
En Guardia
(Marcos 13:1-37)

Lección 10
Para el 4 de Junio del 2005
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EN MARCOS 13 LLEGAMOS a las enseñanzas finales de Jesús. No sus últimas palabras terrenales —las pronunciará mientras pende de la cruz— sino su conjunto final de instrucciones. Y las últimas observaciones de una persona justifican nuestra rigurosa atención. Cuando alguien está muriendo, los familiares y amigos íntimos se reúnen junto a la cama del enfermo. Están pendientes de cada palabra de la persona, reuniéndolas y atesorándolas en el cofre de la memoria para sacarlas y manejarlas amorosamente vez tras vez en los días y años que siguen. Sólo aquellos que pertenecen —que tienen lazos estrechos de sangre o de afecto— son bienvenidos a la vigilia junto al lecho. Es una reunión privada, y los últimos tesoros están destinados a un uso privado. A lo largo del Antiguo Testamento encontramos declaraciones finales que ejercieron un poderoso impacto. Cuando Jacob estaba muriendo llamó a sus hijos para que se reuniesen a su alrededor, y luego pronunció su bendición profética sobre cada uno (Gen. 49:1-28). Moisés, a quien el Señor le dijo que debía morir en breve sobre el Monte Nebo, bendijo a las doce tribus (Deut. 32:48-33:29). Josué, sintiendo el helado soplo de la muerte sobre su cuello, citó a los dirigentes de Israel para un mensaje final (Jos. 23:1-24:30). Y la Escritura también registra las últimas palabras del rey David y la exhortación a su heredero Salomón (2 Sam. 23:1-7; 1 Rey. 2:1-11). Los cuatro escritores de los evangelios nos dicen que, justo antes de los eventos que condujeron a la crucifixión de Jesús, él pasó tiempo con aquellos que le eran más cercanos, sus amigos los discípulos. Durante su ministerio sus palabras llegaron a todos los que decidieron escuchar. Durante los primeros días de la Semana de la Pasión él mantuvo una presencia pública notoria mientras disputaba en el templo con fariseos, saduceos, escribas y herodianos. Pero ahora, bajo la lobreguez proyectada por la sombra de la cruz, dio un discurso privado a los doce. No tenía el propósito de que sus palabras fueran para una audiencia general. Sólo aquellos que pertenecían al círculo íntimo, que lo amaban y a quienes él amaba tan tiernamente, estaban calificados para recibir este discurso. Jesús quería hablarles cerca de los días venideros, cuando estarían solos. El Maestro trató de prepararlos para un futuro nuevo y a veces peligroso.
¿Es usted un amigo de Jesús? Él quiso que sus últimas palabras
fueran especialmente para usted. ¡Usted pertenece al círculo! Pero Jesús replicó: "¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada" (vers. 2). Imagínese la consternación de los discípulos. Tal evento calamitoso seguramente debía significar el fin de todas las cosas. De modo que un poco más tarde, mientras se sentaban en el Monte de los Olivos con los últimos rayos del sol que hacían resplandecer el oro en las hojas de los capiteles y el mármol blanco del templo frente a ellos, le preguntaron a Jesús: "Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?" (vers. 4).
