Notas de Elena White

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A la sombra del Calvario

Para el 29 de Enero del 2005

Lección 5


 

Sábado 22 de enero

La cruz del Calvario desafía a todo poder terrenal e infernal, y por fin acabará por eliminar a cada uno de ellos. La cruz es el centro de toda autoridad, y de ella toda autoridad procede. Es el gran centro de atracción; porque en ella Cristo entregó su vida por la raza humana. Este sacrificio fue ofrecido con el propósito de restaurar al hombre a su perfección original; sí, y más aún: fue ofrecido para concederle una completa transformación del carácter, y hacerlo más que vencedor. Los que por intermedio de la fuerza de Cristo vencen al gran enemigo de Dios y el hombre, en las cortes celestiales ocuparán una posición superior a la de los ángeles que nunca han caído.

Cristo declaró: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo" (S. Juan 12:32). Si la cruz no encuentra una influencia en su favor, crea una influencia. De generación en generación la verdad para este tiempo es revelada como la verdad presente. Cristo en la cruz fue el instrumento mediante el cual se unieron la misericordia y la verdad, y la justicia y la paz se besaron. Este es el medio por el cual se moverá el mundo (Exaltad a Jesús, p. 224).

El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en torno a la cual se reúnen todas las otras. Para poder comprender y apreciar correctamente toda verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, deben ser estudiadas a la luz que fluye de la cruz del Calvario, en relación con la extraordinaria verdad central de la expiación efectuada por el Salvador. Los que estudian el maravilloso sacrificio del Redentor, crecen en gracia y conocimiento.

Os presento el grandioso monumento de misericordia y regeneración, salvación y redención: el Hijo de Dios levantado en la cruz del Calvario. Éste debe ser el tema de todo discurso. Cristo declara: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo" (Hijos e hijas de Dios, p. 223).


 

Domingo 23 de enero: Juan el Bautista: el precursor de Cristo

Cuando, en ocasión del bautismo de Jesús, Juan le señaló como el Cordero de Dios, una nueva luz resplandeció sobre la obra del Mesías. La mente del profeta fue dirigida a las palabras de Isaías: "Como cordero fue llevado al matadero". Durante las semanas que siguieron, Juan estudió con nuevo interés las profecías y la enseñanza de las ceremonias de los sacrificios. No distinguía claramente las dos fases de la obra de Cristo —como sacrificio doliente y como rey vencedor— pero veía que su venida tenía un significado más profundo que el que discernían los sacerdotes y el pueblo. Cuando vio a Jesús entre la 'muchedumbre, al volver él del desierto, esperó confiadamente que daría al pueblo alguna señal de su verdadero carácter. Casi impacientemente esperaba oír al Salvador declarar su misión; pero Jesús no pronunció una palabra ni dio señal alguna. No respondió al anuncio que hiciera el Bautista acerca de él, sino que se mezcló con los discípulos de Juan sin dar evidencia externa de su obra especial, ni tomar medidas que lo pusiesen en evidencia (El Deseado de todas las gentes,, p. 110).

El profeta Juan era el eslabón que unía las dos dispensaciones. Como representante de Dios, se dedicaba a mostrar la relación de la ley y los profetas con la dispensación cristiana. Era la luz menor, que había de ser seguida por otra mayor. La mente de Juan era iluminada por el Espíritu Santo, a fin de que pudiese derramar luz sobre su pueblo; pero ninguna luz brilló ni brillará jamás tan claramente sobre el hombre caído, como la que emanó de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Cristo y su misión habían sido tan sólo obscuramente comprendidos bajo los símbolos y las figuras de los sacrificios. Ni Juan mismo había comprendido plenamente la vida futura e inmortal a la cual nos da acceso el Salvador (El Deseado de todas las gentes, p. 191).


