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El estudio de esta semana, según el
folleto de la Escuela Sabática, abarca la segunda mitad del
capítulo 7 de Marcos, el capítulo 8, y la primera mitad del
capítulo 9. En el pasaje de Mar. 8:31-38 se encuentra la
predicción de la pasión, que da lugar al título que el autor
eligió para este estudio. Este anuncio se encuentra en la mitad
del Evangelio de Marcos, más temprano que en cualquiera de los
otros tres Evangelios, lo cual le da a Marcos un colorido de
muerte más intenso.
En este Evangelio el “Mesías sufriente” es más
claramente destacado que en ningún otro. Marcos presenta a
Cristo enfrentando una constante oposición y controversia, no
sólo de parte de sus adversarios sino también de sus propios
discípulos.
Pero el anuncio de la pasión está
precedido, en el estudio de esta semana, por la narración de
algunos milagros de Jesús. El primero de ellos fue hecho a
favor de una mujer pagana, conocida como la “siro fenicia”
debido a su lugar de origen. Luego curó a un muchacho
sordomudo en la región de Decápolis, al otro lado del Mar de
Galilea. En seguida se registra la alimentación milagrosa de
“como cuatro mil” personas (Mar. 8:9).
Después de esto, se registra el
insólito pedido de los fariseos. A pesar de todas las señales
milagrosas que Jesús ha hecho para mostrar su naturaleza
mesiánica, los dirigentes de Israel le piden una “señal del
cielo” (8:11). ¿No eran los milagros realizados una señal
suficiente “del cielo”? Marcos dice que este pedido fue hecho
“para tentarle”. Por eso Jesús dijo que a este tipo de personas
no le sería dada ninguna señal (8:12). La señal del cielo fue
dada después, mediante la “transfiguración” (9:2-13), pero sólo
a un grupo de tres de sus discípulos, que no habían pedido
ninguna señal.
Tentar a Jesús significa hacerlo
dudar de su identidad mesiánica. Cuando a uno las cosas no le
están resultando como esperaría, hay motivo para dudar. Jesús
siente la oposición de los dirigentes de su propia nación y
anuncia que ellos lo llevarán a la muerte (8:31). Jesús siente
también que sus propios discípulos no entienden su palabra,
porque tienen el corazón endurecido (8:17). Por eso exclama con
impaciencia: “¿Hasta cuándo debo estar entre vosotros? ¿Hasta
cuándo os he de soportar?” (9:19).
Esta actitud “dura de corazón”, tan
diferente a la naturaleza de Jesús y de su reino, estaba
ampliamente difundida, desafortunadamente, entre los israelitas
de ese tiempo. El incidente registrado “en la región de Tiro y
Sidón” (7:24-30) ilustra esta condición patológica de dureza de
corazón, de la cual Cristo quería sanar a su pueblo.
Mateo y Marcos nos relatan el
encuentro de Jesús con la mujer siro fenicia, uno de los
episodios más extraños de los Evangelios. Jesús ha viajado
fuera de la tierra de los israelitas, ilustrando la necesidad de
llevar la buena noticia de salvación a todos los pueblos y
etnias. Allí hará un milagro a favor de una mujer pagana que,
sin embargo, sabe que Jesús es “Hijo de David” (Mateo 15:22), es
decir, el esperado descendiente de David prometido a los
israelitas. La mujer sabe también que Jesús ha dado señas
suficientes de que es el Mesías prometido. Y decide ir al
encuentro de Jesús, que se ha acercado a ella en su propia
tierra, para suplicar sanidad para su hija endemoniada.
La fe de esta mujer es elogiada por
Jesús: “grande es tu fe” (Mat. 15:28). “Por esta palabra [tuya]
ve, el demonio ha salido de tu hija” (Mar. 7:29). ¿A qué
“palabra” se refería Jesús? A la palabra de la mujer: “Aun los
perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos”
(Mar. 7:28).
La mujer reconoció que “los hijos”
aludidos por Jesús (7:27) eran los israelitas. Reconoció con
humildad que ella no era más que un “perrillo”, perteneciente a
una nación “pagana”. ¡Qué contraste con la arrogancia, el
orgullo y el exclusivismo de los israelitas! ¡Y qué contraste
con la dureza de corazón de los discípulos de Jesús que decían
al Maestro: “despídela, pues da voces tras nosotros” (Mat.
15:23).
Los israelitas no tenían la fe de
esta mujer. Y los discípulos no tenían la misericordia de
Jesús. La compasión de esta mujer por su hija la hacía reflejar
mucho mejor el carácter de Jesús que los discípulos. En suma,
¡en una despreciada mujer pagana –mal considerada en la sociedad
por ser mujer y por ser pagana— estaba reflejado el verdadero
carácter cristiano que uno esperaría ver en los dirigentes de la
iglesia de Cristo y en sus miembros!
¿Por qué Jesús comienza siendo
indiferente hacia la mujer siro fenicia? Mateo dice que al
comienzo el Maestro “no le respondió palabra” (Mat. 15:23).
