Durante esta semana estudiamos Marcos 1:21 al 2:22, donde se relatan
diversos saneamientos o milagros (el endemoniado, la suegra de
Pedro, el leproso, el paralítico), incluyendo el mayor milagro que
fue la conversión (en este caso el llamamiento y la conversión del
publicano Leví Mateo, en Marcos 2:13, 14).
Con estos milagros, Marcos entra en el terreno que más le interesa:
hablar del poder de Jesús y presentarlo como un Hombre en acción,
Aquél que dejó el Cielo y se encarnó “para dar su vida en rescate
por muchos (Marcos 10:45).
El endemoniado (Marcos 1:21-28)
Cuando en Gálatas 4:4 Pablo dice que Dios envió a su Hijo “cuando
vino el cumplimiento del tiempo”, el no sólo quiere decir que eso se
dio con precisión en el sentido cronológico, sino también en la
“plenitud” de la degradación y desesperanza humanas. Las filosofías
tales como el epicureismo, el estoicismo, el cinismo y el
escepticismo no aportaron mucho en darle un sentido a la vida. El
judaísmo había degenerado en rituales formales (farisaísmo), casi
llegando a la indiferencia en cuanto a la vida futura (saduceos), o
en movimientos subversivos mesiánicos (zelotes).
Para empeorar aún más el cuadro de la desgracia humana en los días
de Cristo, la posesión demoníaca era algo frecuente, como deja ver
Marcos 1:12, 32, 34, 39; 5:2; 7:25; 9:17. Como una anticipación a la
aparición del Mesías, Satanás y sus huestes se habían esforzado al
máximo para llevar a las personas, tanto desde lo físico como en lo
mental a una degradación tal que no recibieran al Enviado del Padre.
No fue casualidad que Marcos comenzara la narración de los milagros
de Cristo con el sanamiento de un endemoniado en Capernaúm. El
primer milagro que él presenta revela la acción de Cristo en contra
de Satanás, mostrando que, si Satanás tiene poder, Jesús es
infinitamente más poderoso. La “autoridad” (exousía, poder
para dar órdenes) de Cristo se basaba en el hecho que El era el
“Hijo de Dios” (Marcos 1:1, 11), Creador y Sustentador de todas las
cosas (Hebreos 1:1-3) y, en carácter de tal, con “toda la autoridad…
en el Cielo y en la Tierra” (comparar con Mateo 28:18). Ciertamente,
esto proporciona un gran consuelo a los lectores del Evangelio de
Marcos, el saber que Jesús tiene poder sobre todas las fuerzas del
mal, y que no permitirá nada, ya que “a los que a Dios aman, todas
las cosas le ayudan a bien” (Romanos 8:28) puesto que en Cristo
somos “más que vencedores” sobre Satanás y todas las circunstancias
adversas originadas por el enemigo y acusador (Romanos 8:37).
De esta manera, el lector de Marcos, desde el mismo comienzo, queda
sabiendo que la autoridad de Jesús no sólo se limitaba a sus
enseñanzas (Marcos 1:22), como si él fuera apenas un Maestro
notable, sino que también estaba sobre las fuerzas celestiales del
mal, lo que demostraba asimismo que El era Dios.
La suegra de Pedro (Marcos 1:29-43)
El estado de salud de la suegra de Pedro era de bastante gravedad,
tal como lo muestra el original griego: ella estaba “echada boca
abajo, postrada” (katékeito) por la fiebre (Marcos 1:30). Al
tomarle Jesús la mano, “inmediatamente la fiebre la dejó, y ella les
servía” (Marcos 1:31). ¡Qué hermoso ejemplo de servicio nos brinda
la suegra de Pedro! Tan pronto como se había restablecido, estuvo en
actividad “sirviendo” a los demás. Al proceder de esta manera, la
mujer imitó a su “Médico” y benefactor Jesús, que también vivió para
“servir” y nos dejó, a los cristianos de todos los tiempos, un
notable ejemplo de altruismo. Ella simplificó con actos las palabras
de Jesús: “De gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8).
El leproso (Marcos 1:40-45)
La palabra “lepra”, en hebreo tsara’at y en griego lepra,
probablemente se aplicaba tanto a la enfermedad infecciosa causada
por el bacilo de Hansen, como a diversas enfermedades de la piel y
también al moho en las ropas y las paredes de las casas. Para evitar
el contagio, las personas que sufrían tales enfermedades eran
excluidas del medio familiar y social, y pasaban a vivir en soledad,
o en colonias, lejos de las personas solas. Tratemos de imaginar el
trauma emocional que sufría la persona que era apartada de sus seres
queridos, de sus amigos y del culto. Para tales individuos, la vida
perdía todo sentido, pues poca o ninguna esperanza había para ellos,
salvo el caso de la cura espontánea para alguna enfermedad (que no
era la específicamente causada por el bacilo de Hansen), ya que la
cura de esta última era considerada una señal de la intervención del
poder divino (comparar con Éxodo 4:6, 7).
