
MARCOS 1:21 AL 2:17
Lección 2

Para el 9 de Abril del 2005
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"Y todos, sobrecogidos de
asombro, glorificaban a Dios; La ágil narración de Marcos avanza raudamente describiendo el ministerio de Jesús en Galilea, junto a sus primeros discípulos. Llegan a Capernaúm un sábado de mañana y predica en la sinagoga, exorcizando a un endemoniado. Ese mismo sábado, probablemente al mediodía, van a casa de Pedro y Andrés a almorzar, encontrando a la suegra de Pedro con fiebre. Jesús la cura y la señora les sirve la comida. En la tardecita, llegan a la casa una multitud de enfermos y endemoniados a los cuales Jesús le brinda su medicina salvadora, de forma milagrosa. A la madrugada Jesús se retira a orar, donde es interrumpido por los discípulos con la información de que las multitudes lo buscan. Entonces van por distintas ciudades de Galilea continuando su obra de predicación, enseñanza e impartiendo sanidad. El reporte de Marcos no menciona el Sermón del Monte con el cuál Jesús habría iniciado formalmente su ministerio según Mateo (caps.5 al 7), ni el sermón predicado en la iglesia de Nazareth, basado en Isaías 61, donde esboza su programa y misión, que constituye la escena inaugural según Lucas (4:16-24). Tampoco registra el milagro realizado en las bodas de Caná, transformando el agua en vino, que fue la primera señal según Juan (2:1-11). Marcos lanza una mirada veloz y vivaz sobre los milagros cotidianos realizados en Galilea, posándose sobre algunos casos ejemplares como la curación de un leproso (1:40-45) y de un paralítico (2:1-12). En su narración introduce la tarea asistencial o curativa como inicio, origen o acto inaugural, instaurando el quehacer como apertura y novedad. Antes de clarificar las oscuridades ideológicas de su tiempo, ahuyenta las dolencias y los sufrimientos. Para Marcos las puertas del Reino de los Cielos se abren en actos de caridad y liberación del dolor, más que con la enunciación de bienaventuranzas o enseñanzas trascendentales como ocurre con Mateo, o con el cumplimientos de profecías del antiguo testamento como Lucas o con signos mesiánicos como Juan. Pero más allá de esas diferencias hay una esencia común que trasmite Marcos, como el resto de los evangelios, algo del orden de lo nuevo, de lo no formulado anteriormente, una novedosa producción de un sentido inédito, que se corresponde con la esencia del evangelio, la irrupción en el mundo de las “buenas noticias” de salvación. La gente se sorprende, pregunta asombrada “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta…?” (1:27), el mundo despierta, buscan con avidez a Jesús, ansiosos de probar los efectos benéficos de la nueva enseñanza. Se despliegan espacios de ruptura que fundan algo insólito e inesperado. El texto trasmite esa milagrosa capacidad de hacer surgir lo nuevo en el contexto de una misión sublime, sacudida por fulgores luminosos como relámpagos, en un aire movido por fuerzas sobrenaturales. Es como si la noche oscura de la tierra se iluminara de repente con las luces de una nueva esperanza, generada por la chispa viviente de la fe en el milagro de una nueva vida. En aquellos tiempos como en los actuales, la mayor parte de la gente vivía desconectada de lo divino y no advertía los signos, las premoniciones y las huellas cotidianas en las cuales se manifestaba lo sobrenatural. La aparición de Jesús, con su despliegue de milagros y prédica impactante, abre esos espacios de lo divino. Marcos presenta la apertura a esa óptica con manifestaciones de asombro por parte de la gente. Aristóteles decía que el asombro es el origen de la Filosofía. Marcos inaugura “el evangelio de Jesucristo” (1:1) con el asombro como el despertar de lo divino y la percepción de lo trascendente. En ese vehemente e impetuoso quehacer milagroso, Marcos construye una teología de la sorpresa o una suerte de religión del perpetuo asombro. Los hechos de liberación de los demonios y de las enfermedades despiertan, más allá de la razón, el asombro. Hay que reconocer que el hombre siempre revela su vulnerabilidad y fragilidad ante las enfermedades del cuerpo y la mente, que lo enfrentan a las asechanzas de la muerte, por eso, cuando recibe la bendición de la sanidad la vive como un regalo asombroso que lo sustrae de la rutina cotidiana y la pasiva resignación de su destino mortal, para abrir los horizontes luminosos de la eternidad y las bendiciones de una nueva vida.
