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Material Auxiliar del Espíritu de Profecía
 

Lección 5

Para el 29 de Enero del 2005


 

Los hechos de los apóstoles, pp. 296, 447-450

Pablo no se olvidaba de las iglesias que había establecido. 296 Después de hacer una jira misionera, él y Bernabé volvieron sobre sus pasos y visitaron las iglesias que habían levantado, escogiendo de entre sus miembros hombres a quienes podían preparar para que se les unieran en la proclamación del Evangelio.

Este rasgo de la obra de Pablo contiene una importante lección para los ministros hoy día. El apóstol hizo de la enseñanza de jóvenes para el oficio de ministros una parte de su obra. Los llevaba consigo en sus viajes misioneros, y así adquirían la experiencia necesaria para ocupar más tarde cargos de responsabilidad. Mientras estaba separado de ellos, se mantenía al tanto de su obra, y sus epístolas a Timoteo y Tito demuestran cuán vivamente anhelaba que obtuviesen éxito.

Los obreros de experiencia hacen hoy una noble obra cuando, en lugar de tratar de llevar todas las cargas ellos mismos, adiestran obreros más jóvenes y colocan cargas sobre sus hombros.

Nunca olvidaba Pablo la responsabilidad que descansaba sobre él como ministro de Cristo; ni que si las almas se perdían por su infidelidad, Dios lo tendría por responsable. "Soy hecho ministro -declaró,- según la dispensación de Dios que me fue dada en orden a vosotros, para que cumpla la palabra de Dios; a saber, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, mas ahora ha sido manifestado a sus santos: a los cuales quiso Dios hacer notorias las riquezas de la gloria de este misterio entre los Gentiles; que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria: el cual nosotros anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús: en lo cual aun trabajo, combatiendo según la operación de él, la cual obra en mí poderosamente." (Col. 1: 25-29.)

Estas palabras presentan al obrero de Cristo una norma elevada, que puede ser alcanzada, sin embargo, por todos los que, poniéndose bajo la dirección del gran Maestro, aprenden diariamente en la escuela de Cristo....

El apóstol Pablo escribió: "Porque la voluntad de Dios es 447 vuestra santificación." (1 Tes. 4: 3.) La santificación de la iglesia es el propósito de Dios en todo su trato con su pueblo. Lo escogió desde la eternidad, para que fuese santo. Dio a su Hijo para que muriese por él, a fin de que fuese santificado por medio de la obediencia a la verdad, despojándose de todas las pequeñeces del yo. Requiere de él una obra personal, una entrega individual, Dios puede ser honrado por los que profesan creer en él únicamente cuando se asemejan a su imagen y son dirigidos por su Espíritu. Entonces, como testigos del Salvador, pueden dar a conocer lo que ha hecho la gracia divina por ellos.

La verdadera santificación es consecuencia del desarrollo del principio del amor. "Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él." (1 Juan 4: 16.) La vida de aquel en cuyo corazón habita Cristo revelará una piedad práctica. El carácter será purificado, elevado, ennoblecido y glorificado. Una doctrina pura acompañará las obras de justicia; y los preceptos celestiales a las costumbres santas.

Los que quieren alcanzar la bendición de la santidad deben aprender primero el significado de la abnegación. La cruz de Cristo es la columna central sobre la cual descansa el "sobremanera alto y eterno peso de gloria." "Si alguno quiere venir en pos de mí -dijo Cristo- niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame." (2 Cor. 4: 17; Mat. 16: 24.) Es la fragancia del amor para con nuestros semejantes lo que revela nuestro amor para con Dios. Es la paciencia en el servicio lo que otorga descanso al alma. Es mediante el trabajo humilde, diligente y fiel cómo se promueve el bienestar de Israel. Dios sostiene y fortalece al que desea seguir en la senda de Cristo.

La santificación no es obra de un momento, una hora, o un día, sino de toda la vida. No se la consigue por medio de un feliz arranque de los sentimientos, sino que es el resultado de morir constantemente al pecado y vivir cada día para Cristo. No pueden corregirse los males ni producirse reformas en el carácter por medio de esfuerzos débiles e intermitentes. Solamente 448 venceremos mediante un prolongado y perseverante trabajo, penosa disciplina y duro conflicto. No sabemos en el día actual cuán intenso será nuestro conflicto en el siguiente. Mientras reine Satanás, tendremos que dominarnos a nosotros mismos y vencer los pecados que nos rodean; mientras dure la vida, no habrá un momento de descanso, un lugar al cual podamos llegar y decir: Alcancé plenamente el blanco. La santificación es el resultado de la obediencia prestada durante toda la vida.

Ningún apóstol o profeta pretendió haber vivido sin pecado. Hombres que han vivido lo más cerca de Dios, hombres que sacrificaron sus vidas antes de cometer a sabiendas un acto pecaminoso, hombres a quienes Dios honró con luz divina y poder, confesaron su naturaleza pecaminosa. No pusieron su confianza en la carne, no pretendieron poseer una justicia propia, sino que confiaron completamente en la justicia de Cristo.

