
“CONFRONTACIÓN EN GALILEA”
MARCOS 6:1 AL 7:23

Lección 5
Para el 30 de Abril del 2005
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La venerable tradición de los
fariseos tenía muchos residuos tóxicos:
"Para pensar el poder, decía
Foucault,
La narración de Marcos —que se extiende del capítulo 6, al 7:23— emprende la tercera gira misionera por tierras de Galilea. Durante la primera (1:35-3:19) algunas declaraciones y acciones de Jesús le habían originado controversias y persecución, en tanto, en la segunda etapa (3:20-5:43), el Maestro cambia las estrategias de la proclamación, utilizando el lenguaje analógico de las parábolas y operando desde una barca en el mar de Galilea, lo cual facilita su rápido desplazamiento hacia otras orillas cuando la oposición aparece. La tercera gira misionera parece ser una síntesis de las dos anteriores, ya que nuevamente tiene que confrontarse con los fariseos y los escribas (7:1-23) y debe utilizar la barca para alejarse (6:32, 45-54), predicando sin parábolas, aunque de forma tal que puede ser interpretado en forma analógica (7:17). La sucesión de los eventos continúa su ritmo acelerado, presentado algunos episodios en forma más extensa debido al incremento de la tensión.La primera escena acontece nuevamente un sábado en la sinagoga (6:2-6). Pero esta vez no ocurre ningún milagro debido a la incredulidad de los judíos. La semilla de la palabra cae en el camino y es arrebatada por el adversario. Probablemente la gente fue predispuesta negativamente ya que antes la recepción había sido diferente, entonces Jesús capacita y envía a los discípulos a realizar la obra (7-13). Luego continúa un largo relato acerca del asesinato del Juan el Bautista en manos de Herodes, que movido por la culpa creía que Jesús era la reencarnación del muerto (14-29). Las multitudes nuevamente localizan al Maestro, quien les enseña hasta muy tarde, realizando el milagro de alimentarlos a todos con cinco panes y dos peces (34-44). Los discípulos parten en la barca mientras Jesús queda despidiendo la gente y orando. A la medianoche va hacia ellos caminando sobre el mar, lo cual los asusta muchísimo al confundirlo con un fantasma. Jesús los calmó, diciéndoles: “¡Tened ánimo: yo soy, no temáis!” (vers.50). La última escena es una nueva confrontación con los fariseos y escribas, quienes acusaron a los discípulos de comer sin lavarse las manos. Jesús realiza un fuerte alegato contra la tradición farisaica, argumentando que la verdadera contaminación no está en lo que entra al cuerpo sino lo que sale de él, esto es, las conductas motivadas en intenciones malvadas. Afirma el filósofo español José A. Marina (2000, 92): “Hay que distinguir dos tipos de poderes:
Estos aumentan la energía de todos los participantes.” Todos estos textos parecen estar articulados por la confrontación entre esos dos tipos de poderes: el de Herodes y los fariseos, basado en el autoritarismo y la tradición, que buscan mantener la gente bajo vasallaje para satisfacer sus intereses mezquinos y egoístas; el poder de Jesús, sustentado en la compasión y el servicio al necesitado. Se le atribuye a Lord Acton el famoso aforismo: “El poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente.” La narración de Marcos de esta semana revela el cumplimiento de dicha sentencia, en la forma brutal y prepotente del gobierno de Herodes y de manera más sutil pero igualmente corrupta, como eran las prácticas hipócritas de los fariseos. Pensamientos que exponen y proponen seguir los pasos de Jesús como estilo de vida.
