Notas de Elena White

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La cruz y la santificación
 

Para el 19 de Marzo del 2005

Lección 12






Sábado 12 de marzo

La santificación no es obra de un momento, una hora o un día. Es un crecimiento continuo en la gracia. No sabemos un día cuan intenso será nuestro conflicto al día siguiente. Satanás vive, es activo y cada día necesitamos clamar fervorosamente a Dios por ayuda y fortaleza para resistirle. Mientras reine Satanás tendremos que subyugar el yo, tendremos asedios que vencer, y no habrá punto en que detenerse, donde podamos decir que hemos alcanzado la plena victoria.  "No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado de Cristo Jesús" (Filipenses 3:12).

La vida cristiana es una marcha constante hacia adelante. Jesús está sentado para retinar y purificar a sus hijos; y cuando su imagen se refleja perfectamente en ellos, son perfectos y santos, preparados para la traslación. Se requiere del cristiano una obra grande. Se nos exhorta a purificamos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, y a perfeccionar la santidad en el temor de Dios. En esto vemos en qué estriba la gran labor. Hay trabajo constante para el cristiano. Todo sarmiento de la cepa debe obtener de ella vida y fuerza a fin de dar fruto (Joyas de los testimonios, t. 1, p: 115).

 

Domingo 13 de marzo: "Gracia barata" y la Cruz

"¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera" (Romanos 6:15).
La sofistería de Satanás consiste en hacer creer que la muerte de Cristo trajo la gracia que reemplazó a la ley. La muerte de Cristo no cambia o anula o debilita en el menor grado la ley de los Diez Mandamientos. Esa preciosa gracia ofrecida al hombre por medio de la sangre de Cristo, establece la ley de Dios. Desde la caída del hombre, el gobierno moral de Dios y su gracia son inseparables. Van de la mano a través de todas las dispensaciones.
El evangelio del Nuevo Testamento no es la norma rebajada del Antiguo para ponerla a nivel del pecador y salvarlo en sus pecados. Dios requiere obediencia de todos sus súbditos, obediencia total a todos sus mandamientos.

Jesús fue tentado en todo como nosotros, para que pudiera saber cómo socorrer a los que son tentados. Su vida es nuestro ejemplo.
Muestra por su obediencia voluntaria qué el hombre puede 'guardar la ley de Dios y que la transgresión de la ley, no la obediencia a ella, lo somete a servidumbre...

El hombre que ha deshecho la imagen de Dios en su alma mediante una vida corrompida, no puede efectuar un cambio radical en sí mismo mediante el mero esfuerzo humano. Debe aceptar las provisiones del evangelio; debe reconciliarse con Dios por medio de la obediencia a su ley y la fe en Jesucristo. De allí en adelante su vida será gobernada por un nuevo principio... Debe afrontar el espejo, la ley de Dios, distinguir' los defectos de su carácter moral, y poner de lado sus pecados, lavando. las vestimentas de su carácter en la sangre del Cordero...

La influencia de una esperanza evangélica no inducirá al pecador á-considerar la salvación de Cristo como un asunto de libre gracia, mientras continúa viviendo en transgresión a la ley de Dios. Cuando la luz de la verdad amanezca en su mente y entienda plenamente los requerimientos de la ley de Dios y comprenda la amplitud de sus transgresiones, reformará sus caminos, llegará a ser leal a Dios por medio de la fortaleza obtenida de su Salvador, y vivirá una vida pura y nueva (La maravillosa gracia de Dios, p. 144).

