había llegado" (Juan 7:6, 30; 8:20). Constantemente esperaba los eventos finales de su vida. Cuando entró en la última semana sabía cuál sería su fin: "Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado", dijo (Juan 12:23). Y luego: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo" (vers. 32). De modo que en un sentido ni los romanos ni los judíos mataron a Jesús. Ni Pilato ni los principales sacerdotes podrían haber tenido poder sobre él a menos que él les hubiese permitido. A lo largo de los siglos los romanos erigieron decenas de miles de cruces. Pero ésta permanece sola en su singularidad. Fue una ejecución, pero mucho más que eso. Dios estaba llevando a cabo un plan divino con la muerte de Jesús. "Cristo murió por nuestros pecados", era la afirmación de los primeros cristianos (I Cor. 15:3). Él gustó la muerte por todos, así creían y predicaban (Heb. 2:9,10). Ahora comenzamos a entender por qué la cruz está envuelta en misterio, divino misterio. Los sufrimientos físicos, aunque intensos, fueron la parte menor de las aflicciones de Jesús. Aguda angustia mental y espiritual golpeó su ser. Su agonizante grito de desolación —"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mar. 15:34)— me el grito de un alma que se asoma al voraz abismo de la no existencia eterna. De modo que la cruz es una cruz divina. A través de su terrible sufrimiento Jesús murió vicariamente. No estaba siendo castigado por Dios, porque Dios lo había enviado (Juan 3:16). Antes bien, a través de esa cruz Dios estaba "reconciliando consigo al mundo" (2 Cor. 5:19). Las respuestas han llegado lentamente mientras hemos contemplado a Jesús. Nos han sorprendido. Y la cuarta respuesta es espantosa. ¿Estamos listos para oírla?
Mi cruz "Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras" (1 Cor. 15:3). El apóstol Pedro declaró de Jesús que "no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertosa los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados" (1 Ped. 2:22-24). ¿Dónde están los romanos? ¿Dónde están los dirigentes judíos? No figuran; sólo "nuestros pecados" aparecen aquí. Todo el Nuevo Testamento enseña que Cristo murió por nuestros pecados, no por los suyos. Jesús es el Cordero de Dios, "que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Él es la expiación de Dios por los pecados cuando lo recibimos por fe como un don gratuito (Rom. 3:21-25). Y él es sabiduría de Dios, cuya cruz es insensatez para los griegos y piedra de tropiezo para los judíos, pero poder divino para salvar a todos los que creen (1 Cor. 1:18-25). Mucho antes que viniese, Isaías había predicho que sería el Siervo Sufriente. "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargo en él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:4-6). ¿Condenaremos a los romanos? Debemos protestar que se hayan burlado de los principios de justicia elemental en la muerte de Jesús. Pero debemos condenamos a nosotros también. ¿Llamaríamos a los judíos asesinos de Cristo? Lamentamos su rechazo trágico de Jesús. Pero también nosotros nos declaramos culpables. ¿No nos representaron a todos nosotros? Ni tú ni yo habríamos hecho mejor. Cada uno de nosotros también lo habría crucificado. En realidad, ¡nosotros lo crucificamos. Él murió por nuestros pecados. "¿Dónde estabas cuando el Señor murió?", desafía el viejo espiritual. Y ahora sabemos que estuvimos allí. Su cruz es la cruz de cada persona, porque cada uno es un pecador. ¡De modo que es mí cruz! Esta es la razón por la cual la historia del Calvario persigue a la humanidad hasta el día de hoy. Nos vemos a nosotros mismos; me veo a mí mismo. Pero las buenas nuevas del cristianismo son que su cruz fue mi cruz. Ya no es mía. Él la tomó; la tomó en su vergüenza y desgracia, en su humillación y desesperación. Y porque él lo hizo, la transformó de una maldición en una bendición; de la oscuridad en la luz; de la desesperación en esperanza; y de un símbolo de muerte en uno de vida. ¿Quién mató a Cristo? La respuesta bíblica es casi demasiado chocante, personalmente chocante, como para repetirla. ¡Yo maté a Cristo! Pero esto no me deja sin esperanza. Porque la cruz es también el clímax de un plan divino, es mi salvación. A través de su muerte encuentro vida. "¿Por qué me has desamparado?" "Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mar. 15:34). Aunque en la tierra la gente se burlaba e