 

Lunes 24 de enero: La vida de servicio, sufrimiento y sacrificio de Cristo

El que Jesús hablara la verdad era la razón por la que los judíos no creían en él. "Porque digo la verdad, no me creéis" (S. Juan 8:45). Era la verdad lo que ofendía a esta gente que se creía justa. La verdad exponía sus errores y no era bienvenida. Preferían cerrar sus ojos a la verdad antes que reconocer que habían estado en el error. No amaban la verdad porque condenaba sus prácticas y enseñanzas. Su propia actuación impía los llevaba a poner en duda al Ministro de la verdad. Se engañaban a sí mismos y a otros declarando la verdad como herejía y mentira. Por eso Jesús dijo de los fariseos: "Y ésta es la condenación:. que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas" (S. Juan 3:19) (Testimonies to Southern Africans, p. 37).

Muchos se sorprenden de la negativa de los judíos de aceptar a Cristo como el Mesías prometido. ¿Por qué se aferraban a sus falsos credos y a sus ceremonias inútiles, cuando la verdad del cielo aguardaba su aceptación? Gastaban su dinero en tamo y hojarasca, cuando el Pan de vida estaba a su alcance. ¿Por qué no iban a la Palabra de Dios para buscar diligentemente y ver si estaban o no en error al declararle a Jesús lo absurdo de sus declaraciones o lo engañoso de sus reclamos? La razón del rechazo de Cristo en sus días es la misma que mantiene a la gente en el error en nuestros días: "Amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas".

La verdad era impopular en el tiempo de Cristo. Es impopular en el nuestro. Lo fue desde que por primera vez Satanás la hizo desagradable al hombre, presentándole fábulas que conducen a la exaltación propia. ¿No encontramos hoy teorías y doctrinas que no tienen fundamento en la Palabra de Dios? Los hombres se aterran hoy tan tenazmente a ellas como los judíos a sus tradiciones.

Los dirigentes judíos estaban llenos de orgullo espiritual. Su deseo de glorificar al yo se manifestaba aun en el ritual del santuario. Amaban los lugares destacados en la sinagoga, y los saludos en las plazas; les halagaba el sonido de los títulos en labios de los hombres. A medida que la verdadera piedad declinaba entre ellos, se volvían más celosos de sus tradiciones y ceremonias. ¿Acaso no vemos la misma perversidad entre algunos cristianos en nuestros días? Pero aquellos que aman a Dios con corazón sincero desearán encontrar la verdad tal como es en Jesús, porque él oró que sus discípulos pudieran ser santificados en la verdad (Review and Herald, febrero 7, 1888; parcialmente en, El Deseado de todas las gentes, pp. 208, 209).


 

Martes 25 de enero: Advertencias de la Cruz

El apóstol Pedro no se agradó de las palabras de Cristo puesto que iban en contra de las expectativas de la nación judía. Ellos creían que el Cristo habría de reinar sobre el trono de David y los habría de librar del yugo romano, nación a la que despreciaban. Y aunque Cristo había tratado de impresionar sus mentes con la idea de que su reino no era temporal ni terreno sino espiritual y celestial, ellos no podían comprender sus enseñanzas ni creer en su palabra. Los escribas y sacerdotes habían declarado muchas veces que el Cristo vendría en gloria. Esta descripción que se refiere a su segunda venida era aplicada a su primer advenimiento y por lo tanto se transformaba en una declaración falsa, sugerida por el mismo Satanás.

Por eso, cuando Cristo vino como la profecía de Isaías 53 claramente lo delineaba, la gente lo rechazó porque esperaba un Mesías diferente. Aquellos que aceptaron las palabras de sus maestros en lugar de aceptar la palabra de Dios, fueron llevados a tener falsas expectativas, y cuando vino Cristo lo rechazaron. Aun los discípulos, aunque habían sido enseñados por el divino Maestro, no estaban preparados para recibir sus declaraciones que parecían significar una derrota en lugar de una victoria temporal sobre sus enemigos (Manuscript Peleases, t. 7, pp. 200, 201).    

