Dr Mario Pereyra

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“PREDICCIÓN DE LA PASIÓN”

7:24 AL 9:13

Lección 7

Para el 7 de Mayo del 2005

 

 

Psicoanalistas de distintas épocas y escuelas (Freud, Ferenczi, Balint, Lacan) se han ocupado
de la estrecha relación entre la huida y el deseo, con variantes que van desde la huida del deseo
—o de situaciones en las que está en juego— hasta el deseo mismo de huir.
Algunas personas pueden definirse por aquello de lo que escapan y,
otras, por el hecho de estar siempre escapando.
¿Qué relación hay en Jesús entre el deseo y la huida?
En la sección de esta semana Jesús y su grupo emprenden nuevas viajes.
¿Están huyendo del acoso de los fariseos o están movidos por el deseo de alcanzar nuevos públicos?


“HOMO VIATOR”

“Tengo piedad sólo de aquel que se despierta en la gran noche patriarcal
creyéndose al abrigo bajo las estrellas de Dios,
y que de pronto siente el deseo del viaje”.

Antoine De Saint Exupéry

Nuevamente Jesús emprende otros viajes, ahora no dentro de Galilea, sino fuera de sus con-tornos e incluso por el exterior de la geografía del pueblo de Israel; confiriéndole una proyección internacional a su ministerio. Primero va a Fenicia (7:24-31), recorriendo las ciudades de Tiro y Sidón al noreste de Galilea, para luego regresar hacia el sur, atravesando Panias, donde estaba Cesarea de Filipo (8:27). Luego se encamina por el oeste de Galilea en un largo recorrido, que llevaron al Maestro y sus discípulos hasta Decápolis, retornando al lago de Genezaret por la costa oeste. Durante esta trayectoria se producen algunos acontecimientos memorables, que Marcos re-gistra con su característica brevedad, en pinceladas rápidas y certeras.

Tiro queda inmortalizada en la figura de una mujer demandando la curación de su hija en-demoniada. Jesús prueba su fe, con un argumento pseudoracista o etnocentrista, pero la mujer no reacciona al prejuicio insistiendo en su necesidad, con la disposición de recibir aún las “migajas” de las bendiciones del pueblo escogido. El nacionalismo religioso de otra mujer endemoniada del pasado fenicio, Jezabel, siglos antes, había querido imponerle a Israel la cultura idolátrica de Baal y Astarté, en contraste, esta compatriota suya reconoció el poder salvador de la religión del Dios de los Cielos, en una expresión notable de fe, que muestra la inoperancia de las religiones idolátricas y la preponderancia de las virtudes espirituales. Probablemente, en algún lugar de ese viaje, trata el caso de un sordomudo severo, “cuyos oídos fueron abiertos y la ligadura de su lengua fue desligada” (Bonnet y Schroeder, 391).

Quizás de regreso a tierras galileas, Jesús realizó un nuevo milagro de multiplicación de panes y peces, alimentando a cuatro mil personas (8:1-10). Entonces, otra vez aparecen los fari-seos, ahora pidiendo señales del cielo (vs.11-13). Jesús, decepcionado, no da ninguna señal, aconsejándole a los discípulos que se cuiden de la “levadura de los fariseos” y de Herodes (v.15). Cruzan el lago, llegan a la Traconítida, y en la ciudad de Betsaida cura a un ciego (vs.22-26). Luego sigue hacia el norte, hasta Cesarea de Filipo, donde el Maestro formula las célebres preguntas sobre la esencia de la cristología (vs.27-30). Pedro responde correctamente siendo felicitado por el “Hijo del Dios viviente” pero luego es víctima de Satanás, al reconvenir a Jesús que no siga el camino de la cruz que éste había anticipado (vs.31-33). El Maestro formula la paradoja de la pérdida y la ganancia como condición para seguir a Jesús (vs.34-38). Después de la humi-llación, Marcos presenta la glorificación, ocurrida en el monte Hermón, próximo a Cesarea de Fi-lipo, donde Jesús se transfigura junto a la aparición de Elías y Moisés (9:2-8). Después de esa “epifanía gloriosa del Mesías oculto” (BJ, 1445), se debate el tema de la venida de Elías (9-13).

