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¡Ha resucitado!

Lección 9

Para el 26 de Febrero del 2005


 

RW. Dale, un ministro congregacional, estaba sentado ante su escritorio una mañana de abril, luchando por reunir pensamientos para un sermón de Pascua para su grey. Aunque era un teólogo educado y un buen escritor, no podía pensar en nada valioso que decir. Intelectualmente creía en Dios y en la Biblia, pero en ese momento su fe parecía paralizada.

Incapaz de producir nada, Dale se fue a caminar a un parque cercano. Vigorizado por el aire fresco, observó cómo una vida nueva estaba despertando ante la bendición de la primavera [en el hemisferio norte]. Al oír jugar a los niños y al ver nadar a unos cisnes en el lago cercano, su depresión comenzó a despejarse como por el aliento de Dios. Entonces un pensamiento lo inundó: Jesús ya no está en la tumba, sino ha resucitado, ¡ha resucitado! Nunca antes este hecho había capturado su corazón. Siempre había creído en la muerte expiatoria de Jesús y en su resurrección, pero ahora comenzaba a sentir el poder de esta verdad. Dale corrió a su escritorio y rápidamente escribió su mensaje acerca del Salvador resucitado; este mensaje introdujo nueva vida en su congregación.

La resurrección de Jesús da validez el evangelio y pone el sello de la verdad a toda la Escritura. Mediante los patriarcas y los profetas Dios había registrado a lo largo de los siglos promesas brillantes de que los muertos volverían a vivir por su poder (ver Job 14:12, 13; 19:23-27; Sal. 17:15; Isa. 26:19; Dan. 12:1, 2; Ose. 13:14, etc.). En la noche anterior a su crucifixión, Jesús declaró: "Porque yo vivo, vosotros también viviréis" (Juan 14:19). Su prueba inminente no señalaba el fracaso de su misión; más bien, era el indicio de su éxito. "Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Por cuanto la muerte entró por un hombre [Adán], también por un hombre [Cristo] la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Cor. 15:20-22). La justicia "ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro" (Rom. 4:24, 25). Servimos a un Salvador resucitado, no a uno cuya historia terminó en la cruz.

Los discípulos, el día de la resurrección de Jesús, se reunieron en el aposento alto, con miedo de ser los siguientes en compartir esa suerte. Entonces, un extraño apareció en medio de ellos y les dijo: "Paz a vosotros". Sólo después que el comió algo de sus alimentos y ellos lo tocaron, los discípulos abandonaron sus dudas y temores. En un rapto de gozo y asombro estallaron: "¡Es el Señor! ¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!" ¡Su Redentor había conquistado al pecado y la muerte! Ahora sabían que nada impediría el triunfo de su reino. Había transformado la cruz de un emblema de derrota en un instrumento de conquista. "Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz" (Col. 2:15).

¡Cómo se regocijaron los discípulos de estar otra vez en la presencia de Jesús! ¡Cuánto más apreciaron ahora cada palabra de él! Antes, habían estado perplejos y aun molestos por algunas de sus enseñanzas. Si hubieran hecho caso de sus referencias a la dura experiencia que pasarían, hubieran estado preparados para ella a pesar de la angustia que habrían tenido por los eventos terribles de su sacrificio. Pero ahora la fe de los discípulos había resucitado. Estaban listos para escuchar a Jesús como aprendedores. Y así como lo había hecho con Cleofas y su amigo en su viaje a Emaús, Jesús les enseñó lo que las Escrituras decían de él. No presentó ninguna doctrina nueva, pero repitió las enseñanzas que les había revelado durante los tres años y medio de peregrinación con ellos. Él deseaba que su fe en él estuviera arraigada en las Escrituras y no en una experiencia sobrenatural.

