Brian Jones

 
Up Domingo 13 Lunes 14 Martes 15 Miércoles 16 Jueves 17 Viernes 18 Lección Juvenil Auxiliar Maestro Notas de Elena White Brian Jones Pr Alejandro Bullón PowerPoint MPM UNASP Unión Italiana Dr Lester Bannett Unión Australiana Michael Fracker Dr Bruce Cameron Pr. Isaac López Dr Carlos E Espinosa

 


¡0h, el Cordero sangrante!

Lección 8

Para el 19 de Febrero del 2005




En su libro Fifty Years in the Church of Rome [Cincuenta años en la iglesia de Roma], Charles Chiniquy, apóstol de la temperancia, dice que en la niñez a menudo le leía pasajes de las Escrituras a su madre y conversaba con ella acerca de su importancia. En una ocasión, cuando tenía 9 años, "mientras leía la historia de los sufrimientos del Salvador, mi joven corazón quedó tan impresionado que no podía pronunciar las palabras, y mi voz temblaba. Mi madre, percibiendo mi emoción, trató de decir algo acerca del amor de Jesús hacía nosotros, pero ella no pudo decir ni una palabra; y prorrumpió en sollozos. Apoyó su cabeza sobre mi frente, y sentí las lágrimas que caían sobre mis mejillas. [...] Yo también lloré, y mis lágrimas se mezclaron con las de ella. El libro santo cayó de mis manos, y me arrojé en los brazos de mi querida madre.

"No hay palabras humanas que puedan expresar [lo que yo sentí] en esa bendita hora. ¡No! Nunca olvidaré esa hora cuando el corazón de mi madre estaba unido con el mío al pie de la cruz de nuestro Salvador. Sentí el perfume del cielo en esas lágrimas de mi madre que caían sobre mí. Pareció que [...] había una armonía celestial en el sonido de su voz y en sus sollozos. Aunque ha pasado más de medio siglo desde esa hora solemne cuando Jesús me reveló algo de su sufrimiento y de su amor, mi corazón salta de gozo cada vez que pienso en ello".

Que el Señor nos ayude a acercarnos al Calvario con la misma reverencia que tuvieron Chiniquy y su madre ese día memorable. Uno Puede apreciar mejor el registro de la crucifixión -el informe de la semana de la Pasión— al leer la historia en forma sinóptica, como la cuentan Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Al estudiar este panorama cuádruple, podemos captar matices que el Espíritu Santo impresionó en las mentes de los escritores de los evangelios.
Cuando contemplamos el Calvario, el foco que lo rodea es este:

"Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras" (1 Cor. 15:3). Su crucifixión no fue un mero martirio o una aberración de la justicia. La profecía bíblica predecía esos fatídicos eventos, descartando así el azar. Además, los sucesos sobrenaturales que rodean la crucifixión marcan su importancia sin paralelo. Los sufrimientos de Jesús en el Calvario son el medio para tener vida perdurable si tan sólo aceptamos su sacrificio en favor de nosotros. Jesús voluntariamente soportó la cruz por el amor; la aflicción no era ineludible ni le fue impuesta por sorpresa (ver Juan 10:17, 18).

Antes que el agua se secara en las manos culpables de Pilato, Jesús fue empujado de la corte de la infamia hacia el lugar de su ejecución (ver Mat. 27:31, 32; Luc. 23:26-33). La tradición designa la ruta de la sala del tribunal de Pilato al Calvario como la Vía dolorosa. La distancia era corta, pero el paso de Jesús por ella fue lento por la agonía. El peso de la cruz puesta sobre sus lacerados hombros, los soldados que supervisaban la ejecución, y la multitud turbulenta y creciente a lo largo del camino impedían el progreso. En su condición debilitada, Jesús se desplomó bajo la carga.

Simón cireneo tuvo el honor de llevar la cruz del Salvador al Calvario. "Desde entonces estuvo siempre agradecido por esta providencia. Ella le indujo a tomar sobre sí la cruz de Cristo por su propia voluntad y a estar siempre alegremente bajo su carga".1 Estemos dispuestos siempre a llevar cualquier cruz que Dios nos asigne, no importa cuan desagradable o humillante parezca.

A lo largo del camino al Calvario algo especial atrajo la atención de Jesús. Lucas es el único que registra la escena conmovedora de las mujeres que, en contraste con la crueldad de la multitud, lloraban con simpatía por el tratamiento que Jesús sufría (ver Luc. 23:27-32). Aunque el dolor de Jesús tenía dimensiones cósmicas, él no rechazó su simpatía. Mirando más allá de su propia angustia, vio el destino que esperaba a muchos que se compadecían de él, que pronto les tocaría por su incredulidad en él como Mesías. Mirando más allá todavía, Jesús vio el destino del mundo que pronto ridiculizaría su salvación y reconocería demasiado tarde su voz que suplicaba a sus conciencias durante sus días de gracia (ver Luc. 23:29-31; Ose. 10:8; 14:8, 9; Apoc. 6:14-17). Durante esas horas de angustia, todo el peso de los males de la humanidad fue arrojado sobre Jesús.

