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En Galilea:“Parábolas y Milagros”

Lección 4

Para el 23 de Abril del 2005


 

         

Jesús está enseñando junto al mar de Galilea (Mar. 4:1).  Habla en parábolas.  Marcos dice que es para que la gente pueda entender: “Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír, y sin parábolas no les hablaba” (Mar. 4:33-34).  Jesús se adapta a su audiencia, y no les dice ni más ni menos de lo que pueden comprender.

 

Jesús realiza también algunos milagros: calma la tempestad en el Mar de Galilea, sana a un endemoniado de Decápolis (Mar. 5:19-20) “al otro lado del mar, [en] la región de los gadarenos” (5:1), y a dos mujeres, estando otra vez en “la otra orilla” (5:21).  Los relatos de estos milagros tienen un propósito que vamos a analizar después de comentar algunos aspectos de las parábolas del capítulo 4 de Marcos.

 

(1)

 

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

 

La parábola del sembrador presenta cuatro clases de suelos y un mismo tipo de semilla.  El sembrador siembra en todos los suelos, pero la suerte de la semilla varía según los terrenos en que cae.  “El que tiene oídos para oír –dijo Jesús— oiga” (Mar. 4:9).  Los discípulos le preguntaron aparte qué quiso decir con esta historia.  Nosotros también queremos saber, aunque el Señor nos reproche por nuestra falta de entendimiento (4:13).

 

La parábola ilustra la naturaleza del “Reino de Dios” (4:11).  La semilla es “la palabra” y el sembrador es “el que siembra” (4:14).  El que siembra es cualquier persona que proclama el evangelio.  La “buena noticia” debe ser compartida con todas las personas, cualquiera sea su condición.  No sólo la “buena tierra” debe ser el blanco de nuestra predicación.

 

¿Quién es capaz de saber, sin equivocarse, cuál será buena tierra?  ¿Quién es “buena tierra” hasta tal punto que nunca sea atacado por Satanás para arrebatar la fe de su corazón?  ¿Hay alguien que nunca haya tenido momentos de duda, o de desánimo?  ¿O quién no ha tenido tribulaciones en algún momento, o miedo ante algún tipo de persecución?  ¿No hay altibajos en nuestra vida?  ¿No es una realidad humana tropezar, por muy firmes y gozosos que hayamos sido en otro momento?  ¿Estamos libres de ser abrumados por los afanes de esta vida?  ¿Dejamos de ser cristianos quienes sufrimos de estrés por causa de una agenda de trabajo sobrecargada, o por otras situaciones difíciles de la vida?  ¿No hay diversos afanes –además de conseguir dinero: terminar una carrera, conseguir un trabajo, o un ascenso, construir una casa o ampliar la que tenemos, alcanzar una meta de ventas, o un blanco de bautismos, etcétera— que pueden consumir nuestras fuerzas espirituales y distraernos del verdadero objetivo de la vida en el reino de Dios?  ¿Y qué creemos que pasa si nuestra “producción” no es del 100 por 1, y ni siquiera del 30 por 1, sino inferior?  ¿Nos ama menos el Señor, o nos cierra la puerta de la salvación por esta causa?  Si así fuera, la salvación no sería la “buena noticia” de la gracia. . . .

 

Hay una vínculo entre las parábolas de Marcos 4 y los milagros que registra el capítulo 5.  La semilla que Dios quiere que plantemos en los corazones (comenzando por el nuestro) es el mensaje de que Dios tiene poder para expulsar nuestros demonios o limpiarnos de malezas y espinos, para sanar nuestras hemorragias o sacar nuestros pedregales, para resucitarnos de entre los muertos o sacarnos del camino donde podemos ser pisoteados.

 

Creo que algo importante que nos enseña la parábola del sembrador es que todos podemos pasar por momentos y circunstancias de la vida en que la Palabra de Dios es ahogada, o pierde su efectividad en nosotros.  Esta parábola contiene una voz de advertencia: nos conviene “recibir” la palabra (4:20), es decir, aceptarla con gozo, en todo momento, si queremos tener una existencia fructífera.  Pero también hay un mensaje de ánimo: “Cuando un hombre echa semilla en la tierra, . . . la semilla brota y crece sin que él sepa cómo” (4:26-27).  ¡La obra no es nuestra sino de Dios!  Es Dios quien puede hacer crecer la semilla de su reino en nosotros; es el Espíritu Santo el que nos hace dar frutos abundantes.  Nosotros sólo debemos levantar la vista en las tribulaciones, y poner el reino de Dios en lo más alto de nuestra escala de valores.