insultaba al Hombre que estaba en la cruz del centro, y sólo unas pocas mujeres lloraban por él, en el cielo los cantos se habían acallado. El corazón del Padre sufría con la angustia del Hijo, y los ángeles miraban asombrados hasta qué extremo iría el amor divino a fin de ganar de vuelta a un mundo perdido. Alrededor del mediodía cayó una extraña oscuridad sobre Jerusalén. Fue como si la naturaleza inanimada, sufriendo con su Creador, echase un velo sobre sus horas finales. Jesús estuvo silencioso por un largo rato; luego lanzó un grito terrible: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (vers. 34). Que aquellos que suponen que Cristo no podría haber fracasado escuchen ese lamento desde la cruz. Y que aquellos que razonan que los sufrimientos de Jesús no eran reales porque él era Dios y sabía que todo terminaría en triunfo, lo escuchen también. Es el grito de alguien abandonado por Dios, el sollozo del desamparo y la desesperación. Y cuando el diablo viene con sus tentaciones, cuando los placeres del pecado excitan nuestros sentidos y el camino de Jesús parece duro y árido, recordemos ese gemido desgarrador desde las tinieblas. Nos dice para siempre cuan terrible es el mal y cuan maravilloso es el amor de Dios. Jesús, que había disfrutado de una comunión ininterrumpida con el Padre, ahora se sintió abandonado. ¿Por qué? "Sobre Cristo como sustituto y garante nuestro fue puesta la iniquidad de todos nosotros. Fue contado por transgresor, a fin de que pudiese redimimos de la condenación de la ley La culpabilidad de cada descendiente de Adán abrumó su corazón. La ira de Dios contra el pecado, la terrible manifestación de su desagrado por causa de la iniquidad, llenó de consternación el alma de su Hijo... "Con fieras tentaciones, Satanás torturaba el corazón de Jesús. El Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba. La esperanza no le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba de la aceptación de su sacrificio por el Padre. Temía que el pecado fuese tan ofensivo para Dios que su separación resultase eterna. Sintió la angustia que el pecador sentirá cuando la misericordia no interceda más por la raza culpable. El sentido del pecado, que atraía la ira del Padre sobre él como sustituto del hombre, fue lo que hizo tan amarga la copa que bebía el Hijo de Dios y quebró su corazón" (El Deseado de todas las gentes, p. 701).
El fuerte grito "Entonces Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró" (Mar. 15:37, NVI). Por el relato de Juan sabemos que las últimas palabras de Jesús fueron, "Consumado es" (Juan 19:30). ¿Qué clase de declaración fue ésta? ¿Fue un quejido de alivio —"Por fin esto ha terminado"—, o fue una declaración triunfal de que Jesús había ganado la batalla decisiva para nuestra salvación? Seguramente esto último. "Cristo no entregó su vida hasta que hubo cumplido la obra que había venido a hacer, y con su último aliento exclamó: 'Consumado es'. La batalla había sido ganada. Su diestra y su brazo santo le habían conquistado la victoria. Como Vencedor, plantó su estandarte en las alturas eternas. ¡Qué gozo entre los ángeles! Todo el cielo se asoció al triunfo de Cristo. Satanás, derrotado, sabía que había perdido su reino" (Ibíd., p. 706). Sus últimas palabras en la cruz han inducido a los cristianos evangélicos a hablar de la "obra terminada de Cristo". A algunos otros cristianos no les agrada este lenguaje porque puede usarse para poner a un lado el permanente ministerio sumo sacerdotal de Jesús en las cortes celestiales. Sin embargo, en varios sentidos podemos cobrar aliento legítimamente en el hecho de que el grito de despedida de Cristo indicó un momento decisivo en el tiempo:
Con ese grito el velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos. El sistema de sacrificios y ofrendas dado antiguamente a Israel llegó a su fin. Todas las muertes multiplicadas de los animales no podían en sí mismas expiar el pecado; meramente educaban al pueblo de Dios en el plan de salvación, señalando hacia el Cordero de Dios, que quitaría el pecado del mundo (Juan 1:29). Conmemoramos la muerte de Jesús cuando participamos de la Cena del Señor. Pero el pan y el vino son meramente símbolos para ayudarnos a representar la última comida de Cristo. No son la carne y la sangre de Cristo, porque él murió una vez para siempre, un sacrificio totalmente suficiente (Heb. 9:26, 28).
