Jon Paulien

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Traición y Arresto

Lección 11

Para el 11 de Junio del 2005

 


En el Evangelio de Juan, la historia de la crucifixión de Jesús comienza y termina en un jardín (18:1; 19:41). Se divide naturalmente en tres partes: La primera es una sección que describe la traición, el arresto y la acusación de Jesús (18:1-27). La sección central se ocupa del juicio ante Pilato (18:29-19:16). La última parte describe la crucifixión y la sepultura de Jesús (19:16-42).

 

La última caminata

 

Con un corazón adolorido Juan siguió a Jesús bajando por las escaleras que llevaban al aposento alto. Jesús acababa de celebrar la Pascua con sus discípulos: bueno, de todos modos, con la mayoría de ellos. Juan había visto salir a Judas de la sala horas antes y sabía que, por alguna razón, él no había regresado. Jesús había dejado caer en los oídos de los discípulos algunas sugerencias oscuras acerca de una traición, y dejó la impresión de que estaba hablando de Judas. ¡Pero eso era imposible! Siempre había habido entre los doce algunos de ánimo variable, pero Judas siempre había sido el estable y sensato. ¿Sabía algo Jesús, o sólo sospechaba? Sin embargo, parecía extraño que Judas no hubiera regresado. ¿Adonde habría ido?

 

Mientras Juan se preocupaba por estas cosas, notó que Jesús estaba conduciendo al grupo a la larga escalera pública que bajaba del monte Sión hacia la colina de Orel, al sur del templo. Por un momento, Juan se concentró en dónde ponía los pies, bajando un escalón por vez. No es un trabajo muy bien hecho, murmuraba para sí mismo al sentir de nuevo lo desparejo de los escalones.

 

La noche había caído aunque todavía era temprano. La calle con escalones estaba mayormente oscura, pero la luz ocasional que salía de alguna casa suplementaba la luz de las antorchas que Pedro y Natanael habían recordado traer consigo. Juan apretó su manto un poco más mientras sentía el aire fresco de una noche de marzo en la altura en la que estaba Jerusalén. Los espacios vacantes entre los edificios de tanto en tanto permitían vislumbres ocasionales del templo brillantemente iluminado, que parecía aun más grande y más imponente mientras avanzaban hacia el este bajando la colina. Cuando los edificios ocultaban la vista del templo, se veía la silueta de ellos recortada contra el suave brillo amarillento del cielo nocturno por sobre el templo. De algún modo, ' Juan no estaba interesado en las festividades que se celebrarían al día siguiente.

 

Pronto llegaron a la parte más bajas del Monte Sión y subieron la pequeña colina de Ofel. A la izquierda estaba la enorme escalera de mármol por la que Jesús y sus discípulos habían subido muchas veces para entrar en los atrios del templo. Sin embargo, esa noche, Jesús no mostró interés en el templo; se estaba dirigiendo a otra parte. Pronto salieron por la Puerta del Agua y baja' ron el empinado y sinuoso sendero desde la colina de Ofel hasta el valle de Cedrón.

 

Por el valle se encaminaron hacia el norte hasta que el templo estuvo una vez más por encima de ellos y a su izquierda. Frente a ellos y a la derecha estaba el Monte de los Olivos, algo iluminado por el resplandor del monte del templo. ¡Caminar por Jerusalén era una buena manera de mantenerse en forma! Por alguna razón, las piernas de Juan parecían más cansadas que lo normal.

 

Parecía que Jesús estaba haciendo planes de pasar algunos momentos de oración en el Jardín del Getsemaní otra vez. Juan se preguntaba en qué estaría pensando Jesús en esta ocasión. ¿Qué habría querido decir Jesús cuando habló de dejarlos? ¿Tendría eso algo que ver con la traición y la muerte, como lo había sugerido tan a menudo? Los pensamientos de Juan se estaban volviendo oscuros como el valle de Cedrón a medianoche.