La doctrina de la santificación verdadera es bíblica. El apóstol Pablo, en su carta a la iglesia de Tesalónica, declara: "Ésta es la voluntad de Dios, es a saber, vuestra santificación". Y ruega así: "El mismo Dios de paz os santifique del todo" (1 Tesalonicenses 4:3; 5:23, VM.). La Biblia enseña claramente lo que es la santificación, y cómo se puede alcanzarla. El Salvador oró por sus discípulos: "Santifícalos con la verdad: tu Palabra es la verdad" (S. Juan 17:17, 19, VM.). Y San Pablo enseña que los creyentes deben ser santificados por el Espíritu Santo. (Romanos 15:16). ¿Cuál es la obra del Espíritu Santo? Jesús dijo a sus. discípulos: "Cuando viniere aquél, el Espíritu de verdad, él os guiará al conocimiento de toda la verdad" (S. Juan 16:13, VM.). Y el salmista-dice: "Tu ley es la verdad". Por la Palabra y el Espíritu de Dios quedan de manifiesto ante los hombres los grandes principios de justicia encerrados en la ley divina. Y ya que la ley de Dios es santa, justa y buena, un trasunto de la perfección divina, resulta que el carácter formado por la obediencia a esa ley será santo. Cristo es ejemplo perfecto de semejante carácter. Él dice: "He guardado los mandamientos de mi Padre". "Hago siempre las cosas que le agradan" (S. Juan 15:10; 8:29, VM.). Los discípulos de Cristo han de volverse semejantes a él, es decir, adquirir por la gracia de Dios un carácter conforme a los principios de su santa ley. Esto es lo que la Biblia llama santificación (El conflicto de los siglos, pp. 522, 523).

 

Lunes 14 de marzo: Separados

"Yo soy Jehová vuestro' Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porqué yo soy santo" (Levítico 11:44).
La gloria de Dios consiste en otorgar su poder a sus hijos. Desea ver a los hombres alcanzar la más alta norma; y serán hechos perfectos en él cuando por fe echen mano del poder de Cristo, cuando recurran a sus infalibles promesas reclamando su cumplimiento, cuando con una importunidad que no admita rechazamiento, busquen el poder del Espíritu Santo...

Ante los creyentes se presenta la maravillosa posibilidad de llegar a ser semejantes a Cristo, obedientes a todos los principios de la ley de Dios. Pero por sí mismo el hombre es absolutamente incapaz de alcanzar esas condiciones. La santidad, que según la Palabra de Dios debe poseer antes de poder ser salvo, es el resultado del trabajo de la gracia divina sobre el que se somete en obediencia a la disciplina y a las influencias refrenadoras del Espíritu de verdad. La obediencia del hombre puede ser hecha perfecta únicamente por el incienso de la justicia de Cristo, que llena con fragancia divina cada acto de acatamiento.

La parte que le toca a cada cristiano es perseverar en la lucha por vencer cada falta. Constantemente debe orar al Salvador para que sane las dolencias de su alma enferma por el pecado. El hombre no tiene la sabiduría y la fuerza para vencer; ellas vienen del Señor, y él las confiere a los que en humillación y contrición buscan su ayuda.

El Espíritu Santo será dado a los que buscan su poder y gracia y ayudará nuestras flaquezas cuando tengamos una audiencia con Dios. El cielo está abierto a nuestras peticiones y se nos invita a ir "confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Hebreos 4:16). Debemos ir con fe, creyendo que obtendremos exactamente las cosas que le pedimos. Si en vuestra alma sentís necesidad, si tenéis hambre y sed de justicia, es indicación de que Cristo influyó en vuestro corazón para que le pidáis que haga por intermedio del Espíritu Santo lo que os es imposible. Si vaciamos el alma del yo, él suplirá todas nuestras necesidades (La maravillosa gracia de Dios, p. 217).

¿Qué es lo que Dios requiere de su heredad comprada con sangre? La santificación del ser entero; pureza como la pureza de Cristo; perfecta conformidad a la voluntad de Dios. Mis hermanos y hermanas, Dios requiere eso de nosotros. En la santa ciudad no entrará nadie que engañe o hable mentira. La orden de Dios para nosotros es: "Anda delante de mí y sé perfecto". "Porque tu eres pueblo santo para Jehová tu Dios". "Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios". "Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras"..

