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Jesús está enseñando junto al mar de Galilea
(Mar. 4:1). Habla en parábolas. Marcos dice que es para que la
gente pueda entender: “Con muchas parábolas como estas les
hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír, y sin
parábolas no les hablaba” (Mar. 4:33-34). Jesús se adapta a su
audiencia, y no les dice ni más ni menos de lo que pueden
comprender.
Jesús realiza también algunos milagros: calma la
tempestad en el Mar de Galilea, sana a un endemoniado de
Decápolis (Mar. 5:19-20) “al otro lado del mar, [en] la región
de los gadarenos” (5:1), y a dos mujeres, estando otra vez en
“la otra orilla” (5:21). Los relatos de estos milagros tienen
un propósito que vamos a analizar después de comentar algunos
aspectos de las parábolas del capítulo 4 de Marcos.
(1)
LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR
La parábola del sembrador presenta cuatro clases
de suelos y un mismo tipo de semilla. El sembrador siembra en
todos los suelos, pero la suerte de la semilla varía según los
terrenos en que cae. “El que tiene oídos para oír –dijo Jesús—
oiga” (Mar. 4:9). Los discípulos le preguntaron aparte qué
quiso decir con esta historia. Nosotros también queremos saber,
aunque el Señor nos reproche por nuestra falta de entendimiento
(4:13).
La parábola ilustra la naturaleza del “Reino de
Dios” (4:11). La semilla es “la palabra” y el sembrador es “el
que siembra” (4:14). El que siembra es cualquier persona que
proclama el evangelio. La “buena noticia” debe ser compartida
con todas las personas, cualquiera sea su condición. No sólo la
“buena tierra” debe ser el blanco de nuestra predicación.
¿Quién es capaz de saber, sin equivocarse, cuál
será buena tierra? ¿Quién es “buena tierra” hasta tal punto que
nunca sea atacado por Satanás para arrebatar la fe de su
corazón? ¿Hay alguien que nunca haya tenido momentos de duda, o
de desánimo? ¿O quién no ha tenido tribulaciones en algún
momento, o miedo ante algún tipo de persecución? ¿No hay
altibajos en nuestra vida? ¿No es una realidad humana tropezar,
por muy firmes y gozosos que hayamos sido en otro momento?
¿Estamos libres de ser abrumados por los afanes de esta vida?
¿Dejamos de ser cristianos quienes sufrimos de estrés por causa
de una agenda de trabajo sobrecargada, o por otras situaciones
difíciles de la vida? ¿No hay diversos afanes –además de
conseguir dinero: terminar una carrera, conseguir un trabajo, o
un ascenso, construir una casa o ampliar la que tenemos,
alcanzar una meta de ventas, o un blanco de bautismos, etcétera—
que pueden consumir nuestras fuerzas espirituales y distraernos
del verdadero objetivo de la vida en el reino de Dios? ¿Y qué
creemos que pasa si nuestra “producción” no es del 100 por 1, y
ni siquiera del 30 por 1, sino inferior? ¿Nos ama menos el
Señor, o nos cierra la puerta de la salvación por esta causa?
Si así fuera, la salvación no sería la “buena noticia” de la
gracia. . . .
Hay una vínculo entre las parábolas de Marcos 4
y los milagros que registra el capítulo 5. La semilla
que Dios quiere que plantemos en los corazones (comenzando por
el nuestro) es el mensaje de que Dios tiene poder para
expulsar nuestros demonios o limpiarnos de malezas y espinos,
para sanar nuestras hemorragias o sacar nuestros pedregales,
para resucitarnos de entre los muertos o sacarnos del camino
donde podemos ser pisoteados.
Creo que algo importante que nos enseña la
parábola del sembrador es que todos podemos pasar por
momentos y circunstancias de la vida en que la Palabra de Dios
es ahogada, o pierde su efectividad en nosotros. Esta
parábola contiene una voz de advertencia: nos conviene “recibir”
la palabra (4:20), es decir, aceptarla con gozo, en todo
momento, si queremos tener una existencia fructífera. Pero
también hay un mensaje de ánimo: “Cuando un hombre echa semilla
en la tierra, . . . la semilla brota y crece sin que él sepa
cómo” (4:26-27). ¡La obra no es nuestra sino de Dios! Es Dios
quien puede hacer crecer la semilla de su reino en nosotros; es
el Espíritu Santo el que nos hace dar frutos abundantes.