 

Cuando llegaron al huerto, Jesús dejó a ocho discípulos a la entrada como para hacer guardia en el lugar. Tomó a Juan, a Pedro y a Santiago y entraron al jardín, y los dejó juntos mientras él seguía un poco más adelante para orar. Juan descubrió que no sólo sus piernas estaban cansadas. El trató de orar, pero su mente casi inmediatamente se puso a vagar. Me voy a acomodar en este pedazo con pasto, pensó. Cerraré mis ojos sólo por un par de minutos, y luego podré concentrarme mejor en Dios.

 

Un ruido sacudió a Juan y lo despertó. Se dio cuenta con un sobresalto que había estado profundamente dormido por algún tiempo. Por un momento no tenía idea de dónde se encontraba. Mientras su mente volvía lentamente a la realidad, pensó: Esa es la voz de Judas. Finalmente nos encontró. ¡Qué bueno! El equipo está completo otra vez.

 

Arresto y juicio ante Anas

 

En Juan 18:1 al 27 se describen tres eventos importantes: el arresto de Jesús en el huerto; el interrogatorio ante Anas, el suegro de Caifas, el sumo sacerdote; y las tres negaciones de Pedro. Al describir los dos últimos eventos, Juan salta de un lado a otro, entre el patio donde estaba Pedro y la cámara del interrogatorio donde estaba Jesús.

 

El punto principal de Juan 18:1 al 11 parece ser que Jesús estaba en pleno control de la situación, en cumplimiento de lo que él había dicho antes: "Nadie me la quita [mi vida], sino que yo de "mí mismo la pongo" (Juan 10:18). Aunque Jesús está a punto de ser asesinado, Juan no lo presenta como una víctima; él controla los eventos. Por ejemplo, si Jesús hubiese querido evitar el arresto, él podría haber ido sencillamente a alguna otra parte y no al jardín donde Judas sabía que iba con frecuencia. Pero Jesús condujo a sus discípulos al huerto aun cuando sabía lo que ocurriría allí. Juan no describe ninguna angustia en el jardín: Jesús también controla sus emociones. Y no espera que la muchedumbre llegue hasta donde está él, sino avanza y se dirige a ellos, y les muestra que puede intimidarlos. Su muerte es voluntaria. Ellos no podrían haberlo arrestado si él no lo hubiese permitido.

 

Bajo esas circunstancias, la reacción de Pedro es casi divertida. Aunque Jesús está en el control de toda la situación, Pedro parece ver como si estuvieran totalmente fuera de control, y extrae su espada. Pero Jesús le dice que vuelva a ponerla en su lugar. Sus buenas intenciones podrían impedir que los eventos se desarrollaran como Dios los había planeado. Jesús debe ir a la cruz o el plan de salvación fallaría. El intento de Pedro de obtener el control de la situación sólo habría logrado que las cosas realmente se descontrolaran.

 

Del jardín, la escena se traslada al encuentro de Jesús con Anas. Aquí Jesús es bastante afirmativo (18:20-23). Desafía tanto el secreto de su arresto ("Nada he hablado en oculto") y los procedimientos legales que estaban siguiendo ("¿Por qué me preguntas a mí?"). Hasta pone un granito de humor ("Si he dicho la verdad, ¿por qué me golpeas?"). Jesús aquí ciertamente no sigue una interpretación extrema de sus afirmaciones acerca de poner la otra mejilla (Mat. 5:39). El protesta por el abuso de autoridad de su adversario. Evidentemente, ser como Jesús no significa sufrir sin protestar. Es apropiado que el cristiano establezca límites en sus relaciones con otros. Permitir que la gente nos pisotee no le ayuda a nadie. Hay una diferencia definida entre ser humilde y sufrir el abuso.