Podemos, podemos revelar la semejanza de nuestro divino Señor. Podemos conocer la ciencia de la vida espiritual. Podemos honrar a nuestro Hacedor. Pero, ¿lo hacemos? Oh, ¡qué hermoso ejemplo tenemos en la vida que Cristo vivió en la tierra! Nos mostró lo que podemos realizar mediante la cooperación con la Divinidad. Debemos procurar la unión de la cual habla cuando dice: "Permaneced en mí, y yo en vosotros" (S. Juan 15:4). Esta unión es más profunda, más fuerte, más verdadera que cualquier otra unión, y es productora de todo bien. Los que así están unidos con el Salvador, están dirigidos por su voluntad y movidos por su amor a sufrir con los que sufren, a alegrarse con los que se alegran, a compadecerse de los débiles, afligidos o desamparados.

El ideal que tiene Dios para sus hijos, está por encima del alcance del más elevado pensamiento humano. Desea que nuestras mentes sean claras, nuestro temperamento dulce y nuestro amor abundante. Entonces, la paz que sobrepuja todo entendimiento fluirá de nosotros para bendecir a todos aquellos con quienes entremos en contacto, porque la atmósfera que rodeará nuestra alma será refrescante (Review and Herald, noviembre 24, 1904).

 

Martes 15 de marzo: El estado santificado

La obra de la santificación es la obra de toda una vida. Debe proseguir continuamente, pero no puede progresar en el corazón mientras sea rechazada o descuidada la luz de cualquier parte de la verdad. El alma santificada no estará contenta de permanecer en la ignorancia, sino que deseará caminar en la luz y buscar una luz mayor. Así como el minero cava en procura de oro y plata, así también el seguidor de Cristo buscará la verdad como si fuera un tesoro escondido, y avanzará de una luz a una luz mayor, aumentando siempre su conocimiento. Crecerá continuamente en gracia y en el conocimiento de la verdad. Debe ser vencido el yo. Cada defecto de carácter debe ser detectado en el gran espejo de Dios. Podemos descubrir si estamos condenados o no por la norma del carácter de Dios.

Si estáis condenados, no hay sino un camino a seguir: debéis arrepentiros ante Dios por la transgresión de su ley, y debéis tener fe en nuestro Señor Jesucristo como en el único que puede limpiar de pecado. Si queremos ganar el cielo, debemos ser obedientes a los santos requerimientos de Dios. Los que se esfuerzan legítimamente, no se esforzarán en vano. Creed tan sólo en la verdad tal como es en Jesús, y seréis fortalecidos para la batalla contra los poderes de las tinieblas. Los luchadores de antaño se esforzaban por obtener una corona perecedera. ¿Y no debiéramos esforzarnos para ganar la corona inmarcesible? (Mensajes selectos, t. 1, pp. 372, 373).

Los agravios no pueden repararse, ni tampoco pueden realizarse reformas en la conducta mediante unos cuantos esfuerzos débiles e intermitentes. La formación del carácter es tarea, no de un día ni de un año, sino de toda la vida. La batalla para vencerse a sí mismo, para lograr la santidad y el cielo, es una lucha de toda la vida. Sin continuo esfuerzo y constante actividad, no puede haber adelanto en la vida divina, ni puede obtenerse la corona de victoria.

La prueba más evidente de la caída del hombre de un estado superior es el hecho de que tanto cuesta volver a él. El camino de regreso se puede recorrer sólo mediante rudo batallar, hora tras hora, y adelantando paso a paso. En un momento, por una acción precipitada o por descuido, podemos ponernos bajo el poder del mal; pero se necesita más de un momento para romper los grillos y alcanzar una vida más santa. Bien puede formarse el propósito y empezar a realizarlo; pero su cumplimiento cabal requiere trabajo, tiempo, perseverancia, paciencia y sacrificio.

No debemos obrar impulsivamente. No podemos descuidamos un solo momento. Asaltados por tentaciones sin cuento, debemos resistir con firmeza o ser vencidos. Si llegamos al fin de la vida sin haber concluido nuestra obra, la pérdida será eterna.

