
Para el 1 de Enero del 2004
La cruz es hoy objeto de reverencia. Se la encuentra en las iglesias, grabada en las tapas de libros, esculpida en muebles, venerada en pinturas, usada como joya, exaltada en sermones y cantos: la cruz es la insignia que identifica al cristianismo. Destacado símbolo de la fe religiosa en nuestro mundo, ha revolucionado a la sociedad como ninguna otra cosa pudo hacerlo, porque su poder es infinito y eterno. Apreciada fervientemente por algunos, es mayormente mal entendida por muchos, y es invocada a veces como un medio de eximirse de obedecer a Dios. Es considerada como un amuleto mágico contra los desastres causados por la locura humana. Sin embargo, la cruz erradicará definitivamente todos los errores, la corrupción y los actos equivocados de la humanidad, y toda la maldad de Satanás.
No es que la cruz en sí misma tenga algún poder. Más bien, es que quien voluntariamente colgó de ella la inviste con su poder y majestad insondables. Aunque podamos contemplar la cruz como un beneficio inagotable, ninguno puede explicarla en forma exhaustiva. Incluye la sabiduría y el amor infinitos de Dios, pero revelará sus tesoros ilimitados a las mentes reverentes durante toda la eternidad.
Las grandes realizaciones de soldados, filósofos, estadistas y poetas de generaciones pasadas gradualmente pierden su importancia, pero la grandiosidad de la Cruz de Cristo aumenta con el tiempo. Sin embargo, el tiempo mismo no contribuye nada a ella; es la cruz la que cambia el tiempo y la vida, para formar un telar en el cual Dios teje el tapiz que describe el esplendor inmortal de todo lo que Cristo logró en el Calvario para el beneficio eterno del universo.
Prefacio
Hasta que cumplí veintitrés años, Cristo y el Calvario no significaban nada para mí. Desde la niñez había pensado que el cristianismo era un fraude y un engaño. Sentía una compasión arrogante por los que eran suficientemente ingenuos para ser cristianos, que se aferraban a credos difuntos y símbolos oscuros, especialmente la cruz. Pero mi alma estaba hambrienta de significado espiritual.
Buscando la verdad exploré todas las grandes religiones del mundo -desde al animismo hasta el Zen, excepto el cristianismo. Así formé mi propia mezcla ecléctica de creencias, hecha a la medida del retorcido contorno de mi ego. Mi religión era básicamente un híbrido' del hinduismo, los alucinógenos, el jazz, el Zen e ideas sociales, apenas hilvanados, que requerían ser benévolo con personas como yo. En resumen, estaba centrado en mí mismo y confundido.
Pero en medio de mi nebuloso concepto de la vida, sentía una profunda necesidad de justificación. No en el sentido bíblico, sino más bien su perversión. Por ejemplo, yo justificaba mi bebida y mis drogas porque el hacerlo me ayudaba a tocar el jazz y escribir poemas con mayor libertad. Justificaba mi peregrinación terrenal recogiendo voluntariamente basura a lo largo del camino y llevándolo al basural comunitario. Me ocupaba del antiguo ejercicio de tratar de establecer mi propia justicia realizando obras "meritorias", que en mi caso eran de una virtud muy leve en el mejor de los casos. La paz me eludía, y también la pureza de mente y la nobleza de conducta.
Sin embargo, aunque confundido, estaba buscando una verdad que me pusiera en armonía con el Alma Supervisora, como la llamaba Emerson, la Inteligencia Creadora del universo. A menudo, perturbado por la idea de que al fin tendría que rendir cuentas, me preguntaba qué excusas podría ofrecer por vivir una vida egoísta e improductiva. A quién beneficiaba con mi existencia? No obstante, aunque tenía miedo de seguir, no tenía fuerzas para hacer un cambio.
Gradualmente vi que las borracheras, la sensualidad, y el aislamiento de la sociedad no favorecían mi desarrollo espiritual. Leí muchos libros sobre el misticismo, pero ofrecían un conglomerado tan enredado de posibilidades divergentes que comencé a sentir que estaba en medio de un desierto sin mapa ni brújula, rodeado por espejismos temblorosos sin ningún oasis cercano.
La mayoría de los falsos sistemas religiosos tienen una propuesta en común. Dicen que cada persona es fundamentalmente divina; las personas sólo necesitan encontrar la disciplina espiritual que les permita descubrir y desarrollar esa esencia divina. Esta mentira me entretuvo durante varios años. Pero, cuanto más vivía, más confundido y degenerado me encontraba, golpeado por los vientos de la pasión, el ansia y el temor. La sugerencia de que mis compañeros en el libertinaje y yo fuéramos innatamente divinos llevaba mi credulidad a un extremo. De hecho, todos nosotros parecíamos tontos; especialmente yo, porque no encontraba respuesta a mis preguntas persistentes.
Inesperadamente comencé a encontrarme con cristianos. Si les daba la oportunidad de testificar de sus creencias, todos mencionaban a Jesús como el que fue crucificado por sus pecados y que ahora era el Señor y Salvador de su vida. Esta declaración de fe parecía brotar de una experiencia genuina que les daba gran alegría. Esos testimonios me atraían y me repelían al mismo tiempo. A veces, bajo la influencia persuasiva de estos testigos, casi me convencía de llegar a ser cristiano. Yo sabía que necesitaba una renovación espiritual. Y me era claro, en ese momento, que ninguna droga ni técnica de meditación, ningún acto de valor o de beneficencia, podría proveer esa renovación, porque ninguno de ellos podía disipar mi oscuridad y depravación interior, mi frialdad, mi amargo egoísmo e incapacidad de amar libremente.