 

Sólo el Evangelio de Juan nos cuenta que más de un discípulo siguió a Jesús al patio del sumo sacerdote. Presumiblemente, la criada que estuvo a la puerta sabía que Juan (el "otro discípulo") era un discípulo de Jesús pero no lo desafió porque él tenía el privilegio de tener acceso al lugar. Pedro no tuvo tanta suerte. Pedro había salido valerosamente al frente en ocasión del arresto de Jesús. Ahora, esa osadía lo llevó a una mayor intrepidez, pero fracasó en la prueba. ¡Pobre Pedro! Demasiado impulsivo un minuto; demasiado tímido al siguiente.

 

El juicio ante Pilato

 

Pilato es la figura central en la siguiente parte de la narración (Juan 18:28-19:16). Históricamente, estaba en una posición de considerable debilidad política. Una serie de errores habían ofendido repetidamente la sensibilidad religiosa de los judíos. Por lo tanto, era impopular entre ellos, y su adecuación para gobernar hasta había llegado a ser sospechosa en el palacio del emperador en Roma. Otro conflicto grande con los líderes religiosos y quedaría fuera del cargo. Esto lo hacía muy vulnerable al chantaje.

 

Al acercarse a Pilato, los sacerdotes formularon sus acusaciones contra Jesús en términos políticos que un gobernador romano podía apreciar. Jesús debía ser ejecutado porque su reino era una amenaza para el César. Pero la afirmación de Jesús: "Mi reino no es de este mundo" le dejó bien en claro a Pilato que las pretensiones de Jesús de ser rey no eran una amenaza política ni militar contra Roma. Decidido a liberar a Jesús, pero al mismo tiempo a dar a los líderes judíos una salida honrosa, les ofreció soltar a Jesús sobre la base de la tradicional liberación de un prisionero en vez de un juicio a un inocente.

 

Las cosas se le complicaron a Pilato, cuando los líderes judíos rechazaron la oferta. Ellos querían a Jesús muerto a cualquier costo. Eso significaba que Pilato debía persuadirlos contra la opinión fija de ellos, o de librar a Jesús ante la ira de ellos, lo que él no podía hacer por razones políticas. De modo que entró en un dilema entre la justicia y el interés propio.

 

Por lo tanto, Pilato procuró excitar la simpatía de los líderes religiosos azotando a Jesús y presentándolo delante de ellos. Pero ellos rehusaron echarse atrás. Sintiendo que el interés propio de Pilato lo había debilitado, los líderes religiosos comenzaron a juzgarle sucio; argumentaron que Jesús debía morir porque había quebrantado leyes religiosas. Pilato no podía darse el lujo de que lo vieran aprobando un sacrilegio contra la religión judía.

 

Pilato se dio cuenta entonces de que su indecisión era su debilidad. El no podía salvarse a sí mismo y a Jesús. Decidió salvarse a sí mismo. El consentiría con el pedido de los dirigentes religiosos, pero ellos pagarían caro por esto. De este modo, él dijo que condenaría a Jesús a cambio de que ellos hicieran una confesión pública de su obligación de servir a César: "No tenemos más rey que César".

 

Previamente, Caifas había insistido en que un hombre debía ser sacrificado para salvar a la nación (11:48-52). Ahora estaba listo para sacrificar a la nación con el fin de destruir a ese hombre. Los líderes religiosos rechazaban el derecho de Jesús de ser rey con tanta pasión, que ahora se regocijaban en servir a un rey a quien siempre habían odiado. Pilato pensó hacerles cumplir este compromiso en el futuro. Ellos ya no tendrían poder sobre él. Desde este punto notamos que en el Evangelio, Pilato fue inconmovible. La muerte de Jesús lo fortaleció.

 

La crucifixión misma

 

La crucifixión era una forma de ejecución típicamente romana. Algunas personas eran clavadas a la cruz; otras eran atadas con sogas. Sin embargo, el elemento clave era que para poder respirar, las víctimas tenían que empujar con los pies para levantarse un poco. La muerte era, por ello, lenta y dolorosa. Quebrarle las piernas, por supuesto, apresuraba el proceso, cuando eso era conveniente para los verdugos. Un elemento adicional de tortura era la vergüenza y la exposición: lo colgaban desnudo frente a familiares y amigos.