“Aunque la quiera espantar como a
una mosca, la culpa zumba en los oídos, La fama de Jesús trasciende las fronteras geográficas como los contornos de la conciencia. Algunos creían que Jesús era Elías, o Moisés o algún otro profeta, sin embargo, Herodes, aseguraba con absoluta certeza que se trataba de Juan el Bautista redivivo (6:14-16). ¿Por qué pensaba en algo tan descabellado? Probablemente movido por la culpa acallada que se había acumulado sobre su alma de haber sido el asesino del Precursor. Quizás, también, porque en su fueron íntimo esperaba la resurrección de Juan como una fórmula mágica de liberarse de la culpa. Alguien ha dicho: “Una vida dominada por la culpa es una sentencia a cadena perpetua.” Evidentemente el rey homicida era víctima de ese subrepticio mal de la culpabilidad instalado en las profundidades de su ser, taladrando la conciencia con los remordimientos (proviene de “mordere”, vocablo latino del que nacen mordedura, mordacidad, mordaz) y autocastigos. Ha dicho el escritor argentino, Marcos Aguinis, en la obra Elogio de la culpa, que “La fascinación del horror, la obsesión de la culpa, el oscuro deseo del castigo, han construido para el Mal las arquitecturas más poéticas.” Esos mundos de sufrimientos recurrentes “cristalizan la experiencia del dolor de este mundo en imágenes pavorosas: desde la descripción fantástica, con sus torturas sobrenaturales, hasta el relato de acontecimientos terrestres, con su crueldad insoportablemente humana.” El escenario de hacinamiento y sordidez que construye la culpa, convierte la vida en una prisión que nunca acaba, donde fuerzas sombrías son movidas por los demonios de la autodestrucción. En cierta ocasión se realizó una encuesta a varios centenares de personas en una encuesta que preguntaba: ¿Qué experimenta usted cuando se siente culpable? Al evaluarse las respuestas se encontró que las más frecuentes fueron:
En nuestro libro, Psicología de la esperanza (1997, 37-41), hemos distinguido diferentes tipos de culpabilidad. Esta la culpa normal. Es la conciencia de una falta determinada, sea por acción u omisión. Nos sentimos culpables tanto si agredimos o perjudicamos a alguien, como por dejar pasar una circunstancia propicia. "No esta la culpa en el sentimiento -decía San Bernardo- sino en el consentimiento". Esta es la culpa objetiva y real. La más frecuente y común. Es también, por lo general, la base y el origen de las otras formas más graves, que se producen cuando ésta no ha sido solucionada. Cuando no ocurre el arrepentimiento auténtico, único remedio para curar la culpa justificada, se accede a la culpa patológica. Esto es, cuando no se produce el reconocimiento de la falta ante el ofendido, Dios o uno mismo, y no se concreta la reparación (cuando correspondiera) o la reconciliación, se entra en zona de riesgo, donde está instalada la puerta del remordimiento o el rencor que abre el ámbito infernal de los castigos. Otro tipo es la culpa neurótica. Decía un paciente, "yo me siento culpable de todo. Si alguien discute me parece que está enojado conmigo". Otro reflexionaba, "siempre estoy pidiendo perdón por cualquier cosa, ¿por qué será?". Algunas expresiones comunes del ánimo neurótico son: "No soy bueno, merezco el castigo", "todo lo que me pasa es por mi culpa", "vivo confesándome". Es la culpa exagerada, inmotivada, flotante e intensamente corrosiva. La conciencia culposa revisa el pasado en busca de errores y convierte las pequeñas faltas o acciones inocentes en grandes pecados. El neurótico parece estar sometido a un severo tribunal, donde jueces implacables castigarán el menor desliz. Siente el peso del deber, la obligación de ser perfecto en todo. Muchos son fanáticos del orden y la limpieza. Se lavan las manos hasta el cansancio, hacen sacrificios y muestras de excesiva generosidad. Toda esas conductas escrupulosas y perfeccionistas, por lo general, surgen de la necesidad inconsciente de expiar pecados inconfesados. Finalmente está la culpa psicótica. "¿Me estará pasando esto por haber abortado a mi hijo?", preguntaba Ana (21 años, soltera, esquizofrénica) en momentos de lucidez. Frecuentemente su mente se extraviaba entre los delirios, alucinaciones y expresiones incoherentes. Por momentos, tenía impulsiones agresivas que la tornaban peligrosa. En otras circunstancias caía en un mutismo y pasividad total, desinteresándose completamente de todo lo que la rodeaba. La culpa de años de vida licenciosa, alcohol y consumo de drogas, habían desquiciado completamente su mente. Muchos de estos casos llegan a lugares desde donde nunca más se vuelve a la normalidad, donde inevitablemente se pierde toda esperanza.
¿Qué tipo de culpa cursaba Herodes?
Evidentemente no era una culpa normal. Su convicción de la resurrección
de Juan el Bautista se parece más a una culpa psicótica que neurótica
por su importante desacople con la realidad. El veneno invisible de la
culpa circulaba libremente en las profundidades de su mente, en forma
ubicua y feroz, alterando el buen sentido, fermentando instintos,
traumas, censuras, como un egoísmo extremo y depredador. Esa confesión
brutal e infame de: “Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado
de los muertos” (6:16), descubre una actitud que genera espanto, algo de
ostentación con indicios de delirio megalomaníaco que brota de malas
entrañas, propia de una bestia irracional y cruel que habita en aires
lóbregos y hediondos.