La cruz fue el arma final y más poderosa de Satanás quien pensó que la Majestad del cielo nunca se rebajaría a tal humillación. Pero lo hizo, y reveló el poder incomparable del amor. Y de ese modo el diablo se expuso a sí mismo. Es un asesino y un mentiroso quien, a pesar de sus reclamos y engaños, se rebajara a cualquier extremo a fin de cumplir sus objetivos.
La guerra continúa, pero no hay la menor duda en cuanto a su conclusión. Cristo ganó la batalla decisiva. Satanás es un enemigo derrotado. Él hirió el calcañal de Cristo, pero el Calvario le asestó el golpe de muerte a su cabeza. Alabado sea Dios, "¡Consumado es!" nos da fuerza en nuestras luchas ahora y la seguridad de nuestra vida eterna en él.
Perdón en la cruz "Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mar. 15:39). Ataron a Jesús, pero no pudieron restringir su poder para dar libertad a los seres humanos. Lo clavaron a una cruz, pero aun mientras pendía moribundo trajo perdón a la gente que lo rodeaba. Considere a los tres hombres que en ese día encontraron salvación en él: Simón Cireneo, el criminal que estaba a su lado y el centurión. Simón aparentemente se encontró con Jesús por casualidad. Ocurrió que estaba de paso cuando Jesús, que arrastraba la viga transversal de la cruz camino al Gólgota, tropezó y cayó bajo su peso. Cuando Simón se detuvo y expresó compasión, los soldados lo reclutaron para llevar la pesada viga. ¿Casualidad? No, los cálculos de Dios son exactos: Puso a Simón en ese lugar y en ese momento. Y Simón no sólo alivió la carga de Jesús sino que llegó a ser un creyente. De ese modo Jesús pudo tomar la propia carga de Simón y ponerlo en libertad. El ladrón moribundo parecía ser el candidato más improbable para el cielo. Su vida yace en ruinas, y le quedan sólo unos pocos granos de arena en su reloj del tiempo. ¿Quién podría abrigar esperanza para un criminal endurecido como ése? Pero Dios vio las cosas en forma diferente. Nunca dé por perdido a ningún individuo, no importa cuan desahuciado pueda él o ella parecer, no importa cuan hundido en el pecado. Si el criminal en la cruz pudo encontrar salvación el Viernes Santo, también puede hallarla cualquier persona que podamos encontrar. El poder del amor de Jesús, que toca un corazón humano en su hora de extrema necesidad, puede hacer retroceder el pasado y traer nueva vida. A un extranjero que pasaba por el lugar, al criminal en la angustia de su muerte y hasta a un oficial romano, Jesús les trajo perdón mientras moría. "En el cuerpo magullado y quebrantado que pendía de la cruz, el centurión reconoció la figura del Hijo de Dios. No pudo menos que confesar su fe. Así se dio nueva evidencia de que nuestro Redentor iba a ver del trabajo de su alma. En el mismo día de su muerte, tres hombres, que diferían ampliamente el uno del otro, habían declarado su te: el que comandaba la guardia romana, el que llevó la cruz del Salvador v el que murió en la cruz a su lado" (Ibíd., p. 715). Jesús todavía perdona. Esa cruz levantada en alto en el Calvario nunca perderá su poder. A los hombres y las mujeres de todas las razas y en toda circunstancia ofrece hoy esperanza y libertad. ¿He encontrado su poder? ¿Tomaré hoy la cruz? |