Y Jesús abrió una ventana al futuro, prediciendo no meramente la
destrucción del templo sino también el fin de la era cuando él
volverá. Sus palabras finales —el discurso que encontramos en los evangelios sinópticos y el del relato de Juan— contienen una preciosa instrucción. Son el legado de despedida de Jesús para nosotros, sus amigos, que somos parte de su círculo. Apocalipsis: ¡el fin está cerca! Marcos 13, al igual que Mateo 24 y Lucas 21, comprende material apocalíptico. La palabra viene del griego apokalupsis, que aparece primero en Apocalipsis 1:1: "La revelación [apokalupsis} de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto". Por lo tanto el significado radical de Apocalipsis es un descubrimiento, una revelación del futuro. Todo el libro de Apocalipsis o Revelación trata sobre lo que ocurrirá en el futuro, pero Apocalipsis no es el único libro apocalíptico en la Biblia. Mucho tiempo antes de él, el libro de Daniel bosquejó el futuro en formas que Apocalipsis imita y desarrolla. Pero a diferencia de Daniel, que contiene varios capítulos narrativos, Apocalipsis consiste enteramente de material apocalíptico. Mientras que Daniel y Apocalipsis proveen los ejemplos más claros de escritos apocalípticos, encontramos capítulos aquí y allá en otras partes de la Escritura que reflejan sus características, por ejemplo, Isaías 24, Joel 2 y Zacarías 14 en el Antiguo Testamento. En el Nuevo tenemos 1 Tesalonicenses 4 y 2 Tesalonicenses 2. La forma apocalíptica es una forma particular de profecía bíblica que destaca prominentemente el fin del mundo. Como ya nos hemos enterado por Marcos 13, un discurso apocalíptico es un discurso privado, una instrucción divina para el pueblo de Dios que enfrenta un futuro incierto. Tiene el propósito de darles una comprensión de lo que está adelante y la seguridad de que el Señor está con ellos y conducirá todas las cosas a una conclusión feliz. De modo que por todas partes encontramos esparcidos indicios y sugerencias apocalípticas indicando que Dios no tenía el propósito que dicho material llegase al público general sino a aquellos que están cerca de Dios, quienes lo leerán y entenderán. "Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará" (Dan. 12:4). "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" (Apoc. 2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22). "Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia" (Apoc. 13:18). En los escritos apocalípticos la revelación del futuro a menudo viene codificada en símbolos. Daniel vio una visión de una gran imagen (Dan. 2); el rey Nabucodonosor soñó de un árbol repentinamente cortado (Dan. 4); una mano sin sangre escribió palabras misteriosas en el muro del palacio (Dan. 5); y primero en un sueño (Dan. 7) y luego en una visión (Dan. 8) el profeta contempló una serie de bestias que representaban el surgimiento y la caída de las naciones. En Apocalipsis el futuro se despliega a través de una serie de escenas vividas, tanto en el cielo como en la tierra, con las fuerzas del mal representadas con bestias fantásticas, rapaces, y las fuerzas del bien formadas como ejércitos bajo la bandera de Jesucristo, cuyo título más común en el libro es "el Cordero". La Biblia no es el único lugar en el cual uno puede encontrar escritos apocalípticos. En los siglos, que precedieron inmediatamente a Jesús, los judíos produjeron una serie de "Apocalipsis" como 2 Esdras y los Salmos de Salomón, mientras que un poco más tarde algunos cristianos aparte de Juan el revelador escribieron "Apocalipsis" que la iglesia primitiva no consideró inspirados y excluyó del canon de la Escritura (por ejemplo, el Pastor de Hermas). Durante los últimos dos milenios de la historia cristiana, la iglesia mayormente descuidó los escritos apocalípticos de la Escritura. Cuando la iglesia se aquietó con la conversión del emperador romano Constantino, el foco se desplazó de un reino de Dios venidero a uno establecido aquí y ahora. Al combinarse la Iglesia y el Estado, el milenio en su debido momento ocurriría en esta tierra. Eventualmente, por supuesto, ese sueño se derrumbó. Con la Ilustración de los siglos XVII y XVIII la religión se encontró retrocediendo rápidamente ante el avance de la razón. El conocimiento y la educación resolverían los problemas de la sociedad en tanto que la humanidad, que había evolucionado desde el fango, continuaría mejorando. No había necesidad de una intervención divina como la segunda venida de Cristo y el fin del mundo. Lo apocalíptico era para los pesimistas y los ignorantes. El movimiento adventista del séptimo día nació dentro de esa atmósfera: el optimismo desenfrenado sobre la inevitabilidad del progreso humano. Con nuestro reavivamiento del estudio del tema apocalíptico bíblico, largamente descuidado, especialmente las profecías de Daniel y Apocalipsis, y nuestro mensaje de que se estaba terminando el tiempo para el mundo, parecíamos agoreros, una voz de demencia en el