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El
pasaje de estudio de esta semana corresponde a Marcos 2:23 a
3:6. En este pasaje aparecen dos sucesos protagonizados por
Jesús y sus discípulos en días sábado: el recoger espigas al
pasar por “los sembrados”, y la curación de un hombre que tenía
“una mano seca”.
Los conceptos que se destacan al leer estos
relatos son el “legalismo” y la “dureza de corazón”. Los
fariseos encarnan al legalismo. Pero la dureza de corazón no
era una característica sólo de los fariseos (3:5) sino también
de los discípulos de Jesús (8:17, cf. 16:14).
(1) EL LEGALISMO
¿Qué es el legalismo? Se han dado varias
definiciones; una de ellas dice que es la creencia en que
podemos salvarnos por medio de la obediencia a la Ley de Dios, y
no por la gracia de Dios que se acepta por la fe. Toda religión
que pone mucho énfasis en la obediencia a la Ley corre el riesgo
de tornarse legalista. La religión legalista se preocupa más
por la Ley que por Dios mismo. Por escuchar a la Ley se olvida
de escuchar a Dios. La religión legalista no nos enseña a
preocuparnos por las necesidades –materiales, espirituales y
emocionales— de las personas. Las personas pasan a un segundo o
tercer plano, a no ser que los legalistas se fijen en ellas para
criticarlas. El legalismo produce personas arrogantes,
orgullosas de su supuesta santidad, que se sienten superiores a
los demás y cultivan un espíritu sectario.
Los hechos relatados en el pasaje bíblico
estudiado esta semana quieren hacernos reflexionar sobre la
necesidad de desterrar el legalismo de nuestras vidas. Jesús
era abiertamente contrario al legalismo, por eso escogió
realizar estas acciones en día sábado, y lo entristecía nuestra
dureza de corazón.
(2) DUREZA DE CORAZÓN
Algunos comentadores creen que el legalismo
conduce a la dureza de corazón. Pregunto: ¿No será que a veces
ocurre todo lo contrario? Creo que la dureza de corazón conduce
al legalismo. Al menos en algunos casos, el legalismo puede ser
un recurso mediante el cual tratamos de compensar nuestra
pobreza espiritual y dureza de corazón; creemos que siendo
estrictos en la observancia de la letra de la Ley podemos
conseguir la aprobación divina.
¿Qué significa ser “duro de corazón”? En el
caso de Marcos 3:1-6, los que tienen el corazón duro no
tienen consideración por los sufrimientos de un hombre
lisiado. De acuerdo con la pregunta que Jesús les hace (3:4),
los que tienen el corazón duro piensan en hacer el mal, en
quitar la vida a Jesús. Por eso “lo acechaban . . . a fin de
poder acusarle” (3:2). Esa es una actitud típica de los
legalistas, de los duros de corazón: se fijan demasiado en las
supuestas faltas de los demás a fin de poder condenarlos.
Sienten satisfacción en aplicar disciplina a los que yerran a
fin de “dar testimonio” de su fe. Creen que la misión de la
iglesia es condenar a los pecadores, por eso su predicación es
destructiva y no restauradora.
Dice Elena de White: “Tenemos nuestra obra que
hacer, la cual no ha de derribar, sino edificar. . . .
Existe el peligro de que nuestros pastores hablen demasiado
contra los católicos” (Carta 39, 1887, en: El
evangelismo, 418). Elena de White creía que la misión de la
iglesia adventista no es hablar contra los demás sino
“presentar la verdad con su fuerza y con su poder, y permitir
que ella corte y se abra camino a través del prejuicio, y revele
el error en contraste con la verdad” (Ibíd.). Y el
error, según la señora White, no estaba sólo afuera de la
iglesia adventista sino también dentro de ella; por eso escribió
innumerables cartas y artículos cuyo objetivo no era “el mundo”
sino su propia “iglesia”, en la forma de agudas autocríticas que
denunciaban la corrupción de los dirigentes –lo cual le costó su
“destierro” a Australia— y la tibieza espiritual y mundanalidad
del “pueblo remanente” en general.
Los legalistas, los duros de corazón, no
predican el evangelio. No se interesan en el bienestar
de los demás, no contribuyen a mejorar el mundo. Por el
contrario, desprecian al “mundo” que Dios tanto ama. Ellos
acechan para poder acusar, y “toman consejo” para poder matar
(3:6). Y todo ello con la pretensión farisaica de que,
supuestamente, están defendiendo la Ley y la verdad, las
tradiciones y las normas institucionales.
En el pasaje de Marcos 8:14-21, la dureza de
corazón adquiere otra forma: es una característica de los
discípulos, quienes no pueden entender ni comprender
(8:17). Cuando nuestro corazón está endurecido y lleno de
confianza propia, somos incapaces de aceptar la verdad, por
más argumentos y razones que se nos ofrezcan. No somos
capaces de ver la verdad de los hechos; no entendemos ni
comprendemos. Creemos que los sermones les vienen bien a los
demás pero no a nosotros mismos.
