
Traición y Arresto
SEGÚN LOS TEXTOS DE MARCOS 14:1 AL 51

Lección 11
Para el 11 de Junio del 2005
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“El Hijo de Dios oraba con
agonía. Grandes gotas de sangre se agolpaban sobre su rostro
LA PSICOLOGÍA DE LA TRAICIÓN
“La traición es el golpe que
no esperas.” En el camino a la cruz, no sólo Jesús tuvo que afrontar la oposición de los enemigos e instruir a sus discípulos acerca de los acontecimientos del futuro, también tuvo que soportar la traición de Judas, la negación de Pedro y la agonía del Getsemaní. De estos tres acontecimientos de las últimas horas de vida, trataremos en estos comentarios. ¿Qué podemos decir de Judas? ¿Por qué traicionó a su Maestro? ¿Cómo es la psicología de alguien que recibió tanto y pagó con una felonía? ¿Cómo se puede entender tanta alevosía e infamia? En nuestro libro Psicología de los personajes bíblicos (2004; 2005) desarrollamos una hipótesis de la personalidad de Judas; lo interpretamos como un impostor. Hay varias investigaciones que han descrito este tipo de personalidad. “Es la persona que asume una identidad falsa con el propósito de engañar a los demás. Esta conducta persigue ocultar ante sí mismo y ante los otros, las deficiencias de su verdadero ser. Sabe que no es la persona que finge ser, pero siente que debe ser alguien más importante y magnífico que el hombre común. Por lo general los impostores consumados son más frecuentes entre los varones. En esos casos el deterioro de la identidad, se debe a un inadecuado desarrollo psicosexual que los mantiene en un estado de inmadurez. “Según la elaboración psicoanalítica el carácter del impostor proviene de dos posibles situaciones infantiles que coinciden en el logro de deterioros de la identidad y la conciencia. Uno de los casos es cuando se nace con algún defecto físico o mental y/o son despreciados, rechazados o tratados injustamente por uno de los padres o por ambos. Entonces razonan: ‘La naturaleza me ha hecho un gran daño. La vida me debe una compensación. Puedo hacer daño porque me han hecho daño’. Estos insultos tempranos y prolongados a la integridad como a la omnipotencia del niño, pueden motivarlo a intentar resarcirse, a ‘cobrar sus derechos de indemnización’ y superar el escarnio por vía de convertirse en una persona distinta al desdichado ser que le toco en suerte ser. “En el segundo caso —que probablemente sea el de Judas—, el carácter del varón es modelado, desde el comienzo, por un excesivo apego a la madre. Se trata de un cariño seductor y posesivo hacia su bebé que impide establecer un sentido definido de separación entre ambos. Esa dificultad del varón para separarse de la madre se ve incrementada, generalmente, por la ausencia o la ineficacia emocional del padre. Algunos impostores son hijos póstumos, es decir nacieron después de haber muerto el padre. En otros casos el padre murió durante la primera infancia del niño o abandonó el hogar, o estaba siempre ausente en viajes de negocios, o prefería a los hijos mayores o era despreciado por su esposa. Por una u otra razones, el niño pasa la primera infancia en un hogar emocionalmente carente de padre. Entonces la madre —a veces también los abuelos, hermanos o niñeras— alienta al varoncito a creer que es la criatura más encantadora del mundo, que esta maravillosamente dotado y lleno de habilidades extraordinarias. Este niño ‘prodigio’ recibe constantes alabanzas, especialmente, por su talento para la mímica y la imitación, cosa que en realidad es natural en la mayoría de los niños de dos y tres años. Así el pequeño seductor deleita con sus graciosas caricaturas y payasadas a un auditorio predispuesto al aplauso. “Es un niño reverenciado, mimado y sobreprotegido. Tratado como un juguete maravilloso. Se le satisface en todo aún antes de que el niño haya sentido cualquier molestia o deseos. El infante no precisa mover ni un músculo, ni ejercer ninguna iniciativa o autonomía. Se crea una atmósfera de devoción servil, en la que todo le es brindado incondicionalmente sin esperar nada a cambio. Así pues, es inevitable que afloren el narcisismo y la pasividad. Ante la ausencia o ineficiencia del padre, el niño pasa a ser el reflejo del exaltado ideal masculino de la madre (que de este modo sublima su carencia viril). El niño es inducido a creer que él es mucho más encantador, poderoso, interesante, adorable y admirado. ‘Mi hijo es mi todo. Es un chico admirable’, decía la madre de uno de nuestros