 

Otra cosa importante que nos enseña la parábola es que la razón por la que tenemos problemas no es sólo porque hemos sido desobedientes a la Palabra.  Muchas de nuestras tribulaciones son culpa del enemigo de nuestras almas, como dice Jesús: “Viene Satanás y quita la palabra que se sembró en [nuestros] corazones” (4:15).  ¿De qué manera la quita?  Mediante “accidentes” que nos hacen preguntarnos: ¿Por qué me pasó a mí?  ¿Qué querrá decirme Dios con esto?  ¿En qué estaré fallando?  Temprano o tarde en la vida las cosas nos pasan a nosotros, nadie está libre.  Dios no nos habla causándonos accidentes, ese no es su lenguaje.  Los accidentes automovilísticos, los incendios, las enfermedades, la pérdida de una propiedad, la pérdida del trabajo, los problemas de nuestros hijos que nos quitan el sueño, las infidelidades y las traiciones, las persecuciones, las injusticias, las calumnias, no son el lenguaje de Dios. 

 

Es posible que no estemos fallando cuando algo de esto nos pasa; tal vez es todo lo contrario, como nos lo enseña el caso de Job.  De manera que en vez de preguntarnos, ¿qué querrá decirme el Señor?, deberíamos preguntarnos: ¿Conseguirá Satanás arrebatar la Palabra de mi corazón?  ¿Se lo voy a permitir?  ¿O más bien me aferraré de la túnica de Jesús?

 

(2)

 

JESÚS CALMA LA TEMPESTAD

(Mar. 4:35-41)

 

            Las tempestades en el mar causan miedo.  Todavía lo siento al recordar un cruce del Estrecho de Magallanes en medio de una tormenta con viento hace veinticinco años.  Tener miedo no es anormal, ni es indicio de que no somos cristianos.  El miedo es una de nuestras emociones básicas, y es una reacción psico-física que nos ayuda a enfrentar las amenazas de peligro . . . aunque a veces nos puede paralizar.  Sócrates decía que tener miedo no es señal de cobardía; los valientes también sienten miedo, pero lo enfrentan.  Jesús no les dijo a sus discípulos que no tuvieran miedo, sino que les preguntó por qué lo tenían (Mar. 4:40). 

 

            Hacemos bien cuando a nuestros hijos pequeños no les decimos que no le tengan miedo a la oscuridad –o a cualquier otra cosa que sientan como amenaza— sino que les preguntamos por qué lo tienen, y nos levantamos de nuestro sueño, y los acompañamos, y calmamos sus tempestades.

 

            Si los discípulos no hubieran despertado a Jesús, ¿habrían perecido en el naufragio?  ¿Habría muerto Jesús con ellos en el mar?  No lo creo.  Pienso que habrían llegado salvos a tierra.  ¿Por qué, entonces, calmó los vientos?  Marcos nos dice que de esa manera fomentó el temor reverente y la fe de sus discípulos (4:40-41).  “¿Quién es este?” es una pregunta que los estaba llevando a la conclusión de que Jesús era el Mesías.

 

            Los discípulos deben haber llegado a la conclusión de que la presencia de Jesús en nuestra embarcación no garantiza que no habrá tormentas.  Creo que esa conclusión es válida y verdadera.  Pero también es verdad que la presencia de Jesús en nuestra vida trae bonanza después de la tormenta.

 

            Como lo enseña la parábola del sembrador, las tormentas no vienen porque Dios quiera decirnos algo.  Simplemente, las tormentas ocurren en este mundo, y afectan incluso a los cristianos.  Es una buena decisión recurrir a Jesús cuando ello ocurre, así Satanás no puede arrebatarnos la Palabra del corazón.

 

(3)

 

EL ENDEMONIADO GADARENO

 

            Un endemoniado viene a arrodillarse delante de Jesús.  Un hombre convertido en una piltrafa humana por causa de Satanás, que busca a Jesús en medio de su angustia y de su desesperanza.  Un hombre que quiere rogar a Jesús que lo limpie y le permita estar con él (Mar. 5:18), pero sólo puede proferir voces de rechazo y rebelión.  ¡Cuántas veces la rebeldía y la actitud “cerrada” son un velado llamado de auxilio!

 

            Como siempre en estos casos, Jesús no condena, no reprocha, no sermonea, no ofrece discursos moralizadores.  Jesús actúa.  Da órdenes a los demonios para que dejen libre a este hombre.

