
Juicio y crucifixión
SEGÚN LOS TEXTOS DE MARCOS 14:53-65 AL 15:1-41

Lección 12
Para el 18 de Junio del 2005
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“Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión a la contemplación de la vida de Cristo. Deberíamos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales. Y mientras nos espaciamos así en su gran sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será constante, se reavivará nuestro amor, y quedaremos más imbuidos de su Espíritu”. Elena G. de White (DTG, 63) JUSTIFICACIÓN EN VEZ DE JUSTICIA
“Estos son tus derechos: Tienes derecho a fracasar, pero no a sentirte derrotado. Tienes derecho a equivocarte, pero no a sentir lástima de ti mismo. Tienes derecho a caer, pero no a permanecer tirado. Tienes derecho a tener un mal día, pero no a que permitas que se convierta en costumbre. Tienes derecho a sentir celos del triunfo de los demás, pero no a desearles el mal. Tienes derecho a enfadarte, pero no a pisotear la dignidad del otro. Tienes derecho a regañar a tus hijos, pero no a que rompas sus ilusiones. Tienes derecho a pensar en el futuro, pero no a olvidar el presente. Tienes derecho a vivir en paz, pero no a fundirte en la mediocridad o el conformismo. Tienes derecho a vivir en la abundancia, pero no a olvidar tu participación con los menos afortunados. Tienes derecho a desanimarte, pero no a perder la esperanza. Tienes derecho a la justicia, pero no a confundirla con la venganza. Tienes derecho a enojarte, pero no a dejar de ser cortés. Tienes derecho a sentir desconfianza, pero no a vivir en ella. Tienes derecho al dolor, pero no a creerte que eres el único que lo tiene. Tienes derecho a ser positivo, pero no a ser arrogante. En suma, tienes derecho a ser feliz, pero no a olvidar el ser agradecido.” Autor anónimo
En el camino a la cruz, Jesús tuvo que afrontar la oposición de los enemigos, instruir a sus discípulos acerca de los acontecimientos del futuro, tuvo que soportar la traición de Judas, la negación de Pedro, la agonía del Getsemaní, y en la última etapa de vida, tuvo que enfrentar un juicio ignominioso e inmerecido ante el Sanedrín, pasar por Pilato, por la humillación de la coronación de espinas, recorrer la vía crucis, el ultraje en la cruz, hasta alcanzar la agonía final de la muerte en el monte Gólgota. Esas últimas horas terribles y deleznables, que deberían ser motivo de reflexión de una hora diaria de acuerdo al consejo de Elena de White son el tema de estudio de esta semana. ¿Qué lecciones podemos extraer de estos sucesos memorables? Miles de conceptos, razonamientos, cuadros, esculturas y últimamente películas se han realizado sobre estos acontecimientos a lo largo de la historia cristiana. Obligados a escoger tres tópicos, por razones de espacio, estudiamos el juicio del Sanedrín, un aspecto del diálogo con Pilato y el momento supremo del desamparo del Señor en la cruz. La narración que realiza Marcos del juicio previo (14:53-64), es económica, diáfana y descriptiva, atenida a los hechos, sin estridencia ni buscando efectos sensacionalistas, según sus conocidas características literarias. No obstante reconoce que “el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte” (14:55). Probablemente, en esa ocasión, no habían citado a Nicodemo ni a José de Arimatea, que eran miembros del Consejo (Jn.3:1; Mr.15:43), por su reconocida simpatía con la ideología del Nazareno. Marcos denuncia la injusticia de los procedimientos empleados y el esfuerzo que realizan para encontrar una legitimación legal que permitiese llevar a Jesús ante las autoridades romanas, quienes eran en definitiva, los que decretaban la pena de muerte por estar la nación bajo el protectorado imperial. El juicio parece haber transitado por dos etapas, una donde la fiscalía propone una serie de testigos acusadores, que presentan burdas contradicciones entre sí. No aparece en escena ningún abogado defensor. ¿Cómo se puede realizar un juicio sin que el