|
En el pasaje que estudiamos esta semana (Marcos
11:27 – 12:44),
encontramos a Jesús en sus “últimos días”. Su preocupación de
esos días debería ser también la nuestra, que creemos vivir en
los últimos días de la historia de “este mundo”.
Jesús es interrogado por las autoridades eclesiásticas y civiles
de Jerusalén: “los principales sacerdotes, los escribas y los
ancianos” (11:27), “algunos de los fariseos y de los herodianos”
(12:13), “los saduceos” (12:18), y “uno de los escribas”
(12:28). El espectro de preguntas hechas a Jesús es tan amplio
como el de los grupos que las planteaban. Estos grupos tenían
importantes diferencias ideológicas entre sí –como es el caso de
los fariseos y los saduceos— sin embargo, estaban aliados en su
afán de oponerse a Jesús.
Un rápido análisis de las preguntas permite
observar que éstas, en general, se refieren a
cuestiones teológicas rebuscadas,
y que la intención de los que preguntan es desafiar a Jesús
(11:28), o bien “sorprenderlo en alguna palabra” (12:13), es
decir, “tentarlo” a fin de poder acusarlo (12:15). El Maestro,
dice Marcos, “percibía la hipocresía de ellos” (12:15).
Hoy en día, muchos de los que hacen preguntas sobre
religión o teología no tienen la necesidad ni la intención de
saber, sino más bien se proponen molestar o burlarse de los
creyentes, como sucedió con los que preguntaban a Jesús en este
pasaje del Evangelio.
Los saduceos, por ejemplo, “decían
que no hay resurrección” (12:18). Por eso su pregunta, “cuando
resuciten, ¿de cuál de ellos será ella mujer?” (12:23) no tiene
la intención de aclarar una duda, sino la de intentar mostrar
que la creencia en la resurrección es absurda. A pesar de ello,
Jesús responde a la pregunta y señala la ignorancia de los
saduceos que la hicieron: “Ignoráis las Escrituras y el poder de
Dios” (12:24).
La respuesta de Jesús está dirigida al fondo de
la cuestión, es decir, que “Dios no es Dios de muertos” (12:27);
por esta razón, la resurrección es necesaria.
En cuanto al tema específico de las relaciones
matrimoniales después de la resurrección, Jesús es bastante
ambiguo –intencionadamente— como para señalar que hay cosas
futuras que no podemos entender ahora (“serán como los
ángeles”). Por esta razón, las especulaciones al respecto están
demás.
En la pregunta de “los principales sacerdotes, los
escribas y los ancianos” sobre la autoridad de Jesús, se ve
claramente que se trata de un cuestionamiento al Maestro: las
autoridades religiosas y teológicas de Jerusalén no quieren
reconocer la autoridad de Jesús. Apelan a este recurso porque
no pueden objetar ni la enseñanza ni las obras de Jesús.
Entonces, demostrar que Jesús no ha recibido la licencia
ministerial otorgada por ellos es una manera de desautorizarlo y
sacarlo de en medio. Pero la autoridad espiritual de Jesús y la
verdad que él proclama no necesitan de licencias otorgadas por
los hombres, menos aún si éstos no tienen autoridad moral ni
teológica que exhibir. La verdad es verdad por sí misma, y no
depende de instituciones que la certifiquen. Donde está Jesús
está la Verdad.
Con respecto a esto, deberíamos tomar
en serio el dicho de Jesús: “Donde están dos o tres congregados
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).
Seguramente alguno pensará que hay que ver cada caso donde hay
“dos o tres”, para determinar si se aplica o no este versículo.
Otros pensarán que esos “dos o tres” deben estar inscriptos en
alguna lista de iglesia.
Quiero señalar que es Jesús mismo quien debe
decidir cuándo su dicho se aplica,
porque sólo él conoce las circunstancias y los
corazones de los hombres;
de manera que no es indispensable que los “dos o tres” estén
afiliados a alguna organización determinada entre las muchas que
se adjudican la cualidad de ser “la única iglesia verdadera”.