Jesús les mostró con las Escrituras el propósito redentor de su sacrificio. Esta enseñanza, grabada en su corazón y su mente, les daría fuerza en la proclamación del evangelio. Bajo la inspiración del Espíritu y por su gran devoción a Jesús, los apóstoles hablarían con autoridad las palabras de Dios en las Escrituras. Por esto podemos construir con certeza nuestra fe y la experiencia cristiana "sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efe. 2:20). Los fundamentos de piedra de la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, llevan grabados los nombres de los apóstoles, confirmando que todos los que construyen sobre ese fundamento han elegido correctamente (ver Ose. 14:9; Mat. 7:24, 25; Juan 17:20; 20:29-31; 1 Tes. 2:13).

La eterna voluntad de Dios

Durante sus apariciones a sus discípulos después de su resurrección, Jesús no cambió ni un sólo detalle de sus enseñanzas. Él había ratificado su pacto con su sangre y afirmado que sus palabras nunca pasarían (ver Mat. 24:35). Jesús, la Palabra Viviente, no murió en la cruz para cambiar las verdades tan eternas como él mismo (ver Sal. 89:34; 119:89, 152; 138:2; Juan 1:1-14). Además, la última voluntad o testamento se ratifica con la muerte del testador y no se la puede cambiar después (ver Gal. 3:15; Heb. 9:14-18). De modo que todo lo que Jesús enseñó debe ser trasmitido fielmente, sin alteraciones, a lo largo del tiempo. Su evangelio, su justicia y su ley son igualmente eternos. Ellos constituyen su eterna voluntad y testamento (ver Mat. 28:18-20; comparar con 7:24-29; Luc. 6:46).

Jesús les pidió a los discípulos que esperaran en Jerusalén hasta que el Espíritu fuera derramado sobre ellos. Debían dar testimonio de él en Jerusalén y en Judea primero, y luego en Samaría y más allá, en toda la tierra. Su mensaje de misericordia debía ser dado primero a sus asesinos y a todos los que los habían seguido ciegamente.

En la noche antes del Calvario, Jesús describió la obra del Espíritu en favor de la iglesia. El quería grabar en los discípulos la idea de que el Espíritu sería la Presencia divina que moraría en ellos y los uniría en compañerismo con Jesús; los guiaría a toda la verdad y les traería a la memoria las palabras de Jesús, de modo que nunca dejaran de dar testimonio de él. Además, el Espíritu les impartiría todo don, gracia e idea que necesitaran para su desarrollo cristiano y su servicio para Dios. "El Espíritu iba a ser dado como agente regenerador, y sin esto el sacrificio de Cristo habría sido inútil. [...] El Espíritu es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo".1

En los días que siguieron al Calvario, los discípulos de Jesús reconocieron su necesidad del Espíritu. Los hechos del avance del reino de Dios gracias a la presencia y el poder del Espíritu hace que el libro de Hechos sea un registro precioso. El Espíritu de Dios vino a dar a cada persona dispuesta un corazón y una naturaleza nuevos, comprometidos y habilitados para hacer la voluntad de Dios. Este poder transformador mantuvo unificados a los primeros cristianos en la verdad, y capacitó a la iglesia, que crecía rápidamente, a trascender las costumbres corruptoras que contaminan a cada cultura. El Espíritu Santo fue el secreto del poder de la iglesia primitiva, y es el don supremo del sacrificio de Jesús, porque el Espíritu de Dios otorga todos los demás dones, las gracias y las capacidades para glorificar a Dios.

Jesús no tenía el deseo de mostrar su victoria en la cara de sus enemigos. Su propósito de aparecer en Jerusalén, después de su resurrección, fue dar evidencias convincentes de que su evangelio es la verdad. Al ascender al cielo, Jesús repitió la gran comisión evangélica:

"Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo" (Mat. 28:18-20, NVI). Estas palabras de despedida refuerzan la meta central del sacrificio de Jesús: reconciliar al mundo con Dios mediante el poder del evangelio.