Así debe ser con todos los que contemplan a Jesús. Cuanto más nos acerquemos a él y cuanto más claramente discernamos la pureza de su carácter, tanto más claramente veremos la extraordinaria gravedad del pecado y tanto menos nos sentiremos tentados a exaltarnos a nosotros mismos. Habrá un continuo esfuerzo del alma para acercarse a Dios; una constante, ferviente y dolorosa confesión del pecado y una humillación del corazón ante él. En cada paso de avance que demos en la experiencia cristiana, nuestro arrepentimiento será más profundo. Conoceremos que la suficiencia solamente se encuentra en Cristo, y haremos la confesión del apóstol: "Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien." "Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo." (Rom. 7: 18; Gál. 6: 14.)

Escriban los ángeles la historia de las santas contiendas y conflictos del pueblo de Dios y registren sus oraciones y lágrimas; pero no sea Dios deshonrado por la declaración hecha por 449 labios humanos: No tengo pecado; soy santo. Nunca pronunciarán los labios santificados tan presuntuosas palabras.

El apóstol Pablo fue arrebatado al tercer cielo, y vio y oyó cosas que no podían referirse, y aun así su modesta declaración es: "No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo." (Fil. 3: 12.) Podían ángeles del cielo registrar las victorias de Pablo mientras proseguía la buena carrera de la fe. Podía el cielo regocijarse en su resuelto andar ascendente, mientras él, teniendo el galardón a la vista, consideraba todas las otras cosas como basura. Los ángeles se regocijaban al contar sus triunfos, pero Pablo no se jactaba de sus victorias. La actitud de ese apóstol es la que debe asumir cada discípulo de Cristo que anhele progresar en la lucha por la corona inmortal.

Miren en el espejo de la ley de Dios los que se sienten inclinados a hacer una elevada profesión de santidad. Cuando vean la amplitud de sus exigencias y comprendan cómo ella discierne los pensamientos e intentos del corazón, no se jactaran de su impecabilidad. "Si dijéremos - dice Juan, sin separarse de sus hermanos- que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros." "Si dijéramos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no, está en nosotros." "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad." (1 Juan 1: 8, 10, 9.)

Hay quienes profesan santidad, quienes declaran que están completamente con el Señor, quienes pretenden tener derecho a las promesas de Dios, mientras rehusan prestar obediencia a sus mandamientos. Dichos transgresores de la ley quieren recibir todas las cosas que fueron prometidas a los hijos de Dios; pero eso es presunción de su parte, por cuanto Juan nos dice que el verdadero amor a Dios será revelado mediante la obediencia a todos sus mandamientos. No basta creer la teoría de la verdad, hacer una profesión de fe en Cristo, creer que Jesús no es un impostor, y que la religión de la Biblia no es una 450 fábula por arte compuesta. "El que dice, Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos -escribió Juan-, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él, mas el que guarda su palabra, la caridad de Dios está verdaderamente perfecta en él: por esto sabemos que estamos en él." "El que guarda sus mandamientos, está en él, y él en él." (1 Juan 2: 4, 5; 3: 24.)

Juan no enseñó que la salvación puede ser ganada por la obediencia; sino que la obediencia es el fruto de la fe y del amor. "Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados -dijo,- y no hay pecado en él. Cualquiera que permanece en él, no peca; cualquiera que peca, no le ha visto, ni le ha conocido." (1 Juan 3: 5, 6.) Si permanecemos en Cristo, si el amor de Dios habita en el corazón, nuestros sentimientos, pensamientos y acciones estarán de acuerdo con la voluntad de Dios. El corazón santificado está en armonía con los preceptos de su ley.

Muchos son los que, aunque se esfuerzan por obedecer los mandamientos de Dios, tienen poca paz y alegría. Esa falta en su experiencia es el resultado de no ejercer fe. Caminan como si estuvieran en una tierra salitroso, o en un desierto reseco. Demandan poco, cuando podrían pedir mucho, por cuanto no tienen límite las promesas de Dios. Los tales no representan correctamente la santificación que viene mediante la obediencia a la verdad. El Señor desea que todos sus hijos sean felices, llenos de paz y obedientes. Mediante el ejercicio de la fe el creyente llega a poseer esas bendiciones. Mediante ella puede ser suplida cada deficiencia del carácter, cada contaminación purificada, cada falta corregida, cada excelencia desarrollada.

La oración es el medio ordenado por el cielo para tener éxito en el conflicto con el pecado y desarrollar el carácter cristiano. Las influencias divinas que vienen en respuesta a la oración de fe, efectuarán en el alma del suplicante todo lo que pide. Podemos pedir perdón del pecado, el Espíritu Santo, un temperamento semejante al de Cristo, sabiduría y poder para realizar 451 su obra, o cualquier otro don que él ha prometido; y la promesa es: "Se os dará."
 


 

El Deseado de Todas las Gentes

 

El Deseado de todas las gentes, pp. 501-505

El Deseado de todas las gentes, 599, 600

 

EL TIEMPO de la Pascua se estaba acercando, y de nuevo Jesús se dirigió hacia Jerusalén. Su corazón tenía la paz de la perfecta unidad con la voluntad del Padre, y con paso ansioso avanzaba hacia el lugar del
sacrificio. Pero un sentimiento de misterio, de duda y temor, sobrecogía
a los discípulos. El Salvador "iba delante de ellos, y se espantaban, y
le seguían con miedo."