desierto. Pero nosotros representamos nuestras convicciones directamente en nuestro nombre —Adventistas del Séptimo Día— y las lanzamos en la cara de una sociedad burlona. ¡Cómo han cambiado los tiempos! El futuro promisorio de comienzos del siglo XX estalló en llamas cuando la Primera Guerra Mundial —un conflicto entre naciones supuestamente cristianas— sumergió a la humanidad en una pesadilla global. Y eso fue sólo el comienzo de un siglo violento, sangriento, que se confundió en el odio, la tortura, una crueldad imposible de describir, la violencia y el temor. Aprendimos a vivir con la amenaza de la aniquilación global mientras las armas atómicas pendían sobre nuestras cabezas. Ahora, a eso se agrega el peligro en que nos encontramos en medio del terrorismo global y nuevas amenazas de armas químicas y biológicas. Nuestro lenguaje ha cambiado. Apocalipsis ha llegado a ser una palabra familiar. Pero no es el Apocalipsis de Juan y de los otros escritores bíblicos, en el que Jesús revela el futuro a sus amigos y les da seguridad y aliento para los tiempos difíciles que están por delante. Antes bien, hoy en día Apocalipsis significa que el fin viene a través de guerras, del impacto de un asteroide, o de una invasión desde el espacio exterior. Es un Apocalipsis sin Jesús, sin esperanza. En un tiempo como éste el mensaje adventista nunca ha sido más relevante. Ofrece esperanza, aliento y la seguridad de que Jesús está en control. De que él, no los atizadores de la guerra o los asteroides o los seres extraterrestres, bajará el telón de la historia humana. Y de que podemos poner nuestra mano en la suya, la mano que fue clavada en la cruz por nosotros, y él nunca nos soltará. Este es el mensaje de Marcos 13. Interpretando Marcos 13
A diferencia de los libros de Daniel y Apocalipsis, Marcos no tiene
como protagonistas a símbolos, bestias y cálculos. En sólo un lugar
Jesús se refiere a Daniel: "Cuando veáis la abominación desoladora
de que habló el profeta Daniel, puesta donde no debe estar,...
entonces los que estén en Judea huyan a los montes" (vers. 14;
comparar con Dan. 9:27; 11:31; 12:11). Su predicción encontró
cumplimiento en la invasión de Israel por parte de la Roma imperial,
cuando Tito tomó Jerusalén y destruyó el templo en el año 70 d.C.
Así que, el tema de Marcos 13, que resuena una y otra vez, es el de estar alerta. Al esperar que Jesús regrese, debemos permanecer despiertos, mantenernos fistos para la acción, y perseverar en nuestro puesto. El tiempo entre la ascensión de Jesús y la segunda venida presentará tres tipos de peligros a sus seguidores: primero, falsos Cristos y falsos profetas, realizando señales y milagros, que inducen a la gente a pensar que el fin ya ha llegado; segundo, persecución, odio y dificultades que hacen que la fe vacile, especialmente cuando la familia y los amigos nos dan la espalda y nos traicionan; y finalmente, una pérdida gradual del sentido de anticipación del regreso de Jesús de modo que su venida nos toma de sorpresa. Mientras Jesús estaba sentado con Pedro, Santiago, Juan y Andrés en el Monte de los Olivos ese atardecer, miró a través de la extensión de la historia humana hasta el fin del tiempo. En una referencia específica a su segunda venida vemos que Jesús tenía claramente el propósito de cubrir el período que terminaba en ese evento: "Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo" (vers. 26,27). De la misma manera Marcos 13 contiene numerosas referencias al "fin" y a la expectativa del fin (vers. 7, 8, 10,13, 29, 32,35). La pregunta de los discípulos, sin embargo, trataba de la destrucción del templo. El comentario de Jesús de que llegaría el día cuando ninguna piedra permanecería sobre otra debe haberlos sorprendido grandemente. Querían saber más. "Dinos —le preguntaron—, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?" (vers. 4). El anticipo que Jesús da del futuro desde el Monte de los Olivos cubre por lo tanto dos inquietudes: las señales de la caída de Jerusalén y las del fin del mundo. Para los discípulos con su visión estrecha de la historia, los eventos eran confinantes: el fin del templo seguramente debía significar la conclusión de la historia humana sobre el planeta. La versión de Mateo de la pregunta de ellos hace esto claro: "Dinos —dijeron— , ¿cuánto serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?" (Mat. 24:3, NRV 2000). Por lo tanto, al interpretar Marcos 13 necesitamos mantener presente el doble foco del pasaje. Algunos versículos se relacionan primariamente con la caída de Jerusalén y la destrucción del templo en el año 70 d.C., mientras que otros claramente designan eventos que conducen a la segunda venida. Varios versículos nos dejan en duda en cuanto al cuadro en el que encajan mejor. Posiblemente se aplican al primer siglo y a más adelante. Mientras no podemos sostener un análisis exacto del capítulo, el siguiente bosquejo parece persuasivo: Un vistazo general del futuro (vers. 5-8).
