La frase del
versículo áureo de (Marcos 16:6), destinada a las mujeres que fueron
visitar a Jesús en el sepulcro, fue muy impactante. Era algo que no
esperaban, a la verdad, ellos se habían olvidado. El hecho es que la
aparición del ángel a los que estaban allí fue magnífico, crucial
para la fe de aquellas tres mujeres. Por el relato bíblico, podemos
notar que ellas fueron las primeras mensajeras de ese mundo sobre la
resurrección de Cristo.
La lección
hace una comparación entre los grandes sepulcros y el de Cristo.
Hubo la comprensión de que las pirámides de Egipto y lo de Tai Mahal
de la India son grandes sepulcros hechos en homenaje a
personalidades importantes para quién lo hizo, por lo menos. El
sepulcro de Cristo no era un palacio, en su caso, fue sepultado
junto a ricos.
Es claro que
la mayor riqueza de aquel sepulcro estaba en el hecho de ser el
Creador del Universo que allí reposaba. Además ellas no le
encontraron a Jesús, porque Él ya estaba haciendo algo muy
importante a favor de ellas y de todos los pecadores penitentes.
Al estudiar
la lección de esta semana, hagamos como aquellas mujeres: digamos a
los otros que nuestro Señor resucitó y está en el cielo
intercediendo por nosotros.
Piense:
“Jesús se negó a recibir el homenaje de los suyos hasta tener la
seguridad de que su sacrificio era aceptado por el Padre. Ascendió a
los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la seguridad de que su
expiación por los pecados de los hombres había sido amplia, de que
por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el
Pacto hecho con Cristo, de que recibiría a los hombres arrepentidos
y obedientes y los amaría como a su Hijo”. – Ellen G. White, El
Deseado de todas las Gentes, pág. 734.
Desafío:
Aproveche de este sábado y de esta semana y busque resucitar a
Cristo en el corazón de alguien que vive como si Él estuviese
muerto.