Obedientes, los apóstoles quedaron en Jerusalén, esperando el descenso del Espíritu. Este fue un período de escudriñamiento del corazón, un tiempo para repasar el compañerismo que Jesús les había ofrecido durante tres años y medio. Cuan a menudo deben haberse reprochado a sí mismos (no los unos a los otros) la poca comprensión y la dureza de corazón que los llevó a perder mucho de la gracia que Jesús derramaba sobre ellos. Vieron que si hubieran sido más receptivos de su pensamiento y sus motivos, el espíritu de rivalidad no se hubiera introducido entre ellos. Tampoco los actos y las palabras de Jesús los hubieran dejado perplejos por haber chasqueado sus ambiciones.

Ahora veían que el yo debería haber disminuido gradualmente y Jesús debería haber crecido constantemente en su vida. Pero el egoísmo había frenado su desarrollo y había hecho que la obra de Jesús en favor de ellos fuera más solitaria y difícil de lo que hubiera necesitado ser. Dándose cuenta de esto, su amor por Jesús y también aumentó el de los unos por los otros, y su hambre por la salvación de las almas creció opacando su deseo de reconocimiento y honores.

Diez días después de la ascensión de Jesús, "cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, [...] y fueron todos llenos del Espíritu Santo" (Hech. 2:1, 4). En Pentecostés los apóstoles no se jactaron de sus dones o vocación. Más bien, magnificaron a Jesús, crucificado y resucitado. Justificaron cada afirmación con aplicaciones apropiadas de la Palabra de Dios de Joel y los salmos (ver Hech. 2:36-43). Estas características -un uso correcto y claro de la Palabra de Dios y la glorificación del sacrificio de Jesús combinado con un llamado al arrepentimiento y a la aceptación sin reservas del evangelio- son las características del reavivamiento genuino producido por el Espíritu Santo en todo lugar en que se produzca (ver 1 Juan 5:5-12; 2 Juan 9; Apoc. 1:9-13). Como en Pentecostés, el reavivamiento nacido del Espíritu produce frutos de conversiones sólidas, basadas en las verdades de la Escritura (ver Col. 1:4-6; 1 Tes. 1:5-10).

Pentecostés no fue una exhibición única de poder espiritual dado para iniciar la misión de los apóstoles. Ellos siguieron trabajando en el espíritu y el poder de Pentecostés durante el resto de sus años de servicio. Aunque el poder disminuyó durante los años posteriores de apostasía, vuelve a arder en todo lugar donde haya corazones entregados a Dios. Pronto caerá la lluvia tardía sobre la iglesia, así como cayó la lluvia temprana en Pentecostés, sólo que la bendición será mucho más abundante, permitiendo que el pueblo de Dios evangelice a todo el mundo rápidamente con su mensaje final (ver Joel 2:23-32; Sant. 5:7, 8; Apoc. 18:1). Este flujo abundante del poder del cielo es un fruto de la intercesión de Jesús.

Nuestro misericordioso y fiel Mediador

Como el "mediador del nuevo pacto", Jesús se presenta "ahora por nosotros ante Dios" (Heb. 9:24). El no le está suplicando a Dios que sea misericordioso, pues "el Padre mismo os ama" (Juan 16:26-28; 3:16). De hecho, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo trabajan unidos para salvar a todos y producir la plena santificación en cada corazón creyente (Rom. 8:26; Sant. 5:7; Juan 15:1-7). Pasajes como los de Hebreos 2:16-18; 4:14-16; y 5:9 y 10, nos ayudan a comprender que Jesús tomó nuestra naturaleza con el fin de ser "misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo" y fortalecemos para resistir la tentación con el mismo medio que él empleó: la oración y la Palabra de Dios aplicadas mediante el poder de su gracia.