Otra vez Jesús llamó a sí a los doce, y con mayor claridad que nunca les
explicó su entrega y sufrimientos. "He aquí --dijo él-- subimos a
Jerusalén, y serán cumplidas todas las cosas que fueron escritas por los
profetas, del Hijo del hombre. Porque será entregado a las gentes, y
será escarnecido, e injuriado y escupido. Y después que le hubieren
azotado, le matarán: mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada de
estas cosas entendían, y esta palabra les era encubierta, y no entendían
lo que se decía."

¿No habían proclamado poco antes por doquiera: "¿El reino de los cielos
se ha acercado"? ¿No había prometido Cristo mismo que muchos se
sentarían con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios? ¿No había
prometido a cuantos lo habían dejado todo por su causa cien veces tanto
en esta vida y una parte en su reino? ¿Y no había hecho a los doce la
promesa especial de que ocuparían puestos de alto honor en su reino, a
saber que se sentarían en tronos para juzgar a las doce tribus de
Israel? Acababa de decir que debían cumplirse todas las cosas escritas
en los profetas concernientes a él. ¿Y no habían predicho los profetas
la gloria del reino del Mesías? Frente a estos pensamientos, sus
palabras tocante a su entrega, persecución y muerte parecían vagas y
confusas. Ellos creían que a pesar de cualesquiera dificultades que
pudieran sobrevenir, el reino se establecería pronto.

Juan, hijo de Zebedeo, había sido uno de los dos primeros 502 discípulos que siguieran a Jesús. El y su hermano Santiago habían estado entre el primer grupo que había dejado todo por servirle. Alegremente habían abandonado su familia y sus amigos para poder estar con él; habían caminado y conversado con él; habían estado con él en el retiro del
hogar y en las asambleas públicas. El había aquietado sus temores,
aliviado sus sufrimientos y confortado sus pesares, los había librado de
peligros y con paciencia y ternura les había enseñado, hasta que sus
corazones parecían unidos al suyo, y en su ardor y amor anhelaban estar
más cerca de él que nadie en su reino. En toda oportunidad posible, Juan
se situaba junto al Salvador, y Santiago anhelaba ser honrado con una
estrecha relación con él.

La madre de ellos era discípula de Cristo y le había servido
generosamente con sus recursos. Con el amor y la ambición de una madre
por sus hijos, codiciaba para ellos el lugar más honrado en el nuevo
reino. Por esto, los animó a hacer una petición.

La madre y sus hijos vinieron a Jesús para pedirle que les otorgara algo
que anhelaban en su corazón.

"¿Qué queréis que os haga?" preguntó él.

La madre pidió: Di que se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu mano derecha, y el otro a tu izquierda, en tu reino."

Jesús los trató con ternura y no censuró su egoísmo por buscar
preferencia sobre sus hermanos. Leía sus corazones y conocía la
profundidad de su cariño hacia él. El amor de ellos no era un afecto
meramente humano; aunque fluía a través de la terrenidad de sus
conductos humanos, era una emanación de la fuente de su propio amor
redentor. El no lo criticó, sino que lo ahondó y purificó. Dijo: "¿Podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo
de que yo soy bautizado?" Ellos recordaron sus misteriosas palabras, que
señalaban la prueba y el sufrimiento, pero contestaron confiadamente:
"Podemos." Consideraban que sería el más alto honor demostrar su lealtad
compartiendo todo lo que aconteciera a su Señor.

"A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado,
seréis bautizados," dijo él. Delante de él, había una cruz en vez de un
trono, y por compañeros suyos, a su derecha 503 y a su izquierda, dos
malhechores. Juan y Santiago tuvieron que participar de los sufrimientos
con su Maestro; uno fue el primero de los hermanos que pereció a espada;
el otro, el que por más tiempo hubo de soportar trabajos, vituperio y
persecución.

"Mas el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda --continuó Jesús,-- no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está aparejado de mi
Padre." En el reino de los cielos, no se alcanza la posición por
favoritismo. No se la gana ni se la recibe como un regalo arbitrario. Es
el resultado del carácter. La corona y el trono son las prendas de una
condición alcanzada; son las arras de la victoria sobre sí mismo por
medio de nuestro Señor Jesucristo.

Largo tiempo después, cuando se había unido en simpatía con Cristo por la participación de sus sufrimientos, el Señor le reveló a Juan cuál es
la condición de la proximidad en su reino. "Al que venciere --dijo
Cristo,-- yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he
vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono." "Al que venciere, yo
lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá fuera; y
escribiré sobre él el nombre de mi Dios, . . . y mi nombre nuevo.'* El
apóstol Pablo escribió: "Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el
tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he
acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la
corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel
día."*

El que estará más cerca de Cristo será el que en la tierra haya bebido
más hondamente del espíritu de su amor desinteresado --amor que "no hace sin razón, no se ensancha; . . . no busca lo suyo, no se irrita, no
piensa el mal,"* -- amor que mueve al discípulo como movía al Señor, a
dar todo, a vivir, trabajar y sacrificarse, aun hasta la muerte, para la
salvación de la humanidad. Este espíritu se puso de manifiesto en la
vida de Pablo. El dijo: "Porque para mí el vivir es Cristo," porque su
vida revelaba a Cristo ante los hombres; "y el morir es ganancia,"
ganancia para Cristo; la muerte misma pondría de manifiesto el poder de
su gracia y ganaría almas para él. "Será engrandecido Cristo en mi
cuerpo -dijo él,- o por vida, o por muerte."* 504

Cuando los diez se enteraron de la petición de Santiago y Juan, se
disgustaron mucho. El puesto más alto en el reino era precisamente lo
que cada uno estaba buscando para sí mismo, y se enojaron porque los dos discípulos habían obtenido una aparente ventaja sobre ellos.
Otra vez pareció renovarse la contienda en cuanto a cuál sería el mayor,
cuando Jesús, llamándolos a sí, dijo a los indignados discípulos:
"Sabéis que los que se ven ser príncipes entre las gentes, se enseñorean
de ellas, y los que entre ellas son grandes, tienen sobre ellas
potestad. Mas no será así entre vosotros."

