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Después de realizar algunos milagros en Galilea
y sus alrededores, Jesús fue “a su tierra” en Nazaret (Marcos
6:1). Allí no fue recibido con aprecio. Los habitantes del
lugar “se escandalizaban de él”, por el simple hecho que lo
conocían de niño (6:2-3). En lugar de “se escandalizaban”, otra
traducción dice: “Y no creían en él” (La Biblia para
Latinoamérica). Es decir, su fe “tropezaba” por el hecho
que Jesús les era muy familiar. Por eso –dice Marcos— no pudo
hacer ninguna señal milagrosa entre ellos, excepto que “sanó a
unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos” (6:5).
Era sábado y Jesús ensañaba en la
sinagoga de Nazaret, donde se había criado. El suyo no era “un
sermón más”. Causó conmoción: “muchos, oyéndole, se admiraban”
(6:2). Pero la crítica no se centró en los argumentos de
Jesús sino en su persona: “¿No es éste el carpintero, hijo
de María . . .?” (6:3). José, el esposo de María, no es
nombrado por los críticos; las “malas lenguas” siempre dudaron
de su paternidad. A Jesús le echaban en cara su origen paterno
dudoso.
En esto consiste una de las
falacias argumentativas, que los libros de Lógica denominan
“Argumento dirigido contra el hombre” (Norberto Ceolin,
Pensamiento crítico). ¿En qué consiste esta argumentación
falaz? Consiste en “atacar a la persona que hace una
afirmación, en lugar de refutar la veracidad de lo que ella
afirma. El mecanismo consiste en desacreditar al hablante
atribuyéndole ciertas características negativas o actitudes
deshonestas para que, al descalificarlo, ese descrédito alcance
también a sus afirmaciones” (Ibíd.,p. 202).
Como ejemplo de este procedimiento puedo citar
un caso reciente. Recibí hace un par de semanas en mi casilla
electrónica un comentario distribuido por un sitio de
Internet. Se trata de un nuevo cálculo profético que,
interpretando las trompetas del Apocalipsis, predice para mayo y
octubre de este año 2005 la promulgación de la ley dominical.
El director del sitio se disculpa por haber enviado el artículo,
señalando que su
autor “es un ex pastor nuestro, XX, que tuvo que dejar el
ministerio en Paraguay (hace unos 3 años), por enseñar entre
otras cosas, que la IASD ya no era la iglesia verdadera, etc.,
etc., etc. Bueno, este buen muchacho terminó separándose de su
esposa, formando un hogar con otra dama, y teniendo un hijo al
que llama el 3º Elías”. ¿Se hace alguna crítica al contenido
del artículo en cuestión? Ninguna, aunque habría sido
posible y lícito hacerla. En lugar de ello, tenemos sólo un
intento de desacreditar al autor del artículo haciendo alusiones
a su vida personal y tildándolo sarcásticamente de “buen
muchacho”. En lo personal, no estoy de acuerdo con el
contenido del artículo, pero tampoco lo estoy con las
razones dadas para desacreditarlo. Este procedimiento se lleva
a cabo cuando queremos oponernos pero no queremos (o no sabemos
bien cómo) hacer una crítica fundamentada, o bien cuando no
tenemos nada que criticar pero queremos oponernos igual.
Esto último hicieron los habitantes de Nazaret
con Jesús. No tenían qué objetar al Maestro. Su doctrina, su
sabiduría y sus milagros eran inobjetables (Marcos 6:2). Pero
ellos eran orgullosos e incrédulos, por eso se oponían a Jesús,
y el Señor “estaba asombrado de la incredulidad de ellos” (6:6).
Jesús sabía que hacer milagros no los iba a
convencer de que él era el Mesías. O tal vez sí se convencerían
intelectualmente, pero sus corazones seguirían endurecidos.
Esto demuestra que no hay peor ciego que el que no quiere
ver.
Elena de White explica por qué los habitantes de
Nazaret tenían esta actitud hostil hacia Jesús: “no querían
creer que fuese el Prometido” (El Deseado de todas las
gentes, 204). ¿Por qué? Porque cuando Jesús predicó en la
sinagoga de Nazaret, en una oportunidad anterior, les echó en
cara su incredulidad y dureza de corazón, semejante a la de sus
antepasados, razón por la cual Dios pudo hacer milagros entre
los “paganos” –la viuda de Sarepta y Naamán el sirio— y no entre
los hijos de Israel (Lucas 4:23-27). Esto llenó de ira a los
habitantes de Nazaret, que expulsaron a Jesús de la ciudad y
quisieron matarlo (Lucas 4:28-29; cf. El Deseado,
205-206).