Viviendo en tiempos agitados (vers. 9-13)
Señales de la caída inminente de Jerusalén (vers14-23)
Señales y milagros de gran poder para engañar Señales del fin del mundo (vers. 24-29)
La cualidad critica: ¡Velad! (vers. 30-37)
Nos gustaría haber recibido una serie de eventos pulcramente ordenada, una lista de sucesos y señales que se extiendan desde ese atardecer en el Monte de los Olivos a través de la caída de Jerusalén, a lo largo de las largas edades, y culminen en el regreso de Cristo. Pero Jesús no se propuso dar una lección sobre "la historia por adelantado". Deseaba proveer preparación espiritual pura, sus amigos, mientras enfrentaban un futuro incierto. Y Dios en su sabiduría sabe mejor lo que conviene. Nosotros probablemente usaríamos mal una lista de señales y eventos que nos dijera exactamente cuándo esperar la segunda venida. Muchos de nosotros postergaríamos la preparación necesaria hasta el último minuto. Lo que tenemos, entonces, no es un diagrama del futuro que nos provee un conocimiento superior del que podemos enorgullecemos. (¡A quién no le encantaría tener un diagrama tal!) Antes bien, tenemos un mapa del camino espiritual aplicable a cualquier tiempo y lugar entre ahora y la segunda venida. Cuando oímos de guerras y rumores de guerra; cuando surgen falsos Cristos y falsos profetas que incluso obran milagros; cuando las naciones y superpotencias se amenazan y chocan entre sí; cuando los terremotos golpean con frecuencia y severidad crecientes; cuando el hambre ronda en extensas áreas del mundo; cuando el pueblo de Dios sufre abusos, falsos arrestos, azotes, cárcel y la misma muerte; y cuando el mensaje del evangelio va hacia adelante hasta los confines más remotos de la tierra... con todos estos eventos, en todos estos eventos, sabemos que el Señor está cerca, aun a las puertas. El observar la higuera nos enseña que el verano está por estallar sobre el mundo. A la luz de este análisis de Marcos 13 podemos captar mejor un versículo que por largo tiempo ha desconcertado a estudiantes de las Escrituras: "De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca" (vers. 30). Algunos adventistas han entendido que Jesús dice aquí que la generación que ve las señales en los cielos —el oscurecimiento del sol y la luna, y la caída de las estrellas— vivirá para ver su retorno. Por un tiempo pudieron aferrarse tenazmente a esa interpretación, pero no más ahora. Han pasado demasiados años. Esa generación hace tiempo está muerta y enterrada. ¿Fallaron las palabras de Cristo? De ninguna manera. La respuesta yace en el doble foco del capítulo. "Esta generación" se aplica, no al tiempo anterior a la segunda venida, sino a la era de los discípulos. Seguramente "esta generación" designa su generación. Y Jesús les está advirtiendo: "¡Escuchen! La destrucción del templo está a las puertas. La gente que vive ahora la presenciará". Inmediatamente después él predice que sus palabras nunca pasarán. La referencia de tiempo aquí parece distante, mucho después de la caída de Jerusalén. De este modo los dos focos del capítulo están lado a lado mientras Jesús termina su discusión de las "señales" y concluye con la exhortación a velar. Viviendo el consejo de Jesús en Marcos 13 Actualmente estamos en el tiempo de espera. Nosotros los adventistas —que surgimos de la expectación del regreso de Jesús el 22 de octubre de 1844— estamos todavía aquí. ¿Cómo viviremos entonces hasta el advenimiento? Triste es decirlo, algunos están tan frustrados por