Al hacer propiciación por los pecados del hombre. Cristo sabía que su reino seria perfeccionado y extendido a través del mundo. Él actuaría como restaurador y su Espíritu prevalecería. Penetrando el futuro podía escuchar las voces que proclamarían: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Por eso se anticipó a declarar la consumación de sus esperanzas, diciendo: "Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre ha de ser glorificado". Pero la forma en que esa glorificación se produciría, nunca estaba ausente de la mente de Cristo. Sólo por su muerte el mundo podría ser salvado. Como el grano de trigo, el Hijo del Hombre debía caer en la tierra y morir, para volver a vivir. 

Nadie, ni aun sus discípulos entendían la naturaleza del reino de Cristo. ¡Con cuánta paciencia tuvo que soportar la incomprensión acerca de su misión y su carácter! A la gente le parecía imposible que si el era el Mesías, no aceptase sentarse sobre el trono de David, tomar el cetro y reinar temporalmente en Jerusalén.                        

Una verdad, llena de significado cuando es correctamente entendida, puede llevar a falsas expectativas cuando es mal aplicada. Las declaraciones proféticas que describen la segunda venida de Cristo, fueron aplicadas por los maestros judíos a su primera venida. La descripción de su segunda venida es verdadera; pero por más hermosa y grandiosa que ella sea, no puede aplicarse a su primera venida, porque. sería tratar de colocar una verdad en el lugar errado.

A menudo Cristo trató de decirle a sus discípulos la verdad acerca de su misión, pero ellos no estaban preparados para recibirla. Deseaba abrir toda la verdad delante de ellos, pero se vio obligado a decirles; "Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis llevar" (S. Juan 16:12). No podía revelarles todas las cosas que deseaba hacerles saber, porque sabía que sus palabras no serían entendidas ni apreciadas. Las tradiciones y creencias que se les habían enseñado desde su juventud, habían hecho impresiones difíciles de borrar (Signs of the Times, julio 17, 1897).       


 

Miércoles 26 de enero: Sombras que caen y gloria radiante

La fe de los discípulos se fortaleció muchísimo en ocasión de la transfiguración, cuando se les permitió contemplar la gloria de Cristo y escuchar la voz del cielo que daba testimonio de su carácter divino. Dios decidió dar a los seguidores de Jesús una prueba contundente de que era el Mesías prometido, para que cuando vinieran el amargo pesar y la desilusión de la crucifixión no perdieran por completo su confianza. En el momento de la transfiguración el Señor envió a Moisés y a Elías para que hablaran con Jesús con respecto a sus sufrimientos y su muerte. En lugar de elegir a los ángeles para que conversaran con su Hijo, Dios envió a los que habían pasado por las vicisitudes de la tierra.

Elías había andado con Dios. Su obra había sido penosa y difícil, porque el Señor había reprendido los pecados de Israel por su intermedio. Era un profeta de Dios; no obstante, se vio obligado a huir de lugar en lugar para salvar su vida. Sus propios connacionales lo perseguían como si fuera una bestia feroz, para destruirlo. Pero Dios trasladó a Elías. Los ángeles lo llevaron en gloria y en triunfo hasta el cielo.

Moisés fue más grande que todo otro hombre que haya vivido antes que él. Fue grandemente honrado por Dios, y tuvo el privilegio de hablar con el Señor cara a cara, como alguien cuando habla con su amigo. Se le permitió ver la luz resplandeciente y la excelente gloria que rodean al Padre. El Señor libró por medio de Moisés a los hijos de Israel de la esclavitud egipcia. Fue intermediario entre Dios y su pueblo, y a menudo se interpuso a la ira de Dios. Cuando el enojo del Señor se encendió grandemente contra Israel por su incredulidad, sus murmuraciones y sus graves pecados, el amor de Moisés por ellos fue sometido a prueba. Dios le propuso destruirlos y hacer de él una poderosa nación. Moisés manifestó su amor por Israel al suplicar fervorosamente en su favor. En su angustia oró a Dios para que desviara su fiero enojo y perdonara a Israel, o eliminara su nombre de su libro (La historia de la redención, pp. 212, 213). 

