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Traición y Arresto

[Varios autores]

Lección 11

Para el 11 de Junio del 2005


 

 

Para algunos, la cruz es necedad o escándalo. Para Nietzche, el reconocido filósofo alemán, es debilidad en su peor forma. Para el cristiano, es el "poder de Dios" para salvación (1 Corintios 1:18). La cruz es la gran línea divisoria de la historia: entre la vida y la muerte; la fe y la incredulidad; el dios del yo y el Dios de la eternidad.

 

Al pie de la cruz se encontró una humanidad dividida: traición, fanatismo religioso y oportunismo político predominaban en ese tiempo. Una fe vacilante, la búsqueda de significado y la tranquila aceptación de una gran victoria estaban emergiendo lentamente. El Hombre en la cruz reveló los "porqués" del mayor evento de la historia divino-humana.

 

 

Alrededor de la cruz: traición al descubierto.

 

Judas es un ejemplo del dominio de Satanás cuando el compromiso de una persona con Dios es débil, o está fundado en el egocentrismo. De este modo la serpiente encontró a Eva, Esaú perdió su primogenitura, Saúl perdió sus amarras, y Ananías y Safira perdieron la vida por sus propias pal‑bras. Cuando Satanás tomó el control de judas (Juan 13:27), uno de los discípulos más brillantes, llegó a ser un hijo de las tinieblas (versículo 30) y de la traición.

 

Anás y Caifás eran los líderes religiosos del templo, los guardianes de la ley y mediadores entre el pueblo y Dios, pero ellos prefirieron las posiciones y el poder antes que la justicia y la verdad (Juan 11:48-51), y buscaban un Mesías a la medida de su propia conveniencia. Para ellos, Jesús era una molestia que debía ser puesta a un lado. La traición no necesita ser honesta.

 

Herodes, un cobarde y un títere de los romanos, sacrificó su alma en el altar de la curiosidad. En lugar de buscar a Jesús para conocerlo, buscó señales, equiparando al Mesías con un mago. Esta indiferencia en asuntos del espíritu realmente es traición.

 

Pilato tenía poder, pero no tenía convicción. El poder sin convicción para hacer lo que es correcto transforma a una persona en un cobarde. Por eso, el gobernador de Jerusalén hizo azotar a Jesús, pasó el problema a Herodes, encontró culpable al Hombre inocente, encontró inocente a un hombre culpable y, finalmente, se lavó las manos de todo el embrollo. Pero lavarse las manos sin limpiar el alma no podía salvar al gobernador de la traición.

 

 

La Traición de Judas

 

En la historia del Evangelio, Judas cumple el rol de mostrar la naturaleza de cierta clase de pecadores: los que traicionamos a Jesús a pesar de que nos contamos entre sus discípulos.  Decimos ser amigos pero actuamos como enemigos.  Eso Jesús lo sabe.  Con todo, decide morir para salvarnos.  Jesús sabía que “uno de sus discípulos lo iba a entregar” (Juan 13:21).  Jesús sabía lo que decía la Escritura: “El que come pan conmigo levantó contra mí su talón” (13:18), es decir, uno de sus propios aliados –cualquiera de ellos-- se levantaría contra él.  Jesús supo que el que había decidido entregarlo era Judas (Juan 6:64, 71), por eso en la última cena pascual “mojó el pan y se lo dio a Judas Iscariote” (13:26) revelándole luego que él ya sabía de su decisión de entregarlo a los romanos (13:27).

 

¿Es Judas el único traidor?  ¿No es la negación de Pedro una forma de traición?  ¿No es la huida de los discípulos otra forma de traición?  ¿Era Judas peor que sus colegas apóstoles?  ¿Era peor que nosotros, cuando negamos al Señor a pesar de ser sus discípulos?  Después de todo, Judas “amaba al Gran Maestro y deseaba estar con él”, deseaba que Jesús “transformara su carácter” (El Deseado de todas las gentes, 664) y al entregar a Jesús “no creía que Cristo se dejaría arrestar”, “no sabía que estaba entregando a Cristo a la muerte”, y “con asombro vio que el Salvador se dejaba llevar” (Idem, 668). La tradición ha destacado la gran perversidad de Judas; sin embargo, él no realizó una maldad excepcional, hizo lo mismo que con frecuencia hacemos los seres humanos contra algunos de nuestros “amigos”, e incluso lo que solemos hacerle a Jesús de una manera o de otra.  La traición es una forma frecuente de conducta humana.  Al lavar los pies a todos los discípulos, incluido Judas, Jesús mostró que estaba dispuesto a morir incluso por sus “enemigos”. 