lo que suponen que es una demora en el regreso de Jesús que son adventistas sólo de nombre. Oyen sermones sobre la segunda venida y se unen al gran coro de la iglesia para cantar "Día grande viene"; pero el pronto regreso de Jesús no moldea más sus vidas en una manera significativa. Han llegado a ser como las personas descritas en Ezequiel 33:32, NVL "En realidad, tú eres para ellos tan sólo alguien que entona canciones de amor con una voz hermosa, y que toca bien un instrumento; oyen tus palabras, pero no las ponen en práctica". ¡Cuan diferente es la vida adventista bosquejada por Jesús en Marcos Í3! Aquí el Maestro describe a un pueblo que espera ansiosamente su venida, una anticipación que ilumina aun tiempos de persecución y dificultad. Ellos observan los tiempos, los cuales, como la higuera, muestran que el fin está cerca. Y mantienen una actitud de vigilancia y espera, viviendo en la arista del tiempo, proyectándose hacia el futuro, el cual es de Dios. Si algunos adventistas se han desgastado espiritualmente, otros caen en el campo opuesto. Dedican tiempo y energía a calcular precisamente cuándo vendrá Jesús. Emplean diagramas, calendarios y cálculos, y arriban a una fecha específica o implícita para la segunda venida. Pero Jesús dijo, refiriéndose a su segunda venida: "Del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre" (Mat. 24:36). Después de su resurrección los discípulos preguntaron: "Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (Hech. 1:6). Su respuesta: "No os toca a vosotros saberlos tiempos o las épocas que el Padre puso en su sola potestad" (vers. 7, NRV 2000). Elena de White predicaba sobre Hechos 1:6, 7 en un sermón en Lansing, Michigan, en 1891. Como ella había aconsejado firmemente durante su largo ministerio toda vez que los adventistas comenzaban a entusiasmarse en cuanto a fechas para la segunda venida, nuevamente advirtió en contra de todos esos cálculos. En efecto, ella dijo que tenemos maneras más importantes de usar nuestras energías: vivir cada día para la gloria del Maestro y para edificar su reino. Y sus palabras todavía son dignas de recordarse en nuestros días más de 100 años más tarde: "No podréis decir que Cristo vendrá dentro de uno, dos o cinco años; tampoco debéis posponer su venida diciendo que quizá no se produzca ni en diez ni en veinte años" {Mensajes selectos, t. 1, p. 222). La fiebre escatológica atrae multitudes y vende libros. Pero es antibíblica e irresponsable, porque en última instancia conduce al desgaste espiritual después que las | fechas pasan sin que Jesús regrese. ¿Cómo viviremos entonces mientras esperamos el advenimiento? No en una religión sin vida en la cual las brasas de la esperanza se han enfriado. No mirando una bola de cristal ni examinando los titulares de los periódicos. No retirándonos a regiones aisladas para vivir solos y esperar solos. No en debates y discusiones acerca de por qué Jesús no ha venido cuando suponemos que debería haberlo hecho (con el dedo acusador que acompaña esas actividades). ¡No! Sino en el servicio amante y activo a otros, compartiendo la "bendita esperanza" y ministrando a los pobres, los hambrientos, los oprimidos, los necesitados. Al | despertar cada mañana y alabar a Dios por el nuevo día y por la vida con significado y '' propósito. Y al trabajar en el lugar que Dios nos ha dado, llenando cada momento con, la esperanza, el gozo y la paz que él pone dentro de nosotros.
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