Notas de Elena White

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Oscuridad al mediodía
 

Para el 19 de Febrero del 2005

Lección 8


 



Sábado 12 de febrero

Cristo era el Señor del cielo y de la tierra, y a pesar de ello se hizo pobre para que a través de su pobreza pudiéramos ser enriquecidos. Era semejante a Dios; no obstante se humilló a sí mismo y tomó la forma de siervo a fin de poder salvamos. Dio su vida por nuestra redención. ¿Aceptaremos el sacrificio? El unigénito Hijo de Dios fue contado entre los transgresores a fin de que los seres humanos no perecieran sino que tuvieran vida eterna. La vida eterna será la herencia de ellos si consienten en humillar sus orgullosos corazones y participar de los sufrimientos de Cristo. Él soportó pacientemente la vergüenza, la burla y el desprecio para poder salvar a cada ser humano pecador que se aferra de él con fe viviente. Mientras pendía de la cruz, dando su vida por nuestra redención, sus asesinos se burlaban, diciéndole: "A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él" (S. Mateo 27:42). Él podría haber descendido de la cruz; podría haber rehusado morir, pero estaba sufriendo para que el mundo, a través de él, pudiera ser redimido de la pretensión y autoridad de Satanás. Mediante su muerte todos los que creen en él pueden tener vida eterna (Alza tus ojos, p. 132).

Aun las dudas asaltaron al moribundo Hijo de Dios. No podía ver a través de los portales de la tumba. Ninguna esperanza resplandeciente le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni la aceptación de su sacrificio de parte de su Padre. El Hijo de Dios sintió hasta lo sumo el peso del pecado del mundo en todo su espanto. El desagrado del Padre por el pecado y la penalidad de éste, la muerte, era todo lo que podía vislumbrar a través de esas pavorosas tinieblas. Se sintió tentado a temer que el pecado fuese tan ofensivo para los ojos de Dios que no pudiese reconciliarse con su Hijo. La fiera tentación de que su propio Padre le había abandonado para siempre, le arrancó ese clamor angustioso en la cruz: "Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 226, 227).

 

Domingo 13 de febrero: "Él salvó a otros"

"Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él" (2 Corintios 5:21).
"A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar" (S. Marcos 15:31). Precisamente porque Cristo no se quiso salvar, el pecador tiene esperanza del perdón y el favor de Dios. Si al tratar de salvar al pecador Cristo hubiera fallado o se hubiera desanimado, habría concluido la última esperanza de cada hijo e hija de Adán. Toda la vida de Cristo estuvo señalada por la abnegación y el sacrificio, y la razón por la cual hay tan pocos cristianos a carta cabal se debe a que la complacencia propia ocupa el lugar de la abnegación y el sacrificio.

¡Oh, qué ansias tenía Cristo de salvar a los perdidos! El cuerpo crucificado en la cruz no claudicó de su divinidad, de su poder de salvar por medio del sacrificio humano a todos los que aceptaran su justicia. Al morir en la cruz, transfirió la culpa de la persona del transgresor a la del divino Sustituto si aquél ejercía fe en él como su Redentor personal. Los pecados de un mundo culpable, que en figura se presentan de color carmesí, fueron imputados al divino Representante...

La divinidad hacía su obra mientras la humanidad sufría el odio y la represalia de un pueblo que odiaba a Dios porque Cristo se había presentado como Hijo del Altísimo. Sólo él pudo responder al pobre y sufrido ladrón. Sólo él era libre para extender la garantía en favor del culpable criminal. El Redentor a punto de morir vio que el ladrón era mucho menos culpable que los que lo habían condenado a muerte, mucho menos culpable que los sacerdotes, escribas y dirigentes que habían tomado parte activa en reclamar la muerte del Hijo de Dios.

