
El viaje final
SEGÚN LOS TEXTOS DE MARCOS 10:32 AL 11:25

Lección 8
Para el 21 de Mayo del 2005
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“El acto de vivir el propio
destino
“El dios que ve el futuro
esconde el desenlace en una noche espesa;
Después de cancelar el pasado a sus espaldas, el Maestro decide internarse por el camino de la historia emprendiendo la marcha hacia Jerusalén, su meta final. Jesús va adelante, como si estuviera ávido del porvenir, dispuesto a no perderse en recovecos ni en los intersticios del recuerdo. Los discípulos marchan atrás, entre sorprendidos y temerosos. ¿Presentían el desenlace final trágico que les aguardaban al final del camino? Por las dudas, el jefe les anticipó el mapa epistemológico que debían recorrer —paradigma de la misión del discípulo, como había aclarado antes (8:34-37)—, destacando con gran precisión todos los relieves y accidentes de ese recorrido, las torturas, pasión y sacrificio en la cruz. Desde una perspectiva que no es habitual, Jesús demostró una lúcida clarividencia de su destino y una indomable fuerza de voluntad para asumirlo. Horacio, el gran poeta lírico romano, en una de sus célebres odas, afirma que la divinidad ha escondido en la “noche espesa” nuestro desenlace final, disponiendo únicamente de “las cosas del presente con ánimo sereno”. ¿Qué sería de nosotros si el Señor nos hubiera adelantado el conocimiento de nuestra muerte como hizo con Pedro (S. Jn.21:18-19)? Probablemente no podríamos disponer del presente con ánimo sereno.
Los textos de Marcos que diseñan el camino hacia la cruz, correspondiente al estudio de esta semana, transitan por una geografía variada y aleccionadora. En primer lugar aparece el pedido extemporáneo y desatinado de los hijos de Zebedeo (10:35-40), todavía contaminados por el Síndrome de Lucero (ver comentario de la lección 7). Nuevamente el gran Médico debe administrar una nueva dosis del antídoto contra el veneno de la serpiente antigua, diciendo: “el que quiere llegar a ser grande entre vosotros será vuestro servidor” (vs.43). Se trata de un intento de eludir el camino del servicio que Jesús estaba recorriendo y proponiéndoles para avanzar en círculos, encerrados en sí mismos.
El itinerario continuó por Jericó donde ocurre otra milagrosa intervención de Jesús, concediéndole la visión al ciego Bartimeo (vs.46-52), que estudiaremos en el apartado siguiente. Luego se produce la entrada triunfal a Jerusalén, al estilo mesiánico de los conquistadores, con explicaciones que Marcos nos ofrece de la obtención del pollino, el medio de transporte utilizado. Posteriormente se narra la inspección al templo, la retirada a Betania a la noche, para regresar el lunes de la última semana a Jerusalén, donde en el camino maldice a una higuera frondosa que prometía frutos que en realidad no poseía, tema que trataremos en el último apartado. En ese día llegan al templo, donde el Señor procede a purificarlo de la invasión de los mercaderes que utilizaban los espacios sagrados para negociar sus productos. El relato continúa con la información del retorno a Betania y los sucesos del martes de mañana cuando el grupo regresa nuevamente a Jerusalén, observando en el camino, la higuera maldita completamente seca. Ante el asombro de los discípulos el Maestro da una nueva lección de ejercer la fe, con plena certidumbre.
Como nos tiene acostumbrados
Marcos, se trata de un relato ágil, fresco, transparente, con una
escritura despojada de falsos ornamentos y de una notable economía;
un texto con palabras iluminadoras, de búsqueda y hallazgo (como
ocurrió con Bartimeo), pero también con frustraciones y desengaños
(como aconteció con la higuera), de triunfos y fracasos, como
sucedió con los cambistas y vendedores del templo, donde la Vida
pretendía iluminar y purificar los recintos del alma, en tanto los
traficantes religiosos, asechaban entre las sombras, maquinando las
operaciones de la muerte. Todo ocurrió a la vera del camino hacia
Jerusalén. Anna Gorenko, en sus “Poemas escogidos”, canta unos versos tristes, que nos relata el camino de la gente y de sí mismo. Nos dice:
Jesús trazó un camino recto, que se dirigía hacia “la cima paterna”, aunque llevara en su seno el infortunio y el aparente abismo. Un buen motivo para reflexionar en nuestro propio camino, ¿hacia donde nos dirigimos? ¿Hacia el infortunio o la dicha? ¿Hacia el abismo o la “cima paterna”? ¿Cuál es la meta final que nos proponemos?
