Notas de Elena White

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La semana de la Pasión

Para el 5 de Febrero del 2005

Lección 6


 

 

Sábado 29 de enero

Hasta entonces, el Salvador había rehusado recibir honras reales y había desanimado cualquier intento de llevarlo al trono. Sin embargo en esta ocasión deseaba llamar la atención sobre sí mismo como el .Redentor del mundo. Ya se acercaba el momento en que su vida habría de ser ofrecida como rescate por los culpables; pronto sería traicionado y colgado sobre una cruz como un criminal. No obstante, su entrada triunfal a Jerusalén, acompañada por demostraciones de gozo y honor reservado sólo a los reyes, prefiguraba la gloria futura de su reino cuando llegase al mundo como el Rey de Sión.

El propósito de Jesús era llamar la atención al sacrificio que habría de coronar su misión a este mundo caído. Mientras todos se reunían para celebrar la pascua, él, el Cordero que había sido prefigurado por los sacrificios, estaba listo a ofrecerse en sacrificio. Jesús sabía que en el futuro la iglesia debía hacer de su muerte por los pecados del mundo un tema de profundo estudio y meditación, y deseaba que no quedaran dudas acerca de este mayor evento. Era necesario, entonces, que todos los ojos se dirigieran hacia él y que las demostraciones que precedieran su gran sacrificio llamaran la atención de todos. Después de presenciar su entrada triunfal a Jerusalén, todos los ojos seguirían con atención los eventos hasta el mismo fin.

Los eventos relacionados con su cabalgata triunfal habían sido calculados para que el nombre de Jesús estuviera en cada mente y en cada lengua. Después de su crucifixión, este evento sería conectado con su juicio y su condenación; se investigarían las profecías y se demostraría a muchas mentes que en verdad él era el Mesías. Los conversos a la fe de Jesús se multiplicarían en muchas tierras. Su entrada triunfal podría haber sido acompañada por ángeles que hiciesen resonar las trompetas de Dios; pero él se mantuvo fiel a una vida de humillación que había aceptado llevar hasta que su vida fuera ofrecida por la vida del mundo ( Folleto: Redemption: Or the Teachings of Christ, the Anointed One, Pp.118,119). 


   

Domingo 30 de enero: Bosquejo de la ultima semana de pascua

Si seguimos en los pasos de Cristo, seremos obedientes a su palabra. Él les dice a sus seguidores: "Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor". Vuestras acciones mostrarán vuestra fe en mí, y tanto el mundo como el universo celestial serán testigos de vuestro gozo en mi amor. Vuestra obediencia me glorificará. "Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor" (S. Juan 15:9, 10).

En Cristo se mostró la sujeción de lo humano a lo divino. Revistió su divinidad con humanidad y colocó su persona humana en obediencia a la divina. Satanás había hecho creer a Adán y Eva que ellos llegarían a ser como dioses, pero Cristo en su humanidad fue obediente a los mandamientos de su Padre.

Cristo ha expresado su amor por la raza humana al dar su vida en rescate por muchos, y desea que ese mismo amor se manifieste entre sus discípulos al tratarse unos a otros. "Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. Éste es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros" (S. Juan 15:11-17) (Review and Herald, noviembre 9, 1897).


 

Lunes 31 de enero: La entrada triunfal; la purificación del templo

Nunca antes había visto el mundo tal escena de triunfo. No se parecía en nada a la de los famosos conquistadores de la tierra. Ningún séquito de afligidos cautivos la caracterizaba como trofeo del valor real. Pero alrededor del Salvador estaban los gloriosos trofeos de sus obras de amor por los pecadores. Los cautivos que él había rescatado del poder de Satanás alababan a Dios por su liberación. Los ciegos a quienes había restaurado la vista abrían la marcha. Los mudos cuya lengua él había desatado voceaban las más sonoras alabanzas. Los cojos a quienes había sanado saltaban de gozo y eran los más activos en arrancar palmas para hacerlas ondear delante del Salvador. Las viudas y los huérfanos ensalzaban el nombre de Jesús por sus misericordiosas obras para con ellos. Los leprosos a quienes había limpiado extendían a su paso sus inmaculados vestidos y le saludaban Rey de gloria. Aquellos a quienes su voz había despertado del sueño de la muerte estaban en la multitud. Lázaro, cuyo cuerpo se había corrompido en el sepulcro, pero que ahora se gozaba en la fuerza de una gloriosa virilidad, guiaba a la bestia en la cual cabalgaba el Salvador (El Deseado de todas las gentes, p. 526).

