
¡Crisis!
(Marcos 14:1-52)

Lección 11
Para el 11 de Junio del 2005
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LLEGAMOS FINALMENTE al clímax del ministerio de Jesús. Con ese propósito nació, ¡nació para morir! Fue el Cordero "inmolado desde el principio del mundo" (Apoc. 13:8). El pesebre de Belén ya con tema una cruz. En un sentido todos nacemos para morir. Junto a los impuestos, la muerte es el gran hecho inevitable en la experiencia humana. Como nos dice Eclesiastés, "los que viven saben que han de morir" (Ecl. 9:5). Debido a que venimos a este mundo maldito y arruinado por la caída de la raza, nuestra vida es un drama de un solo acto: hermoso, a menudo cómico, pero siempre trágico. Cada vida termina de la misma manera en este drama. Pero el Bebé de Belén enfrentaría la muerte en forma diferente a cualquier ser humano que hubiese vivido antes o después. Confrontaría la muerte, lucharía contra ella y la vencería. Por su muerte libertaría a la humanidad; por su sufrimiento desataría el gozo; y por su desesperación traería esperanza. El momento de su muerte sería al mismo tiempo trágico y glorioso, combinando la derrota con la victoria, la extinción con la salvación. Toda la historia y toda la humanidad estuvieron en suspenso en ese momento. Los últimos tres capítulos del Evangelio de Marcos se concentran en esas horas, al igual que las porciones finales de los relatos de los cuatro evangelios. En este capítulo, que cubre Marcos 14:1-52, sentimos la prisa de los eventos mientras la tormenta creciente de odio y oposición a Jesús llega a su punto crítico. Nuestro próximo capítulo cubrirá Marcos 15 y se concentrará en el día en que Jesús murió: el Viernes Santo, el clímax de la historia. Luego, al abordar Marcos 16, consideraremos la sorprendente conclusión, el desenlace de este magno relato, el más grandioso que jamás se haya contado.
Intriga Al considerar la vida de Jesús, especialmente sus eventos finales, fácilmente caemos en el error de no darle plena importancia a su siniestra realidad. Hemos oído el relato de la Pasión quizás veintenas de veces y hasta hemos visto representaciones de ella, y la misma familiaridad puede hacernos pensar que se trata de un evento común. Sabemos cuál es el desenlace de la trama, de modo que los hitos en el camino hacia el fin inevitable asumen un elemento de irrealidad, como una producción de Hollywood. Además, la Escritura hace claro el hecho de que detrás de las escenas Dios dirigía el drama hacia su conclusión determinada. Como ya hemos notado, tres veces en el relato de Marcos, Jesús les dice a sus discípulos categóricamente que será traicionado, burlado, rechazado y muerto en Jerusalén, pero que se levantará nuevamente de los muertos. Repetidas referencias a eventos que están ocurriendo para cumplir la profecía le añaden a la Pasión un sentido de inevitabilidad divina. Seamos perfectamente claros: los eventos de la Pasión fueron terribles, siniestramente reales para Jesús. Aunque Dios predijo lo que ocurriría, el riesgo de un fracaso y de una pérdida eterna no disminuyó una pizca. Jesús luchó; Jesús fue probado al límite; Jesús pudo haberse dado por vencido; y Jesús pudo haber fracasado. De modo que mientras el eterno plan del Padre de ganar de vuelta a un mundo perdido se fue cumpliendo, cada momento en el drama estaba preñado de posibilidades de tomar decisiones buenas o malas. Dios estaba llevando a cabo un plan divino, pero otros planes estaban también siendo fraguados e implementados. "Buscaban los principales sacerdotes y los escribas cómo prenderle por engaño y matarle" (Mar. 14:1). Éste había sido su plan por algún tiempo. Durante los meses previos su resolución se había endurecido. Sin duda la aclamación de la multitud en el Domingo de Ramos los decidió a actuar sin demora. El tiempo se estaba terminando. Tenían que sacar del camino al campesino advenedizo de Galilea antes que le hiciese más daño a su autoridad. Claramente Jesús amenazaba a todo el círculo religioso oficial que se centraba en el templo y que les proporcionaba poder y prestigio. De modo