“Y la noche era la matriz de
ese saber, el lugar,
La historia del evangelio
descrito por Marcos (que tiene su paralelo en Mateo y Lucas) narra
con precisión una serie de detalles sugestivos. El episodio ocurrió
a la salida de Jericó, en camino a Jerusalén, en el último viaje de
Jesús. Se dirigía a la Pascua para morir como los corderos que eran
sacrificados en los holocaustos; avanzaba, pues, hacia su destino de
expiación y salvación. En ese camino que iba a la muerte para llegar
a la vida, aparece Bartimeo como símbolo anticipada de Cristo, pues
vivía entre las sombras de la muerte (de sus ojos) y alcanzó la vida
de las luces de la visión, resucitando la mirada a una nueva
existencia. Todos aquellos que quieren ir a Jerusalén, para
comprender el misterio de la redención, necesitan la fe que abra los
ojos del entendimiento, para captar esas enseñanzas eternas. ¿Quién era Bartimeo? ¿Qué nos dice el relato de su historia? Son escasos los datos, pero muy esclarecedores. Bartimeo, en realidad no tenía nombre. Esa designación sólo significa “Hijo de Timeo” (probablemente una abreviación de “Timoteo”) (DBA, 143). Es como decir, que se llamaba el “hijo del padre”. En los tiempos bíblicos, no tener nombre es no existir, ya que el nombre era una definición de la persona (Ídem, 847). En otras palabras, Bartimeo, no era nadie o era un nadie. Otro dato que se menciona de él es su ocupación de mendigo. Vivía junto al camino, viviendo de la caridad pública. El dato más importante de Bartimeo era su ceguera. Así, pues, todo lo que sabemos de él habla de un ser marginado, extremadamente carenciado, que era subestimado, desechado y socialmente rechazado. Cuando empezó a gritar la gente lo “reprendió” y le exigió que se callara. Es como decirle: “Cómo te atreves a llamar al Maestro si no eres nadie”. Sin embargo, Jesús escuchó ese grito desesperado del marginado, lo mandó a llamar y respondió a la demanda de curación. La actitud de Cristo fue un reproche severo hacia aquellos que expulsan y desprecian a los discapacitados y menesterosos.
El relato parece claro, radiante como aquel día pleno de sol, sin embargo, prontamente des-cubrimos algunas sombras que contrastan con la luz. Bartimeo el ciego, estaba sentado a la vera de la ruta, pidiendo limosnas. Conocía lo que ocurría por los sonidos que le traía el movimiento del camino. Ese día escuchó los ruidos de una multitud. Preguntó que estaba ocurriendo y le informaron que “era Jesús, el nazareno” quien pasaba acompañado de sus discípulos y un gentío que lo seguía. Entonces el ciego se levantó como movido por un resorte y comienza a gritar desaforadamente en la dirección donde provenía el bullicio: “(Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”. Esas palabras exhiben que el ciego sabía de Jesús. Seguramente escuchó de sus sanamientos milagrosos y de sus enseñanzas. Al identificarlo como “Hijo de David” reconocía su origen y probablemente su carácter mesiánico. El hecho es que había llegado a pensar que Jesucristo era la única esperanza que tenía de curación.
De alguna manera, la luz de esa esperanza había empezado a alumbrar su interior desde hacía mucho tiempo atrás hasta convertirse en un potente faro. Jesús era el Hijo de Dios, el único que podía curarlo. Se aferró a ese pensamiento con todas las energías de su alma y espíritu. ¿Cómo hacer para encontrarlo? Su ceguera le impedía salir a buscarlo, lo único que podía hacer era esperar que algún día pasara ante él. Así que dejó de pedir limosnas por las calles de Jericó y se instaló en las afueras de la ciudad, en el camino. Era más redituable mendigar en la ciudad, donde había más gente y era más fácil obtener albergue, además, establecerse en el camino era peligroso, por los asaltantes (como le ocurrió al samaritano de la parábola que fuera asaltado), pero debía arriesgarse si pretendía encontrar la sanidad. A Bartimeo no le interesó la comodidad y los riesgos, sabía que Jesús recorría los caminos y tuvo fe que algún día pasaría por allí para entonces pedirle que le devolviera la vista.
Quizás soñó con ese día, mientras pedía limosnas a los viajeros, agudizando el oído para descubrir en cada transeúnte si era Jesús. Su único interés estaba depositado en encontrar al Maestro. Poco le importaba que le dieran limosnas, la única limosna que le interesaba era esa muestra de misericordia de volver a ver. ¿Cuánto tiempo estuvo el ciego esperando a Jesucristo? ¿Cuántas veces preguntó a los extranjeros y nativos por el Hijo de Dios? ¿En cuántas ocasiones le pareció oír el ruido de los pasos de su redención? No lo sabemos, pero sí sabemos que lo esperaba con ansias superlativa y creciente, buscando la oportunidad única de su vida.