La oración de Jesús registrada en Juan 17 resume la visión de su obra sumo sacerdotal: Jesús retiene su humanidad como nuestro Representante y Hermano mayor (ver 1 Tim. 2:5). "¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? [Es decir, si entregamos completamente nuestra vida a él, ¿quién puede interferir en la operación de su gracia?] El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas [necesarias para nuestra redención]? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? [Satanás será nuestro acusador, pero Dios refutará todas las acusaciones e imputará toda la justicia de Jesús a ustedes si miran sólo a él como la fuente de todo mérito y renuncian a la justificación propia.] Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? [Cuando Dios los justifica, ninguna condenación contra ustedes se sostendrá en las cortes celestiales, aun cuando la injusticia pueda prevalecer contra ustedes sobre la tierra.] Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. [Su intercesión equilibra todos nuestros sufrimientos y pruebas sobre la tierra, y nos eleva hasta los lugares celestiales con el Padre y el Hijo en el trono de la gracia. ¡Piensen en el privilegio, y afórrense a él!]" (Rom. 8:31-34).

La obra de Jesús en el santuario no sustituye al Calvario. Más bien, hace que la cruz sea un poder viviente en nuestra vida, y sea la transacción vivida que afirma la realidad de nuestra adopción. "Como sumo sacerdote que está dentro del velo, de tal manera inmortalizó Cristo el Calvario, que aunque vive para Dios, muere continuamente para el pecado [en favor de nosotros]. De esta manera, si peca algún hombre, tiene a un abogado ante el Padre".2 Entramos en su santuario celestial por fe en la sangre expiatoria de Jesús, que nos salva y santifica el corazón de los creyentes (ver Efe. 2:13; Heb. 10:19-22).

"La intercesión de Cristo por el hombre en el santuario celestial es tan esencial para el plan de la salvación como lo fue su muerte en la cruz. Con su muerte dio principio a aquella obra para cuya conclusión ascendió al cielo después de su resurrección. Por la fe debemos entrar velo adentro, 'donde Jesús entró por nosotros como precursor' (Heb. 6:20). Allí se reflejó la luz de la cruz del Calvario; y allí podemos obtener una comprensión más clara de los misterios de la redención".3

Además de ser nuestro Abogado e Intercesor, Jesús realiza en el santuario la fase final de su ministerio en la obra del juicio (ver Dan. 7:9-25; 8:13, 14; Apoc. 4; 5). En esta obra, todos los que pertenecen a Jesús se destacan como exponentes de la gracia de Dios (ver Heb. 10:30; Mal. 3:1-6). Simultáneamente, Dios invita al universo a juzgar su carácter. Presenta todos los recursos de la sabiduría, el amor y la gracia que él ha ejercido para la salvación de todos (ver Rom. 3:4; Isa. 5:3, 4). Se demuestra que Satanás es culpable de todo lo que él ha acusado a Dios. Queda establecido el mérito de Jesús para gobernar el universo.

Cuando el Señor nos presenta delante del Universo como sus hijos e hijas comprados por su sangre, debemos esperar pacientemente en él, absorbiendo su pureza, gracia y servicio amante. Debernos arrepentimos de todo pecado, y no permitir que nada nos aparte de creer en nuestro Redentor (ver Sal 37:1-7; Lev. 16:29-31; 1 Ped. 4:17-19). Debemos poner nuestros afectos en las cosas de arriba y no en los placeres terrenales, que muy pronto han de terminar.

En Pentecostés, el pueblo, afectado por el tremendo sermón evangélico de Pedro, preguntó: "Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. [...] Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados. [...] Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros. [...] Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos" (Hech. 2:37-39, 41, 42, 47).

Este pasaje nos ayuda a comprender que somos bautizados tanto en Jesús como en su cuerpo, la iglesia; los dos no pueden separarse (ver 1 Cor. 12:13; Col. 1:18-20). Además, hemos de adherimos a las doctrinas puras de las Escrituras y al compañerismo del cuerpo, sin el cual el bautismo llega a ser un mero rito sin más significado que un casamiento entre dos personas que poco después se separarán.