que para los enemigos de Jesús la pregunta no era qué hacer, sino cómo y cuándo. Gustosamente lo habrían arrestado en forma abierta, pero eso no habría funcionado: Jesús tema el apoyo de las multitudes. "No durante la fiesta —dijeron—, para que no se haga alboroto del pueblo" (vers. 2). Su problema era que Jesús estaba constantemente en medio de una multitud. Cada mañana entraba en la ciudad, y cada anochecer salía, y probablemente muchos otros peregrinos —incluyendo los de Galilea— estaban haciendo lo mismo. Jesús pasaba las noches mera de la ciudad, no en una villa como la cercana Betania, donde podría haber sido localizado, sino a la intemperie (ver también Juan 7:53-8:1). Entonces una solución inesperada cayó en las manos de sus enemigos. Uno de sus íntimos asociados los buscó y ofreció hacer un arreglo. Los conduciría a Jesús en un momento y lugar en que estuviese lejos de las multitudes. "Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo. Ellos, al oírlo, se alegraron, y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba oportunidad para entregarle" (Mar 14:10, 11). Los principales sacerdotes y escribas planeaban sus movimientos, y también Jesús. Él evitaba exponerse a un arresto rápido y callado. No sólo pasó las noches fuera de la ciudad desde el domingo hasta el miércoles, sino que cuando llegó el jueves mantuvo en secreto el lugar donde se celebraría la comida de la Pascua. Los discípulos, curiosos por saber cuál era el plan, le preguntaron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la pascua?" La respuesta de Jesús mostró que él ya había hecho un arreglo privado: "Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle, y donde entrare, decid al señor de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Y él mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad para nosotros allí" (vers. 12-15). Si Jesús hubiera dicho: "Mirad por una mujer que lleva un cántaro de agua", eso no habría sido de ninguna ayuda. En esa sociedad las mujeres llevaban el agua. ¿Pero un hombre con un cántaro de agua? Eso sería una señal clara. Jesús no les dijo que le dijeran algo al hombre. Antes bien, ellos tenían simplemente que seguirlo hasta la casa donde encontrarían el aposento alto preparado para la Pascua. Claramente Jesús tema amigos en Jerusalén, amigos mera de los doce. Individuos que trabajaron secretamente con él para proveer un lugar para la Pascua y para mantener la información confidencial. El Evangelio de Juan esparce luz adicional sobre la intriga que rodeó el tiempo que Jesús pasó en Jerusalén. Leemos que en una ocasión anterior "Jesús se escondió y salió del templo" (Juan 8:59), y que cuando la Pascua se acercaba, "los principales sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno supiese dónde estaba, lo manifestase, para que le prendiesen" (Juan 11:57). A la luz de esta situación de gato-y-ratón de los últimos días de la vida de Jesús, la traición de Judas se vuelve más reprensible. No es de sorprenderse que los enemigos de Jesús "se alegraron" cuando él se presentó ante ellos (Mar. 14:11). ¿Qué diremos de este espía que se infiltró en la organización de Jesús? ¿Planeó siempre traicionar a su Maestro, u ocurrió algo que inclinó la balanza?
Judas Se ha dicho que las palabras más tristes son, "lo que podría haber sido". ¡Cuan cierto fue esto de Judas Iscariote! Admirado por los otros discípulos, una persona descollante en talento y habilidades, podría haber sido el dirigente del grupo. Podría haber llegado a ser una influencia poderosa para el bien en la iglesia temprana. Y podría haber tenido un evangelio o epístola bajo su nombre en el Nuevo Testamento. Pero nunca tendremos un "Evangelio de Judas" o cartas de Judas. Y piense cómo los otros apóstoles han dado sus nombres a miles de niños en muchos países: considere todos los Pedros, Juanes, Santiagos, Felipes y Mateos. Pero la gente no nombra a sus hijos en honor a Judas. Ese nombre, que podría haber sido aclamado en la historia cristiana, ha pasado a los anales de la infamia. He aquí un cuestionario concerniente a Judas.
