


Para el 12 de Marzo del 2005
CAPÍTULO 21 En las Regiones Lejanas
HABÍA llegado el tiempo para que el Evangelio se predicase más allá de los confines del Asia Menor. Se estaba preparando el camino para que Pablo y sus colaboradores penetrasen en Europa. En Troas, en las márgenes del mar Mediterráneo, "fue mostrada a Pablo de noche una visión: Un varón Macedonio se puso delante, rogándole, y diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos."
El llamamiento era imperativo y no admitía dilación. "Y como vio la visión declara Lucas, que acompañó a Pablo y Silas y Timoteo en el viaje a Europa, luego procuramos partir a Macedonia, dando por ciento que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. Partidos pues de Troas, vinimos camino derecho a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la parte de Macedonia, y una colonia."
"Y un día de sábado continúa Lucas salimos de la puerta junto al
río, donde solía ser la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se
habían juntado. Entonces una mujer llamada Lidia, que vendía púrpura en la
ciudad de Tiatira, temerosa de Dios, estaba oyendo; el corazón de la cual abrió
el Señor." Lidia recibió alegremente la verdad. Ella y su familia se
convirtieron y bautizaron, y rogó a los apóstoles que se hospedaran en su casa.
Cuando los mensajeros de la cruz salieron a enseñar, una mujer poseída de un
espíritu pitónico los siguió gritando: "Estos hombres son siervos del Dios Alto,
los cuales os anuncian el camino de salud. Y esto hacía por muchos días." 173
Esta mujer era un agente especial de Satanás, y había dado mucha
ganancia a sus amos adivinando. Su influencia había ayudado a fortalecer la
idolatría. Satanás sabía que se estaba invadiendo su reino, y recurrió a este
medio de oponerse a la obra de Dios, esperando mezclar su sofistería con las
verdades enseñadas por aquellos que proclamaban el mensaje evangélico. Las
palabras de recomendación pronunciadas por esta mujer eran un perjuicio para la
causa de la verdad, pues distraían la mente de la gente de las enseñanzas de los
apóstoles. Deshonraban el Evangelio; y por ellas muchos eran inducidos a creer
que los hombres que hablaban con el Espíritu y poder de Dios estaban movidos por
el mismo espíritu que esa emisaria de Satanás.
Durante algún tiempo, los apóstoles soportaron esta oposición; luego, bajo la
inspiración del Espíritu Santo, Pablo ordenó al mal espíritu que abandonase a la
mujer. Su silencio inmediato testificó de que los apóstoles eran siervos de
Dios, y que el demonio los había reconocido como tales y había obedecido su
orden.
Librada del mal espíritu y restaurada a su sano juicio, la mujer escogió seguir
a Cristo. Entonces sus amos se alarmaron por su negocio. Vieron que toda la
esperanza de recibir dinero mediante sus adivinaciones había terminado, y que su
fuente de ingreso pronto desaparecería completamente si se permitía a los
apóstoles continuar la obra del Evangelio.
Muchos otros de la ciudad tenían interés en ganar dinero mediante
engaños satánicos; y éstos, temiendo la influencia de un poder capaz de poner
fin tan eficazmente a su trabajo, levantaron un poderoso clamor contra los
siervos de Dios. Llevaron a los apóstoles ante los magistrados con la acusación:
"Estos hombres, siendo Judíos, alborotan nuestra ciudad, y predican ritos, los
cuales no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos Romanos."
Movida por un frenesí de excitación, la multitud se levantó contra los
discípulos. El espíritu del populacho prevaleció, y 174 fue sancionado por las
autoridades, quienes desgarraron los vestidos exteriores de los apóstoles y
ordenaron que fueran azotados. "Y después que los hubieron herido de muchos
azotes, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con
diligencia: el cual, recibido este mandamiento, los metió en la cárcel de más
adentro; y les apretó los pies en el cepo."
Los apóstoles sufrieron extrema tortura por causa de la penosa posición en que fueron dejados, pero no murmuraron. En vez de eso, en la completa obscuridad y desolación de la mazmorra, se animaron el uno al otro con palabras de oración, y cantaban alabanzas a Dios por haber sido hallados dignos de sufrir oprobio por su causa. Sus corazones estaban alentados por un profundo y ferviente amor hacia la causa de su Redentor. Pablo pensaba en la persecución que había hecho sufrir a los discípulos de Cristo, y se regocijaba porque sus ojos habían sido abiertos para ver, y su corazón para sentir el poder de las gloriosas verdades que una vez despreciaba.
Con asombro, los otros presos oyeron las oraciones y los cantos que salían de la cárcel interior. Habían estado acostumbrados a oír gritos y gemidos, maldiciones y juramentos, que rompían el silencio de la noche, pero nunca antes habían oído palabras de oración y alabanza subir de aquella lóbrega celda. Los guardianes y los presos se maravillaban, y se preguntaban quiénes podían ser estos hombres que, sufriendo frío, hambre y tortura, podían, sin embargo, regocijarse.
Entre tanto, los magistrados volvían a sus casas felicitándose porque mediante medidas rápidas y decisivas habían sofocado el tumulto. Pero por el camino oyeron detalles adicionales sobre el carácter y la obra de los hombres que habían condenado a la flagelación y el encarcelamiento. Vieron a la mujer que había sido librada de la influencia satánica, y se sorprendieron por el cambio de su semblante y conducta. En lo pasado había provocado mucha dificultad a la ciudad; ahora era tranquila y pacífica. Cuando comprendieron que con toda probabilidad 175 habían aplicado a dos inocentes el riguroso castigo de la ley romana, se indignaron consigo mismos, y decidieron ordenar por la mañana que los apóstoles fueran secretamente puestos en libertad y acompañados fuera de la ciudad, donde no estuvieran expuestos a la violencia de la turba.
Pero mientras los hombres eran crueles y vindicativos, o criminalmente descuidados con las responsabilidades a ellos confiadas, Dios no se había olvidado de ser misericordioso con sus siervos. Todo el cielo estaba interesado en los hombres que estaban sufriendo por amor a Cristo, y los ángeles fueron enviados a visitar la cárcel. A su paso la tierra tembló. Las pesadas puertas acerrojadas de la cárcel se abrieron de par en par; las cadenas y grillos cayeron de las manos y pies de los presos; y una brillante luz inundó la prisión.
El carcelero había oído con asombro las oraciones y cantos de los encarcelados apóstoles. Cuando los trajeron vio sus hinchadas y sangrientas heridas, y él mismo hizo asegurar sus pies en los cepos. Había esperado oír de ellos amargos gemidos e imprecaciones; pero oyó en cambio cantos de gozo y alabanza. Con estos sonidos en sus oídos el carcelero había caído en un sueño del cual fue despertado por el terremoto y el sacudimiento de las paredes de la cárcel.
Levantándose precipitadamente con alarma, vio con espanto que todas las puertas de la cárcel estaban abiertas, y fue sobrecogido por el repentino temor de que los presos se hubiesen escapado. Recordó el explícito encargo con que se le había confiado el cuidado de Pablo y Silas la noche anterior, y estaba seguro que la muerte sería el castigo de su aparente infidelidad. En la amargura de su espíritu, pensó que era mejor quitarse él mismo la vida que someterse a una vergonzosa ejecución. Tomando su espada, estaba por matarse, cuando oyó las alentadoras palabras de Pablo: "No te hagas ningún mal; que todos estamos aquí." Todos los hombres estaban en su sitio, contenidos por el poder de Dios ejercido por uno de los presos. 176
La severidad con que el carcelero había tratado a los apóstoles no había despertado su resentimiento. Pablo y Silas tenían el espíritu de Cristo, no el espíritu de venganza. Sus corazones, llenos del amor del Salvador, no daban cabida a la malicia contra sus perseguidores.
El carcelero dejó caer su espada y pidiendo luz, se apresuró a ir a la mazmorra interior. Quería ver qué clase de hombres eran éstos que retribuían con bondad la crueldad con que habían sido tratados. Al llegar donde estaban los apóstoles, postrándose ante ellos, les pidió que le perdonaran. Entonces, sacándolos al patio, les preguntó: "Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?"
El carcelero había temblado al ver la ira de Dios manifestada en el terremoto; cuando pensó que los presos se habían escapado, había estado dispuesto a suicidarse; pero ahora todas estas cosas le parecían insignificantes en comparación con el nuevo y extraño terror que agitaba su mente, y con el deseo de tener la tranquilidad y alegría manifestadas por los apóstoles bajo el sufrimiento y el ultraje. Vio en sus rostros la luz del cielo; sabía que Dios había intervenido milagrosamente para salvar sus vidas, y se revistieron de extraordinaria fuerza las palabras de la endemoniada: "Estos hombres son siervos del Dios Alto, los cuales os anuncian el camino de salud."
Con profunda humildad pidió a los apóstoles que le mostraran el camino de la vida. "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa contestaron ellos. Y le hablaron la palabra del Señor, y a todos los que estaban en su casa." El carcelero lavó entonces las heridas de los apóstoles, y les sirvió, después de lo cual fue bautizado por ellos, con toda su casa. Una influencia santificadora se difundió entre los presos, y todos estaban dispuestos a escuchar las verdades habladas por los apóstoles. Estaban convencidos que el Dios a quien estos hombres servían los había librado milagrosamente de sus cadenas. 177
Los habitantes de Filipos se habían aterrado grandemente por el terremoto; y cuando, por la mañana, los oficiales de la cárcel les dijeron a los magistrados lo que había ocurrido durante la noche, se alarmaron, y enviaron a los alguaciles para soltar a los apóstoles. Pero Pablo declaró: "Azotados públicamente sin ser condenados, siendo hombres Romanos, nos echaron en la cárcel; y ¿ahora nos echan encubiertamente? No, de cierto, sino vengan ellos y sáquennos."
Los apóstoles eran ciudadanos romanos, y era ilícito azotar a un romano, a no ser por el crimen más flagrante, o privarlo de su libertad sin un juicio justo. Pablo y Silas habían sido encarcelados públicamente, y se negaron ahora a ser puestos privadamente en libertad sin la debida explicación de parte de los magistrados.
Cuando se comunicaron estas palabras a las autoridades, estas se alarmaron por temor de que los apóstoles se quejaran al emperador, y yendo en seguida a la cárcel, pidieron disculpas a Pablo y Silas por la injusticia y crueldad que se les había hecho, y los sacaron personalmente de la cárcel y les rogaron que se fueran de la ciudad. Los magistrados temían la influencia de los apóstoles sobre el pueblo, y también el Poder que había intervenido en favor de esos hombres inocentes.