La vida del apóstol Pablo fue un constante conflicto consigo mismo. Dijo: "Cada día muero" (1 Corintios 15:31). Su voluntad y sus deseos estaban en conflicto diario con su deber y con la voluntad de Dios. En vez de seguir su inclinación, hizo la voluntad de Dios, por mucho que tuviera que crucificar su naturaleza.
Al terminar su vida de conflicto, al mirar hacia atrás y ver los combates y triunfos de ella, pudo decir: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día" (2 Timoteo 4:7, 8).

La vida cristiana es una batalla y una marcha. En esta guerra no hay descanso; el esfuerzo ha de ser continuo y perseverante. Sólo mediante un esfuerzo incansable podemos asegurarnos la victoria contra las tentaciones de Satanás. Debemos procurar la integridad cristiana con energía irresistible, y conservarla con propósito firme y resuelto.

Nadie llegará a las alturas sin esfuerzo perseverante en su propio beneficio. Todos deben empeñarse por sí mismos en esta guerra; nadie puede pelear por nosotros. Somos individualmente responsables del desenlace del combate; aunque Noé, Job y Daniel estuviesen en la tierra, no podrían salvar por su justicia a un hijo ni a una hija (El ministerio de curación, pp. 358, 359).

 

Miércoles 16 de marzo: "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios"

Dios ha provisto ayuda divina para todas las emergencias frente a las cuales nuestros recursos humanos son insuficientes. Da el Espíritu Santo para ayudar en cada dificultad, para fortalecer nuestra esperanza y seguridad, para iluminar nuestras mentes y purificar nuestros corazones.

Lo que os corresponde es volcar vuestra voluntad en el bando de Cristo. Cuando le entregáis vuestra voluntad, él inmediatamente toma posesión de vosotros, y obra en vosotros para que hagáis su deseo. Entonces vuestra naturaleza queda sometida a su Espíritu. Hasta vuestros pensamientos quedan sujetos al Señor. Si no podéis dominar vuestros impulsos y emociones como deseáis, podéis dominar vuestra voluntad, de modo que se efectúe un gran cambio en vuestra vida. Cuando entregáis vuestra voluntad a Cristo, vuestra vida queda escondida con Cristo en Dios. Hace alianza con el poder que supera a todos los principados y las potestades. Ya tenéis fuerza divina que os mantiene asidos a su fortaleza; y se abre ante vosotros la posibilidad de una nueva vida, la vida de la fe (La maravillosa gracia de Dios, p. 209).

La verdadera santificación es nada más y nada menos que amar a Dios con todo el corazón, caminar en sus mandamientos y estatutos sin mácula. La santificación no es una emoción sino un principio de origen celestial que pone todas las pasiones y todos los deseos bajo el control del Espíritu de Dios; y esta obra es realizada por medio de nuestro Señor y Salvador (Fe y obras, p. 89).

Ningún hombre recibe la santidad como derecho de nacimiento, o como un don de cualquier otro ser humano. La santidad es el don de Dios mediante Cristo. Aquellos que reciben al Salvador se hacen hijos de Dios. Son sus hijos espirituales, nacidos otra vez, renovados en justicia y en verdadera santidad. Sus mentes son transformadas. Contemplan las realidades eternas con una clara visión. Son adoptados en la familia de Dios, y se transforman a su semejanza, cambiados de gloria en gloria por su Espíritu. Primero se complacían en el amor supremo de sí mismos y luego llegan a complacerse en el amor supremo a Dios y a Cristo... El secreto de la santidad consiste en aceptar a Cristo como un Salvador personal, y en seguir su ejemplo de abnegación.

La santidad no es una emoción; es el resultado de la entrega a Dios; consiste en vivir cada palabra que procede de la boca de Dios; consiste en hacer la voluntad de nuestro Padre celestial; consiste en confiar en Dios en las dificultades, en creer en sus promesas, en las tinieblas tanto como en la luz. La religión consiste en andar por la fe, tanto como por la vista, confiando en Dios con toda confianza, y descansando en su amor.