Por eso, cuando supo que se acercaba el Médico de los médicos, no pensó en el ridículo, ni que otros se pudieran molestar, ni en la hostilidad de la gente. Nada ni nadie lo detuvo. Era El esperado. El que su alma anhelaba. Su búsqueda finalmente alcanzaba el fin, allí estaba la meta de su vida. Había hallado quien lo podía curar. Lanzó su grito de fe con todas las fuerzas de sus pulmones. Jesús lo oyó. Jesús que todo lo sabe, escuchó ese llamado angustioso del hombre necesitado, conociendo que era la voz de una búsqueda profunda y prolongada. Jesús es sensible a ese tipo de búsqueda. Así que lo llamó ante su presencia. Entonces el ciego arrojó lejos su “capa” de mendigo. Sabía anticipadamente que no la necesitaría más. Acudió delante de la fuente de toda vida y de toda visión. "¿Qué quieres que te haga?" El ciego respondió: "Maestro, (que recobre la vista!" Jesús le dijo: "Puedes irte. Tu fe te ha sanado". Y en el acto recobró la vista, y desde entonces siguió a Jesús gozoso hasta el fin del camino, hasta la cruz.
¿Cuál es la clave para entender a Bartimeo y su historia? Jesús lo reveló en pocas palabras: “Tu fe te ha sanado”. ¿Cómo fue la fe del ciego? El autor del libro a Los Hebreos define esta actitud con aquella célebre declaración: “La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven” (Heb. 11:1). La “sustancia” de lo que esperaba el ciego era la convicción que Jesús podía hacer el milagro de curarlo, de restituirle la vista. Sabía que su mal no tenía solución humana, pero sabía que Dios todo lo puede. Su fe era la certeza que Jesús encarnaba a Dios en la tierra y constituía el único remedio. La suya era una fe como visión de esperanza. Cuando la oportunidad se presentó la esperanza se convirtió en visión. Fue una visión provocadora para la gente, pero cuando su fe alcanzó el objetivo, todo el pueblo “vio aquello (y) dio alabanza a Dios” (Luc. 18:43).
Siempre existe la posibilidad del cambio, de proyectar un destino diferente y superior. La fe es el camino del cambio. El cambio de Bartimeo transitó, en primer lugar, por no resignarse, por no aceptar su suerte de condenado a la marginación. Quizás, en sus momentos de desánimo, escuchaba las voces de aquellos que lo reprendían para que se quedara quieto en su desgracia y ceguera. Pero aprendió a no darse por vencido y buscar la redención en Jesús. Descubrió que en “ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hech. 4:12). Se aferró obstinadamente a esa fe, sin claudicar ni flaquear, venciendo la oposición de la gente y las incomodidades del camino.
La fe consiste en encontrarse con Jesús y tomar su camino. Acompañarlo en los momentos decisivos que continuaron en dirección al Calvario, ya que Bartimeo, tuvo el privilegio de observar el sacrificio, la muerte y la resurrección del Salvador con sus propios ojos. La búsqueda de fe de aquel pobre mendigo lo proyectó al acontecimiento culminante de los siglos, a ver el misterio de la salvación del mundo en directo, en forma personal. Entonces, ¿por qué mirar con ojos recelosos? ¿Por qué tener un corazón desconfiado? Sólo puede vencerse la adversidad con la fortaleza interior que proporciona la fe que se aferra a la palabra de la esperanza en Dios.
En síntesis, se trata de un relato que descubre el drama patético de una experiencia dolorosa y opresiva, que mueve una energía incontenible de liberación alcanzando las luces de un nuevo amanecer. Donde se propicia el diálogo, el llamado a la meditación. Un relato que irradia los fulgores esplendorosos de la fe. Una historia que triunfa sobre la ceguera, promoviendo la visión de nuevas realidades, develando el entretejido de sutiles correspondencias. Cuando se abren los ojos a la multiplicidad espléndida de la vida, en forma súbita e inopinadamente.
LA EXTRAÑA MALDICIÓN DE LA HIGUERA
“De la higuera aprended la
parábola...”