De acuerdo con la instrucción de Cristo, los apóstoles no impusieron su presencia donde no se la deseaba. "Salidos de la cárcel, entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los consolaron, y se salieron."
Los apóstoles no consideraban inútiles sus labores en Filipos. Habían afrontado mucha oposición y persecución; pero la intervención de la Providencia en su favor, y la conversión del carcelero y de su familia, compensaron con creces la ignominia y el sufrimiento que habían soportado. Las noticias de su injusto encarcelamiento y de su milagrosa liberación se difundieron por toda esa región, y esto dio a conocer la obra de los apóstoles a muchos que de otra manera no habrían sido alcanzados. 178
Las labores de Pablo en Filipos tuvieron por resultado el establecimiento de una iglesia cuyos miembros aumentaban constantemente. Su celo y devoción, y sobre todo su disposición a sufrir por causa de Cristo, ejercieron una influencia profunda y duradera en los conversos. Apreciaban altamente las preciosas verdades por las cuales los apóstoles se habían sacrificado tanto, y se entregaron con sincera devoción a la causa de su Redentor.
Que esta iglesia no estuvo libre de persecución, lo revela una expresión de la carta que Pablo le escribió. Dice: "A vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí." Sin embargo, era tal su firmeza en la fe, que él declara: "Doy gracias a mi Dios en toda memoria de vosotros, siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros con gozo, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora." (Fil. 1: 29, 30, 3-5.)
Es terrible la lucha que se produce entre las fuerzas del bien y las del mal en los centros importantes donde los mensajeros de la verdad están llamados a trabajar. "No tenemos lucha contra sangre y carne declara Pablo; sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas." (Efe. 6: 12) Hasta el fin, habrá un conflicto entre la iglesia de Dios y los que están bajo el dominio de los ángeles malos.
Los primeros cristianos estaban llamados a menudo a hacer frente cara a cara a las potestades de las tinieblas. Por medio de sofistería y persecución el enemigo se esforzaba por apartarlos de la verdadera fe. Ahora, cuando el fin de las cosas terrenales se acerca rápidamente, Satanás realiza desesperados esfuerzos por entrampar al mundo. Inventa muchos planes para ocupar las mentes y apartar la atención de las verdades esenciales para la salvación. En todas las ciudades sus agentes están organizando empeñosamente en partidos a aquellos que se oponen a la ley de Dios. El gran engañador está tratando 179 de introducir elementos de confusión y rebelión, y los hombres se están enardeciendo con un celo que no está de acuerdo con su conocimiento.
La maldad está llegando a un grado jamás antes alcanzado; no obstante, muchos ministros del Evangelio claman: "Paz y seguridad." Pero los fieles mensajeros de Dios han de seguir rápidamente adelante con su obra. Vestidos con la armadura celestial, han de avanzar intrépida y victoriosamente, sin cejar en su lucha hasta que toda alma que se halle a su alcance haya recibido el mensaje de verdad para este tiempo. 180
CAPÍTULO 22 Tesalónica
DESPUÉS de dejar a Filipos, Pablo y Silas fueron a Tesalónica. Allí se les dio la oportunidad de hablar a grandes congregaciones en la sinagoga judía. Su apariencia evidenciaba el vergonzoso trato recién recibido, y requería una explicación de lo que había sucedido. Ellos la dieron sin ensalzarse a sí mismos, sino magnificando a Aquel que los había librado.
Al predicar a los tesalonicenses, Pablo apeló a las profecías del Antiguo Testamento concernientes al Mesías. Cristo había abierto en su ministerio la mente de sus discípulos a estas profecías; pues "comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían." (Luc. 24: 27.) Pedro, al predicar a Cristo, había sacado del Antiguo Testamento sus evidencias. Esteban había seguido el mismo plan. Y también Pablo en su ministerio apelaba a las Escrituras que predecían el nacimiento, los sufrimientos, la muerte, resurrección y ascensión de Cristo. Por el inspirado testimonio de Moisés y los profetas, probaba claramente la identidad de Jesús de Nazaret como el Mesías, y mostraba que desde los días de Adán era la voz de Cristo la que había hablado por los patriarcas y profetas.
Se habían dado profecías sencillas y específicas concernientes a la aparición del Prometido. A Adán se le dio la seguridad de la venida del Redentor. La sentencia pronunciada contra Satanás: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gén. 3: 15 ), era para nuestros primeros padres la promesa de la redención que iba a obrarse por Cristo. 181
A Abrahán se le dio la promesa que de su descendencia vendría el Salvador del mundo: "En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra." (Gén. 22: 18.) "No dice: Y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo." (Gál. 3: 16.)
Moisés, cerca del fin de su trabajo como jefe y maestro de Israel, profetizó claramente del Mesías venidero. "Profeta de en medio de ti declaró a las huestes reunidas de Israel, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis." Y Moisés aseguró a los israelitas que Dios mismo le había revelado esto en el monte de Horeb, diciendo: "Profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.' (Deut. 18: 15, 18.)
El Mesías había de ser del linaje real; porque en la profecía pronunciada por Jacob el Señor dijo: "No será quitado el cetro de Judá, y el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos." (Gén. 49: 10.)
Isaías profetizó: "Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces." "Inclinad vuestros oídos, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes de David. He aquí, que yo lo di por testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones. He aquí, llamarás a gente que no conociste, y gentes que no te conocieron correrán a ti; por causa de Jehová tu Dios, y del Santo de Israel que te ha honrado." (Isa. 11: 1; 55: 3-5.)
Jeremías también testificó del Redentor venidero como de un príncipe de la casa de David: "He aquí que vienen los días, dice Jehová, y despertaré a David renuevo justo, y reinará Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado: y éste será su nombre que le llamarán: Jehová, justicia nuestra." Y nuevamente: "Porque así ha dicho Jehová: No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel; y de los sacerdotes y levitas no faltará varón de mi presencia que ofrezca 182 holocausto, y encienda presente, y que haga sacrificio todos los días." (Jer. 23:5, 6; 33: 17, 18.)
Hasta el mismo lugar del nacimiento del Mesías fue predicho así: "Mas tú, Beth-lehem Ephrata, pequeña para ser en los millares de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel: y sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo." (Miq. 5: 2.)
La obra que el Salvador haría en la tierra había sido bosquejada plena y claramente: "Y reposará sobre él el espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y harále entender diligente en el temor de Jehová." El así ungido vendría "a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; a promulgar año de la buena voluntad de Jehová, y día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar a Sión a los enlutados, para darles gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar del luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya." (Isa. 11: 2, 3; 61: 1-3.)
"He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma toma contentamiento: he puesto sobre él mi espíritu, dará juicio a las gentes. No clamará, ni alzará, ni hará oír su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare: sacará el juicio a verdad. No se cansará, ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio; y las islas esperarán su ley." ( Isa. 42: 1- 4. )
Con convincente poder, Pablo arguyó, fundado en los escritos del Antiguo Testamento, que "convenía que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos." ¿ No había profetizado Miqueas: "Con vara herirán sobre la quijada al juez de Israel"? (Miq. 5: 1.) ¿Y no había profetizado de sí mismo el Prometido, por medio de Isaías: "Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban el cabello: no escondí mi 183 rostro de las injurias y esputos"? (Isa. 50: 6.)
Mediante el salmista, Cristo había predicho el trato que iba a recibir de los hombres: "Yo soy . . . oprobio de los hombres, y desecho del pueblo. Todos los que me ven, escarnecen de mí; estiran los labios, menean la cabeza, diciendo: Remítese a Jehová, líbrelo; sálvele, puesto que en él se complacía." "Contar puedo todos mis huesos; ellos miran, considéranme. Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes." "He sido extrañado de mis hermanos, y extraño a los hijos de mi madre. Porque me consumió el celo de tu casa; y los denuestos de los que te vituperaban, cayeron sobre mí." "La afrenta ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado: y esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo: y consoladores, y ninguno hallé." (Sal. 22: 6-8, 17, 18; 69: 8, 9, 20.)
¡Cuán inconfundiblemente claras eran las profecías de Isaías respecto a los sufrimientos y la muerte de Cristo! "¿Quién ha creído a nuestro anuncio? pregunta el profeta ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Y subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca: no hay parecer en él, ni hermosura: verlo hemos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.
"Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros
dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él
herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de
nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.
"Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino:
mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido,
no abrió su boca: como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de
sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. De la cárcel y del juicio fue
quitado; y su generación ¿quién la 184 contará? Porque cortado fue de la tierra
de los vivientes; por la rebelión de mi pueblo fue herido." (Isa. 53: 1-8.)
Aun la forma de su muerte había sido prefigurada. Como la
serpiente de metal había sido levantada en el desierto, así iba a ser levantado
el Redentor venidero, para que "todo aquel que en él cree, no se pierda, mas
tenga vida eterna." (Juan 3: 16.)
"Y le preguntarán: ¿Qué heridas son éstas en tus manos? Y él responderá: Con
ellas fuí herido en casa de mis amigos." (Zac. 13: 6 )
"Dispúsose con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte;
porque nunca hizo él maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso Jehová
quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento." (Isa. 53: 9, 10.)
Pero el que iba a sufrir la muerte a manos de hombres impíos, se levantaría de nuevo como un vencedor del pecado y del sepulcro. Bajo la inspiración del Todopoderoso, el dulce cantor de Israel había dado testimonio de las glorias de la mañana de la resurrección. "También mi carne proclamó alegremente reposará segura. Porque no dejarás mi alma en el sepulcro; ni permitirás que tu santo vea corrupción." (Sal. 16: 9,10.)
Pablo mostró cuán estrechamente había ligado Dios el servicio de los sacrificios con las profecías relativas a Aquel que iba a ser llevado como cordero al matadero. El Mesías iba a dar su vida como "expiación por el pecado." Mirando hacia adelante a través de los siglos las escenas de la expiación del Salvador, el profeta Isaías había testificado que el Cordero de Dios "derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los perversos, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores." (Isa. 53: 7, 10, 12.)
El Salvador profetizado había de venir, no como un rey temporal,
para librar a la nación judía de opresores terrenales, sino como hombre entre
los hombres, para vivir una vida de pobreza y humildad, y para ser al fin
despreciado, rechazado y muerto. El Salvador predicho en las Escrituras del
Antiguo 185 Testamento había de ofrecerse a sí mismo como sacrificio en favor de
la especie caída, cumpliendo así todos los requerimientos de la ley quebrantada.
