Los
eventos considerados en la lección de esta semana están en Marcos
2:23 a 3:35. Esta porción del Evangelio de Marcos narra dos
controversias de Jesús: la primera de ellas con los escribas y
fariseos sobre cómo guardar el sábado (2:23 al 3:6), y sobre la
fuente de su poder para sanar y expulsar demonios (3:10, 11, 22-30);
y la segunda, con su propia familia, que no comprendía quién era Él
ni su misión (3:21, 31-35). Entre dichas confrontaciones está la
narración de la elección de los doce apóstoles, el núcleo original
de la Iglesia cristiana, con la misión encomendada de predicarle al
mundo las buenas nuevas del reino de Dios y de la salvación en
Cristo.
Hecho para el hombre (Marcos 2:23-28)
El plan
del enemigo de Dios es distorsionar los dones impartidos por Dios
para la felicidad humana. Entre esos dones está sábado, uno de los
recordativos del Edén. El otro es el matrimonio. Antes de la
cautividad, Satanás procuró llevar a los israelitas a la idolatría y
a la transgresión del sábado (comparar con Nehemías 9:14, 16, 18;
13:15-18). Luego de volver de la cautividad, cayeron en el
legalismo, y el sábado se convirtió en algo formal y una carga,
considerado más importante que la misma vida humana. Una oveja podía
ser atendida en sábado, pero no una persona (comparar con Mateo
12:11, 12).
Jesús
nunca transgredió el sábado original, dado en la creación y
revalidado en la piedra con el dedo de Dios. De lo contrario, El
sería pecador, pues habría quebrantado la Ley, siendo que el pecado
“es la transgresión de la Ley” (1 Juan 3:4), y necesitaría Él mismo
de alguien que lo salvara. Y siendo así, no podría haber dicho lo
que encontramos en Juan 8:46: “¿Quién de vosotros me redarguye de
pecado?”.
Lo que
si fue quebrantado por Jesús fue justamente lo que las personas le
habían agregado al mandamiento original del sábado: no sanar en
sábado, no escupir en tierra en sábado (estaría regando), ni de
mirarse en el espejo (para no ser tentado a tomar una cana y
arrancarla, ya que esto sería considerado trabajo), etc., etc. Así,
Jesús defendió a sus discípulos que, en determinada circunstancia,
tuvieron hambre, recogieron algunas espigas y las comieron. Este
incidente muestra, no que se debiera trabajar en sábado, sino que la
vida es superior al sábado y que salvarla no es transgresión del
sábado, sino algo deseable para hacer en ese día. Al decir que el
Hijo del Hombre era “Señor del sábado”, Jesús se propone como dueño,
propietario y creador del sábado, y teniendo plena habilitación para
decir lo que se puede hacer o no en las horas sabáticas.
El
hombre de la mano seca (Marcos 3:1-6).
Esta es
la segunda controversia en relación a lo que se podía hacer o no en
sábado. La primera había girado en torno a la cuestión de comer
algunas espigas durante ese día (Marcos 2:23-28).
En el
relato, es lastimoso el hecho de que, en vez de abrir el corazón a
las enseñanzas de Cristo, los enemigos (probablemente los mismos
fariseos, mencionados en Marcos 2:24) estaban atentos a algún
incidente que sirviera a sus propósitos de elevar alguna acusación
contra el Maestro. ¿Por qué? Ciertamente porque Jesús siempre los
dejaba en evidencia, desenmascarándolos siempre que era necesario.
Para ellos, Jesús era una amenaza a sus poderes e influencia sobre
el pueblo.
El
argumento esgrimido por Jesús en Marcos 3:4 era irrefutable: el
sábado es un día para hacer el bien (como la curación de la mano
seca del hombre), y no para planear el asesinato de alguien (como
querían hacer con él). Obsérvese hasta donde puede llegar el
legalismo: en nombre de la observancia del sábado que, según ellos,
Jesús estaba quebrantando al sanar en dicho día, querían asesinar al
“Señor del sábado” (Marcos 2:28), siendo que Él, más que nadie,
sabía lo que podía hacer o no hacer durante ese día.
