Notas de Elena White

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El paso al Calvario
 

Para el 12 de Febrero del 2005

Lección 7


 


Sábado 5 de febrero

Adelantándose a sus discípulos, dijo: "¿A quién buscáis?" Contestaron: "A Jesús Nazareno". Jesús respondió: "Yo soy". Mientras estas palabras eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a Jesús, se puso entre él y la turba. Una luz divina iluminó el rostro del Salvador, y le hizo sombra una figura como de paloma. En presencia de esta gloria divina, la turba homicida no pudo resistir un momento. Retrocedió tambaleándose. Sacerdotes, ancianos, soldados, y aún Judas, cayeron como muertos al suelo.

El ángel se retiró, y la luz se desvaneció. Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero permaneció sereno y dueño de sí mismo. Permaneció en pie como un ser glorificado, en medio de esta banda endurecida, ahora postrada e inerme a sus pies. Los discípulos miraban, mudos de asombro y pavor.
Pero la escena cambió rápidamente. La turba se levantó. Los soldados romanos, los sacerdotes y Judas se reunieron en derredor de Cristo. Parecían avergonzados de su debilidad, y temerosos de que se les escapase todavía, Volvió el Redentor a preguntar: "¿A quién buscáis?" Habían tenido pruebas de que el que estaba delante de ellos era el Hijo de Dios, pero no querían convencerse. A la pregunta: "¿A quién buscáis?" volvieron a contestar: "A Jesús Nazareno". El Salvador les dijo entonces: "Os he dicho que yo soy: pues si a mí buscáis, dejad ir a éstos", señalando a los discípulos. Sabía cuan débil era la fe de ellos, y trataba de escudarlos de la tentación y la prueba. Estaba listo para sacrificarse por ellos (El Deseado de todas las gentes, p. 643).

 

Domingo 6 de febrero: Arresto en el huerto

El traidor Judas no se olvidó de la parte que debía desempeñar... se acercó a Jesús, le tomó de la mano como un amigo familiar, diciendo:
"Salve, Maestro", le besó repetidas veces, simulando llorar de simpatía por él en su peligro.

Jesús le dijo: "Amigo, ¿a qué vienes?" Su voz temblaba de pesar al añadir: "Judas, ¿con beso entregas al Hijo del hombre?" Esta súplica debiera haber despertado la conciencia del traidor y conmovido su obstinado corazón; pero le habían abandonado la honra, la fidelidad y la ternura humana. Se mostró audaz y desafiador, sin disposición a enternecerse. Se había entregado a Satanás y no podía resistirle. Jesús no rechazó el beso del traidor.

La turba se envalentonó al ver a Judas tocar la persona de Aquel que había estado glorificado ante sus ojos tan poco tiempo antes. Se apoderó entonces de Jesús y procedió a atar aquellas preciosas manos que siempre se habían dedicado a hacer bien.

Los discípulos habían pensado que su Maestro no se dejaría prender. Porque el mismo poder que había hecho caer como muertos a esos hombres podía dominarlos hasta que Jesús y sus compañeros escapasen. Se quedaron chasqueados e indignados al ver sacar las cuerdas para atar las manos de Aquel a quien amaban. En su ira, Pedro sacó impulsivamente su espada y trató de defender a su Maestro, pero no logró sino cortar una oreja del siervo del sumo sacerdote. Cuando Jesús vio lo que había hecho, libró sus manos, aunque eran sujetadas firmemente por los soldados romanos, y diciendo: "Dejad hasta aquí", tocó la oreja herida, Y ésta quedó inmediatamente sana...

Cuando los discípulos vieron que Jesús no se liberaba de sus enemigos sino que permitía que lo tomaran y ataran, se ofendieron de que sufriera tal humillación para sí mismo y para ellos. Momentos antes le habían visto exhibir su poder al echar por tierra a todos los que querían prenderlo y al sanar la oreja del siervo que Pedro había cortado, y sabían que tenía el poder de librarse de la multitud homicida. Al no hacerlo, se sintieron mortificados y temerosos por tal conducta y huyeron, abandonándolo. Solo, y en las manos de esa turba violenta, fue sacado rápidamente del huerto (The Present Truth, diciembre 17, 1885; parcialmente en, El Deseado de todas las gentes, pp. 644, 645).