En él los sacrificios típicos iban a encontrar la realidad prefigurada, y su
muerte de cruz iba a darle significado a toda la economía judía.
Pablo habló a los judíos tesalonicenses de su celo anterior por la ley
ceremonial, y del asombroso suceso que le había ocurrido junto a las puertas de
Damasco.
Antes de su conversión había confiado en una piedad heredada, una falsa esperanza. Su fe no había estado anclada en Cristo; en vez de eso, había confiado en formas y ceremonias. Su celo por la ley había estado desvinculado de la fe en Cristo, y no tenía ningún valor. Mientras se vanagloriaba de ser intachable en el cumplimiento de los requerimientos de la ley, había rechazado a Aquel que daba valor a la ley.
Pero al convertirse, todo había cambiado. Jesús de Nazaret, a
quien había estado persiguiendo en la persona de sus santos, se le apareció como
el Mesías prometido. El perseguidor le vio como el Hijo de Dios que había venido
a la tierra en cumplimiento de las profecías, y en cuya vida se cumplían todas
las especificaciones de los Escritos Sagrados.
Mientras Pablo proclamaba con santa audacia el Evangelio en la sinagoga de
Tesalónica, se derramaron raudales de luz sobre el verdadero significado de los
ritos y ceremonias relacionados con el servicio del tabernáculo. Condujo el
pensamiento de sus oyentes más allá del servicio terrenal y del ministerio de
Cristo en el santuario celestial, al tiempo cuando, habiendo completado su obra
mediadora, Cristo volverá con poder y grande gloria y establecerá su reino en la
tierra. Pablo creía en la segunda venida de Cristo. Tan clara y vigorosamente
presentó las verdades concernientes a este suceso, que ellas hicieron en la
mente de muchos que oían una impresión que nunca se borró.
Por tres sábados sucesivos Pablo predicó a los tesalonicenses, razonando con ellos de las Escrituras en cuanto a la vida, 186 muerte, resurrección, mediación, y gloria futura de Cristo, el Cordero "muerto desde el principio del mundo." (Apoc. 13: 8.) Ensalzó a Cristo, el debido entendimiento de cuyo ministerio es la llave que abre las Escrituras del Antiguo Testamento y da acceso a sus ricos tesoros.
Cuando se proclamaron así las verdades del Evangelio en Tesalónica con gran poder, se cautivó la atención de grandes congregaciones. "Y algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y Silas; y de los Griegos religiosos grande multitud, y mujeres nobles no pocas."
Como en los lugares adonde fueron anteriormente, los apóstoles tropezaron aquí con acérrima oposición. "Los Judíos que eran incrédulos," tuvieron "celos." Estos judíos no contaban entonces con el favor del poder romano, porque no mucho antes habían provocado una insurrección en Roma. Eran mirados con suspicacia, y su libertad era restringida en cierta medida. Vieron ahora una oportunidad para aprovecharse de las circunstancias, a fin de rehabilitarse, y al mismo tiempo arrojar oprobio sobre los apóstoles y sobre los conversos al cristianismo.
Se proponían hacer esto uniéndose con "algunos ociosos, malos hombres," por medio de los cuales lograron alborotar la ciudad. Con la esperanza de encontrar a los apóstoles, asaltaron "la casa de Jasón;" pero no hallaron a Pablo ni a Silas. Y "no hallándolos," la turba, en su loco chasco, "trajeron a Jasón, y a algunos hermanos a los gobernadores de la ciudad, dando voces: Estos que alborotan el mundo, también han venido acá; a los cuales Jasón ha recibido; y todos éstos hacen contra los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús."
Como no se halló a Pablo ni a Silas, los magistrados pusieron bajo fianza a los creyentes acusados, para mantener la paz. Temiendo violencias adicionales, "los hermanos, luego de noche, enviaron a Pablo y a Silas a Berea."
Los que enseñan hoy verdades poco populares no necesitan desanimarse si en ocasiones no son recibidos más favorablemente, 187 aun por los que pretenden ser cristianos, de lo que lo fueron Pablo y sus colaboradores por la gente entre la cual trabajaron. Los mensajeros de la cruz deben velar y orar, y seguir adelante con fe y ánimo, trabajando siempre en el nombre de Jesús. Deben exaltar a Cristo como el mediador del hombre en el santuario celestial, en quien se concentraban todos los sacrificios de la dispensación del Antiguo Testamento, y por cuyo sacrificio expiatorio los transgresores de la ley de Dios pueden hallar paz y perdón. 188
CAPÍTULO 23 Berea y Atenas
EN BEREA Pablo encontró judíos que estaban dispuestos a investigar las verdades que enseñaba. El informe de Lucas declara de ellos: "Y fueron éstos más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos; y mujeres Griegas de distinción, y no pocos hombres."
La mente de los bereanos no estaba estrechada por el prejuicio. Estaban dispuestos a investigar la verdad de la doctrina presentada por los apóstoles. Estudiaban la Biblia, no por curiosidad, sino para aprender lo que se había escrito concerniente al Mesías prometido. Investigaban diariamente los relatos inspirados; y al comparar escritura con escritura, los ángeles celestiales estaban junto a ellos, iluminando sus mentes e impresionando sus corazones.
Doquiera se proclaman las verdades del Evangelio, aquellos que desean sinceramente hacer lo recto son inducidos a escudriñar diligentemente las Escrituras. Si en las escenas finales de la historia terrenal, aquellos a quienes se proclaman las verdades probatorias siguieran el ejemplo de los bereanos, escudriñando diariamente las Escrituras, comparando con la Palabra de Dios los mensajes que se les dan, habría un gran número de leales a los preceptos de la ley de Dios donde ahora hay comparativamente pocos. Pero cuando las verdades impopulares de la Biblia se presentan, muchos se niegan a hacer esta investigación. Aunque no pueden contradecir las claras enseñanzas de las Escrituras, manifiestan, sin embargo, extrema 189 indisposición a estudiar las evidencias ofrecidas. Algunos arguyen que aunque estas doctrinas sean en verdad ciertas, importa poco que ellos acepten o no la nueva luz; y se aferran a fábulas agradables por las cuales el enemigo suele extraviar las almas. Así sus mentes son cegadas por el error y ellos se separan del cielo.
Todos serán juzgados de acuerdo con la luz que se les ha dado. El Señor envía sus embajadores con un mensaje de salvación, y a aquellos que lo oyen los hará responsables de la manera en que tratan las palabras de sus siervos. Los que buscan sinceramente la verdad harán una investigación cuidadosa, a la luz de la Palabra de Dios, de las doctrinas que se les presentan.
Los judíos incrédulos de Tesalónica, llenos de celo y odio hacia los apóstoles, y no conformes con haberlos ahuyentado de su ciudad, los siguieron a Berea y despertaron contra ellos las pasiones excitables de la clase inferior. Temiendo que se hiciese violencia a Pablo si permanecía allí, los hermanos le enviaron a Atenas, acompañado por algunos de los bereanos que acababan de aceptar la fe.
De ciudad en ciudad sufrían persecución los maestros de la
verdad. Los enemigos de Cristo no podían impedir el progreso del Evangelio; pero
sí, lograban dificultar extraordinariamente la obra de los apóstoles. Con todo,
frente a la oposición y a los conflictos, Pablo avanzaba firmemente, determinado
a realizar el propósito de Dios como se le había revelado en la visión de
Jerusalén: "Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los Gentiles." (Hech. 22:
21.)
La apresurada partida de Pablo de Berea le privó de la oportunidad que pensaba
tener de visitar a los hermanos de Tesalónica.
Al llegar a Atenas, el apóstol envió de vuelta a algunos de los hermanos bereanos para que les dijeran a Silas y Timoteo que se reuniesen con él inmediatamente. Timoteo había ido a Berea antes que Pablo partiera, y había quedado con Silas para 190 continuar la obra tan bien comenzada allí, y para instruir a los nuevos conversos en los principios de la fe.
La ciudad de Atenas era la metrópoli del paganismo. Allí Pablo no
se encontró con un populacho ignorante y crédulo como en Listra, sino con gente
famosa por su inteligencia y cultura. Por doquiera se veían estatuas de sus
dioses y de los héroes deificados de la historia y la poesía, mientras
magníficas esculturas y pinturas representaban la gloria nacional y el culto
popular de las deidades paganas. Los sentidos de la gente se extasiaban con la
belleza y el esplendor del arte. Por doquiera los santuarios y templos, que
representaban gastos incalculables, levantaban sus macizas formas. Las victorias
de las armas y los hechos de hombres célebres eran conmemorados mediante
esculturas, altares e inscripciones. Todo esto convertía a Atenas en una vasta
galería de arte.
Cuando Pablo vio la hermosura y grandeza que lo rodeaban, y la ciudad
enteramente entregada a la idolatría, su espíritu se llenó de celo por Dios, a
quien veía deshonrado por todas partes; y su corazón se llenó de compasión por
la gente de Atenas, que, no obstante su cultura intelectual, no conocía al Dios
verdadero.
El apóstol no se engañaba por lo que veía en ese centro del saber. Su naturaleza espiritual estaba tan despierta a los atractivos de las cosas celestiales, que el gozo y la gloria de las riquezas que no perecerán nunca, invalidaban a sus ojos la pompa y el esplendor que lo rodeaban. Al ver la magnificencia de Atenas, comprendía su poder seductor para los amantes del arte y de la ciencia, y quedó profundamente impresionada su mente por la importancia de la obra que tenía por delante.
En esta gran ciudad, donde no se adoraba a Dios, Pablo se sentía oprimido por un sentimiento de soledad; y anhelaba la simpatía y la ayuda de sus colaboradores. En cuanto se refería a la amistad humana, se sentía completamente solo. Lo expresa en su Epístola a los Tesalonicenses al decir: "Acordamos quedarnos solos en Atenas." (1 Tes. 3: 1.) Delante de él 191 se presentaban obstáculos que parecían insuperables, haciendo casi desesperada para él la tentativa de alcanzar los corazones de la gente.
Mientras esperaba a Silas y Timoteo, Pablo no estaba ocioso. "Disputaba en la sinagoga con los Judíos y religiosos; y en la plaza cada día con los que le ocurrían." Pero su principal labor era proclamar las nuevas de la salvación a aquellos que no tenían un concepto claro de Dios y de su propósito en favor de la especie caída. El apóstol había de encontrarse pronto con el paganismo en su forma más sutil y seductora.
