Notas de Elena White

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La cruz y la justificación
 

Para el 12 de Marzo del 2005

Lección 11




Sábado 5 de marzo

El dinero no puede comprarla, ni el intelecto discernirla, ni el poder mandarla; mas Dios concede generosamente su gracia a todos los que quieran aceptarla. Pero los hombres deben sentir su necesidad y, renunciando a toda dependencia propia, aceptar la salvación como un don. Los que entren en el cielo no escalarán sus muros mediante su propia justicia, ni se abrirán sus portales para ellos como consecuencia de costosas ofrendas de oro o plata, sino que obtendrán entrada en las mansiones de la casa del Padre por medio de los méritos de la cruz de Cristo.

Para el hombre pecador, el más grande consuelo, la mayor causa de regocijo, es que el cielo ha dado a Jesús para que sea el Salvador del pecador... Se ofreció para llegar al terreno donde Adán tropezó y cayó; para hacer frente al tentador en el campo de batalla, y para vencerlo en favor del hombre.. Contemplémoslo en el desierto de la tentación.' Ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches soportando los más fieros embates de los poderes de las tinieblas. Pisó "solo el lagar, y de los pueblos nadie" hubo a su lado (Isaías 63:3). No por sí mismo, sino para quebrantar la cadena que mantenía a la raza humana esclavizada a Satanás (La maravillosa gracia de Dios, p. 179).

 

Domingo 6 de marzo: El Don

Sea hecho claro y manifiesto que no es posible mediante mérito de la criatura realizar cosa alguna en favor de nuestra posición delante de Dios o de la dádiva de Dios por nosotros. Si la fe y las obras pudieran comprar el don de la salvación, entonces el Creador estaría obligado. ante la criatura. En este punto la falsedad tiene una oportunidad de ser aceptada como verdad... La salvación, en tal caso, es en cierto modo una obligación, que puede ganarse como un sueldo. Si el hombre n0 puede, por ninguna de sus buenas obras, merecer la salvación, entonces ésta debe ser enteramente por gracia, recibida por el hombre como pecador porque acepta y cree en Jesús. Es un don absolutamente gratuito. La justificación por la fe está más allá de controversias. Y toda esta controversia termina tan pronto como se establece el punto de que los méritos de las buenas obras del hombre caído nunca pueden procurarle la vida eterna (Fe y obras, p. 17).

Es peligroso considerar que la justificación por la fe pone mérito en la fe. Cuando aceptamos la justicia de Cristo como un regalo, somos justificados gratuitamente mediante la redención de Cristo. ¿Qué es fe? "La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1). Es el asentimiento de la mente a las palabras de Dios, que ciñe el corazón en voluntaria consagración y servicio a Él, quien dio el entendimiento, enterneció el corazón, y tomó la iniciativa para atraer la mente a fin de que contemplara a Cristo en la cruz del Calvario. La fe es rendir a Dios las facultades intelectuales, entregarle la mente y la voluntad, y hacer de Cristo la única puerta para entrar en el reino de los cielos.

Cuando los hombres comprenden que no pueden ganar la justificación por los méritos de sus propias obras, y con firme y completa confianza miran a Cristo como su única esperanza, no hay en sus vidas tanto del yo y tan poco de Jesús. Las almas y los cuerpos están corrompidos y contaminados por el pecado, el corazón está alejado de Dios; sin embargo, muchos luchan con su propia fuerza finita para ganar la salvación mediante buenas obras. Piensan que Jesús obrará parte de la salvación, pero que ellos deben hacer el resto. Los tales necesitan ver por fe la justicia de Cristo como su única esperanza para este tiempo y la eternidad (Fe y obras, pp. 24, 25).

Si alguien dice: "Repartiré todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y entregaré mi cuerpo para ser quemado", eso no mejoraría en absoluto su situación ante Dios. El hombre no puede hacer nada para merecer el favor del cielo. Lo único que el pecador puede hacer es aceptar alegremente el sacrificio que Cristo ha hecho, apreciar su amor y aferrarse a su justicia por la fe. Cuando le amamos a él porque él nos amó primero, sentiremos que cada parte de nuestro cuerpo y alma le pertenece. Y al aferramos libremente de su don y entregamos totalmente a él, el poder de Dios vendrá sobre nosotros (Bible Echo, febrero 15, 1892).