 

Lunes 7 de febrero: Jesús ante Anas; Pedro ante la criada

Pedro necesitaba un más profundo y más amplio conocimiento de Cristo. Había escuchado sus palabras y había gozado de sus enseñanzas. Lo había reconocido como el Hijo de Dios y había creído en él. Pero su fe era sólo marginal; el conocer la profundidad y la altura del carácter de Cristo requerían toda su fe, su tributo, y su confianza inquebrantable.

Jesús estaba listo a revelarse a Pedro. En su gran amor le anticipó que lo negaría; que tenía defectos de carácter que sólo con la ayuda de Cristo podría superar; que tenía ideas exaltadas acerca de sí mismo, y que al no aceptar ni creer en su palabra estaba demostrando el mal por el cual era culpable. ¡Cuan ferviente debiera haber sido Pedro en sus oraciones pidiendo al Señor que le enseñara a resistir las asechanzas del diablo! ¡Cuan vigilante debiera haber sido contra sus tentaciones! Pero Pedro, orgullosamente, rechazó la descripción que el Señor había hecho de él, y al hacerlo no permitió que la luz fluyera en mayor medida hacia él.

Jesús no continuó insistiendo en el hecho de que conocía de antemano cuál sería su curso de acción; solamente le dijo: "Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (S. Lucas 22:31, 32) (Signs of the Times, noviembre 11, 1897).

Fue necesario que Pedro conociera sus propios defectos de carácter, y su necesidad del poder y la gracia de Cristo. El Señor no podía librarlo de la prueba, pero sí podía salvarlo de la derrota. Si Pedro hubiese estado dispuesto a recibir la amonestación de Cristo, hubiera velado en oración. Habría caminado con temor y temblor para que sus pies no tropezaran, y habría recibido la ayuda divina para que Satanás no venciera.

Pedro cayó debido a su suficiencia propia; y fue restablecido de nuevo debido a su arrepentimiento y humillación. Todo pecador arrepentido puede encontrar estímulo en el relato de este caso. Pedro no fue abandonado, aunque había pecado gravemente. Sobre su alma se habían grabado las palabras de Cristo: "Yo he rogado por tí que tu fe no falte". En la amarga agonía de su remordimiento le dieron esperanza esa oración y el recuerdo de la mirada de amor y piedad de Cristo. Cristo se acordó de Pedro después de su resurrección y le dio al ángel el mensaje para las mujeres: "Id, decid a sus discípulos y a Pedro, que él va antes que vosotros a Galilea: allí le veréis". El arrepentimiento de Pedro fue aceptado por el Salvador que perdona los pecados.

Y la misma compasión que se prodigó para rescatar a Pedro, se extiende a cada alma que ha caído bajo la tentación. La treta especial de Satanás es inducir al hombre a pecar, y luego abandonarlo impotente y temblando, temeroso de buscar el perdón. Pero, ¿por qué hemos de temer, cuando Dios ha dicho: "Echen mano esos enemigos de mi fortaleza, y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!"? Se ha hecho toda la provisión posible para nuestras debilidades; se ofrece todo estímulo a los que van a Cristo (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 120, 121).

 

Martes 8 de febrero: El juicio nocturno

El sumo sacerdote le dijo: "Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios" (S. Mateo 26:63).
Cristo sabía que Caifas era indigno de la posición que ocupaba, pero de todas maneras respondió a la apelación del sumo sacerdote. También sabía que él mismo había sido elegido por Dios para su obra, y que hubiera podido demostrar una gloria que hubiera hecho temblar a sus jueces. Pero se le había preparado un cuerpo humano, y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo. En la escena, el verdadero Sumo Sacerdote estaba frente al falso sumo sacerdote, para ser criticado y condenado.