Y ahora la pregunta de los $64.000 dólares: ¿Podríamos nosotros, podríamos, llegar a ser un Judas? ¿Qué puede garantizar que no traicionaré al Señor? Yo contestaría el cuestionario como sigue:
En cuanto a la pregunta final: ¿Podrías llegar a ser un Judas? La respuesta es sí. Ninguno de nosotros es inmune a la tentación, ni está seguro de no caer en ella. Podemos decir que seguimos a Jesús y en efecto lo hacemos, pero podemos perder nuestro camino. El apóstol Pablo comprendió que aun después de todas sus labores podía llegar a ser un Judas: "Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado" (1 Cor. 9:26, 27). ¿Dónde, entonces, está nuestra esperanza? No en nosotros mismos, sino en Jesús. Debemos morir diariamente a nuestra propia voluntad, fuerza y planes, y entregarnos completamente a él. Sólo en él estamos seguros. Pero volvamos a Judas. ¿Podemos identificar algún evento decisivo que lo empujó al desastre? Creo que sí. Marcos en su Evangelio nos habla del complot para matar a Jesús, pero que faltaba la oportunidad (Mar. 14:1, 2); luego interrumpe para narrar la historia de la mujer que derramó el perfume sobre Jesús, y después de eso describe cómo Judas fue a los principales sacerdotes y ofreció entregárselo a ellos. Desde ese punto en adelante la historia pasa a los eventos del jueves, que llevaron al arresto del Maestro. Cuando usted examina la manera en que Marcos redacta su capítulo 14, usted recoge la impresión de que los versículos 3-9, que cuentan la historia de la mujer que Ungió a Jesús, interrumpen la secuencia del desarrollo del complot contra Jesús. Parecen una intercalación. En realidad, son una intercalación, no de otra persona, sino del mismo Marcos. En el versículo inicial del capítulo, Marcos ubica el marco temporal con la frase "dos días después era la pascua", esto es, era el día martes de la Semana de la Pasión. Puesto que la historia de la mujer sigue casi inmediatamente, podríamos pensar que el incidente ocurrió en torno al mismo tiempo, pero en realidad no fue así. Juan ubica el evento en forma precisa: sucedió "seis días antes de la pascua" en Betania (Juan 12:1-8). Esto significa que el relato de Marcos retrocede en el tiempo en Marcos 14:3 para introducir esta historia (él indica que está haciendo esto al decimos que el evento ocurrió en Betania, no en Jerusalén). ¿Cuál es el propósito de Marcos al apartarse del orden cronológico? Quiere que veamos los vínculos que hay en la historia de la pasión de Jesús. El relato del ungimiento de la mujer, que parece como una inserción que interrumpe el flujo de la historia, en realidad juega un papel importante. Esto explica la razón de la decisión de Judas de ir a los principales sacerdotes y a los escribas. Juan hace claro el hecho de que Judas fue el discípulo que objetó fuertemente el acto de amor de María. Judas pretendía estar preocupado por los pobres y por el posible uso del costoso regalo para ayudarles, pero en realidad era un ladrón y un mentiroso. Al robar de la bolsa del dinero, no estaba interesado en los pobres sino en sí mismo. El reproche de Jesús a los discípulos por su espíritu mezquino tocó un punto vulnerable de Judas, quien había expresado la objeción. Para él esto fue la última gota que hizo rebosar la copa de meses de chasco y de creciente frustración por el fracaso de Jesús en manifestarse como el Mesías político popular que él y los otros discípulos estaban esperando.