Los
doce apóstoles (Marcos 3:7-19)
Al
necesitar más gente que lo ayudara a divulgar las “buenas nuevas”
del reino de Dios (Marcos 3:14), Jesús llamó a doce de entre los
muchos que lo seguían, “para que estuviesen con él, y para enviarlos
a predicar y… para echar fuera demonios” (Marcos 3:14, 15).
Marcos
nos dice que, antes de llamar a los doce discípulos, Jesús “subió al
monte”. Lucas nos cuenta el motivo: “Pasó la noche orando a Dios”
(Lucas 6:12). Nótese como la oración es importante en todas las
esferas de la vida, especialmente cuando se va a tomar una decisión
importante o a hacer una elección significativa. Si Jesús (que
también era Dios) necesitó orar antes de escoger a sus discípulos,
¡cuánto más nosotros, seres humanos falibles, necesitamos hacer lo
mismo cuando tenemos que tomar nuestras propias decisiones!
“Y
estableció a doce” (Marcos 3:14). ¿Por qué a doce? Tal vez el número
tenía que ver con las tribus de Israel. ¿Y cómo eran esos doce? No
eran muy promisorios, por lo menos a los ojos humanos. Veamos:
·
Simón Pedro: impulsivo e inconstante, que hablaba primero y
pensaba después;
·
Santiago y Juan (“hijos del trueno”). Estos hijos de Zebedeo eran
egoístas, vengativos e intolerantes. Habían solicitado los primeros
lugares en el reino. Quisieron quemar toda una aldea de samaritanos
porque se habían rehusado a recibir a la comitiva de Jesús (Lucas
9:51-56). Incluso habían llegado a prohibirle a un hombre que
expulsara demonios en nombre de Jesús (Marcos 9:38-41).
·
Andrés (“hermano de Pedro”): Casi no figura. Fue un personaje
anónimo, excepto por el don de hacer amistad con las personas y por
haber presentado a Pedro a Jesús.
·
Felipe (“amigo del caballo”, ¿quizás porque su familia cuidaba esos
animales?). Era tardo para comprender las cosas (ver Juan 14:8-11).
·
Bartolomé (“hijo de Ptolomeo”, quizás sea el “Natanael” mencionado
junto a Felipe en Juan 1:45-50). Si Bartolomé era Natanael, entonces
era prejuicioso (ver Juan 1:46).
·
Mateo: Ex publicano. Su pasado no era algo digno de figurar en una
recomendación.
·
Tomás: Propenso a dudar de todo Juan 20:24-29)
·
Santiago, hijo de Alfeo: de él sólo sabemos que era “hijo de Alfeo”
(también llamado “el menor” en Marcos 15:40, 41).
·
Tadeo: llamado “Judas, hijo de Santiago” en Lucas 6:16, para
diferenciarlo de Judas Iscariote. Nada más sabemos de él.
·
Simón, el zelote:
Un personaje sospechoso por su pasado como “zelote” (un grupo
guerrillero subversivo judío).
·
Judas Iscariote: traidor y ladrón.
Pero
“Jehová no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que
está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel
16:7). Todos los que fueron llamados por Jesús fueron pulidos y
tallados como diamante en bruto, y se convirtieron en vasos
escogidos para llevar el evangelio al mundo, con excepción de Judas
Iscariote, que no se dejó moldear por el Maestro.
Jesús y Beelzebú (Marcos 3:22-30)
Después
de sus confrontaciones con los fariseos, y con otros enemigos,
acerca de cómo observar el sábado, he aquí que surge otro nuevo
cuestionamiento: ¿de dónde venía el poder de Cristo para expulsar a
los demonios?
No
pudiendo negar sus muchos y poderosos milagros, los líderes judíos
intentaron vincularlo con Beelzebú, o sea, a Satanás. Interiormente,
sentían que esos milagros eran resultado de la manifestación divina,
pero después de haber acusado y perseguido a Jesús, resultaba algo
difícil admitir el origen divino de la obra llevada a cabo por el
Maestro. El orgullo, es decir, la falta de humildad, es lo que llevó
a estos líderes a tal situación.