Los grandes hombres de Atenas no tardaron en enterarse de la presencia en su ciudad de un maestro singular, que estaba presentando a las gentes doctrinas nuevas y extrañas. Algunos de esos hombres buscaron a Pablo, y entablaron conversación con él. Pronto una multitud de oyentes se reunió en torno de ellos. Algunos estaban listos para ridiculizar al apóstol como a uno muy inferior a ellos tanto social como intelectualmente, y ésos dijeron con mofa: "¿Qué quiere decir este palabrero?" Otros, "porque les predicaba a Jesús y la resurrección," dijeron: "Parece que es predicador de nuevos dioses."
Entre aquellos que se encontraron con Pablo en la plaza, había "algunos filósofos de los Epicúreos y de los Estoicos;" pero éstos, y todos los demás que trataron con él, vieron pronto que tenía un caudal de conocimiento aun mayor que el de ellos. Sus facultades intelectuales imponían el respeto de los letrados; mientras su fervor, su lógico razonamiento y el poder de su oratoria llamaban la atención de todo su auditorio. Sus oyentes reconocieron el hecho de que no era un novicio, sino un hombre capaz de hacer frente a todas las clases de argumentos convincentes en defensa de la doctrina que enseñaba. Así el apóstol permaneció impávido, haciendo frente a sus opositores en su propio terreno, haciendo frente a la lógica con la lógica, a la filosofía con la filosofía, a la elocuencia con la elocuencia.
Sus oponentes paganos le llamaron la atención a la suerte de Sócrates, quien por haber predicado dioses extraños, había 192 sido condenado a muerte; y aconsejaron a Pablo que no arriesgara su vida de la misma manera. Pero los discursos del apóstol cautivaron la atención del pueblo, y su sabiduría sin afectación les imponía respeto y admiración. No fue reducido al silencio por la ciencia o la ironía de los filósofos; convencidos de que estaba resuelto a cumplir su cometido entre ellos y, bajo cualquier riesgo, dar su mensaje, decidieron darle una justa audiencia.
De consiguiente, lo condujeron al Aerópago. Este era uno de los
puntos más sagrados de toda Atenas, y sus recuerdos y asociaciones inducían a
considerarlo con supersticiosa reverencia que, en la mente de algunos, se
convertía en terror. Era en este lugar donde los asuntos relacionados con la
religión eran a menudo considerados cuidadosamente por hombres que actuaban como
jueces finales en todo lo de mayor importancia moral, tanto como en asuntos
civiles.
Aquí, lejos del ruido y la bulla de las atestadas vías públicas, del tumulto de
la promiscua discusión, el apóstol podría ser oído sin interrupción. Se
reunieron en derredor de él poetas, artistas y filósofos los doctos y sabios de
Atenas, quienes se dirigieron así a él: "¿Podremos saber qué sea esta nueva
doctrina que dices? Porque pones en nuestros oídos unas nuevas cosas: queremos
pues saber qué quiere ser esto."
En esta hora de solemne responsabilidad, el apóstol estaba sereno y dueño de sí. Su corazón estaba cargado con un mensaje importante, y las palabras que brotaron de sus labios convencieron a sus oyentes de que no era un ocioso palabrero. "Varones Atenienses dijo en todo os veo como más supersticiosos; porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Aquel pues, que vosotros honráis sin conocerle, a éste os anuncio yo." Con toda su inteligencia y conocimiento general, no conocían al Dios que había creado el universo. Sin embargo, algunos de ellos deseaban tener mayor luz. Los tales buscaban el Infinito. 193
Con la mano extendida hacia el templo cuajado de ídolos, Pablo derramó la carga de su alma y expuso la falacia de la religión de los atenienses. Sus más sabios oyentes estaban asombrados al escuchar su razonamiento. Demostró que estaba familiarizado con sus obras de arte, su literatura y su religión. Señalando sus estatuas e ídolos, declaró que Dios no podía ser asemejado con formas de invención humana. Esas imágenes esculpidas no podían, en el sentido más débil, representar la gloria de Jehová. Les recordó que las imágenes no tenían vida, sino que eran manejadas por el poder humano. Se movían solamente cuando las manos del hombre las movían; por lo tanto, los que las adoraban eran en todo sentido superiores a los objetos de adoración.
Pablo dirigió la mente de sus idólatras oyentes más allá de los
límites de su falsa religión a un verdadero concepto de la Deidad, que habían
titulado: "Dios no conocido." Este Ser, a quien ahora les declaraba, no dependía
del hombre, ni necesitaba que las manos humanas añadiesen nada a su poder y
gloria. La gente se llenó de admiración por el fervor de Pablo y su lógica
exposición de los atributos del Dios verdadero: su poder creador y la existencia
de su providencia predominante. Con ardiente y férvida elocuencia, el apóstol
declaró: "El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, éste, como
sea Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos, ni es
honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues él da a todos vida, y
respiración, y todas las cosas." Los cielos no eran bastante grandes para
contener a Dios, cuánto menos los templos hechos por manos humanas.
En aquella época de castas, cuando a menudo no se reconocían los derechos de los
hombres, Pablo presentó la gran verdad de la fraternidad humana, declarando que
Dios "de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen
sobre toda la faz de la tierra." A la vista de Dios, todos son iguales. Cada ser
humano debe suprema lealtad al Creador. Luego el apóstol mostró cómo, a través
de todo el trato de Dios 194 con el hombre, su propósito de misericordia y
gracia corre como un hilo de oro. El "les ha prefijado el orden de los tiempos,
y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna
manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de
nosotros."
Señalando a los nobles exponentes de la humanidad que le
rodeaban, con palabras tomadas de un poeta suyo pintó al Dios infinito como a un
Padre cuyos hijos eran. "En él vivimos, y nos movemos, y somos declaró; como
también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje de éste somos también.
Siendo pues linaje de Dios, no hemos de estimar la Divinidad ser semejante a
oro, o a plata, o a piedra, escultura de artificio o de imaginación de hombres.
"Empero Dios, habiendo disimulado los tiempos de esta ignorancia, ahora denuncia
a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan." En los siglos de
obscuridad que habían precedido al advenimiento de Cristo, el Gobernante divino
había pasado por alto la idolatría de los paganos; pero ahora, mediante su Hijo,
había enviado a los hombres la luz de la verdad; y esperaba que todos se
arrepintieran para salvación, no solamente los pobres y humildes, sino también
los orgullosos filósofos y príncipes de la tierra. "Por cuanto ha establecido un
día, en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al cual
determinó; dando fe a todos con haberle levantado de los muertos." Al hablar
Pablo de la resurrección de los muertos, "unos se burlaban, y otros decían: Te
oiremos acerca de esto otra vez."
Así terminaron las labores del apóstol en Atenas, el centro de la cultura pagana; porque los atenienses, aferrándose insistentemente a su idolatría, se apartaron de la luz de la religión verdadera. Cuando un pueblo está plenamente satisfecho con sus propias realizaciones, poco puede esperarse de él. Aunque se vanagloriaban de su saber y refinamiento, los atenienses se estaban corrompiendo cada vez más, y contentándose cada vez más con los vagos misterios de la idolatría. 195
Entre los que escucharon las palabras de Pablo había algunos en cuyas mentes produjeron convicción las verdades presentadas; pero no quisieron humillarse para reconocer a Dios y aceptar el plan de la salvación. Ninguna elocuencia de palabras, ni fuerza de argumentos, puede convertir al pecador. Sólo el poder de Dios puede aplicar la verdad al corazón. El que se aparta persistentemente de este poder no puede ser alcanzado. Los griegos buscaban sabiduría; sin embargo, el mensaje de la cruz era locura para ellos porque estimaban su propia sabiduría más que la que viene de lo alto.
En su orgullo de intelectual y humana sabiduría puede hallarse la razón por la cual el mensaje evangélico tuvo comparativamente poco éxito entre los atenienses. Los sabios según el mundo que acudan a Cristo como pobres y perdidos pecadores, llegarán a ser sabios para salvación; pero aquellos que acudan como hombres distinguidos, enalteciendo su propia sabiduría, no recibirán la luz y conocimiento que sólo él puede dar.
Así afrontó Pablo el paganismo de sus días. Sus labores en Atenas no fueron totalmente inútiles. Dionisio, uno de los ciudadanos más eminentes, y algunos otros, aceptaron el mensaje evangélico, y se unieron plenamente con los creyentes.
La inspiración nos ha dado esta vislumbre de la vida de los atenienses, que, con todo su conocimiento, refinamiento y arte, estaban sin embargo sumidos en el vicio, para que pudiera verse cómo Dios, mediante su siervo, reprendió la idolatría y los pecados de un pueblo orgulloso y confiado en sí mismo. Las palabras del apóstol y la descripción de su actitud y del ambiente que lo rodeaba, como los traza la pluma inspirada, habían de transmitirse a todas las generaciones venideras como testimonio de su firme confianza, su valor en la soledad y adversidad, así como de la victoria ganada en favor del cristianismo en el mismo corazón del paganismo.
Las palabras de Pablo contienen un tesoro de conocimiento para la iglesia. Estaba en una posición desde donde hubiera 196 podido fácilmente decir algo que irritara a sus orgullosos oyentes y lo metiera en dificultad. Si su discurso hubiera sido un ataque directo contra sus dioses y los grandes hombres de la ciudad, hubiera estado expuesto a sufrir la suerte de Sócrates. Pero con un tacto nacido del amor divino, apartó cuidadosamente sus mentes de las deidades paganas, y les reveló el Dios verdadero, que era desconocido para ellos.
Hoy día las verdades de las Escrituras deben presentarse a los grandes del mundo, a fin de que puedan escoger entre obedecer a la ley de Dios y servir al príncipe del mal. Dios les presenta la verdad eterna, la verdad que los hará sabios para la salvación; pero no los obliga a aceptarla. Si se apartan de ella, los abandona a sus propios medios, para que se llenen con los frutos de sus propias obras.
"Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; mas a los que se salvan, es a saber, a nosotros, es potencia de Dios. Porque está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la inteligencia de los entendidos." "Antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es." (1 Cor. 1: 18, 19, 27, 28.) Muchos de los mayores eruditos y estadistas, los más eminentes hombres del mundo, se apartarán en estos últimos días de la luz, porque el mundo con toda su sabiduría no conoce a Dios. No obstante, los siervos de Dios han de aprovechar toda oportunidad para comunicar la verdad a estos hombres. Algunos reconocerán su ignorancia de las cosas divinas y ocuparán un lugar como humildes aprendices a los pies de Jesús, el gran Maestro.