Respondiendo a Caifas, Jesús dijo: "Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo". Estas palabras fueron dichas con seguridad y dignidad por Aquel que era el unigénito Hijo de Dios, e hicieron una impresión convincente en el corazón de los oyentes. Nunca hombre alguno ha hablado como este hombre, pensaron.

Éste roe uno de los grandes momentos en la vida de Cristo. Comprendiendo que era tiempo de revelar su verdadero carácter divino, declaró que era uno con Dios; que era el Hijo de Dios, el Mesías que por tanto tiempo los judíos habían esperado.

""Os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo". En ese día, Cristo será el Juez, y cada cosa secreta será traída a la luz. ¡Qué contraste se verá entonces entre los que le hayan recibido como su Salvador personal y los que le hayan rechazado! Los pecadores verán sus pecados revelados con toda claridad sin sombra o velo que los encubra. Tan terrible será la escena que preferirían ser cubiertos por las montañas o por las profundidades del océano, antes que soportar la ira del Cordero. En cambio los que escondieron su vida con Cristo en Dios, podrán decir: "Creo en Aquel que me condenado por Pilato y entregado a los sacerdotes y gobernantes para ser crucificado. Mirad a mi Abogado, no a mí. No soy digno del amor que él manifestó por mí, pero él dio su vida por salvarme; por mí se hizo pecado para que yo pudiera ser justicia de Dios en él".
La idea de que habría una resurrección de los muertos y que todos estarían frente al tribunal de Dios, no le resultaba muy placentera a Caifas. No quería pensar que en el futuro sería juzgado de acuerdo a sus obras. ¡Y qué tenebrosos serían sus actos cuando el Señor los revelase!

Por un momento, las escenas del juicio final pasaron por su mente; por un momento, apareció ante él el terrible espectáculo de las tumbas que devolvían a sus muertos que habían creído que sus secretos habían sido sepultados para siempre con ellos; por un momento, le pareció estar frente al Juez eterno, quien estaba leyendo su alma con ojos que todo lo ven, trayendo a la luz los secretos de su vida.

Pero la escena pronto se alejó de su mente. Como saduceo, las palabras de Cristo lo rebelaron y se llenó de furia satánica. ¿Acaso este hombre, prisionero delante de él, podía poner en duda sus teorías más acariciadas? Rasgando sus vestiduras para mostrar su horror, demandó, sin otros preliminares, que el prisionero fuera condenado por blasfemia. "¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos dijeron: ¡Es reo de muerte!" (S. Mateo 26:65-67) (The Youths Instructor, mayo 31, 1900).

 

Miércoles 9 de febrero: El juicio matutino

"Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó?" (S. Lucas 22:63, 64).

Ésta es una representación de lo que los gobernantes y dirigentes religiosos pueden hacer cuando son controlados por Satanás; cada alma que está en sus manos se enfrenta a lo bueno. Era necesario que Cristo sufriera este trato para que aquel que fue un ángel en las cortes celestiales-y que ahora quería cubrir su deformidad disfrazándose de ángel de luz, pudiera ser desenmascarado y se revelara su verdadero carácter obrando ¿través de sus agentes humanos (Signs of the Times, enero 17, 1900).

Por un momento, la divinidad de Cristo fulguró a través de la humanidad, y el sumo sacerdote tembló ante los ojos penetrantes del Salvador. Esa mirada parecía leer los pensamientos más secretos y penetrar su corazón. Nunca en su vida olvidaría la mirada investigadora del perseguido Hijo de Dios. La voluntaria confesión de Jesús de declararse el Hijo de Dios fue hecha de la manera más pública y bajo solemne juramento. En esa declaración mostró la otra escena de juicio que contrastaba con la que se estaba realizando, cuando él estará sentado a la diestra de Dios como Juez de los cielos y la tierra. Trajo delante de ellos una visión de aquel día, cuando en lugar de estar rodeado por una turba maligna dirigida por jueces y sacerdotes terrenos, estará en las nubes del cielo con poder y grande gloria, acompañado de legiones de ángeles, para pronunciar sentencia sobre sus enemigos.

