|
En los capítulos anteriores del
Evangelio según Marcos se ha destacado el tema de la dureza de
corazón y falta de entendimiento de los discípulos. El
esfuerzo de Jesús como Maestro está dirigido a deshacer los
esquemas mentales de sus discípulos y su
prejuiciado modo de pensar.
La culpa no es exclusiva de ellos sino de la cultura
religiosa y teológica en la que vivían, que producía
falsas interpretaciones de la Palabra y una lectura
errada de los acontecimientos históricos.
Ese fenómeno está
presente en todos los tiempos, incluidos los nuestros, porque
siempre el ser humano mira la realidad desde dentro del contexto
cultural en el que ha sido formada su forma de pensar. Cuando
surgen personas que intentan cambios en este terreno, la mayoría
se vuelve contra ellos, como le sucedió a Sócrates en la Atenas
del siglo V a.C., o a los profetas hebreos del Antiguo
Testamento, y al mismo Jesucristo.
Como decía Platón,
cuando un hombre rompe las cadenas de la rutina habitual y sale
a la luz de la realidad, le es casi imposible convencer a sus
camaradas de que hay que salir de las tinieblas; estos últimos
lo considerarán un loco y hasta atentarán contra su vida.
Jesucristo les había
dicho a sus discípulos que en pocos días sería muerto en
Jerusalén, pero ellos no habían registrado esta información.
Seguían pensando en qué cargo ocuparían en el reino mesiánico de
Jesús. Y ahora, sus sueños de grandeza se veían alimentados por
la hermosura arquitectónica del Templo de Jerusalén: “Maestro,
mira qué piedras, y qué edificios” (Mar. 13:1).
La respuesta de Jesús
fue tan desconcertante como su anuncio de que sería muerto en
Jerusalén: “No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada”
(13:2). El futuro predicho por Jesús no podía parecer más
catastrófico. ¿Dónde quedaban todas las profecías del Antiguo
Testamento que anunciaban la gloria del Mesías, de su pueblo y
de la Santa Ciudad?
El estudio de esta semana debería
convencernos de la naturaleza de las profecías bíblicas. Ellas
no son una lectura anticipada de los hechos de la historia, como
a la mayoría de nosotros se nos ha enseñado en nuestra cultura
religiosa y teológica. Cuando Jesús dijo, “No pasará
esta
generación hasta que
todo esto
acontezca” (13:30), estaba queriendo decir lo que
dijo. “Esta generación” era
esa
generación, y “todo esto” era todo lo que dijo entre los
versículos 5 y 29, incluido el texto: “Entonces verán al Hijo
del hombre que vendrá en las nubes” (13:26).
El hecho que Jesús no
vino por segunda vez al mundo nos ha hecho pensar que Cristo
mezclaba las cosas al responder a las preguntas de sus
discípulos. De esa manera tratamos de sostener que Cristo no
pudo haberse equivocado. ¡Pero no se trata de que una profecía
no cumplida –o postergada en su cumplimiento— signifique que el
profeta, o Cristo, se equivocó!
Hay decenas de
profecías del Antiguo Testamento que no se han cumplido, cuando
deberían haberlo hecho hace mucho. Y muchas no se cumplirán
nunca –como aquellas que señalaban el predominio mundial del
antiguo Israel. No creemos que los profetas se equivocaron al
entregar esas profecías. Cuando lo hicieron, estaban
comunicando la Palabra de Dios, y ella anunciaba el deseo de
Dios de bendecir a su pueblo lo antes posible. La dilación se
debe a factores imputables a nuestro libre albedrío, y no a una
falla de la Palabra de Dios.
A Elena de White se le mostró, en una
reunión de la iglesia, que Cristo vendría por segunda vez antes
de que murieran todos los presentes en esa reunión.
Evidentemente esa profecía no se cumplió. ¿Era falsa la
profecía, o la profetisa? La misma hermana White lo aclara:
“Los ángeles de Dios, en sus mensajes para los hombres,
representan el tiempo como muy corto. Así me ha sido siempre
presentado. Es cierto que
el tiempo se ha extendido más de lo que
esperábamos
en los primeros días de este mensaje. Nuestro Salvador no
apareció tan pronto como lo esperábamos. Pero, ¿ha fallado la
palabra del Señor? ¡Nunca! Debiera recordarse que
las promesas y amenazas de Dios son igualmente
condicionales”
(Mensajes selectos, Tomo 1, págs. 76-77; el énfasis en
negrita es mío).
En el contexto de esta explicación,
Elena de White está hablando de las promesas del
libro de Apocalipsis
en cuanto a la cercanía de la venida del Señor. El elemento en
cuestión es que “el tiempo se ha extendido más de lo que
esperábamos”. La declaración acerca de la naturaleza
condicional
de las promesas de Dios, en este contexto, debería convencernos
de que nuestra interpretación de que Apocalipsis profetiza
tiempos exactos e improrrogables es errada.
