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En Galilea

Lección 4

Para el 23 de Abril del 2005


 

Versículo para memorizar:Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aún el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41).

 

 

Introducción:

 

Jesús nació en Belén, se crió en Nazaret y se mudó a Capernaúm cuando inició sus actividades como Salvador del mundo. Esta ciudad quedaba cerca del lugar donde escogió a sus seguidores más allegados, algunos de ellos pescadores. Había en ese lugar algunos sitios que resultaban excelentes para que él les hablara a las multitudes. Alrededor del lago (también llamado “mar”, aunque fuera de agua dulce) de Galilea, había varias ciudades, que vivían de la actividad pesquera. Allí sus habitantes eran, en general, personas humildes, sinceras y honestas en su modo de vida, y de un corazón más receptivo.

 

Más cerca, en la capital Jerusalén, se encontraban los líderes de la nación, orgullosos, soberbios y arrogantes. En cierto sentido, no es una gran ventaja el vivir cerca de políticos, ni en aquellos tiempos, y mucho menos ahora… aún más si son políticos con intenciones de transformar la fe en un instrumento de poder, para fines corporativistas, como actualmente se hace flagrantemente en este mundo. Así era en las proximidades de Jerusalén. Jesús evidentemente tendría problemas mucho mayores se establecía su obra allí. Pero los líderes opositores pronto lo descubrieron en las cercanías del lago, y montaron guardia permanente para saber todo acerca de él, menos para convertirse. Se trasladaron hacia donde él estaba, para aquellos lugares humildes que no eran a lo que estaban acostumbrados, pero lo vigilaban de cerca y no con las mejores intenciones. Estaban celosos de los privilegios y poderes que no querían perder.

 

El mar de Galilea es un lindo escenario. El color del agua azulada, aún hasta hoy, con cerros alrededor es un espectáculo aparte. El alimento estaba garantizado por la abundante cantidad de peces que proporciona el mar, al contrario de lo que sucede con el Mar Muerto que no tiene vida por exceso de salinidad en sus aguas. Un dato curioso: cerca del Mar Muerto vivían los aristócratas de la nación. Allí también se formaron comunidades altamente depravadas, tal como lo fueron Sodoma y las otras cuatro ciudades cercanas que fueron destruidas por el fuego en razón de su grande inmoralidad. Sólo en nuestros días los hombres y mujeres han llegado a igualar esas prácticas indecentes. El Mar de Galilea puede simbolizar la vida, el Mar Muerto, es símbolo de la muerte. Parece ser que Satanás poseía mucho más adeptos en Jerusalén que en Galilea, y ese puede ser el motivo principal por el cual Jesús, el Creador de la vida, podría haber tenido esa estrategia de centrar sus actividades en ese lugar para llevar a cabo su penosa, pero vital, obra.

 

Esto es un importante mensaje de alerta para nosotros. El cielo tiene una evidente inclinación a interesarse –en primer lugar– por personas más sencillas y humildes, porque el corazón de ellas puede ser fácilmente influenciado por el amor de Jesús. Ese es el camino que debemos recorrer si deseamos salvarnos: humildad, sencillez, sinceridad de corazón, y estar dispuestos a ser transformados por el Espíritu Santo.

 

 


 

La parábola del sembrador (Marcos 4:1-20)

 

En la parábola del sembrador hay tres elementos esenciales: el sembrador, la semilla, y el suelo. El sembrador es Uno sólo, la simiente es una sola, pero hay cuatro tipos de suelo.

 

El sembrador es quien predica el mensaje, con Jesús a la cabeza. La semilla es el propio mensaje, y el suelo son las personas a las cuales está destinado el mensaje. Hay cuatro clases de personas, conforme los tipos de suelo, y que son: “la orilla del camino”, el “suelo rocoso”, el “suelo con espinas” y la “buena tierra”.