En los reinos del mundo, la posición significaba engrandecimiento
propio. Se obligaba al pueblo a existir para beneficio de las clases
gobernantes. La influencia, la riqueza y la educación eran otros tantos
medios de dominar al vulgo para que sirviera a los dirigentes. Las
clases superiores debían pensar, decidir, gozar y gobernar; las
inferiores debían obedecer y servir. La religión, como todas las demás
cosas, era asunto de autoridad. Se esperaba que el pueblo creyera y
practicara lo que indicaran sus superiores. Se desconocía totalmente el
derecho del hombre como hombre, de pensar y obrar por sí mismo.
Cristo estaba estableciendo un reino sobre principios diferentes. El
llamaba a los hombres, no a asumir autoridad, sino a servir, a
sobrellevar los fuertes las flaquezas de los débiles. El poder, la
posición, el talento y la educación, colocaban a su poseedor bajo una
obligación mayor de servir a sus semejantes. Aun al menor de los
discípulos de Cristo se dice: "Porque todas las cosas son por vuestra
causa."*

"El hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para
dar su vida en rescate por muchos." Entre los discípulos, Cristo era en
todo sentido un guardián, un portador de cargas. El compartía su
pobreza, practicaba la abnegación personal en beneficio de ellos, iba
delante de ellos para allanar los lugares más difíciles, y pronto iba a
consumar su obra en la tierra entregando su vida. El principio por el
cual Cristo se regía debe regir a los miembros de la iglesia, la cual es
su cuerpo. El plan y fundamento de la salvación es el amor. En el reino
de Cristo los mayores son los que siguen el ejemplo dado por él y actúan
como pastores de su rebaño. 505

Las palabras de Pablo revelan la verdadera dignidad y honra de la vida
cristiana: "Por lo cual, siendo libre para con todos, me he hecho siervo
de todos," "no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para
que sean salvos."*

En asuntos de conciencia, el alma debe ser dejada libre. Ninguno debe
dominar otra mente, juzgar por otro, o prescribirle su deber. Dios da a
cada alma libertad para pensar y seguir sus propias convicciones. "De
manera que, cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí."* Ninguno
tiene el derecho de fundir su propia individualidad en la de otro. En
todos los asuntos en que hay principios en juego, "cada uno esté
asegurado en su ánimo."* En el reino de Cristo no hay opresión señoril
ni imposición de costumbres. Los ángeles del cielo no vienen a la tierra
para mandar y exigir homenaje, sino como mensajeros de misericordia,
para cooperar con los hombres en la elevación de la humanidad.

Los principios y las palabras mismas de la enseñanza del Salvador, en su divina hermosura, permanecieron en la memoria del discípulo amado. En sus últimos días, el pensamiento central del testimonio de Juan a las
iglesias era: "Porque este es el mensaje que habéis oído desde el
principio: Que nos amemos unos a otros." "En esto hemos conocido el
amor, porque él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos
poner nuestras vidas por los hermanos."*

Tal era el espíritu que animaba a la iglesia primitiva. Después del
derramamiento del Espíritu Santo, "la multitud de los que habían creído
era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que
poseía; mas todas las cosas les eran comunes." "Ningún necesitado había
entre ellos." "Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del
Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos.'

 

Cristo sabía que para él había llegado el tiempo de partir del mundo e
ir a su Padre. Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el fin. Estaba ahora en la misma sombra de la cruz, y el dolor
torturaba su corazón.

Sabía que sería abandonado en la hora de su entrega. Sabía que se le
daría muerte por el más humillante procedimiento aplicado a los
criminales. Conocía la ingratitud y crueldad de aquellos a quienes había
venido a salvar. Sabía cuán grande era el sacrificio que debía hacer, y
para cuántos sería en vano. Sabiendo todo lo que le esperaba, habría
sido natural que estuviese abrumado por el pensamiento de su propia
humillación y sufrimiento. Pero miraba como suyos a los doce que habían
estado con él y que, pasados el oprobio, el pesar y los malos tratos que
iba a soportar, habían de quedar a luchar en el mundo. Sus pensamientos
acerca de lo que él mismo debía sufrir estaban siempre relacionados con
sus discípulos. No pensaba en sí mismo. Su cuidado por ellos era lo que
predominaba en su ánimo.En esta última noche con sus discípulos, Jesús tenía mucho que decirles.