Jesús fue llevado fuera de Jerusalén para ser crucificado (ver Heb. 13:11, 12; Éxo. 29:14). Esto debía mostrar su criminalidad, pero su mensaje es que su sacrificio como un israelita expulsado invita a todos, judíos y gentiles, a venir a él para recibir la salvación. Su rechazo es nuestra reconciliación.

Antes de crucificarlo, los soldados le ofrecieron una bebida para eliminar el dolor, pero Jesús la rehusó (ver Mat. 27:33, 34; Mar. 15:22, 23). Él se había comprometido a llevar nuestras aflicciones y no nublaría sus sentidos o calmaría sus nervios con el fin de escapar de alguno de nuestros sufrimientos y tentaciones, especialmente en su posición como sacrificio expiatorio por los pecados del mundo. Esto nos enseña a practicar la temperancia en el comer y el beber para que "no se debiliten los delicados nervios del cerebro, ni se entorpezcan ni se paralicen, incapacitándolo para discernir las cosas sagradas, considerar la expiación, la sangre purificadera de Cristo, como algo invalorable".2

Para traernos a Dios

La frase "y le crucificaron allí" es corta y brutal. Este modo de ejecución infligía una miseria creciente a la víctima hasta el momento de la muerte. Mientras Jesús colgaba de la cruz, olas de amor por la raza perdida cubrían su corazón, más allá del dolor insoportable que lo abrumaba. Él murió, el justo por los injustos, para poder traernos a Dios. Los sufrimientos de Jesús en el Calvario son humanamente inmensurables, y también son los resultados de ese sacrificio que fue inspirado por un amor "cuya profundidad nadie puede sondear. [...]

"Cuando el Redentor consintió en tomar la copa de amargura con el fin de salvar a los pecadores, su capacidad de sufrir fue la única limitación para sus sufrimientos. [...] Al morir en favor de nosotros, pagó un equivalente a nuestra deuda. Así quitó de Dios toda acusación de haber disminuido la culpabilidad del pecado. El dice: Por virtud de mi unión con el Padre, mis sufrimientos y mi muerte me capacitan para pagar el castigo del pecado. Por mi muerte [...] su gracia puede actuar con eficacia ilimitada".3

Los enemigos de Jesús trataron de aumentar su vergüenza y desacreditar sus pretensiones divinas. Su oración de perdonar a sus verdugos abarca a todo el mundo, incluyendo a cada pecador que vivió o que vivirá, porque todos tenemos culpa en crucificar al Hijo de Dios.

Jesús permaneció clavado a la cruz no por los clavos, sino por su amor indecible, porque la gracia prevaleció sobre la demencia del mal. Considere la angustia del Padre y de los ángeles mientras observaban los hechos en el Calvario. Sólo el saber lo que Jesús estaba realizando para nuestra salvación frenó al cielo de intervenir para terminar con esa demoníaca orgía de injusticia.

En la providencia de Dios, él dirigió a Pilato para que escribiera un título clavado en la cruz. "Jesús Nazareno, rey de los judíos". Los enemigos de Jesús querían que las palabras repudiaran su condición de rey de los judíos, no que la confirmaran. Completamente disgustado con su propia cobardía, Pilato ordenó que las palabras quedaran como fueron escritas. Era la voluntad de Dios que así fuera, porque realmente Jesús es el Rey de reyes y Señor de señores.
Mientras Jesús estuvo colgado sobre la cruz, un coro de ridículo ascendía de los que habían venido a presenciar su ejecución (ver Mat. 27:39-44; Mar. 15:29-32; Luc. 23:35-37). Por sus impertinentes blasfemias, los líderes religiosos intentaban hacer de toda la misión de Jesús un engaño barato. Los soldados, los sacerdotes, los gobernantes y el pueblo repetían las burlas y mofas. ¡Cuan fácilmente el mal se une al mal para oponerse al bien! Y en medio de todo, la fe de los discípulos quedó paralizada, crucificada en el rigor mortis sobre el Calvario. Jesús no oyó ninguna palabra de ánimo o de defensa de los que más simpatizaban con él.