 

La persona del tipo “orilla del camino” es indiferente a la palabra de verdad. La escucha, pero las aves (en este caso, Satanás y sus compinches), le quitan, de variadas maneras, la palabra de verdad. Esta persona ya no se interesa por la salvación, es indiferente. Evidentemente ya no está motivada por las cosas del cielo. Puede hasta querer salvarse, pero no hace nada, ni por sí mismo ni por otra persona. La palabra predicada no logra siquiera germinar, no produce el mínimo efecto, es inerte, insensible. Por cierto que entiende que hay ciertas cosas que son lo suficientemente importantes como para prestarles la debida atención. Pero pierde el conocimiento transmitido en el mismo instante en que lo está escuchando.

 

La persona del tipo “suelo rocoso” es parecida a la anterior, pero con un poco más de oportunidad. Al ser superficial, al menos alcanza a oír la palabra, y lo hace con alegría, toma en cuenta algunas cosas, pero no tiene demasiado interés. El deseo de profundizar en la verdad no persiste, la persona no quiere hacer ciertos cambios necesarios en su vida. La semilla de la Palabra (la Biblia) alcanza a germinar, pero no se desarrolla. Por estar en un suelo muy superficial, ante la primera dificultad, la primera tentación o prueba, la palabra es olvidada y muere, tal como lo hace el sol con las plantas que nacen en un suelo poco profundo.

 

La persona del tipo “suelo espinoso” es un poco más promisoria que la anterior. Cae en el suelo profundo, pero aparecen los espinos. Es decir que crece en ella aquello que el sembrador de la vida no ha sembrado. La semilla arrojada en este suelo germina y se desarrolla. Y tal persona casi llega hasta donde Dios lo desea. Sin embargo, no abandona la mundanalidad, ni sus atracciones. Satanás tiene para esta clase de personas algo especial, utiliza muchas estrategias para competir con lo que Dios propone. Estas cosas hoy son la televisión, los videojuegos, una parafernalia de cosas de origen mundano, las riquezas, el estatus, la moda. Así, Satanás despierta en las personas un mayor interés en estas cosas que en la verdad, la que nos podría salvar. Así, la semilla crece mucho antes de dar frutos, y es sofocada por las cosas que Satanás ha insertado en cada una de sus vidas.

 

La cuarta clase de personas es el “suelo fértil”, es decir, las que son propicias para la obra del Espíritu Santo. Estas personas sienten que necesitan ayuda para sus vidas. No se consideran autosuficientes, no obstante, sienten que necesitan desligarse del mundo y unirse a las cosas de lo alto. En este “suelo”, la semilla germina, se desarrolla y produce buenos frutos. En la parábola, este tipo de suelo es el único que da frutos, no así los otros. Esto, aunque parezca un dato irrelevante, es muy importante. Los frutos producidos hacen referencia a la transformación que el Espíritu Santo hace en la vida de esas personas; entonces, su influencia sobre las demás personas, será una influencia direccionada a la vida eterna. Nótese que algunos suelos dieron más frutos que otros, pero todos fueron aprobados. No todas las personas que se salvan son iguales, algunas producen más, otras menos, pero lo importante es anhelar ser transformados y así producir buenos frutos.

 

Los cristianos que realmente desean ser salvos necesitan una profunda meditación en esta parábola. La pregunta que surge es: ¿qué suelo estoy siendo yo? ¿Qué clase de fruto estamos produciendo? ¿Somos personas representadas por el primer y segundo suelos (que no producen fruto alguno), del tercer tipo (que sólo produce espinos), o del cuarto tipo, que produce buen fruto? Este análisis es vital, que tendrá repercusiones eternas.

 

 


 

 

El reino semejante a una semilla (Marcos 4:21-34)

 

Mientras que los líderes de las naciones, especialmente de los imperios, se enorgullecen del poder de sus armas y de sus ejércitos, el reino de Dios ni siquiera se fija en eso. El poder coercitivo debería ser motivo de vergüenza, pues al ser necesario, en realidad está señalando una incompetencia administrativa para gobernar mediante canales más adecuados. Entonces, en lugar de la persuasión, se usa la fuerza, tal como lo vemos ejemplificado en la actualidad en muchas organizaciones, y tal como fue a lo largo de la historia de las naciones desde que ellas se formaron, aún antes del Diluvio.