De ninguna manera estoy en contra de la
militancia en la iglesia. Me parece que es conveniente
pertenecer a alguna congregación religiosa y hacer en ella –y
con ella– la obra del Señor. También me parece conveniente
examinar las características de cada congregación y compararla
con el evangelio, para saber con quiénes estamos caminando;
cualquier iglesia no da lo mismo. Pero debe ser claro que,
mientras estamos en esa búsqueda –si aún no hemos encontrado
nuestro redil—
podemos estar con Cristo en cualquier grupo o aún
fuera de todos.
“La congregación (iglesia o ekklesía) de los primogénitos” es la
de aquellos que “están inscritos en los cielos”, y el que decide
quién está inscrito y quién no, es “Dios, el Juez de todos”
(Hebreos 12:22-23).
Recordemos, además, que la salvación es individual y no por
grupos. Dice el apóstol Pablo: “todo aquél que invocare el
nombre del Señor será salvo” (Rom. 10:13). Debido a nuestros
intereses denominacionales, solemos empeñarnos en ponerles
condiciones a la gente para aplicarles el beneficio de este
versículo, pero deberíamos cuidarnos de no hacer el papel de
jueces ni cerrar puertas allí donde Jesús no las cierra.
A los dirigentes que cuestionaban la autoridad de
Jesús, el Señor le dijo la parábola de los labradores malvados.
Jesús no andaba con rodeos, tampoco perdía el tiempo con asuntos
teológicos rebuscados ni con discusiones doctrinales
irrelevantes. Jesús hablaba de asuntos prácticos, de
actualidad, y del interés del “hombre de la calle”. A los
dirigentes de la iglesia de sus días les dijo directamente que
eran malvados, y que “el señor de la viña vendría a destruir a
los labradores, y a darle su viña a otros” (Marcos 12:9).
Lo que está en el fondo de la
parábola de los labradores malvados es que
los que tienen el corazón duro serán rechazados
finalmente por Dios.
La dureza de corazón –como hemos visto en las lecciones
anteriores— consiste en mantener una actitud terca, la de no
permitir que el evangelio transforme nuestra forma de pensar.
Los principios del Reino de los Cielos tienen como base el
evangelio –la buena noticia de la gracia salvadora de Dios— y
esos principios son totalmente diferentes a los que rigen en
“este mundo”. Lo que cuenta, a la hora de ser juzgados por
Dios, es que hayamos cambiado nuestras estructuras de
pensamiento y nuestras actitudes para asemejarnos a Cristo.
Esto es más importante que las exactitudes teológicas –porque
estas últimas están generalmente determinadas por la lógica
humana, que es limitada e imperfecta.
La cuestión del tributo es una cuestión práctica.
Una vez más, sin embargo, la pregunta no tiene por objeto
solucionar un problema práctico sino tentar a Jesús (Mar.
12:15). En otras palabras, los que hicieron esta pregunta
querían acusarlo delante de la autoridad romana o bien
desprestigiarlo delante de los judíos. Pero Jesús aprovecha la
oportunidad para enseñar lo que debe ser la relación del
cristiano con el mundo político.
Los fariseos y herodianos se acercaron a Jesús para
“sorprenderlo en alguna palabra” (12:13). Querían instarlo a
hablar contra la autoridad romana: “Sabemos que eres hombre
veraz y que no te cuidas de nadie, porque no miras la
apariencia de los hombres” (12:14). Suponían que el deber
de un religioso judío era boicotear a Roma, y que eso sería
“enseñar con verdad el camino de Dios”. Pero Jesús no les
siguió el juego, ni aceptó sus lisonjas hipócritas.