La Última Cena Jesús estaba esperando con vivo interés la última comida con sus amigos. El relato de Lucas nos dice que el Maestro declaró: "¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!" (Luc. 22:15). La "hora" de la que Jesús había hablado muchas veces y para la cual ahora se estaba fortaleciendo estaba por caer sobre él. Estos momentos con los doce serían los últimos que pasarían juntos hasta después de la resurrección. Y luego, por supuesto, los doce llegarían a ser los once, ya que Judas no estaría más con ellos. Los discípulos no sabían nada de todo esto. Aunque Jesús había tratado repetidamente de prepararlos para la crisis en Jerusalén, ellos permanecían confundidos, incapaces de salir de la caparazón de nociones mesiánicas preconcebidas. "Mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo" (Mar. 14:22). Luego tomó la copa, ofreció una oración de gracias y se la pasó a los discípulos. Todos bebieron de la copa y Jesús dijo: "Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada" (vers. 24). Los cuatro evangelios registran la cena final de Jesús con sus amigos. Los relatos en Mateo, Marcos y Lucas son muy similares. A través de Juan, sin embargo, nos enteramos que Jesús lavó los pies de los discípulos (Juan 13:1-17), pero no encontramos mención de la fórmula, "Esto es mi cuerpo... esto es mi sangre..." Como en otras partes, Juan aparentemente pasa por alto información ya notada en los tres evangelios anteriores y en cambio provee detalles adicionales. El relato de Lucas de la Cena incluye la admonición de Jesús: "Haced esto en memoria de mí" (Luc. 22:19), y los cristianos primitivos ciertamente celebraban la Última Cena. Unos veinte años más tarde Pablo escribe a los cristianos en Corinto, y su carta indica claramente que ellos se reunían para observar la Cena del Señor (1 Cor. 11:20). Sin embargo, Pablo está molesto por su conducta en la Cena. Combinaban la verdadera Cena (el pan y el vino) con una comida más extensa, como Jesús hizo en ese último jueves de noche, pero ahora algunos miembros comían magníficamente mientras que otros no tenían nada. Pablo les aconseja que coman en la casa antes de la Cena y que de ese modo eviten abusar del compañerismo cristiano (vers. 21-34). La Última Cena ha llegado a ser un rito de la iglesia cristiana. Conocida como la Comunión, o la Cena del Señor, es observada por casi todos los grupos cristianos (con pocas excepciones, por ejemplo, el Ejército de Salvación). En el gran grupo de creyentes que con el tiempo llegó a conocerse como la Iglesia Católica Romana, la Cena asumió una importancia preeminente. Hacia fin del segundo siglo podemos discernir dos tendencias convergentes: el movimiento para considerar a los ministros del evangelio como sacerdotes, y el de darle a la Cena del Señor —administrada sólo por sacerdotes— un valor sacramental. Con el tiempo emerge plenamente la enseñanza de la misa, en la que el sacerdote al pronunciar las palabras de la institución se convierte en el creador del Creador, mientras que la hostia (el pan) llega a ser —así se enseña y se cree— el verdadero cuerpo de Cristo y el vino su verdadera sangre. ¿No dijo Jesús a los doce: "Esto es mi cuerpo... Esto es mi sangre"? Ciertamente. Pero obviamente él no les dio a las palabras un significado literal. Visualice la escena: Jesús reclinado alrededor de la mesa con sus amigos. Cuando parte el pan y cuando pasa la copa, él está allí, separado y aparte del pan y del vino. Él y los doce saben que el pan no es su cuerpo ni el vino es su sangre. En cambio, al participar de ellos están decidiendo identificarse con él en su pasión. Si simplemente retrocedemos a ese jueves de noche y reflexionamos en la escena y en las palabras de Jesús, debemos comprender cuan lejos del intento original ha llegado a ser la enseñanza de la misa. Note en 1 Corintios 10:16: "La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?" Considere también 1 Corintios 11:23-26, que declara que el pan y el vino son un recordativo, o memoria, de la muerte de Jesús. El libro de Hebreos arguye enfáticamente que Cristo murió una vez por todos; él no es sacrificado repetidas veces cada vez que alguien celebra la Cena del Señor. "Tampoco entró [Cristo] para ofrecerse muchas veces a sí mismo, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo, cada año con sangre ajena. De otra manera, a Cristo le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde la creación del mundo. Pero ahora, al final de los siglos, se presentó una sola vez para siempre, para quitar el pecado, por medio del sacrificio de sí mismo" (Heb. 9:25, 26, NRV 2000).