¿Qué fue lo que Cristo vio en el atrio exterior del templo que lo había transformado en un lugar de negocios? Se vendían bueyes, ovejas y palomas para aquellos que deseaban ofrecer un sacrificio a Dios por su pecados. Entre la multitud había muchos pobres a quienes se les había enseñado que debían ofrecer un sacrificio por sus pecados, pero Cristo vio que éstos ni siquiera tenían dinero suficiente para comprar una paloma. Los ciegos, los cojos, los mudos y los enfermos sufrían porque deseaban ofrecer un sacrificio, pero los precios eran tan exorbitantes que no podían hacerlo; sufrían porque sabían que eran pecadores y les parecía que si no ofrecían un sacrificio no tenían la posibilidad de que sus pecados fueran perdonados. El ojo profetice de Cristo vio el futuro; traspasó los años y los siglos; vio la caída de Jerusalén y la destrucción del mundo. También vio que los sacerdotes y gobernantes seguirían negando a los pobres sus derechos, incluso negándoles la posibilidad de escuchar el evangelio.

Y allí en el atrio del templo, los sacerdotes desplegaban sus vestiduras para mostear su alta posición como ministros de Dios. En cambio la vestimenta de Cristo era la típica ropa de un joven galileo que había manchado sus ropas en el viaje. Pero cuando se paró en las escalinatas del templo con un látigo en sus manos, nadie pudo resistir su autoridad mientras daba vuelta las mesas de los cambistas y quitaba las ovejas y los bueyes. La gente quedó deslumbrada porque su divinidad brilló a través de su humanidad. Se vio tal autoridad, tal dignidad en su rostro, que el pueblo quedó convencido que él estaba revestido de poder celestial. Se les había enseñado que debían mostrar gran respeto por los profetas, y muchos, al ver tal despliegue de autoridad y poder, se convencieron que era un enviado de Dios. Algunos llegaron a decir: "Este es el Mesías".

Por otra parte, aquellos que estaban allí para hacerse ricos sin importar la forma en que obtuvieran sus riquezas, acallaron su conciencia y cerraron la puerta de su corazón contra él. Los cambistas, que estaban en el atrio para cambiar la moneda romana por la que se usaba en el templo, se desagradaron de su acción. El tipo de cambio que ellos hacían era realmente un robo; por eso habían transformado la casa de Dios en una cueva de ladrones. Estos hombres vieron en Cristo a un mensajero de venganza divina y huyeron del templo como si un batallón de soldados los estuviese persiguiendo. Los sacerdotes y gobernantes también huyeron junto con los mercaderes, y en su huida se encontraron con otros que se dirigían hacia el templo. A éstos les dijeron que no avanzaran pues un hombre con autoridad había retirado las ovejas y los bueyes, y los había expulsado a ellos del templo (Review and Heraid,agosto 27, 1895).


 

Martes 1 de febrero: Jesús y los dirigentes judíos

En sus maravillosos actos de sanamiento Cristo había respondido la pregunta hecha por sacerdotes y ancianos; les había dado una evidencia de su autoridad que no podía ser controvertida. Pero no era evidencia lo que ellos buscaban. Estaban ansiosos de que él proclamara que tenía autoridad divina para después torcer sus palabras y agitar al pueblo contra él. Lo que realmente buscaban era destruir su influencia y llevarlo a la muerte. Cristo sabía que si esta gente no veía en él a Dios, no lo reconocería como el Mesías. Lo habían visto sanar a los enfermos y dar vida a los muertos; habían sido testigos de la resurrección de Lázaro después de cuatro días de estar en la tumba; habían sentido la supremacía moral de sus palabras y de sus actos de amor y poder y, sin embargo, no lo reconocían. Lo que querían era obligarlo a decir alguna cosa que pudiera servir para condenarlo. Pero Cristo no sólo evadió su malicia, sino colocó la condenación sobre ellos. En la vida pura y abnegada de Juan el Bautista habían sentido el poder de Dios y habían recibido la amonestación divina; si no escuchaban su mensaje, tampoco recibirían las palabras de Cristo (Review and Herald, febrero 13, 1900).

"Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos. Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque éste le tenía por profeta" (S. Mateo 21:45, 46). La declaración de Cristo fue tan clara que no podía ser mal entendida o mal aplicada. A pesar de su ceguera, no podían dejar de ver que Cristo los había descubierto al revelar sus métodos y prácticas. Pero, ¿sirvió esto para que reconocieran sus pecados y se arrepintieran? Al contrario; sus corazones se llenaron de más odio y deseos de homicidio. Aunque se vieron descubiertos como "labradores malvados", estaban listos a hacer realidad la parábola, diciendo: "Éste es el heredero, venid, matémosle". "Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo". El poder divino detuvo a los sacerdotes y no pudieron llevar a cabo sus propósitos criminales. Intentaron agitar al pueblo contra él, pero el sentimiento público estaba en su favor, porque habían sido impresionados por sus palabras y creían que era un profeta enviado de Dios (Signs of the Times, febrero 17, 1898).


 

Miércoles 2 de febrero: Pies limpios

Esta ceremonia significa mucho para nosotros. Dios quiere que entendamos toda la escena, y no sólo el acto aislado de la limpieza externa. Esta lección no se refiere únicamente a un acto. Debe revelar la gran verdad de que Cristo es un ejemplo de lo que, por su gracia, debemos ser en nuestra relación mutua. Muestra que la vida entera debiera ser un ministerio humilde y fiel... El rito del lavamiento de los pies ilustra hasta el máximo la necesidad de la verdadera humildad. Mientras los discípulos luchaban por el lugar más elevado en el reino prometido. Cristo se ciñó y cumplió con el oficio de un siervo lavando los pies de aquellos que lo llamaban Señor. Él, el puro e inmaculado Cordero de Dios, se presentaba como una ofrenda por el pecado; y mientras comía la pascua con sus discípulos, puso fin a los sacrificios que se habían ofrecido durante cuatro mil años. En lugar de la fiesta nacional que el pueblo judío había observado, por medio de la ceremonia del lavamiento de los pies y la cena sacramental instituyo un servicio conmemorativo que debe ser observado por sus seguidores en todos los tiempos y en todos los países. Deben repetir siempre el acto de Cristo para que todos puedan ver que el verdadero servicio exigió un ministerio abnegado (Comentario bíblico adventista, t. 5,p. 1113).

El propósito de este rito es traer a nuestra mente la humildad de nuestro Señor y las lecciones que él quiso enseñar al lavar los pies de los discípulos. Hay en el ser humano una disposición a estimarse más que a su hermano; a trabajar para sí mismo y buscar el puesto más alto; y con frecuencia esto produce malas sospechas y amargura de espíritu. El rito que precede a la cena del Señor, está destinado a aclarar estos malestares, a sacar al hombre de su egoísmo, a bajarle de sus zancos de exaltación propia y darle la humildad de corazón que le inducirá a lavar los pies de su hermano. No es el plan de Dios que sea diferido tan sólo porque alguien no se sienta digno de participar. El Señor lavó los pies de Judas. Le permitió tener un lugar en la mesa aunque sabía que se levantaría de allí para traicionarlo. Los seres humanos no estamos en condiciones de decir quién es digno y quién no lo es, porque no podemos leer los secretos del alma. Nadie debe decir: "No voy a participar si tal persona está presente". Dios no le ha dado a nadie la atribución de decir quién debe estar presente en la ceremonia.