En este pasaje, así como en Marcos 16:14, la
dureza de corazón de los discípulos los torna incrédulos. ¡Esto
es asombroso e increíble! ¡Son discípulos de Jesús pero no
entienden ni le creen al Maestro! En este caso, la dureza de
corazón consiste en no escuchar al Maestro, ni estar dispuestos
a hacer lo que él dice. Me hace recordar a un querido
administrador de la iglesia que me dijo una vez: “La Biblia y la
hermana White dirán otra cosa, pero aquí vamos a hacer lo que
hemos votado”. Cuando uno está empecinado en hacer su propia
voluntad, no escucha razones ni argumentos, aunque vengan del
mismo Cristo.
(3) EL CRISTO SUBVERSIVO
Jesús de Nazaret era un subversivo
para los fariseos, los legalistas y los tradicionalistas de su
tiempo. La Ley decía que un enfermo crónico no debía ser curado
en día sábado, y Jesús escogió el sábado para sanar al hombre
que tenía “ una mano seca”. La Ley prohibía comer los panes de
la proposición, excepto a los sacerdotes, pero Jesús justificó a
David y a los que estaban con él cuando comieron de esos panes
movidos por el hambre (Mar. 2:25-26, cf. 1 Sam. 21:1-6). Jesús
pudo haber evitado arrancar espigas en sábado, o al menos
haberlo hecho en privado para no “escandalizar” a los de
“conciencia flaca”, pero lo hizo notorio ¡e inspiró a los
evangelistas para que lo dejaran registrado para la posteridad!
Los legalistas estaban preocupados
por que se cumpliera la Ley. Les preocupaba lo que era “lícito”
(Mar. 2:24, Mar. 3:4). Este es un acento importante de la
lección de esta semana: Nuestra preocupación por lo que es
“lícito” puede llevarnos a desestimar la enseñanza de Jesús. La
Ley puede transformarse en un obstáculo para escuchar y recibir
a Cristo.
¿Quiere decir que Cristo y la Ley
están en oposición? ¡De ninguna manera! La oposición era entre
Cristo y los legalistas. Los legalistas entienden mal la Ley,
creen que ella es un fin en sí misma. No se dan cuenta, por
ejemplo, de que “el sábado fue hecho por causa del hombre, y
no el hombre por causa del sábado” (Mar. 2:27). La Ley fue
dada por Dios para beneficiar a los seres humanos. El descanso
semanal es una bendición; recibir alimento y salud también lo
es. Y Jesús es el Legislador que nos enseña cómo hacer para que
estas leyes no entren en colisión.
En el desierto del Sinaí, Dios dio alimento –el
maná— y descanso sabático a su pueblo. A fin de no privarlos
del descanso sabático les daba doble porción de maná el
viernes (Éxodo 16). La “Declaración Universal de los Derechos
Humanos” dice en el artículo 24: “Toda persona tiene derecho al
descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación
razonable de la duración del trabajo”. Cuando Cristo y sus
discípulos arrancaban espigas “al pasar por los sembrados un día
sábado” (Mar. 2:23), no se estaban privando del descanso
sabático, y estaban satisfaciendo su hambre. Obviamente Jesús
pudo satisfacer el hambre de sus discípulos de otra manera ese
sábado –haciendo un milagro, por ejemplo— pero decidió arrancar
espigas, y restregarlas con las manos (según Lucas), con lo cual
enfrentaría la crítica de los fariseos . . . y las preguntas de
sus discípulos. La respuesta de Jesús no se aplica sólo a la
observancia del sábado sino a todos los mandamientos: el
principio que debe orientarnos para discernir el “espíritu de la
Ley” es el bienestar del ser humano.
Ningún legalista puede leer esta conclusión sin
ponerse nervioso. Porque para él, el bienestar del ser humano
no es lo más importante sino “la letra de la Ley”. El legalista
teme que la Ley sea relativizada por este criterio humanista.
(Los legalistas son absolutistas, lo cual tiene connotaciones
dictatoriales. El Evangelio nos muestra que Jesús estaba muy
lejos de ser absolutista y dictatorial). Es más, los legalistas
temen que si nos preocupamos por el bienestar del ser humano
–que es un “pecador”— como criterio final de la observancia de
la Ley, Dios sea relegado a un segundo plano. No logran
entender que la “felicidad” de Dios está en ver a sus hijos –que
son “pecadores”— felices y gozando de bienestar. La mejor
manera de honrar a Dios en este mundo es amando a las personas,
especialmente a los que yerran. La mejor manera de honrar a
Dios es “ablandando” nuestros corazones para respetar los
derechos humanos. Dice Elena de White: “Toda religión falsa
enseña a sus adeptos a descuidar las necesidades, sufrimientos y
derechos de los hombres. El evangelio concede alto valor
a la humanidad como adquisición hecha por la sangre de Cristo” (El
Deseado de todas las gentes, p. 253).
Si hay algo importante que aprender de la
lección de esta semana, es el valor que Dios nos da a los seres
humanos, a pesar de nuestro pecado. . . . Y lo relativa que
puede ser la aplicación de la Ley cuando la aplica alguien tan
sabio como Jesucristo. ¿Aprenderemos de él?
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