Los apóstoles, en varios pasajes importantes, indican cuál es el verdadero significado del bautismo (ver Rom. 6:1-3; Col. 2:10-13; 1 Ped. 3:21, 22). La fe en el sacrificio de Jesús, la muerte al pecado, la sepultura de la vieja naturaleza camal, y el surgir a una vida nueva en Jesús constituye la cuádruple importancia del bautismo. Nuestra vieja naturaleza es crucificada con Jesús, y su gracia reina ahora en nosotros mediante la justicia para vida eterna. Esta es una verdadera transformación de la naturaleza, no una simple idea litúrgica.

Jesús les pidió a los apóstoles: "Haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mat. 28:19, 20). "Todos los que entran en la nueva vida deben comprender, antes de su bautismo, que el Señor exige afectos indivisos [...] La práctica de la verdad es esencial. [...] La línea demarcatoria será sencilla y distinta, entre los que aman a Dios y guardan sus mandamientos por una parte, y los que no lo aman y descuidan sus preceptos, por la otra".4

El regalo amante de Jesús

Como regalo de amor a quienes lo aceptan como su Salvador, Jesús instituyó una ceremonia especial: la Cena del Señor. El estableció esta ordenanza para recordamos el poder de su sacrificio, el regalo de su gracia y la recompensa final de la fe: la entrada al reino celestial en su segunda venida (ver Mat. 26:26-30; Luc. 22:7-20). "Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1 Cor. 11:26). Al participar de la Cena del Señor damos una expresión clara de la fe en estas dos verdades del evangelio. Como un acto de apropiarse y asimilar a Jesús y su justicia, el servicio de comunión mira hacia atrás al Calvario, la base de nuestra salvación, y hacia adelante a la segunda venida de Jesús, la consumación de ella. Este servicio nos da una oportunidad de renovar y extender nuestro compromiso con Jesús y su cuerpo, la iglesia, que fue comprada con su sangre (ver 1 Cor. 11:27'32; 2 Cor. 13:5). El lavamiento de los pies no es un preludio opcional al servicio de comunión, sino una parte integral de él (ver Juan 13:1-15). Su observancia en la iglesia en estos últimos días es uno de los elementos del evangelio restaurado como se practicó en la era apostólica (ver Dan. 8:11-14; Hech. 3:19-21).

Cuatro años después del hundimiento del Titanic, un joven escocés se puso de pie en una reunión evangelizadora realizada en Hamilton, Canadá, y dijo: "Yo soy un sobreviviente del Titanic. Estando a la deriva sobre una viga en esa noche fatídica, la marea trajo hacia mí al evangelista John Harper, también sobre un resto de la nave. 'Hombre', me dijo, '¿estás salvado?' 'No', le contesté. Harper dijo con voz clara y con un sentido de urgencia: 'Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo'. Luego las olas nos separaron pero, cosa extraña, nos acercamos de vuelta un poco más tarde. '¿Está usted salvado ahora?', me preguntó.  'No', respondí, 'no puedo decir honestamente que lo estoy'. El me repitió: 'Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo'. Poco después se hundió, y yo, allí, solo en la noche, con más de 3.000 m de agua debajo de mí, creí. Soy el último converso de John Harper".

Yo no creo que este escocés fue el último converso de John Harper, pues alguien que lea estas palabras hoy podrá aceptar a Jesús por el testimonio de este fiel testigo de Jesús. Si has estado flotando en un oscuro y frío océano de dudas y temor, cree en el Señor Jesucristo y serás salvo. El no es un impostor para ser ignorado ni un mártir sin vida para ser reverenciado, sino un Señor resucitado por quien somos salvos. No es un icono o una leyenda, él nos visita personalmente a todos, buscando entrar en nuestra vida.

Abra la puerta de su corazón y diga: "Señor, entra. Por favor, sálvame del pecado y dame un corazón nuevo, para tu gloria y mi bien eterno". Él aceptará su invitación; ¿aceptará usted la invitación de él?

 

 


 

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