acusado tengo quien lo defienda? Probablemente esperaban que el mismo reo, oficiase de defensor, lo cual es algo que no se ajusta a los procedimientos jurisprudenciales. Jesús rehúsa asumir el rol defensor, instalándose en un mutismo significativo, dejando en evidencia la inconsistencia estructural del juicio. La defensa es realizada de facto, ya que “los testimonios no coincidían” (vers.56 y 59). Finalmente, en la segunda etapa del juicio, el Sumo Sacerdote, quien presidía el órgano de justicia (o de injusticia), como juez supremo, por lo cual no debería intervenir en los procedimientos, defraudado (y quizás un tanto contrariado o fastidiado por el silencio de Jesús) por la falta de resultados, interviene, asumiendo la función de fiscal que no le correspondía, procediendo a interroga a Jesucristo. Entonces, obliga a responder al reo, bajo juramento: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” (vers.61), que era un calificativo para referirse a Yahveh, el nombre de Dios, cuya pronunciación los judíos evitaban. Jesús renuncia al silencio, afirmando su condición divina, declarando “Yo soy”, el nombre que Dios le dio a Moisés. Asimismo, profetiza contra el Sumo Sacerdote, diciendo: “veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo” (vers.62). Esas palabras estremecedoras, del verdadero juicio divino contra quien debía ejercer la justicia humana con equidad, quizás después de algún momento de sorpresa, lleva al Sumo Sacerdote a ejercer su influencia para conseguir el veredicto de culpable. Los versos del epígrafe recitan: Tienes derecho a la justicia, pero no a confundirla con la venganza. El juicio de Jesús fue una burda falsa, una venganza, la expresión de la inequidad movida por el sentimiento revanchista. Ese testimonio fijado para siempre en la historia humana, debe ser un recuerdo permanente que advierta a todo hombre para no caer en las estratagemas de la represalia y el apasionamiento de la memoria, para ser leal a la hora de definir el adecuado equilibrio entre el delito y el castigo. En la noción de justicia se funda la armonía y la paz de una sociedad. Si la justicia no es equilibrada y adecuadamente distributiva, activa el detonador de los conflictos sociales futuros, como la historia no se cansa en enseñarnos. Aquel jueves nocturno cuando el Maestro enfrentó al Sanedrín, todavía nos enseña los caminos de la injusticia y la inconsistencia de los principios que jamás deberían ser violados.
“¿QUÉ COSA ES LA VERDAD?”
“No debemos quedar satisfechos con un conocimiento superficial, sino procurar aprender el pleno significado de las palabras de verdad” Elena G. de White (CN, 485)
En el juicio, Jesucristo tuvo que comparecer ante el gobernador de Judea. Entonces se produjo aquel memorable diálogo: —¿Luego, tú eres rey? —preguntó Pilato. —Tú lo has dicho. Yo soy rey. Yo, para esto he nacido, para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Entonces Pilato volvió a preguntar: —¿Qué cosa es la verdad? Agrega la narración: “Dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: —Yo no hallo ningún delito en él’” (Juan 18:37-38). Es evidente que el dignatario romano tenía inquietudes intelectuales por conocer la verdad, pero su preocupación por las cuestiones políticas y la urgencia por resolver el juicio eran superiores y no se quedó a escuchar lo que Cristo podría haberle revelado sobre el tema. Dejó la pregunta suspendida en el aire, quedando la interrogante pendiente a lo largo de los siglos, alcanzándonos también a nosotros. ¿Qué podemos decir acerca de la verdad? Si en los tiempos de Cristo era un problema saber con certidumbre que cosa es verdad, mucho más lo es ahora, en estos tiempos posmodernos. Gianni Vattimo (1995), uno de los más brillantes filósofos de la actualidad, afirma: “la noción de verdad ya no subsiste y el fundamento ya no obra, pues no hay ningún fundamento para creer en el fundamento, ni por lo tanto creer en el hecho de que el pensamiento deba ‘fundar’”. La