 

El reino de Dios es diferente. Jesús lo comparó con una semilla. La semilla es pequeña, pero crece, se hace grande, y produce frutos, los que permanecen para siempre. Y esto es porque de los frutos surgen nuevas semillas, que dan como resultado nuevas plantas y árboles, que a su vez producen más fruto, y así llenan la tierra de belleza y abundancia. Todo el verde de los jardines y florestas, toda su belleza, la abundancia de alimentos, y la felicidad que de ello resulta, proviene de la semilla. Aunque hoy exista el pecado, las semillas continúan insistiendo en hacer su obra, y supliendo las necesidades de nuestra vida. Si no fuese por las semillas, evidentemente no existiríamos. La pequeña semilla es el comienzo, y representa así el origen, el comienzo del reino de Dios en nosotros, que también comienza siendo pequeño, pero que crece indefinidamente, y esta experiencia se va convirtiendo en algo agradable a medida que pasa el tiempo. El reino de Dios, a través de este sistema de “transformaciones” operado en nosotros aquí en la tierra, en este ambiente de pecado, conquista corazones. A lo largo del tiempo, la persona va creciendo espiritualmente y en conocimiento. En ella la simiente va creciendo y nunca más dejará de crecer.

 

Así es el reino de Dios. Abarca así el corazón, como el mundo entero, además del Universo. Durante toda la eternidad iremos creciendo, nunca nos detendremos en nuestro desarrollo, y cada vez más se hará más atractivo para nosotros.

 

 


 

Terror sobre el agua (Marcos 4:35-41)

 

Normalmente nuestra fe es escasamente probada, hasta pareciera que no necesitáramos de ella. Es en momentos de crisis que nos damos cuenta cuánto creemos en Jesús, o cuánto no creemos en Él. Cuando la vida se va de los cauces normales, es que somos probados en cuanto a los principios en los que creemos, en el cristianismo que practicamos. Cuando hay dificultades nos damos cuenta cuán superficial es nuestra preparación para la salvación, cuán pequeños somos debido a la escasa fe que poseemos, y que encima creemos que es gran cosa. Fue eso lo que sucedió con los discípulos durante la tempestad. En aquél día se dieron cuenta cuán débil era su fe en el Maestro. Y en contraste, vieron cuánto era capaz el Maestro de hacer por ellos.

 

Todos estaban cansados. Y Jesús realmente estaba exhausto. Habían sido días de trabajo intenso, el pueblo no daba un instante de tranquilidad puesto que eran muchos los que buscaban a Jesús para ser sanados. Otros querían consejo, algunos deseaban charlar de manera íntima con Jesús, hasta los niños sentían una fuerte atracción por el Maestro. Así, la actividad de Jesús no se limitaba únicamente a la predicación, sino que hacía muchas otras cosas más. Evidentemente era El quien más actividades tenía, mucho más que los discípulos. Y el pueblo no los dejaba. Si algunos se iban, otros llegaban, y muchas personas permanecían con Jesús todo el tiempo. Pero, como pasa con todo ser humano, llega el momento en el que el cuerpo pide urgentemente descanso. Y eso fue lo que aconteció con Jesús. El estaba exhausto, a punto tal que le pidió a sus discípulos a que fueran hacia la otra orilla del Mar de Galilea. De todos modos, cuando Jesús y sus discípulos entraron en el barco, algunos ocuparon otros barcos para continuar siguiéndolo. La extensión del lago es de unos 12 a 13 kilómetros. Una travesía normal suponía más o menos unas dos horas de viaje a remo. Pero, en medio del trayecto (mientras Jesús dormía profundamente a causa del cansancio), se desató un violento temporal. Los discípulos lucharon para mantener el barco en equilibrio y para achicar el agua que entraba dentro del casco de la embarcación. La tempestad empeoró rápidamente, y ellos vieron que sucumbirían. Necesitaban ayuda, pero Jesús estaba profundamente dormido. Entonces lo llamaron para que ayudara a remar, sacar el agua, e intentar, como ellos lo estaban haciendo, salvarse de hundirse. “¡Maestro! ¿No tienes cuidado de que perecemos?” le gritaron (Marcos 4:38). Lo que le estaban diciendo era: “¿No vas a hacer nada para ayudarnos? ¿Te vas a quedar durmiendo?”.