pacientes, demostrando una disposición excesivamente complaciente hacia su hijo, al extremo de subestimar inmoralidades y conductas graves de perversión. En ese contexto familiar no hay competencia edípica, ni contienda, ni rivalidad que contrarresten las fantasías de omnipotencia e idealización. La voz del padre se ha silenciado y con ella se ha acallado los imperativos de la ley y la realidad. “Este niño, posiblemente, ya en la escuela primaria se convierta en un mentiroso y en la adolescencia sea un eximio intrigante. Es en la pubertad cuando surge la perspectiva de tener que probarse a sí mismo como hombre. En la mayoría de los varones adolescentes las señales de su próxima hombría les brinda cierta confianza que los estimulan a avanzar hacia la madurez, pero en el impostor potencial le produce angustia, resistiéndose entonces a abandonar las fantasías y ensoñaciones infantiles, que tan bien han sostenido hasta ahora su narcisismo y su inseguro sentido de identidad. ‘La persistencia de la fantasía de la novela familiar —dice L.Kaplan— y su profunda infiltración en las soluciones de la adolescencia constituyen la marca distintiva del impostor’. “La manera de salir adelante en el mundo consiste en engañar a los demás, en burlar al público. El impostor tiene dotes especiales para la mímica y un interés apasionado por la simulación. Tras una infancia dedicada a la falsificación y a la ilusión, apenas comprende las reglas que rigen la realidad. El sentido de la realidad del impostor es tan defectuoso como su identidad. El adolecente experto en el arte de engañar resulta desconcertante, debido a lo difícil que es probar la mentira. El muchacho hace gala de su habilidad de recursos, declara lisa y llanamente su inocencia, protesta con indignación por la injusticia de que es objeto, ofrece explicaciones perfectamente razonables. Si es absolutamente necesario admitirá su culpa, pedirá perdón, prometiendo no volver hacerlo nunca más. Como todos los que lo rodean quieren creerle, así lo hacen. Sucede muchas veces que los adultos llegan a admirar a este niño o joven por su fácil encanto y sus astutas extravagancias y, a veces, aunque sospechen que los están embaucando, están dispuestos a aceptar el juego de la inocencia. Hasta se sienten arrastrados a una especie de complicidad como premio a la fascinación de su arte. “El impostor sólo busca la exaltación orgullosa que le provoca el hecho de embaucar. Queda perpetuado en el rol de niño consentido. Nunca puede domesticar su ideal del yo, puesto que su misma existencia depende de complacer las exigencias de ese ideal. A veces idealiza a otros, pero su ambición compulsiva es la de probarse más listo que ellos y engañarlos con sus tretas y talento para fingir. Los engaños tienen por finalidad reforzar la ilusión de que él es una persona poderosa. En conclusión, podemos definir al impostor como un enfermo de la ambición, como la inmadurez encubierta por los velos del orgullo y la codicia. Es la falsa pretensión de supremacía. La hipocresía avara movida por los orgullos infantiles. Un trastorno de la identidad con repercusiones sociales. “El evangelio narra el caso de un hombre que se propuso como candidato a discípulo de Jesús, Judas Iscariote. Fue el único que el Maestro no llamó. Ese hombre percibió que junto a Jesús podría alcanzar un lugar privilegiado en la consideración social y en la vida política. Creía que el maestro de Galilea era el Mesías y sería promovido al trono real. Así que con gran fervor y aparente sinceridad, promocionado por sus colegas, presentó su solicitud de ingreso, en estos términos: ‘Maestro, te seguiré a donde quiera que fueres’. Dice Elena de White que ‘Jesús no le rechazó ni le dio la bienvenida, sino que pronunció tan sólo estas palabras tristes: `Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza.' Los discípulos quedaron decepcionados por esa recepción tan fría. Veían en Judas una persona de talento superior, inteligente y sumamente hábil. Impresionaba con su alta estatura, el porte digno y la mirada perspicaz. Tenía respuestas agudas y lúcidas. Pero Jesús no se engañó. Su ojo clínico diagnosticó el síndrome del impostor. Descubrió, detrás de la fachada simuladora, su afán desmedido de supremacía y reconocimiento, la falsedad de su identidad, aferrada a las fantasías de omnipotencia infantil. Captó el encubrimiento de un espíritu ambicioso, egoísta y avaro, como la disposición al fraude y la mentira. ‘El Salvador leyó el corazón de