¿Por qué está parte del evangelio transita en viajes por el exterior? Es claro que Jesús no es un profesional de oficina ni un maestro de aula fija. No tiene un arraigo ni define su identidad por el espacio de ubicación. Es trashumante, un viajero incansable, “homo viator”, un caminante cuyo lugar es el mundo que pudo alcanzar en sus peregrinaciones. ¿Qué nos dice la parábola de su existencia móvil y ambulante? El viaje ha sido visto como una metáfora de la aventura, del auto-descubrimiento, de exploración, de revelación, de la búsqueda de novedades. No parece que éstos sean las motivaciones de Jesús. Por otra parte decía Céline, en su novela, "Viaje al fin de la noche":


"Nuestra vida es un viaje
en el invierno y la noche,
buscamos nuestro camino
en el cielo donde nada brilla".

Se trata del viaje como conciencia de la fugacidad, de estar solamente de paso, de un movimiento hacia un destino. ¿Será ese el móvil de Jesús? ¿Parte de la travesía hacia el Calvario y el Gólgota? Seguramente el último viaje a Jerusalén tenía ese objetivo, pero no hay muchos elementos para creer que los otros viajes hayan formado parte del programa de la cruz.

El viaje es un estado de excepción, debido al desarraigo, el exilio, donde se produce el contactos con otras lenguas, con diferentes relatos del mundo. Es la experiencia que hace trabajar el olvido y el recuerdo. Para el viajero la percepción se agudiza debido a la ausencia de rutinas engañadoras, tranquilizadoras, propias del sedentario, que nos hacen creer que la existencia va a seguir siendo como es por algún tiempo.

¿Jesús estaría adiestrando a sus discípulos a la experiencia del misionero como un viajero que debe dejar las comodidades de este mundo para servir en todos lados donde la necesidad se presente, trasmitiendo las buenas nuevas de la salvación? Es muy posible. La predicción de la pasión y el tema tratado con Moisés y Elías sobre el monte de la transfiguración (que versó sobre el “éxodo” o la “salida”) son otros indicadores de que el Maestro estaba preparándose para el otro gran viaje cósmico. Un viaje, que si Dios quiere, todos podremos algún día emprender.


LA “LEVADURA” DE LAS SEÑALES

“Aquellos buscaban señales en los cielos
más bien que en sus propios corazones”.

Khalil Gibran

Después de la multiplicación milagrosa de los panes y los peces que alimentó a cuatro mil personas, aparecieron “los fariseos y comenzaron a discutir” con Jesús. Los imaginamos con ese aire de arrogancia y cierta dosis de prepotencia, acercándose al Maestro, para reclamar con insolencia “una señal del cielo” (8:11). ¡Qué terrible decepción! Acababa de realizar un prodigio imponente y ahora los dirigentes judíos lo descalifican ligeramente diciendo, algo así: “Queremos ver un milagro de verdad, algo proveniente del cielo. Eres muy hábil para hacer prestidigitaciones con tus discípulos y hacernos creer que no tenías todo ese alimento, pero queremos ver cosas claras en el cielo, una señal como Isaías le mostró al rey Ezequias (2 Rey.20:8-11; 2 Cro.32:24), que hizo retroceder el sol. ¡Haz algo de eso, si realmente eres tan poderoso como dices ser! Y entonces si vamos a creer en tí”.