En todo esfuerzo por alcanzar a las clases altas, el obrero de Dios necesita fe firme. Las apariencias pueden ser desalentadoras; pero en la hora más obscura se recibe luz de lo alto. La fuerza de los que aman y sirven a Dios se renovará día tras día. El entendimiento del Infinito se coloca a su servicio, de modo que al realizarse sus propósitos no yerren. Mantengan 197 firme estos obreros el principio de su confianza hasta el fin, recordando que la luz de la verdad de Dios ha de brillar en medio de las tinieblas que envuelven nuestro mundo. No debe haber desaliento en relación con el servicio de Dios. La fe de los obreros consagrados ha de soportar todas las pruebas a que tenga que hacer frente. Dios puede y quiere conceder a sus siervos toda la fuerza que necesitan, y darles la sabiduría que sus variadas necesidades demanden. El hará más que cumplir las más altas expectaciones de los que confían en él. 198
CAPÍTULO 24 Corinto
DURANTE el primer siglo de la era cristiana, Corinto era una de las ciudades principales, no sólo de Grecia, sino del mundo. Griegos, judíos, romanos y viajeros de todos los países, llenaban las calles, empeñados afanosamente en los negocios y los placeres. Era un gran centro comercial, situado a fácil acceso de todas partes del Imperio Romano, un lugar importante donde establecer monumentos para Dios y su verdad.
Entre los judíos que se habían establecido en Corinto, se contaban Aquila y Priscila, quienes más tarde se distinguieron como fervientes obreros de Cristo. Al reconocer el carácter de esas personas, Pablo "posó con ellos."
En el mismo comienzo de sus labores en este centro de tránsito, Pablo vio por doquiera serios obstáculos al progreso de su obra. La ciudad estaba casi completamente entregada a la idolatría. Venus era la deidad favorita; y con el culto de Venus se asociaban muchos ritos y ceremonias desmoralizadores. Los corintios habían llegado a destacarse, aun entre los paganos, por su grosera inmoralidad. Parecían pensar o preocuparse poco fuera de los placeres y alegrías frívolas de la hora.
Al predicar el Evangelio en Corinto, el apóstol siguió un plan diferente que en Atenas. Mientras estuvo en ese lugar, trató de adaptar su estilo al carácter de su auditorio; trató de hacer frente a la lógica con la lógica, a la ciencia con la ciencia, a la filosofía con la filosofía. Al pensar en el tiempo así usado, y darse cuenta de que su enseñanza en Atenas había producido sólo poco fruto, decidió seguir otro plan de acción en Corinto, en sus esfuerzos por cautivar la atención de los despreocupados 199 e indiferentes. Resolvió evitar todas las discusiones y argumentos complicados, y no "saber algo" entre los corintios, "sino a Jesucristo, y a éste crucificado." Iba a predicarles, no "con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder."(1 Cor. 2: 2,4.)
Jesús, a quien Pablo estaba por presentar ante los griegos de Corinto como el Cristo, era un judío de humilde origen, criado en una ciudad proverbial por su iniquidad. Había sido rechazado por su propia nación, y crucificado al fin como malhechor. Los griegos creían que se necesitaba elevar al género humano; pero consideraban el estudio de la filosofía y la ciencia como el único medio capaz de lograr la verdadera elevación y honor. ¿Podría Pablo inducirlos a creer que la fe en el poder de este obscuro judío elevaría y ennoblecería toda facultad del ser humano?
En el pensamiento de las multitudes que viven hoy la cruz del Calvario está rodeada de sagrados recuerdos. Se relacionan con las escenas de la crucifixión sagradas asociaciones. Pero en los días de Pablo, la cruz se consideraba con sentimientos de repulsión y horror. El ensalzar como Salvador de la humanidad a uno que había muerto en la cruz provocaría naturalmente el ridículo y la oposición.
Pablo sabía bien cómo sería considerado su mensaje tanto por los judíos como por los griegos de Corinto. "Nosotros predicamos a Cristo crucificado confesó él, a los Judíos ciertamente tropezadero, y a los Gentiles locura." (1 Cor. 1: 23.) Entre sus oyentes judíos había muchos a quienes encolerizaría el mensaje que él estaba por proclamar. Y a juicio de los griegos, sus palabras serían absurda locura. Sería considerado mentalmente débil por tratar de mostrar cómo la cruz podría tener alguna relación con la elevación del género humano o la salvación de la humanidad.
Pero para Pablo, la cruz era el único objeto de supremo interés. Desde que fuera contenido en su carrera de persecución contra los seguidores del crucificado Nazareno, no había 200 cesado de gloriarse en la cruz. En aquel entonces se le había dado una revelación del infinito amor de Dios, según se revelaba en la muerte de Cristo; y se había producido en su vida una maravillosa transformación que había puesto todos sus planes y propósitos en armonía con el cielo. Desde aquella hora había sido un nuevo hombre en Cristo. Sabía por experiencia personal que una vez que un pecador contempla el amor del Padre, como se lo ve en el sacrificio de su Hijo, y se entrega a la influencia divina, se produce un cambio de corazón, y Cristo es desde entonces todo en todo.
En ocasión de su conversión, Pablo se llenó de un vehemente deseo de ayudar a sus semejantes a contemplar a Jesús de Nazaret como el Hijo del Dios vivo, poderoso para transformar y salvar. Desde entonces dedicó enteramente su vida al esfuerzo de pintar el amor y el poder del Crucificado. Su gran corazón simpatizaba con todas las clases sociales. "A Griegos y a bárbaros declaraba, a sabios y a no sabios soy deudor." (Rom. 1: 14.) El amor por el Señor de gloria, a quien había perseguido tan implacablemente en la persona de sus santos, era el principio propulsor de su conducta, su fuerza motriz. Si alguna vez su ardor en la senda del deber flaqueaba, una mirada a la cruz y al asombroso amor allí revelado, bastaba para inducirlo a ceñirse los lomos de su entendimiento y avanzar en la senda de la abnegación.
Contemplad al apóstol predicando en la sinagoga de Corinto, razonando de las escrituras de Moisés y los profetas, y conduciendo a sus oyentes al advenimiento del Mesías prometido. Escuchad mientras explica claramente la obra del Redentor como el gran sumo sacerdote de la humanidad: el que por el sacrificio de su propia vida había de expiar el pecado una vez por todas, y emprender entonces su ministerio en el santuario celestial. Se hizo entender a los oyentes de Pablo que el Mesías cuyo advenimiento habían anhelado, había venido ya; que su muerte era la realidad prefigurada por todas las ofrendas de los sacrificios, y que su ministerio en el santuario celestial 201 era el gran objeto que arrojaba su sombra hacia atrás y aclaraba el ministerio del sacerdocio judío.
Pablo testificó "a los Judíos que Jesús era el Cristo." Por las Escrituras del Antiguo Testamento, mostró que de acuerdo con las profecías y la expectación universal de los judíos, el Mesías iba a ser del linaje de Abrahán y de David; entonces trazó la descendencia de Jesús desde el patriarca Abrahán a través del real salmista. Leyó el testimonio de los profetas en cuanto al carácter y la obra del Mesías prometido, y su recepción y trato en la tierra. Luego demostró que todas estas predicciones se habían cumplido en la vida, el ministerio y la muerte de Jesús de Nazaret.
Pablo señaló que Cristo había venido a ofrecer la salvación primero a la nación que aguardaba la venida del Mesías como la consumación y gloria de su existencia nacional. Pero esa nación había rechazado a Aquel que le hubiera dado vida, y había escogido otro guía cuyo reino acabaría en la muerte. Se esforzó por presentar a sus oyentes el hecho de que sólo el arrepentimiento podía salvar a la nación de la ruina inminente. Reveló la ignorancia de ésta concerniente al significado de las Escrituras, cuya presunta plena comprensión constituía su principal jactancia y gloria. Reprendió su mundanalidad, su amor a la posición social, a los títulos, a la exhibición, y su desmedido egoísmo.
Con el poder del Espíritu, Pablo relató la historia de su propia milagrosa conversión, y de su confianza en las Escrituras del Antiguo Testamento, que se habían cumplido tan plenamente en Jesús de Nazaret. Habló con solemne fervor, y sus oyentes no pudieron sino percibir que amaba con todo su corazón al crucificado y resucitado Salvador. Vieron que su mente se concentraba en Cristo, y que toda su vida estaba vinculada con su Señor. Tan impresionantes fueron sus palabras, que solamente aquellos que estaban llenos del más amargo odio contra la religión cristiana pudieron quedar sin conmoverse por ellas. 202
Pero los judíos de Corinto cerraron sus ojos a la evidencia tan claramente presentada por el apóstol, y rehusaron escuchar sus llamamientos. El mismo espíritu que los había inducido a rechazar a Cristo, los llenó de ira y furia contra su siervo, y si Dios no le hubiera protegido especialmente, para que continuase llevando el mensaje evangélico a los gentiles, le habrían ultimado.
"Mas contradiciendo y blasfemando ellos, les dijo, sacudiendo sus
vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza; yo, limpio; desde ahora me
iré a los Gentiles. Y partiendo de allí, entró en casa de uno llamado Justo,
temeroso de Dios, la casa del cual estaba junto a la sinagoga."
Silas y Timoteo "vinieron de Macedonia" para ayudar a Pablo, y juntos trabajaron
por los gentiles. A los paganos, tanto como a los judíos, Pablo y sus compañeros
predicaron a Cristo como el Salvador de la humanidad caída. Evitando
razonamientos complicados y rebuscados, los mensajeros de la cruz se espaciaron
en los atributos del Creador del mundo, supremo Gobernante del universo. Con
corazones rebosantes de amor hacia Dios y su Hijo, invitaron a los paganos a
contemplar el infinito sacrificio hecho en favor del hombre. Sabían que si
aquellos que habían andado mucho tiempo a tientas en las tinieblas del paganismo
pudieran tan sólo ver la luz que irradiaba de la cruz del Calvario, serían
atraídos al Redentor. "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos traeré a
mí mismo," había declarado el Salvador. (Juan 12: 32.)
Los obreros evangélicos de Corinto comprendían los terribles peligros que amenazaban a las almas de aquellos por quienes trabajaban; y con conciencia de la responsabilidad que descansaba sobre ellos, presentaban la verdad como es en Jesús. Claro, sencillo y decidido era su mensaje: sabor de vida para vida, o de muerte para muerte. Y no sólo en sus palabras, sino en su vida diaria, se revelaba el Evangelio. Los ángeles cooperaban con ellos, y la gracia y el poder de Dios se manifestaban en la conversión de muchos. "Crispo, el prepósito de la sinagoga, 203 creyó al Señor con toda su casa; y muchos de los Corintios oyendo creían, y eran bautizados."