Si hubiesen estado preparados para recibir lo que anhelaba impartirles,
se habrían ahorrado una angustia desgarradora, desaliento e
incredulidad. Pero Jesús vio que no podían soportar lo que él tenía que
decirles. Al mirar sus rostros, las palabras de amonestación y consuelo
se detuvieron en sus labios. Transcurrieron algunos momentos en
silencio. Jesús parecía estar aguardando. Los discípulos se sentían
incómodos. La simpatía y ternura despertadas por el pesar de Cristo
parecían haberse desvanecido. Sus entristecidas palabras, que señalaban
su propio sufrimiento, habían hecho poca impresión. Las miradas que se
dirigían unos a otros hablaban de celos y rencillas.

"Hubo entre ellos una contienda, quién de ellos parecía ser el mayor."
Esta contienda, continuada en presencia de Cristo, le apenaba y hería.
Los discípulos se aferraban a su idea favorita de que Cristo iba a hacer
valer su poder y ocupar su puesto en el trono de David. Y en su corazón,
cada uno anhelaba tener el más alto puesto en el reino. Se habían
avalorado a sí mismos y unos a otros, y en vez de considerar más dignos
a sus hermanos, cada uno se había puesto en primer lugar. La petición
600 de Juan y Santiago de sentarse a la derecha y a la izquierda del
trono de Cristo, había excitado la indignación de los demás. El que los
dos hermanos se atreviesen a pedir el puesto más alto, airaba tanto a
los diez que el enajenamiento amenazaba penetrar entre ellos.
Consideraban que se los había juzgado mal, y que su fidelidad y talentos
no eran apreciados. Judas era el más severo con Santiago y Juan.
Cuando los discípulos entraron en el aposento alto, sus corazones
estaban llenos de resentimiento. Judas se mantenía al lado de Cristo, a
la izquierda; Juan estaba a la derecha. Si había un puesto más alto que
los otros, Judas estaba resuelto a obtenerlo, y se pensaba que este
puesto era al lado de Cristo. Y Judas era traidor.

Se había levantado otra causa de disensión. Era costumbre, en ocasión de una fiesta, que un criado lavase los pies de los huéspedes, y en esa
ocasión se habían hecho preparativos para este servicio. La jarra, el
lebrillo y la toalla estaban allí, listos para el lavamiento de los
pies; pero no había siervo presente, y les tocaba a los discípulos
cumplirlo. Pero cada uno de los discípulos, cediendo al orgullo herido,
resolvió no desempeñar el papel de siervo. Todos manifestaban una
despreocupación estoica, al parecer inconscientes de que les tocaba
hacer algo. Por su silencio, se negaban a humillarse.

¿Cómo iba Cristo a llevar a estas pobres almas adonde Satanás no pudiese ganar sobre ellas una victoria decisiva? ¿Cómo podría mostrarles que el mero profesar ser discípulos no los hacía discípulos, ni les aseguraba un lugar en su reino? ¿Cómo podría mostrarles que es el servicio amante
y la verdadera humildad lo que constituye la verdadera grandeza? ¿Cómo
habría de encender el amor en su corazón y habilitarlos para entender lo
que anhelaba explicarles?

Los discípulos no hacían ningún ademán de servirse unos a otros. Jesús
aguardó un rato para ver lo que iban a hacer. Luego él, el Maestro
divino, se levantó de la mesa. Poniendo a un lado el manto exterior que
habría impedido sus movimientos, tomó una toalla y se ciñó. Con
sorprendido interés, los discípulos miraban, y en silencio esperaban
para ver lo que iba a seguir. "Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó
a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que
601 estaba ceñido." Esta acción abrió los ojos de los discípulos.
Amarga vergüenza y humillación llenaron su corazón. Comprendieron el
mudo reproche, y se vieron desde un punto de vista completamente nuevo.

Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de
ellos le llenó de tristeza, pero no entró en controversia con ellos
acerca de la dificultad. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca
olvidarían. Su amor hacia ellos no se perturbaba ni se apagaba
fácilmente. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus
manos, y que él provenía de Dios e iba a Dios. Tenía plena conciencia
de su divinidad; pero había puesto a un lado su corona y vestiduras
reales, y había tomado forma de siervo. Uno de los últimos actos de su
vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y cumplir la tarea de
un siervo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


 


 

El Evangelismo 444=445

En el fuego y en el agua.-

Siempre hay una clase de gente que está dispuesta a escaparse por alguna tangente, que desea aprehender algo extraño, maravilloso y nuevo; pero Dios 444 desea que todos nos movamos con calma y consideración, eligiendo nuestras palabras en armonía con la verdad sólida para este tiempo. La verdad debiera presentarse a la mente tan libre como sea posible de lo que es emocional, pero al mismo tiempo con la intensidad y solemnidad que corresponden a su carácter. Debemos tener cuidado de no estimular a los extremistas, los que están propensos a ir al fuego o al agua.

Os ruego que saquéis de vuestras enseñanzas toda expresión extravagante, todo aquello que las mentes inestables y los inexpertos pudieran tomar y utilizar para llevar a cabo movimientos descabellados y faltos de madurez. Es necesario que cultivéis la precaución en cada declaración a fin de no lanzar a nadie por una vía equivocada, y causar confusión que requerirá mucha labor penosa para corregir, desviando así la fuerza de los obreros hacia campos de actividad en los cuales Dios no desea que se entre. Una manifestación de fanatismo entre nosotros cerrará muchas puertas a los sólidos principios de la verdad (Manuscrito sin fecha, Nº 111).