LA COMUNICACIÓN DEL DEMONIO
“¡Ah! ¿qué tienes con nosotros,
Jesús nazareno? Los textos de Marcos 1:21 al 2:17, objeto de reflexión durante esta semana, presentan una primera resistencia u oposición al quehacer de Jesucristo, las operaciones de los demonios que esclavizan a muchas personas que llegan a él. El segundo tipo de oposición serán los escribas (2:6) y los fariseos (2:16), dominados por el espíritu de murmuración y crítica, que es otra forma de posesión, quizás más grave. En esta sección trataremos del antagonismo de los demonios. Marcos explicita, que al inicio de su ministerio Jesús: “echó fuera muchos demonios” (1:34), además que “predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios” (1:39). El ejemplo que Marcos describe, probablemente como modelo e ilustración, es el poseído por un espíritu inmundo que se encontraba en la sinagoga de Capernaúm. Es interesante señalar que los evangelios mencionan muchas veces que Jesús y aún sus discípulos sanaban a quienes padecían las aflicciones propias de la dependencia a los malos espíritus, pero sólo registran seis casos específicos de posesión demoníaca. Ellos son: (1) El hombre de la sinagoga de Capernaúm (Mar.1:21-28), (2) un hombre no identificado que era mudo y endemoniado (Mat.9:32-34), (3) los dos endemoniados de Gadara (Mar.5:1-20), (4) la hija de una mujer cananea (Mar.7:24-30), (5) el hijo de un hombre no identificado (Mar.9:14-29) y (6) María (Mar.16:9). De todos estos casos, Marcos relata casi todos, cinco de los seis, lo que podría estaría indicando un interés especial en el tema. ¿Cuál será la razón o los motivos de esa predilección? No hay una respuesta expresa a esta cuestión, pero quizás pueda darnos una pista un hecho llamativo que menciona nuestro evangelista. Marcos enfatiza que Jesús exorcizó al poseso de la sinagoga de Capernaúm, reprendiendo al demonio, “diciendo: ¡Cállate, y sal de él!” (1:25). ¿Por qué Jesús no quería que el espíritu hablara? Unos versículos más adelante Marcos da cierta explicación al agregar: “y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían” (1:34). ¿Qué tipo de comunicación articulaban los demonios que era necesario no dejarlos hablar? Por un lado, parece que silenciar a los espíritus responde a la estrategia de precaución de Jesús, de no revelar su identidad mesiánica, imponiendo una consigna de silencio para no entorpecer su obra futura. Pero, además, ¿no sería que había algo diabólico en el sistema de comunicación que desplegaban los endemoniados? Si fuera así, es necesario analizar su estilo de comunicación. El caso del endemoniado de la sinagoga nos da algunas pautas de ese patrón de transmisión. Relata el evangelio que el hombre poseído se puso a gritar: “¿Qué a nosotros y a ti? ¿Has venido a destruirnos? Sé quien eres tú, el Santo de Dios.” (1:24; BJ). Se trata de un mensaje ambivalente. Por un lado, manifiesta y denuncia que Jesús venía con un fin destructivo, es decir, malo o perjudicial. Pero, por otro lado, lo reconoce como el “Santo de Dios”, es decir, como un ser excelente, divino, que no era otro que el mismo Mesías. Son dos declaraciones antagónicas, por un lado, lo ve como un ser peligroso y, por otro, como alguien excelso y bendito. Es un doble mensaje o paradoja, que los expertos en la comunicación humana, denominan “doble vínculo” (en inglés: double bind). Este tipo de comunicación fue descrito por primera vez por Bateson, Jackson, Haley y Weakland, en un trabajo titulado: Toward a Theory of Schizophrenia. Descubrieron el doble vínculo en las familias de los esquizofrénicos, especialmente, usado por las madres de hijos enfermos, como un modo especial de comunicarse.