 

Este "nuevo" Pilato atacó otra vez en la crucifixión. Las palabras que él escogió para la inscripción en la cruz fue un símbolo del dominio de Roma sobre Palestina y el judaísmo. Con la inscripción, transformó la crucifixión en un espectáculo público destinado a dar un golpe al prestigio de los judíos y sus dirigentes religiosos. Aunque Pilato se sentía ahora en control de los asuntos, hay recordativos repetidos en esta parte del texto de que todo estaba ocurriendo de acuerdo con las predicciones registradas en las Escrituras (Juan 19:24, 28, 36, 37). Dios retiene el control aun cuando los seres humanos sientan que tienen los asuntos en sus propias manos. La muerte de Jesús fue voluntaria, con un propósito, y de acuerdo con las Escrituras.

 

¿Qué tiene de importante la cruz?

 

Cuando Jesús pronunció las palabras "Consumado es" en la cruz (19:30), ¿qué era lo que exactamente había terminado? ¿Qué hace que la cruz sea tan especial, que Pablo rehusara gloriarse en ninguna otra cosa que en ella (Gal. 6:14)?

 

El énfasis específico en el Evangelio de Juan parece ser que la cruz es el cumplimiento de las profecías bíblicas que apuntaban al Mesías. La profecía fue cumplida hasta en sus mínimos detalles acerca de qué tipo de ropa sería dividida, sobre cuál echarían suertes (Juan 19:23, 24) y de qué modo su cuerpo sería tratado después de su muerte (vers. 35-37). La cruz deja bien en claro que aun cuando cosas malas ocurran en nuestra vida, Dios tiene previsto todo previamente y está en pleno control de la situación. No necesitamos tener miedo.

 

La ley de Dios también fue cumplida en la cruz. Dios nunca fue más fiel a su pacto que cuando trató con la paga del pecado (Rom. 6:23) puesta sobre Jesús como representante de la raza humana pecaminosa. Si la ley de Dios hubiese podido ser cambiada, la humanidad podría haberse salvado sin la cruz. Pero la cruz era necesaria para salvar a la raza humana, mientras que al mismo tiempo preservaba la paz y el orden del universo (2 Cor. 5:14, 15). La cruz condena el pecado humano en la persona de Cristo (Rom. 8:3; 1 Ped. 2:24), y la resurrección libera a toda la raza humana por causa de la vida perfecta de Jesús (Hech. 13:32, 33; 2 Cor. 5:21).

 

Por sobre todo lo demás, la cruz afirma el valor de la persona humana. Dios ama tanto a cada ser humano que Jesús hubiera muerto aunque fuera por uno solo. Como miembro en pleno de la Deidad y como Creador del universo, Jesús poseía en su persona un valor infinito. Al morir por usted y por mí, él testifica del valor infinito que pone sobre cada uno de nosotros. Usted y yo valemos todo para él. Y el valor que tenemos en la cruz es un valor que no cambia, no importa lo que hagamos o lo que lleguemos a ser.

 

Podemos ser los más pobres entre los pobres, y sin embargo nuestro valor es infinito en la cruz. Podemos fallar cien veces, no obstante nuestro valor es infinito en la cruz. Podemos ser despreciados y rechazados por todos cuantos encontremos, y aun así nuestro valor es infinito en la cruz. Y ese valor está fijado por la eternidad. Si al fin escogemos rechazar la cruz, nuestro valor en la eternidad será medido por el dolor que Dios siente por nuestra ausencia.

 

Cuando obtenemos un sentido de nuestro valor en la cruz, podemos comenzar a evitar los altos y los bajos que nos llegan cuando nuestra estima propia depende de nuestras realizaciones o de las inestables opiniones de otros. Cuando nos vemos a la luz de la cruz, desarrollamos la fuerza para vencer el pecado, la confianza para derrotar a Satanás y el gozo que proviene de saber quiénes somos. No resulta extraño que Pablo dijera: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo".

 


 

 

 
 

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