Un rayo de consuelo iluminó esas horas de agonía para Jesús: la confesión del ladrón arrepentido y su súplica de misericordia (ver Luc. 23:39-43). Sus palabras resumen la condición de todos nosotros. Aceptó los efectos de la culpabilidad humana, la gloria de Jesús y su justicia, y la necesidad que todos tenemos de un arrepentimiento del corazón y una fe clara en la única avenida de esperanza que hay para nosotros. Jesús, con sus palabras de perdón y promesa al ladrón moribundo, transformaron la cruz en un trono de gracia y un seguro refugio para los pecadores contritos.

El ladrón arrepentido no dejó atrás logros morales.

Para su salvación se apoyó sólo en los méritos de un Salvador crucificado. El no pudo hacer nada para ser salvo, ni tampoco podemos hacerlo nosotros (ver Rom. 5:5-11; Tito 3:5-7). Nuestra aceptación ante Dios no se basa en esfuerzos morales, sino en una completa sumisión a los méritos expiatorios del sacrificio de Jesús. Si el ladrón hubiese sobrevivido, hubiera hecho restitución por los crímenes cometidos y vivido en obediencia a la ley divina, porque ese es el fruto de la verdadera conversión. Y si hubiese vuelto a una vida de engaños y crímenes, no hubiera retenido la justificación (ver Eze. 18:21-24; Gal. 2:17).4

Poco después del diálogo de Jesús con el ladrón, comenzó la etapa más difícil de su sufrimiento en la cruz (ver Mat. 27:45-49; Isa. 53:4, 5;
2 Cor. 5:21; 1 Ped. 2:24). "No era el temor de la muerte lo que le agobiaba. No era el dolor ni la ignominia de la cruz lo que le causaba agonía inefable. Cristo era el príncipe de los dolientes. Pero su sufrimiento provenía del sentimiento de la malignidad del pecado. [...] Cristo vio cuan terrible es el dominio del pecado sobre el corazón humano, y cuan pocos estarían dispuestos a desligarse de su poder. Sabía que sin la ayuda de Dios la humanidad tendría que perecer, y vio a las multitudes perecer teniendo a su alcance ayuda abundante.

"Sobre Cristo como sustituto y garante nuestro me puesta la iniquidad de todos nosotros. Fue contado por transgresor, con el fin de que pudiese redimimos de la condenación de la ley. La culpabilidad de cada descendiente de Adán abrumó su corazón. La ira de Dios contra el pecado, la terrible manifestación de su desagrado por causa de la iniquidad, llenó de consternación el alma de su Hijo".5

En la cruz Jesús bebió la copa de la culpabilidad y condenación colectiva del mundo, desde su comienzo hasta su consumación. Jesús murió en un estado de real abandono de su Padre. Sin mitigación, experimentó en pleno el dolor solitario de la segunda muerte que espera a cada pecador. De una manera que excede nuestra comprensión, él que no conoció pecado llegó a ser pecado por nosotros, para que pudiésemos ser hechos justicia de Dios en él. Aquel sobre quien la oscuridad descendió para nuestra redención disipó como a una nube nuestra transgresión. Menospreciar el sacrificio es perder la transacción y permanecer como un extraño eterno a sus beneficios.

Si vemos textos como Hebreos 2:9, 14, 15; 9:26-28; 1 Pedro 3:18 y Salmo 85:10 notaremos la sublime transacción que ocurrió en el Calvario, y el amor de Jesús nos hará dedicar nuestra vida a él con fervor y sin estímulos artificiales. No abandonaremos nuestro primer amor, sino que experimentaremos una ampliación de él en nuestro progreso en la vida cristiana (ver Efe. 3:16-21).

"La cruz de Cristo es levantada entre el cielo y la tierra. Aquí viene el Padre y todo su séquito de santos ángeles; y al acercarse a la cruz, el Padre se inclina ante la cruz y acepta el sacrificio. Entonces viene el hombre pecador a la cruz, con su carga de pecado, y allí mira a Cristo en la cruz del Calvario, y deja sus pecados al pie de la cruz. Aquí la misericordia y la verdad se juntaron y la justicia y la paz se besaron mutuamente. Y Cristo dice: 'Yo si fuere levantado, a todos los hombres atraeré a mí mismo' ".6

Las palabras finales de Jesús en la cruz: "Consumado es. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", significan tanto la victoria de su causa como su sumisión a la protección de su Padre. Jesús surgió de la oscura desesperación a la victoria radiante. El murió creyendo que su sacrificio era aceptado.
Sólo el camino de la cruz

Muchas profecías del Antiguo Testamento predijeron la determinación del Mesías de morir como un sacrificio vicario por los pecados del mundo. Este énfasis profetice destaca la inmutabilidad del amor de Dios y la necesidad de la muerte de Jesús para nuestra redención. El Getsemaní demuestra que Jesús no murió por causa de un deseo masoquista de experimentar dolor o por el deseo de exhibir magnanimidad heroica, sino por el amor a un mundo arruinado por el pecado que él no podía abandonar sin esperanza. Jesús suplicó al Padre que fuera librado del horror de la cruz si hubiera algún otro modo para salvar a la humanidad. El Padre lo fortaleció para soportar el mal, y demostró que el amor y la sabiduría infinitos no podían encontrar otro modo que la cruz. Nunca probaríamos la copa de la salvación si Jesús no hubiera bebido, solo, la copa de la condenación en el Calvario.