Marcos es el único biógrafo que describe con inusitada precisión, la reacción de Jesús: “Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser” (8:12, BJ). Fue un gesto de fatiga inconfesada, de infinita resignación, de un desengaño profundo; un sentimiento de exasperante decepción. “¿Qué se puede hacer con esta gente? ¿Por qué piden una señal? ¿Por qué las buscan en el cielo cuando deberían buscarlas en sus propios corazones?”. La respuesta fue enérgica y terminante: “Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal”. Mateo y Lucas hacen referencia a la “señal de Jonás”, pero Marcos la omite, destacando el fastidio que le produjo la actitud grosera e irreverente de incredulidad de los fariseos, narrando aquella despedida abrupta, de alguien que se retira dolorido y frustrado, en estos términos: “Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta” (v.13).

Durante la travesía en el mar, Jesús todavía alterado por lo ocurrido, les hace una advertencia a sus discípulos: “Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes” (v.15). Éstos, preocupados porque no habían traído pan, interpretan literalmente las palabras, como si le estuviera reprochando no haber hecho provisión de alimentos. Ahora son ellos los que no entienden el mensaje. “¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no véis y teniendo oídos no oís?” (vs.17-18). Éstos pecan de inocentes, los fariseos de malignos. Ninguno de los dos entendían, pero con intenciones diferentes. De lo que resulta necesario cuidarse es de la mala intención. La “levadura” es la doctrina y la influencia maligna. Ésta tiene diferentes fuentes y expresiones que debe reconocerse para evitar el engaño. ¿Cuáles son?

¿Qué diferencia hay entre la “levadura” de los fariseos y la de Herodes? Los fariseos maliciaron signos para no reconocer los hechos. Ellos eran hipócritas y astutos, profesionales de la impostura, hábiles artistas del fingimiento dentro del gran teatro que habían construido en la iglesia. Allí desplegaban sus habilidades de simulación actuando la comedia de la religión como fieles protagonistas de la piedad. Jesús al aconsejarles que se cuiden de la “levadura” de los fariseos, le estaba diciendo: “No se engañen. Todo es una falsedad. Viven de la mentira y la crueldad. Todas esas formas grandilocuentes de presentación son formas de autopublicidad, al servicio de sus propios intereses mezquinos. Nada de eso tiene que ver con la verdadera religión. No caigan en la trampa de los fariseos y sacerdotes”.

¿Cuál era la malicia de Herodes? “Cierto día luminoso, mientras Jesús recorría los pueblos y ciudades enseñando las verdades del Reino de los Cielos, unos fariseos se acercaron, diciéndole: “Sal y vete de aquí porque Herodes quiere matarte” (Lc.13:31). Entonces el Maestro hizo un breve y sugestivo diagnóstico de la personalidad del rey asesino, utilizando una metáfora animal muy expresiva, al compararlo con un zorro (v.32). ¿Qué quiso decir Jesús con ese calificativo de “zorro” y de “levadura”? Seguramente a la astucia de Antipas en el manejo de las cuestiones de gobierno. Herodes para congraciarse con el emperador le puso el nombre de Tiberías a la ciudad que habitaba. Otro ejemplo de astucia fue cuando Pilato, durante el juicio a Jesús, le envío a Cristo para que resolviera el caso (Luc. 23:7-15), en un maniobra tendiente a evitar la responsabilidad de la decisión. El rey perspicaz y calculador descubrió el juego y no aceptó correr ese riesgo, de-volviéndolo a su portador. También sus habilidades y artimañas las puso en acción cuando le ro-bó la mujer a su hermano Felipe. Por otra parte, no sería demasiado aventurado sostener la hipó-tesis que esto de “zorro” pudo estar denunciando, la maniobra realizada por Antipas durante la muerte de Juan el Bautista. La historia parece adjudicarle la mayor responsabilidad a Herodías y a Salomé, ¿pero no sería que todo fue un teatro montado por el mismo Antipas? ¿Acaso esa osa-día de ofrecerle “todo lo que quieras” a Salomé, conociendo la dependencia de la chica con su madre y el odio furibundo que ésta le tenía a Juan, no era una forma indirecta de asesinar al predicador con cierta impunidad? Después pudo decir, “yo no lo maté, ellas me obligaron”. ¿No sería que el zorro lo había calculado todo con frialdad? Así actúan los zorros, con premeditación a alevosía”.