¿Por qué Jesús muestra una actitud discriminatoria a favor de
los israelitas? ¿Por qué dice que los no-israelitas son
perros? ¿No es este apelativo humillante y ofensivo?
Algunos comentadores piensan que
esta mujer “le dobló la mano” a Jesús, y que el Maestro perdió
aquí, por única vez, un argumento (¡nada menos que con una mujer
pagana!). Personalmente pienso que no hay ni lo uno ni lo
otro. Jesús actuó con la mujer como habría actuado cualquier
otro judío de esa época, y así quiso que los discípulos se
vieran reflejados a sí mismos, como unos exclusivistas
arrogantes y despiadados que no podrían ser mensajeros del
evangelio a menos que cambiaran. Creo que Elena de White tiene
toda la razón al presentar este punto de vista: la aparente
indiferencia y negativa de Jesús era “una reprensión implícita
para los discípulos” (ver El Deseado de todas las gentes,
365-370).
La lección que Jesús quiso enseñar
no es menos válida en nuestro tiempo como reprensión para los
cristianos, que pretenden ser representantes del Dios
verdadero. “El muro de separación que el orgullo . . . había
erigido impedía a los discípulos sentir simpatía por el mundo
pagano. Pero las barreras debían ser derribadas” (El Deseado,
366). A diferencia de la mayoría de los cristianos, esta mujer
“no tiene prejuicio nacional ni religioso, ni orgullo
alguno que influya en su conducta” (Ibíd., 367). Las
diferencias sectarias de cualquier tipo, “son algo aborrecible
para Dios” (Ibíd., 370). Pero “los discípulos tardaron
mucho en aprender esta verdad”, dice Elena de White (Ibíd.,
368). Preguntémonos: ¿la hemos aprendido hoy? ¿No tiene
actitudes exclusivistas y jactanciosas el “pueblo remanente”?
Dice acertadamente el autor de esta lección: “los
males del prejuicio incluso estén atrincherados entre
los que asisten a la iglesia; males tales como el racismo,
el tribalismo, el nacionalismo desenfrenado y el fanatismo”
(Lunes 2 de mayo, 2005; énfasis agregado).
Creo que una de estas actitudes de
prejuicio sectarista es la que se auto proclama como único
camino de salvación. La actitud contraria es tildada de
“relativismo”. El Papa recién elegido ha hablado recientemente
en estos términos; nos ha recordado que el relativismo es uno de
los males de esta época. Creo que el verdadero problema existe
cuando uno cree que la única creencia correcta es la propia y
que todos los demás están equivocados, porque entonces uno se
cree con derecho a ser intolerante.
Pienso que si el folleto de la
Escuela Sabática no es bien entendido, puede leerse una
peligrosa semejanza a esta actitud en el siguiente enunciado: “Vivimos
en un mundo en el que la tolerancia es una actitud muy
aplaudida. Muchas personas hablan muy bien acerca de Jesús, e
incluso están de acuerdo en que de algún modo fue divino; pero
alegan que todas las religiones son iguales. Se molestan con
aquellos que afirman que Jesús es el único camino de
salvación” (Nota final, Martes 3 de mayo, 2005). No tengo
dudas en cuanto a que Jesús es el único camino de salvación,
pero no creo que debamos renunciar a la tolerancia con los no
creen lo mismo.
Si hay algo importante que nos enseña la
historia de la mujer siro fenicia, es que Jesús puede salvar al
que tiene fe aunque no sea miembro del pueblo escogido. “No hay
salvación afuera de la iglesia” es un lema que exalta el
egocentrismo eclesiástico; por eso no nos gusta escucharlo en
labios de otros cristianos, ¿será que en nuestros labios sí
suena bien? ¡Dios quiera que lo que criticamos en otros no lo
creamos una santa virtud cuando lo hacemos nosotros!
Las prácticas inquisidoras, bien lo sabemos,
tristemente, no han sido el defecto de una sola iglesia. La
historia muestra que cuando una institución religiosa se siente
fuerte, mayoritaria y poderosa, tiende a pensar que Dios está
solamente con ella y puede avasallar a los demás en el nombre de
la verdad y la justicia. Lo mismo ocurre con las instituciones
políticas, educativas, sociales, o de otra índole.
Jesús instó a sus discípulos a guardarse de “la
levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes” (Mar.
8:15). Ambas levaduras lo llevaron a la pasión y muerte que
anunció en este mismo contexto. Una era su enemigo
interno, la otra constituía su enemigo externo. Y
los discípulos no debían ser influidos por ninguna de ellas. No
debían tener la arrogancia exclusivista de los santos
fariseos ni la actitud persecutoria de Herodes. Si hoy,
en la iglesia, no escuchamos esta advertencia y creemos –como
los discípulos— que Jesús habla de otra cosa, me temo que el
Señor podría decirnos nuevamente: “¿No entendéis ni
comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón?”
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