Judas; —continúa White— conoció los abismos de iniquidad en los cuales éste se hundiría a menos que fuese librado por la gracia de Dios’. Entonces lo aceptó. Se propuso alcanzar la matriz defectuosa de su alma para intentar el cambio re-estructurador de su carácter. “Los escritores bíblicos son reticentes en hablar de este discípulo. Lo mencionan como ‘el que le entregó’ o con más dureza lo califican como ‘el traidor’. Casi no hay registro alguno de los tres años de convivencia con el grupo de apóstoles hasta los últimos episodios de la vida de Jesús. Ese manto pesado de silencio es la retribución por el afán de notoriedad. La historia no escrita seguramente tendría infinidad de episodios donde Judas buscó imponer sus intenciones de grandeza y otros tantos esfuerzos de parte del Maestro para enseñarle la grandeza de una vida humilde, sincera, íntegra, no disociada entre lo aparente y lo real. Es probable que muchas declaraciones, parábolas y milagros realizados por Jesús hayan tenido como destinatario alcanzar a Judas, como la enseñanza del amor al enemigo, a edificar sobre el fundamento sólido de la palabra de Dios y no sobre el arenoso de la desobediencia, a imitar al ‘buen samaritano’ en su generosidad y desinterés, a cultivar la fe para que crezca como el grano de mostaza que se convirtió en un árbol gigantesco para habitación de los pájaros del cielo y tantas otras enseñanzas más. Sin embargo, el esfuerzo no logró resultados duraderos. La dureza de su carácter fue resistente a los mensajes. Elena de White dice que Judas tenía alta opinión de sus propias cualidades y consideraba a sus hermanos muy inferiores a él en juicio y capacidad", de modo que "cultivó una disposición a criticar y acusar", lo que significó que estuviese "cegado por sus propios deseos egoístas", de avaricia, codicia y "fuerte apego al dinero". “Precisamente poco antes de la crucifixión, en la casa de Simón, Judas censuró el derroche de María al derramar un costoso perfume en los pies de Jesús. Lo decía para apropiarse del dinero, ya que administraba las finanzas del grupo en forma fraudulenta. Jesús fue más directo que en otras ocasiones, reprochando con delicadeza su hipocresía y mirándolo de forma que denunciaba sus intenciones malévolas. La reprensión hirió su amado yo, lo llenó de resentimiento y deseos de venganza. Al terminar la reunión se dirigió al palacio del sumo sacerdote para concretar el pacto de la traición. “Hay distintas formas y diversos grados de impostura. Se puede fraguar, plagiar, falsificar, estafar o mentir como los mitómanos. En Judas se da todo esto al servicio del afán desmedido de poder. Otra característica de los eximios simuladores es que por lo general, actúan solos, al margen de toda lealtad grupal. En Judas también, la felonía fue un acto de terrorismo personal. El impostor, de niño, ‘siente resentimiento hacia su padre por no haberlo rescatado de su dependencia infantil’. asegura Kaplan. Durante la adolescencia ese resentimiento se desplaza a la sociedad en la forma de la desvalorización y el rechazo. De ahí la propensión al engaño y al fraude. Judas fue también un resentido. Ese sentimiento finalmente lo llevó al remordimiento y a la autodestrucción. “Durante la última cena Jesús lavó los pies de Judas, haciendo un último esfuerzo para acariciar su alma orgullosa en búsqueda de un arrepentimiento purificador. Luego hizo un señala-miento directo al denunciar abiertamente su intención traidora. Sin embargo, sus disposiciones cultivadas de impostor mantuvieron obstinadamente el rechazo y abandonó aquel lugar para penetrar en las sombras de la noche de la intriga sin retorno. “Cuando el juicio de Jesucristo se acercaba a su final y Judas se dio cuenta de la condena a muerte irreversible que pesaba sobre el Maestro, lo torturó la conciencia culpable. Intentó cambiar el veredicto pero todo fue en vano. Un terrible y desgarrador sentimiento de condenación se posesionó de su mente al darse cuenta que estaba entregando sangre inocente y siendo el entregador del Hijo de Dios, el Santo de Israel. No pudo soportar el ver a Cristo crucificado y desesperado salió del tribunal y se ahorcó. Cuando al otro día la procesión que acompañaba a Cristo ‘pasaban por un lugar retirado, vieron al pie de un árbol seco, el cuerpo de Judas. Era un espectáculo repugnante. Su peso había roto la soga con la cual se había colgado del árbol. Al caer, su cuerpo había quedado horriblemente mutilado, y los perros lo estaban devorando’."