La santificación es un estado de santidad, tanto adentro como amera; es pertenecer a Dios en forma consagrada y sin reserva, no como mero formalismo, sino en verdad. Toda impureza de pensamiento, toda pasión concupiscente, separa el alma de Dios, porque Cristo no puede poner su ropaje de justicia sobre un pecador para ocultar su deformidad... Debe haber una obra progresiva de triunfo sobre el mal, de simpatía por el bien; debe haber un reflejo del carácter de Jesús. Debemos andar a la luz que aumentará y se tornará más brillante hasta que sea el día perfecto. Es un crecimiento real, sustancial, que finalmente alcanzará a la plena estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús...

El cielo es un lugar feliz porque es un lugar santo. La conformidad a la semejanza del carácter de Cristo, el triunfo sobre todo pecado y tentación, el andar en el temor de Dios, el poner al Señor continuamente delante de nosotros, proporcionará paz y gozo en la tierra y asegurará una pura felicidad en el cielo (Nuestra elevada vocación, p. 216).

 

Jueves 17 de marzo: La ley y el evangelio

"La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe". El Espíritu Santo por medio del apóstol está hablando en este texto, especialmente de la ley moral. La ley nos revela el pecado, y hace que sintamos nuestra necesidad de Cristo y que acudamos a él en procura de perdón y paz, arrepintiéndonos ante Dios y teniendo fe en nuestro Señor Jesucristo...

'La ley de los Diez Mandamientos no debe ser considerada tanto desde el punto de vista de las prohibiciones como de la misericordia. Sus prohibiciones son la segura garantía de felicidad en la obediencia. Si se recibe en Cristo, obra en nosotros la pureza del carácter que nos proporcionará gozo a través de los siglos eternos. Para el obediente es un muro de protección. Contemplamos en ella la bondad de Dios, quien al revelar a los hombres los inmutables principios de rectitud, procura escudarlos contra los males que resultan de la transgresión.

No debemos considerar a Dios como quién está esperando para castigar al pecador por su pecado. El pecador atrae el castigo sobre sí mismo. Sus propias acciones desatan una serie de circunstancias que acarrean el resultado seguro. Cada acto de transgresión reacciona sobre el pecador, obra en él un cambio de carácter y hace que le sea más fácil transgredir otra vez. Cuando los hombres eligen pecar se separan de Dios, se desligan del cauce de bendición, y el resultado seguro es ruina y muerte.

La ley es una expresión del propósito de Dios. Cuando la recibimos en Cristo, se convierte en nuestro propósito. Nos eleva por encima del poder y los deseos y las tendencias naturales, por encima de las tentaciones que conducen al pecado (Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 1110).

He aquí una obra que el hombre puede hacer. Debe mirarse en el espejo, la santa ley de Dios, descubrir los defectos de su carácter moral y abandonar sus pecados, lavando la vestidura de su carácter en la sangre del Cordero. La envidia, el orgullo, la malicia, el engaño, la contienda y el crimen serán limpiados del corazón que recibe el amor de Cristo y que alberga la esperanza de ser transformado a su semejanza cuando lo vea tal como él es. La religión de Cristo refina y dignifica a su poseedor, no importa qué relaciones haya tenido en la vida y por que circunstancias haya pasado. Los hombres que llegan a ser cristianos poseedores de gran luz se levantan por encima del nivel de sus caracteres antiguos hasta alcanzar una mayor fortaleza mental y moral. Los que han caído en el pecado y el crimen y han sido degradados por ellos, gracias a los méritos del Salvador pueden ser exaltados a una posición muy poco menor que la de los ángeles.

Pero la influencia de un evangelio' de esperanza no inducirá al pecador a aguardar la salvación de Cristo cómo algo de pura gracia, mientras continúa viviendo en la transgresión de la ley de Dios. Cuando la luz de la verdad resplandece en su mente y comprende en forma plena los requerimientos de Dios y vislumbra la amplitud de su transgresión, reformará sus caminos, llegará a ser leal a Dios por medio de la fortaleza obtenida de su Salvador y vivirá una vida nueva y más pura (La maravillosa gracia de Dios, p. 232).

 

Viernes 18 de marzo: Para estudiar y meditar

 

 

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