El Señor distinguió y exaltó los deberes del
cristiano: una cosa es el deber religioso y otra es el deber
civil. Esto implica, en primer lugar, que
lo religioso no debería confundirse con
lo político
y, en segundo lugar, que
ser cristiano no nos exime de participar en la
vida política.
El cristiano no debe desinteresarse de la suerte política de la
sociedad.
Cuando participamos en la vida política lo deberíamos hacer
siguiendo los principios cristianos, como en cualquier otra
actividad de la vida. Pero seguir los principios cristianos no
significa servir a los intereses de una determinada institución
sino al bien común de la sociedad.
El gran mandamiento (Mar. 12:28-34).
Esta perícopa es, sin lugar a dudas, el centro ideológico de la
enseñanza de Jesús. Los dos mandamientos que el Maestro destacó
son el remedio para tratar la dureza de corazón. Aunque fue
interrogado acerca del “primer mandamiento de todos”, Jesús se
extendió al segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti
mismo”. Dijo que este mandamiento es semejante al primero; en
verdad no se puede cumplir el primer mandamiento sin cumplir el
segundo. El amor es la esencia de la Ley de Dios. “No hay otro
mandamiento mayor que éstos”, dijo Jesús: Amar a Dios, amarse a
uno mismo (autoestima) y amar a los demás en el mismo grado que
nos amamos a nosotros mismos.
¿Qué diríamos nosotros hoy? ¿Cuál es, para
nosotros
en la práctica
–porque podemos
decir
muchas cosas— el mandamiento más importante? Si
hemos de responder como cristianos deberíamos decir: “amar a
Dios y a los demás”. ¿Entendemos lo que implica –en la
práctica— amar de esta manera? Por otra parte, ¿no tendemos a
creer que estos mandamientos no nos distinguen de los demás
cristianos y que deberíamos enfatizar lo que nos hace
“peculiares”? Pero entonces, ¿hay algo más peculiar en un
cristiano que creer lo que Cristo dijo, e imitarlo en su amor
que no supo de distinciones ni exclusivismos de ninguna índole?
Si entendemos que Jesús es más que “el hijo de David”, porque
David “lo llamó Señor” en sus escritos proféticos (Mar.
12:35-37), entonces no nos queda otra cosa que hacerlo señor de
nuestras vidas, tomando en serio sus palabras y tratando de
andar en sus pisadas. Para eso debemos aceptar, primero, el
ofrecimiento gratuito de su perdón.
Y si Jesucristo es el señor de nuestras vidas, no
nos queda otra cosa que desterrar las actitudes egoístas y
ostentosas como las de aquellos que amaban ser ensalzados y
venerados por los hombres en virtud de sus “largas ropas”
(12:38-40). En lugar de eso, deberíamos adoptar el corazón
generoso y humilde de esa pobre viuda que fue ensalzada por
Jesús (12:41-44). No creo que sea al azar que Marcos puso a
los orgullosos dirigentes y a la humilde viuda
lado a lado en su relato; no dudo de que su intención fue
resaltar el contraste entre ellos.
Las “largas ropas” literales de aquellos tiempos han adoptado
hoy muchas formas figuradas. No nos engañemos a nosotros mismos
restringiendo el significado de este dicho de Jesús solamente a
las ropas, o a su longitud. Lo que destaca el Evangelio es el
contraste entre la valoración de lo externo (ropas) y lo interno
(el corazón) y, por otra parte, entre el egocentrismo y el
altruismo.
Para Jesús, dos moneditas de escaso valor son más valiosas que
las ropas finas de los potentados. Una vez más, el Señor cambia
nuestros esquemas y trastorna nuestros conceptos.
Finalmente, destaco lo que debería ser el corazón de la “verdad
presente” en estos “últimos días”: Los que detentan el poder
pero explotan a los pobres “recibirán mayor condenación”
(12:40), y los menospreciados del mundo (una mujer, en aquella
cultura), y los desposeídos (una viuda) son hechos por Jesús el
centro de la atención de sus discípulos (12:43).
|