Las palabras de Jesús: "Consumado es", indicaban no sólo la terminación de su vida humana, sino también la consumación de su sacrificio y la seguridad de su éxito. Nada podía negar que la provisión hecha era completa. Lo que por tanto tiempo fue profecía, ahora era una realidad histórica. De aquí en adelante su tarea, y la de todo el cielo, sería aplicar los méritos salvadores de su sacrificio a los habitantes de la tierra hasta el fin del tiempo de gracia.
Esas palabras, "Consumado es; Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", pronunciadas por Aquel que creó todas las cosas por su palabra, resonaron por todo el universo, garantizando para siempre la estabilidad de su orden moral y la gozosa armonía de su compañerismo.

El terremoto, los relámpagos y los truenos que ocurrieron cuando Jesús exhaló su último aliento, recuerdan la majestad de los eventos en el Sinaí, y presagian el triunfo de su retomo. Su ley y su gracia obraron como socios para la conquista del mal y la vindicación del gobierno de Dios (comparar con Mat. 27:51-56; Exo. 19:16-25; Apoc. 11:19).

La muerte de Jesús en la cruz es la manifestación suprema del amor de Dios y de su gracia reconciliadora, la declaración suprema de que, aunque su justicia no hace ninguna componenda con el pecado, él hizo su sacrificio para dar a los pecadores culpables la oportunidad de ser salvados y restaurados. La sangre de Jesús es el medio para recibir toda bendición posible tanto ahora como en el futuro.

Lea el informe emocionante de la culminación del Calvario en El Deseado de todas ¡as gentes, páginas 703 a 705. La ruptura del velo interior del templo anunciaba el sacrificio de Jesús, la apertura de un nuevo camino a la presencia de Dios por medio de su cuerpo quebrantado, y el final del sistema de sacrificios por decreto divino, como fue profetizado en Daniel 9:24-27.

Impresionado por las palabras de Jesús y su perseverancia en la cruz, el centurión tuvo que reconocer la divinidad de Jesús. Declaró:
"Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". La confesión asombrada ha sido repetida a lo largo de los siglos por personas en todas partes que fijaron su mirada espiritual en el Cristo crucificado. Y siempre, en respuesta a esta mirada de fe reverente, surge una fuente de misericordia purificadera (ver Zac. 12:10; 13:1; 1 Juan 2:2).

Considere lo que el Padre soportó durante las seis horas de angustia sobrenatural que Jesús pasó en el Calvario. Él agonizaba por su Hijo, pero por consentimiento mutuo no lo consoló, ya que el sacrificio de Jesús debía ser tan completo que debía morir como el pecador culpable, o más bien, como la suma de todos los pecadores de todas las épocas. No fue la divinidad de Cristo la que murió, porque ella es inmortal. Ese día, su humanidad sufrió la segunda muerte en nuestro lugar. El fue el sustituto de la humanidad culpable y pagó nuestra penalidad en forma completa. Como el "Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apoc. 13:8), él incluye en su amor la necesidad espiritual de toda la humanidad de todas las épocas, amor que contó el costo de nuestra redención y alegremente lo pagó por el gozo puesto delante de él.

Lea los capítulos "El Calvario" y " 'Consumado es' " en El Deseado de todas las gentes, (pp. 690-713). Al leerlos, sumerja su corazón en ellos, y absorba, bajo la bendición del Espíritu, la rica revelación del amor de Dios registrada allí. Nadie puede contemplar el Calvario reverentemente sin salir de esa experiencia totalmente cambiado. Y tampoco quien contempla así el Calvario puede alguna vez "alejarse de él".

 


 

Referencias

 
 

[Acerca de Nosotros]  [Centro Internacional de la Escuela Sabática]  [Ministerios de Iglesia][Ministerio de la Salud] [Ministerio de la Palabra]  [Ministerio Profético] [ Ministerios Apologético] [Ministerios de Música]  [Ministerios Audio-Visual [Centro White MPM]  [Centro de investigación]  [Centro de Noticias MPM] [Historia IASD]  [Iglesias ASD en la Red]  [Escríbenos]  [Conozca a Marissa]  [Conozca al Dr. Martínez]  [Foto-Album  Familia Martínez]   [Home]

 

Usted es el Visitante FastCounter by LinkExchange