La idea de llegar a ser cristiano con el fin de ser una persona nueva era repugnante para mi orgullo. Yo quería encontrar algo que yo pudiera hacer para producir los cambios necesarios en mi vida. Tal vez, esperaba alguna filosofía, liberada de toda superstición, que me pusiera en el sendero de una vida recta. Tal vez necesitaba ocuparme de alguna disciplina artística para ponerme a tono con la realidad cósmica.
Analizaba el tema de las promesas y pretensiones de Jesús, en forma incómoda, con amigos y conocidos que habían llegado a ser cristianos. Me preguntaba cómo las personas podían rebajarse para adorar a un Dios que había sido torturado hasta morir por unos fanáticos religiosos que no estaban de acuerdo con su programa. Pensé que Dios debería ser inmune a esa clase de trato. Y además, la idea de confesarme como un gran pecador que necesitaba salvación era demasiado humillante. Me exponía al ridículo de los sabios según el mundo y a la manipulación de los parásitos religiosos muy dispuestos a escuchar confesiones y tomar el control de las conciencias.
Objeciones al cristianismo
Mientras resistía a la convicción de mi necesidad de salvación que ofrecía Jesús, las objeciones al cristianismo comenzaron a formar una pila de la altura de una montaña. Pero yo no tenía paz, y mi vida espiritual era cada vez más caótica. En medio dé mi oscuridad, la cruz de Jesús, de tiempo en tiempo, iluminaba mi mente con una luz extrañamente atrayente. Pero yo me retorcía incómodamente frente a la visión. Yo no quería abandonar el alcohol, el jazz y la libertad de hacer lo que quisiera, o más bien, hacer lo que los placeres de la carne me impulsaban a hacer. No obstante, los cristianos que yo conocía tenían paz, bondad, decencia, compasión, y una libertad del temor que me asombraban y me atraían. ¿Por qué no podría yo tener lo que ellos tenían sin tener que rebajarme a creer lo que ellos creían? Vivir era una agonía; era todavía más agonía contemplar la muerte y el día del ajuste final de cuentas.
Entonces, después de una noche de libertinaje vergonzoso con extraños ebrios, salí en la madrugada para mi cabaña en el bosque.
Mientras me arrastraba hacia casa .al amanecer, sentía la inutilidad y k declinación del valor de mi vida, y las palabras inundaron mi corazón "Dios, necesito tener tu verdad, aun cuando eso signifique llegar a ser un cristiano".
En ese momento, el Espíritu Santo, conociendo las peculiaridad des de mi mente, comenzó un diálogo racional conmigo. Me llegó claramente el pensamiento: Si Cristo es Dios, como afirman los cristianos entonces él debe tener todo el conocimiento y todo el poder. Yo podía concordar con esta hipótesis, convencido de que Dios, siendo eterno e infinito debe, por definición, poseer todo el poder y todo el conocimiento.
Así que, si Cristo es Dios, él debe haberse comprometido voluntariamente para ser un sacrificio por los pecados de la humanidad, porque nadie le puede robar la vida sin su aprobación. Esta proposición también tenis sentido.
Y si Cristo, siendo Dios, llegó a ser un hombre para morir voluntariamente por mis pecados, ¿no me corresponde llegar a conocer a un Dios ser misericordioso y amante como éste, y entregar mi vida a su cuidado y autoridad? Yo no podía negar la lógica de esta posición. Y siendo que el mismo Espíritu me convencía de que Cristo realmente es Dios, yo sentía que sería una obstinación inexcusable mantenerme apartado de él.
No mucho después llegué a conocer esta afirmación de Jesús: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir"(Juan 12:32, 33), También descubrí la verdad de la siguiente declaración:
El Espíritu Santo está tratando constantemente de llamar la atención de los hombres a la gran ofrenda hecha en la cruz del Calvario, de exponer al mundo el amor de Dios y abrir al alma arrepentida las cosas preciosas de las Escrituras.1
Ya no desprecio la cruz. Ha llegado a ser el árbol de vida para mi alma, el instrumento de mi salvación, el sostén de mi consuelo, la inspiración de mi servicio, el baluarte de mis valores, el monitor de mi conciencia, el portal de mi libertad y, como ocurrió con el ladrón arrepentido, el lugar de encuentro de mis esperanzas. Sin la cruz de Jesús, la vida sobre esta tierra estaría vacía de significado, desprovista de esperanza. Pero con la cruz, las perspectivas de la redención, de la justicia y de la renovación abundan generosamente y están disponibles para todos. Escribo este libro como un antiguo rebelde contra el gobierno de Dios, ahora alegremente presentándome para cumplir mi deber, y comprometiendo mi lealtad al Héroe conquistador del Calvario, quien conquistó mi corazón por el solemne poder y la majestad de su amor exhibido en la cruz.
Referencias
1. Elena de White, Los hechos de los apóstoles (Florida, Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana [ACES], 1977), p. 43.