El rito de humildad fue especialmente ordenado por Cristo, y el Espíritu Santo está presente en esas ocasiones para poner un sello de aprobación sobre esa ceremonia; está presente para convencer las mentes y suavizar los corazones. Une a los creyentes y los hace de un corazón y un alma. Los que participan sienten que Cristo está presente quitando la basura que se ha acumulado entre los hermanos, basura que los separaba entre ellos y Dios (Review and Herald, junio 22, 1897); Recordemos todos el amor incomparable de Cristo y su paciencia en buscar cada oportunidad para que el pecador lo reciba, se arrepienta y sea limpiado de su carga de pecado. Debemos recordar ese amor al tratar con alguien que ha caído en el error y en pecado; porque no debemos separarnos de él, ni rehusar asociarnos con él. El ejemplo de Cristo no aprueba una actuación tal. Muchas almas han sido salvadas por la forma en que han sido tratadas por sus hermanos después de haber errado. No es el método de Cristo separarse del tal y dejarlo solo, en medio de un campo de batalla diabólico, expuesto a las tentaciones de Satanás. Cristo buscaba restaurar, no destruir. El que estaba lavando los pies de los discípulos era la Majestad del cielo; pero por su amor eterno estaba cumpliendo la función de siervo, y al hacerlo, estaba dando evidencia de que estaba dispuesto a cumplir cualquier servicio, por más humilde que fuera, para hacerlos herederos de sus riquezas eternas (Review and Herald, junio 14, 1898).


 

Jueves 3 de febrero: Getsemaní

Mientras el Hijo de Dios se postraba en actitud de oración en el huerto de Getsemaní, a causa de la agonía de su espíritu brotó de sus poros sudor como grandes gotas de sangre. Allí fue donde le rodeó el horror de densas tinieblas. Pesaban sobre él los pecados del mundo. Sufría en lugar del hombre, como transgresor de la ley de su Padre. Allí se produjo la escena de la tentación. La divina luz de Dios desapareció de su vista y él pasó a manos de las potestades de las tinieblas. En su angustia mental cayó postrado sobre las frías piedras. Se percataba del ceño de su Padre. Había desviado la copa de sufrimiento de los labios del hombre culpable y se proponía bebería él mismo, para dar al hombre en cambio la copa de la bendición. La ira que habría recaído sobre el hombre recayó en ese momento sobre Cristo. Allí fue donde la copa misteriosa tembló en su mano.

Jesús había acudido a menudo a Getsemaní con sus discípulos a orar... Nunca antes había visitado este lugar el Salvador con un corazón tan apesadumbrado. Lo que rehuía el Hijo de Dios no era el sufrimiento corporal... Le abrumaban los pecados de un mundo perdido. Comprendiendo el enojo de su Padre como consecuencia del pecado, desgarraba su corazón una agonía intensa y hacía brotar de su frente grandes gotas de sangre...

Podemos apreciar apenas débilmente la angustia inenarrable que sintió el amado Hijo de Dios en Getsemaní, al comprender que se había separado de Dios al llevar el pecado del hombre. El fue hecho pecado por la especie caída. La sensación de que se apartaba de él el amor de su Padre, arrancó de su alma angustiada estas dolorosas palabras: "Mi amia está muy triste, hasta la muerte" (S. Mateo 26:38)...

El divino Hijo de Dios desmayaba y se moría. El Padre envió a un mensajero de su presencia para que fortaleciera al divino Doliente, y le ayudara a pisar la senda ensangrentada. Si los mortales hubieran podido ver el pesar y asombro de la hueste angélica al contemplar en silencio cómo el Padre separaba sus rayos de luz, de amor y gloria, del amado Hijo de su seno, comprenderían mejor cuan ofensivo es el pecado a la vista de Dios (La maravillosa gracia de Dios, p. 169).

Cuando se puso en manos del Salvador la copa del sufrimiento en el jardín del Getsemaní, un pensamiento acudió a su mente: ¿Bebería de esa copa o abandonaría al mundo para que se perdiera en sus pecados? Su sufrimiento sobrepujaba la comprensión humana. Cuando le sobrevino la agonía, "era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra" (S. Lucas 22:44). La copa misteriosa tembló en sus manos. En medio de esa crisis terrible, cuando todo estaba en juego, el ángel poderoso que permanece junto a la presencia de Dios acudió al lado de Cristo, no para retirar la copa que tenía en la mano, sino para fortalecerle a fin de que la bebiera, dándole la seguridad del amor del Padre.

Cristo bebió la copa, y por esto los pecadores pueden acudir a Dios para encontrar perdón y gracia. Pero los que participen de la gloria de Cristo también deben participar de sus sufrimientos (Cada día con Dios, p.49).   


    

Viernes 4 de febrero: Para estudiar y meditar

 

 

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