“Al día siguiente Anás y
Caifás, con otros dignatarios del templo,
¿Cómo calificar la negación de Pedro? ¿Cómo explicar su acto de no reconocer al Maestro cuando fue interrogado al respecto? No toda negación es negativa. El ejercicio del no es necesario en muchas ocasiones. “En el poder de la negación está el origen de lo humano”, declaró Víctor Massuh, agregando, que también estaba “el nacimiento del yo individual, del sujeto creador y punto de partida, el que traza con su voluntad un círculo propio, un reino donde la realidad no es una ficción sino un cuerpo, una resistencia, un juego no virtual vivido en el cara a cara, en la inmediatez del otro complementario. Lo que invoco es el ejercicio de la libertad: eterna aventura del ser humano que crea medios para alcanzar sus fines, pero suele quedar prisionero de los medios. Estos fines de la libertad son la belleza, la verdad, el bien y lo sagrado.” Pero, también es cierto, que hay una negación censurable. Es la negación del cobarde, de quien prefiere no comprometerse, de quien rehúsa y evade su responsabilidad, de quien miente para salvar su pellejo. Todo eso hizo Pedro, ¿por qué? También en el libro La Psicología de los personajes bíblicos tratamos el caso de Pedro. Algunos de los conceptos que allí exponemos son los siguientes. Los evangelios proporcionan un conjunto de información acerca de nuestro héroe. Sabemos que era oriundo de una ciudad que estaba situada a orillas del mar de Galilea (Mr. 1:21-29; Jn. 1:44), que su padre era Jonás (Mt. 16:17; Jn. 1:42) y el hermano Andrés (Jn 1:40). Además, se casó (Mt. 8:14; Mr. 1:30; Lc. 4:38), era pescador de profesión (Mr. 1:29; Lc. 5:10) y carecía de estudios (Hch. 4:13), aunque probablemente sabía leer y escribir. Conoció a Jesús por medio de su hermano (Jn. 1:41), siendo posteriormente llamado en forma personal (Mt. 4:18-19) a integrarse al conjunto de los doce discípulos (Mr. 3:14-16), en cuya lista ocupó siempre el primer lugar (Mt. 10:2; Mr. 3:16; Lc. 6:14). Ese espacio destacado entre sus colegas se evidenció también en que formaba parte del grupo íntimo de Jesús (Mr. 5:37; 9:2; 14:33). Por otra parte, el Maestro le puso el pseudónimo de "Cefas" (Pedro o piedra) cuando lo conoció, percibiendo su "naturaleza impulsiva" (White, 1975, 113, 752) y la necesidad de ayudarlo a cambiar su carácter (Jn. 1:42). Los evangelios registran múltiples intervenciones de Pedro que dan pautas acerca de su personalidad en esta etapa. Un rasgo prominente es la extroversión. Evidencia poseer una actitud simpática y sociable, siendo compasivo y afectuoso (Jn. 13:9; 21:15-17), generoso y hospitalario (Mt. 8:14). Se caracteriza por ser expresivo, comunicativo, transparente, dice lo que piensa tal como se le ocurre, sin reflexionar ni sopesar sus palabras. "Tenía el hábito de hablar de sopetón -manifiesta Robertson (1937, 2)-, que es tan natural en todos nosotros". Era de carácter primario, emotivo, activo, exhibiendo pobre autocontrol. Era espontáneo, franco, audaz (White, 1975, 752), capaz de decir cosas sublimes (Mt. 16:16-17) como de cometer errores groseros, de una torpeza detestable (Mt. 16:22-23). Thompson (1991, 1367-1368) lo caracteriza como contradictorio, ya que era presuntuoso (Jn.13:8-9) o engreído (Mt. 26:33) y a veces excesivamente generoso, manifiesta abnegación (Mr. 1:18), pero también egoísmo (Mt. 19:27), resulta temerario (Jn. 18:10-11) como cobarde (Mt.26:69-74), parece dotado de gran visión espiritual (Jn. 6:68) aunque a veces no comprende nada de las verdades divinas (Mt. 15:15-16). En una descripción sintética del Pedro joven, según los evangelios, habría que decir que se caracteriza por la inconsistencia. Su comportamiento responde al influjo de las impresiones presentes, en forma de reacciones efímeras e impulsivas. Se caracteriza por sus permanentes fluctuaciones e inestabilidad. Jamás llega a desarrollar un discurso elaborado y continuo. Sus actuaciones son breves, rápidas y cortantes, producto de las circunstancias. Vive en un presente inmediato. No revela una estructura sólida, persistente, un proceso organizado que construya una trayectoria definida de vida. Sin embargo, el reporte de los evangelistas también presenta los indicadores del cambio, ciertas experiencias claves que van esbozando la dirección del desarrollo y la maduración. Quizás el primero fue el episodio de la pesca milagrosa (Lc. 5:4-11). Después de una noche frustrante sin pescar nada, Jesús ordena dirigirse mar adentro y