Getsemaní Justamente amera del muro oriental de Jerusalén, en el valle de Cedrón, debajo del Monte de los Olivos, yace un huerto de olivos. Su nombre, Getsemaní, significa en hebreo "prensa de aceite de oliva", y el jardín probablemente tenía una prensa para extraer aceite, lo que le prestó su nombre al sitio. Jesús era un hombre de oración. A través de los evangelios encontramos que comulgaba con el Padre, y a menudo pasaba toda la noche en oración. Cuando visitaba Jerusalén, el jardín se convertía para él en un retiro donde se apartaba de las demandas de la multitud y las intrigas de los enemigos. Era un lugar tranquilo, un sitio sagrado. Pero en este jueves de noche, esta última noche de la vida terrenal del Salvador, él no encontró reposo allí. Getsemaní se convirtió para él ciertamente en la "prensa de aceite", cuando los eventos aplastaron, estrujaron y torturaron su amia. Getsemaní... la palabra evoca incontables pinturas, sermones y meditaciones. La lucha de Jesús en el bosquecillo de olivos fuera de Jerusalén justo antes de su arresto ha conmovido a los cristianos por 2.000 años y todavía atrapa nuestro interés hoy Tal vez como en ninguna otra parte en los evangelios vemos allí la humanidad de Jesús puesta al descubierto, su cercanía a nosotros. Pero también palpamos un misterio, al preguntarnos por qué él agonizó hasta ese extremo esa noche. Los cuatro escritores evangélicos registran el evento, Mateo y Lucas en relatos estrechamente paralelos al de Marcos (Mat. 26:36-46; Luc. 22:40-46) y Juan en una forma diferente (Juan 17:1-18:2). Pero encontramos otra voz en el libro de Hebreos, en la cual el escritor (presumiblemente Pablo), que arguye fuertemente por la verdadera humanidad de Jesús, observa: "Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia" (Heb. 5:7, 8). El lenguaje en Hebreos es muy vigoroso, tanto en la traducción como en el original griego. Jesús no oró silenciosamente: imploró a Dios "con gran clamor y lágrimas". Sabemos qué pedía cuando oraba, porque aun cuando los discípulos seguían adormecidos, ellos no podían dejar de oír sus palabras implorantes: "Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú" (Mar. 14:36). Cualquiera que duda si Jesús era verdaderamente humano, que piensa de él como un superhombre, o que se pregunta si él sabe cuan desesperados podemos sentimos a veces, debiera ir a Getsemaní. Allí usted ve a Jesús de Nazaret despojado de poder y autoridad divinos, quebrantado, suplicante, angustiado. Previamente Jesús había hablado de su muerte que se acercaba y hasta había dicho; "Tengo poder para ponerla [mi vida], y tengo poder para volverla a tomar" (Juan 10:18). Pero eso fue antes de Getsemaní. Aquí en el jardín se limitó a desplomarse al suelo e implorar: "Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa" (Mar. 14:36). : Ahí está, ¡la copa! La copa de la aflicción, de la separación y la desolación. La copa de sentirse abandonado. La copa de los pecados de la humanidad caída. Cierta vez, cuando Santiago y Juan vinieron a Jesús en busca de los mejores asientos en el reino, él les preguntó: "¿Podéis beber la copa?" (Mar. 10:38, NRV 2000). En su confianza vana replicaron: "Podemos" (vers. 39). Pero no pudieron. Como seguidores de Jesús sólo en parte compartirían eventualmente su experiencia. La copa de Jesús fue suya y sólo suya. Sólo él podía bebería. Sólo él podía llegar a ser el portador del pecado para un mundo perdido. Y alabado sea Dios, él la bebió. La levantó en alto y la apuró hasta las heces, llevando sobre sí hasta el último pecado del último pecador. Jesús, nos dice el libro de Hebreos, gustó la muerte por todos (ver Heb. 2:9). En Getsemaní esa copa tembló en las manos de un hombre; sí, el Dios-hombre, pero no obstante un hombre. Su humanidad se retrajo ante la prueba. Buscó una vía de escape, otro camino, cualquier otra forma de hacerlo, que le fuera provista por Dios. Pero no había ninguna otra solución. Dé todas las palabras escritas sobre el Getsemaní, ninguna levanta el velo sobre su misterio y habla más a mi corazón que las de Elena de White en su capítulo "Getsemaní" en El Deseado de todas las gentes (pp. 636-646). Considere el siguiente ejemplo: "Apartándose, Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado, vencido por el horror de una gran oscuridad. La humanidad del Hijo de Dios temblaba en esa hora penosa. Oraba ahora no por sus discípulos, para que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. Cristo podía aun ahora negarse a beber la copa destinada al hombre culpable. Todavía no era demasiado tarde. Podía enjugar el sangriento sudor de su frente y dejar que el hombre pereciese en su iniquidad. Podía decir: Reciba el transgresor la penalidad de su pecado, y yo volveré a mi Padre. ¿Beberá el Hijo de Dios la amarga copa de la humillación y la agonía? ¿Sufrirá el inocente las consecuencias de la maldición del pecado, para salvar a los culpables? Las palabras caen temblorosamente de los pálidos labios de Jesús: 'Padre mío, si no puede este vaso pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad'" (pp. 641,642).
