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Si
bien es cierto que los cuatro Evangelios presentan esencialmente
la misma historia, cada uno la cuenta de maneras diferentes a
audiencias o lectores diferentes. Los Evangelios no se
contradicen sino que más bien se complementan. Comparándolos
entre sí, uno se da cuenta de que los sucesos narrados no están
en el mismo orden; ello se debe a que su objetivo no es
presentar una crónica histórica que sea exacta desde el punto de
vista cronológico, sino una proclamación de Jesucristo desde el
punto de vista de su autor/evangelista. Los Evangelios son
homilías o prédicas acerca de Jesucristo.
El Evangelio de
Marcos se caracteriza por ser el más corto de los cuatro.
Presenta los rasgos esenciales del ministerio de Cristo de
manera sucinta y rápida, sin entregar muchos detalles. Sin
embargo, lo que dice de Jesús es muy significativo.
Lo primero que
Marcos dice acerca de Jesucristo es que él es “Hijo de Dios”
(Mar. 1:1). Esta afirmación se repite al cierre del Evangelio,
donde el centurión romano exclama: “Verdaderamente este hombre
era Hijo de Dios” (15:39). El título “Hijo de Dios”, a pesar de
lo que podamos creer hoy, no destaca el hecho que Jesús era
divino –aunque sin duda lo era— sino que él era el Mesías
esperado por los israelitas. El significado bíblico del título
“Hijo de Dios” se refiere al origen su autoridad y a su
designación como representante de Dios. Mesías significa
“ungido” y es un título equivalente a “rey”, el representante de
Dios ante su pueblo.
En el Antiguo
Testamento, “Hijo de Dios” es el título del rey que Jehová ha
ungido. Por eso, según los Evangelios sinópticos, el Padre
declara que Jesús es “mi Hijo” en el momento de su bautismo (cf.
Mar. 1:10-11). Ese es el momento del ungimiento de Jesús, es
decir –evocando los ungimientos del Antiguo Testamento— es el
momento de su entronización como el rey designado por Dios.
“Este es mi hijo amado, al cual apruebo”, equivale a decir,
“este es aquél al cual unjo como rey”. Así por ejemplo, en el
Salmo 2:7, el rey David declara: “Jehová me ha dicho: Mi hijo
eres tú, yo te he engendrado hoy”. De manera semejante, la
profecía mesiánica de Isaías describe al futuro rey de Israel,
sobre cuyos “hombros estará el principado”, como un “hijo [que]
nos es dado” (Isa. 9:6). El mismo Israel, el pueblo escogido,
es llamado hijo de Dios: “Cuando Israel era joven, yo lo amé, y
de Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 11:1).
¿Qué es lo
particular en el enfoque que Marcos nos da de Jesús? La
benevolencia del Maestro con los pecadores. Marcos presenta de
manera destacada la debilidad, incompetencia y pecaminosidad de
los discípulos de Jesús. Seguramente esto es un eco de la
propia incompetencia y cobardía de Marcos, que huyó desnudo
cuando Jesús fue capturado (14:50-52). En el Evangelio de
Marcos se insiste de manera dramática en la falta de
entendimiento de los discípulos (4:13), en su falta de fe
(4:40), en su dureza de corazón (8:17), en su mundanalidad
(8:33). Pedro es instrumento de Satanás (8:33), y “todos los
discípulos, dejando [a Jesús], huyeron” (14:50). El Señor
manifiesta su decepción de manera impaciente: “¿Hasta cuándo os
he de soportar?” (9:19). Los discípulos no son capaces de velar
con Jesús y acompañarlo en su agonía (14:37-40). A la negación
de Pedro con expresiones indignas de un ministro de Cristo
(14:68-71) sigue la incredulidad de todos los discípulos y su
dureza de corazón después de la resurrección (16:14).
¿Podría
presentarse un cuadro más negativo e indigno de imitar de
aquellos que eran los discípulos más cercanos a Cristo? Los
predicadores cristianos de todas las épocas nos han exhortado a
ser inmaculados a fin de no ser rechazados por Cristo. ¡Es que
no han escuchado a San Marcos! Él destaca el hecho asombroso de
que el Maestro que está reprochando la pecaminosidad de sus
discípulos hasta el final (16:14), no los rechaza por eso sino
que los envía como misioneros (16:15). ¡Para ser embajadores de
Cristo, nuestros fracasos y caídas no son obstáculo! ¡Tal vez
son los elementos que nos califican!
Después de unos
años, Juan Marcos (Hechos 15:37) todavía no había superado su
cobardía, o su falta de compromiso; abandonó el campo misionero
en Perge de Panfilia (Hechos 13:13). Por eso Pablo no lo quería
en su equipo evangelizador para el segundo viaje (Hech. 15:38).
El desacuerdo en torno a este punto fue tan fuerte que el equipo
misionero se dividió (15:39). Pero Bernabé fue valiente; “se la
jugó” por el desprestigiado Marcos y tal vez así rescató a un
Evangelista para que nos dejara, años después, su testimonio
inspirado en la Biblia.
¿Cómo se habrá
sentido Marcos? Creo saberlo: el que por sus debilidades pone
tropiezo a la iglesia es el que sufre más.
Marcos habrá
sido rechazado por la iglesia, pero no por Cristo. Y la gracia
de Dios permitió que hubiera un Bernabé al lado de Marcos.
Cuando Marcos
nos anuncia el “principio del evangelio de Jesucristo” (1:1), no
está hablando de teorías. Él sabe por experiencia lo que es el
“evangelio”; es la buena noticia de la gracia de Dios
manifestada en Jesucristo. Es esa gracia que acepta a los
ineptos y es capaz de transformarlos, aunque el cambio no sea
instantáneo ni inmediato.
Marcos no
aprendió el evangelio en un Seminario ni en una clase de Escuela
Sabática. Lo aprendió en la vergüenza de su desnudez y en el
dolor de sus fracasos. Para él, el evangelio no es un sólo un
mensaje, un mero texto para leer. Para él, el evangelio es la
vida de Cristo que se encuentra con nuestras vidas caídas.
Para Marcos, el
evangelio no es la enseñanza de lo que debemos hacer para ser
buenos, no es la doctrina de los Diez Mandamientos, ni la
interpretación historicista del libro de Daniel, ni la
santificación mediante el “régimen pro salud” –por muy
necesarias que sean estas doctrinas. Para Marcos, el evangelio
es la vida real, es su vida sin victorias que es aceptada por
Cristo para que dé testimonio de su paciencia, de su amor, de su
tolerancia, de su misericordia, de su perdón y de su poder
transformador.
Tal vez esos
“santos” que nunca tropezaron ni cayeron, aquellos que nunca
perdieron nada, no puedan entender el evangelio. Deben ser como
un no-vidente de nacimiento que no sabe lo que son los colores,
por más esfuerzo que hagamos por explicárselos. Marcos nos
enseña que los colores son para los que vivimos vidas grises,
para los que hemos perdido casi todo, como Job, como José, como
Moisés . . . Para los que incluso podemos haber perdido la
estima propia, o haber dudado de ella.
Somos estimados
por Jesucristo, no por nuestros méritos ni por nuestro brillo,
sino por causa del amor inexplicable (e innecesario de explicar)
que es el verdadero instrumento de evangelización.
Este es el
“principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.
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