 

En esa ocasión la fe de ellos estaba siendo probada. Pero desapareció por completo. No pidieron un milagro del poder de Jesús, ellos simplemente querían que Jesús les ayudase con los remos, los baldes y a mantener el equilibrio del bote. Se olvidaron del poder que poseía Aquél que estaba durmiendo en medio de la tempestad. Ellos, al ver que dormía tan sereno y confiado, podrían haber permanecido tranquilos, puesto que allí, con ellos había Alguien que tenía mucho más poder que el de la tempestad. Ellos sabían de ello, pero en ese momento de crisis se olvidaron todo lo que sabían al respecto de Jesús. Olvidaron los muchos milagros de curación que habían visto, el inmenso poder que evidenciaba tener, y el hecho que Él hacía todas esas maravillas únicamente por el poder de su palabra. El podía resolver el problema de la tormenta con unas pocas palabras. Pero en ese momento, la fe desapareció. Al faltarles fe, pidieron poco, sólo que Jesús los ayudase en el nivel que ellos se estaban esforzando. Si hubiesen tenido fe, calmadamente le habrían pedido al Maestro que calmara la tempestad, y Él lo haría (puesto que eso fue finalmente lo que hizo). Pero no, ellos le gritaron al Maestro y le preguntaron si no le importaba la vida de ellos. Ahora, ellos sabían que Jesús había venido a salvarlos, tenían conciencia de ello, pero en ese momento de crisis simplemente olvidaron todo y se volcaron a sus pobres recursos: remos y baldes. No recordaron el poder que tenía la Palabra pronunciada por Cristo.

 

Ante el pedido urgente de socorro, aún siendo equivocado, el Maestro actuó. ¿Cuánto tiempo habrá pasado entre el momento en que lo despertaron hasta que todo se calmó? Muy poco, podemos decir que menos de un minuto. El tiempo que le llevó a Jesús decir unas pocas palabras, en realidad, sólo dos: “¡Calla, enmudece!” (Marcos 4:39). Las olas desaparecieron, el viento se detuvo instantáneamente, las condiciones climáticas no mejoraron al rato, sino instantáneamente. “Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza” (Marcos 4:39).

 

Vieron el gran poder de Jesús obrar nuevamente. La naturaleza le obedeció rápidamente, así como en anteriores oportunidades le había obedecido cuando el agua se transformó en vino, o cuando las enfermedades sucumbían ante su palabra, o los demonios eran expulsados. Avergonzados y temerosos se preguntaron: “¿Quién es este, que aún el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:40). Sabían quién era Él, pero ahora estaban realmente impresionados, percibieron que tenían poca fe y que no conocían casi nada acerca de su Maestro. Temieron porque estaban ante un poder descomunal.

 

Esto bien puede ocurrir con nosotros también. Pensamos que conocemos muy bien a Jesús, y eso es en circunstancias normales. ¿Pero si vienen pruebas un poco más profundas, más allá de las relacionadas simplemente para ganar el pan? ¿Cómo será cuando no tendremos más el derecho de ganar el sustento a través de nuestro trabajo? En ese momento deberemos calmarnos, y orar por el alimento que Dios enviará para nuestro sustento. Sabemos, mediante las promesas, que el alimento vendría, de manera milagrosa, pero vendrá. Sin embargo, para que eso suceda, HOY debemos desarrollar la fe necesaria para ello. La fe necesita ser cultivada como si fuera una huerta. Todos los días debe cuidarse. Así, crecerá y se convertirá en algo grande.

