Introducción a las lecciones del Trimestre
Muchos se preguntan por qué hay cuatro evangelios. La respuesta es
que Dios pretendió que tuviésemos cuatro enfoques, o cuatro retratos
diferentes, de Jesús:
·
Mateo presenta a Jesús como el Rey Mesiánico; él
escribe para los judíos;
·
Lucas presenta a Jesús como el Salvador Universal,
Aquél que salva a toda clase de personas, incluyendo los marginados
por la sociedad: publicanos, ladrones, prostitutas, etc. El le
escribió a cristianos gentiles como Teófilo.
·
Juan presenta a Jesús como Dios, quien se hizo carne
para redimir a la raza humana;
·
Marcos presenta a Jesús como siervo, o como Hombre de
acción. Las evidencias literarias y estilísticas de su Evangelio
señalan que los romanos fueron los destinatarios y lectores
primarios. La acción culmina en la cruz, para salvación de quienes
aceptan su sacrificio.
En este trimestre, vamos a detenernos en el retrato de Jesús como el
Siervo, donde Él es presentado como Hombre de acción, actuando
siempre en beneficio de las personas. El Evangelio de Marcos incluso
parece una película bien ágil acerca de Jesús. Tenemos la impresión
de que en Marcos, Jesús nunca se detiene, descansa ni duerme, tal es
el dinamismo de las narraciones contenidas en este Evangelio.
¿Quizás esto no nos recuerde al impetuoso y turbulento Pedro? Según
la tradición, Pedro sería el verdadero autor del Evangelio; Juan
Marcos habría redactado sus relatos basado en lo que Pedro recordaba
del ministerio de Jesús.
Lección 1
Presentando a Jesús, el Hijo de Dios
La lección de esta semana se enfoca en la Introducción del Evangelio
de Marcos, que incluye los versículos 1 al 20 de su primer capítulo.
Mateo, al tener la preocupación de destacar el linaje real davídico
de Jesús, comienza su evangelio con una Genealogía (Mateo 1:1-17);
Lucas, al presentar a Jesús como el Salvador de todos, incluso los
gentiles, inicia su Evangelio con palabras de certeza en cuanto a la
fe cristiana dirigidas al destinatario de su Evangelio, el gentil
Teófilo (Lucas 1:1-4). Y Marcos, que tiene como objetivo presentar a
Jesús en acción, y que culmina su vida entregándola (tal como estaba
sucediendo con los mártires cristianos en los tiempos de Marcos), no
menciona ni la genealogía ni el nacimiento de Jesús, yendo directo
al punto por él deseado: “Principio del evangelio de Jesucristo,
Hijo de Dios” (Marcos 1:1, para –en seguida– extenderse hasta la
predicación de Juan, el Bautista, su testimonio sobre Jesús y su
bautismo (Marcos 1:2-11), la tentación de Cristo, su bautismo
(Marcos 1:2-11) culminando con la tentación de Jesús. Su viaje de
Judea hacia Galilea y el llamado al discípulo de dos parejas de
hermanos: Simón y Andrés y Santiago y Juan (Marcos 1:12-20).
Marcos, de esta manera, al presentarnos a un Jesús ya adulto,
cercano a los treinta años, prepara al lector hacia las obras de
Jesús en beneficio de aquél a quien Él vino a salvar, siendo la obra
mayor la dádiva de su vida como expiación de los pecados de la
humanidad.
Juan Marcos, el Autor
Como los otros tres evangelios (Mateo, Lucas y Juan), Marcos es una
obra anónima. El nombre del autor no está en el Evangelio. Pero en
cuanto a esto, debe aclararse que es una obra anónima. Aún más, el
nombre del autor no aparece en el Evangelio. ¿Por qué, entonces, el
título de “Evangelio según San Marcos”? Debemos aclarar que,
en cuanto a esto, los títulos de los Evangelios (y de los demás
libros de la Escritura) no estaban presentes en los manuscritos
originales, sino que se agregaron posteriormente por los copistas,
siguiendo la tradición que atribuía ciertos nombres como habiendo
escrito ciertos libros de la Biblia. Con Marcos no es diferente. Le
debemos a Papías, obispo de Hierápolis, aproximadamente por el 140
d.C. (citado en la obra de Eusebio Historia Eclesiástica,
sección III.39.15) la información de que Marcos escribió con
exactitud lo que pudo recordar de los actos de Cristo según las
predicaciones de Pedro. Irineo, obispo de Lyon, también adjudica a
Marcos el evangelio que lleva su nombre, diciendo que éste se
convirtió en el intérprete de Pedro y que, después de la muerte de
este discípulo, Marcos dejó por escrito lo que Pedro proclamara (Contra
herejías, III, 1.1).