Pedro Cuando la crisis se desató, todos los discípulos fallaron miserablemente. Jesús en su hora de extrema necesidad buscó el compañerismo y el apoyo de amigos que orasen con él. Pero ellos dormían. Él les advirtió que la hora de la prueba era inminente, que necesitaban velar y orar. Pero ellos ignoraron sus palabras. Llegó la turba y prendieron a Jesús. Sus discípulos lo abandonaron y huyeron. Aunque todos los discípulos fallaron, la actuación de Pedro fue particularmente miserable. En la Cena se había expresado con tanta seguridad: "Aunque todos se escandalicen, yo no" (Mar. 14:29). Y cuando Jesús le dijo esa misma noche que lo negaría tres veces, el discípulo desechó la posibilidad, asegurando enfáticamente: "Si me fuere necesario morir contigo, no te negaré" (vers. 31). Sin embargo lo hizo. Después de sólo unas pocas horas, en realidad, la resolución de Pedro se derrumbó como un castillo de arena barrido por una ola poderosa. Confrontado por una criada, negó que conociese a Jesús, repitió vez tras vez su negación, y eventualmente le agregó profanidades a su traición al Maestro. Éste fue Pedro en su peor momento. Nos representa a nosotros en nuestro peor momento. Cuan rápidamente hacemos promesas, y cuan rápidamente las quebrantamos. Cuan hermosas son nuestras palabras de lealtad a Jesús, pero cuan viles nuestros actos de traición. El amado Juan estaba allí en el aposento alto cuando Jesús había predicho: "todos ustedes me abandonarán" (vers. 27, NVI). Se unió a los otros en insistir en que nunca lo dejarían (vers. 31). Pero cuando todos le dieron la espalda a Jesús en Getsemaní, huyeron, Juan también escapó. Pero aquí está la diferencia entre Juan y Pedro: Juan entró en el patio del sumo sacerdote —en realidad, fue él quien consiguió que Pedro mese admitido (Juan 18:15,16) —, pero no negó públicamente a Jesús. No trató de encubrir su asociación con su Maestro. El fracaso de Pedro fue un acto vil; no hay manera de negarlo. Él, tan a menudo dispuesto para hablar en nombre del resto, les falló a los otros discípulos. Y sobre todo, le falló a su Maestro. La confianza propia nos llevará lejos en el camino de la ruina. Pensamos que somos suficientemente fuertes como para resistir los asaltos del enemigo, que nada podría sacudir nuestra lealtad a Cristo. Pero nosotros no prevemos, no podemos prever, lo que siquiera un día puede traernos. Sólo si vivimos como Pablo lo hizo — "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal. 2:20) — podemos ser guardados contra la tentación de negar al Maestro. Y sólo cuando comprendemos y ponemos en práctica la declaración "cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Cor. 12:10), Jesús puede suplir la gracia suficiente para cada situación. Gracia, esa es la palabra final en la historia de Pedro. Fracasó miserablemente, pero Jesús lo restauró. Cuando el gallo cantó y Jesús se dio vuelta y lo miró, Pedro se quebrantó y lloró (Mar. 14:72). Jesús trae esperanza a aquellos que se quebrantan y lloran. Nos ofrece otro comienzo, una segunda oportunidad. Hay dos traiciones en Marcos 14: un hombre conspiró con los enemigos de Jesús para traicionar a Jesús, y lo hizo. Otro hombre nunca esperaba traicionar a Jesús — era lo que estaba más lejos de su intención—, pero también lo hizo.
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