COMPASIÓN, TEMOR Y CONDENACIÓN
"Con misericordia eterna tendré
compasión de ti" (Isa. 54: 8). El relato posterior de Marcos describe tres episodios diferentes, en cada uno de los tales se pone de manifiesto sendas actitudes específicas o respuestas reveladoras de sus protagonistas. Las mismas revelan disposiciones e intenciones que son aleccionadoras, enseñando procederes y presencias que se convierten en signos a interpretar (como otro tipo de lenguaje analógico) y aplicar. El primero de ellos presenta a Jesús observando la multitud y sintiendo “compasión” por ella, “porque eran como ovejas que no tenían pastor” (6:35). Se trata de una mirada que descubre las necesidades de la gente y promueve la ayuda, la búsqueda por satisfacerlas. Jesús no sólo percibió las carencias y penurias que padecía la multitud, sintió el vehemente deseo de suplirlas. Por eso se quedó hasta muy tarde enseñándoles. EGW comenta: “Esto significa mucho para los dolientes. El identificó sus intereses con los de ellos. Compartió sus cargas. Sintió sus temores. Tenía una anhelante compasión que era dolor para el corazón de Cristo.” (A fin de conocerlo, pág. 49). El segundo episodio ocurre a la noche del mismo día. Los discípulos se habían introducido al mar con la barca. Los vientos eran contrarios y debían remar con fuerza. Eran más de la tres de la madrugada. Jesús los vio luchando y salió a su encuentro, caminando sobre el mar. La figura fantasmagórica los asusta grandemente lanzando gritos de angustia. “Pero en seguida habló con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (6:50). En las páginas del libro la Retórica, Aristóteles presenta un conjunto de parejas de conceptos contra¬puestos. Enfrentó el amor con el odio, la ira con la calma entre otros. Cuando le tocó el turno al miedo o temor, Aristóteles encontró que la actitud contraria a este “pesar o turbación” era la confianza. Solo ella, creía el filósofo, podía expulsar el temor de la vida humana, porque la confianza es la conciencia de que “las cosas que pueden salvarnos están próximas y, en cambio, no existen o están lejanas las que provocan temor”. El miedo de los discípulos a la medianoche en medio del mar fue un grito de desconfianza, ver el peligro y sentirse desamparados, en lugar de sentir que tenían cerca los medios de salvación. El tercer episodio es protagonizado por los fariseos y “algunos escribas que habían venido de Jerusalén” (7:1) para ayudarlos en la controversia con el Maestro. Encontraron un motivo para atacarlo al observar que los discípulos no se lavaban las manos antes de comer. El pecado no estaba en la conducta poca higiénica, sino en que ese comportamiento era contrario “a la tradición de los ancianos” (7:3, 5). Ante esa crítica, Jesús reacciona con vehemencia denunciando la hipocresía de ellos, citando una serie de ejemplos que mostraban como basándose en la tradición transgredían los mandamientos (6-13). Entonces declara el principio que lo realmente contaminante no es lo que entra al cuerpo sino lo que sale de él, como son las actitudes condenatorias de ellos, motivada en un corazón perverso, lleno de adulterios, homicidios, hurtos, avaricias, engaño, lascivia, envida, maledicencia, soberbia e insensatez (15-23). Cierta vez dijo Federico Nietzsche: “¿Qué es la tradición? Una autoridad superior a la que uno obedece, no porque ordene algo que es útil para nosotros, sino porque ordena.” Jesús todavía hace una crítica más dura a la tradición, no sólo se basa en el autoritarismo despótico, sino encubre intenciones pérfidas y corrompidas.
En definitiva las tres actitudes que
estamos comentando —compasión, temor y condenación—son tres ópticas
diferentes, tres formas de percepción de la realidad fundadas en sendas
intenciones y motivaciones. La compasión es la aguda mirada que descubre
la necesidad del prójimo, llevando a actuar en consonancia. Es la
simpatía hacia los que sufren que arranca en el alma tonos patéticos de
identificación, fraternidad y asistencia. El miedo es la mirada de la
amenaza y la incredulidad, que ve peligros y destrucción. Se basa en la
desconfianza y el creer que no existen los recursos de salvación. Por
último, la actitud condenatoria, basada en la supuesta autoridad de la
tradición, enmascara sentimientos perversos y corrompidos, justificando
conductas que a ellos lo favorecen y atacan las que lo perjudican. Esta
al servicio de los propios intereses mezquinos y egoístas. Todo lo
contrario de la compasión que está al servicio de los intereses del
prójimo. El temor, que adoptan los discípulos, aparece como una
disposición intermedia, que no es tan vil y despreciable como la asumida
por los fariseos, pero que está lejos de la condescendencia de
Jesucristo ante las flaquezas humanas, manifestada en la compasión. ¿Qué
actitud nos caracteriza a cada uno de nosotros? ¿Cuál privilegiamos?
¿Con quien nos identificamos? Estos relatos nos examinan y exhortan a
seguir los pasos de Jesús en el camino visto por Marcos.
Referencias bibliográficas
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El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM
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