El odio con que los judíos habían considerado siempre a los
apóstoles se intensificó ahora. La conversión y el bautismo de Crispo tuvo por
efecto exasperar en vez de convencer a estos obstinados oponentes. No podían
presentar argumentos que refutasen la predicación de Pablo; y por falta de
evidencias tales, recurrieron al engaño y al ataque malicioso. Blasfemaron el
Evangelio y el nombre de Jesús. En su ciega ira, no había para ellos palabras
demasiado amargas ni ardid demasiado bajo. No podían negar que Cristo había
obrado milagros, pero declaraban que los había realizado por el poder de
Satanás, y afirmaban osadamente que las maravillosas obras realizadas por Pablo
eran hechas por el mismo agente.
Aunque Pablo tuvo cierto grado de éxito en Corinto, la impiedad que veía y oía
en esa corrupta ciudad casi lo descorazonaba. La depravación que presenciaba
entre los gentiles, y el desprecio e insulto de los judíos, le causaban gran
angustia de espíritu. Dudaba de la prudencia de tratar de edificar una iglesia
con el material que encontraba allí.
Y mientras estaba haciendo planes de dejar la ciudad para ir a un campo más promisorio, y tratando fervientemente de entender su deber, el Señor se le apareció en una visión y le dijo: "No temas, sino habla, y no calles: porque yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad." Pablo entendió que esto era una orden de permanecer en Corinto y una garantía de que el Señor haría crecer la semilla sembrada. Fortalecido y animado, continuó trabajando allí con celo y perseverancia.
Los esfuerzos del apóstol no se limitaban a la predicación
pública; había muchos que no podrían ser alcanzados de esa manera. Pasaba mucho
tiempo en el trabajo de casa en casa, aprovechando el trato del círculo
familiar. Visitaba a los enfermos y tristes, consolaba a los afligidos y animaba
a los oprimidos. En todo lo que decía y hacía, magnificaba el nombre de 204
Jesús. Así trabajaba "con flaqueza, y mucho temor y temblor." (1 Cor. 2: 3.)
Temblaba de temor de que su enseñanza llevara el sello humano en lugar del
divino.
"Hablamos sabiduría entre perfectos declaró más tarde Pablo; y sabiduría, no de
este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que se deshacen; mas hablamos
sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó
antes de los siglos para nuestra gloria: la que ninguno de los príncipes de este
siglo conoció: porque si la hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al
Señor de gloria: antes, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó,
ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos
que le aman. Empero Dios nos lo reveló a nosotros por el Espíritu: porque el
Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los
hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?
Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.
"Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado; lo cual también hablamos, no con doctas palabras de humana sabiduría, mas con doctrina del Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual." (1 Cor. 2: 6-13 . )
Pablo comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón y ponía todo pensamiento en sujeción a Cristo. Hablando de sí mismo, afirmaba que llevaba "siempre por todas partes la muerte de Jesús en el cuerpo, para que también la vida de Jesús sea manifestaba en nuestros cuerpos." (2 Cor. 4: 10.) En las enseñanzas del apóstol, Cristo era la figura central.
"Vivo declaraba, no ya yo, mas vive Cristo en mí." (Gál. 2: 20.)
El yo estaba escondido; Cristo era revelado y ensalzado.
Pablo era un orador elocuente. Antes de su conversión, había tratado a menudo de
impresionar a sus oyentes con los vuelos de la oratoria. Pero ahora puso todo
eso a un lado. 205
En lugar de entregarse a descripciones poéticas y cuadros fantásticos que pudieran complacer los sentidos y alimentar la imaginación, pero que no podrían alcanzar la experiencia diaria, Pablo trataba, mediante el uso de un lenguaje sencillo, de introducir en el corazón las verdades de vital importancia. Las presentaciones fantásticas de la verdad pueden provocar un éxtasis de sentimiento; pero demasiado a menudo las verdades presentadas de esta manera no proporcionan el alimento necesario para fortalecer al creyente para las batallas de la vida. Las necesidades inmediatas, las pruebas presentes, de las almas que luchan, deberían satisfacerse con instrucción sana y práctica sobre los principios fundamentales del cristianismo.
Los esfuerzos de Pablo en Corinto no fueron estériles. Muchos se volvieron del culto de los ídolos para servir al Dios vivo, y una gran iglesia se alistó bajo la bandera de Cristo. Algunos fueron rescatados de entre los gentiles más disipados, y llegaron a ser monumentos de la misericordia de Dios y la eficacia de la sangre de Cristo para limpiar del pecado.
El creciente éxito de Pablo en la presentación de Cristo despertó en los judíos incrédulos una oposición más resuelta. "Se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y lo llevaron al tribunal" de Galión, entonces procónsul de Acaya. Esperaban que las autoridades, como en ocasiones anteriores, se pusieran de su parte; y en altas y airadas voces expresaron su disgusto contra el apóstol, diciendo: "Este persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley."
La religión judía estaba bajo la protección del poder romano; y los acusadores de Pablo pensaban que si podían probar que violaba las leyes de su religión, se lo entregarían probablemente para que lo juzgaran y sentenciaran. Esperaban así lograr su muerte. Pero Galión era hombre íntegro, y se negó a dejarse engañar por los judíos celosos e intrigantes. Disgustado por su fanatismo y justicia propia, no quiso hacer lugar a la acusación. Mientras Pablo se preparaba para hablar en defensa propia, Galión le dijo que no era necesario. Entonces 206 dirigiéndose a los airados acusadores, dijo: "Si fuera algún agravio o algún crimen enorme, oh Judíos, conforme a derecho yo os tolerara: mas si son cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros; porque yo no quiero ser juez de estas cosas. Y los echó del tribunal."
Tanto los judíos como los griegos habían esperado ansiosamente la
decisión de Galión; y su inmediato despacho del caso, como asunto que no era de
interés público, fue para los judíos la señal de retirarse, desconcertados y
airados. La decidida actitud del procónsul abrió los ojos a la muchedumbre
clamorosa que había estado ayudando a los judíos. Por primera vez durante las
labores de Pablo en Europa la multitud se puso de su parte; en la presencia del
procónsul y sin que él lo impidiera, acosaron violentamente a los principales
acusadores del apóstol. "Todos los Griegos tomando a Sóstenes, prepósito de la
sinagoga, le herían delante del tribunal: y a Galión nada se le daba de ello."
Así el cristianismo obtuvo una señalada victoria.
Pablo se detuvo allí muchos días. Si el apóstol hubiera sido entonces obligado a
abandonar a Corinto, los conversos a la fe de Jesús hubieran quedado en
situación peligrosa. Los judíos se hubieran esforzado por aprovechar la ventaja
lograda hasta el punto de exterminar el cristianismo en esa región. 207
CAPÍTULO 25 Las Cartas a los Tesalonicenses
LA LLEGADA de Silas y Timoteo desde Macedonia, durante la permanencia de Pablo en Corinto, había alegrado grandemente al apóstol. Ellos le trajeron buenas nuevas de la "fe y caridad" de aquellos que habían aceptado la verdad durante la primera visita de los mensajeros evangélicos a Tesalónica. El corazón de Pablo simpatizaba tiernamente con esos creyentes, que, en medio de la prueba y la adversidad, habían permanecido fieles a Dios. Anhelaba visitarlos en persona, pero como no podía hacerlo entonces, les escribió.
En esta carta a la iglesia de Tesalónica, el apóstol expresa su gratitud a Dios por las alegres nuevas de su aumento de fe. "Hermanos escribió, recibimos consolación de vosotros en toda nuestra necesidad y aflicción por causa de vuestra fe: porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor. Por lo cual, ¿qué hacimiento de gracias podremos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios, orando de noche y de día con grande instancia, que veamos vuestro rostro, y que cumplamos lo que falta a vuestra fe ?"
"Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones; sin cesar acordándonos delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, y del trabajo de amor, y de la tolerancia de la esperanza del Señor nuestro Jesucristo."
Muchos de los creyentes de Tesalónica se habían vuelto "de los ídolos . . . al Dios vivo y verdadero." Habían recibido "la palabra con mucha tribulación;" y sus corazones estaban llenos 208 del "gozo del Espíritu Santo." El apóstol declaró que por su fidelidad en seguir al Señor, eran "ejemplo a todos los que" habían "creído en Macedonia y en Acaya." Estas palabras de alabanza no eran inmerecidas; "porque de vosotros escribió ha sido divulgada la palabra del Señor no sólo en Macedonia y en Acaya, mas aun en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido."
Los creyentes tesalonicenses eran verdaderos misioneros. Sus corazones ardían de celo por el Salvador que los había librado del temor y "de la ira que ha de venir." Por la gracia de Cristo, se había producido una maravillosa transformación en sus vidas; y la palabra del Señor, hablada por ellos, era acompañada de poder. Los corazones eran ganados por las verdades presentadas, y almas eran añadidas al número de los creyentes.
En esta primera epístola, Pablo se refirió a su manera de trabajar entre los tesalonicenses. Declaró que no había tratado de ganar conversos por medio del engaño o dolo. "Según fuimos aprobados de Dios para que se nos encargase el evangelio, así hablamos; no como los que agradan a los hombres, sino a Dios, el cual prueba nuestros corazones. Porque nunca fuimos lisonjeros en la palabra, como sabéis, ni tocados de avaricia; Dios es testigo; ni buscamos de los hombres gloria, ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo. Antes fuimos blandos entre vosotros como la que cría, que regala a sus hijos: tan amadores de vosotros, que quisiéramos entregaros no sólo el evangelio de Dios, mas aun nuestras propias almas; porque nos erais carísimos."
"Vosotros sois testigos, y Dios continúa el apóstol, de cuán santa y justa e irreprensiblemente nos condujimos con vosotros que creísteis: así como sabéis de qué modo exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros, como el padre a sus hijos. Y os protestábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria.
"Por lo cual, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, de que habiendo recibido la palabra de Dios que oísteis 209 de nosotros, recibisteis no palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, el cual obra en vosotros los que creísteis." "Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo en su venida ? Que vosotros sois nuestra gloria y gozo."
En su primera epístola a los creyentes tesalonicenses, Pablo se esforzó por instruirlos respecto al verdadero estado de los muertos. Dijo que los muertos dormían en la inconsciencia: "Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús.... Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor."