“Pero Herodes también era “zorro” en otro sentido, como animal depredador, en la forma despiadada y cruel de atrapar a sus víctimas. El zorro es un animal cazador, ágil e inteligente, como sanguinario y destructivo. Es de destacar que la palabra “zorro” en hebreo es Shû´âl, que también significa “chacal”, que pertenece a la misma familia de los cánidos (perros) y se caracteriza por su hocico puntiagudo y alargado, por vagar por el desierto (ls. 13:22; 34:13; 43:20; Jer. 9:11; 10:22; 49:33; 50:39; 51:37 ;Lm. 4:3), solo o en manadas y alimentarse de cadáveres. Herodes era más que zorro, un chacal. Un personaje siniestro, terriblemente peligroso, ya que no mataba movido por impulsos como su padre, sino a sangre fría y en forma calculada. Cómo lo dice su nombre, era la “imagen de su padre”, pero mejorada y perfeccionada en las artimañas del mal” (Pereyra, 2004, 175-177). De esas actitudes asesinas y tiránicas es necesario resguardarse, de acuerdo al consejo del Maestro.


DESAFÍOS, ANTICIPOS Y PROYECCIONES

“Una afirmación de la identidad,
no hay que suponerla como una verificación desesperada,
sino como un desafío.”

Jean Baudrillard (El paroxista indiferente)

El relato posterior de Marcos presenta otro momento clave, ya no de confrontación con los enemigos, sino consigo mismo, la comprensión de la verdadera esencia de sí mismo o la propia levadura, el desafío de definir la identidad personal. Después de preguntar: “¿Aún no entendéis?” (v.21), realiza la curación de un ciego, que va recuperando la visión progresivamente (vs.22-25), hasta ver en forma perfecta, como si esperara que los discípulos también adquirieran la comprensión en forma paulatina y creciente. Entonces llegan las preguntas trascendentes: ¿Quién dicen que soy yo? “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (vs.28-29). Son preguntas que apuntan a develar el misterio del mesianismo, que definen la esencia de la cristología.

Las respuestas dadas a la primera cuestión, exhiben las cristologías humanas, aquellas que no alcanzan a descubrir el sentido de la misión de Cristo y su función salvadora, ni exigen un compromiso personal. Dejan a Jesús en el ámbito meramente humano, identificándolo con un alguien —Juan el Bautista, Elías, Moisés o algún otro profeta (v.28)—, quizás importante, pero el cual, en última instancia, no es de mi incumbencia, me resulta indiferente. En cambio, la segunda interrogante es esencialmente diferente, ya que ella confronta a cada individuo con el desafío de tener que dar una respuesta de compromiso con respecto al “Yo Soy”. La respuesta de Pedro acertó en las palabras, pero no en su parte medular, el carácter inherente al sentido profundo de la interrogante. Definió a Jesús como el Cristo, el Mesías, pero no expresó cual era el eje vertebrador del mesianismo. Fue una respuesta de libro, como una definición de diccionario, pero no logró descifrar el sentido de su identidad.

Fue el mismo Jesús quien lo formuló un poco más adelante: “Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierde su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (vs.34-35).

El sujeto que pierde los anclajes de su identidad sumergido en las modas y el consumismo, la inmediatez y la superficialidad, padece la proliferación vertiginosa de los múltiples discursos sin reconocer la verdad y el camino de salvación. Se introduce en un universo blando, gelatinoso y ambiguo, siempre dudoso, sin parámetros claros, donde corre el riesgo de vivir ocultándose detrás de puras formas y en la representación de roles de duplicidad como hacían los fariseos. “Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (v.36, BJ). Es el peligro de perder el rumbo, andando a la deriva absurda por la superficie de las contingencias, sin una interioridad psíquica que de sentido personal a los hechos. Es cuando se suplanta la autenticidad por las copias, la realidad por las imágenes. Por eso, Jesús explica el verdadero sentido de su identidad, que se propone como el camino de la negación para afirmar la posesión de los bienes eternos.