Bertrand Russell, filósofo, matemático y escritor británico, Premio Nobel de Literatura en 1950, en un célebre libro de su autoría, titulado: “Porqué yo no soy cristiano”, argumentó que una de las razones de su rechazo al cristianismo, fue la acción de Jesús de maldecir y hacer secar una pobre higuera, por la simple razón de ser estéril. Consideraba que otros forjadores de creencias religiosas, como Buda y Confucio, eran más bondadosos, amaban la naturaleza y jamás habrían maldecido una higuera, ni dañado a nada ni a nadie, especialmente, un árbol tan noble que nos regala una fruta tan sabrosa. Reconozco que cuando leí por primera vez esos comentarios de Russell me impresionaron y me hizo preguntarme: ¿Por qué el Señor maldijo ese árbol del campo, que había constituido en símbolo del conocimiento de los tiempos y que ahora reduce a un grotesco espectro seco?
El filósofo inglés ateo evidentemente desconocía la historia del simbolismo de la higuera en la literatura bíblica y los comentarios esclarecedores de Elena de White sobre el tema, que se registran en el Deseado de todas las Gentes. Si los hubiera conocido no habría hecho ese juicio tan despiadado acerca de Jesucristo, que está tan lejos del verdadero carácter del Creador y Sustentador de la naturaleza. Jesucristo amaba y admiraba las obras de la creación, tanto vegetal como animal, como lo expresara en varias ocasiones, por ejemplo, cuando exhortó a “mirar las aves del cielo y contemplar los lirios del campo”. “En toda la vida de Jesús no hay nada que sugiera que él alguna vez, con maldad, hubiera provocado daño o sufrimiento a hombres, animales u otras criaturas, obra de sus manos, o que hubiera procedido movido por motivos indignos. Las circunstancias dentro de las cuales Jesús realizó el milagro proporcionan una explicación plenamente satisfactoria de su propósito al llevar a cabo este acto excepcional” (5CBA, 630).
Es, pues, necesario, entender ese evento extraño como una parábola. Para poder interpretarla hay que comprender las circunstancias o el entorno de la maldición. EGW lo explica con lucidez al escribir: “La maldición de la higuera era una parábola llevada a los hechos. Ese árbol estéril, que desplegaba su follaje ostentoso a la vista de Cristo, era un símbolo de la nación judía. El Salvador deseaba presentar claramente a sus discípulos la causa y la certidumbre de la suerte de Israel. Con este propósito invistió al árbol con cualidades morales y lo hizo exponente de la verdad divina. Los judíos se distinguían de todas las demás naciones porque profesaban obedecer a Dios. Habían sido favorecidos especialmente por él, y aseveraban tener más justicia que los demás pueblos. Pero estaban corrompidos por el amor del mundo y la codicia de las ganancias. Se jactaban de su conocimiento, pero ignoraban los requerimientos de Dios y estaban llenos de hipocresía. Como el árbol estéril, extendían sus ramas ostentosas, de apariencia exuberante y hermosas a la vista, pero no daban sino hojas. La religión judía, con su templo magnífico, sus altares sagrados, sus sacerdotes mitrados y ceremonias impresionantes, era hermosa en su apariencia externa, pero carente de humildad, amor y benevolencia.” (DTG, 535)
En resumen, ¿cuál es la lección que nos deja la higuera maldita? Nuevamente recurrimos a la pluma de la Mensajera del Señor: “La amonestación que dio Jesús por medio de la higuera es para todos los tiempos. El acto de Cristo, al maldecir el árbol que con su propio poder había creado, se destaca como amonestación a todas las iglesias y todos los cristianos. Nadie puede vivir la ley de Dios sin servir a otros. Pero son muchos los que no viven la vida misericordiosa y abnegada de Cristo. Algunos de los que se creen excelentes cristianos no comprenden lo que es servir a Dios. Sus planes y sus estudios tienen por objeto agradarse a sí mismos. Obran solamente con referencia a sí mismos. El tiempo tiene para ellos valor únicamente en la medida en que les permite juntar para sí. Este es su objeto en todos los asuntos de la vida. No obran para otros, sino para sí mismos. Dios los creó para vivir en un mundo donde debe cumplirse un servicio abnegado. Los destinó a ayudar a sus semejantes de toda manera posible. Pero el yo asume tan grandes proporciones que no pueden ver otra cosa. No están en contacto con la humanidad. Los que así viven para sí son como la higuera que tenía mucha apariencia, pero no llevaba fruto… En la sentencia pronunciada sobre la higuera, Cristo demostró cuán abominable es a sus ojos esta vana pretensión. Declaró que el que peca abiertamente es menos culpable que el que profesa servir a Dios pero no lleva fruto para su gloria” (DTG, 536-537).
Referencias bibliográficas
Abreviación
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El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM
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