¡Qué fe tenía aquel ladrón que estaba por morir en la cruz! Aceptó a Cristo cuando en apariencia era totalmente imposible que fuera el Hijo de Dios, el Redentor del mundo. En la oración del pobre ladrón se escuchaba una nota diferente de la que estaba resonando por todas partes; era una nota de fe que llegó hasta Cristo. La fe del condenado era dulce música para los oídos de Jesús. Escuchó la alegre nota de la redención y la salvación en medio de su agonía. Dios fue glorificado en su Hijo y por medio de él (Cada día con Dios, p. 236).

 

Lunes 14 de febrero: Oscuridad al mediodía

La naturaleza inanimada expresó simpatía por su Autor insultado y moribundo. El sol se negó a mirar la terrible escena. Sus rayos brillantes iluminaban la tierra a mediodía, cuando de repente parecieron borrarse. Como fúnebre mortaja, una obscuridad completa rodeó la cruz. Esta oscuridad, que era tan profunda como la medianoche sin luna ni estrellas, no se debía a ningún eclipse ni a otra causa natural. Era un símbolo de la agonía del alma y del horror que sufría el Hijo de Dios. Ya lo había sentido en el huerto del Getsemaní cuando sus poros sudaron gotas de sangre y hubiera muerto allí mismo si un ángel no hubiese sido enviado para fortalecer al divino sufriente para que pudiera derramar su sangre en el Calvario.

La oscuridad duró tres horas completas. Ningún ojo mortal podía traspasar las tinieblas que rodeaban la cruz; y nadie podía ver la angustia que llenaba el alma de Cristo. Un terror inexpresable tomó posesión de todos los que se habían reunido alrededor de la cruz. El silencio de la tumba parecía haber caído sobre el Calvario. Las frases de maldición y burla se detuvieron a mitad de camino, y hombres, mujeres y niños se postraron aterrorizados. Por momentos, los relámpagos acompañados de truenos iluminaban la escena y revelaban al crucificado Redentor (Folleto, Redemption: Or the Sufferings of Christ, His Trial and Crucifixión, pp. 83, 84; parcialmente en, El Deseado de todas las gentes, pp. 701, 702).

La oscuridad que cubrió el rostro de la naturaleza expresó su simpatía con Cristo durante su agonía. Demostró a la humanidad que el Sol de justicia, la Luz del mundo estaba retirando sus rayos de la una vez favorecida ciudad de Jerusalén y del mundo. Fue un milagroso testimonio dado por Dios para que pudiera ser confirmada la fe de generaciones posteriores.

La oscura nube de transgresión humana se colocó entre el Padre y el Hijo. La interrupción de la comunión entre Dios y su Hijo produjo un estado de cosas en las cortes celestiales que no puede ser descrito con el lenguaje humano. La naturaleza no pudo presenciar una escena tal: la de Cristo que agonizaba llevando el castigo de las transgresiones del hombre. Dios y sus ángeles se revistieron de oscuridad, y ocultaron al Salvador de las miradas de la curiosa multitud mientras bebía las últimas heces de la copa de la ira de Dios (Comentario bíblico adventista, t.5,pp.1082,1083).

 

Martes 15 de febrero: El Padre escondido

Algunos tienen opiniones limitadas acerca de la expiación. Piensan que Cristo sufrió tan sólo una pequeña parte de la penalidad de la ley de Dios; suponen que, aunque el amado Hijo soportó la ira de Dios fue porque el primero advertía a través de sus dolorosos sufrimientos el amor, y la aceptación del Padre; que los portales de la tumba se iluminaron delante de él con radiante esperanza, y que tenía evidencias constantes de su gloria futura. Este es un gran error. La más punzante angustia de Cristo provenía de que él comprendía el desagrado de su Padre. La agonía que esto le causaba era tan intensa que el hombre puede apreciarla tan sólo débilmente...