 

            Hay posesiones demoníacas que son fenómenos sobrenaturales, pero muchas de ellas son consideradas hoy como enfermedades mentales, trastornos psiquiátricos, o bien patologías psicológicas.  A veces éstos se deben a problemas genéticos, congénitos.  O bien a problemas de desequilibrio bioquímico u otra anomalía cerebral o del sistema nervioso central.  También a conflictos o traumas emocionales.  Nadie está libre.  Los cristianos no estamos libres de enfermedades o desórdenes de la mente.  Recurrir a los especialistas –psicólogos y médicos psiquiatras— no es falta de fe.  Recurrir a los medios que Dios nos ha permitido desarrollar, hacer lo que está humanamente a nuestro alcance, y hacerlo con fe en Dios, es hacer su voluntad.

 

            Los hombres de la región no se alegraron por la sanidad del enfermo.  Se disgustaron por la pérdida económica de los cerdos (5:15-17).  Por eso le pidieron a Jesús que se fuera.  Los demonios no querían ser expulsados de la región (5:10), pero ahora ellos instan a los residentes a expulsar a Jesús de sus contornos (5:17).  ¿Puede ser bueno tener un aparente progreso material pero sin valores?  A veces la pérdida material puede significar liberación espiritual.  ¿Cómo podemos ser tan cortos de vista que no podamos ver más allá de las apariencias materiales?  ¿Por qué preferimos las tinieblas de la caverna y contemplar sombras en lugar de romper las cadenas para salir a la luz de la verdad, como enseñaba Platón?  ¿Cómo podemos ser tan “duros de corazón”, como decía Jesús?

 

            El hombre liberado de los demonios ahora está vestido y en su juicio cabal.  Quiere estar con Jesús, pero el Señor lo envía a testificar (5:19-20).  La presencia de Jesús va con él, por eso su testimonio en Decápolis es bien recibido.  Como dice el proverbio judío, “Quien salva a un hombre ha salvado al mundo”.

 

(3)

 

LA HIJA DE JAIRO Y LA MUJER CON HEMORRAGIA

(Marcos 5:21-43)

 

            Un judío importante también se arrodilla delante de Jesús.  Es Jairo, quien se acerca al Señor en medio de la “gran multitud” (5:21) y le ruega que vaya a su casa para sanar a su hija que está agonizando.  Jesús siente el dolor de una persona en medio de la muchedumbre y responde al pedido hecho con fe.  Mientras va con Jairo, en medio del gentío que lo apretuja, Jesús siente el dolor de otra persona. 

 

Una mujer que sufre de hemorragias por doce años se ha acercado a Jesús por detrás.  ¿Por qué?  Porque ella no es “importante”.  Y es mujer; los judíos en esos tiempos postergaban a las mujeres.  Además, está “inmunda”, porque la sangre contamina, de acuerdo a la Ley ritual judía.  Y su enfermedad crónica no tiene preferencia frente a la enfermedad aguda y grave de una niña de doce años.  Por todo esto no se atreve a hablar con Jesús, y no quiere tocarlo, sino tan sólo su manto.  Hoy diríamos que la fe de esta mujer es supersticiosa.  Porque no hay poder en las vestiduras.   Jesús no lo consideró así: Tu fe te ha hecho salva –le dijo— ve en paz y queda sana de tu sufrimiento” (5:34).

 

Hoy tratamos de “clasificar” la fe: Fe verdadera y fe falsa, fe pagana y fe cristiana, fe católica y fe protestante, fe genuina y superstición ignorante, fe bíblica y tradición apóstata.  Podemos tener razón desde el punto de vista de la ortodoxia.  Pero cuando una persona afligida tiene la fe que puede, la que le alcanza, Jesús no regatea ni hace teología.  La mujer es sanada y, como el ex endemoniado, ahora puede hablar con Jesús.  Lo hace con temor y estremecimiento (5:33).  Pero ahora una profundísima alegría la acompaña.  Otra piltrafa humana –que así se sentía ella— ha sido redimida.

 

Pero el final feliz para esta mujer contrasta con el dolor de Jairo.  Le comunican que su hija acaba de morir.  “¿Para qué molestas más al maestro?” (5:35).  Lo que para algunos es una molestia, para Jesús no lo es.  A Jesús no le molestan nuestros pedidos, no le molestan los niños, no le molestan los pecadores, no le molestan nuestras miserias, no lo enoja nuestra fe simple.  A Jesús lo entristece nuestra condición, nuestros sufrimientos, nuestra dureza de corazón.  Jesús va a casa de Jairo y resucita a su hija, tomando su mano, a pesar de que tocar un cuerpo muerto produce contaminación ceremonial por una semana (Números 19:11).