verdad, que siempre constituyó el fundamento de toda cuestión, actualmente ha perdido densidad y consistencia, convirtiéndose en “mi verdad”, una opinión o simple expresión de supuesta veracidad hacia los hechos. Se trata de una verdad que se sabe de antemano tiene validez precaria, según las circunstancias y por un tiempo determinado. El escritor centroeuropeo, Milán Kundera, en su libro La Inmortalidad, lo ha dicho muy bien al declarar que la verdad está en “la planta baja” del conocimiento, no es la sala central de la casa es el sótano. Por lo tanto, es indispensable buscar criterios que definan con claridad que cosa es verdad. En este sentido es útil recurrir a Daniel Sánchez y Gutiérrez (2000), quien distingue cuatro conceptos de verdad, que resultan orientadores para entender el tema. Aunque no coincidimos en sus aplicaciones nos parecen importante sus definiciones. Califica los cuatro conceptos de la siguiente manera: 1) La verdad epifánica Es aquella que es objeto de una revelación. El término proviene del griego ― epipháneia― y significa “manifestación”. La iglesia católica conmemora la fiesta de la “epifanía” el 6 de enero en recuerdo de la aparición y manifestación de Jesucristo al mundo. La verdad epifánica es la verdad divina, que no admite dudas ni discusión porque proviene de las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios (Jn.17:17), que no miente ni hay falsedad alguna en Él (1 Sam.15:29; Tito 1:2), ya que es verdadero por su propio naturaleza. También se declara que la ley o los mandamientos de Dios son verdaderos (Sal.119:142; Prov.3:1-4; 1 Jn.2:4), igual que la persona de Jesucristo (Jn.1:14; 14:6) y del Espíritu Santo (1 Juan 5: 6; cf. Juan 14: 17, 26).
2) La verdad argumentativa Es la que se descubre en el proceso de la investigación, del análisis lógico o del ejercicio de la razón. Que dos más dos son cuatro es una verdad demostrable a través de la argumentación aritmética. Las matemáticas, la física, la química y las demás ciencias tienen sus razonamientos para deducir la verdad con fuertes evidencias, a diferencia de otras ciencias cuyas conclusiones son probabilísticas. La verdad argumentativa es la verdad de la ciencias y de la experimentación, que no es absoluta como la verdad epifànica, ya que puede equivocarse y cambiar con el tiempo, al desarrollar nuevas argumentaciones que demuestren la falsedad de las anteriores. Se trata de una verdad perfectible no perfecta como la anterior.
3) La verdad contextual Esta idea la explica muy bien Milán Kundera, cuando describe la siguiente situación: “‘Dime la verdad’, dice el periodista y nosotros naturalmente podemos preguntar cuál es el contenido de la palabra verdad para aquel que administra la institución del décimo primer mandamiento (el supuesto mandamiento que exige veracidad). Para que no haya confusiones, subrayamos que no se trata de la verdad divina por la que murió en la hoguera Jan Hus (la verdad epifánica), ni de la verdad de la ciencia y el libre pensamiento, por la que quemaron a Giordano Bruno (la verdad argumentativa). La verdad que corresponde al décimo primer mandamiento no se refiere ni a la fe ni al pensamiento, es una verdad de la planta baja de la ontología, la verdad puramente positivista de los hechos: qué hizo C ayer; qué es lo que de verdad piensa en lo más profundo de su alma; de qué habla cuando se reúne con A; y ¿mantiene relaciones íntimas con B? No obstante, aunque esté en la planta baja de la ontología, es la verdad de nuestra época y tiene la misma fuerza explosiva que en otros tiempos tuvieron la verdad de Hus o la de Giordano Bruno” (4). Se trata, pues, de una verdad funcional, circunstancial, de la opinión que se tiene de los acontecimientos y hechos. Esta es la verdad dominante en nuestros días, una verdad subjetiva, pobre y falible, inferior a la verdad “objetiva” de la ciencia y la verdad trascendente de la fe, pero que tiene éxito en la actualidad por el abandono de las modalidades anteriores.