Los tesalonicenses se habían aferrado ansiosamente a la idea de que Cristo estaba por venir para transformar a los fieles que vivían, y llevarlos consigo. Habían protegido cuidadosamente la vida de sus amigos, para que no murieran y perdieran la bendición que ellos esperaban recibir al venir su Señor. Pero sus amados, uno tras otro, les habían sido arrebatados; y con angustia los tesalonicenses habían mirado por última vez los rostros de sus muertos, atreviéndose apenas a esperar encontrarlos en la vida futura.
Cuando abrieron y leyeron la epístola de Pablo, las palabras referentes al verdadero estado de los muertos proporcionaron gran gozo y consuelo a la iglesia. Pablo mostró que aquellos que vivieran cuando Cristo viniese no irían antes al encuentro de su Señor que aquellos que hubieran dormido en Jesús. La voz del arcángel y la trompeta de Dios alcanzarían a los que durmieran, y los muertos en Cristo resucitarían primero, antes 210 que el toque de la inmortalidad se concediera a los vivos. "Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, consolaos los unos a los otros en estas palabras."
Difícilmente podemos apreciar la esperanza y el gozo que esta seguridad proporcionó a la joven iglesia de Tesalónica. Ellos creyeron y atesoraron la carta que les envió su padre en el Evangelio, y sus corazones se llenaron de amor a él. El les había dicho estas cosas antes; pero en aquel entonces sus mentes estaban tratando de asimilar doctrinas que les parecían nuevas y extrañas; y no es sorprendente que la fuerza de algunos puntos no se había impresionado vívidamente en su espíritu. Pero tenían hambre de la verdad, y la epístola de Pablo les dio nueva esperanza y fuerza, y una fe más firme en Aquel cuya muerte había sacado a luz la vida y la inmortalidad, y les dio un afecto más profundo por él.
Ahora se regocijaban en el conocimiento de que sus amados amigos se levantarían de la tumba, para vivir para siempre en el reino de Dios. Las tinieblas que habían envuelto el lugar de descanso de los muertos se disiparon. Un nuevo esplendor coronó la fe cristiana, y vieron una nueva gloria en la vida, la muerte y la resurrección de Cristo.
"También traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús," escribió Pablo. Muchos interpretan este pasaje como si significara que los que duermen serán traídos con Cristo desde el cielo, pero según Pablo, como Cristo se levantó de los muertos, así Dios traerá de sus tumbas a los santos que durmieron, y los llevará con él al cielo. ¡Qué precioso consuelo! ¡Qué gloriosa esperanza ! no sólo para la iglesia de Tesalónica, sino para todos los cristianos dondequiera que estén.
Mientras Pablo trabajaba en Tesalónica, había explicado tan plenamente el asunto de las señales de los tiempos, mostrando qué acontecimientos iban a suceder antes de la manifestación del Hijo del hombre en las nubes del cielo, que no consideró 211 necesario escribirles largamente en cuanto a este asunto. Se refirió, sin embargo, enfáticamente a sus enseñanzas anteriores. "Acerca de los tiempos y los momentos dijo, no tenéis, hermanos, necesidad de que yo os escriba: porque vosotros sabéis bien, que el día del Señor vendrá así como ladrón de noche, que cuando dirán, Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente."
Son muchos hoy en el mundo los que cierran los ojos a las evidencias que Cristo dio para advertir a los hombres de su advenimiento. Tratan de aquietar toda aprensión, mientras las señales del fin se cumplen rápidamente, y el mundo se precipita hacia el tiempo cuando el Hijo del hombre se manifestará en las nubes del cielo. Pablo enseña que es pecaminoso ser indiferente para con las señales que han de preceder a la segunda venida de Cristo. A los culpables de este descuido, los llama hijos de la noche y de las tinieblas. Anima a los vigilantes y despiertos con estas palabras: "Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sobrecoja como ladrón; porque todos vosotros sois hijos de luz, e hijos del día; no somos de la noche, ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás; antes velemos y seamos sobrios."
Son especialmente importantes para la iglesia de nuestro tiempo las enseñanzas del apóstol sobre este punto. Para los que viven tan cerca de la gran consumación, deberían tener notable fuerza las palabras del apóstol: "Mas nosotros, que somos del día, estemos sobrios, vestidos de cota de fe y de caridad, y la esperanza de salud por yelmo. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salud por nuestro Señor Jesucristo; el cual murió por nosotros, para que o que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él."
El cristiano vigilante es el cristiano que trabaja, que procura celosamente hacer todo lo que puede para el adelantamiento del Evangelio. Como crece el amor por su Redentor, así también crece su amor por su prójimo. Tiene severas pruebas, como su Señor; pero no permite que las aflicciones agríen su 212 temperamento y destruyan su paz mental. Sabe que la prueba, si se la soporta bien, le refinará y purificará, y le unirá más con Cristo. Los que son participantes de los sufrimientos de Cristo, serán también participantes de su consolación, y al fin compartirán también su gloria.
"Os rogamos, hermanos continuó Pablo en su carta a los tesalonicenses, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan: y que los tengáis en mucha estima por amor de su obra. Tened paz los unos con los otros."
Los creyentes tesalonicenses se veían muy molestados por hombres que se levantaban entre ellos con ideas y doctrinas fanáticas. Algunos andaban "fuera de orden, no trabajando en nada, sino ocupados en curiosear." La iglesia había sido debidamente organizada, y se habían nombrado dirigentes para que actuaran como ministros y diáconos. Pero había algunos voluntariosos e impetuosos que rehusaban someterse a aquellos que ocupaban puestos de autoridad en la iglesia. Los tales aseveraban tener no solamente derecho a juzgar por su cuenta, sino también a presentar insistentemente sus conceptos a la iglesia. En vista de esto, Pablo llamó la atención de los tesalonicenses al respeto y la deferencia debidos a aquellos que habían sido escogidos para ocupar puestos de autoridad en la iglesia.
En su ansia de que los creyentes de Tesalónica anduvieran en el temor de Dios, el apóstol les suplicó que manifestaran piedad práctica en la vida diaria. "Resta pues, hermanos escribió, que os roguemos y exhortemos en el Señor Jesús, que de la manera que fuisteis enseñados de nosotros de cómo os conviene andar, y agradar a Dios, así vayáis creciendo. Porque ya sabéis qué mandamientos os dimos por el Señor Jesús. Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación." "Porque no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación."
El apóstol Pablo sentía que era responsable en gran medida 213 del bienestar espiritual de aquellos que se convertían por sus labores. Deseaba que crecieran en el conocimiento del único Dios verdadero y de Jesucristo, a quien había enviado. A menudo en su ministerio se encontraba con pequeños grupos de hombres y mujeres que amaban a Jesús, y se postraba en oración con ellos para pedir a Dios que les enseñara cómo mantener una relación vital con él. A menudo se reunía en consejo con ellos para estudiar los mejores métodos de dar a otros la luz de la verdad evangélica. Y a menudo, cuando estaba separado de aquellos con quienes había trabajado así, suplicaba a Dios que los guardara del mal, y les ayudara a ser misioneros fervientes y activos.
Una de las mayores evidencias de la verdadera conversión es el amor a Dios y al hombre. Los que aceptan a Jesús como su Redentor tienen un profundo y sincero amor por otros de la misma preciosa fe. Eso pasaba con los creyentes de Tesalónica. "Mas acerca de la caridad fraterna escribió el apóstol no habéis menester que os escriba: porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis los unos a los otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos que están por toda Macedonia. Empero os rogamos, hermanos, que abundéis más; y que procuréis tener quietud, y hacer vuestros negocios, y obréis de vuestras manos de la manera que os hemos mandado; a fin de que andéis honestamente para con los extraños, y no necesitéis de nada."
"Y a vosotros multiplique el Señor, y haga abundar el amor entre vosotros, y para con todos, como es también de nosotros para con vosotros; para que sean confirmados vuestros corazones en santidad, irreprensibles delante de Dios y nuestro Padre para la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos."
"También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los que andan desordenadamente, que consoléis a los de poco ánimo, que soportéis a los flacos, que seáis sufridos para con todos. Mirad que ninguno dé a otro mal por mal; antes seguid lo 214 bueno siempre los unos para con los otros, y para con todos. Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo; porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús."
El apóstol amonestó a los tesalonicenses a no despreciar el don de profecía, y con las palabras: "No apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno," les ordenó que distinguieran cuidadosamente entre lo falso y lo verdadero. Les mandó que se abstuvieran de "toda especie de mal;" y termina su carta con la oración de que Dios los santifique en todo, para que su "espíritu y alma y cuerpo sea guardado entero sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os ha llamado añadió; el cual también lo hará."
La instrucción que el apóstol envió a los tesalonicenses en su primera carta en cuanto a la segunda venida de Cristo, estaba perfectamente de acuerdo con su enseñanza anterior. Sin embargo, sus palabras fueron mal interpretadas por algunos hermanos tesalonicenses. Entendieron que él expresó la esperanza de que él mismo viviría para presenciar el advenimiento del Salvador. Esto aumentó su entusiasmo y excitación. Aquellos que habían descuidado anteriormente sus responsabilidades y deberes, se volvieron ahora más persistentes en imponer sus conceptos erróneos.
En su segunda carta, Pablo procuró corregir su errónea comprensión de la enseñanza que les había dado, y trató de presentarles lo que en verdad creía. Expresó de nuevo su confianza en la integridad de ellos, así como su gratitud porque la fe de ellos era fuerte y porque abundaban en amor mutuo y para con la causa de su Señor. Les dijo que los presentaba a otras iglesias como ejemplo de la fe paciente y perseverante que soporta valerosamente persecución y tribulación; y dirigió su atención hacia el tiempo de la segunda venida de Cristo, cuando el pueblo de Dios descansará de todos sus cuidados y perplejidades. 215
"Nosotros mismos escribió nos gloriarnos de vosotros en las iglesias de Dios, de vuestra paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y tribulaciones que sufrís: . . . Y a vosotros que sois atribulados, dar reposo con nosotros, cuando se manifestará el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia, en llama de fuego, para dar el pago a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales serán castigados de eterna perdición por la presencia del Señor, y por la gloria de su potencia.... Por lo cual, asimismo oramos siempre por vosotros, que nuestro Dios os tenga por dignos de su vocación, e hincha de bondad todo buen intento, y toda obra de fe con potencia, para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo."
Pero antes de la venida de Cristo, iban a producirse importantes acontecimientos en el mundo religioso, predichos en la profecía. El apóstol declaró: "No os mováis fácilmente de vuestro sentimiento, ni os conturbéis ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como nuestra, como que el día del Señor esté cerca. No os engañe nadie en ninguna manera; porque no vendrá sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, oponiéndose y levantándose contra todo lo que se llama Dios, o que se adora; tanto que se asiente en el templo de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios."