echar la red. Pedro sabía que era imposible pescar a esa hora, pero se produjo el milagro. Entonces, un destello de comprensión fulguró en su mente con la idea de estar ante un ser divino, cayendo a los pies del Salvador, exclamando: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador". Otro episodio significativo fue cuando Pedro se animó a caminar sobre el mar (Mt. 14:28-33) gracias al poder de Cristo, pero cuando la suficiencia propia lo hizo mirar hacia sus compañeros, empezó a hundirse. Jesús lo salva y le da una lección inolvidable de fe. Pero seguramente lo experiencia más conmovedora y aleccionadora para el apóstol fue la noche de la negación (Mt. 26:69-75). Momentos antes había declarado estar dispuesto a jugarse la vida por su Maestro (Mt. 16:33), aunque después actuó cobardemente, llegando a negar a Jesucristo en forma abyecta (Mt. 26:69-74). En algún momento del juicio, la mirada de Jesús se encontró con la de Pedro, recibiendo el apóstol el impacto del mensaje de esa mirada. Jesús le trasmitió en su mirada, que sabía lo había negado tres veces como le había anticipado, que no confiase en su carácter voluble y débil, que debía aprender a controlar sus impulsos. Esa mirada tierna y conmovedora lo hizo llorar amargamente en profundo y sentido arrepentimiento. "Se consideraba superior a la tentación, pero la mirada de Jesús hizo pedazos el corazón de Pedro" (Robertson, 1937, 2) y le conquistó atrayéndolo nuevamente después de su agonía espiritual. Otro momento emocionante fue cuando Cristo le concede el perdón (Jn. 21:15-19). Ese hecho dejó una huella indeleble y profunda en el carácter del apóstol. En aquel memorable amanecer que narra el Evangelio de Juan (21:15-19), Jesús le preguntó tres veces en forma consecutiva: “¿Me amas, Pedro?” “Sí, Señor, tu sabes que te quiero” (21:15, BJ), fue la respuesta repetida. Con cada respuesta del apóstol, el Señor le comisionó: “Apacienta mis corderos” (v.15), “Apacienta mis ovejas” (vs.16,17). Esas palabras impactaron profundamente al apóstol, porque descubrió que la misma cantidad de veces que lo había negado, le pedía que hiciera profesión de adhesión, recibiendo una triple investidura de compromiso con la profesión pastoral. Allí tomó conciencia de su misión. A partir de entonces, emerge un nuevo Pedro, un hombre que superando las ambivalencias e inestabilidades de carácter, asumió su destino de dirigente espiritual, con responsabilidad y devoción. La traición de Judas fue el colapso y el fin para él, en cambio, la cobardía de Pedro fue redención, el inicio de una nueva vida cargada de experiencias trascendentes realizadas con una valentía heroica. Hay dos secretos únicos en la vida de Pedro que explican los resortes internos que lo movieron a lo largo de su vida. Uno de ellos lo revela la inspiración de Elena de White, cuando afirma que Pedro nunca se perdonó a sí mismo el haber negado a su Maestro: “Pedro se había arrepentido sinceramente de su pecado —dice EGW—, y Cristo le había perdonado, según lo comprueba el altísimo encargo de apacentar a las ovejas y corderos del rebaño. Pero Pedro no podía perdonarse a sí mismo”. Probablemente a Pablo le ocurrió algo semejante con respecto al hecho de haber perseguido al cristianismo (1 Cor. 15:9; Gál. 1:13,14; Efe.3:8). ¿Cómo es vivir con sentimientos de culpa? ¿El sentirse en deuda constantemente? ¿Qué todo lo que se haga resulta insuficiente para pagar la falta? ¿Así habrá sido la experiencia del apóstol? El segundo secreto de su intimidad mental fue que Pedro vivió sabiendo que iba a morir como mártir, ya que Jesús se lo había anticipado (Jn. 21:18-19). Durante 30 años estuvo esperando ser sacrificado. Cada vez que fue apresado o que era amenazado por sus enemigos probable-mente se preguntaría si ese sería el fin, si ahora venía el martirio. Seguramente, decenas de veces pensó en su muerte, en si soportaría la tortura, de qué manera sería inmolado, imaginándose distintos tipos de muertes, según las prácticas de aquellos días. Finalmente llegó a la conclusión que lo mejor sería la crucifixión, como su Maestro, pero sin atreverse a morir de igual manera. Se sentía indigno de sufrir la misma muerte de Jesucristo. Así que lo haría cabeza abajo, porque él era un hijo de esta tierra, a diferencia del Hijo de Dios, que murió mirando a su padre celestial. Quizás de tanto pensar, esperaba con ansiedad ese momento, la prueba principal de su vida. Cuando finalmente llegaría a pagar la culpa de su traición.