Pero el dolor corporal me tan sólo una pequeña parte de la agonía que sufrió el amado Hijo de Dios. Los pecados del mundo pesaban sobre él, así como la sensación de la ira de su Padre, mientras sufría la penalidad de la ley transgredida. Fue esto lo que abrumó su alma divina. Fue el hecho de que el Padre ocultara su rostro, el sentimiento de que su propio Padre le había abandonado, lo que le infundió desesperación. El inocente Varón que sufría en el Calvario comprendió y sintió plena y hondamente la separación que el pecado produce entre Dios y el hombre. Fue oprimido por las potestades de las tinieblas. Ni un solo rayo de luz iluminó las perspectivas del futuro para él. Y luchó con el poder de Satanás, quien declaraba que tenía a Cristo en su poder, que era superior en fuerza al Hijo de Dios, que el Padre había negado a su Hijo y que ya no gozaba del favor de Dios más que él mismo. Si gozaba aún del favor divino, ¿por qué necesitaba morir? Dios podía salvarlo de la muerte.

Cristo no cedió en el menor grado al enemigo que lo torturaba, ni aún en su más acerba angustia. Rodeaban al Hijo de Dios legiones de ángeles malos, mientras que a los santos ángeles se les ordenaba que no rompiesen sus filas ni se empeñasen en lucha contra el enemigo que le tentaba y vilipendiaba. A los ángeles celestiales no se les permitió ayudar al angustiado espíritu del Hijo de Dios. Fue en aquella terrible hora de tinieblas, en que el rostro de su Padre se ocultó mientras le rodeaban legiones de malos ángeles y los pecados del mundo estaban sobre él, cuando sus labios profirieron estas palabras: "Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 230-232).

Aquellos que entregan su corazón a Cristo hallarán descanso en su amor. Y tenemos una muestra de la magnitud de su amor al contemplar su sufrimiento y muerte. Allí está, muriendo sobre la cruz en medio de una terrible agonía. La tierra tiembla y los cielos se oscurecen. Las rocas se parten como un símbolo de su angustia mental cuando exclama: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" ¿Acaso el Padre había abandonado a su Hijo a quien había llamado su muy amado y unigénito Hijo? No. Pero Cristo soportó tal agonía porque había aceptado ser el sustituto del pecador. Cargó sobre sí mismo la penalidad de la ley que el pecador merecía, para que éste pudiera tener otra oportunidad de probar su lealtad a Dios y a sus mandamientos (Review and Herald, junio 23, 1896).

 

Miércoles 16 de febrero: "Consumado es"

Cuando Cristo exclama en la cruz "Consumado es", el velo del templo se rasgó en dos. Ese velo significaba mucho para la nación judía. Estaba hecho con un material costosísimo, de púrpura y oro, y era muy largo y ancho. Cuando Cristo exhaló el último suspiro, había testigos en el templo que contemplaron cómo el fuerte y pesado material era rasgado de arriba abajo por manos invisibles. Ese acto significaba para el universo celestial y para un mundo corrompido por el pecado, que un camino nuevo y vivo había sido abierto para la raza caída, que todos los sacrificios ceremoniales habían terminado con el gran sacrificio del Hijo de Dios. El que había morado hasta ese momento en el templo hecho de manos, se había ido para nunca más impartirle gracia con su presencia (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1084).

Cuando Cristo expiraba sobre la cruz y exclamó "Consumado es", el velo del templo se rasgó desde arriba hacia abajo. El sistema judaico de sacrificios y ofrendas ya' no era necesario. El tipo se había encontrado con el antitipo en la muerte de Aquel a quien señalaban los sacrificios. Se había abierto un camino nuevo y vivo; un camino por el cual judíos y gentiles, libres y siervos, podían acercarse a Dios y encontrar perdón y paz (Alza tus ojos, p. 98).

Las tinieblas aún cubrían como un manto a Jerusalén. En el momento en que murió Cristo, había sacerdotes que ministraban en el templo delante del velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. De pronto, sintieron que la tierra temblaba debajo de ellos, y el velo del templo, una fuerte y rica cortina que se había renovado anualmente, fue rasgado en dos desde arriba hasta abajo por la misma mano no humana que escribió las palabras de condenación sobre las paredes del palacio de Belsasar. El lugar santísimo, al que los pies humanos pisaban sólo una vez al año estaba ahora a la vista de todos. El lugar que Dios había protegido hasta entonces de una forma maravillosa, ahora mostraba sus sagrados misterios a los ojos de los curiosos. La luz aprobadora de la gloria de Dios o la sombra de su desaprobación, no se mostraría más sobre las piedras preciosas en el pectoral del sumo sacerdote.