La verdad sagrada es deshonrada por la excitación.-

Necesitamos ser reflexivos y tranquilos y contemplar las verdades de la revelación. La excitación no es favorable para el crecimiento en la gracia, para la verdadera pureza y la santificación del espíritu.

Dios quiere que tratemos con la verdad sagrada porque únicamente esto convencerá a los contradictores. Hay que llevar a cabo un trabajo sereno y sensato...

Dios pide que su pueblo ande con sobriedad y santa consecuencia. Debieran ser muy cuidadosos para no representar erradamente ni deshonrar las doctrinas sagradas de la verdad mediante manifestaciones extrañas, por medio de la confusión y el alboroto. Esto hace que los incrédulos piensen que los adventistas son un conjunto de fanáticos. Así se crea el prejuicio que impide que las almas reciban el mensaje para este tiempo. Cuando los creyentes hablan la verdad tal como es en Jesús, manifiestan una calma santa y sensata y no un confuso alboroto (Manuscrito 76a, 1901).

Los falsos maestros interpretan mal las profecías.-

En nuestra época, tal como ocurriría en los días de Cristo, puede haber una comprensión e interpretación errónea de las Escrituras. Si los judíos hubieran estudiado las Escrituras con fervor y con oración, su investigación los habría recompensado con un verdadero conocimiento del tiempo, y no sólo del tiempo, sino también de la manera en la cual Cristo aparecería. No habrían confundido la gloriosa segunda venida de Cristo con su primer advenimiento. Tenían el testimonio de Daniel; tenían el testimonio 445 de Isaías y de otros profetas, tenían las enseñanzas de Moisés; y ahí estaba Cristo en medio de ellos, y ellos todavía investigaban las Escrituras en busca de evidencias concernientes a su venida. Y estaban haciendo a Cristo las mismas cosas profetizadas que le harían. Estaban tan cegados que no sabían lo que estaban haciendo.

Y muchos están haciendo la misma cosa hoy, en 1897, porque no tienen experiencia en el mensaje probatorio comprendido en los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles. Hay quienes investigan las Escrituras en busca de pruebas que digan que esos mensajes se encuentran en el futuro. Captan la verdad de los mensajes pero fallan en darles el lugar que les corresponde en la historia profética. Por lo tanto los tales corren el peligro de descarriar al pueblo en lo que respecta a la ubicación de los mensajes. No ven ni comprenden el tiempo del fin ni cuándo ubicar los mensajes. El día del Señor se aproxima con pasos furtivos, pero hombres supuestamente sabios y grandes charlatanean sobre "educación superior". No conocen las señales de la venida de Cristo ni del fin del mundo (Manuscrito 136, 1897).


 

Conflicto de los Siglos 406-407

 

En 1821, tres años después de haber llegado Miller a su modo de interpretar las profecías que fijan el tiempo del juicio, el Dr. José Wolff, "el misionero universal," empezó a proclamar la próxima venida del Señor. Wolff había nacido en Alemania, de origen israelita, pues su padre era rabino. Desde muy temprano se convenció de la verdad de la religión cristiana. Dotado de inteligencia viva y dada a la investigación, solía prestar profunda atención a las conversaciones que se oían en casa de su padre mientras que diariamente se reunían piadosos correligionarios para recordar las esperanzas de su pueblo, la gloria del Mesías venidero y la restauración de Israel. Un día, cuando el niño oyó mencionar a Jesús de Nazaret, preguntó quién era. "Un israelita del mayor talento -le contestaron;- pero como aseveraba ser el Mesías, el tribunal judío le sentenció a muerte." "¿Por qué entonces-siguió preguntando el niño- está Jerusalén destruída? ¿y por qué estamos cautivos?" "¡Ay, ay! -contestó su padre.- Es porque los judíos mataron a los profetas." Inmediatamente se le ocurrió al niño que "tal vez Jesús de Nazaret había sido también profeta, y los judíos le mataron siendo inocente." -Travels and Adventures of the Rev. Joseph Wolff, tomo 1, pág. 6. Este sentimiento era tan vivo, que a pesar de haberle sido prohibido entrar en iglesias cristianas, a menudo se acercaba a ellas para escuchar la predicación.

Cuando tenía apenas siete años habló un día con jactancia a un anciano cristiano vecino suyo del triunfo futuro de Israel y del advenimiento del Mesías. El anciano le dijo entonces con bondad: "Querido niño, te voy a decir quién fue el verdadero Mesías: fue Jesús de Nazaret, . . . a quien tus antepasados crucificaron, como también habían matado a los antiguos profetas. Anda a casa y lee el capítulo cincuenta y tres de Isaías, 407 y te convencerás de que Jesucristo es el Hijo de Dios." -Id., tomo 1, pág. 7. No tardó el niño en convencerse. Se fue a casa y leyó el pasaje correspondiente, maravillándose al ver cuán perfectamente se había cumplido en Jesús de Nazaret. ¿Serían verdad las palabras de aquel cristiano? El muchacho pidió a su padre que le explicara la profecía; pero éste lo recibió con tan severo silencio que nunca más se atrevió a mencionar el asunto. Pero el incidente ahondó su deseo de saber más de la religión cristiana.