 

Lunes 7 de marzo: Justificados

Cuando el pecador arrepentido, contrito delante de Dios, discierne la expiación de Cristo en su favor y acepta esa expiación como su única esperanza en esta vida y en la vida futura, sus pecados son perdonados. Esto es justificación por la fe. Cada alma creyente debe amoldar enteramente su voluntad con la voluntad de Dios y mantenerse en un estado de arrepentimiento y contrición, ejerciendo fe en los méritos expiatorios del Redentor y avanzando de fortaleza en fortaleza, de gloria en gloria.

Perdón y justificación son una y la misma cosa. El creyente pasa, mediante la fe, de la condición de rebelde, hijo del pecado y de Satanás, a la condición de leal súbdito de Cristo Jesús; no por una bondad inherente, sino porque Cristo lo recibe como a su hijo por adopción. El pecador recibe el perdón de sus pecados porque esos pecados son llevados por su Sustituto y Fiador. El Señor habla a su Padre celestial, y le dice: "Este es mi hijo, lo indulto de su condena de muerte dándole mi póliza de seguro de vida -vida eterna-, porque he ocupado su lugar y sufrí por sus pecados. Es plenamente mi amado hijo". El hombre per¬donado y revestido con las bellas vestiduras de la justicia de Cristo, está de este modo sin falta delante de Dios.

El pecador quizá yerre, pero no es desechado sin misericordia; sin embargo, su única esperanza es arrepentirse ante Dios y tener fe en el Señor Jesucristo. Es prerrogativa del Padre perdonar nuestras transgresiones y nuestros pecados, porque Cristo tomó sobre sí nuestra culpa y nos ha indultado dándonos su propia justicia. Su sacrificio satisface plenamente las demandas de justicia.

Justificación es lo opuesto a condenación. La ilimitada misericordia de Dios se aplica a los que son completamente indignos. Él perdona las transgresiones y los pecados debido a Jesús, quien se ha convertido en la propiciación por nuestros pecados. El transgresor culpable es puesto en gracia delante de Dios mediante la fe en Cristo, y entra en la firme esperanza de vida eterna (Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 1070).

Ojalá todos estimaran correctamente el precioso don que nuestro Padre celestial hizo a nuestro mundo. Los discípulos sintieron que no podían expresar el amor de Cristo. Sólo pudieron decir: "En esto consiste el amor". El universo entero expresa este amor y la ilimitada benevolencia de Dios.

Dios podría haber enviado a su Hijo al mundo para condenarlo Pero, ¡maravillosa gracia! Cristo vino para salvar, no para destruir. Los apóstoles nunca tocaron este tema sin que sus corazones ardieran con la inspiración del incomparable amor del Salvador. El apóstol Juan no puede encontrar palabras para expresar sus sentimientos. Exclama: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él" (1 Juan 3:1). Nunca podremos calcular cuánto nos amó el Padre. No hay medida con que compararlo (Mente, carácter y personalidad, t. 1, pp. 255, 256).

 

Martes 8 de marzo: La asignación de la justicia

Sin la gracia de Cristo, el pecador está en una condición desvalida. No puede hacer nada por sí, pero mediante la gracia divina se imparte al hombre poder sobrenatural que obra en la mente, el corazón y el carácter. Mediante la comunicación de la gracia de Cristo, el pecado es discernido en su aborrecible naturaleza y finalmente expulsado del templo del alma. Mediante la gracia, somos puestos en comunicación con Cristo para ser asociados con él en la obra de la salvación. La fe es la condición por la cual Dios ha visto conveniente prometer perdón a los pecadores. No es que haya virtud alguna en la fe, que haga merecer la salvación, sino porque la fe puede aferrarse a los méritos de Cristo, quien es el remedio para el pecado. La fe puede presentar la perfecta obediencia de Cristo en lugar de la transgresión y la apostasía del pecador. Cuando el pecador cree que Cristo es su Salvador personal, entonces, de acuerdo con la promesa infalible de Jesús, Dios le perdona su pecado y lo justifica gratuitamente. El alma arrepentida comprende que su justificación viene de Cristo que, como su sustituto y garantía, ha muerto por ella, y es su expiación y justificación (Mensajes selectos, t. l ,pp.429,430).