Un ejemplo típico. Una madre le
regala dos corbatas a su hijo, una roja y otra azul. Al otro día, el
hijo se pone la corbata roja. La madre al verlo, comenta: “Ah, ¿no te
gustó la corbata azul?” El hijo entiende que la madre prefiere que use
la corbata azul, así que al otro día se pone la de ese color. La madre
al observarlo, expresa: “¿Ya no te gusta más la corbata roja?” Al
próximo día el hijo se pone las dos corbatas juntas. La madre al
advertirlo, exclama alarmada: “Hijo, ¿te estás volviendo loco? ¿Cómo vas
a usar dos corbatas?” Bateson y sus colaboradores consideraron el doble
vínculo como un patrón de interacción paralizante, enormemente
perturbador y enfermante, calificando de “esquizofrenizante” al padre
que lo utilizaba. Parece que el sistema de comunicación de los demonios
tiene esa propiedad de ser esquizofrenizante. ¿Ese sería el motivo por
el cual Jesús procuraba que los demonios no hablaran? CUANDO PREDICAR RETRASA LA OBRA
“Este milagro, o más bien su
resultado, parece haber señalado Otra paradoja que presenta Marcos en su evangelio está relacionada con la curación de un leproso (1:40-45). No se trata de una paradoja lingüística sino de comportamientos, aunque en ambos casos tiene que ver con la comunicación y el estado de inmundicia. El espíritu del endemoniado de la sinagoga era un “espíritu inmundo”, igual que el estado físico del leproso, con su piel cubierta de llagas. El demonio enunció un doble mensaje con efectos enloquecedores, que Jesús hizo callar, liberándo al poseso de su enfermedad mental. Por su parte, el inmundo físico, fue curado de su enfermedad pero no obedeció a Jesús, creyendo estar realizando la obra, originando de esta forma, una perturbación del plan de Dios, retrasando su plan de comunicar el mensaje de salvación al mundo. La narración presenta a un leproso, que de alguna manera, vence todos los obstáculos y llega junto a Jesús, para suplicarle dramáticamente, de rodillas, si quisiera limpiarlo. El Médico divino se siente conmovido por ese patético ruego, extendiendo la mano para tocar al enfermo a la vez que le dijo: “Quiero, se limpio” (1:41). Al instante, delante de la multitud atónita, sus llagas se sanaron, los músculos recuperaron sus fuerzas y los nervios adquirieron nueva sensibilidad. Entonces Jesús le ordena al leproso que no diga a nadie lo sucedido y que vaya inmediatamente a presentarse ante los sacerdotes, a fin de que verificasen la sanidad y levantasen la prohibición de reclusión social que pesaba sobre él, como ser inmundo y pecador. Tenía que actuar con celeridad antes que los sacerdotes supieran quién lo había sanado, pues si ellos descubrían que había sido Jesús quien lo había curado, probablemente se negarían a certificar su limpieza. Por otra parte, si actuaba de acuerdo con el pedido, nadie podría acusar a Jesús de haber violado la ley. De acuerdo a las normas mosaicas, el leproso sanado debía mostrarse a los sacerdotes, quienes eran las autoridades de salud pública instituidas para diagnosticar la lepra, ordenar el aislamiento y también constatar si había ocurrido la curación. En tales circunstancias, extendían un certificado probatorio (ver Lev. 14). “El concepto popular de los judíos era que la lepra sobrevenía como un castigo divino a causa del pecado (ver com. Lev. 13: 2). Por eso creían que el hombre en ninguna manera debía interferir con los decretos de Dios tratando de aliviar o curar la enfermedad, y que no lo lograría aunque lo intentara. Por lo tanto, se suponía que la lepra era una manifiesta manifestación externa de un pecado interno, y el que sufriera de ella no sólo era un paria moral y social, sino también era considerado como abandonado por Dios” (5CBA, 560-561). Por otra parte, esa demanda de prontitud y silencio que le indicó Jesús era una prueba de fe, una expresión de obediencia que debía dar el leproso, demostrando que ahora sí estaba comportándose de acuerdo con la voluntad de Dios (ver DTG 229, 232- 233). Sin embargo, el hombre hizo caso omiso al pedido de Jesús, decidiendo "pregonar con entusiasmo" (BJ) el milagro de su curación. Fue negligente ante las leyes y las tradiciones judías como a la prescripción de su sanador. La alegría de la salud recuperada constituyó algo tan grandioso y extraordinario que le produjo tanto júbilo, que no pudo controlar sus emociones, desobedeciendo el pedido. Quizás creyó que divulgar el hecho era más importante que cumplimentar esos requisitos. Pero el hecho fue que su actitud, perjudicó sensiblemente la obra de Cristo, debiendo en el futuro, quedarse en zonas desiertas para no acelerar la persecución (1:45). El éxito de la curación se convirtió en un fracaso para la predicación. Su sanidad física no estuvo en armonía con el cambio de mentalidad y con la conversión espiritual esperada.