El conocimiento que buscaba le era negado premeditadamente en su hogar judío; pero cuando tuvo once años dejó la casa de su padre y salió a recorrer el mundo para educarse por sí mismo y para escoger su religión y su profesión. Se albergó por algún tiempo en casa de unos parientes, pero no tardó en ser expulsado como apóstata, y solo y sin un centavo tuvo que abrirse camino entre extraños. Fue de pueblo en pueblo, estudiando con diligencia, y ganándose la vida enseñando hebreo. Debido a la influencia de un maestro católico, fue inducido a aceptar la fe romanista, y se propuso ser misionero para su propio pueblo. Con tal objeto fue, pocos años después, a proseguir sus estudios en el Colegio de la Propaganda, en Roma. Allí, su costumbre de pensar con toda libertad y de hablar con franqueza le hicieron tachar de herejía. Atacaba abiertamente los abusos de la iglesia, e insistía en la necesidad de una reforma.

Aunque al principio fue tratado por los dignatarios papales con favor especial, fue luego alejado de Roma. Bajo la vigilancia de la iglesia fue de lugar en lugar, hasta que se hizo evidente que no se le podría obligar jamás a doblegarse al yugo del romanismo. Fue declarado incorregible, y se le dejó en libertad para ir donde quisiera. Dirigióse entonces a Inglaterra, y, habiendo abrazado la fe protestante, se unió a la iglesia anglicana. Después de dos años de estudio, dio principio a su misión en 1821.

Al aceptar la gran verdad del primer advenimiento de Cristo como "varón de dolores, experimentado en quebranto,"

 


 

Profetas y Reyes 508-511

Con visión profética, David, el ungido de Dios, había previsto que el advenimiento de Cristo sería "como la luz de la mañana cuando sale el sol, de la mañana sin nubes."(2 Sam. 23: 4.) Y Oseas atestiguó: "Como el alba está aparejada su salida."(Ose. 6: 3.) En silencio y con suavidad se produce el amanecer en la tierra, y se despierta la vida en ella cuando se disipan las sombras de las tinieblas. Así había de levantarse el Sol de Justicia, y traer "en sus alas . . . salud."(Mal. 4: 2.) Las multitudes "que moraban en tierra de sombra de muerte" habían de ver "gran luz."(Isa. 9: 2.)

El profeta Isaías, mirando con arrobamiento esa gloriosa liberación, exclamó:

"Un niño nos es nacido,

Hijo nos es dado;

y el principado sobre su hombro:

y llamaráse su nombre Admirable, 508

Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.

Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán término,

sobre el trono de David, y sobre su reino,

disponiéndolo y confirmándolo en juicio

y en justicia desde ahora para siempre.

El celo de Jehová de los ejércitos hará esto."(Vers. 6, 7.)

Durante los últimos siglos de la historia de Israel antes del primer advenimiento, era de comprensión general que se aludía a la venida del Mesías en esta profecía: "Poco es que tú me seas siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures los asolamientos de Israel: también te dí por luz de las gentes, para que seas mi salud [salvación] hasta lo postrero de la tierra."(Isa 49: 6) El profeta había predicho: "Manifestaráse la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá."(Isa. 40: 5.) Acerca de esta luz de los hombres testificó osadamente Juan el Bautista cuando proclamó: "Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta."(Juan 1: 23.)

A Cristo fue a quien se dirigió la promesa profética: "Así ha dicho Jehová, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las gentes, . . . así dijo Jehová: . . . Guardarte he, y te daré por alianza del pueblo, para que levantes la tierra, para que heredes asoladas heredades; para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Manifestaos.... No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manaderos de aguas."(Isa. 49: 7-10.)

Los que eran firmes en la nación judía, los descendientes del santo linaje por medio del cual se había conservado el conocimiento de Dios, fortalecían su fe meditando en estos pasajes y otros similares. Con sumo gozo leían que el Señor ungiría al que iba "a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, . . . a promulgar año de la buena voluntad de 509 Jehová."(Isa. 61: 1, 2.) Sin embargo, sus corazones se entristecían al pensar en los sufrimientos que debería soportar para cumplir el propósito divino. Con profunda humillación en su alma leían en el rollo profético estas palabras:

"¿Quién ha creído a nuestro anuncio?

¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?

"Y subirá cual renuevo delante de él,

y como raíz de tierra seca:

no hay parecer en él, ni hermosura:

verlo hemos, mas sin atractivo para que le deseemos.

"Despreciado y desechado entre los hombres,

varón de dolores, experimentado en quebranto:

y como que escondimos de él el rostro,

fue menospreciado, y no lo estimamos.

"Ciertamente llevó él nuestras enfermedades,

y sufrió nuestros dolores;

y nosotros le tuvimos por azotado,

por herido de Dios y abatido.

"Mas él herido fue por nuestras rebeliones,

molido por nuestros pecados:

el castigo de nuestra paz sobre él;

y por su llaga fuimos nosotros curados.

"Todos nosotros nos descarriamos como ovejas,

cada cual se apartó por su camino:

mas Jehová cargó en él

el pecado de todos nosotros.

"Angustiado él, y afligido, no abrió su boca:

como cordero fue llevado al matadero;

y como oveja delante de sus trasquiladores,

enmudeció, y no abrió su boca.