Nosotros sólo debemos levantar la vista en las tribulaciones, y
poner el reino de Dios en lo más alto de nuestra escala de
valores.
Otra cosa importante que nos enseña la parábola
es que la razón por la que tenemos problemas no es sólo porque
hemos sido desobedientes a la Palabra. Muchas de nuestras
tribulaciones son culpa del enemigo de nuestras almas, como dice
Jesús: “Viene Satanás y quita la palabra que se sembró en
[nuestros] corazones” (4:15). ¿De qué manera la quita?
Mediante “accidentes” que nos hacen preguntarnos: ¿Por qué me
pasó a mí? ¿Qué querrá decirme Dios con esto? ¿En qué estaré
fallando? Temprano o tarde en la vida las cosas nos pasan a
nosotros, nadie está libre. Dios no nos habla causándonos
accidentes, ese no es su lenguaje. Los accidentes
automovilísticos, los incendios, las enfermedades, la pérdida de
una propiedad, la pérdida del trabajo, los problemas de nuestros
hijos que nos quitan el sueño, las infidelidades y las
traiciones, las persecuciones, las injusticias, las calumnias,
no son el lenguaje de Dios.
Es posible que no estemos fallando cuando
algo de esto nos pasa; tal vez es todo lo contrario, como nos lo
enseña el caso de Job. De manera que en vez de preguntarnos,
¿qué querrá decirme el Señor?, deberíamos preguntarnos:
¿Conseguirá Satanás arrebatar la Palabra de mi corazón? ¿Se lo
voy a permitir? ¿O más bien me aferraré de la túnica de Jesús?
(2)
JESÚS CALMA LA TEMPESTAD
(Mar. 4:35-41)
Las tempestades en el mar causan
miedo. Todavía lo siento al recordar un cruce del Estrecho de
Magallanes en medio de una tormenta con viento hace veinticinco
años. Tener miedo no es anormal, ni es indicio de que no somos
cristianos. El miedo es una de nuestras emociones básicas, y es
una reacción psico-física que nos ayuda a enfrentar las amenazas
de peligro . . . aunque a veces nos puede paralizar. Sócrates
decía que tener miedo no es señal de cobardía; los valientes
también sienten miedo, pero lo enfrentan. Jesús no les dijo a
sus discípulos que no tuvieran miedo, sino que les preguntó por
qué lo tenían (Mar. 4:40).
Hacemos bien cuando a nuestros hijos
pequeños no les decimos que no le tengan miedo a la oscuridad –o
a cualquier otra cosa que sientan como amenaza— sino que les
preguntamos por qué lo tienen, y nos levantamos de nuestro
sueño, y los acompañamos, y calmamos sus tempestades.
Si los discípulos no hubieran
despertado a Jesús, ¿habrían perecido en el naufragio? ¿Habría
muerto Jesús con ellos en el mar? No lo creo. Pienso que
habrían llegado salvos a tierra. ¿Por qué, entonces, calmó los
vientos? Marcos nos dice que de esa manera fomentó el temor
reverente y la fe de sus discípulos (4:40-41). “¿Quién es
este?” es una pregunta que los estaba llevando a la conclusión
de que Jesús era el Mesías.
Los discípulos deben haber llegado a
la conclusión de que la presencia de Jesús en nuestra
embarcación no garantiza que no habrá tormentas. Creo que
esa conclusión es válida y verdadera. Pero también es verdad
que la presencia de Jesús en nuestra vida trae bonanza después
de la tormenta.
Como lo enseña la parábola del
sembrador, las tormentas no vienen porque Dios quiera decirnos
algo. Simplemente, las tormentas ocurren en este mundo, y
afectan incluso a los cristianos. Es una buena decisión
recurrir a Jesús cuando ello ocurre, así Satanás no puede
arrebatarnos la Palabra del corazón.