 

 

 


 

 

Dos mil cerdos por una persona (Marcos 5:1-20)

 

Luego de calmar el viento y el agua, sin dificultad alguna los discípulos remaron hasta llegar a la otra orilla. Al llegar allí, tuvieron el inconveniente de encontrarse con un hombre endemoniado. Allí, el Creador en forma humana, se encontró con una de sus criaturas en situación de rebeldía. Había una gran cantidad de demonios morando en el cuerpo de un solo hombre. Habían modificado radicalmente su personalidad, pero no a semejanza del Dios que lo había creado, sino a semejanza del demonio, que esclaviza. Aquél hombre estaba desnudo, tal vez como lo están los demonios. Eso había hecho que se separara de las personas, y para denigrar lo que Dios había hecho tan puro. Vivía en el cementerio, lo que para él era el mejor lugar, por cierto un lugar muy atractivo para los demonios, de gusto pervertido. A través de todos los tiempos podemos ver que el demonio intenta deformar la obra principal de la creación: el ser humano, hombre o mujer. Si no es a través de pinturas que deforman el cuerpo, es por la exhibición pública de ese cuerpo, ya sea parcial o totalmente. Todo eso tiene como objetivo rebajar lo que Dios hizo extremadamente bello y para fines discretos y exclusivos. Hoy, la práctica del nudismo es considerada algo “natural”. Pero para los que aún no se atreven a tanto, hay ropas que muestran una gran parte del cuerpo, tal como lo vemos a diario. Todo este exhibicionismo viene de Satanás, y su camino siempre ha sido en dirección a los extremos.

 

En esta confrontación, a los demonios no les quedó otra opción que la de reconocer que allí estaba presente su Creador, el que ellos habían rechazado. Luego de un breve intercambio de palabras, le pidieron que no los enviase lejos. En vez de desafiarlo, y hasta con un cierto respecto (producto del miedo, y no del amor), le pidieron que los enviase a una manada de cerdos. Este era un pedido razonable, viniendo de los demonios, puesto que ellos merecían estar en los inmundos cerdos, en vez de en un ser humano hecho a semejanza de Dios. Pero hubo una sorpresa, los puercos estuvieron menos dispuestos que los seres humanos a aceptar a los demonios, y se agitaron. Corriendo ladera abajo, cayeron en el barranco hacia las aguas del Mar de Galilea y murieron.

 

Una vez ocurrido esto, se le dieron ropas al hombre liberado de los demonios. Ahora se comportaba como un ser hecho a imagen y semejanza del Creador, racional, y perfectamente normal, como hacía tiempo no se veía. La noticia se esparció rápidamente. Desde una pequeña ciudad cercana, el pueblo llegó para ver lo que había ocurrido. Encontraron al ex endemoniado en perfecto estado, decente, educado, conversando normalmente con las demás personas, relatándoles los hechos. Ahora era un hombre agradecido por la liberación del poder del enemigo. Sin embargo, los dueños de los cerdos fueron considerados más dignos de crédito que el Salvador. Estaban inconformes con el perjuicio material que el milagro les había ocasionado, e influyeron ante el pueblo para hacer que Jesús se retirara. No querían al Salvador, preferían la esclavitud del demonio, querían seguir criando puercos, y lucrar con esa actividad inmunda. Hoy no es muy diferente. Muchos no están dispuestos a dejar sus actividades ilícitas, la evasión impositiva, los negocios dudosos, la piratería, etc., por el Salvador. Cada época de la historia tuvo diferentes sistemas económicos para amarrar a las personas a Satanás.

 

Los habitantes de aquella región lamentaron la pérdida de los cerdos, pero no se alegraron con la liberación de uno de ellos, un hermano o semejante. No vieron lo que Cristo había hecho con aquél hombre, y no discernieron lo que Él podía hacer por ellos. Su única preocupación eran las pérdidas materiales. No quisieron mirar más allá de ello. ¡Qué grandes bendiciones se perdieron de aprovechar! Cambiaron un ser humano por animales inmundos, estaban más preocupados por lo terrenal. Hoy no es muy diferente, la vida de los seres humanos es muy desvalorizada. La vida transitoria tiene más valor que la vida eterna. Y para muchos, ni siquiera tiene valor alguno.