Comentando estas cosas, Elena de White dice:
“Nuestra situación delante de Dios depende, no de la cantidad de
luz que hemos recibido, sino del empleo que damos a la que
tenemos. Así, aun los paganos que eligen lo recto en la medida
en que lo pueden distinguir, están en una condición más
favorable que los que tienen gran luz” pero la desprecian por su
vida diaria que contradice a su profesión de fe (Ibíd.,
206). Este es un mensaje oportuno para los creyentes que se
confían en sus conocimientos ortodoxos, pero no han
entregado sus corazones para ser ablandados por el poder del
Espíritu de Cristo.
Otra razón de confrontación en Galilea fue la
relacionada con las tradiciones eclesiásticas. Los
“fariseos y algunos de los escribas” criticaban a Jesús y a los
discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer, lo que
era una desobediencia frente a las prescripciones de “la
tradición de los ancianos” (Marcos 7:1-3). Marcos explica en
qué consistían esas tradiciones: “Al volver de la plaza, si no
se lavan, no comen. Y muchas otras cosas hay que tomaron para
guardar: los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros,
y de los utensilios de metal, y de los lechos” (7:4).
¿Cuál era la razón de estos procedimientos
rituales? Evitar la contaminación espiritual, porque el
objetivo no era meramente higiénico. Es un recurso común del
hombre que se sabe, en el fondo, contaminado en su interior.
Jesús dijo que “lo que sale del hombre, eso contamina al hombre”
(7:20). Estos procedimientos casi obsesivos de purificación son
un intento de paliar la corrupción del corazón y la suciedad de
la mente. Hoy en día, quienes no creen de verdad en la
justificación por la gracia mediante la fe, echan mano de
recursos semejantes de auto justificación: abstención de comidas
en fechas sagradas, ayunos meritorios, abstención de ciertos
alimentos por creer que contaminan religiosamente (otra cosa es
la abstención por razones de salud) olvidando que Jesús hizo
“limpios todos los alimentos” (7:19), reglamentación religiosa
con respecto al largo o al estilo del cabello y de los vestidos,
y prohibiciones diversas que ponen el énfasis en detalles
externos, generalmente no especificados en la Biblia. Este
conjunto de reglas es tanto mayor cuanto menor sea la verdadera
espiritualidad del grupo que las impone. De esta manera se
incurre en las mismas faltas que Jesús condenó: Exaltación de
las tradiciones de los ancianos (7:8,13), y atención a las
cuestiones externas que no contaminan el corazón (7:15).
“De dentro, del corazón de los hombres –dijo
Jesús— salen los malos pensamientos” (7:21). Esta es la
raíz de todos los males, los cuales no sólo consisten en “los
adulterios, las fornicaciones, los homicidios y los hurtos” sino
también, y en la misma escala, “las avaricias, las maldades, el
engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, y
la insensatez” (7:21-22).
¿Por qué será que socialmente condenamos –y
disciplinamos eclesiásticamente— a los homicidas, los ladrones y
los adúlteros, pero no hacemos lo mismo con los mentirosos, los
envidiosos y los soberbios, que son activos en condenar a los
primeros?
¿Por qué en todas las iglesias seguimos
defendiendo las tradiciones de nuestros respectivos ancianos, en
contra de la Palabra de Cristo explícitamente expresada en el
párrafo de Marcos que acabamos de estudiar? ¿Por qué seguimos
acentuando las normas externas en desmedro de la justificación y
santificación que Dios nos ofrece como un don espiritual?
Me temo que no nos queda más que responder a
estas preguntas con un encogernos de hombros, y con un “así son
las cosas”. No nos queda más que aceptar con resignación el
hecho que la religión institucionalizada –la Babilonia del
Apocalipsis— cualquiera sea su nombre denominacional, tiene más
poder, por el momento, que los hombres y mujeres liberados por
Cristo, que tratan de seguir con libertad de conciencia las
enseñanzas de su Palabra.
La confrontación de Galilea es
hoy más actual que nunca. Al igual que ayer, los poderosos de
este mundo parecieran estar ganando a Cristo. Podemos confiar,
sin embargo, que el resultado final será distinto. El amanecer
comenzó con la resurrección de Jesús.
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