“Toma consigo a Pedro,
Santiago y Juan, ¿Cómo podría explicarse la agonía de Jesús en el Getsemaní, si es que acaso pueda explicarse? ¿Con qué tipo de sentimiento humano podría igualarse, si existe alguno semejante? La agonía es el momento en que la certeza de la soledad es absoluta. En la agonía el cuerpo atraviesa un viaje insólito, se repliega en sí mismo manifestando la devastación, pero también enumerando los restos de sobrevivencia posible. La agonía es el terreno sobre el cual una batalla se despliega y palpita, con inusitada violencia. Otra particularidad de la agonía es la lucidez exuberante que posee quien la experimenta. Es como sentir una tropilla enardecida cabalgando sobre el cuerpo, un cuchillo filoso atravesando una y otra vez el corazón, con lentitud y perfidia, la angustia apretujando el corazón y estrangulando la garganta hasta la asfixia. ¿Todo esto habrá experimentado Jesucristo? Seguramente fue mucho más, tanto que nos resulta inimaginable. Elena de White, quien dice haber visto en visión el sufrimiento de Jesucristo en el Getse-maní (MS, 217), declara que es imposible conocer su agonía, ya que: “Ningún dolor, ninguna agonía pueden compararse con los que soportó el Hijo de Dios. No corresponde al hombre ser portador de pecados, y nunca conocerá el horror de la maldición del pecado que llevó el Salvador. Ningún dolor puede compararse de manera alguna con el dolor de Aquel sobre quien cayó la ira de Dios con fuerza abrumadora. La naturaleza humana sólo puede soportar hasta cierto límite la prueba y la aflicción; el hombre finito sólo puede llevar sobre sí una medida limitada de sufrimientos, y la naturaleza humana sucumbe. Pero la naturaleza de Cristo tenía una capacidad mayor para sufrir, pues lo humano existía dentro de la naturaleza divina, y así se creaba una capacidad para sufrir y soportar el resultado de los pecados de un mundo perdido. La agonía que sufrió Cristo amplía, profundiza y da un concepto más vasto del carácter del pecado y de la naturaleza del castigo que Dios hará descender sobre los que continúan en el pecado. ‘La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús’ para el pecador arrepentido y creyente” (MS 35, 1895). Quienes mejores han entendido ese padecimiento atroz han sido los poetas, quienes a lo largo de la historia han sido los orfebres de la palabra, manejando el idioma con destreza para arrancarle los recursos fluidos, un dominio adecuado del ritmo, los acentos, cadencias y ritmos para poner en escena las construcciones de términos y sonoridades, que rescaten ese evento único del Getsemaní. Entonces la palabra obra como caja de resonancia, reverberando como una onda magnética cuya acústica nos acerca a los sucesos de ese pasado singular. Recogemos un testimonio poético, de autor anónimo, concebido como una plegaria, cuyo estilo parece hecho de súbitas revelaciones, de epifanías, que intenta exhibir la conmovedora sensación de la agonía de Jesucristo, de la cual participan todos los sufrientes y angustiados.
He pisado el lagar solo
Déjame aunque sea en tus recodos
Referencias bibliográficas
Abreviación
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El doctor Mario Pereyra ha autorizado a Ministerios PM a publicar sus comentarios de la Escuela Sabática en Ministerios PM
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