Lo que llama la atención en este relato es el hecho de que Jesús
tocó al leproso (Marcos 1:41), algo arriesgado debido a la
posibilidad del contagio (Marcos 1:41). Marcos muestra aquí, como ya
lo había hecho en el caso de la sanación de la suegra de Pedro, el
toque amoroso y lleno de simpatía de Jesús. ¡Cuán maravilloso es el
toque del Maestro! Todo lo que él tocaba cambiaba para mejor. Tocó a
la suegra de Pedro, y la fiebre la dejó; tocó al leproso, y la lepra
desapareció. Y, siendo que la lepra es un símbolo del pecado, es
consolador saber que el toque de Jesús en nuestra vida hace que el
pecado desaparezca inmediatamente.
Con este tercer milagro, la cura del leproso, Marcos nos presenta a
Jesús como Aquél que nada le es imposible. El puede expulsar a los
demonios (Marcos 1:21-28), curar a una persona gravemente enferma
(Marcos 1:29-31), o hacer desaparecer una enfermedad incurable, como
lo era la lepra (Marcos 1:40-45).
El paralítico (Marcos 2:1-12)
El milagro de la curación del paralítico bajado en una camilla tuvo
lugar en Capernaúm, ciudad que fue la sede de la obra de Jesús en
Galilea. En Mateo 9:1, esta ciudad es llamada “su ciudad”. La
expresión de Marcos 2:1 “se oyó que estaba en casa”, puede denotar
que ésta era la casa donde Jesús vivía.
Después de presentar a Jesús como el vencedor de los demonios
(Marcos 1:21-28) y de la lepra (Marcos 1:40-45), Marcos presenta al
Hijo de Dios como el vencedor del desaliento y la desesperanza, al
infundir ánimo y sanar a alguien que no podía hacer nada por si
mismo, y que incluso había desistido de ser sanado (ver El Deseado
de todas las gentes, pp. 232, 233).
Muchas son las lecciones que podemos extraer de este milagro. La
mayor de ellas es la del altruismo y el desinterés de los cuatro
amigos del paralítico. En su deseo de ver a su amigo sanado, ellos
hicieron algo inusitado: abrieron un hueco, bien grande por cierto,
pues en él cupo el hombre en su lecho (griego krábatton,
estera o colchón fino), sin que les importaran los problemas que
tendrían con el dueño de casa (tal vez el propio Jesús). Si fuese
ese el caso, ellos procurarían arreglar el daño, pero la salud del
amigo era lo que realmente importaba en ese momento. Aquí conviene
recordar algo: las casas de aquél tiempo no tenían un techo de losa
como las de ahora, sino que eran una cobertura de barro y ramas de
árboles, material no tan difícil de ser quitado y luego reparado
nuevamente. Lo incómodo sería apenas la caída de algunos terrones y
polvo sobre la cabeza de Cristo y de sus oyentes. ¡Qué lección
maravillosa de desinterés altruista la de estos amigos del
paralítico! ¡Qué lección para la sociedad moderna, en la cual
prevalecen el egoísmo y el no interesarse por los problemas ajenos!
Un último detalle sobre este sanamiento: al perdonarle Jesús los
pecados del paralítico, estaba asimismo demostrando que era Dios,
pues –como bien dijeron los fariseos– “sólo Dios” podía hacerlo
(Marcos 2:7).
El llamamiento de Leví Mateo (Marcos 2:13-21)
Marcos, luego de presentar a Jesús venciendo demonios y
enfermedades, nos muestra a Jesús venciendo el prejuicio. ¡El tuvo
el coraje de llamar para que fuera su discípulo al publicano Leví!
Aquí debe recordarse que los publicanos eran judíos que trabajaban
cobrando impuestos a sus compatriotas para los odiados romanos.
Luego de pagarle a los romanos la cantidad estipulada para
determinada región o ciudad, los publicanos quedaban libres de
cobrar tanto como pudiesen, quedando esa diferencia para ellos. Eran
odiados por deshonestos, colaboradores del enemigo y eran
considerados ceremonialmente impuros, pues entraban también en casa
de los gentiles para cobrar dichos impuestos.
Nos causa admiración la prontitud con la cual Leví Mateo siguió a
Jesús, idéntica a la de los primeros cuatro discípulos, que dejaron
inmediatamente sus redes y los peces para seguirle. Probablemente,
Mateo ya había visto y escuchado a Jesús. Tal vez, como en el caso
de su colega Zaqueo, tenía voluntad de cambiar de vida, de ser
honesto y veraz. Así, el llamado de Cristo cayó en suelo fértil, y
el que recaudaba impuestos pasó a recoger personas para el reino de
Dios.
El llamamiento de Mateo nos enseña que “para Dios no hay acepción de
personas” (Santiago 2:1), pues envió a Cristo no “a llamar a justos,
sino a pecadores” (Marcos 2:17).
Dr. Ozeas Caldas Moura