En ese viaje hacia la identidad abnegada de la entrega del sí mismo, es cuando se anuncia la inminencia del sacrificio, cuando destellan los primeros anuncios de la cruz (v.31). Allí proclama una identidad que solo le sería dada mirando la realidad de frente, nombrándola, palpando las derrotas y humillación, para retener la fuerza de espíritu y la realidad de los valores que la convocan e invocan. Una actitud que Pedro no entiende y resiste, movido por la debilidad satánica que todos tenemos adentro (vs.32-33), hablando desde la inseguridad y el miedo. Porque quien vive en el mundo inestable, de bordes borrosos y confusos, de la falta de identidad cristiana, experimenta un debilitamiento alarmante de los grados básicos de certidumbre que todos necesitan para asentar los pilares de su identidad personal.

Pero no todo es pérdida y sufrimiento, hay también altas ganancias y salvación. El sacrificio conlleva la recompensa de la gloria. No hay sólo anuncios de la cruz, hay también un anticipo del paraíso; enseñanzas de la muerte y la resurrección, del Gólgota y la bienaventuranza eterna. Una semana después de los anuncios de la pasión, sobreviene la experiencia de la transfiguración. En la cima de un monte, Jesús resplandeció más fuerte que el sol del mediodía, platicando con Elías y Moisés, como si ya estuviera en los atrios celestiales. Marcos ve en la transfiguración de “una epifanía gloriosa del Mesías oculto, de conformidad con el tema dominante de su evangelio: esa escena de gloria, por efímera que sea, manifiesta lo que es realmente y lo que definitivamente será Aquel que deberá experimentar por algún tiempo las humillaciones del Siervo doliente” (BJ, 1445).

La raíz indoeuropea de la palabra epifanía señala que, si bien lo epifánico implica una revelación, ésta no es, como suele creerse, una manifestación mágica sino física: “Mostrar, colocar en la luz; volver visible un objeto poniéndolo a la luz, bajo la cual brilla”. Así Jesús puso de manifiesto otro aspecto de su identidad, no solo las sombras, también las luces refulgente de su ser divino, no sólo la agonía del Getsemaní, la gloria anticipada de la beatitud eterna. Esa experiencia única fue para los discípulos que la presenciaron un hecho decisivo en el propio logro de su identidad, ya que fortaleció la fe que estaban ante el Hijo de Dios, especialmente en los momentos difíciles de persecución y prueba. Dice EGW, que ellos recordaron las escenas de gloria y la voz de Dios escuchada en el Monte, además de “los milagros que habían visto hacer a Jesús al sanar a los enfermos, abrir los ojos de los ciegos, destapar los oídos de los sordos, reprender y echar los demonios, resucitar a los muertos, y hasta calmar el viento y el mar.” Todo ello contribuyó a que pudieran tomar la cruz y seguir al Maestro, que pudieran perder su vida para reconquistarla para siempre. Así los discípulos del pasado asumieron la identidad cristiana, ¿también la asumiremos los discípulos del presente? Una identidad forjada en la pasión y la esperanza.
 


 

Referencias bibliográficas

  • Anderson, H. (1987). The Gospel of Mark. WM.B. Eerdmand Publ.Co., Grand Rapids, USA.

  • Bonnet, L. y Schroeder, A. (1970). Comentario del Nuevo Testamento. Casa Bautista de Publicaciones, Vol.I, Bs.As.

  • Pereyra, M. (2004). Psicología de los personajes bíblicos. Publicaciones Uiversidad de Montemorelos, NL, México.

Abreviación

  • BJ= Biblia de Jerusalén
     

  

El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM

 

 

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