Jesús sabía que el resultado de ese anuncio aseguraría su condenación. Los sacerdotes habían oído lo que querían oír: Jesús se había declarado el Cristo. El sumo sacerdote, para intentar mostrar su celo por la Majestad del cielo e impresionar a los presentes, rasgó sus vestimentas, levantó sus manos al cielo con una expresión de terror, y con una voz calculada para excitar al pueblo a la violencia, dijo: "¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?" Y la respuesta de los jueces fue inmediata: "es digno de muerte".

Los sacerdotes y jueces, alborozados por lo que habían escuchado de su boca, pero queriendo encubrir su satisfacción maliciosa, se acercaron más a él, y como no queriendo creer lo que habían oído, le preguntaron nuevamente: "¿Eres tú el Cristo? Dínoslo". Jesús miró con calma a ese grupo de hipócritas y les respondió: "Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis" (S. Lucas 22:67, 68). Jesús podría haber repasado ante ellos las profecías que daban evidencia de que el Mesías pasaría por las circunstancias que él estaba viviendo; podría haber cerrado sus bocas, pero de todas maneras no hubieran creído. Podría haberles recordado sus milagros, pero en sus corazones ya habían rechazado la luz del cielo y nada podría hacerlos cambiar.

Algunos en el concilio prestaron atención a las declaraciones de Jesús y notaron su apariencia divina cuando se enfrentó con serenidad a los furiosos jueces. La semilla del evangelio encontró lugar en algunos de esos corazones que más tarde germinó y produjo una abundante cosecha. La reverencia y respeto con que algunos escucharon sus palabras, habría de inspirar sus corazones y crecer hasta transformarse en perfecta fe en el Redentor del mundo. Algunos de los testigos en el juicio de Cristo habrían de ser posteriormente llevados al mismo tribunal y sentenciados por haber llegado a ser discípulos de Cristo (Spirit of Prophecy, t. 3, pp. 120, 121).

 

Jueves 10 de febrero: El sueño de la esposa de Pilato

Desde el mismo principio Pilato se convenció de que Jesús no era un hombre ordinario. Creía que era una persona excelente y totalmente inocente de lo que se lo acusaba. Los ángeles que contemplaban la escena notaron la convicción del gobernador romano y para salvarlo de comprometerse en el terrible acto de entregar a Jesús para ser crucificado, un ángel fue enviado a la esposa de Pilato y le dio información por medio de un sueño de que el juicio en que su esposo estaba participando era el del Hijo de Dios, y que era inocente. Inmediatamente ella le envió un mensaje para declarar que había sufrido mucho en sueños con respecto a Jesús, y para advertirle que no tuviera nada que ver con ese santo. El mensajero, abriéndose paso apresuradamente entre la multitud, puso la carta en manos de Pilato. Al leerla, éste tembló y se puso pálido, y decidió inmediatamente no tener nada que ver Con enviar a Cristo a la muerte. Si los judíos querían la sangre de Jesús, él no prestaría su influencia para que lo lograran; al contrario, trataría de librarlo {La historia de la redención, pp. 224, 225).

Pilato miró a los hombres que custodiaban a Jesús, y luego su mirada descansó escrutadoramente en Jesús. Había tenido que tratar con toda clase de criminales; pero nunca antes había comparecido ante él un hombre que llevase rasgos de tanta bondad y nobleza. En su cara no vio vestigios de culpabilidad, ni expresión de temor, ni audacia o desafío. Vio a un hombre de porte sereno y digno, cuyo semblante no llevaba los estigmas de un criminal, sino la firma del cielo.

La apariencia de Jesús hizo una impresión favorable en Pilato. Su naturaleza mejor fue despertada. Había oído hablar de Jesús y de sus obras. Su esposa le había contado algo de los prodigios realizados por el profeta galileo, que sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos. Ahora esto revivía como un sueño en su mente. Recordaba rumores que había oído de diversas fuentes. Resolvió exigir a los judíos que presentasen sus acusaciones contra el preso (El Deseado de todas las gentes, pp. 671, 672).

 

Viernes 11 de febrero: Para estudiar y meditar

 

 

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