A pesar de que dependemos de la tradición para afirmar la autoría de
Marcos en relación al segundo evangelio, ello en nada desmerece el
mensaje que contiene. Además, lo que la tradición afirma acerca de
Marcos como ayudante de Pedro, puede ser correcto, ya que Pedro,
probablemente desde Roma (llamada “Babilonia” en 1 Pedro 5:13),
envía saludos de parte de la iglesia del lugar desde el cual escribe
(Roma), y también de su “hijo” Marcos (1 Pedro 5:13). Esta es una
evidencia para que creamos en el testimonio de la tradición (según
Papías e Ireneo) en cuanto a la autoría de Marcos para el segundo
evangelio (ubicado en segundo lugar, luego del Evangelio de Mateo,
por el hecho –erróneo por cierto– de que Agustín y otros
comentaristas lo consideraron un resumen del evangelio de Mateo).
Marcos (también llamado Juan, en Hechos 13:5, y Juan Marcos en
Hechos 12:12), sin embargo, no tuvo un buen inicio ministerial.
Luego de involucrarse con la predicación del evangelio en el primer
viaje misionero de Pablo y Bernabé, los abandonó a los dos y regresó
a Jerusalén (Hechos 13:5, 13) a la “casa de su madre” (Hechos
12:12). Fue por esa razón que Pablo no quiso llevarlo en su segundo
viaje misionero (Hechos 15:36-41). Felizmente, Bernabé sí le dio
otra oportunidad a Marcos (Hechos 15:39) y esta vez él no lo
decepcionó. Más adelante, Pablo reconoció que Marcos le era “útil
para el ministerio” (2 Timoteo 4:11) y lo cita como uno de sus
colaboradores (Filemón 24).
En cuanto a una fecha probable, podemos decir que el evangelio debe
de haber sido escrito antes de la muerte de Pedro, entre el 50 y el
64 d.C.
Introducción (Marcos 1:1)
“Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.
Tal introducción nos parece muy abrupta, ¿verdad? Marcos no menciona
absolutamente nada acerca del anuncio y el nacimiento de Jesús, la
visita de los pastores y de los magos. Tampoco sobre la huída a
Egipto, ni sobre sus primeros años como humilde carpintero en
Nazaret. No es que estos hechos no fueran importantes, sino que
Marcos desea hablar de los poderosos actos salvíficos de Jesús a
favor del ser humano que culminaron con el mayor acto, la dádiva de
su vida en la cruz del Calvario. Por eso inicia su evangelio
hablando de Jesús ya adulto, en plena actividad.
La expresión “principio del Evangelio de Jesucristo” puede ser
entendida como “comienzo del ministerio de Jesucristo” o “comienzo
de las buenas nuevas [acerca] de Jesucristo”. Las dos declaraciones
son bien apropiadas para el inicio del libro, pero la última parece
más adecuada al propósito de mostrar que Cristo y sus poderosos
actos constituyen una “buena nueva” para la humanidad perdida.
El título incluido en la última parte del primer versículo “Hijo de
Dios” no se encuentra en todos los manuscritos conocidos de Marcos
(Por ejemplo, en los manuscritos alef (1), theta, 28,
ni es mencionado por diversos padres de la iglesia) ¿Fue una adición
hecha por algún copista? Tal vez, visto que el texto más breve
debiera ser el original. Si fue una adición, ella se basó en el
propio evangelio de Marcos, donde Jesús es llamado “Hijo de Dios”
(comparar con Marcos 3:11 y 5:7). Adición o no, “Hijo de Dios” es
una declaración sobre la divinidad de Jesús, afirmando con ella que
Él compartía la propia naturaleza de Dios. El título previene al
lector de que, aunque estaba encarnado y actuando entre los hombres,
Jesús también es Dios.
El mensajero (Marcos 1:2-8)
A semejanza de las visitas reales a una localidad, en la que un
mensajero o precursor daba el anuncio y convocaba al pueblo a
preparar la entrada para el carruaje real, Dios utilizó a Juan, el
Bautista, para el mismo fin en relación a la llegada de Dios en la
persona de Jesucristo, el “Hijo de Dios”. El Bautista procuró
preparar el “camino” del Señor, llevando al pueblo a arrepentirse de
sus pecados.
Lo que llama la atención en Juan, el Bautista, es la conciencia que
él tenía de su rol como mensajero y precursor. Al serle preguntado
si era o no el Mesías (Lucas 3:15, 18), él señaló a Cristo como el
“Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El
precursor sabe que no es el rey y que no debe llamar la atención
sobre sí mismo. “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”
(Juan 3:30). Esta actitud humilde de Juan, el Bautista, debe ser
reflejada en la vida de cada seguidor de Cristo, como modernos
mensajeros del Rey. Así, no hay lugar para el orgullo en la vida del
cristiano. Su mayor anhelo será el de exaltar la persona del Rey que
está llegando.