Por medio de la justicia imputada de Cristo, el pecador puede sentir que está perdonado, y puede saber que la ley no lo condena más, porque está en armonía con todos sus preceptos. Es su privilegio considerarse inocente cuando lee en cuanto a la retribución que sobrevendrá al incrédulo y al pecador, y piensa en ella. Se aferra por fe de la justicia de Cristo, y responde con amor y gratitud al gran amor de Dios manifestado en el don de su Hijo unigénito, quien murió a fin de sacar a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio. Sabiéndose pecador y transgresor de la santa ley de Dios, considera la perfecta obediencia de Cristo, su muerte en el Calvario por los pecados del mundo, y tiene la seguridad de que es justificado por la fe en los méritos y en el sacrificio de Cristo. Comprende que la ley fue obedecida en su favor por el Hijo de Dios, y que el castigo de la transgresión no puede caer sobre el pecador creyente. La activa obediencia de Cristo reviste al pecador creyente de justicia que llena las demandas de la ley (Hijos e hijas de Dios, p. 242).

Cristo ha abierto el camino para acercarnos a Dios y nos dice: "Haced uso de mi nombre; será vuestro pasaporte al corazón de Dios y a todas las riquezas de su gracia". "Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, él lo dará... Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido" (S. Juan 16:23, 24). Sus seguidores se presentan frente al Padre en el nombre de Cristo, y él los considera valiosos por el valor que concede al sacrificio hecho por ellos. Son preciosos a su vista debido a la justicia imputada de Cristo, y por él perdona los pecados a los que le temen. No ve en ellos la vileza del pecado sino la semejanza a su Hijo en quien ellos creen (Signs of the Times, junio 18, 1902).

 

Miércoles 9 de marzo: Cristo, nuestra justicia

La obra de la redención implica consecuencias de las cuales es difícil que el hombre tenga concepto alguno. "Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos qué le aman". Cuando el pecador, atraído por el poder de Cristo, se acerca a la cruz levantada y se postra delante de ella, se realiza una nueva creación. Se le da un nuevo corazón; llega a ser una nueva criatura en Cristo Jesús. La santidad encuentra que no hay nada más que requerir. Dios mismo es "el que justifica al que es de la fe de Jesús". Y "a los que justificó, a éstos también glorificó". Si bien es cierto que son grandes la vergüenza y la degradación producidas por el pecado, aún mayores serán el honor y la exaltación mediante el amor redentor. A los seres humanos que se esfuerzan por estar en conformidad con la imagen divina, se les imparte algo del tesoro celestial, una excelencia de poder que los colocará aun por encima de los ángeles que nunca han caído (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 127).

"Siendo justificados gratuitamente por su gracia—dice el apóstol— mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Romanos 3:24-26).

Aquí, está la verdad presentada con toda claridad. Esta misericordia y bondad son totalmente inmerecidas. La gracia de Cristo ha de justificar gratuitamente al pecador sin mérito ni pretensión de parte de él. La justificación es el perdón total y completo del pecado. En el momento en que el pecador acepta a Cristo por la fe, es perdonado. La justicia de Cristo le es imputada, y ya no ha de dudar de la gracia perdonadora de Dios (Reflejemos a Jesús, p. 70).

"Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Hebreos 7:25).  ¿Cómo se reconcilia Dios con los hombres? Por la obra y los méritos de Jesucristo, quien... puso de lado todo lo que pudiera interponerse entre el hombre y el amor perdonador de Dios. No se cambia la ley que el hombre transgredió para que armonice con el pecador en su condición caída, sino que se la revela como el trasunto del carácter de Jehová, el exponente de su santa voluntad, y se la exalta y se la magnifica en la vida y en el carácter de Jesucristo. No obstante, se provee un camino de salvación, porque se nos presenta al inmaculado Cordero de Dios como el que quita el pecado del mundo. Jesús ocupa el lugar del pecador, y lleva sobre sí mismo la culpa del transgresor. Al mirar al sustituto y seguridad del pecador, el Señor Jehová puede ser justo, y al mismo tiempo el Justificador de los que creen en Jesús. Se perdona al que acepta a Cristo como su justicia y su única esperanza; porque Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí. La justicia, la verdad, y la santidad de Cristo, que son aprobadas por la ley de Dios, constituyen un canal por medio del cual la misericordia puede comunicarse al pecador arrepentido y creyente.

Los que no creen en Cristo no están reconciliados con el Padre, pero los que tienen fe en él están escondidos con Cristo en Dios. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" (Hijos e hijas de Dios, p.241).

 

Jueves 10 de marzo: Justificación por la fe

Mediante Cristo, se dan al hombre tanto restauración como reconciliación. El abismo abierto por el pecado ha sido salvado por la cruz del Calvario. Un rescate pleno y completo ha sido pagado por Jesús en virtud del cual el pecador es perdonado y es mantenida la justicia de la ley. Todos los que creen que Cristo es el sacrificio expiatorio pueden ir y recibir el perdón de sus pecados, pues mediante los méritos de Cristo se ha abierto la comunicación entre Dios y el hombre. Dios puede aceptarme como su hijo y yo puedo tener derecho a él y puedo regocijarme en él como en mi Padre amante.

Debemos centralizar nuestras esperanzas del cielo únicamente en Cristo, pues él es nuestro Sustituto y Garante. Hemos transgredido la ley de Dios, y por las obras de la ley ninguna carne será justificada. Los mejores esfuerzos que pueda hacer el hombre con su propio poder son inútiles para responder ante la ley santa y justa que ha transgredido, pero mediante la fe en Cristo puede demandar la justicia del Hijo de Dios como plenamente suficiente. Cristo satisfizo las demandas de la ley en su naturaleza humana. Llevó la maldición de la ley en lugar del pecador, hizo expiación por él, a fin de que "todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". La fe genuina se apropia de la justicia de Cristo y el pecador es hecho vencedor con Cristo, pues se lo hace participante de la naturaleza divina, y así se combinan la divinidad y la humanidad (Fe y obras, pp. 96, 97).

"Pero por las obras de la ley ninguna carne será justificada". No hay poder en la ley para salvar al transgresor. Si el ser humano, después de haber transgredido la ley, pudiera salvarse por poner toda su energía en guardarla perfectamente, entonces la muerte de Cristo no hubiera sido necesaria. El hombre podría haber dependido de sus propios méritos y decir: "Soy impecable". Pero el ser humano, por sí mismo, no puede elevarse a un sitial donde pueda reclamar la perfección, ni Dios degradará su ley para ponerla al alcance de la imperfección humana. Es sólo porque Cristo vino a nuestro mundo, pagó la deuda del pecador, sufrió la penalidad de la ley y satisfizo la justicia, que ahora el pecador puede reclamar la justicia de Cristo. "Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Romanos 5:20) (Manuscript Releases, t. 6, pp. 141, 142).

El alma que desea ser salva, en lugar de confiar en sus buenas obras, debe confiar en la justicia de Cristo pues sólo en Cristo podrá hacer las obras de Dios. Jesús dice: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (S. Juan 5:24). Cristo es la única esperanza del pecador. Éste no puede confiar en sus buenas obras porque todas ellas están mezcladas con orgullo y pecado, y porque por las obras de la ley, ninguna carne será justificada; por la ley sólo viene el conocimiento del pecado. El único refugio para el pecador es Cristo; en él, el alma arrepentida puede encontrar remedio para su pecado y sanamiento para las heridas, del amia (Review and Herald junio 14, 1892).

 

Viernes 11 de marzo: Para estudiar y meditar

 

 

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