El
argumento de Cristo no obtuvo respuesta: ¿cómo sus milagros podían
provenir de Satanás, si con ellos estaría destruyendo su obra?
(salud en lugar de enfermedad, liberación de demonios en vez de
esclavitud a ellos…). Hay aquí una lección para todos: el orgullo
puede obstaculizar la visión espiritual a punto tal de que “a lo
malo dicen bueno, y a lo bueno malo” (Isaías 5:20). Cuando una
persona llega hasta este punto, corre el riesgo de pecar o
“blasfemar contra el Espíritu Santo” y no teniendo “jamás perdón”
(Marcos 3:29). ¿Por qué esto? El hecho es que todo pecado puede ser
perdonado, mientras sea confesado (1 Juan 1:9). Pero si alguien
llega al punto de creer que lo malo es bueno y lo bueno es malo (o
sea suponer como correcta la falsa acusación de ellos en cuanto a
los milagros que Cristo hacía), entonces nunca se habrían
arrepentido de ello, y por consiguiente, nunca obtendrían el perdón.
Estarían así cometiendo el “pecado imperdonable”, pues nunca tal
pecado sería confesado para así ser perdonado. Podríamos decir, en
conclusión, que el “pecado imperdonable” es el pecado no confesado,
como el de esos líderes judíos.
La
madre y los hermanos de Jesús (Marcos 3:21, 31-35)
Después
de confrontar con los fariseos y los líderes judíos en cuanto a la
observancia del sábado y de su poder para realizar milagros, ¡Jesús
entra en conflictos con su propia familia!
La
verdad es que, antes de su muerte y resurrección, Jesús no tuvo el
necesario apoyo de su familia. María parecía no entender la misión
de su hijo, guardando “todas estas cosas meditándolas en su corazón”
(Lucas 2:19, 51). Según Juan 7:5, “ni aún sus hermanos creían en
él”. En vísperas de la fiesta de los Tabernáculos, llegaron a
burlarse de Jesús en cuanto al carácter mesiánico de su misión (Juan
7:2-4). Esta actitud apuntala la idea de que Jesús era más joven que
sus “hermanos y hermanas”, puesto que si hubiera sido mayor, jamás
lo hubieran tratado de esa manera. A pesar de las hipótesis sobre
estos “hermanos”, el hecho de que José no aparezca durante el
ministerio de Jesús, ni junto a la cruz, indica que él debió de
haber muerto antes de que Jesús haya iniciado su obra. Así,
comprobamos que José debió haber sido bastante mayor que María, y
probablemente era viudo al casarse con ella. Entonces, estos
“hermanos” de Jesús bien pudieron haber sido fruto del primer
matrimonio de José. También, el hecho de que Jesús haya dejado a su
madre al cuidado del discípulo Juan, parece indicar que sus
“hermanos” no eran hijos de María.
A
primera vista, suena como áspera y ruda la respuesta de Jesús a las
personas que le informaron sobre la llegada de su familia: “¿Quién
es mi madre y mis hermanos?” (Marcos 3:33). Pero su respuesta no
tiene que ver con la rudeza o la descortesía, sino con la firmeza de
Jesús para con sus familiares incrédulos, que podían acabar
perjudicando su misión. Es digno de notar que en Marcos 3:21 se dice
que sus familiares no fueron hacia donde estaba Jesús para ayudarlo,
sino para “prenderle”. ¡Imagina qué hubiera pasado si lo hubieran
logrado! Habrían paralizado la obra del Salvador. Puede ser que
estuvieran preocupados por la salud mental de Jesús, o por la
reputación familiar, siendo que Jesús no era aceptado por los
líderes judíos. Pero partir para “prenderlo” era obstaculizar su
obra, y eso no podía significar otra cosa que una respuesta firme y
clara de Jesús: su familia estaba compuesta por aquellos que hacen
la voluntad de Dios (Marcos 3:35).
Este
incidente entre Jesús y su familia muestra que El entiende a quienes
tienen problemas familiares de cualquier clase, especialmente los de
orden espiritual. Como él los tuvo, puede ayudar, consolar y
fortalecer a tales personas en medio de situaciones conflictivas con
integrantes de la propia familia.