"De la cárcel y del juicio fue quitado;

y su generación ¿quién la contará?

Porque cortado fue de la tierra de los vivientes;

por la rebelión de mi pueblo fue herido.

"Y dispúsose con los impíos su sepultura,

mas con los ricos fue en su muerte;

porque nunca hizo él maldad,

ni hubo engaño en su boca."(Isa. 53: 1-9.) 510

Acerca del Salvador que tanto iba a sufrir, Jehová mismo declaró por Zacarías: "Levántate, oh espada, sobre el Pastor, y sobre el Hombre compañero mío." (Zac. 13: 7.) Como substituto y garante del hombre pecaminoso, Cristo iba a sufrir bajo la justicia divina. Había de comprender lo que significaba la justicia. Había de saber lo que representa para los pecadores estar sin intercesor delante de Dios.

Por medio del salmista, el Redentor había profetizado acerca de sí mismo:

"La afrenta ha quebrantado mi corazón,

y estoy acongojado:

y esperé quien se compadeciese de mí,

y no lo hubo:

y consoladores,

y ninguno hallé.

Pusiéronme además hiel por comida,

y en mi sed me dieron a beber vinagre."(Sal. 69: 20, 21.)

Profetizó acerca del trato que iba a recibir: "Perros me han rodeado, hame cercado cuadrilla de malignos: horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; ellos miran, considéranme. Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes."(Sal. 22: 16-18.)

Estas descripciones del acerbo sufrimiento y de la muerte cruel del Mesías prometido, por tristes que fuesen, abundaban en promesas; porque con respecto al que "quiso" quebrantar, "sujetándole a padecimiento" para que entregase "su vida en expiación por el pecado," Jehová declaró:

"Verá linaje, vivirá por largos días,

y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.

Del trabajo de su alma verá y será saciado;

con su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos,

y él llevará las iniquidades de ellos.

"Por tanto yo le daré parte con los grandes,

y con los fuertes repartirá despojos;

por cuanto derramó su vida hasta la muerte,

y fue contado con los perversos, 511

habiendo él llevado el pecado de muchos,

y orado por los transgresores."(Isa. 53: 10-12.)

El amor hacia los pecadores fue lo que indujo a Cristo a pagar el precio de la redención. "Vió que no había hombre, y maravillóse que no hubiera quien se interpusiese;" ningún otro podía rescatar a hombres y mujeres del poder del enemigo; por lo tanto "salvólo su brazo, y afirmóle su misma justicia."(Isa. 59: 16.)

"He aquí mi siervo, yo le sostendré;

mi Escogido, en quien mi alma toma contentamiento:

he puesto sobre él mi Espíritu,

dará juicio a las gentes." (Isa. 42: 1.)

En su vida no había de entretejerse ninguna aserción de sí mismo. El Hijo de Dios no conocería los homenajes que el mundo tributa a los cargos, a las riquezas y al talento. El Mesías no iba a emplear recurso alguno de los que usan los hombres para obtener obediencia u homenaje. Su absoluto renunciamiento de sí mismo se predecía en estas palabras:

"No clamará, ni alzará, ni hará oír su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare."(Isa. 42: 2, 3.)

En pronunciado contraste con la conducta de los instructores de su época, iba a destacarse la del Salvador entre los hombres. En su vida no iban a presenciarse disputas ruidosas, adoración ostentosa ni actos destinados a obtener aplausos. El Mesías iba a esconderse en Dios, y Dios iba a revelarse en el carácter de su Hijo. Sin un conocimiento de Dios, la humanidad quedaría eternamente perdida. Sin ayuda divina, hombres y mujeres se degradarían cada vez más. Era necesario que Aquel que había hecho el mundo les impartiese vida y poder. De ninguna otra manera podían suplirse las necesidades del hombre.

Se profetizó, además, acerca del Mesías: "No se cansará, 512 ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio; y las islas esperarán su ley." El Hijo de Dios iba a "magnificar la ley y engrandecerla." (Vers. 4, 21.) No iba a reducir su importancia ni la vigencia de sus requerimientos; antes iba a exaltarla. Al mismo tiempo, iba a librar los preceptos divinos de aquellas gravosas exigencias impuestas por los hombres, que desalentaban a muchos en sus esfuerzos para servir aceptablemente a Dios.

Acerca de la misión del Salvador, la palabra de Jehová fue: "Yo Jehová te he llamado en justicia, y te tendré por la mano; te guardaré y te pondré por alianza del pueblo, por luz de las gentes; para que abras ojos de ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que están de asiento en tinieblas. Yo Jehová: éste es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas. Las cosas primeras he aquí vinieron, y yo anuncio nuevas cosas: antes que salgan a luz, yo os las haré notorias."(Vers. 6-9.)

Mediante la Simiente prometida, el Dios de Israel iba a dar liberación a Sión. "Saldrá una Vara del tronco de Isaí, y un Vástago retoñará de sus raíces."(Isa. 11: 1) "He aquí una virgen que concibe y da a luz un hijo, y le da el nombre de Emmanuel. Requesones y miel comerá, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.(Isa. 7: 14, 15, V.M.)

"Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y harále entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oyeren sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra: y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus riñones.... Y acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada de las gentes; y su holganza será gloria."(Isa. 11 : 2-5, 10.)

 

 

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