“Con la fe te protegerás de las
inclemencias de la vida, Otro episodio relevante de los textos de estudio es la curación milagrosa de un paralítico bajo circunstancias insólitas. Ese relato parece ser la superación de las paradojas o las contradicciones anteriores, donde no hay dobles mensajes ni conductas ambivalentes. Aquí se brinda un relato de curación física y espiritual al unísono, donde la certidumbre de la fe aparece acompañada de una indomable fuerza de voluntad. Un milagro que exhibe la unidad alcanzada a través de la palabra de Cristo y la acción mancomunada de la solidaridad y la concordia. Donde la Deidad se identificó con la humanidad a fin de que la humanidad pudiera ser transformada a la imagen de la Divinidad, parafraseando a Elena de White (ver DTG 16). Jesús tuvo que alejarse de Capernaúm (1:37-38) y retirarse al desierto (1:45), donde probablemente estuvo varias semanas de reclusión. Un paralítico de esa ciudad, que se encontraba en situación crítica, afrontando la perspectiva de una muerte prematura (ver DTG 232), esperaba el regreso de Jesús con desesperación, ya que constituía la única posibilidad de vida. Cuando finalmente Jesús regresó a Capernaúm, se hizo llevar con urgencia al lugar donde se encontraba el médico divino. Era una casa particular ?posiblemente el domicilio de Pedro y Andrés donde habían estado antes?, que rápidamente se colmó de gente. Fue imposible entrar a la casa llevando al enfermo en su litera. El paso estaba obstruido por la multitud. ¿Qué hacer? ¿Resignarse a la suerte adversa y claudicar en el propósito? Eso jamás. Era la única oportunidad de vida del enfermo. “Alguna alternativa deberá existir”, dijo el enfermo. El mismo paralítico sugirió otro camino. “Probemos por el techo.” Aunque el hombre enfermo no pesaba demasiado fue igualmente un trabajo arduo llevarlo por la escalera de afuera junto al patio, hasta subirlo allí arriba. El techo tenía tejas sobre vigas, que cuando descubrieron en que habitación se encontraba Jesús, tuvieron que sacar para abrir un hueco y bajar al paciente con su lecho del tejado. Aterrizaron cerca de donde el Maestro enseñaba. Esa forma insólita de llegar hasta Jesús causó asombro y admiración en todos los presentes. Fue una expresión elocuente de la urgencia, la necesidad y de una fe excepcional que Jesús percibió inmediatamente y decidió premiar. Puesto que su enfermedad le había sobrevenido como resultado directo de una vida depravada, según explica EGW (ver DTG 232), el Señor le dijo al enfermo: “Tus pecados te son perdonados” (2:5). El paralítico vino a buscar tanto la salud del alma como la curación del cuerpo (ver DTG 232-234), por lo tanto, esas palabras fueron música para sus oídos y una respuesta a su necesidad. Pero su fe todavía tendría otro fruto extraordinario. Había en la congregación unos "fariseos y doctores de la ley" que habían llegado de diferentes lugares con el propósito de investigar a Jesús quien se había convertido en centro de interés público; algo parecido a la delegación que los dirigentes de Jerusalén habían enviado al Jordán tiempo atrás para investigar la obra de Juan el Bautista (Jn.1:19-28). “Esta delegación, proveniente de Judea, donde Jesús había trabajado antes, puede haber sido convocada para aconsejar a los dirigentes de Galilea acerca de su forma de actuar en vista de las últimas actividades de Jesús allí” (5CBA, 568). Al escuchar estos espías que Jesús le dijo “tus pecados son perdonados”, encontraron las evidencias que habían venido a buscar, “este hombre es un blasfemo”, “está ejerciendo una prerrogativa exclusiva de Dios, quien es el único que puede perdonar pecados”, comentaron entre ellos escandalizados por la situación. Todos los que estaban cerca se dieron cuenta de la crítica, haciendo que Jesús reaccionara. Era evidente que los escribas estaban pensando: "Es fácil decir tus pecados están perdonados, algo que nadie puede comprobar si es realidad." Entonces Jesús entendió el desafío implícito y, les preguntó: "¿Qué sería para ustedes más fácil, perdonar los pecados de un hombre o sanarlo de su parálisis?" La respuesta era obvia. “Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa” (2:10-11). Ocurriendo el milagro que todos pudieron constatar que a la vez daba una prueba de la realidad del milagro mayor que no podían ver, el perdón de los pecados. Así, el poder para sanar físicamente se constituyó en evidencia de la autoridad para sanar espiritualmente. Es interesante que por primera vez Jesús utiliza el título “Hijo del Hombre” (ver Mt.9:6 y Lc.5:24), que va a ser la forma favorita que Cristo empleará para llamarse a sí mismo. Aparece unas 80 veces en los Evangelios siempre como una forma de referirse a sí mismo. Nadie lo llamó nunca de con ese nombre. ¿Qué significaba esta denominación? Entre los judíos, “ese título era entendido como un nombre para el gobernante mesiánico del nuevo reino que se iba a establecer. Excepto bajo juramento (Mat.26:63-64; Mar.14:61-62), y en privado para los que estaban listos a creer en él como el Cristo (Mat.16:16-17; Juan 3:13-16; 4:25-26; 16:30-31)” (5CBA, 569). En otros términos, era una distintivo cristológico de la unidad misteriosa de la divinidad y la humanidad, la conjunción de ambas naturalezas, Dios encarnado en Hombre, hijo tanto del hombre como de Dios. Esa unidad indisoluble de la naturaleza de Jesucristo, se manifiesta precisamente en el encuentro con un hombre que había encontrado por el camino elevado de la fe, la unidad de espíritu y cuerpo en la búsqueda de la salvación. En el sufrimiento había comprendido el error de su vida pecaminosa y se había arrepentido sinceramente. Esperaba la paz del alma y la sanidad del cuerpo. En el “Hijo del Hombre” encontró ambas gracias bienaventuradas.
Dr. Mario Pereyra
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El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM
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