Cuando Cristo murió en la cruz del Calvario, se abrió un camino nuevo y viviente tanto para los judíos como para los gentiles. De allí en adelante el Salvador oficiaría como Sacerdote y Abogado en el cielo de los cielos. De allí en adelante perdió su valor la sangre de los animales ofrecidos, porque el Cordero de Dios había muerto por los pecados del mundo. Las tinieblas expresaron su simpatía por Cristo en su agonía. Evidenciaban a la humanidad que el Sol de justicia, la Luz del mundo, retiraba sus rayos de Jerusalén, la ciudad que había sido tan favorecida. Era un testimonio adicional dado por Dios para que la fe de las futuras generaciones fuera confirmada.

Jesús no entregó su vida hasta que la obra que había venido a realizar estuviese terminada. Ahora, el gran plan de redención había sido llevado a cabo triunfalmente. Los caídos hijos de Adán podrían ser exaltados nuevamente a la presencia de Dios mediante esa vida de obediencia. Cuando el cristiano comprende la magnitud del gran sacrificio hecho por la Majestad del cielo, el plan de salvación despertará las más profundas y sagradas emociones del corazón. La contemplación del amor incomparable del Salvador llenará la mente, suavizará el corazón, elevará y retinará los afectos y transformará todo el carácter (Present Truth, febrero 4, 1886).

 

Jueves 17 de febrero: "Dios estaba en Cristo"

Dice el apóstol: "Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí" (2 Corintios 5:19). Únicamente mientras contemplamos el gran plan de salvación podemos apreciar correctamente el carácter de Dios. La obra de la creación era una manifestación de su amor; pero el don de Dios para salvar a la familia culpable y arruinada es lo único que nos revela las profundidades infinitas de la ternura y compasión divina.

"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (S. Juan 3:16). A la par que se mantiene la ley de Dios, y se vindica su justicia, el pecador puede ser perdonado. El más inestimable don que el cielo tenía para conceder ha sido dado para que Dios "sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Romanos 3:26). Por este don, los hombres son levantados de la ruina y degradación del pecado, para llegar a ser hijos de Dios. Dice Pablo: "Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre" (Romanos 8:15) (Testimonios para la iglesia, t. 5, pp 690, 691).

¿Cómo se reconcilia Dios con los hombres? Por la obra y los méritos de Jesucristo, quien... puso de lado todo lo que pudiera interponerse entre el hombre y el amor perdonador de Dios. No se cambia la ley que el hombre transgredió para que armonice con el pecador en su condición caída, sino que se la revela como el trasunto del carácter de Jehová, el exponente de su santa voluntad, y se la exalta y se la magnifica en la vida y en el carácter de Jesucristo. No obstante, se provee un camino de salvación, porque se nos presenta al inmaculado Cordero de Dios como el que quita el pecado del mundo. Jesús ocupa el lugar del pecador, y lleva sobre sí mismo la culpa del transgresor. Al mirar al sustituto y seguridad del pecador, el Señor Jehová puede ser justo, y al mismo tiempo el Justificador de los que creen en Jesús. Se perdona al que acepta a Cristo como su justicia y su única esperanza; porque Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí. La justicia, la verdad, y la santidad de Cristo, que son aprobadas por la ley de Dios, constituyen un canal por medio del cual la misericordia puede comunicarse al pecador arrepentido y creyente.

Los que no creen en Cristo no están reconciliados con el Padre; pero los que tienen fe en él están escondidos con Cristo en Dios. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" (Hijos e hijas de Dios, p.241).

 

Viernes 18 de febrero: Para estudiar y meditar

 

 

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