Bautismo y tentación de Jesús (Marcos 1:9-13)
Nos provoca admiración la brevedad de informaciones sobre Juan, el
Bautista. Nada se nos dice sobre las circunstancias de su
nacimiento, casi nada sobre el contenido de su predicación. El sólo
es mencionado por su rol de precursor y por el hecho que él bautizó
a Jesús. ¿Por qué es así? Porque el evangelio de Marcos está
centrado en la persona de Cristo. Tampoco nada se menciona sobre el
contenido de las tentaciones de Jesús en el desierto. Apenas se
menciona que el fue tentado por cuarenta días (Marcos 1:13). No es
que el asunto de las tentaciones no sea importante, pero Marcos está
deseoso de presentar a continuación a sus lectores los actos
salvíficos de Jesús, comenzando, ya en el versículo 21 del primer
capítulo con el sanamiento de un endemoniado en Capernaúm.
El hecho que Marcos diga que, en su bautismo, Jesús haya sido
llamado “mi Hijo amado” por Dios, el Padre (Marcos 1:11) armoniza
con las palabras de apertura del evangelio, en el que –sea una
adición o no– Jesús es llamado “Hijo de Dios”. Parece que Marcos
tiene la preocupación de que sus lectores no olviden el hecho de que
Jesús no es un mero taumaturgo (hacedor de milagros), sino
que es “Dios con nosotros”.
Comienza el ministerio (Marcos 1:14-20)
Luego de su bautismo, en Judea, Jesús volvió a Galilea y, a
semejanza de Juan, el Bautista, convocó al pueblo al arrepentimiento
(comparar Marcos 1:14, 15 con 1:4). Pero Jesús agrega un nuevo dato:
“El tiempo se ha cumplido” (Marcos 1:15). ¿Qué clase de “tiempo”
tenía Jesús en mente? Es posible que haya sido una alusión al tiempo
en que su cumplían los tipos y profecías mesiánicas del Antiguo
Testamento. Pero, de manera más específica, Jesús podría haber
tenido en mente la profecía de las Setenta Semanas de Daniel
9:24-27, la cual predecía la aparición del Ungido, el Mesías, que
mediante su muerte (Daniel 9:26) “poner fin al pecado y expiar la
iniquidad, para traer la justicia perdurable” (Daniel 9:24).
En el tiempo preciso (al “cumplimiento del tiempo”, Gálatas 4:4)
ocurrió la primera venida de Cristo. Esto es una garantía de que,
también en el tiempo oportuno, sucederá la segunda venida, pues de
nada valdría la primera sin la segunda, que a su vez es la
culminación de la obra redentora del Mesías, iniciada en la primera
venida.
Luego de su llegada a Galilea, Jesús escogió a sus discípulos,
comenzando por dos parejas de hermanos (y también pescadores): Simón
y Andrés; Santiago y Juan. Lo que nos provoca admiración en este
llamado es la prontitud con la cual ellos siguieron a Jesús. ¿Habrá
sido para ellos un salto al vacío? No lo creo. La fe nunca es un
“salto al vacío”. Dios nos da evidencias de su poder para aquellos
que quieran verlas. Esos primeros discípulos ya habían escuchado de
Jesús, en especial Andrés, el hermano de Pedro. Andrés era discípulo
de Juan, el Bautista, y “había oído a Juan, y había seguido a Jesús”
(Juan 1:35-42). De cualquier manera, los discípulos vieron algo en
Jesús que los tocó. Lo que vieron fue suficiente para dejar “al
instante sus redes y le siguieron” (Marcos 1:18, RVR 95). La
compañía pesquera de la cual Pedro y Andrés eran socios (comparar
con Lucas 5:10), quedó, entonces, a cargo de Zebedeo, padre de
Santiago y Juan (Marcos 1:20).
La presteza de los discípulos en dejar todo y seguir a Cristo debe
inspirar a cada cristiano de hoy. ¿Por qué estamos tan apegados a
las cosas de este mundo? Quizás porque no hemos considerado a Jesús
algo realmente importante en nuestras vidas, como Alguien que puede
darle un sentido real a nuestras vidas y ofrecernos las cosas
eternas, las que permanecen para siempre Podríamos decir, como
Pablo, “Pero cuantos cosas eran para mi ganancia, las he estimado
como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aún estimo todas las
cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo
Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo
por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:7, 8).
Dr. Ozeas Caldas Moura