 

Jesús nos sorprende una y otra vez.  No actúa como lo haríamos nosotros.  Rompe nuestros esquemas tradicionales y desafía nuestros escrúpulos.  Acepta el toque de una mujer de fe simple y se detiene a atender un caso crónico, en lugar de apresurarse a sanar un caso agudo.  Levanta a una niña muerta, tomándola de la mano (5:41), cuando en otro caso puede sanar a un moribundo a distancia (Juan 4:49-53).  Prohíbe a los familiares de Jairo que divulguen el milagro, en cambio al hombre liberado de los demonios le ordena que lo publique.  ¿Lo podemos entender?  A Dios no hay que entenderlo siempre, pero podemos amarlo, y debemos hacer lo que nos dice.  Necesitamos desechar muchas de nuestras tradiciones y rígidos esquemas mentales para hacer su voluntad.

 

Jesús toca a los leprosos, come con los publicanos, envía al Paraíso a un ladrón arrepentido a última hora.  ¿Qué Dios es este?  Dice que las prostitutas y los ladrones guían a los sacerdotes y a los dirigentes al reino de los cielos (Mateo 21:31).

 

Un pastor protestante escuchó una noche en un café a una mujer desconocida.  Era una prostituta que le contaba a una colega que ese día había sido su cumpleaños.  No lo había celebrado y se había sentido solitaria, como desde su niñez.  Nunca había tenido una fiesta de cumpleaños.  Cuando el religioso supo que la mujer iba allí todas las noches, decidió darle una sorpresa, y le pagó al dueño del café para que adornara el salón e hiciera una torta y una celebración para la mujer, la noche siguiente.  “¿A qué iglesia pertenece usted, pastor?”, le preguntó el hombre.  El pastor respondió: “A la Iglesia que Hace Fiestas para las Prostitutas”.  El hombre dijo: “Esa iglesia no existe, pero si existiera, yo me haría miembro de ella” . . .

 

¿A qué iglesia perteneces tú?  Este pastor captó el mensaje del Evangelio de Marcos, en particular el tema de esta semana.  ¿Cuál es éste?  Que Jesús vino en busca de los más necesitados, de los más débiles, de los más despreciados, criticados y marginados.  Que estas personas no son necesariamente perversas, sino que muchas de ellas han tenido carencias afectivas u otras desventajas que los han empujado a buscar una salida desesperada.  Que por esta razón necesitan nuestro afecto, nuestra contención, nuestro apoyo, nuestro acompañamiento, nuestra cercanía, aunque en los primeros contactos reaccionen con rebeldía y hasta de manera antisocial.  En fin, que la iglesia no está en el mundo para dar testimonio de que hay un grupo de hombres perfectos que se separan de los demás debido a su santidad, sino para dar testimonio de un Dios que ama a los pecadores y está dispuesto a mezclarse con ellos, es más, ser semejante a ellos, sin perder su santidad, para contagiar de misericordia (ablandar los corazones) a quienes están cerca de él.

 

 

 

Dr. Carlos Enrique Espinosa Cifuentes, Ph.D.

carlosenriqueespinosa@yahoo.com.ar

www.enriqueespinosa.com
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Decano de Teología, Universidad Adventista de Chile (1994-1996)
Decano de Posgrado de Teología, U. Adventista del Plata, Argentina (1998-2001)
Decano de Teología, Adventist International Institute of Advanced Studies, AIIAS, Filipinas, (2002)
Profesor de Ciencias Sagradas, Instituto Superior “Populorum Progressio”, Argentina (2003)
Profesor Adjunto de Filosofía del Lenguaje, Universidad Nacional de Jujuy, Argentina (2003).

Profesor de Teología, Seminario Teológico Latinoamericano
Profesor de Filosofía, Seminario Mayor “Pbro. Pedro Ortiz de Zárate”, Argentina
Profesor de Lógica y Pensamiento Critico (E.M.D.E.I.)


 

El Doctor Carlos Enrique Espinosa, Ph. D., nos ha autorizado a publicar en nuestro

Centro de Escuela Sabática de Ministerios PM, sus comentarios

 

Nota Aclaratoria: A pesar de que el doctor Espinosa ya no es un pastor activo de la iglesia adventista, sus pensamientos y estudios teológicos expresados en Ministerios PM, a través de sus análisis de la lección de la escuela sabática, se ajusta a los principios teológicos expresados por nuestros pioneros adventistas y de la iglesia actual.  El doctor Espinosa sigue siendo un catedrático de filosofía y teología en la actualidad y miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, al cual el llama "Mi iglesia".  Si desea saber mas detalles acerca de la vida del doctor Espinosa, por favor diríjase personalmente a su e-mail arriba dado.  Las ideas expresadas por el doctor Espinosa no representan necesariamente el pensamiento de la junta de directores de Ministerios PM.  Ministerios PM se reserva el derecho de publicación.

 

 

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