4) La verdad hermenéutica Es la última acepción, la verdad que se descubre interpretando los textos ―que es lo que significa la palabra―, especialmente los textos sagrados. Aquí la verdad es alcanzada en la manera que se realice una correcta interpretación, siguiendo los criterios metodológicos de la hermenéutica. Jesús acusó a los intérpretes de la ley de su época porque hacían una hermenéutica equivocada, al decir: "Erráis, ignorando las Escrituras" (Mat. 22: 29). En otra ocasión el hizo un estudio hermenéutico al analizar las profecías cristológicas escritas "en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos" (Luc. 24: 44), abriéndoles “el entendimiento para comprendiesen las Escrituras” (vers.45) de sus discípulos. En una tira cómica de Nik, dibujante del Diario La Nación de Buenos Aires, se le aparece al héroe de la tira, Gaturro, la verdad. Éste queda sorprendido por la aparición, preguntándose si es cierto que sea la verdad. Ella dice que sí, reconociendo que nadie la quiere, la rechazan los políticos porque hace perder las elecciones y los economistas, porque perjudica los negocios. Finalmente, la verdad queda llorando su desconsuelo y soledad, mientras Gaturro, reflexiona “Parece mentira”. Así es precisamente, cada vez son menos que quieren vivir de acuerdo a la verdad, optando por la apariencia, la mentira o las supercherías en lugar de lo verdadero. Cómo un cáncer en progreso que ataca las células del cuerpo, se pulveriza la certeza, y la verdad es dada vuelta como si se tratara de guantes, transformándola en engaños y falsedad. Sin embargo, para quien quiere descubrir la verdad, hay recompensas prometidas de extraordinario valor. Declara la inspiración de Elena de White: “Todos los que acuden a Cristo en busca de un conocimiento más claro de la verdad, lo recibirán. El despegará ante ellos los misterios del reino de los cielos, y estos misterios serán entendidos por el corazón que anhela conocer la verdad” (PVGM, 22). EL DESAMPARO
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Marcos 15: 34
¿Qué podemos decir de esa experiencia terrible de desolación y desamparo que vivió Jesús mientras pendía en la cruz? Jesús no murió por las torturas o el sufrimiento físico padecido sino por el desamparo, ya que el relato del evangelio destaca la sorpresa del fallecimiento anticipado. Produce estremecimiento imaginarse la escena de Jesús clavado en la cruz, con su cuerpo amoratado, tiritando, sangrando profusamente, lanzando ese grito desesperado ante la pérdida del contacto consolador del Padre y el rechazo humano. El desamparo es el signo de la angustia, la vida desolada que transita por los márgenes, la expresión casi impúdica que exhibe la fragilidad de la existencia ante la tragedia del despojo y el abandono. ¿Cuántos se marchitan en la seca ceniza del desamparo? ¿Cuánta gente se encuentra como los náufragos, luego de la devastación, a la deriva por la soledad infinita del mar de la vida? ¿Será que la experiencia del desamparo humano puede ayudarnos a comprender el desamparo del Señor? Las investigaciones sobre el desamparo, surgieron, por una extraña coincidencia, en la observación de la conducta de los perros. Un joven graduado de la Universidad de Pennsylvania, Martín Seligman, un día observó el fracaso de un grupo de perros en un estudio de aprendizaje experimental de laboratorio. Normalmente, cuando un animal recibe una descarga eléctrica corre frenéticamente de un lado a otro hasta que en forma accidental, salta la barrera y escapa de la zona electrificada. En las pruebas siguientes, el perro escapa más rápidamente, hasta que por último, aprende a evitar totalmente las descargas, saltando en seguida que aparece la primera señal o el aviso de que se van a producir los shocks. Sin embargo, en el grupo de animales estudiados por Seligman, encontró que exhibían una conducta diferente: no hacían nada para intentar escapar a los choques eléctricos. Cuando comenzaron las descargas, pronto dejaron de correr y de aullar, y se quedaron sentados o tendidos hasta que cesó la prueba; no cruzaron la barrera para escapar y parecía que aceptaban pasivamente la descarga. Seligman descubrió que esos perros habían sido expuestos en experimentos anteriores a golpes eléctricos a los cuales no pudieron escapar. De ese hecho, sacó la conclusión que los canes habían aprendido que