 

Le pidieron a Jesús que se fuera. El, como siempre, también en eso les hizo caso, y se fue. El ex endemoniado quiso ir con Jesús, pero eso no le fue permitido. Jesús lo dejó en aquél lugar para que continuara la obra que a El no le habían permitido hacer. Quedó entre ellos un hombre que antes era motivo de temor, pero que ahora tenía razones para anunciar a Jesús como el Libertador de los que eran cautivos de Satanás.

 

 


 

La hija de Jairo y la mujer enferma (Marcos 5:21-43)

 

 

En esta sección de la lección ingresamos en hechos relacionados con los sentimientos humanos. En estos pasajes bíblicos vemos a Jesús liberando a una mujer que había pasado doce años gastando dinero en médicos, luchando contra una hemorragia interna, un flujo continuo que la convertía en una persona ceremonial y socialmente impura (en la interpretación radical de ciertos principios de higiene y salubridad, principios que habían sido dados por Moisés al formarse el pueblo de Dios). La mujer había gastado todo lo que poseía, no le había quedado nada, en búsqueda de una cura para su mal. Estaba literalmente condenada a vivir por el resto de sus días con esa enfermedad, hasta morir. No le quedaba otra perspectiva de vida.

 

Pero al escuchar acerca de Jesús, se acercó a Él. Era una mujer tímida, tal vez porque estaba siendo discriminada socialmente (era inmunda, no debía ser tocada). Pero la fe la impulsó a ir en dirección de Jesús. Aún en medio de la apretada multitud, logró acercarse a Él. Inhibida, no se atrevió a hablar con él para pedirle la sanidad, sino que encontró un medio alternativo ante su temor. Tenía tanta fe que estaba convencida que si apenas lograra tocar sus vestiduras, sería sanada. Quizás Jesús no se diera cuenta, ello no quería que eso pasara, puesto que era muy tímida. Pero Jesús percibió lo que estaba sucediendo, y de inmediato se volvió a preguntar quién había sido el que lo había tocado. Los discípulos, como siempre, insensibles, no percibieron el motivo de la pregunta. Pero Jesús no hará semejante pregunta si nada hubiera ocurrido.

 

Entonces la mujer, que no quería hablar por miedo y vergüenza, explicó todo. Estaba temblando, visiblemente emocionada, aunque ya estaba sanada. Como respuesta a su temor, Jesús mansamente la consoló, hizo que ella se convirtiera en “persona”, en una criatura de Dios, que nada debía temer. Dijo que su fe la había salvado, que podía irse porque estaba curada. El confirmó así el milagro que ya había sido efectuado. Si Jesús no hubiese buscada el diálogo, igual habría sido curada, pero con ello logró que la mujer se fuese en paz, sin temor de Jesús, sino que –por el contrario– se fuese confiada en el simpático Salvador.

 

La historia de la hija de Jairo es diferente. Jairo era uno de los principales en la sinagoga de una de las ciudades costeras del lago de Galilea. No debemos confundirlo con algún personaje principal del templo de Jerusalén. Era un hombre humilde, temeroso de Dios. Su hija estaba gravemente enferma, cerca de la muerte. Entonces fue a pedirle a Jesús a que la curara. Jesús estaba yendo para su casa cuando ocurrió el episodio de la mujer enferme anteriormente comentado. En ese intermedio, la niña falleció, pero aún así fue hasta la casa de Jairo. Jesús sabía lo que necesitaba hacer. Al llegar dijo que la niña no estaba muerta, sino que dormía. Para Dios, la primera muerta es apenas un sueño, pues el traerá a esas personas de la muerte, estado que es apenas transitorio. Muchos saldrán de ella para vida eterna; otros, a la segunda muerte (esta sí es para siempre).