Si leemos atentamente
el capítulo 13 de Marcos, descubriremos algunas enseñanzas
importantes de Jesús que afectan a nuestra forma de interpretar
los pasajes apocalípticos –como el de Marcos 13— según nuestra
tradición cultural religiosa. Deberíamos recordar que la
palabra de Jesús siempre tiene más autoridad que nuestra
tradición.
Cuando Jesús anunció
la destrucción del Templo de Jerusalén –que habría de ocurrir en
el año 70 d.C.— sus discípulos le hicieron dos preguntas
específicas: “¿Cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá
cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?” (13:4).
“Jesús, respondiéndoles, comenzó a
decir: Mirad que nadie os engañe” (13:5). La respuesta de Jesús
a estas dos preguntas específicas de sus discípulos comienza en
el versículo 5 y llega hasta el 37. Hay dos aspectos
importantes de la respuesta de Jesús, entre otros; primero, que
muchos serían engañados (13:6); segundo, que
deberíamos velar y orar porque no sabemos cuándo
será el tiempo
(13:33,35,37).
Cuando habló de su segunda venida,
Cristo dijo: “De aquel día y hora nadie sabe, ni aún los ángeles
que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (13:32). En
otro lugar he escrito sobre el por qué
ni aún Cristo sabe cuándo será su segunda venida.
Aquí sólo señalaré que el error más serio del bautista William
Miller, que dio origen al movimiento adventista, es haber creído
que descubrió el secreto del Padre en cuanto a la fecha de la
segunda venida de Cristo. Esta actitud de creer saber lo que ni
Cristo sabe ha sido parte de la
herencia cultural religiosa
que afecta a la mayor parte del adventismo hasta ahora. Debemos
reconocerlo.
La primera pregunta
de los discípulos, “¿cuándo serán estas cosas?”, es respondida
por Jesús con un “no sé exactamente cuándo”. En el caso
específico de la segunda venida, es el Padre quien va a
determinar cuándo será el momento oportuno. Él está en el
control de todas las cosas. A nosotros sólo nos corresponde
velar y orar.
Jesús habló de falsos
Cristos, de guerras y rumores de guerra, terremotos, hambres, y
alborotos (13:6-8,14-23), pero instó a sus discípulos a no
angustiarse, “porque es necesario que suceda así”. Pero esas
cosas no son la señal pedida por los discípulos, porque cuando
ellas ocurren “aún no es el fin”. Los discípulos querían saber
“qué señal habrá cuando estas cosas se cumplan”. Jesús,
aludiendo a la segunda venida en gloria, respondió que la señal
sería vista por todos: “Entonces verán al Hijo del hombre que
vendrá en las nubes” (13:26). “Y juntará a sus escogidos de los
cuatro vientos” (13:27).
Las expectativas de
gloria de los discípulos serán cumplidas entonces, no antes.
Sólo en esa venida sobre las nubes Cristo aparecerá “con gran
poder y gloria”. Antes de ello, habría persecuciones contra los
testigos de Cristo (13:9,11-13), y en medio de ese clima hostil
se realizaría la proclamación del evangelio a todas las naciones
(13:10).
Después de la
tribulación de aquellos días, cuando “la abominación desoladora
de que habló el profeta Daniel” produjera la destrucción del
Templo de Jerusalén, ocurrirían otros hechos portentosos y
sobrenaturales. Serían conmovidas las potencias que están en
los cielos, al momento de producirse la venida del Hijo sobre
las nubes (13:24-26).
Pasó esa generación,
la que escuchó de labios de Jesús este anuncio, y han pasado
muchas otras. Las guerras, las persecuciones, las hambres, los
terremotos, los engaños y las interpretaciones erradas de las
palabras de Cristo, han continuado y aumentado en intensidad y
frecuencia. Pero aún no es el fin. Debemos esperar, y confiar
que hay Alguien al mando.
Ante la presencia de estas cosas
catastróficas y perturbadoras en nuestro mundo actual, Cristo
dice “no os turbéis”. Le predicación del evangelio a todas las
naciones aún no se termina. Tampoco han cesado de actuar los
que siguen tratando de adivinar el calendario de Dios –ese que
él no nos ha revelado— y siguen fijando fechas, supuestamente
basadas en la autoridad de la Biblia. La última que escuché,
difundida por medios adventistas no oficiales, fue que en este
mes de mayo de 2005 se dictaba la ley dominical.
¿Es hora de dormirnos, confiados? ¡No! Jesús
dijo tres veces que deberíamos estar despiertos,
velando,
y cumpliendo nuestra misión de testificar –no acerca de las
catástrofes y engañadores, sino acerca del amor y la gracia de
Cristo, que vendrá en gloria cuando Dios quiera. Entonces
reunirá junto a él a todos los que hemos escogido esperarlo.
Unos estarán vivos y otros deberán ser resucitados (1
Tesalonicenses 4:13-18).
“Y lo que a vosotros digo, a
todos lo digo: Velad” (Marcos 13:37).
|