el cese de la descarga no dependía de su conducta y que, por lo tanto, nada podían hacer para cambiar la situación. Habían aprendido a ser desvalidos. El hecho remarcable era que esa expectativa negativa de incontrolabilidad seguía actuando aún en aquellas circunstancias en que podrían haberse puesto a salvo huyendo o evitando el campo electrificado. De allí surgió la teoría del desamparo aprendido, “learned helplessness”. Al sistematizarse las observaciones se concluyó que los animales que habían sido colocados en una situación incontrolable, exhibían un déficit motivacional y emocional, ya que permanecían pasivos, en actitud quejumbrosa, sin hacer esfuerzos para evitar el estímulo aversivo y conservaban una conducta apática, resignada y sumisa. "Cuando yo vi por primera vez la indefensión animal —explica Seligman—, pensé que podría ser un modelo del desamparo humano y que podría ayudarnos a entender el tipo de desamparo que padecen los depresivos". Así se formuló la primera explicación de la teoría de la indefensión, que fue demasiado simple y esquemática para aplicarla al ser humano. Después de varios años de investigaciones apareció una reformulación de ese concepto del desamparo. La teoría revisada establece que cada individuo tiene un estilo propio de explicar los eventos malos cuando la realidad es ambigua. Ese estilo personal de percibir e interpretar las desdichas o desventuras esta determinado por tres tipos de causas: a) estables o inestables; b) globales o específicas; c) internas o externas. Por ejemplo, si perdí el examen, puedo dar una variedad de razones. Si mis explicaciones son siempre iguales, son estables, por ejemplo, llego a la conclusión de que "yo siempre pierdo todos los exámenes". Si se da esa condición de estabilidad (en mis explicaciones para los malos eventos), puedo esperar que se repitan situaciones análogas y mostrar signos de desamparo cuando tenga que dar un examen, siguiendo con el ejemplo. Por otra parte, si mi explicación es global más bien que específica, es decir, si generalizo mi indefensión de un contexto dado a todos los aspectos de mi vida (v.gr., "soy un incapaz" o "nunca hago nada bien"), mis expectativas serán que sucedan otras cosas malas en otras áreas (no sólo perder los exámenes sino también los amigos, dinero, etc.) y sentirme un fracasado o un desamparado. Por último, si mi explicación busca razones internas más que externas ("es mi culpa no la del profesor"), probablemente mostraré signos de baja autoestima y tendré mayor tendencia a caer en la depresión. En síntesis, quien tiende a explicar los acontecimientos negativos de la vida, en forma estable, global e interna, esto es, siempre igual, afectando todo lo que hace y atribuyéndose la culpa de todo, corre alto riesgo de deprimirse ante el infortunio e incrementar sus posibilidades de enfermar y morir. Este estilo explicativo dibujaría el perfil del desesperanzado o del pesimista. ¿Estos conceptos de las investigaciones sobre el desamparo humano y animal tienen alguna aplicación a la experiencia de Cristo en la cruz? ¿Jesús se sintió desamparado en la cruz debido a un estilo cognitivo de atribuciones negativas y pesimistas? La descripción que plantea el texto bíblico no ofrece ninguna evidencia para suponer tal cosa. Jesús no se sintió desvalorizado, ni objeto de autoculpabilización, ni cayó en una depresión por falta de apoyo social, ni se sintió fracasado, triste o con ideas negativas. Su experiencia fue algo diferente a lo que se conoce en los estudios de psicología del desamparo. Quien mejor lo ha descrito es la inspiración de Elena de White, cuando escribió: “Su humanidad rehuía la hora del desamparo cuando, según todas las apariencias, sería abandonado por Dios mismo, cuando todos le verían azotado, herido de Dios y abatido. Rehuía la exposición en público, el ser tratado como el peor de los criminales y una muerte ignominiosa. Un presentimiento de su conflicto con las potestades de las tinieblas, el peso de la espantosa carga de la transgresión humana y de la ira del Padre a causa del pecado, hicieron desmayar a Jesús, y la palidez de la muerte cubrió su rostro.” (DTG, 578)
Referencias bibliográficas
Abreviación
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El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM
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