El Padre eligió a Moisés ya Elías para que fueran sus mensajeros delante de Cristo, para que lo glorificaran con la luz del cielo y hablaran con él acerca de su próxima agonía, porque ellos habían vivido en la tierra como hombres. Habían experimentado el dolor y el sufrimiento humano y podían simpatizar con las pruebas de Jesús en su vida terrenal. Elías, como profeta de Israel, había representado a Cristo y, en cierto grado, su obra había sido similar a la del Salvador. Y Moisés, como caudillo de Israel, había estado en el lugar de Cristo, había hablado con él y seguido sus instrucciones. Por lo tanto, éstos dos, de entre toda la hueste que se congrega en torno al trono de Dios, eran los más aptos para servir al Hijo de Dios {Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1071).


 

Jueves 27 de enero: La ley del nuevo reino

Los discípulos no podían creer que Cristo llegara a ser tratado con tal violencia por gente que se burlaría de él y finalmente lo mataría. Habían esperado que se sentara sobre el trono de David y reinara en Jerusalén, trayendo todas las naciones bajo su sujeción. Aunque Cristo les había hablado claramente acerca de lo que le esperaba, ellos no esta¬ban preparados para cambiar de idea. No podían creer las desagradables noticias que estaba abriendo ante ellos; no podían abandonar la idea de que Cristo habría de ser un conquistador, ni aceptaban que él se dejara tratar como un esclavo por sus enemigos, porque aplicaban las palabras proféticas a un evento equivocado. Nos maravillamos que los discípulos no comprendieran estas cosas, porque nosotros estamos de este lado de la cruz y podemos comprobar que las predicciones de los profetas se cumplieron al pie de la letra. Pero los discípulos, al no aceptar las palabras de Cristo, no estuvieron preparados para las angustiosas escenas que debían presenciar. 

Jesús les había revelado claramente el hecho de que habría de ser rechazado y crucificado; sin embargo, con la idea de que él establecería un reino terrenal, la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, se acercó a él, "postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. Él les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados;

pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre" (S. Mateo 20:20-23). Esos hermanos tendrían que ser participantes de los sufrimientos .de Cristo.

Todos los que sigan a Jesús se negarán a sí mismos, participarán en su humillación, sufrirán aflicciones y persecución y serán odiados por todos por causa de su nombre. Jacobo fue muerto a espada por Heredes, y la vida de Juan hubiera sido extinguida si Dios no hubiese mantenido esa luz brillando para que fuera un fiel testigo ocular de la vida de Cristo. Las palabras de Cristo, bien entendidas, anunciaban que esos lugares, a la derecha y a la izquierda en su reino, estaban destinados para todos aquellos que manifestaran el amor de Cristo al dar al mundo una correcta representación de su carácter. "Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más. Pero al que no tiene, aun lo que tiene, le será quitado" (S. Mateo 13:12). Aquellos que utilizan y hacen rendir las habilidades que Dios les ha dado, recibirán más luz proporcional a su fidelidad. En cambio aquellos a quienes Dios ha confiado talentos pero no los utilizan, verán disminuir sus habilidades porque son siervos negligentes y no ofrecen sus dones para el servicio a Dios. Su capacidad se irá apagando, su luz irá palideciendo y sus poderes disminuyendo, hasta que se encuentren incapacitados para ir a las cortes celestiales. Por no utilizar sus privilegios, perderán finalmente espíritu, alma y cuerpo. Y su pérdida será la consecuencia natural de todo aquel que no tendrá lugar en el reino de Dios por no haberse alistado a favor de él (Signs of the Times, julio 9, 1896).


 

Viernes 28 de febrero: Para estudiar y meditar

 

 

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