(3)
EL ENDEMONIADO GADARENO
Un endemoniado viene a arrodillarse
delante de Jesús. Un hombre convertido en una piltrafa humana
por causa de Satanás, que busca a Jesús en medio de su angustia
y de su desesperanza. Un hombre que quiere rogar a Jesús que lo
limpie y le permita estar con él (Mar. 5:18), pero sólo puede
proferir voces de rechazo y rebelión. ¡Cuántas veces la
rebeldía y la actitud “cerrada” son un velado llamado de
auxilio!
Como siempre en estos casos, Jesús
no condena, no reprocha, no sermonea, no ofrece discursos
moralizadores. Jesús actúa. Da órdenes a los demonios para que
dejen libre a este hombre.
Hay posesiones demoníacas que son
fenómenos sobrenaturales, pero muchas de ellas son consideradas
hoy como enfermedades mentales, trastornos psiquiátricos, o bien
patologías psicológicas. A veces éstos se deben a problemas
genéticos, congénitos. O bien a problemas de desequilibrio
bioquímico u otra anomalía cerebral o del sistema nervioso
central. También a conflictos o traumas emocionales. Nadie
está libre. Los cristianos no estamos libres de enfermedades o
desórdenes de la mente. Recurrir a los especialistas
–psicólogos y médicos psiquiatras— no es falta de fe. Recurrir
a los medios que Dios nos ha permitido desarrollar, hacer lo que
está humanamente a nuestro alcance, y hacerlo con fe en Dios, es
hacer su voluntad.
Los hombres de la región no se
alegraron por la sanidad del enfermo. Se disgustaron por la
pérdida económica de los cerdos (5:15-17). Por eso le pidieron
a Jesús que se fuera. Los demonios no querían ser expulsados de
la región (5:10), pero ahora ellos instan a los residentes a
expulsar a Jesús de sus contornos (5:17). ¿Puede ser bueno
tener un aparente progreso material pero sin valores? A veces
la pérdida material puede significar liberación espiritual.
¿Cómo podemos ser tan cortos de vista que no podamos ver más
allá de las apariencias materiales? ¿Por qué preferimos las
tinieblas de la caverna y contemplar sombras en lugar de romper
las cadenas para salir a la luz de la verdad, como enseñaba
Platón? ¿Cómo podemos ser tan “duros de corazón”, como decía
Jesús?
El hombre liberado de los demonios
ahora está vestido y en su juicio cabal. Quiere estar con
Jesús, pero el Señor lo envía a testificar (5:19-20). La
presencia de Jesús va con él, por eso su testimonio en Decápolis
es bien recibido. Como dice el proverbio judío, “Quien salva a
un hombre ha salvado al mundo”.
(3)
LA HIJA DE JAIRO Y LA MUJER CON HEMORRAGIA
(Marcos 5:21-43)
Un judío importante también se
arrodilla delante de Jesús. Es Jairo, quien se acerca al Señor
en medio de la “gran multitud” (5:21) y le ruega que vaya a su
casa para sanar a su hija que está agonizando. Jesús siente el
dolor de una persona en medio de la muchedumbre y responde al
pedido hecho con fe. Mientras va con Jairo, en medio del gentío
que lo apretuja, Jesús siente el dolor de otra persona.
Una mujer que sufre de hemorragias por doce años
se ha acercado a Jesús por detrás. ¿Por qué? Porque ella no es
“importante”. Y es mujer; los judíos en esos tiempos
postergaban a las mujeres. Además, está “inmunda”, porque la
sangre contamina, de acuerdo a la Ley ritual judía. Y su
enfermedad crónica no tiene preferencia frente a la enfermedad
aguda y grave de una niña de doce años. Por todo esto no se
atreve a hablar con Jesús, y no quiere tocarlo, sino tan sólo su
manto. Hoy diríamos que la fe de esta mujer es
supersticiosa. Porque no hay poder en las vestiduras.
Jesús no lo consideró así: “Tu fe te ha hecho salva –le
dijo— ve en paz y queda sana de tu sufrimiento” (5:34).