 

Jesús se dirigió a la habitación de la niña y la llamó para vida. Ella se levantó recuperada y en perfecto estado de salud.

 

En estos dos milagros vemos la sensibilidad de Jesús para con los sentimientos del ser humano. La mujer era discriminada, considerada como una persona que no se podía tocar, pero Jesús no la reprendió por haber tocado sus vestiduras. Por el contrario, junto con la cura le dio consuelo y paz. ¿Hay alguna diferencia entre el hecho de no tocar a una persona inmundo, y curar a esa persona, de modo tal que no sea más impura? Pues eso fue lo que Jesús hizo.

 

En cuanto a la hija de Jairo, que era apenas una niña, ya estaba muerta. ¿Por qué incomodar al Maestro con ello? ¿No fue eso lo que le dijeron a Jairo? “Deja al Maestro en paz, total, la niña ya murió”. Pero Jesús demostró una sensibilidad diferente: él resucitó a la niña. Otra vez aparece el contraste entre la manera en como el hombre piensa y cómo piensa Dios. El quiere devolvernos la vida, los hombres quieren enterrar el cuerpo.

 

¿Qué aprendemos de estas dos historias? Del valor de la fe. Con fe podemos atravesar dificultades que normalmente parecieran estar más allá de nuestras posibilidades. Aprendemos a no discriminar, pues todo ser humano merece una vida saludable y la posibilidad de obtener la vida eterna. Debemos involucrarnos más en la lucha por salvar a seres humanos. No debemos desentendernos de ello, o hasta de menospreciarlos. Jesús los consideró a todas las personas como iguales.

 

 


 

Aplicación del estudio

 

Jesús prefirió predicar en la región de Galilea, donde había gente humilde. Muchos incluso vinieron desde Jerusalén para escucharlo. De allí también vinieron espías de los líderes religiosos, y también algunos principales para intentar atrapar a Jesús en algún desliz doctrinario.

 

De su accionar en Galilea podemos extraer profundas lecciones. El estudio de esta semana fue oportuno para aprender a cambiar nuestra vida, con el auxilio del poder del Espíritu Santo.

 

Según la secuencia de los días, tenemos una lección en cadena. Es necesario dejar que la semilla penetre en nuestros corazones y nos transforme silenciosa y gradualmente, salvándonos de las aguas de un mar revuelto de dificultades crecientes y tentaciones. Se nos ofrece la liberación de los poderes de la esclavitud a manos de los demonios y de la muerte, dirigiéndonos hacia el camino de la vida eterna.

 

Jesús, en los estudios de esta semana, se ha mostrado como Alguien sensible a las necesidades del ser humano. El nos presenta un reino diferente, no autoritario, sino que va creciendo en el terreno fértil del corazón humano en la medida que lo cultivamos. Ese reino crecerá, de manera diferente en cada una de las personas, pero lo hará en todas aquellas que lo deseen, y se expandirá hasta estar presente en todo el ser. La presencia del reino de Dios se da en la medida en que Él pueda colocar en nuestras mentes y corazones su Ley (Hebreos 8:10). Jesús libera a las personas del imperio de Satanás tal como fue con el endemoniado. El liberó a una niña de la muerte, también presa de Satanás. Jesús es el Creador, capaz de devolver la vida eterna a quien lo desee. El libera de las enfermedades, de los demonios, del dolor y de la muerte. El nos trajo una pequeña muestra de lo que es el Reino del Amor. Quien sea humilde y se entregue a Jesús, conocerá por completo este Reino.

 

Prof. Sikberto Renaldo Marks


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© Prof. Sikberto Renaldo Marks marks@unijui.tche.br

El Profesor Sikberto Renaldo Marks, ha autorizado al Doctor Martínez a traducir y/o publicar sus comentarios semanales de la escuela sabática

 Traducción al español en esta semana: Profesor Rolando Chuquimia (rdchuquimia@ciudad.com.ar).  Agradecimiento a Recursos de Escuela Sabática (RES)

 


 

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