Las palabras de Pablo no debían ser mal entendidas. No estaban destinadas a enseñar que él, por revelación especial, había anunciado a los tesalonicenses la inmediata venida de Cristo. Esa idea hubiera provocado confusión de fe; porque el desengaño conduce a menudo a la incredulidad. El apóstol, por lo tanto, previno a los hermanos que no recibiesen tal mensaje como si viniera de él; y procedió a recalcar el hecho de que el poder papal, tan claramente descrito por el profeta Daniel, estaba todavía por levantarse y que guerrearía contra el pueblo de Dios. Hasta que ese poder no realizara su obra 216 mortal y blasfema, sería inútil para la iglesia esperar la venida de su Señor. "¿No os acordáis preguntó Pablo que cuando estaba todavía con vosotros, os decía esto?"
Terribles habrían de ser las pruebas que sobrevendrían a la verdadera iglesia. Ya en el tiempo en que el apóstol Pablo escribía, el "misterio de iniquidad" había comenzado a obrar. Los sucesos que se iban a producir en lo futuro serían "según operación de Satanás, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos, y con todo engaño de iniquidad en los que perecen."
Especialmente solemne es la declaración del apóstol respecto a aquellos que rehusaran recibir "el amor de la verdad." "Por tanto, pues declaró concerniente a todos los que deliberadamente rechazaran los mensajes de verdad, les envía Dios operación de error, para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, antes consintieron a la iniquidad." Los hombres no pueden rechazar con impunidad las amonestaciones que Dios les envía en su misericordia. De aquellos que persisten en apartarse de sus amonestaciones, Dios retira su Espíritu y los abandona a los engaños que aman.
Así bosquejó Pablo la nefasta obra de aquel poder del mal que subsistiría durante largos siglos de tinieblas y persecución antes de la segunda venida de Cristo. Los creyentes tesalonicenses habían esperado inmediata liberación; ahora se les alentó a emprender valerosamente, en el temor de Dios, la obra que tenían por delante. El apóstol les recomendó que no descuidaran sus deberes ni se entregaran a la espera ociosa. Después de sus brillantes expectativas de inmediata liberación, la rutina de la vida diaria y la oposición que debían afrontar podían parecerles doblemente penosas. Por lo tanto los exhortó a estar firmes en la fe:"Estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra. Y el mismo Señor nuestro Jesucristo, y Dios y Padre nuestro, el cual nos amó, y nos dio 217 consolación eterna, y buena esperanza por gracia, consuele vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra." "Mas fiel es el Señor, que os confirmará y guardará del mal. Y tenemos confianza de vosotros en el Señor, que hacéis y haréis lo que os hemos mandado. Y el Señor enderece vuestros corazones en el amor de Dios, y en la paciencia de Cristo."
La obra de los creyentes les había sido dada por Dios. Por su fiel adhesión a la verdad habían de dar a otros la luz que habían recibido. El apóstol les recomendó que no se cansaran de hacer el bien, y les señaló su propio ejemplo de diligencia en los asuntos temporales mientras trabajaba con incansable celo en la causa de Cristo. Reprobó a aquellos que se habían entregado a la pereza y a la excitación sin propósito, y les indicó que, "trabajando con reposo," comieran "su pan." También ordenó a la iglesia que excluyera de su comunión a cualquiera que persistiera en descuidar la instrucción dada por los ministros de Dios. "Mas no lo tengáis como a enemigo añadió, sino amonestadle como a hermano."
También esta epístola la termina Pablo con una oración, en la que pide que en medio de los afanes y pruebas de la vida, la paz de Dios y la gracia del Señor Jesucristo los consolasen y sostuviesen. 218
CAPÍTULO 26 Apolos en Corinto
DESPUÉS de dejar Corinto, el próximo escenario de la labor de Pablo fue Efeso. Estaba en camino a Jerusalén, para asistir a una fiesta próxima; y su estada en Efeso fue necesariamente breve. Razonó en la sinagoga con los judíos, quienes fueron impresionados tan favorablemente que le rogaron que continuara sus labores entre ellos. Su plan de visitar a Jerusalén le impidió detenerse entonces, mas prometió volver a visitarles, "queriendo Dios." Aquila y Priscila le habían acompañado a Efeso, y los dejó allí para que continuaran la obra que había comenzado.
Sucedió que "llegó entonces a Efeso un Judío, llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras." Había oído la predicación de Juan el Bautista, había recibido el bautismo del arrepentimiento, y era un testigo viviente de que el trabajo del profeta no había sido inútil. El informe de la Escritura respecto a Apolos es que "era instruido en el camino del Señor; y ferviente de espíritu, hablaba y enseñaba diligentemente las cosas que son del Señor, enseñado solamente en el bautismo de Juan."
Mientras estaba en Efeso, Apolos "comenzó a hablar confiadamente en la sinagoga." Entre los oyentes estaban Aquila y Priscila, quienes, percibiendo que no había recibido todavía toda la luz del Evangelio, "le tomaron, y le declararon más particularmente el camino de Dios." Por su enseñanza adquirió una comprensión más clara de las Escrituras, y llegó a ser uno de los abogados más capaces de la fe cristiana.
Apolos deseaba ir a Acaya, y los hermanos de Efeso "escribieron 219 a los discípulos que le recibiesen" como a un maestro en plena armonía con la iglesia de Cristo. Fue a Corinto, donde, en trabajo público y de casa en casa, "con gran vehemencia convencía . . . a los Judíos, mostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo." Pablo había sembrado la semilla de la verdad; Apolos ahora la regaba. El éxito que tuvo Apolos en la predicación del Evangelio indujo a algunos creyentes a exaltar sus labores por encima de las de Pablo. Esta comparación de un hombre con otro produjo en la iglesia un espíritu partidista que amenazaba impedir grandemente el progreso del Evangelio.
Durante el año y medio que Pablo había pasado en Corinto, había presentado intencionalmente el Evangelio en su sencillez. No "con altivez de palabra, o de sabiduría," había ido a los corintios, sino con temor y temblor, y "con demostración del Espíritu y de poder," había declarado "el testimonio de Cristo," para que su fe no estuviese "fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios." (1 Cor. 2:1, 4, 5.)
Pablo había adaptado necesariamente su método de enseñanza a la condición de la iglesia. "Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales les explicó más tarde,- sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os dí a beber leche, y no vianda: porque aun no podíais, ni aun podéis ahora." ( 1 Cor. 3: 1, 2.) Muchos de los creyentes corintios habían sido lentos para aprender las lecciones que él se había esforzado por enseñarles. Su progreso en el conocimiento espiritual no había estado en proporción con sus privilegios y oportunidades. Cuando hubieran tenido que estar muy adelantados en la vida cristiana, y hubieran debido ser capaces de comprender y practicar las verdades más profundas de la Palabra, estaban donde se hallaban los discípulos cuando Cristo les dijo: "Aun tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar." (Juan 16: 12.) Los celos, las malas sospechas y la acusación habían cerrado el corazón de muchos de los creyentes corintios a la obra plena del Espíritu Santo, el cual "todo lo escudriña, 220 aun lo profundo de Dios." (1 Cor. 2: 10.) Por sabios que pudieran ser en el conocimiento mundano, no eran sino niños en el conocimiento de Cristo.
Había sido la obra de Pablo instruir a los conversos corintios en los rudimentos, el alfabeto mismo, de la fe cristiana. Se había visto obligado a instruirlos como a quienes ignoraban las operaciones del poder divino en el corazón. En aquel tiempo eran incapaces de comprender los misterios de la salvación; porque "el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente." (1 Cor. 2: 14.) Pablo se había esforzado por sembrar la semilla, y otros debían regarla. Los que le siguieran debían llevar adelante la obra desde el punto donde él la había dejado, dando luz y conocimiento espirituales al debido tiempo, cuando la iglesia fuera capaz de recibirlos.
Cuando el apóstol emprendió su trabajo en Corinto, comprendió que
debía presentar de la manera más cuidadosa las grandes verdades que deseaba
enseñar. Sabía que entre sus oyentes habría orgullosos creyentes en las teorías
humanas y exponentes de los falsos sistemas de culto, que estaban palpando a
ciegas, esperando encontrar en el libro de la naturaleza teorías que
contradijeran la realidad de la vida espiritual e inmortal revelada en las
Escrituras. Sabía también que habría críticos que se esforzarían por refutar la
interpretación cristiana de la palabra revelada, y que los escépticos tratarían
al Evangelio de Cristo con escarnio y burla.
Mientras se esforzaba por conducir almas al pie de la cruz, Pablo no se atrevió
a reprender directamente a los licenciosos, y a mostrar cuán horrible era su
pecado a la vista de un Dios Santo. Más bien les presentó el verdadero objeto de
la vida, y trató de inculcarles las lecciones del Maestro divino, que, si eran
recibidas, los elevarían de la mundanalidad y el pecado a la pureza y la
justicia. Se explayó especialmente en la piedad práctica y en la santidad que
deben tener aquellos que serán 221 considerados dignos de un lugar en el reino
de Dios. Anhelaba ver penetrar la luz del Evangelio de Cristo en las tinieblas
de su mente, para que pudieran ver cuán ofensivas a la vista de Dios eran sus
prácticas inmorales. Por lo tanto, la nota tónica de su enseñanza entre ellos
era Cristo y él crucificado. Trató de mostrarles que su más ferviente estudio y
su mayor gozo debía ser la maravillosa verdad de la salvación por el
arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo.
El filósofo se aparta de la luz de la salvación, porque ella cubre de vergüenza sus orgullosas teorías; el mundano rehusa recibirla porque ella lo separaría de sus ídolos terrenales. Pablo vio que el carácter de Cristo debía ser entendido antes que los hombres pudieran amarle, o ver la cruz con los ojos de la fe. Aquí debe comenzar ese estudio que será la ciencia y el canto de los redimidos por toda la eternidad. Solamente a la luz de la cruz puede estimarse el valor del alma humana.
La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia el temperamento natural del hombre. El cielo no sería deseable para las personas de ánimo carnal; sus corazones naturales y profanos no serían atraídos por aquel lugar puro y santo; y si se les permitiera entrar, no hallarían allí cosa alguna que les agradase. Las propensiones que dominan el corazón natural deben ser subyugadas por la gracia de Cristo, antes que el hombre caído sea apto para entrar en el cielo y gozar del compañerismo de los ángeles puros y santos. Cuando el hombre muere al pecado y despierta a una nueva vida en Cristo, el am