Hoy tratamos de “clasificar” la fe: Fe verdadera
y fe falsa, fe pagana y fe cristiana, fe católica y fe
protestante, fe genuina y superstición ignorante, fe bíblica y
tradición apóstata. Podemos tener razón desde el punto de vista
de la ortodoxia. Pero cuando una persona afligida tiene la
fe que puede, la que le alcanza, Jesús no regatea ni hace
teología. La mujer es sanada y, como el ex endemoniado,
ahora puede hablar con Jesús. Lo hace con temor y
estremecimiento (5:33). Pero ahora una profundísima alegría la
acompaña. Otra piltrafa humana –que así se sentía ella— ha sido
redimida.
Pero el final feliz para esta mujer contrasta
con el dolor de Jairo. Le comunican que su hija acaba de
morir. “¿Para qué molestas más al maestro?” (5:35). Lo que
para algunos es una molestia, para Jesús no lo es. A Jesús
no le molestan nuestros pedidos, no le molestan los niños, no le
molestan los pecadores, no le molestan nuestras miserias, no lo
enoja nuestra fe simple. A Jesús lo entristece nuestra
condición, nuestros sufrimientos, nuestra dureza de corazón.
Jesús va a casa de Jairo y resucita a su hija, tomando su mano,
a pesar de que tocar un cuerpo muerto produce contaminación
ceremonial por una semana (Números 19:11).
Jesús nos sorprende una y otra vez. No actúa
como lo haríamos nosotros. Rompe nuestros esquemas
tradicionales y desafía nuestros escrúpulos. Acepta el toque de
una mujer de fe simple y se detiene a atender un caso crónico,
en lugar de apresurarse a sanar un caso agudo. Levanta a una
niña muerta, tomándola de la mano (5:41), cuando en otro caso
puede sanar a un moribundo a distancia (Juan 4:49-53). Prohíbe
a los familiares de Jairo que divulguen el milagro, en cambio al
hombre liberado de los demonios le ordena que lo publique. ¿Lo
podemos entender? A Dios no hay que entenderlo siempre, pero
podemos amarlo, y debemos hacer lo que nos dice. Necesitamos
desechar muchas de nuestras tradiciones y rígidos esquemas
mentales para hacer su voluntad.
Jesús toca a los leprosos, come con los
publicanos, envía al Paraíso a un ladrón arrepentido a última
hora. ¿Qué Dios es este? Dice que las prostitutas y los
ladrones guían a los sacerdotes y a los dirigentes al reino de
los cielos (Mateo 21:31).
Un pastor protestante escuchó una noche en un
café a una mujer desconocida. Era una prostituta que le contaba
a una colega que ese día había sido su cumpleaños. No lo había
celebrado y se había sentido solitaria, como desde su niñez.
Nunca había tenido una fiesta de cumpleaños. Cuando el
religioso supo que la mujer iba allí todas las noches, decidió
darle una sorpresa, y le pagó al dueño del café para que
adornara el salón e hiciera una torta y una celebración para la
mujer, la noche siguiente. “¿A qué iglesia pertenece usted,
pastor?”, le preguntó el hombre. El pastor respondió: “A la
Iglesia que Hace Fiestas para las Prostitutas”. El hombre dijo:
“Esa iglesia no existe, pero si existiera, yo me haría miembro
de ella” . . .
¿A qué iglesia perteneces tú? Este pastor captó
el mensaje del Evangelio de Marcos, en particular el tema de
esta semana. ¿Cuál es éste? Que Jesús vino en busca de los más
necesitados, de los más débiles, de los más despreciados,
criticados y marginados. Que estas personas no son
necesariamente perversas, sino que muchas de ellas han tenido
carencias afectivas u otras desventajas que los han empujado a
buscar una salida desesperada. Que por esta razón necesitan
nuestro afecto, nuestra contención, nuestro apoyo, nuestro
acompañamiento, nuestra cercanía, aunque en los primeros
contactos reaccionen con rebeldía y hasta de manera antisocial.
En fin, que la iglesia no está en el mundo para dar testimonio
de que hay un grupo de hombres perfectos que se separan de los
demás debido a su santidad, sino para dar testimonio de un Dios
que ama a los pecadores y está dispuesto a mezclarse con ellos,
es más, ser semejante a ellos, sin perder su santidad, para
contagiar de misericordia (ablandar los corazones) a quienes
están cerca de él.
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