 

¿Y qué podemos decir de la profecía acerca de la traición de Judas?  ¿Entregó Judas  a Jesús porque así estaba escrito, o fue una decisión libre suya?  El Evangelio de Juan es el único que menciona la Escritura que “debía cumplirse” (13:18): es un salmo de David (Sal. 41:9).  En primer lugar, debemos notar que David no dice que el que entregaría al Señor debía ser Judas. ¡Ni siquiera habla directamente del Mesías!  En este salmo David está hablando de su propia experiencia, dice que uno de sus aliados lo traicionaría.  Como he mencionado más arriba, esa es una conducta bastante frecuente entre los seres humanos.  Al citar el Salmo de David, Jesús quiere decir que lo que le pasó a David le sucedería también a él.  (No sólo en éste sino también en otros aspectos, la vida de David era un “tipo” de la experiencia de Cristo).  Jesús “conocía a todos” –nos dice San Juan-- y no necesitaba “que nadie le diese testimonio, pues él sabía lo que había en el hombre” (2:24-25), por eso pudo anunciar la traición de Judas.  Jesús conocía las decisiones que Judas iba tomando.

 

Nuestras decisiones son de nuestra propia responsabilidad.  La decisión de Judas fue responsabilidad de él.  No estaba obligado a hacer lo que hizo.  La enseñanza de la Biblia en su contexto general es que los seres humanos tenemos “libre albedrío”, es decir, libertad de decisión.  Dios puede poner límites a nuestra capacidad para cumplir nuestra voluntad, porque él está en el control de todas las situaciones.  Sin embargo, en este caso el Evangelio de Juan nos muestra que Jesús --que sabía “todas las cosas que le habían de sobrevenir” (18:4)-- permitió su captura y no quiso evitar el arresto (18:4-11).  Usó la decisión de Judas para dejarse conducir hacia su sacrificio en la cruz, usó el libre albedrío de un hombre para hacer cumplir su propósito.  Algo semejante ocurrió en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando en otra circunstancia histórica Jehová declaró por medio de Isaías: “Mi consejo permanecerá y haré todo lo que quiero, . . . llamaré desde tierra lejana a un varón para cumplir mi propósito.  Haré lo que he dicho y también haré lo que he planeado” (Isaías 46:11).  De una manera misteriosa para nosotros, Dios actúa en la historia de la humanidad para realizar sus propósitos en relación con el plan de salvación, aprovechando las decisiones libres de los seres humanos que sirven para dichos propósitos.  Por eso puede anunciar “lo por venir desde el principio” (Isaías 46:10).

 

 Judas ejercía gran influencia sobre los demás discípulos porque tenía dones de liderazgo y excelentes calificaciones. Pero estos dones no habían sido consagrados a Dios; sus energías eran dedicadas a la exaltación propia, y a buscar su propio beneficio y ganancia. Si hubiera humillado su corazón ante Dios y hubiese aceptado la instrucción divina que tan claramente le fue dada, no hubiera sido un permanente tentador para los otros, sembrándoles semillas de incredulidad en sus corazones. Pero él mismo había abierto su corazón y su mente a las tentaciones de Satanás, y las semillas de duda que sembraba, habían sido colocadas primero en su propio corazón, y el fruto precioso no se había revelado en su vida. Aunque profesaba seguir a Cristo, se transformaba en un canal de tinieblas para aquellos que habrían de pasar por tal período de prueba y dificultad. Era el acusador de los hermanos, por eso Cristo lo llamó diablo.

 

Judas no conocía aún al Dios viviente, al Padre amante. Su vida no estaba escondida con Cristo en Dios. Esta alma, pobre e independiente, estaba desconectada del espíritu y la vida de Cristo, y siempre se sentía acusada por las lecciones del Maestro, porque condenaban sus prácticas. Pero no se trasformó ni se convirtió en un pámpano viviente conectado con la Vid verdadera. Y al no adherirse a la Vid, en lugar de convertirse en un pámpano viviente, se secó y demostró que era uno de esos pámpanos que no llevaba fruto.

 

La rama seca sólo puede recibir vida y nutrición si está conectada a la vid, fibra con fibra, vena con vena, hasta que la vida de la vid llega a ser la vida del pámpano, produciendo el mismo fruto que la vid principal. Así también ocurre con el seguidor de Cristo. Cuando está verdaderamente conectado con Cristo, no se volverá atrás como aquellos discípulos que se ofendieron cuando el Señor les habló de comer su carne y beber su sangre. Sus mentes no eran espirituales, y cuando escucharon algo que no les agradó o que no podían entender, se volvieron atrás y ya no andaban con él. Y Cristo buscó justamente revelar quienes eran ramas sin fruto entre los que le seguían, para que demostraran que no estaban entre aquellos que creían, sino que manifestaban un espíritu de incredulidad debido a que las enseñanzas de Cristo se oponían a sus ideas y tradiciones. No eran, en verdad, pámpanos de la Vid verdadera (Review and Herald, noviembre 16, 1897).

 

La salida de Judas fue un alivio para todos los presentes. Aun el rostro de Cristo se iluminó. Y cuando los discípulos vieron la paz del cielo retornar al pálido y cansado rostro de su Señor, también la opresiva sombra que los había rodeado a ellos se disipó. Cristo tenía mucho que decir a sus amados discípulos; cosas que no deseaba decirles frente a la multitud, pues ésta no entendería las sagradas verdades que estaba por revelar. Aún los discípulos no entenderían plenamente esas verdades hasta después que se produjera la resurrección (Folleto: Redemption, Or the Sufferings of Christ, His Trial, and Crucifixión, p. 8).
 

 

 
 

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